Era un callejón serpenteante y sinuoso en mitad de Hogwarts, que vagaba como un mechón de pelo suelto; a veces parecía cruzarse consigo mismo, pero nunca podías llegar al final si cedías a la tentación de los atajos aparentes.

Al final del enredo, seis estudiantes se apoyaban contra piedras ásperas, las túnicas negras contra las paredes grises y ribeteadas de verde, los ojos yendo de uno a otro. Las antorchas ardían en los apliques sin ventanas, proyectando luz para mantener a raya la oscuridad y calor para mantener a raya el frío de las mazmorras de Slytherin.

—Estoy segura —espetó Reese Belka—, absolutamente segura, de que eso no era ningún ritual de verdad. Las brujitas de primero no pueden hacer esa clase de magia, y aunque pudieran, ¿quién ha oído hablar jamás de un ritual Oscuro que sacrifique un horror sellado para… eso?

—¿Estabas…? —dijo Lucian Bole—. Quiero decir, después de que esa chica chasqueara los dedos…

La mirada de Belka debería haberlo derretido.

—No —escupió—, no lo estaba.

—Es decir, no estaba desnuda —dijo Marcus Flint con voz arrastrada, sus anchos hombros recostados con aparente relajación contra la superficie irregular de piedra—. Cubierta de glaseado de chocolate, sí, pero desnuda no.

—Este día Potter ha ofrecido un gran insulto a nuestras Casas —dijo la voz severa de Jaime Astorga.

—Sí, bueno, siento ser tan directo —dijo Randolph Lee con calma. El duelista de séptimo se frotó la barbilla, donde se había permitido crecer una leve sombra de barba—. Pero cuando alguien te pega al techo, eso es un mensaje, Astorga. Es un mensaje que dice: soy un mago Oscuro increíblemente poderoso que podría haberte hecho cualquier cosa que me hubiese dado la maldita gana, y tampoco me importa que tu Casa se ofenda.

Robert Jugson III soltó una risa suave y baja, una risita que heló varias espaldas.

—Te hace preguntarte si escogiste el bando equivocado, ¿verdad? He oído historias sobre mensajes como ese, enviados por orden del antiguo Señor Oscuro…

—Aún no estoy dispuesto a arrodillarme ante Potter —dijo Astorga, clavando los ojos en los de Jugson.

—Yo tampoco —dijo Belka.

Jugson sostenía su varita y la hacía girar ociosamente entre los dedos, apuntándola hacia arriba y luego hacia abajo.

—¿Eres un Gryffindor o un Slytherin? —dijo Jugson—. Todo el mundo tiene un precio. Todo el mundo inteligente.

Aquella afirmación produjo un momento de silencio.

—¿No debería estar Malfoy aquí? —dijo Bole con cautela.

Flint hizo un gesto despectivo con los dedos.

—Sea lo que sea lo que Malfoy esté tramando, quiere aparentar inocencia. No puede ser visto desapareciendo al mismo tiempo que nosotros.

—Pero eso ya lo sabe todo el mundo —dijo Bole—. Incluso en las otras Casas.

—Sí, muy torpe —dijo Belka. Resopló—. Malfoy o no, solo es un primerizo y no lo necesitamos aquí.

—Enviaré una lechuza a mi padre —dijo Jugson en voz baja—, y él hablará con lord Malfoy en persona…

Jugson dejó de hablar de repente.

—No sé vosotros, cariñitos —dijo Belka con dulzura fingida—, pero yo no pienso salir corriendo asustada por un ritual falso, y no he terminado con Potter y su mascota sangre sucia.

Nadie respondió. Todas sus miradas estaban fijas más allá de ella.

Lentamente, Belka se volvió para ver qué estaban mirando los demás.

—No haréis nada —siseó su jefe de Casa. El rostro de Severus Snape estaba enfurecido; cuando habló, pequeñas motas de saliva salieron despedidas de su boca, salpicando aún más sus ya sucias túnicas—. ¡Insensatos, ya habéis hecho suficiente! Habéis avergonzado a mi Casa, habéis perdido contra alumnos de primero, ¿y ahora habláis de enredar a nobles lores del Wizengamot en vuestras patéticas rencillas infantiles? Yo me ocuparé de este asunto. ¡No volveréis a avergonzar a esta Casa, no volveréis a arriesgaros a avergonzar a esta Casa! Habéis terminado de luchar contra brujas, y si oigo lo contrario…


Si pensabas que después de aquello se sentarían juntos a la hora de cenar, estarías muy equivocado.

—¿Qué quiere de mí? —llegó el quejido lastimero de un niño que, pese a todas sus extensas lecturas en la literatura científica, seguía siendo un poco ingenuo respecto a ciertas cosas—. ¿Quería que le diesen una paliza?

Los chicos de cursos superiores de Ravenclaw que se habían sentado a su lado en la mesa de la cena intercambiaron rápidas miradas entre sí hasta que, por algún protocolo tácito, habló el más experimentado de todos.

