El sol de invierno ya se había puesto hacía un buen rato cuando terminó la cena, así que fue bajo la luz tranquila de las estrellas que titilaban desde el techo encantado del Gran Comedor como Hermione salió hacia la torre de Ravenclaw junto a su compañero de estudio Harry Potter, que últimamente parecía tener una cantidad absurda de tiempo para estudiar. No tenía ni la más remota idea de cuándo hacía Harry sus deberes de verdad, salvo que estaban hechos; quizá se los hacían los elfos domésticos mientras dormía.

Casi todos y cada uno de los pares de ojos de todo el Comedor estaban clavados en ellos cuando pasaron por las poderosas puertas del comedor, que parecían más las puertas de asedio de un castillo que algo por lo que los alumnos debieran pasar al volver de cenar.

Salieron sin hablar y caminaron hasta que el murmullo lejano de las conversaciones estudiantiles se hubo desvanecido en el silencio; y entonces los dos siguieron un poco más por los corredores de piedra antes de que Hermione hablara por fin.

—¿Por qué has hecho eso, Harry?

—¿Hacer qué? —dijo el Niño-Que-Vivió con tono abstraído, como si su mente estuviera en otra parte, pensando en cosas inmensamente más importantes.

—Quiero decir, ¿por qué no les has dicho simplemente que no?

—Bueno —dijo Harry, mientras sus zapatos repiqueteaban sobre las baldosas—, no puedo ir por ahí diciendo «no» cada vez que alguien me pregunta por algo que no he hecho. Quiero decir, imagina que alguien me pregunta: «Harry, ¿fuiste tú quien hizo la broma de la pintura invisible?», y yo digo «No», y entonces me preguntan: «Harry, ¿sabes quién manipuló la escoba del Buscador de Gryffindor?», y yo digo: «Me niego a responder a esa pregunta». Es un poco delator.

—Y por eso —dijo Hermione con cuidado— les has dicho a todos… —se concentró, recordando las palabras exactas—. Que si hipotéticamente hubiera una conspiración, no podrías confirmar ni negar que el verdadero amo de la conspiración fuera el fantasma de Salazar Slytherin, y que de hecho ni siquiera podrías admitir que la conspiración existiera, así que la gente debería dejar de hacerte preguntas al respecto.

—Ajá —dijo Harry Potter, sonriendo ligeramente—. Así aprenderán a tomarse los escenarios hipotéticos demasiado en serio.

—Y me has dicho que no respondiera a nada…

—Puede que no te crean si lo niegas —dijo Harry—. Así que es mejor no decir nada, salvo que quieras que piensen que eres una mentirosa.

—Pero… —dijo Hermione, impotente—. Pero… pero ¡ahora la gente cree que hago cosas para Salazar Slytherin! —la forma en que la habían mirado los Gryffindors… la forma en que la habían mirado los Slytherins…

—Forma parte de ser una heroína —dijo Harry—. ¿Has visto lo que dice El Quisquilloso de mí?

Durante un breve segundo Hermione imaginó a sus padres leyendo un artículo de periódico sobre ella, y que en vez de tratar de que había ganado un concurso nacional de deletreo o cualquiera de las otras maneras en que había imaginado salir en los periódicos, el titular dijera: «HERMIONE GRANGER DEJA EMBARAZADO A DRACO MALFOY».

Era suficiente para hacerte pensártelo dos veces con todo el asunto de ser heroína.

La voz de Harry se volvió un poco más formal.

—Hablando de eso, señorita Granger, ¿cómo va su última misión?

—Bueno —dijo Hermione—, salvo que el fantasma de Salazar Slytherin aparezca de verdad y nos diga dónde encontrar abusones, no creo que vayamos a tener mucha suerte. —No es que lo lamentara.

Miró de reojo a Harry y vio que el chico la observaba con una expresión peculiarmente intensa.

—Sabes, Hermione —dijo el chico en voz baja, como para asegurarse de que nadie más en el mundo lo oyera—, creo que tienes razón. Creo que algunas personas reciben mucha más ayuda que otras para convertirse en héroes. Y tampoco creo que eso sea justo.

Y Harry agarró las túnicas de bruja que Hermione llevaba sobre el brazo y la arrastró a un pasillo lateral del corredor por el que caminaban; la boca de Hermione se abrió de sorpresa incluso mientras la varita de Harry aparecía en su mano, doblaron una curva del pasillo lateral, que era tan estrecho que casi los empujaba el uno contra el otro, y Harry apuntó hacia el camino por el que habían venido y dijo en voz baja «Quietus», y un momento después, en la otra dirección, «Quietus» otra vez.

El chico miró a su alrededor con atención, no solo a ambos lados, sino incluso hacia arriba, al techo, y hacia abajo, al suelo.

Y entonces Harry metió una mano en su bolsa y dijo:

—Capa de invisibilidad.

—¿Glep? —dijo Hermione.

Harry ya estaba sacando pliegues de tela negra y reluciente del artefacto de piel de moke.

—No te preocupes —dijo el chico con una pequeña sonrisa—, son tan raras que a nadie se le ocurrió hacer una norma escolar contra ellas…

Y entonces Harry le tendió la malla de terciopelo oscuro y dijo, con la voz extrañamente formal:

—No te doy, sino que te presto, mi capa, a ti, Hermione Jean Granger. Protégela bien.

Ella miró fijamente el terciopelo reluciente de la capa, tela que se tragaba toda la luz que caía sobre ella salvo los pequeños reflejos extraños que centelleaban, un tejido tan perfectamente negro que debería haber mostrado polvo o pelusa o algo, pero no lo hacía; cuanto más lo mirabas, más sentías que lo que veías no estaba realmente allí, aunque luego parpadeabas otra vez y era solo una capa negra.

