All your base are belong to J. K. Rowling.

[No lo traduzco porque en España también reconocemos esta frase solo en inglés (Nota del traductor)]


¡¡¡1000 RESEÑAS EN 26 DÍAS, WUUU, PODER BRUTAL! ¡30 DÍAS, 1189 RESEÑAS, EL COMBO CONTINÚA! ¡SÍ! ¡SOIS LOS MEJORES! ¡ESTO ES ESPARTAAAAA!

Ejem.

Los quarks de tercera generación también se llamaban «verdad» y «belleza» antes de que acabaran imponiéndose «cima» y «fondo»; mi fecha de nacimiento está cerca de la de Hermione, y a los once años yo usaba «verdad» y «belleza».

Cuando se publicó por primera vez la parte I de este capítulo, dije que si alguien adivinaba a qué se refería la última frase antes de la siguiente actualización, le contaría todo el resto de la trama.


Nunca se sabía qué minúsculo incidente podía echar por tierra todo tu plan maestro.


—¡Abbott, Hannah!

Pausa.

—¡HUFFLEPUFF!

—¡Bones, Susan!

Pausa.

—¡HUFFLEPUFF!

—¡Boot, Terry!

Pausa.

—¡RAVENCLAW!

Harry miró de reojo a su nuevo compañero de casa, más que nada para verle la cara. Todavía estaba intentando recuperar el control después de su encuentro con los fantasmas. Lo triste, lo realmente triste, lo tristísimo, era que parecía estar consiguiéndolo. No era apropiado. Tendría que haberle llevado por lo menos un día. Quizá toda una vida. Quizá, sencillamente, no tendría que superarlo nunca.

—¡Corner, Michael!

Una pausa larga.

—¡RAVENCLAW!

Delante del atril, frente a la enorme mesa de profesores, estaba la profesora McGonagall, con su aspecto afilado y una mirada igual de afilada, recorriendo la sala mientras iba pronunciando un nombre tras otro, aunque solo había sonreído por Hermione y por unos pocos más.

Detrás de ella, en la silla más alta de la mesa —en realidad, más bien un trono dorado—, se sentaba un anciano arrugado y con gafas, con una barba blanca plateada que parecía llegarle casi hasta el suelo, aunque no pudiera verse entera. Observaba la Selección con expresión benévola; era el estereotipo más puro de Viejo Sabio que podía imaginarse, sin llegar a ser oriental.

(Aunque Harry había aprendido a desconfiar de las apariencias estereotípicas desde que conoció a la profesora McGonagall y pensó que debería soltar carcajadas de bruja). El viejo mago había aplaudido a cada estudiante seleccionado, siempre con la misma sonrisa, que de algún modo volvía a parecer encantada cada vez.

A la izquierda del trono dorado había un hombre de ojos penetrantes y rostro severo que no había aplaudido a nadie y que, por algún motivo, siempre estaba mirando directamente a Harry cada vez que Harry lo miraba. Más a la izquierda, el hombre pálido que Harry había visto en el Caldero Chorreante movía los ojos de un lado a otro como si la multitud que lo rodeaba le diera pánico, y de vez en cuando se estremecía y se retorcía en la silla. Por alguna razón, Harry se sorprendía una y otra vez mirándolo.

A la izquierda de aquel hombre había tres brujas mayores que no parecían demasiado interesadas en los alumnos. A la derecha de la alta silla dorada, una bruja de mediana edad, cara redonda y sombrero amarillo había aplaudido a todos los alumnos salvo a los Slytherin. Había también un hombre diminuto, de pie sobre su silla, con una barba blanca y esponjosa, que había aplaudido a todos los alumnos, aunque solo sonreía a los Ravenclaw.

Y en el extremo derecho, ocupando el mismo espacio que tres seres inferiores, estaba la entidad montañosa que los había recibido a todos al bajar del tren y se había presentado como Hagrid, guardián de las llaves y los terrenos.

—¿El hombre que está de pie sobre la silla es el jefe de Ravenclaw? —le susurró Harry a Hermione.