—Mira —dijo Arty Grey, el séptimo que iba ganando en su competición por tres brujas y un profesor de Defensa—, lo que tienes que entender es que el hecho de que esté enfadada no significa que hayas perdido puntos. La señorita Granger está enfadada porque se llevó un susto tremendo y tú estás ahí para que te echen la culpa, ¿entiendes? Pero al mismo tiempo, aunque no lo admita, le conmoverá que su novio haya llegado a extremos tan ridículos y, francamente, demenciales para protegerla.

—Esto no va de puntos —masculló Harry Potter, las palabras escapando visiblemente entre sus dientes apretados. La cena yacía ignorada sobre la mesa frente a él—. Esto va de justicia. ¡Y yo. No. Soy. Su. Novio!

Aquello fue recibido con cierta cantidad de risitas por parte de todos los presentes.

—Sí, bueno —dijo un chico de sexto de Ravenclaw—, creo que después de que ella te bese para sacarte de la Dementación y tú pegues a cuarenta y cuatro matones al techo por ella, hemos pasado de largo el territorio de «en realidad no es mi novia» y entrado en la cuestión de cómo serán vuestros hijos. Guau, eso da miedo…

El Ravenclaw se apagó y luego dijo, con voz más pequeña:

—Por favor, no me mires así.

—Mira —dijo Arty Grey—, siento ser tan directo, pero puedes tener justicia o puedes tener chicas, no puedes tener ambas cosas a la vez.

Le dio a Harry Potter una palmada amistosa en el hombro.

—Tienes potencial, chaval, más potencial que cualquier mago que haya visto nunca, pero tienes que aprender a usarlo, ¿sabes? Sé un poco más dulce con ellas, aprende algunos hechizos para limpiar ese desastre que llamas pelo. Sobre todo, necesitas esconder mejor tu maldad; no demasiado bien, pero mejor. Los chicos agradables y bien arreglados consiguen chicas, y los magos Oscuros también consiguen chicas, pero los chicos agradables y bien arreglados de los que se sospecha que son secretamente Oscuros consiguen más chicas de las que puedes imaginar…

—No me interesa —dijo Harry secamente, mientras cogía la mano del chico de su hombro y la dejaba caer sin ceremonias.

—Pero te interesará —dijo Arty Grey, con la voz baja y ominosa—. ¡Ah, te interesará!

En otro punto de la misma mesa…

—¿Romántico? —chilló Hermione Granger, tan fuerte que algunas de las chicas a su lado se encogieron—. ¿Qué parte de eso fue romántica? ¡No preguntó! ¡Nunca pregunta! ¡Simplemente manda fantasmas contra la gente, la pega al techo y hace lo que quiere con mi vida!

—¿Pero no lo ves? —dijo una bruja de cuarto—. ¡Significa que aunque sea malvado, te ama!

—No estás ayudando —dijo Penelope Clearwater un poco más abajo en la mesa, pero fue ignorada. Varias brujas mayores habían empezado a acercarse a Hermione después de que se sentara en el extremo opuesto de la mesa respecto a Harry Potter, pero entonces una nube más rápida de chicas más jóvenes había rodeado a Hermione en una barrera impenetrable.

—¡Los chicos —dijo Hermione Granger— no deberían poder amar a las chicas sin preguntarles antes! ¡Esto es cierto en varios sentidos y especialmente cuando se trata de pegar gente al techo!

También esto fue ignorado.

—¡Es como una obra de teatro! —suspiró una chica de tercero.

—¿Una obra? —dijo Hermione—. ¡Me gustaría ver la obra donde pasa algo así!

—Oh —dijo la chica de tercero—, estaba pensando en aquella tan romántica donde hay un chico muy amable y dulce que hace una llamada por Red Flu, solo que pronuncia mal su destino y sale tropezando en una sala llena de magos Oscuros que están realizando un ritual prohibido que debería haber permanecido perdido para siempre en el tiempo, y están sacrificando siete víctimas para desellar a este horror antiguo que se supone que concede un deseo a alguien si lo liberan, así que por supuesto la presencia del chico interrumpe el ritual, y mientras el horror se come a todos los magos Oscuros y todo el mundo muere, el último pensamiento del chico es que ojalá hubiese tenido novia, y lo siguiente que sabes es que el chico está tumbado en el regazo de esta mujer preciosa cuyos ojos arden con una luz espantosa, solo que ella no entiende nada de ser humana, así que el chico siempre tiene que impedir que se coma a la gente. ¡Esto es igual que esa obra, solo que tú eres el chico y Harry Potter es la chica!

—Eso… —dijo Hermione, sintiéndose bastante sorprendida—. Eso en realidad sí suena un poco como…

—¿Sí? —soltó una chica de segundo sentada al otro lado de la mesa, que ahora se inclinaba hacia delante, con aspecto horrorizado y a la vez aún más fascinada.

