Todos estos mundos pertenecen a J. K. Rowling, salvo Europa. No intentéis escribir fanfics allí.


Un lector atento preguntó si, en caso de que Luna sea vidente, eso significa que esto va a convertirse en un fic HP/DM con Draco pasivo y mpreg. Lamento que FFN no me permita usar una fuente todavía más grande para decir NO. Sinceramente, no se me había ocurrido que Luna pudiera ser una vidente de verdad —tendré que decidir si sigo por ahí o no—, pero creo que podemos asumir sin miedo que, si Luna es vidente, dijo algo sobre «la luz plantando una semilla en la oscuridad», y Xenophilius, como siempre, lo interpretó de una forma bastante equivocada.


«Permíteme advertirte de que poner a prueba mi ingenio es peligroso, y suele volver la vida bastante más surrealista.»


Nadie le había pedido ayuda, ese era el problema. Simplemente habían estado por ahí hablando, comiendo o mirando al aire mientras sus padres intercambiaban cotilleos. Por alguna extraña razón, nadie se había sentado a leer un libro, lo que significaba que ella no podía limitarse a sentarse a su lado y sacar el suyo. E incluso cuando había tomado la iniciativa con valentía, sentándose y continuando su tercera lectura de Hogwarts: una historia, nadie había parecido inclinado a sentarse con ella.

Aparte de ayudar a la gente con los deberes, o con cualquier otra cosa que necesitasen, en realidad no sabía cómo conocer gente. No se consideraba una persona tímida. Se veía a sí misma como una chica resuelta. Y, aun así, de algún modo, si no había alguna petición del tipo «no recuerdo cómo se hacen las divisiones largas», resultaba demasiado incómodo acercarse a alguien y decir… ¿qué? Nunca había conseguido averiguar qué.

Y tampoco parecía haber una ficha informativa estándar, lo cual era ridículo. Todo el asunto de conocer gente nunca le había parecido sensato. ¿Por qué tenía que cargar ella con toda la responsabilidad si había dos personas implicadas? ¿Por qué los adultos no ayudaban nunca? Ojalá alguna otra chica se acercase a ella y dijera: «Hermione, la profesora me ha dicho que sea amiga tuya».

Pero que quedara claro que Hermione Granger, sentada sola el primer día de clase en uno de los pocos compartimentos que habían estado vacíos, en el último vagón del tren, con la puerta abierta por si alguien por cualquier motivo quería hablar con ella, no estaba triste, ni sola, ni hundida, ni deprimida, ni desesperada, ni dándole vueltas a sus problemas.

Más bien estaba releyendo Hogwarts: una historia por tercera vez y disfrutándolo bastante, con apenas una leve irritación de fondo ante la irrazonabilidad general del mundo.

Se oyó cómo se abría una puerta entre vagones, luego pasos y un extraño ruido deslizante que avanzaba por el pasillo del tren. Hermione dejó a un lado Hogwarts: una historia, se levantó y asomó la cabeza —por si alguien necesitaba ayuda—, y vio a un niño con túnicas de gala de mago, probablemente de primero o segundo por su altura, que tenía un aspecto bastante ridículo con una bufanda enrollada alrededor de la cabeza. A su lado, en el suelo, había un pequeño baúl.

Mientras ella lo miraba, el chico llamó a la puerta de otro compartimento cerrado y dijo con una voz solo ligeramente amortiguada por la bufanda:

—Perdón, ¿puedo hacer una pregunta rápida?

Hermione no oyó la respuesta desde dentro del compartimento, pero después de que el chico abriera la puerta le pareció oírle decir —a menos que lo hubiera entendido mal de algún modo—:

—¿Alguien de aquí sabe cuáles son los seis quarks o dónde puedo encontrar a una chica de primero llamada Hermione Granger?

Después de que el chico cerrara la puerta de aquel compartimento, Hermione dijo:

—¿Puedo ayudarte en algo?

La cara cubierta por la bufanda se volvió hacia ella, y la voz dijo:

—No, a menos que sepas nombrar los seis quarks o decirme dónde encontrar a Hermione Granger.

—Arriba, abajo, extraño, encanto, verdad, belleza. ¿Y por qué la estás buscando?

Era difícil saberlo desde aquella distancia, pero creyó ver al chico sonreír bajo la bufanda.

—Ah, así que eres una chica de primero llamada Hermione Granger —dijo aquella voz joven y amortiguada—. En el tren a Hogwarts, nada menos.

El chico empezó a caminar hacia ella y su compartimento, y su baúl se deslizó detrás de él.