—Tómala, Hermione.

Casi sin pensar, Hermione estiró la mano para agarrar la tela; y justo cuando su cerebro despertó y empezó a retirar la mano, Harry soltó la capa y esta comenzó a caer, y ella la agarró sin pensar. Y en el instante en que sus dedos tocaron y sostuvieron la capa, sintió una sacudida intangible recorrerla como cuando recogió su varita por primera vez; y fue como si oyera una canción cantada, muy tenue, en el fondo de su mente.

—Ese es uno de mis objetos de misión, Hermione —dijo Harry suavemente—. Perteneció a mi padre, y no es algo que pueda reemplazar si se pierde. No se la prestes a nadie más, no se la enseñes a nadie, no le digas a nadie que existe… pero si quieres tomarla prestada durante un tiempo, ven a pedírmela.

Hermione por fin apartó los ojos de los pliegues de negrura sin fondo y volvió a mirar a Harry.

—No puedo…

—Claro que puedes —dijo Harry—. Porque no hay nada ni remotísimamente justo en que yo encontrara esto envuelto para regalo en una caja junto a mi cama una mañana, y tú… no. —Harry hizo una pausa pensativa—. Salvo que sí recibieras tu propia capa de invisibilidad, en cuyo caso olvida lo que he dicho.

Entonces por fin cayeron sobre ella las implicaciones de una capa de invisibilidad, y señaló a Harry con un dedo acusador, aunque estaban tan cerca que no podía estirar del todo el brazo, y su voz se alzó con considerable indignación al decir:

—¡Así que así desapareciste del armario de Pociones! Y aquella vez cuando… —y se interrumpió, porque incluso con una capa de invisibilidad seguía sin ver cómo Harry había…

Harry se pulió las uñas contra las túnicas con artificiosa despreocupación y dijo:

—Bueno, sabías que tenía que haber algún truco, ¿no? Y ahora la heroína sabrá misteriosamente dónde y cuándo encontrar abusones, igual que si hubiera escuchado a los abusones mientras lo planeaban, aunque nadie de su edad podría haberse vuelto invisible para espiarlos.

Hubo una pausa y un silencio.

—Harry… —dijo ella—. No… ya no estoy segura de que luchar contra abusones sea una idea tan buena.

Los ojos de Harry permanecieron firmes en los de ella.

—¿Porque las otras chicas podrían salir heridas?

Ella asintió, simplemente asintió.

—Esa es su elección, Hermione, igual que la tuya es la tuya. He decidido no hacer la cosa obvia y estúpida que hace todo el mundo en los libros: intentar mantenerte a salvo, protegida e indefensa, hacer que te enfades muchísimo conmigo y me apartes mientras sales por tu cuenta y te metes en aún más problemas, y luego salir heroicamente adelante con éxito, después de lo cual por fin tendría mi epifanía y me daría cuenta de que bla, bla, bla, etcétera. Sé cómo va esa parte de la historia de mi vida, así que me la salto. Si puedo predecir lo que voy a pensar más tarde, también puedo adelantarme y pensarlo ahora. En fin, mi argumento es que tú tampoco deberías asfixiar a tus amigas para mantenerlas a salvo. Diles desde el principio que previsiblemente saldrá horriblemente mal, y si aun así quieren ser heroínas, perfecto.

Era en momentos como aquel cuando Hermione se preguntaba si algún día llegaría a acostumbrarse a la forma en que pensaba Harry.

—Harry, yo de verdad —se le atascó la voz un segundo—, de verdad, de verdad, no quiero que salgan heridas. Especialmente por algo que empecé yo.

—Hermione —dijo Harry seriamente—, estoy bastante seguro de que hiciste lo correcto. No veo qué podría pasarles de forma realista que fuera peor para ellas, a largo plazo, que no intentarlo.

—¿Y si salen gravemente heridas? —dijo Hermione. Sentía la voz bloqueada en la garganta; recordó al capitán Ernie contando cómo Harry se había limitado a mirar directamente a los ojos de un abusón mientras el abusón le doblaba el dedo hacia atrás, antes de que la profesora Sprout llegara para salvarlo; y había otro pensamiento que venía después de ese, sobre Hannah y sus manos delicadas con las uñas que se pintaba cuidadosamente de amarillo Hufflepuff cada mañana, pero no estaba permitido imaginarlo—. Y entonces… nunca volverán a hacer nada valiente.

—No creo que funcione así —dijo Harry con firmeza—. Aunque todo salga inimaginablemente mal, no creo que funcione así dentro de una mente humana. Lo importante es creer de ti misma que eres alguien capaz de romper sus límites. Intentarlo y salir herida no puede ser peor para ti que estar… atascada.

—¿Y si te equivocas, Harry?

Harry hizo una pausa por un momento, y luego se encogió de hombros con un poco de tristeza y dijo:

—¿Y si tengo razón?

Hermione volvió a mirar la malla negra que se extendía sobre su mano. Desde dentro, la capa se sentía extrañamente suave y a la vez firme contra la palma, como si intentara darle a su mano un abrazo tranquilizador.

Entonces volvió a levantar el brazo, tendiéndole la capa a Harry.

Harry no se movió para tomarla.

—Yo… —dijo Hermione—. Quiero decir, gracias, muchísimas gracias, pero aún estoy pensándolo, así que puedes recuperarla por ahora. Y… Harry, no creo que esté bien espiar a la gente…

—¿Ni siquiera a abusones conocidos, para rescatar a sus víctimas? —dijo Harry—. Nunca me han acosado, pero he pasado por una simulación realista, y no fue muy agradable. ¿Alguna vez te han acosado a ti, Hermione?

—No —dijo ella en voz baja, y siguió sosteniendo la capa de invisibilidad de Harry hacia él.