—¡No! —dijo Hermione—. Quiero decir… ¡no es mi novio!

Dos segundos después, los oídos de Hermione alcanzaron lo que sus labios acababan de decir.

La bruja de cuarto puso una mano en el hombro de Hermione y le dio un apretón reconfortante.

—Señorita Granger —dijo con voz tranquilizadora—, creo que si eres realmente honesta contigo misma admitirás que la verdadera razón por la que estás enfadada con tu amo oscuro es que canalizó sus poderes indecibles a través de Tracey Davis en vez de a través de ti.

La boca de Hermione se abrió, pero la garganta se le bloqueó antes de que salieran las palabras, lo cual probablemente fue bueno, porque si de verdad hubiese gritado tan fuerte habría roto algo.

—¿Cómo es eso posible, de hecho? —dijo la chica de tercero—. Quiero decir, que Harry Potter trabaje a través de otra chica aunque se haya vinculado contigo. ¿Tenéis los tres una de esas, ya sabes, disposiciones?

—Gaaaaack —dijo Hermione Granger, con la garganta aún bloqueada, el cerebro detenido, y las cuerdas vocales produciendo espontáneamente un ruido como si estuviera tosiendo un yak.


(Más tarde.)

—No entiendo por qué estás siendo tan poco razonable —dijo otra bruja de segundo, que había sustituido a la chica de tercero después de que Hermione amenazara con pedirle a Tracey que se comiera su alma—. Quiero decir, de verdad, si alguien como Harry Potter me rescatara a mí, yo le enviaría tarjetas de agradecimiento, y lo abrazaría, y…

El rostro de la chica estaba un poco rojo.

—Bueno, esperaría besarlo.

—¡Sí! —dijo la otra bruja de segundo—. Nunca he entendido por qué las chicas de las obras se enfadan cuando el protagonista hace todo lo posible por ser amable con ellas. Yo no actuaría así si le gustara al héroe.

Hermione Granger había dejado caer la cabeza sobre la mesa de la cena, tirándose lentamente del pelo con las manos.

—Es que no entiendes la psicología masculina —dijo la bruja de cuarto con voz autoritaria—. Granger tiene que hacer que parezca que puede resistir misteriosamente a su encanto seductor.


(Aún más tarde.)

Y así, antes de mucho, Hermione Granger se había vuelto hacia la única persona con la que le quedaba hablar, la única persona garantizada para entender su punto de vista…

—Están todos locos —dijo Hermione Granger mientras avanzaba con vigor hacia la torre de Ravenclaw, después de haber dejado la cena un poco pronto—. Todos excepto tú y yo, Harry, quiero decir todos excepto nosotros en toda esta escuela de Hogwarts, están todos completamente locos. Y las chicas de Ravenclaw son las peores; no sé qué leen las chicas de Ravenclaw cuando se hacen mayores, pero estoy segura de que no deberían leerlo. Una bruja me preguntó si los dos nos habíamos vinculado por el alma, cosa que voy a buscar esta noche en la biblioteca, pero estoy bastante segura de que nunca ha ocurrido de verdad…

—Ni siquiera sé el nombre de esta clase de razonamiento falaz —dijo Harry Potter. El chico caminaba normalmente, lo que significaba que a menudo tenía que dar algunos saltitos hacia delante para igualar la velocidad de ella, alimentada por la indignación—. En serio creo que si dependiera de ellas, en este mismo minuto nos estarían arrastrando para cambiarnos los nombres a Potter-Evans-Verres-Granger… Ugh, decirlo en voz alta me hace darme cuenta de lo horrible que suena.

—Quieres decir que tu nombre sería Potter-Evans-Verres-Granger y el mío Granger-Potter-Evans-Verres —dijo Hermione—. Es demasiado horrible para imaginarlo.

—No —dijo el chico—, la Casa Potter es una Casa Noble, así que creo que ese nombre se queda delante…

—¿Qué? —dijo ella, indignada—. ¿Quién dice que tengamos que…?

Hubo un silencio repentino y espantoso, roto solo por los golpes de sus zapatos.

—En cualquier caso —dijo Hermione apresuradamente—, algunas de las cosas locas que dijeron en la cena me hicieron pensar, así que solo quiero decir, Harry, que de verdad te estoy agradecida por salvarme a mí y a todo el mundo de que nos dieran una paliza, y aunque algunas partes de esta tarde me alteraron, estoy segura de que podemos hablarlo con calma.

—Ah… —dijo Harry con una sonrisa débil y tentativa, sus ojos mostrando una mezcla de desconcierto y aprensión—, eso… está bien, supongo.

Para ser específicos, había estado la bruja de cuarto explicando que, dado que Harry era el mago malvado que se había enamorado de Hermione, y Hermione era la chica pura e inocente que o bien lo redimiría o bien sería seducida por las Artes Oscuras, se seguía que Hermione tenía que estar perpetuamente indignada ante cualquier cosa que Harry hiciera, incluso si era él salvándola heroicamente de una condenación segura, solo para que su romance no se resolviera antes del final del acto IV.