—Técnicamente, lo único que tenía que hacer era buscarte, pero parece probable que esté destinado a hablar contigo, invitarte a unirte a mi grupo, conseguir que me entregues algún objeto mágico clave o descubrir que Hogwarts se construyó sobre las ruinas de un templo antiguo o algo por el estilo. PJ o PNJ, esa es la cuestión.

Hermione abrió la boca para responder, pero no se le ocurrió ninguna respuesta posible a… lo que fuera que acababa de oír. Mientras tanto, el chico llegó hasta ella, miró dentro del compartimento, asintió con satisfacción y se sentó en el banco frente al suyo. Su baúl entró correteando detrás de él, creció hasta triplicar su diámetro anterior y se acurrucó junto al de Hermione de una forma extrañamente perturbadora.

—Siéntate, por favor —dijo el chico—, y cierra la puerta detrás de ti, si eres tan amable. No te preocupes, no muerdo a nadie que no me muerda primero.

Ya se estaba desenrollando la bufanda de la cabeza.

La mera insinuación de que aquel chico creyera que le daba miedo hizo que Hermione cerrara la puerta de golpe, encajándola contra la pared con una fuerza innecesaria. Se giró y vio una cara joven, con unos ojos verdes brillantes y risueños, y una cicatriz de color rojo oscuro e irritado en la frente que le recordó algo en el fondo de la mente, aunque ahora tenía cosas más importantes en las que pensar.

—¡Yo no he dicho que sea Hermione Granger!

—Yo no he dicho que tú hayas dicho que seas Hermione Granger, solo he dicho que eres Hermione Granger. Si preguntas cómo lo sé, es porque lo sé todo. Buenas tardes, señoras y señores, mi nombre es Harry James Potter-Evans-Verres, o Harry Potter para abreviar; sé que probablemente eso no significará nada para ti, para variar…

La mente de Hermione hizo por fin la conexión. La cicatriz de la frente, en forma de rayo.

—¡Harry Potter! Estás en Historia moderna de la magia, y en Auge y caída de las Artes Oscuras, y en Grandes acontecimientos mágicos del siglo XX.

Era la primera vez en toda su vida que conocía a alguien salido de un libro, y la sensación era bastante extraña.

El chico parpadeó tres veces.

—¿Estoy en libros? Espera, claro que estoy en libros… Qué pensamiento tan raro.

—Por Dios, ¿no lo sabías? —dijo Hermione—. Yo habría averiguado todo lo que pudiera si fuera tú.

El chico habló con bastante sequedad.

—Señorita Granger, han pasado menos de setenta y dos horas desde que fui al callejón Diagon y descubrí mi derecho a la fama. He pasado los últimos dos días comprando libros de ciencia. Créeme, pienso averiguar todo lo que pueda.

El chico vaciló.

—¿Qué dicen los libros sobre mí?

La mente de Hermione Granger retrocedió de golpe. No se había dado cuenta de que la iban a examinar sobre aquellos libros, así que solo los había leído una vez, pero había sido hacía apenas un mes, de modo que el material todavía estaba fresco en su memoria.

—Eres la única persona que ha sobrevivido a la Maldición Asesina, así que te llaman el Niño que Vivió. Naciste de James Potter y Lily Potter, antes Lily Evans, el 31 de julio de 1980. El 31 de octubre de 1981, el Señor Tenebroso, El-que-no-debe-ser-nombrado, aunque no sé por qué no, atacó vuestra casa. Te encontraron con vida, con la cicatriz en la frente, entre las ruinas de la casa de tus padres, cerca de los restos quemados del cuerpo de Ya-sabes-quién. El Jefe Supremo del Wizengamot, Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore, te envió a alguna parte, nadie sabe dónde. Auge y caída de las Artes Oscuras afirma que sobreviviste gracias al amor de tu madre y que tu cicatriz contiene todo el poder mágico del Señor Tenebroso, y que los centauros te temen, pero Grandes acontecimientos mágicos del siglo XX no menciona nada de eso, y Historia moderna de la magia advierte de que hay muchas teorías disparatadas sobre ti.

El chico tenía la boca abierta.

—¿Te dijeron que esperaras a Harry Potter en el tren a Hogwarts o algo así?

—No —dijo Hermione—. ¿Quién te habló de mí?

—La profesora McGonagall, y creo que veo por qué. ¿Tienes memoria eidética, Hermione?

Hermione negó con la cabeza.

—No es fotográfica. Siempre he deseado que lo fuera, pero tuve que leerme mis libros de texto cinco veces para memorizarlos todos.

—Vaya —dijo el chico, con la voz un poco ahogada—. Espero que no te importe que lo ponga a prueba; no es que no te crea, pero, como dice el dicho, «confía, pero verifica». No tiene sentido quedarse con la duda cuando puedo hacer el experimento.