Por fin Harry recuperó la capa —ella sintió una pequeña punzada de pérdida cuando la canción inaudible desapareció del fondo de su mente— y empezó a meter el material negro de nuevo en su bolsa.

Cuando la bolsa se tragó lo último de la tela, Harry se apartó de ella para romper la Barrera Silenciadora…

—Y, eh —dijo Hermione—. Esa no es la Capa de Invisibilidad, ¿verdad? La que leímos en la biblioteca en la página dieciocho de la traducción de Paula Vieira de Un rollo ilustrado de artefactos perdidos, de Gottschalk.

Harry giró la cabeza hacia ella, sonriendo ligeramente, y dijo con exactamente el mismo tono de voz que había usado antes con los otros estudiantes durante la cena:

—No puedo confirmar ni negar que posea artefactos mágicos de increíble poder.


Cuando Hermione se metió en la cama aquella noche, todavía intentaba decidirse. Su vida había sido más simple a la hora de la cena, cuando no había ninguna forma práctica de encontrar abusones; y ahora tenía que elegir otra vez; no por sí misma, esta vez, sino por sus amigas. En su imaginación seguía viendo el rostro surcado de arrugas de Dumbledore y el dolor que no había logrado ocultar del todo, y en los oídos de su mente seguía oyendo la voz de Harry diciendo: «Esa es su elección, Hermione, igual que la tuya es la tuya».

Y su mano seguía recordando la sensación de la capa contra sus dedos, reproduciéndola una y otra vez en su mente. Había un poder en aquella sensación que obligaba a sus pensamientos a volver a ella, y a la canción que había oído/no oído en una parte de su mente y de su magia que ahora volvía a yacer silenciosa.

Harry le había hablado a la capa como si fuera una persona, diciéndole que la cuidara bien. Harry había dicho que la capa había pertenecido a su padre, que no podría reemplazarla si se perdía…

Pero… Harry no haría eso de verdad, ¿verdad?

¿Simplemente entregarle una de las tres Reliquias de la Muerte creadas siglos antes de Hogwarts?

Podía decir que se sentía halagada, pero aquello iba muchísimo más allá de sentirse halagada, hasta el punto de hacerla preguntarse qué era ella exactamente para Harry.

Quizá Harry era el tipo de persona que iba prestando antiguos artefactos mágicos perdidos a cualquiera a quien considerara su amigo, pero…

Pero cuando pensaba en qué parte de su vida había dicho Harry que se saltaba, la parte en que intentaba mantenerla a salvo y protegida…

Hermione miró fijamente al techo del dormitorio de Ravenclaw. En algún lugar más allá de su cama, Mandy y Su estaban hablando. Había subido su Encantamiento Silenciador hasta donde no podía oír las palabras exactas, pero sí su tenue murmullo; había algo reconfortante en dormir en un dormitorio con las otras chicas. Harry mantenía el suyo completamente subido, lo sabía.

Estaba empezando a preguntarse si quizá Harry de verdad, bueno…

Ya sabes…

Gustaba de ella.

Hermione Granger tardó mucho en dormirse aquella noche.

Y cuando despertó a la mañana siguiente había un pequeño trozo de pergamino asomando bajo su almohada que decía: A las diez y media encontrarás a un abusón en el cuarto pasadizo a la izquierda del corredor que sale del aula de Pociones. —S.


Cuando Hermione entró en el Gran Comedor aquella mañana, tenía el estómago lleno de mariposas voladoras del tamaño de hipogrifos; incluso al acercarse a la mesa de Ravenclaw aún no había decidido qué hacer.

Vio que había un sitio vacío junto a Padma. Ahí era donde debía sentarse si iba a contárselo a Padma y luego pedirle a Padma que se lo contara a Daphne y Tracey.

Hermione caminó hacia el sitio vacío junto a Padma.

Había palabras esperando en su garganta: Padma, he recibido un mensaje misterioso…

Y podía sentir dentro de sí un enorme muro de ladrillo que impedía que las palabras salieran. Estaría poniendo en peligro a Hannah y a Susan y a Daphne. Cogiéndolas de la mano y llevándolas directas a los problemas. Eso estaba Mal.

O podía ir a intentar ocuparse del abusón ella sola, sin decirles nada a sus amigas, y eso, evidentemente, también estaba Mal.

Hermione sabía que se enfrentaba a un Dilema Moral, igual que todos aquellos magos y brujas sobre los que había leído en las historias. Solo que en las historias la gente siempre tenía una opción correcta y una opción incorrecta, no dos opciones incorrectas, lo cual parecía un poco injusto.

Pero tenía la sensación, de algún modo —tal vez venía de la manera en que Harry siempre hablaba de cómo los verían los libros de historia—, de que estaba ante una Decisión Heroica, y de que toda su vida podía acabar yendo en una dirección u otra según lo que eligiera en ese mismo momento, aquella mañana.

Hermione se sentó a la mesa sin mirar a los lados, solo contemplando el plato y los cubiertos como si pudieran tener respuestas escondidas, pensando con tanta intensidad como nunca había pensado; y unos segundos después oyó la voz de Padma, susurrando casi en su oído:

—Daphne dice que sabe dónde va a estar un abusón a las diez y media.


Condenadas.

Todas estaban condenadas, en opinión de Susan Bones.

La tía a veces contaba historias que empezaban así, con gente haciendo algo que sabía que era estúpido, y las historias solían terminar con alguien condenado por todo el suelo y todas las paredes y manchando los zapatos de la tía.

—Oye, Padma —murmuró Parvati, con la voz apenas audible por encima de los suaves impactos de ocho chicas andando de puntillas por el corredor que conducía al aula de Pociones—, ¿sabes por qué Hermione ha estado suspirando toda la mañana…?