Y entonces Penelope Clearwater, de quien Hermione de verdad había pensado que era más lista que eso, había comentado en voz alta que por razones idénticas era imposible que Hermione simplemente fuese a hablar sensatamente con Harry sobre por qué se sentía herida, y que de todos modos a los magos Oscuros les atraía el desafío apasionado en una mujer, no la lógica.

Ese fue el punto en que Hermione se había levantado de un empujón de los bancos, había caminado furiosamente hasta donde estaba sentado Harry y le había preguntado con voz razonable si los dos podían dar un paseo y arreglar las cosas.

—Así que, en otras palabras —dijo Hermione con la voz más tranquila que había usado jamás—, en realidad no estás en problemas conmigo, sigo hablándote, seguimos siendo amigos y seguimos estudiando juntos. No estamos peleados. ¿Correcto?

De algún modo, aquello solo pareció aumentar la aprensión de Harry Potter.

—Correcto —dijo el Niño-Que-Vivió.

—¡Genial! —dijo Hermione—. Entonces, ¿has deducido por qué estaba molesta, señor Potter?

Hubo una pausa.

—¿Querías que no me metiera en tus asuntos? —dijo Harry con cautela—. Quiero decir… sé que querías hacer las cosas por tu cuenta. Y me estaba manteniendo apartado, hasta que oí que te habían tendido una emboscada tres mortífagos juveniles y, sinceramente, no me lo esperaba. El profesor Quirrell no se lo esperaba. Empecé a preocuparme de que te hubieras metido en algo que te quedaba demasiado grande y entonces, sin ánimo de ofender, Hermione, cuarenta y cuatro matones en una emboscada masiva están muy por encima de lo que cualquiera podría manejar sin ayuda. Por eso pensé que de verdad necesitabas ayuda solo esa vez…

—No, esa parte está bien —dijo Hermione—. Estábamos metidas en algo que nos quedaba demasiado grande, sinceramente. Por favor, adivine otra vez, señor Potter.

—Um —dijo Harry—. Lo que hizo Tracey… ¿te sobresaltó?

—¿Me sobresaltó, señor Potter? —puede que hubiera un toque de acidez en su voz—. No, señor Potter, me asusté. Me dio miedo. No querría admitir que me dan miedo solo los dragones o algo así, la gente podría pensar que soy cobarde, pero cuando puedes oír voces lejanas gritando «¡Tekeli-li! ¡Tekeli-li!» y hay charcos de sangre saliendo por debajo de todas las puertas, entonces está bien tener miedo.

—Lo siento —dijo Harry, con lo que sonó como genuino arrepentimiento—. Pensé que te darías cuenta de que era yo.

—¡Y la razón por la que todas nos asustamos así, señor Potter, fue que no preguntaste primero! —Pese a sus intenciones, Hermione notó que su voz volvía a elevarse—. ¡Deberías haberme preguntado antes de hacer algo así, Harry! ¡Deberías haber dicho muy específicamente: «Hermione, ¿puedo hacer que salga sangre por debajo de las puertas?»! ¡Es importante ser específico cuando preguntas por esa clase de cosas!

El chico se frotó la nuca mientras caminaba.

—Yo… sinceramente, solo pensé que tendrías que decir que no.

—Sí, señor Potter, podría haber dicho que no. ¡Ese es todo el sentido de preguntar primero, señor Potter!

—No, quiero decir que habrías tenido que decir que no, fuera o no fuera lo que realmente quisieras. Y entonces a todas os habrían dado una paliza y habría sido culpa mía por preguntar primero.

Las cejas de Hermione se levantaron con cierta sorpresa, y siguió caminando unos pasos mientras intentaba entenderlo.

—¿Qué? —dijo.

—Bueno… —dijo el chico, un poco despacio—. Quiero decir… eres la General Sol, ¿no? No podrías decir que sí a que yo asustara a la gente, ni siquiera a matones, ni siquiera para salvar a tus amigas de recibir una paliza. Habrías tenido que decir que no, y entonces te habrían hecho daño. De esta manera, puedes decirle honestamente a la gente que no tenías ni idea y que no fue culpa tuya. Por eso no te avisé.

Hermione dejó de caminar, se volvió para mirar a Harry de frente en vez de solo girar la cabeza. Su voz fue cuidadosamente uniforme cuando dijo:

—Harry, tienes que dejar de inventarte razones inteligentes para hacer cosas estúpidas.

Las cejas de Harry saltaron hacia arriba. Tras un momento dijo:

—Mira… sé a qué te refieres, claro, pero sigue estando la cuestión de si de verdad es una buena idea, no solo una idea ingeniosa…

—Entiendo por qué hiciste lo que hiciste hoy —dijo Hermione—. Pero quiero que me prometas que de ahora en adelante me preguntarás primero, siempre, incluso si puedes inventarte una razón por la que no deberías.