Hermione sonrió, bastante satisfecha de sí misma. Le encantaban las pruebas.

—Adelante.

El chico metió una mano en una bolsa que llevaba al costado y dijo:

Pociones y brebajes mágicos, de Arsenius Jigger.

Cuando retiró la mano, sostenía el libro que acababa de nombrar.

Al instante, Hermione quiso una de aquellas bolsas más de lo que había querido nada en su vida.

El chico abrió el libro por alguna parte hacia la mitad y miró hacia abajo.

—Si estuvieras preparando aceite de agudeza…

—¡Sabes que puedo ver esa página desde aquí!

El chico inclinó el libro para que ya no pudiera verlo y volvió a pasar páginas.

—Si estuvieras elaborando una poción de trepar como una araña, ¿cuál sería el siguiente ingrediente que añadirías después de la seda de acromántula?

—Después de echar la seda, espera hasta que la poción se haya vuelto exactamente del color del cielo al amanecer sin nubes, a ocho grados sobre el horizonte y ocho minutos antes de que asome el primer borde del sol. Remueve ocho veces en sentido antihorario y una en sentido horario, y luego añade ocho dracmas de mocos de unicornio.

El chico cerró el libro con un chasquido seco y volvió a meterlo en su bolsa, que se lo tragó con un pequeño eructo.

—Vaya, vaya, vaya, vaya, vaya, vaya. Tengo una propuesta que hacerte, señorita Granger.

—¿Una propuesta? —dijo Hermione con suspicacia.

Las chicas no debían escuchar esas cosas.

También fue entonces cuando Hermione se dio cuenta de la otra cosa —bueno, de una de las cosas— rara del chico. Al parecer, la gente que salía de verdad en los libros hablaba como un libro. Fue un descubrimiento bastante sorprendente.

El chico metió la mano en su bolsa y dijo:

—Lata de refresco.

Sacó un cilindro verde brillante, se lo ofreció y dijo:

—¿Puedo ofrecerte algo de beber?

Hermione aceptó educadamente el refresco. De hecho, empezaba a tener algo de sed.

—Muchas gracias —dijo Hermione mientras abría la lata—. ¿Esa era tu propuesta?

El chico tosió.

—No —dijo.

Justo cuando Hermione empezó a beber, añadió:

—Me gustaría que me ayudaras a conquistar el universo.

Hermione terminó de beber y bajó la lata.

—No, gracias. No soy malvada.

El chico la miró con sorpresa, como si hubiera esperado otra respuesta.

—Bueno, lo decía de forma un poco retórica —dijo—. En el sentido del proyecto baconiano, ya sabes; no en el sentido de poder político. «Llevar a cabo todo lo posible» y demás. Quiero estudiar los hechizos experimentalmente, descubrir las leyes que los gobiernan, llevar la magia al terreno de la ciencia, unir el mundo mágico y el muggle, elevar el nivel de vida de todo el planeta, adelantar a la humanidad siglos enteros, descubrir el secreto de la inmortalidad, colonizar el sistema solar, explorar la galaxia y, lo más importante, averiguar qué demonios está pasando aquí en realidad, porque todo esto es descaradamente imposible.

Eso sonaba un poco más interesante.

—¿Y?

El chico la miró con incredulidad.

—¿Y? ¿Eso no basta?

—¿Y qué quieres de mí? —dijo Hermione.

—Quiero que me ayudes con la investigación, por supuesto. Con tu memoria enciclopédica añadida a mi inteligencia y racionalidad, terminaremos el proyecto baconiano en nada, donde por «nada» quiero decir probablemente al menos treinta y cinco años.

Hermione empezaba a encontrar irritante a aquel chico.

—No te he visto hacer nada inteligente. Quizá deje que tú me ayudes con mi investigación.

Hubo cierto silencio en el compartimento.

—O sea, que quieres que te demuestre lo listo que soy —dijo el chico, tras una larga pausa.

Hermione asintió.

—Te advierto de que poner a prueba mi ingenio es peligroso, y suele volver la vida bastante más surrealista.

—Todavía no me has impresionado —dijo Hermione.

Sin que nadie se diera cuenta, el refresco verde volvió a subir hasta sus labios.

—Bueno, quizá esto te impresione —dijo el chico.

Se inclinó hacia delante y la miró intensamente.

—Ya he hecho algunos experimentos y he descubierto que no necesito la varita. Puedo hacer que ocurra cualquier cosa que quiera con solo chasquear los dedos.

La frase llegó justo cuando Hermione estaba tragando, y se atragantó, tosió y escupió el líquido verde brillante.

Sobre sus túnicas de bruja completamente nuevas, sin estrenar, en el primer día de clase.