Por una vez, Hermione no contestó al instante. No dejaba de moverse de un lado a otro, con la mirada clavada en el Sombrero Seleccionador, inquieta con tanta energía que Harry pensó que quizá los pies se le estaban levantando del suelo.

—Sí —dijo una de las prefectas que los había acompañado, una joven vestida con el azul de Ravenclaw. La señorita Clearwater, si Harry recordaba bien. Hablaba en voz baja, pero se le notaba un matiz de orgullo—. Es el profesor de Encantamientos de Hogwarts, Filius Flitwick, el maestro de Encantamientos más erudito del mundo y antiguo campeón de duelos…

—¿Por qué es tan bajito? —siseó un alumno cuyo nombre Harry no recordaba—. ¿Es mestizo?

La prefecta le lanzó una mirada glacial.

—El profesor tiene, en efecto, ascendencia duende…

—¿Qué? —dijo Harry sin poder evitarlo, provocando que Hermione y otros cuatro alumnos lo mandaran callar.

Ahora era Harry quien recibía una mirada sorprendentemente intimidante de la prefecta de Ravenclaw.

—Quiero decir… —susurró Harry—. No es que tenga ningún problema con eso, es solo que… a ver… ¿cómo es posible? No puedes mezclar dos especies distintas y obtener descendencia viable sin más. Tendría que desbaratar las instrucciones genéticas de cada órgano que fuera diferente entre las dos especies… sería como intentar construir… —no tenían coches, así que no podía usar una analogía de planos mezclados de motores— medio carruaje y medio barco, o algo así…

La prefecta de Ravenclaw seguía mirándolo con severidad.

—¿Y por qué no iba a poder existir medio carruaje y medio barco?

—¡Shhh! —siseó otro prefecto, aunque la bruja de Ravenclaw había seguido hablando en voz baja.

—Quiero decir… —dijo Harry aún más bajo, intentando averiguar cómo preguntar si los duendes habían evolucionado a partir de los humanos, o de un antepasado común de los humanos como el Homo erectus, o si quizá los duendes habían sido creados de algún modo a partir de humanos; si, por ejemplo, seguían siendo genéticamente humanos bajo un encantamiento hereditario cuyo efecto mágico se diluía cuando solo uno de los progenitores era «duende», lo que explicaría que el cruce entre especies fuera posible. Aunque, en ese caso, los duendes no serían un segundo punto de datos increíblemente valioso sobre cómo había evolucionado la inteligencia en especies distintas del Homo sapiens. Ahora que Harry lo pensaba, los duendes de Gringotts no le habían parecido inteligencias no humanas genuinamente alienígenas; nada que ver con los dirdir o los titiriteros—. Quiero decir, ¿de dónde salen los duendes, para empezar?

—De Lituania —susurró Hermione distraídamente, con los ojos todavía fijos en el Sombrero Seleccionador.

Esta vez la prefecta sonrió a Hermione.

—Da igual —susurró Harry.

Frente al atril, la profesora McGonagall anunció:

—¡Goldstein, Anthony!

—¡RAVENCLAW!

Hermione, junto a Harry, rebotaba sobre las puntas de los pies con tanta fuerza que a cada bote se separaba del suelo.

—¡Goyle, Gregory!

Hubo un largo y tenso silencio bajo el Sombrero. Casi un minuto.

—¡SLYTHERIN!

—¡Granger, Hermione!

Hermione salió disparada hacia el Sombrero Seleccionador, lo cogió y se encasquetó la vieja tela remendada con tanta fuerza que Harry hizo una mueca. Hermione había sido quien le había explicado lo del Sombrero Seleccionador, pero desde luego no lo trataba como un artefacto insustituible de importancia vital, con ochocientos años de magia olvidada, a punto de realizar una telepatía compleja sobre su mente y que, además, no parecía estar en muy buen estado físico.

—¡RAVENCLAW!

Pues claro. Harry no entendía por qué Hermione había estado tan nerviosa. ¿En qué extraño universo alternativo aquella chica no iba a acabar en Ravenclaw? Si Hermione Granger no iba a Ravenclaw, entonces no había ninguna buena razón para que la casa Ravenclaw existiera.