Hubo una pausa que se estiró, y Hermione pudo sentir cómo se le hundía el corazón.

—Hermione… —empezó a decir Harry.

—¿Por qué? —La frustración estalló en su voz—. ¿Por qué es tan terrible? ¡Todo lo que tienes que hacer es preguntar!

Los ojos de Harry estaban muy serios.

—¿A quién de P.E.D.D.O. intentas defender con más empeño, Hermione? ¿Por quién tienes más miedo cuando luchas?

—Hannah Abbott —dijo Hermione sin tener que pensarlo, y luego se sintió un poco mal, porque Hannah se estaba esforzando mucho y había mejorado muchísimo.

—¿Te sentirías bien confiando a otra persona, como Tracey, la responsabilidad final de proteger a Hannah? Si supieras que Hannah está a punto de entrar en una emboscada, y se te ocurriera un plan para protegerla, ¿te parecería bien dejar que Tracey dijera si se te permite hacerlo o no?

—Bueno… ¿no? —dijo Hermione, desconcertada.

Los ojos verdes del Niño-Que-Vivió estaban firmes sobre los suyos.

—¿Confiarías en que Hannah tuviera la última palabra sobre si necesitaba protección?

—Yo… —dijo Hermione, y entonces se detuvo. Era extraño; sabía la respuesta correcta y también sabía que la respuesta correcta no era realmente cierta. Hannah se estaba esforzando muchísimo por demostrar que no tenía miedo, aunque lo tenía, y era fácil ver cómo la chica Hufflepuff podía esforzarse demasiado…

Entonces Hermione entendió la implicación.

—¿Crees que soy como Hannah?

—No… exactamente… —Harry se pasó las manos por aquel desastre de pelo—. Escucha, Hermione, ¿qué habrías sugerido hacer si te hubiese advertido de una emboscada de cuarenta y cuatro matones?

—Habría hecho lo responsable y se lo habría dicho a la profesora McGonagall para dejar que ella se encargara —dijo Hermione enseguida—. Y entonces no habría habido oscuridad ni gente gritando ni luz azul horrible…

Pero Harry se limitó a negar con la cabeza.

—Eso no es hacer lo responsable, Hermione. Es lo que haría alguien que interpreta el papel de una chica responsable. Sí, pensé en ir a la profesora McGonagall. Pero ella solo habría detenido el desastre una vez. Probablemente antes de que se produjera cualquier perturbación, por ejemplo diciéndoles a los matones que lo sabía. Si los matones eran castigados solo por conspirar, sería con pérdida de puntos de Casa, o como mucho con un día de castigo, no con nada que realmente los asustara. Y entonces los matones lo habrían intentado otra vez. Menos de ellos, con mejor seguridad operativa para que yo no me enterara. Probablemente emboscarían a una de vosotras, sola. La profesora McGonagall no tiene la autoridad para hacer algo lo bastante aterrador como para protegeros; y no habría excedido su autoridad, porque en realidad no es responsable.

—¿La profesora McGonagall no es responsable? —dijo Hermione, incrédula. Plantó las manos en las caderas, ya mirándolo abiertamente con furia—. ¿Estás loco?

El chico no parpadeó.

—Podrías llamarlo responsabilidad heroica, quizá —dijo Harry Potter—. No como la clase habitual. Significa que pase lo que pase, da igual qué, siempre es culpa tuya. Incluso si se lo dices a la profesora McGonagall, ella no es responsable de lo que ocurra, tú lo eres. Seguir las reglas de la escuela no es una excusa, que otra persona esté al mando no es una excusa, ni siquiera intentarlo lo mejor posible es una excusa. Simplemente no hay excusas; tienes que conseguirlo cueste lo que cueste.

El rostro de Harry se tensó.

—Por eso digo que no estás pensando responsablemente, Hermione. Pensar que tu trabajo ha terminado cuando se lo dices a la profesora McGonagall… eso no es pensamiento de heroína. Como si que golpeen a Hannah estuviera bien entonces, porque ya no es culpa tuya. Ser una heroína significa que tu trabajo no termina hasta que has hecho todo lo necesario para proteger a las otras chicas, permanentemente.

En la voz de Harry había un toque del acero que había adquirido desde el día en que Fawkes estuvo sobre su hombro.

—No puedes pensar como si solo seguir las reglas significara que has cumplido con tu deber.

—Creo —dijo Hermione con calma— que tú y yo podríamos discrepar sobre algunas cosas, señor Potter. Como si tú o la profesora McGonagall sois más responsables, y si ser responsable implica normalmente que la gente corra de un lado a otro y grite, y hasta qué punto es buena idea seguir las reglas de la escuela. Y que discrepemos, señor Potter, no significa que tú tengas la última palabra.