Hermione gritó de verdad. Fue un sonido agudo que resonó como una sirena antiaérea en el compartimento cerrado.

—¡Ay! ¡Mi ropa!

—¡No entres en pánico! —dijo el chico—. Puedo arreglarlo. ¡Mira!

Levantó una mano y chasqueó los dedos.

—Vas a…

Entonces Hermione se miró.

El líquido verde seguía allí, pero mientras lo observaba empezó a desvanecerse y desaparecer, y en apenas unos instantes fue como si nunca se hubiera derramado nada encima.

Hermione miró fijamente al chico, que lucía una sonrisa bastante satisfecha.

¡Magia sin palabras y sin varita! ¿A su edad? ¿Cuando solo había recibido los libros de texto hacía tres días?

Entonces recordó lo que había leído, jadeó y retrocedió de golpe.

¡Todo el poder mágico del Señor Tenebroso! ¡En su cicatriz!

Se puso de pie a toda prisa.

—Yo, yo, yo tengo que ir al baño, espera aquí, ¿vale…?

Tenía que encontrar a un adulto, tenía que decírselo…

La sonrisa del chico se desvaneció.

—Solo era un truco, Hermione. Lo siento, no quería asustarte.

Su mano se detuvo en el pomo de la puerta.

—¿Un truco?

—Sí —dijo el chico—. Me pediste que demostrara mi inteligencia. Así que hice algo aparentemente imposible, que siempre es una buena forma de presumir. En realidad no puedo hacer nada solo chasqueando los dedos.

El chico hizo una pausa.

—Al menos no creo que pueda. En realidad nunca lo he comprobado experimentalmente.

Levantó la mano y volvió a chasquear los dedos.

—Nada. No ha aparecido ningún plátano.

Hermione estaba más confundida de lo que había estado nunca en su vida.

El chico volvía a sonreír ante la expresión de su cara.

—Te advertí de que poner a prueba mi ingenio tiende a volver la vida surrealista. Recuérdalo la próxima vez que te advierta de algo.

—Pero, pero… —balbuceó Hermione—. Entonces, ¿qué has hecho?

La mirada del chico adquirió una cualidad de medición, de ponderación, que nunca había visto antes en alguien de su edad.

—¿Crees que tienes lo necesario para ser científica por derecho propio, con o sin mi ayuda? Entonces veamos cómo investigas un fenómeno confuso.

—Yo…

La mente de Hermione se quedó en blanco durante un momento. Le encantaban las pruebas, pero nunca había tenido una prueba como esta. Frenéticamente, intentó recordar cualquier cosa que hubiera leído sobre lo que se suponía que hacían los científicos. Su mente cambió de marcha, chirrió contra sí misma y escupió las instrucciones para hacer un proyecto de investigación científica:

Paso 1: formular una hipótesis.

Paso 2: hacer un experimento para poner a prueba la hipótesis.

Paso 3: medir los resultados.

Paso 4: hacer una cartulina.

El paso 1 era formular una hipótesis. Eso significaba intentar pensar en algo que pudiera haber ocurrido justo ahora.

—Muy bien. Mi hipótesis es que has lanzado un encantamiento sobre mis túnicas para hacer que desaparezca cualquier cosa que se derrame sobre ellas.

—Muy bien —dijo el chico—. ¿Esa es tu respuesta?

El sobresalto se estaba pasando, y la mente de Hermione empezaba a funcionar correctamente.

—Espera, eso no puede ser. No te he visto tocar la varita ni decir ningún hechizo, así que ¿cómo podrías haber lanzado un encantamiento?

El chico esperó, con la cara neutral.

—Pero supongamos que todas las túnicas vienen de la tienda con un encantamiento ya puesto para mantenerlas limpias, que sería una clase de encantamiento útil. Lo descubriste derramándote algo encima antes.

Entonces las cejas del chico se alzaron.

—¿Esa es tu respuesta?

—No, todavía no he hecho el paso 2: «hacer un experimento para poner a prueba la hipótesis».

El chico volvió a cerrar la boca y empezó a sonreír.

Hermione miró la lata de refresco, que había colocado automáticamente junto a la ventana. La cogió y miró dentro. Descubrió que todavía quedaba aproximadamente un tercio.

—Bueno —dijo Hermione—, el experimento que quiero hacer es derramarlo sobre mis túnicas y ver qué pasa, y mi predicción es que la mancha desaparecerá. Solo que, si no funciona, mis túnicas se mancharán, y no quiero eso.

—Hazlo en las mías —dijo el chico—. Así no tienes que preocuparte de manchar las tuyas.

—Pero… —dijo Hermione.

Había algo mal en aquel razonamiento, pero no sabía decir exactamente qué.

—Tengo túnicas de repuesto en el baúl —dijo el chico.