—¡Nada de hablar! —siseó Lavender, su áspero susurro sonando mucho más fuerte que el murmullo de Parvati—. ¡Nunca se sabe cuándo el Mal puede estar escuchando!

—¡Shhh! —dijeron otras tres chicas todavía más alto.

Total, absoluta, extremadamente condenadas.

Al acercarse al cuarto pasadizo a la izquierda del aula de Pociones, donde el misterioso informante de Daphne había dicho que tendría lugar el abuso, las ocho se movieron más despacio, el sonido de sus pies se volvió más suave, y por fin la general Granger hizo el gesto que significaba: Alto, yo miraré delante.

Lavender levantó entonces la mano, y cuando Hermione se volvió para mirarla, Lavender, con aspecto perplejo, señaló directamente el corredor, se señaló a sí misma y luego intentó hacer otra señal que Susan no entendió.

La general Granger negó con la cabeza y, una vez más, esta vez con movimientos más lentos y exagerados, hizo la señal de Alto, yo miraré delante.

Lavender, con aspecto aún más perplejo, señaló hacia el camino por el que habían venido e hizo con la otra mano un gesto de rebote.

Ahora todas las demás parecían todavía más confundidas que Lavender, y Susan pensó con cierta acritud que evidentemente una hora de práctica hecha dos días antes no bastaba para recordar un nuevo conjunto de señales codificadas.

Hermione señaló a Lavender, luego al suelo bajo los pies de Lavender, con una expresión en la cara que dejaba muy claro que el significado pretendido era: Tú. Quédate. Aquí.

Lavender asintió.

Doom doom doom, iban las palabras de la canción de marcha de la Legión del Caos por la mente de Susan, doom doom doom doom doom doom…

Hermione metió la mano en sus túnicas y sacó una pequeña varilla con un espejo en el extremo y un ocular. Muy, muy suavemente, la chica Ravenclaw se acercó a la pared, justo al lado de donde el pasadizo salía del corredor, y asomó apenas la punta del ocular por la esquina.

Luego un poco más.

Luego un poco más.

Entonces la general Granger asomó con cautela la cabeza por el lateral.

La general Granger se volvió hacia ellas, asintió e hizo la señal manual de seguidme.

Susan se sintió un poco mejor mientras avanzaba sigilosamente. La parte del Plan que decía que debían llegar treinta minutos antes que el abusón, al parecer, había funcionado de verdad. Quizá solo estaban ligeramente condenadas…


A las diez veintinueve, casi en punto, apareció el abusón. Si alguien hubiera estado presente para oírlo —aunque el corredor parecía vacío—, habría oído sus zapatos resonando firmes por el corredor principal, entrando en el pasadizo, caminando hacia donde el pasadizo giraba en su primera esquina, doblando esa esquina, y luego deteniéndose con cierta sorpresa al ver que el pasadizo terminaba ahora en una sólida pared de ladrillo donde antes no había pared alguna.

Entonces el abusón se encogió de hombros y se dio la vuelta, mientras se apoyaba para observar el pasillo principal desde justo después de la esquina.

Era el castillo de Hogwarts, después de todo.

Detrás de los delgados paneles transfigurados a toda prisa que habían ensamblado para que desde fuera parecieran una pared de ladrillo, las chicas esperaban; sin hablar, sin moverse, casi sin respirar, pero mirando por los agujeros que se habían dejado para los ojos.

Cuando la mirada de Susan captó al abusón, pudo sentir que se le apretaba el pecho hasta la punta de los dedos de los pies. El chico parecía de séptimo, si no mayor, y sus túnicas estaban ribeteadas de verde en vez del rojo que habían estado esperando, y tenía músculos, y después de mirarlo un rato más, Susan se dio cuenta de que su postura tenía el equilibrio de alguien que duelaba.

Entonces todas oyeron el sonido de más pies acercándose por el corredor. Los Gryffindors y Slytherins de cuarto acababan de salir de clase de Pociones.

Los pasos pasaron repiqueteando, disminuyeron y se desvanecieron, y el abusón no hizo nada. Por un momento Susan sintió un instante de alivio…

Entonces se acercó otro grupo de pasos, más pequeño.

El abusón tampoco hizo nada mientras los pasos pasaban.

Eso ocurrió unas cuantas veces más.

Y entonces, cuando se acercaba el sonido apenas audible de un último conjunto de pasos, las siete chicas oyeron la voz del abusón diciendo, clara, fría y tranquila:

—Protego.

Alguien jadeó entonces, aunque por suerte muy, muy bajo. Si ni siquiera podían lanzar un solo disparo…

Los abusones ya estaban aprendiendo, se dio cuenta Susan; no había esperado que S.P.H.E.W. pudiera hacer aquello muchas veces antes de que los abusones se dieran cuenta, pero Hermione ya había derrotado a tres abusones, y la escuela había estado zumbando con especulaciones sobre el fantasma de Salazar Slytherin el día anterior…

¡Nos está esperando!

Susan habría susurrado que se rindieran, que abortaran el plan, solo que no había manera de transmitir un mensaje a…

—Silencio —dijo el abusón con voz suave y deliberada, con la varita apuntada hacia el corredor, la bruma azul de su Encantamiento Escudo reluciendo a su alrededor—. Accio víctima.

Cuando el chico de cuarto apareció en su campo de visión, colgaba boca abajo como si una mano invisible lo sostuviera en alto por una pierna, sus túnicas ribeteadas de rojo comenzando a deslizarse por sus muslos para revelar los pantalones de debajo. La boca se abría y cerraba, impotente, sin que saliera sonido alguno.

—Supongo que te estarás preguntando qué está pasando —dijo el Slytherin de séptimo con una voz tranquila y fría—. No te preocupes. Es tan simple que hasta un Gryffindor podría entenderlo.