—Bueno —dijo Harry—, preguntaste qué era tan terrible de tener que preguntarte primero, y era una pregunta sorprendentemente buena, así que examiné mi mente y esto es lo que encontré. Creo que mi verdadero miedo es que si Hannah está en problemas y a mí se me ocurre una manera de salvarla que parece rara u oscura o algo así, puede que tú no sopeses las consecuencias para Hannah. Puede que no aceptes la responsabilidad de heroína de inventar alguna manera de salvarla, de algún modo, cueste lo que cueste. En lugar de eso simplemente desempeñarías el papel de Hermione Granger, la chica Ravenclaw sensata; y el papel de Hermione Granger automáticamente dice que no, tenga o no tenga en mente un plan mejor. Y entonces cuarenta y cuatro matones se turnarán para golpear a Hannah Abbott, y todo será culpa mía porque yo lo sabía, aunque no quisiera que la realidad fuese así, sabía que así era como ocurriría. Estoy bastante seguro de que ese era mi miedo secreto, sin palabras, inconfesable.

La frustración volvía a acumularse dentro de ella.

—¡Es mi vida! —estalló Hermione. Podía imaginar cómo sería tener a Harry metiéndose con ella todo el tiempo, inventando constantemente justificaciones para no preguntarle primero y no escuchar sus objeciones. No debería tener que ganar una discusión solo para…—. ¡Siempre habrá alguna razón, siempre podrás decir que no estoy pensando bien! ¡Quiero mi propia vida! Si no, me alejaré, de verdad lo haré, lo digo en serio, Harry.

Harry suspiró.

—Aquí es exactamente donde no quería que termináramos, y aquí estamos. Tienes miedo de justo lo mismo que yo, ¿verdad? Miedo de que si sueltas el volante nos estrellaremos.

Las comisuras de sus labios se torcieron, pero no parecía una sonrisa de verdad.

—Eso lo puedo entender.

—¡No creo que lo entiendas en absoluto! —dijo Hermione con brusquedad—. ¡Dijiste que seríamos socios, Harry!

Aquello lo detuvo; ella pudo ver que lo detuvo.

—¿Qué te parece esto? —dijo Harry al fin—. Prometeré preguntarte primero antes de hacer cualquier cosa que pueda interpretarse como meterme en tus asuntos. Solo que tú tienes que prometerme que serás razonable, Hermione. Quiero decir de verdad, genuinamente, parar y pensar primero durante veinte segundos, tratarlo como una elección real. La clase de razonabilidad en la que te das cuenta de que estoy ofreciendo una forma de proteger a las otras chicas, y que si dices no automáticamente sin considerarlo como es debido, existe esta consecuencia real de que Hannah Abbott acaba en el hospital.

Hermione miró fijamente a Harry mientras su recitación se apagaba.

—¿Y bien? —dijo Harry.

—No debería tener que hacer promesas —dijo ella— solo para que se me consulte sobre mi propia vida.

Se apartó de Harry y empezó a caminar hacia la torre de Ravenclaw, sin mirarlo.

—Pero lo pensaré, de todos modos.

Oyó a Harry suspirar, y después caminaron en silencio durante un rato, pasando por debajo de un arco de algún metal rojizo como el cobre, hacia un corredor que era igual al que habían dejado salvo porque estaba embaldosado con pentágonos en vez de cuadrados.

—Hermione… —dijo Harry—. He estado observándote y pensando, desde el día en que dijiste que ibas a ser una heroína. Tienes el valor. Lucharás por lo correcto, incluso frente a enemigos que harían huir a otras personas. Desde luego tienes la inteligencia bruta para ello, y probablemente seas una persona mejor por dentro que yo. Pero aun así… bueno, para ser honesto, Hermione… no acabo de verte llenando los zapatos de Dumbledore, liderando la lucha de la Gran Bretaña mágica contra Quien-Tú-Sabes. No todavía, al menos.

Hermione había vuelto la cabeza para mirar a Harry, que simplemente siguió caminando, como perdido en sus pensamientos. ¿Llenar esos zapatos? Nunca había intentado imaginarse de esa manera. Nunca había imaginado imaginarse de esa manera.

—Y quizá me equivoque —dijo Harry mientras caminaban—. Quizá simplemente he leído demasiadas historias donde los héroes nunca hacen lo sensato y siguen las reglas y se lo cuentan a sus profesoras McGonagall, así que mi cerebro no piensa que seas una heroína adecuada de cuento. Quizá tú seas la cuerda, Hermione, y yo solo esté siendo tonto. Pero cada vez que hablas de seguir reglas o confiar en profesores, tengo esa misma sensación, como si estuviera ligado a esta última cosa que te detiene, una última cosa que duerme a tu yo PJ y te convierte otra vez en PNJ…

Harry dejó escapar un suspiro.

—Quizá por eso Dumbledore dijo que debería tener padrastros malvados.

—¿Dijo qué?

Harry asintió.