Hermione llegó a la mesa de Ravenclaw y recibió unos vítores correctos. Harry se preguntó si habrían sido más fuertes, o más débiles, de haber sabido el nivel de competencia que acababan de sentar a su mesa. Harry conocía pi hasta 3,141592 porque una precisión de una parte por millón bastaba para la mayoría de los fines prácticos. Hermione conocía cien cifras de pi porque eran las que venían impresas al final de su libro de matemáticas.

Neville Longbottom fue a Hufflepuff, lo que alegró a Harry. Si aquella casa contenía de verdad la lealtad y la camaradería que supuestamente ejemplificaba, entonces una casa llena de amigos fiables era justo lo que Neville necesitaba. Los niños inteligentes en Ravenclaw, los niños malvados en Slytherin, los aspirantes a héroes en Gryffindor, y todos los que de verdad hacen el trabajo en Hufflepuff.

(Aunque Harry había hecho bien en consultar primero a una prefecta de Ravenclaw. La joven ni siquiera había levantado la vista de su lectura ni había reconocido a Harry; simplemente había apuntado con la varita hacia Neville y murmurado algo. Después de eso, Neville había puesto una expresión aturdida y se había marchado al quinto vagón desde la cabeza del tren, cuarto compartimento a la izquierda, que efectivamente contenía su sapo).

—¡Malfoy, Draco! —fue a Slytherin, y Harry soltó un pequeño suspiro de alivio. Parecía seguro, pero nunca se sabía qué minúsculo incidente podía echar por tierra todo tu plan maestro.

La profesora McGonagall anunció:

—¡Perks, Sally-Anne!

Y del grupo de niños salió una chica pálida y menuda, de aspecto extrañamente etéreo, como si pudiera desaparecer misteriosamente en cuanto dejaras de mirarla, para no volver a ser vista ni recordada jamás.

Y entonces —con una nota de inquietud tan cuidadosamente apartada de la voz y del rostro que habría hecho falta conocerla muy bien para advertirla— Minerva McGonagall inspiró hondo y anunció:

—¡Potter, Harry!

El Gran Comedor quedó sumido en un silencio repentino.

Todas las conversaciones se interrumpieron.

Todos los ojos se volvieron hacia él.

Por primera vez en su vida, Harry sintió que quizá estaba a punto de descubrir lo que era el pánico escénico.

Harry aplastó de inmediato aquella sensación. Que salas enteras llenas de gente lo miraran era algo a lo que tendría que acostumbrarse si quería vivir en la Gran Bretaña mágica o, ya puestos, si quería hacer cualquier otra cosa interesante con su vida. Se colocó en la cara una sonrisa falsa y segura, levantó un pie para avanzar…

—¡Harry Potter! —gritó la voz de Fred o de George Weasley, y después— ¡Harry Potter! —gritó el otro gemelo Weasley, y un instante después toda la mesa de Gryffindor, y poco después buena parte de Ravenclaw y Hufflepuff, se habían unido al cántico.

—¡Harry Potter! ¡Harry Potter! ¡Harry Potter!

Y Harry Potter avanzó. Demasiado despacio, se dio cuenta una vez que ya había empezado; pero para entonces era demasiado tarde para cambiar el paso sin que resultara torpe.


—¡Harry Potter! ¡Harry Potter! ¡HARRY POTTER!

Sabiendo demasiado bien lo que iba a encontrarse, Minerva McGonagall se volvió para mirar al resto de la mesa de profesores.

Trelawney se abanicaba frenéticamente. Filius observaba con curiosidad. Hagrid aplaudía al ritmo. Sprout tenía gesto severo. Vector y Sinistra parecían desconcertadas. Quirrell miraba vacuamente a ninguna parte. Albus sonreía con benevolencia. Y Severus Snape aferraba su copa de vino vacía con los nudillos blancos y tanta fuerza que la plata se iba deformando lentamente.

Con una amplia sonrisa, girando la cabeza para inclinarse primero hacia un lado y luego hacia el otro mientras caminaba entre las cuatro mesas de las casas, Harry Potter avanzaba a paso grandiosamente medido, como un príncipe que heredara su castillo.