—Pero no tienes dónde cambiarte —objetó Hermione.

Luego se lo pensó mejor.

—Aunque supongo que podría salir y cerrar la puerta…

—También tengo un sitio para cambiarme dentro del baúl.

Hermione miró su baúl, que empezaba a sospechar que era bastante más especial que el suyo.

—Muy bien —dijo Hermione—, ya que tú lo dices.

Y derramó con bastante cuidado un poco de refresco verde en una esquina de las túnicas del chico. Entonces se quedó mirándolo, intentando recordar cuánto había tardado en desaparecer el líquido original…

¡Y la mancha verde desapareció!

Hermione soltó un suspiro de alivio, en buena medida porque aquello significaba que no estaba tratando con todo el poder mágico del Señor Tenebroso.

Bueno, el paso 3 era medir los resultados, pero en este caso consistía simplemente en ver que la mancha había desaparecido. Y suponía que probablemente podía saltarse el paso 4 de la cartulina.

—Mi respuesta es que las túnicas están encantadas para mantenerse limpias.

—No exactamente —dijo el chico.

Hermione sintió una punzada de decepción. De verdad deseaba no haberse sentido así; el chico no era un profesor, pero aun así era una prueba, y había fallado una pregunta, y eso siempre se sentía como un pequeño puñetazo en el estómago.

Eso decía casi todo lo que hacía falta saber sobre Hermione Granger: nunca había dejado que aquello la detuviera, ni siquiera que interfiriera con su amor por ser examinada.

—Lo triste —dijo el chico— es que probablemente has hecho todo lo que el libro te decía que hicieras. Hiciste una predicción que distinguía entre la túnica encantada y la túnica no encantada, la pusiste a prueba y rechazaste la hipótesis nula de que la túnica no estaba encantada. Pero a menos que leas libros de la mejor, mejor clase, no te enseñan del todo a hacer ciencia correctamente. Lo bastante bien como para llegar de verdad a la respuesta correcta, quiero decir, y no solo producir otra publicación como las de las que siempre se queja papá. Así que déjame intentar explicarte —sin revelarte la respuesta— qué has hecho mal esta vez, y te daré otra oportunidad.

A Hermione empezaba a molestarle el tono tan superior del chico, cuando solo era otro niño de once años como ella, pero eso era secundario frente a averiguar qué había hecho mal.

—Muy bien.

La expresión del chico se volvió más intensa.

—Este es un juego basado en un experimento famoso llamado la tarea 2-4-6, y funciona así. Tengo una regla —yo la conozco, pero tú no— que encaja con algunas ternas de tres números, pero no con otras. 2-4-6 es un ejemplo de una terna que encaja con la regla. De hecho… déjame escribir la regla, solo para que sepas que es una regla fija, doblarla y dártela. Por favor, no mires, porque por lo de antes deduzco que puedes leer del revés.

El chico dijo «papel» y «portaminas» a su bolsa, y Hermione cerró los ojos con fuerza mientras él escribía.

—Ya está —dijo el chico, sosteniendo un papel bien doblado—. Mételo en el bolsillo.

Y ella lo hizo.

—El juego funciona así —dijo el chico—. Tú me das una terna de tres números, y yo te diré «sí» si los tres números son un ejemplo de la regla, y «no» si no lo son. Yo soy la Naturaleza, la regla es una de mis leyes, y tú me estás investigando. Ya sabes que 2-4-6 recibe un «sí». Cuando hayas hecho todas las pruebas experimentales adicionales que quieras —cuando me hayas preguntado tantas ternas como consideres necesario—, te detienes y adivinas la regla, y entonces puedes desplegar la hoja de papel y ver cómo lo has hecho. ¿Entiendes el juego?

—Por supuesto —dijo Hermione.

—Adelante.

—4-6-8 —dijo Hermione.

—Sí —dijo el chico.

—10-12-14 —dijo Hermione.

—Sí —dijo el chico.

Hermione intentó llevar la mente un poco más lejos, porque parecía que ya había hecho todas las pruebas que necesitaba, y aun así no podía ser tan fácil, ¿verdad?

—1-3-5.

—Sí.

—Menos 3, menos 1, más 1.

—Sí.

Hermione no logró pensar en nada más que probar.

—La regla es que los números tienen que aumentar de dos en dos.

—Ahora supón que te digo —dijo el chico— que esta prueba es más difícil de lo que parece, y que solo el 20% de los adultos acierta.

Hermione frunció el ceño. ¿Qué se le había escapado? Entonces, de pronto, se le ocurrió una prueba que todavía tenía que hacer.

—¡2-5-8! —dijo triunfante.

—Sí.

—¡10-20-30!

—Sí.