Con eso, la mano izquierda del Slytherin formó un puño y se hundió con fuerza en el vientre del Gryffindor. El cuerpo del chico de cuarto se sacudió frenéticamente, pero aun así no le salieron palabras de la boca.

—Tú eres mi víctima —dijo el Slytherin mayor—. Yo soy un abusón. Voy a darte una paliza. Y veremos si alguien me detiene.

Fue en ese momento cuando Susan se dio cuenta de que era una trampa.

Y casi en el mismo instante resonó la voz poderosa y aguda de una niña, gritando:

—¡Alto, malhechor! ¡Finite Incantatem!

Lavender, pensó Susan, angustiada. La chica Gryffindor se había ofrecido voluntaria para ser una distracción, mientras el resto ejecutaba un ataque de flanqueo desde donde el abusón no lo esperaría, ese había sido el plan, solo que ahora…

—¡En nombre de Hogwarts —gritó la voz de Lavender, aunque no podían verla— y en nombre de las heroínas de todas partes, te ordeno que sueltes a ese AIIH!

—Expelliarmus —dijo el abusón—. Stupefy. Accio heroína estúpida.

Cuando Lavender flotó hasta su campo de visión, colgando de un pie e inconsciente, Susan parpadeó; la chica llevaba una falda y una blusa de vivos colores carmesí y dorado, en vez de sus túnicas habituales de Hogwarts.

El abusón también estaba mirando con extrañeza el cuerpo boca abajo de la chica, y entonces le apuntó con la varita y dijo «Finite Incantatem», pero la ropa siguió igual.

Entonces el abusón se encogió de hombros y, todavía de cara en dirección a Lavender en lugar de al chico de cuarto colgante, echó el puño hacia atrás…

—¡Lagann! —gritaron cinco voces, y cinco espirales verdes salieron disparadas de cinco varitas apuntadas a través de cinco agujeros en la pared falsa, y un instante después la voz de Hermione gritó—: ¡Stupefy!

Cinco espirales verdes se hicieron añicos inútilmente contra la bruma azul, y el rayo rojo de Hermione rebotó en la bruma y golpeó al chico de cuarto, que se sacudió y luego quedó inmóvil.

Y el abusón de séptimo se dio la vuelta, sonriendo sombríamente, mientras las niñas de primero gritaban y cargaban.


Los ojos de Susan se abrieron de golpe e inmediatamente rodó lejos del lugar donde había quedado tendida en el suelo, con los pulmones aún ardiendo y todo el cuerpo todavía dolorido por el impacto; la batalla solo había avanzado unos pocos segundos por lo que podía ver, el cuerpo de Hannah cayendo con el brazo aún extendido hacia Susan, «¡Glisseo!», gritó Hermione, pero el chico mayor simplemente cortó hacia abajo con la varita dejando tras ella una estela de resplandor verde, y el Encantamiento de Hermione se deshizo visiblemente en una lluvia de chispas azul blanquecinas; entonces, casi en el mismo movimiento, el abusón dijo «¡Stupefy!», y Hermione salió despedida hacia atrás, y Susan reunió toda la magia que le quedaba y gritó «¡Innervate!» al cuerpo de Hermione justo cuando el abusón se volvía hacia ella; la varita del abusón volvió a apuntar en su dirección y entonces Padma gritó «¡Prismatis!» justo antes de que el abusón gritara «¡Impedimenta!», la esfera arcoíris se formó alrededor del abusón y el Slytherin de séptimo tambaleó al reflejársele su propio maleficio, pero un instante después la varita del abusón barrió hacia atrás para tocarse a sí mismo y luego la Esfera Prismática de Padma estalló como una pompa de jabón reventada cuando la varita del abusón la cortó, y «¡Innervate!», gritó Parvati al cuerpo de Hannah, y Tracey y Lavender gritaron al mismo tiempo: «¡Wingardium Leviosa!»…


Hannah Abbott sostenía la varita con una mano que temblaba de agotamiento; ya no le quedaba magia suficiente ni para un solo Innervate.

El resto del pasadizo estaba en silencio, con cuerpos dispersos por el suelo: Padma, Tracey y Lavender; Hermione y Parvati en un montón contra una pared; Susan rígida y petrificada mientras sus ojos lo seguían todo, indefensos; incluso el chico Gryffindor yaciendo desparramado e inmóvil. Hermione lo había despertado y él había luchado, pero no había bastado.

Había sido una batalla muy breve.

El abusón seguía sonriendo, y las únicas señales de su esfuerzo eran una ondulación vacilante en el resplandor azul que lo rodeaba y unas pocas gotas de sudor en la frente.

El abusón levantó el brazo, se limpió el sudor de la frente y avanzó hacia ella como un lethifold viviente con forma humana.

Hannah se dio la vuelta y huyó, giró y corrió con gritos atados en su garganta ahogada, pasó corriendo junto a los paneles caídos de la falsa pared de ladrillo, corrió por el pasadizo con toda la velocidad que pudo reunir, zigzagueando todo lo que podía…

Justo antes de que Hannah llegara al giro del pasadizo, la voz del abusón dijo desde detrás de ella: «¡Cluthe!», y unos calambres horribles le recorrieron las piernas, cayó al suelo y resbaló y se golpeó la cabeza contra la pared, aunque ni siquiera notó el dolor del golpe cuando empezó a gritar por los músculos que se retorcían…

El abusón seguía avanzando hacia ella, vio Hannah al girar la cabeza; acercándose lentamente, todavía con aquella sonrisa espantosa.

Y ella rodó, a pesar del dolor mientras los músculos de sus piernas se anudaban sobre sí mismos, rodó alrededor de la esquina del pasadizo y gritó:

—¡Vete!