—Todavía no sé si el director estaba bromeando o… la cosa es que tenía razón de cierta manera. Tuve padres cariñosos, pero nunca sentí que pudiera confiar en sus decisiones; no estaban lo bastante cuerdos. Siempre supe que si no pensaba las cosas por mí mismo, podía salir herido. La profesora McGonagall hará lo que sea necesario para conseguir el objetivo si estoy allí para insistirle, pero no rompe las reglas por su cuenta sin supervisión heroica. El profesor Quirrell sí es realmente alguien que consigue hacer las cosas cueste lo que cueste, y es la única otra persona que conozco que se da cuenta de cosas como que la Snitch arruina el quidditch. Pero no puedo confiar en que él sea bueno. Aunque sea triste, creo que eso forma parte del entorno que crea lo que Dumbledore llama un héroe: personas que no tienen a nadie más sobre quien empujar la responsabilidad final, y por eso forman el hábito mental de rastrearlo todo por sí mismas.

Hermione no dijo nada a aquello, pero estaba pensando en algo que Godric Gryffindor había escrito cerca del final de su brevísima autobiografía. Breve y sin ninguna explicación, porque el pergamino había estado destinado a ser copiado a mano, siglos antes de que la imprenta muggle inspirara a los magos a inventar la Pluma de Lectura-Escritura.

Ningún salvador tiene salvador, había escrito Godric Gryffindor. Ningún señor tiene el campeón, ni madre ni padre, solo la nada arriba.

Si ese era el precio de ser una heroína, Hermione no estaba segura de querer pagarlo. O quizá —aunque no era la clase de cosa que habría pensado antes de empezar a pasar tiempo con Harry— quizá Godric Gryffindor se había equivocado.

—¿Confías en Dumbledore? —dijo Hermione—. Quiero decir, está aquí mismo en nuestra escuela y es el héroe más legendario del mundo entero…

—Era el héroe más legendario —dijo Harry—. Ahora prende fuego a pollos. Sinceramente, ¿Dumbledore te parece fiable?

Hermione no respondió.

Uno al lado del otro, los dos empezaron a subir enormes escaleras anchas en espiral, los escalones alternando entre metal de bronce y piedra azul; la aproximación final al lugar donde el retrato de Ravenclaw esperaba para proteger su dormitorio con acertijos tontos.

—Ah, y acabo de pensar en algo que debería decirte —dijo Harry cuando estaban más o menos a mitad de camino—. Ya que afecta a tu vida y todo eso. Piensa en ello como una especie de pago inicial…

—¿Qué es? —dijo Hermione.

—Predigo que P.E.D.D.O. está a punto de retirarse.

—¿Retirarse? —dijo Hermione, casi tropezando en uno de los escalones.

—Sí —dijo Harry—. Quiero decir, podría equivocarme, pero sospecho que los profesores están a punto de caer con fuerza sobre las peleas en los pasillos.

Harry sonreía mientras hablaba, un brillo en sus ojos detrás de las gafas insinuando conocimiento secreto.

—Lanzar nuevos sortilegios para detectar maleficios ofensivos, o empezar a verificar informes de acoso usando Veritaserum… se me ocurren varias maneras de cerrarlo. Pero si estoy en lo cierto, es algo que celebrar, Hermione, tú y todas vosotras. Armásteis bastante escándalo público como para que de verdad hicieran algo respecto al acoso. Todo el acoso.

Lentamente, entonces, una sonrisa empezó a trepar por sus labios, y mientras alcanzaba lo alto de las escaleras y empezaba a caminar hacia el retrato de Ravenclaw para su acertijo, Hermione se sintió más ligera de pies, una maravillosa sensación de elevación extendiéndose por ella como si la hubieran bombeado llena de helio.

De algún modo, pese a todo el esfuerzo que las ocho habían puesto en ello, no había esperado tanto, no había esperado que funcionara de verdad.

Habían marcado una diferencia…


Era el final de la hora del desayuno de la mañana siguiente.

Los estudiantes de todos los cursos estaban sentados muy quietos en sus bancos, todas las cabezas vueltas en la misma dirección, hacia la Mesa Alta, ante la cual una única chica de primero permanecía rígida e inmóvil, la cabeza inclinada hacia atrás para mirar al jefe de la Casa Slytherin.

El rostro del profesor Snape estaba retorcido de furia y triunfo, vengativo como cualquier pintura de un mago Oscuro; y detrás de él los otros profesores estaban sentados en la Mesa Alta, observando con rostros como tallados en piedra.

—…permanentemente disuelta —escupió el maestro de Pociones—. ¡Tu autoproclamada Sociedad queda proscrita dentro de Hogwarts, por mi decisión como profesor! Si tu Sociedad o cualquier miembro de ella es descubierto luchando de nuevo en los pasillos, Granger, ¡se te hará personalmente responsable y yo te expulsaré de la Escuela Hogwarts de Magia y Hechicería!