—La verdadera respuesta es que los números tienen que subir siempre por la misma cantidad. No tiene que ser 2.

—Muy bien —dijo el chico—, saca el papel y mira cómo lo has hecho.

Hermione sacó el papel del bolsillo y lo desplegó.

Tres números reales en orden creciente, de menor a mayor.

A Hermione se le desencajó la mandíbula. Tuvo la clara sensación de que le habían hecho algo terriblemente injusto, de que el chico era un tramposo sucio, podrido y mentiroso, pero al repasar mentalmente lo ocurrido no pudo pensar en ninguna respuesta incorrecta que él hubiera dado.

—Lo que acabas de descubrir se llama «sesgo positivo» —dijo el chico—. Tenías una regla en la mente, y seguiste pensando en ternas que debían hacer que la regla dijera «sí». Pero no intentaste probar ninguna terna que debiera hacer que la regla dijera «no». De hecho, no obtuviste ni un solo «no», así que «cualquier tres números» podría haber sido la regla con la misma facilidad. Es algo parecido a cómo la gente imagina experimentos que podrían confirmar sus hipótesis en lugar de intentar imaginar experimentos que podrían falsarlas; no es exactamente el mismo error, pero está cerca. Tienes que aprender a mirar el lado negativo de las cosas, a mirar fijamente la oscuridad. Cuando se realiza este experimento, solo el 20% de los adultos acierta la respuesta. Y muchos de los demás inventan hipótesis fantásticamente complicadas y confían muchísimo en sus respuestas equivocadas, porque han hecho muchos experimentos y todo salió como esperaban.

—Ahora —dijo el chico—, ¿quieres volver a intentarlo con el problema original?

Sus ojos estaban ahora muy atentos, como si esa fuera la verdadera prueba.

Hermione cerró los ojos e intentó concentrarse. Estaba sudando bajo las túnicas. Tenía la extraña sensación de que aquella era la vez que más le habían pedido pensar en un examen, o quizá incluso la primera vez que le habían pedido pensar en un examen.

¿Qué otro experimento podía hacer? Tenía una rana de chocolate. ¿Podía intentar frotar un poco en las túnicas y ver si desaparecía? Pero eso seguía sin parecer la clase de pensamiento retorcido y negativo que el chico le estaba pidiendo. Como si todavía estuviera pidiendo un «sí» si la mancha de rana de chocolate desaparecía, en lugar de pedir un «no».

Entonces… según su hipótesis… ¿cuándo debería el refresco… no desaparecer?

—Tengo un experimento que hacer —dijo Hermione—. Quiero derramar un poco de refresco en el suelo y ver si no desaparece. ¿Tienes servilletas en la bolsa para que pueda limpiarlo si esto no funciona?

—Tengo servilletas —dijo el chico.

Su cara seguía pareciendo neutral.

Hermione cogió la lata y derramó un poco de refresco en el suelo.

Unos segundos después, desapareció.

Entonces la comprensión la golpeó, y tuvo ganas de darse una patada.

—¡Claro! ¡Tú me diste esa lata! ¡No era la túnica lo que estaba encantado, era el refresco todo el tiempo!

El chico se puso en pie y le hizo una solemne reverencia. Ahora sonreía ampliamente.

—Entonces… ¿puedo ayudarte con tu investigación, Hermione Granger?

—Yo, ah…

Hermione seguía sintiendo la oleada de euforia, pero no estaba del todo segura de cómo responder.

Los interrumpió un golpe débil, tentativo, tenue y bastante reacio en la puerta.

El chico se volvió, miró por la ventana y dijo:

—No llevo puesta la bufanda, así que ¿puedes encargarte tú?

Fue entonces cuando Hermione comprendió por qué el chico —no, el Niño que Vivió, Harry Potter— había llevado la bufanda sobre la cabeza en primer lugar, y se sintió un poco tonta por no haberse dado cuenta antes. En realidad era bastante extraño, porque habría pensado que Harry Potter se mostraría orgullosamente al mundo; y se le ocurrió que quizá en realidad era más tímido de lo que parecía.

Cuando Hermione abrió la puerta, la recibió un niño tembloroso que tenía exactamente el aspecto de alguien que llamaría así.

—Perdón —dijo el chico con voz diminuta—, soy Neville Longbottom. Estoy buscando a mi sapo, mi mascota. Yo, yo no consigo encontrarlo por ninguna parte de este vagón… ¿habéis visto a mi sapo?

—No —dijo Hermione.

Y entonces su tendencia a ayudar entró a pleno rendimiento.

—¿Has mirado en todos los demás compartimentos?

—Sí —susurró el chico.

—Entonces tendremos que mirar en todos los demás vagones —dijo Hermione con decisión—. Te ayudaré. Por cierto, me llamo Hermione Granger.