—Creo que no —dijo el abusón, con la voz profunda y aterradora como la de un hombre adulto, sonando ya muy cerca.

El abusón dobló la esquina y Daphne Greengrass le clavó su Hoja Antiquísima directamente en la entrepierna.

Hubo un destello que iluminó todo el corredor…


Con aire apagado salieron siete chicas de la consulta de madame Pomfrey, dejando a una de las suyas en una cama de hospital.

Hannah estaría bien en unos treinta y cinco minutos, había dicho la sanadora; los músculos desgarrados eran fáciles de reparar.

Daphne se había ocupado de hablar, y según ella Hannah había sufrido un percance con un Encantamiento Correcaminos que le había causado los calambres en las piernas. Madame Pomfrey les había dirigido una mirada afilada, pero no había discutido, aunque aquel Encantamiento estuviera unos seis años por encima de su nivel.

Madame Pomfrey también le había dado a Daphne una poción para ayudar con su estado de agotamiento mágico total y le había advertido que no lanzara hechizos durante las siguientes tres horas. Supuestamente, aquello se debía a que Daphne había gastado demasiada magia intentando hacer Finite sobre Hannah, en vez de a que la Hoja Antiquísima le hubiese extraído todo su poder para romper el Protego.

Las demás habían decidido no decir nada de los moratones bajo sus túnicas hasta que pudieran conseguir que algunas chicas mayores les lanzaran Episkey. Había límites a lo que Daphne podía explicar hablando.

Todo aquello, pensó Susan, había estado demasiado cerca, muchísimo demasiado cerca. Si el abusón se hubiera limitado a mirar alrededor de la esquina… si se hubiera tomado un momento para volver a lanzar su Encantamiento Escudo…

—Deberíamos parar —dijo Susan, en cuanto las siete salieron del alcance auditivo de la consulta de la sanadora—. Deberíamos dejar de hacer esto.

Por alguna razón, entonces, aunque se suponía que aquel tipo de cosas se votaban, todas se volvieron a mirar a la general Granger.

La General Sunshine no pareció ver que la miraban, simplemente siguió andando, con la vista fija al frente.

Al cabo de un rato, Hermione Granger dijo, con una voz que sonaba pensativa y un poco triste:

—Hannah dijo que no quería que paráramos. No estoy segura de que esté bien que nosotras seamos… menos valientes por ella de lo que ella misma es.

Todas las demás chicas, excepto Susan, asintieron ante eso.

—Creo que esto tiene que ser lo peor que puede ponerse —dijo Parvati—. Y podemos manejarlo. Lo hemos demostrado ahora.

Susan no pudo pensar en nada que decir a eso. No creía que chillar a pleno pulmón sobre estupidez flagrante y CONDENA fuera a resultar persuasivo. Y tampoco podía abandonar sin más a las otras chicas. ¿No bastaba con estar maldita con el trabajo duro? ¿Por qué los Hufflepuffs tenían que ser leales además de todo lo demás?

—Por cierto, Lavender —dijo Padma—. ¿Qué, en nombre de los calzoncillos de Merlín, llevabas puesto ahí atrás?

—Mi atuendo de heroína —dijo la chica Gryffindor.

Daphne sonó cansada al hablar sin volver la cabeza desde donde avanzaba penosamente por el pasillo.

—Es el traje de la Soldado de Gryffindor de la obra Crónicas de las Soldados Lunarianas.

—¿Lo transfiguraste? —dijo Parvati, con expresión perpleja—. Pero el abusón te lanzó Finite…

—¡Nope! —dijo Lavender—. ¡Es real! Verás, antes simplemente transfiguré mi atuendo de heroína en una camisa y una falda normales, así que todo lo que tenía que hacer era lanzarme Finite a mí misma después de ver al abusón. ¿Quieres el tuyo propio, Parvati? A mí me lo hicieron ayer Katarina y Joshua, de sexto, por doce sickles…

—Creo —dijo la general Granger con voz cuidadosa— que eso haría que todas pareciéramos un poco ridículas.

—Bueno —dijo Lavender—, deberíamos votar si…

—Creo —dijo la general Granger— que, vote lo que vote cualquiera, a mí no me pillan muerta con uno de esos trajes…

Susan ignoró la discusión. Estaba intentando pensar alguna estrategia inteligente para estar menos condenadas.


Todo el Gran Comedor se quedó en silencio, aunque solo fuera por un momento, cuando las siete entraron para comer.

Entonces empezó el aplauso.

Fue disperso, no el aplauso masivo de todo el mundo aplaudiendo a la vez. Gran parte venía de la mesa de Gryffindor, menos de Hufflepuff y Ravenclaw, y nada de Slytherin.

Daphne sintió que se le tensaba la cara. Había esperado… bueno, quizá después de que encontraran a un abusón Gryffindor al que detener y a un Slytherin que rescatar, sus compañeros Slytherins se darían cuenta…

Miró hacia la mesa de Hufflepuff.

Neville Longbottom aplaudía con las manos alzadas por encima de la cabeza, aunque no sonreía. Quizá había oído lo de Hannah, o quizá se preguntaba por qué Hannah no estaba allí.

Entonces, sin poder evitarlo del todo, miró hacia la mesa principal.

El rostro de la profesora Sprout estaba marcado por la preocupación. Ella y la profesora McGonagall inclinaban la cabeza hacia el director Dumbledore, que tenía una expresión solemne, y los labios de los tres se movían deprisa. El profesor Flitwick parecía más resignado que otra cosa, y Quirrell, con la cara floja, daba cuchilladas temblorosas a su sopa con una cuchara agarrada en un puño.

El profesor Snape estaba mirando directamente a…

¿Ella?