—¡Sálvanos de unos cuantos Señores Oscuros más! —gritó uno de los gemelos Weasley, y luego el otro añadió—: ¡Sobre todo si son profesores!

Hubo carcajadas generales en todas las mesas salvo en Slytherin.

Los labios de Minerva se tensaron hasta convertirse en una línea blanca. Tendría unas palabras con los Horrores Weasley por esa última parte, si creían que no podía hacer nada porque era el primer día de clase y Gryffindor aún no tenía puntos que perder. Si los castigos no les importaban, ya se le ocurriría otra cosa.

Entonces, con una repentina punzada de horror, miró hacia Severus. Seguro que él entendía que el chico Potter no podía tener ni idea de a quién se referían…

El rostro de Severus había dejado atrás la ira y había llegado a una especie de indiferencia amable. Una ligera sonrisa le jugaba en los labios. Miraba hacia Harry Potter, no hacia la mesa de Gryffindor, y en las manos sostenía los restos arrugados de lo que hasta hacía poco había sido una copa de vino.


Harry Potter avanzó con la sonrisa fija, sintiéndose por dentro cálido y, al mismo tiempo, un poco horrible.

Lo estaban vitoreando por un trabajo que había hecho cuando tenía un año. Un trabajo que, en realidad, no había terminado. En alguna parte, de alguna manera, el Señor Oscuro seguía vivo. ¿Lo vitorearían con la misma fuerza si lo supieran?

Pero el poder del Señor Oscuro se había quebrado una vez.

Y Harry volvería a protegerlos. Si de verdad había una profecía y eso era lo que decía. Bueno, en realidad, dijera lo que dijera la dichosa profecía.

Toda aquella gente creyendo en él y vitoreándolo… Harry no soportaba la idea de que aquello fuera falso. Brillar y apagarse como tantos otros niños prodigio. Ser una decepción. No estar a la altura de su reputación como símbolo de la Luz, por mucho que la hubiera conseguido sin hacer nada. De manera absoluta, positiva, sin importar cuánto tardara e incluso si aquello lo mataba, estaría a la altura de sus expectativas. Y después seguiría hasta superarlas, para que la gente, al mirar atrás, se preguntara cómo habían podido pedirle tan poco.

—¡HARRY POTTER! ¡HARRY POTTER! ¡HARRY POTTER!

Harry dio los últimos pasos hasta el Sombrero Seleccionador. Hizo una profunda reverencia a la Orden del Caos, en la mesa de Gryffindor; luego se volvió e hizo otra reverencia al otro lado del Gran Comedor, y esperó a que los aplausos y las risitas se apagaran.

(En el fondo de su mente, se preguntó si el Sombrero Seleccionador era de verdad consciente en el sentido de ser consciente de su propia conciencia, y si, en tal caso, le satisfacía hablar solo con niños de once años un día al año. Su canción parecía insinuarlo: Oh, soy el Sombrero Seleccionador y estoy bien, duermo todo el año y trabajo un día…).

Cuando la sala volvió a quedar en silencio, Harry se sentó en el taburete y se colocó cuidadosamente sobre la cabeza el artefacto telepático de ochocientos años de magia olvidada.

Pensando, con todas sus fuerzas: ¡No me selecciones todavía! ¡Tengo preguntas que hacerte! ¿Me han obliviado alguna vez? ¿Seleccionaste al Señor Oscuro cuando era niño y puedes contarme cuáles son sus puntos débiles? ¿Puedes decirme por qué tengo la varita gemela de la del Señor Oscuro? ¿Está el fantasma del Señor Oscuro ligado a mi cicatriz y por eso a veces me enfado tanto? Esas son las preguntas más importantes, pero si te queda un momento, ¿puedes decirme algo sobre cómo redescubrir las magias perdidas que te crearon?

En el silencio del espíritu de Harry, donde hasta entonces nunca había habido más voz que una, apareció una segunda voz desconocida, claramente preocupada:

—Ay, madre. Esto no había pasado nunca…