Aquella chica de primero se quedó allí, ante la Mesa Alta, adonde antes solo la habían llamado para recibir elogios y sonrisas; se quedó allí con la columna erguida y recta en su curva como el arco de un centauro, sin darle nada al enemigo.

Aquella bruja de primero se quedó allí con todas las lágrimas y la ira embotelladas, el rostro inmóvil, sin que nada cambiara en su apariencia exterior, mientras algo se rompía lentamente dentro de ella; podía sentir cómo se rompía.

Se rompió más cuando el profesor Snape le dio dos semanas de castigo por el delito de violencia en la escuela, burlándose con el rostro despreciativo que les había mostrado a todos el primer día de Pociones, y con un pequeño giro en la comisura de la sonrisa que decía que el maestro de Pociones sabía exactamente lo injusto que estaba siendo.

Lo-que-fuera dentro de ella se resquebrajó por completo, de arriba abajo, cuando el profesor Snape le quitó cien puntos a Ravenclaw.

Entonces terminó, y Snape le dijo que estaba despedida.

Ella se volvió y vio que, en la mesa de Ravenclaw, Harry Potter estaba sentado inmóvil en su sitio. No podía ver su expresión desde allí; veía sus puños sobre la mesa, pero no podía ver si estaban apretados y blancos como los suyos. Le había susurrado, cuando el profesor Snape la llamó, que no debía hacer nada sin preguntar primero.

Hermione volvió a girar para mirar la Mesa Alta, justo cuando Snape se apartaba de ella para retomar su sitio.

—He dicho que estás despedida, niña —dijo la voz burlona, pero había una sonrisa complacida en la cara de Snape, como si estuviera esperando que hiciera algo…

Hermione avanzó otros cinco pasos hacia la Mesa Alta y dijo con voz quebrada:

—¿Director?

Un silencio absoluto llenó el Gran Comedor.

El director Dumbledore no dijo nada, no se movió. Era como si él también estuviera tallado en piedra.

Hermione volvió la mirada hacia el profesor Flitwick, cuya cabeza, apenas visible sobre la mesa, parecía estar mirando hacia su regazo. A su lado, el rostro de la profesora Sprout estaba muy tenso; parecía obligarse a mirar, y sus labios temblaban, pero no dijo nada.

La silla de la profesora McGonagall estaba vacía; la subdirectora no se había presentado al desayuno aquella mañana.

—¿Por qué ninguno de vosotros dice nada? —dijo Hermione Granger. Su voz temblaba con lo último de su esperanza, el último alcance desesperado de ayuda desde aquel lugar dentro de ella—. ¡Sabéis que lo que está haciendo está mal!

—Dos semanas más de castigo, por insolencia —dijo Snape sedosamente.

Se hizo añicos.

Miró la Mesa Alta unos segundos más, al profesor Flitwick y a la profesora Sprout y al lugar vacío donde debería haber estado la profesora McGonagall. Luego Hermione Granger se volvió y empezó a caminar hacia la mesa de Ravenclaw.

Empezó un murmullo de voces, a medida que los estudiantes se descongelaban de donde habían estado sentados.

Y entonces, cuando ya casi estaba en la mesa de Ravenclaw…

La voz seca del profesor Quirrell cortó todo, y aquella voz dijo:

—Cien puntos para la señorita Granger por hacer lo correcto.

Hermione casi tropezó con sus propios pies; y luego siguió avanzando, incluso mientras Snape gritaba algo furioso, incluso mientras el profesor Quirrell se recostaba en su silla y empezaba a reír, incluso mientras la voz de Dumbledore decía algo que ella no captó, y entonces estaba sentada de nuevo en la mesa de Ravenclaw junto a Harry Potter.

Harry Potter estaba congelado a su lado; parecía alguien que no se atrevía a moverse.

—Está bien —le dijo su voz, automáticamente, sin que hubiera elección ni pensamiento de por medio, aunque en realidad no estaba bien en absoluto—. Pero ¿puedes ver si logras sacarme de los castigos de Snape, como hiciste contigo aquella vez?

Harry Potter asintió, un único movimiento brusco de la cabeza.

—Yo… —dijo Harry—. Yo… lo siento, esto… todo esto es culpa mía…

—No seas ridículo, Harry.

Era extraño cómo su voz salía completamente normal, y sin que ella pensara en qué decir. Hermione miró su plato de desayuno, pero comer parecía claramente descartado; había un remolino y una agitación en su estómago que sugerían que ya estaba al borde de vomitar, lo cual era extraño porque podría haber jurado que todo su cuerpo se sentía entumecido, como si no sintiera nada, al mismo tiempo.

—Y —dijo su voz—, si quieres romper reglas de la escuela o algo así, puedes preguntármelo; prometo que no diré simplemente que no.


Non est salvatori salvator,

neque defensori dominus,

nec pater nec mater,

nihil supernum.

— Godric Gryffindor, 1202 E.C.