O… ¿a Hermione Granger, que estaba junto a ella?

Una pequeña y fina sonrisa cruzó el rostro del maestro de Pociones, y alzó las manos, las juntó una vez en un movimiento demasiado lento para ser un aplauso real; y entonces el maestro de Pociones volvió la atención a su plato, ignorando las conversaciones a su alrededor.

Daphne sintió un pequeño escalofrío bajarle por la espalda y se apresuró a caminar hacia la mesa de Slytherin. Susan, Lavender y Parvati se separaron del grupo, dirigiéndose a las mesas de Hufflepuff y Gryffindor al otro lado del Gran Comedor.

Ocurrió cuando pasaban por la parte de la mesa de Slytherin donde se sentaba el equipo de quidditch de Slytherin.

Fue entonces cuando Hermione tropezó de pronto, tropezó con fuerza como si algo tirara de ella, y salió despedida hacia el hueco entre donde estaban sentados Marcus Flint y Lucian Bole; se oyó un pequeño y triste sonido húmedo cuando la cara de Hermione acabó en el plato de bistec con puré de patatas de Flint.

Todo pareció ocurrir demasiado deprisa entonces, o quizá era la propia Daphne quien pensaba demasiado despacio, mientras Flint soltaba un bramido de indignación y su mano arrancaba a Hermione de allí y la lanzaba contra la mesa de Ravenclaw, y Hermione rebotaba contra la espalda de un estudiante y se derrumbaba en el suelo…

El silencio se extendió en ondas.

Hermione se incorporó sobre las manos, aunque no llegó a ponerse de pie; Daphne podía ver que le temblaba todo el cuerpo, y que su cara seguía cubierta de puré de patatas con trozos dispersos de bistec.

Durante un largo momento, nadie habló, nadie se movió. Como si nadie en todo el Gran Comedor pudiera imaginar, más de lo que podía Daphne, qué ocurría después.

Entonces la poderosa voz de Flint, la voz del capitán de Slytherin que bramaba órdenes en el campo de quidditch, dijo con un gruñido peligroso:

—Me has arruinado la comida, chica.

Otro momento de silencio congelado. La cabeza de Hermione —Daphne podía verla temblar— se volvió para mirar al capitán de quidditch de Slytherin.

—Discúlpate conmigo —dijo Flint.

Harry Potter empezó a levantarse de la mesa de Ravenclaw, y entonces se detuvo abruptamente, a medio ponerse en pie, como si acabara de ocurrírsele algo…

Entonces otras cinco personas se pusieron de pie desde la mesa de Ravenclaw.

Todo el equipo de quidditch de Slytherin se levantó, las varitas aparecieron en sus manos, y luego estudiantes se pusieron de pie en la mesa de Gryffindor y en la mesa de Hufflepuff, y sin pensar Daphne miró hacia la mesa principal y vio que el director seguía sentado, observando, solo observando; Dumbledore estaba simplemente observando y tenía una mano extendida como para contener a la profesora McGonagall; en solo un segundo alguien gritaría un hechizo y entonces sería demasiado tarde, ¿por qué el director no hacía nada…?

Y una voz dijo:

—Mis disculpas.

Daphne se volvió a mirar, con la boca abierta de puro asombro.

—Scourgify —dijo aquella voz suave, y el puré de patatas desapareció de la cara de Hermione, revelando la expresión sorprendida de la Ravenclaw mientras Draco Malfoy se acercaba a ella, volvía a guardar la varita, se arrodillaba a su lado sobre una rodilla y le ofrecía una mano.

—Siento eso, señorita Granger —dijo la voz educada de Draco Malfoy—. Supongo que alguien pensó que estaba siendo gracioso.

Hermione tomó la mano de Draco, y Daphne se dio cuenta de pronto de lo que estaba a punto de ocurrir…

Pero Draco Malfoy no levantó a Hermione hasta la mitad para luego dejarla caer.

Simplemente la ayudó a ponerse en pie.

—Gracias —dijo Hermione.

—De nada —dijo Draco Malfoy en voz alta, sin mirar a los lados para ver dónde las cuatro Casas de Hogwarts lo estaban mirando con total conmoción—. Solo recuerda que ser astuto y ambicioso no significa que tengas que ser así.

Y entonces Draco Malfoy volvió a su sitio en el banco de Slytherin y se sentó como si no hubiera… como si no acabara de… acababa de…

Hermione fue al sitio vacío más cercano del banco de Ravenclaw y se sentó.

Otras muchas personas, con bastante lentitud, se sentaron.

—¿Daphne? —dijo Tracey—. ¿Estás bien?


El corazón de Draco martilleaba dentro de su pecho con tanta fuerza que temía que pudiera explotar y salirle del pecho en una lluvia de sangre, como aquella maldición que Amycus Carrow había usado una vez contra un cachorro.

El rostro de Draco permaneció completamente controlado, porque sabía —se lo habían grabado una y otra vez— que si mostraba el menor signo del miedo que estaba sintiendo, sus compañeros de Casa lo despedazarían como un enjambre de acromántulas.

No había habido tiempo para consultarlo con Harry Potter, no había tiempo para conspirar, no había tiempo para pensar, solo el instante de darse cuenta de que el momento de empezar a rescatar la reputación de Slytherin era justo ese.

Desde todos los lados de la larga mesa de Slytherin, rostros furiosos miraban fijamente a Draco.

Pero los superaban en número los rostros que simplemente parecían perplejos.

—Vale, me rindo —dijo un chico de sexto a quien Draco no reconocía, sentado frente a él y dos sitios a su derecha—. ¿Por qué has hecho eso, Malfoy?