El chico parecía a punto de desmayarse de gratitud.

—Un momento —dijo el otro chico, Harry Potter—. No estoy seguro de que esa sea la mejor forma de hacerlo.

Ante eso, Neville pareció a punto de llorar, y Hermione se giró, enfadada. Si Harry Potter era la clase de persona que abandonaría a un niño pequeño solo porque no quería que le interrumpieran…

—¿Qué? ¿Por qué no?

—Bueno —dijo Harry Potter—, registrar todo el tren a mano va a llevar bastante tiempo, y aun así podríamos no encontrar el sapo, y si no lo encontrásemos antes de llegar a Hogwarts, él tendría problemas. Así que tendría mucho más sentido que fuera directamente al vagón delantero, donde están los prefectos, y pidiera ayuda a un prefecto. Es lo primero que hice cuando te buscaba a ti, Hermione, aunque ellos no lo sabían. Quizá tengan hechizos u objetos mágicos que faciliten mucho encontrar un sapo. Solo somos alumnos de primero.

Eso… tenía bastante sentido.

—¿Crees que puedes llegar al vagón de los prefectos por tu cuenta? —preguntó Harry Potter—. Tengo motivos para no querer enseñar demasiado la cara.

De pronto, Neville jadeó y dio un paso atrás.

—¡Recuerdo esa voz! ¡Eres uno de los Señores del Caos! ¡Eres el que me dio chocolate!

¿Qué? ¿Qué qué qué?

Harry Potter apartó la cabeza de la ventana y se puso en pie dramáticamente.

—¡Yo jamás! —dijo, con la voz llena de indignación—. ¿Acaso parezco la clase de villano que daría dulces a un niño?

Los ojos de Neville se abrieron de par en par.

—¿Eres Harry Potter? ¿El Harry Potter? ¿Tú?

—No, solo un Harry Potter. Hay tres de mí en este tren…

Neville soltó un pequeño chillido y salió corriendo. Hubo un breve repiqueteo de pasos frenéticos y luego el sonido de una puerta de vagón abriéndose y cerrándose.

Hermione se dejó caer con fuerza en su banco. Harry Potter cerró la puerta y luego se sentó junto a ella.

—¿Puedes explicarme qué está pasando? —dijo Hermione con voz débil.

Se preguntó si pasar tiempo con Harry Potter significaba estar siempre así de confundida.

—Ah, bueno, lo que ocurrió fue que Fred, George y yo vimos a ese pobre niño pequeño en la estación. La mujer que estaba con él se había ido un momento, y él parecía muy asustado, como si estuviera seguro de que iban a atacarle mortífagos o algo así. Ahora bien, hay un dicho que dice que el miedo suele ser peor que la cosa en sí, así que se me ocurrió que este era un chico que podría beneficiarse de ver hacerse realidad su peor pesadilla y comprobar que no era tan mala como temía…

Hermione se quedó allí sentada con la boca abierta.

—…y a Fred y George se les ocurrió este hechizo para hacer que las bufandas que llevábamos sobre la cara se oscurecieran y se difuminaran, como si fuéramos reyes no muertos y aquello fueran nuestros sudarios…

A Hermione no le gustaba nada hacia dónde iba aquello.

—…y cuando terminamos de darle todos los dulces que había comprado, dijimos algo como: «¡Démosle dinero! ¡Ja, ja, ja! ¡Toma unos Knuts, chico! ¡Toma un Sickle de plata!», y estuvimos bailando a su alrededor y riendo maléficamente y todo eso. Creo que había algunas personas en la multitud que quisieron intervenir al principio, pero la apatía del espectador las contuvo al menos hasta que vieron lo que estábamos haciendo, y entonces creo que estaban todas demasiado confundidas para hacer nada. Finalmente dijo en un susurro diminuto «marchaos», así que los tres gritamos y salimos corriendo, chillando algo sobre que la luz nos quemaba. Con suerte, en el futuro no tendrá tanto miedo de que le acosen. Por cierto, eso se llama terapia de desensibilización.

Vale, no había acertado en absoluto hacia dónde iba aquello.

La indignación, uno de los motores principales de Hermione, prendió al instante, aunque una parte de ella sí veía más o menos lo que habían intentado hacer.

—¡Eso es horrible! ¡Eres horrible! ¡Ese pobre chico! ¡Lo que hiciste fue cruel!

—Creo que la palabra que buscas es «divertido», y en cualquier caso estás haciendo la pregunta equivocada. La pregunta es si hizo más bien que mal, o más mal que bien. Si tienes algún argumento que aportar a esa cuestión, estaré encantado de oírlo, pero no aceptaré ninguna otra crítica hasta que esa quede resuelta. Desde luego, estoy de acuerdo en que lo que hice parece terrible, abusivo y cruel, ya que implica a un niño pequeño asustado y todo eso, pero ese no es precisamente el punto clave, ¿no? Eso se llama consecuencialismo, por cierto. Significa que si un acto está bien o mal no viene determinado por si parece malo, cruel o cualquier cosa por el estilo; la única pregunta es cómo terminará resultando: cuáles serán las consecuencias.

Hermione abrió la boca para decir algo absolutamente demoledor, pero por desgracia parecía haber descuidado la parte en la que se le ocurría algo que decir antes de abrirla. Lo único que consiguió fue:

—¿Y si tiene pesadillas?

—Sinceramente, no creo que necesitara nuestra ayuda para tener pesadillas. Y si tiene pesadillas sobre esto en su lugar, entonces serán pesadillas con monstruos horribles que te dan chocolate, y ese era más o menos el objetivo.

El cerebro de Hermione seguía cortocircuitándose de confusión cada vez que intentaba enfadarse como es debido.

—¿Tu vida es siempre tan peculiar? —dijo por fin.

A Harry Potter se le iluminó la cara de orgullo.

—Yo la hago así de peculiar. Estás contemplando el resultado de mucho trabajo duro y mucho esfuerzo.

—Así que… —dijo Hermione, y se quedó colgada incómodamente.

—Así que —dijo Harry Potter—, ¿cuánta ciencia sabes exactamente? Yo sé cálculo, y conozco algo de teoría bayesiana de la probabilidad, y teoría de la decisión, y bastante ciencia cognitiva, y he leído Las lecciones de física de Feynman —bueno, el volumen 1 al menos—, y Judgment Under Uncertainty: Heuristics and Biases, y Language in Thought and Action, e Influence: Science and Practice, y Rational Choice in an Uncertain World, y Gödel, Escher, Bach, y A Step Farther Out, y…

El interrogatorio y contrainterrogatorio posterior duró varios minutos antes de que los interrumpiera otro golpecito tímido en la puerta.

—Entra —dijeron ella y Harry Potter casi al mismo tiempo.

La puerta se abrió y reveló a Neville Longbottom.

Neville estaba llorando de verdad ahora.

—Fui al vagón delantero y encontré a un p-prefecto, pero me d-dijo que no había que molestar a los prefectos con c-cosas pequeñas como s-sapos perdidos.

La cara del Niño que Vivió cambió. Sus labios formaron una línea fina. Su voz, cuando habló, fue fría y sombría.

—¿Cuáles eran sus colores? ¿Verde y plata?

—N-no. Su insignia era r-roja y dorada.

—¡Roja y dorada! —estalló Hermione—. ¡Pero esos son los colores de Gryffindor!

Harry Potter siseó ante eso, un sonido aterrador que podría haber salido de una serpiente viva y que hizo que tanto ella como Neville se estremecieran.

—Supongo —escupió Harry Potter— que encontrar el sapo de algún alumno de primero no es lo bastante heroico para ser digno de un prefecto de Gryffindor. Vamos, Neville. Esta vez iré contigo. Veremos si al Niño que Vivió le prestan más atención. Primero encontraremos a un prefecto que debería conocer un hechizo, y si eso no funciona, encontraremos a un prefecto que no tenga miedo de mancharse las manos, y si eso no funciona, empezaré a reclutar a mis fans, y si hace falta desmontaremos todo el tren tornillo a tornillo.

El Niño que Vivió se puso en pie y agarró la mano de Neville con la suya, y Hermione se dio cuenta, con un súbito cortocircuito mental, de que tenían casi la misma estatura, aunque alguna parte de ella había insistido en que Harry Potter era treinta centímetros más alto y Neville al menos quince centímetros más bajo.

—¡Quieto! —le espetó Harry Potter.

No, espera, se lo había dicho a su baúl.

Y cerró firmemente la puerta tras de sí al marcharse.

Probablemente debería haber ido con ellos, pero en apenas un instante Harry Potter se había vuelto tan aterrador que en realidad se alegró bastante de no haber pensado en sugerirlo.

La mente de Hermione estaba ahora tan revuelta que ni siquiera creía que pudiera leer correctamente Historia: un Hogwarts. Se sentía como si le hubiera pasado una apisonadora por encima y la hubiera dejado plana como una tortita. No estaba segura de qué pensaba, ni de qué sentía, ni de por qué. Simplemente se sentó junto a la ventana y miró el paisaje en movimiento.

Bueno, al menos sí sabía por qué se sentía un poco triste por dentro.

A lo mejor Gryffindor no era tan maravilloso como ella había pensado.