Aunque tenía la boca muy seca, Draco no tragó saliva. Eso habría sido una señal de miedo. En vez de eso cogió un bocado de zanahorias, que eran lo más húmedo de su plato, y masticó y tragó, pensando tan deprisa como pudo.

—Sabéis —dijo Draco, haciendo que su voz sonara tan cortante como pudo, mientras el corazón le golpeaba aún más fuerte en el pecho, mientras todo el mundo a su alrededor dejaba de hablar para escuchar—, probablemente haya alguna manera de hacer que Slytherin parezca todavía peor que atacando a ocho niñas de primero de las cuatro Casas que trabajan juntas para detener abusones, pero no se me ocurre cuál. De esta forma obtenemos el beneficio de lo que está haciendo Greengrass.

Los rostros perplejos siguieron perplejos.

—¿Qué? —dijo el chico de sexto, y—: Espera, ¿qué beneficio? —dijo una chica de quinto sentada a su derecha.

—Hace que la Casa Slytherin tenga mejor aspecto —dijo Draco.

Los Slytherins que lo rodeaban le dirigían miradas inquisitivas como si acabara de intentar explicar álgebra.

—¿Mejor aspecto ante quién? —dijo el chico de sexto.

—Pero acabas de ayudar a una sangre sucia —dijo la chica de quinto—. ¿Cómo se supone que eso queda bien?

La garganta de Draco se cerró. Su cerebro estaba sufriendo una avería espantosa durante la cual no podía pensar en nada que decir salvo la verdad…

Entonces:

—Probablemente sea alguna especie de plan tremendamente ingenioso que Malfoy tiene entre manos —dijo un chico de quinto—. Ya sabéis, como en La tragedia de la Luz, donde todo lo que parece un revés forma parte de la trama. Y termina con la cabeza de Granger en una estaca y nadie sospechando que fue él.

—Eso tiene sentido —dijo alguien desde más abajo de la mesa, y hubo muchos asentimientos.


—¿Sabes qué se trae el jefe entre manos? —murmuró Vincent en voz baja.

Gregory Goyle no respondió. En su mente podía oír muy claramente la voz de su amo, diciendo: No puedo creer que me creyera cada palabra de eso, el día en que empezó el rumor de que Salazar Slytherin enseñaba a Potter y Granger dónde encontrar abusones.

—¿Señor Goyle? —susurró Vincent.

Los labios de Gregory Goyle formaron las palabras: Oh no, pero no salió ningún sonido.


Hermione había salido temprano de la comida aquel día; por alguna razón no había tenido hambre. Aquellos pocos segundos de horrible humillación seguían ardiendo en su mente, una y otra vez, la sensación de su cara aplastándose contra el puré de patatas y luego de ser lanzada por el aire y luego la voz del chico Slytherin diciendo «Discúlpate conmigo»… puede que fuera la primera vez en toda su vida que había sentido algo parecido a odiar a alguien.

El chico que la había lanzado —Marcus Flint, habían dicho que se llamaba— y quienquiera que hubiera lanzado el maleficio de tropiezo sobre ella en primer lugar… lo había sentido, durante un horrible instante había querido ir a decirle a Harry que, si empezaba a ponerse creativo en nombre de ella, no pondría objeciones.

No llevaba ni un minuto fuera del Gran Comedor cuando oyó pasos corriendo detrás de ella, y se volvió para ver a Daphne corriendo hacia ella.

Y escuchó lo que su Soldado Sunshine tenía que decir…

—¿Es que no lo entiendes? —la voz de Daphne estaba apenas por debajo de un chillido—. ¡Que alguien sea amable contigo no significa que sea tu amigo! ¡Es Draco Malfoy! Su padre es un mortífago, todos los padres de todos sus amigos son mortífagos: Nott, Goyle, Crabbe, todo el mundo a su alrededor, ¿lo entiendes? Todos desprecian a los nacidos de muggles, quieren que todos los que son como tú mueran, creen que no servís para nada salvo para ser sacrificios en rituales oscuros horribles. ¡Draco es el próximo lord Malfoy, lo han criado desde su nacimiento para odiarte y lo han criado desde su nacimiento para mentir! —los ojos gris verdosos de Daphne la miraron con ferocidad, exigiendo asentimiento y comprensión.

—Él… —dijo Hermione, vacilante. Recordó la azotea, la sacudida terrible al empezar a caer, la mano de Draco Malfoy agarrando la suya y sujetándola con tanta fuerza que luego le habían quedado moratones. Había tenido que decírselo dos veces antes de que por fin la dejara caer—. Quizá Draco Malfoy no es como ellos…

El susurro de Daphne fue casi un grito:

—Si no acaba haciéndote algo diez veces peor de lo que acaba de ayudarte, su vida se acabó, ¿lo entiendes? Quiero decir, ¡Lucius Malfoy literalmente lo desheredaría! ¿Sabes cuál es la probabilidad de que no esté tramando algo?

—¿Pequeña? —dijo Hermione con una voz pequeña.

—¡Cero! —siseó Daphne—. Quiero decir ninguna. Quiero decir menos que cero. Quiero decir que la probabilidad es tan pequeña que no podrías encontrarla con tres Encantamientos de Aumento y un hechizo Apúntame y… y… ¡y un mapa antiguo y un profeta centauro! Todo el mundo en Slytherin sabe que está conspirando para hacerte algo y no quiere que se sospeche de él; he oído a alguien decir que se le vio apuntándote con la varita justo antes de que tropezaras. ¿No lo ves? ¡Todo esto forma parte del plan de Malfoy!


Draco estaba comiendo su bistec con floretes de coliflor asada y salsa de ashvinder —no estaba hecha de huevos de ashvinder de verdad, simplemente sabía a fuego—, intentando no reír e intentando no llorar.

Había oído hablar de la negación plausible, pero no se había dado cuenta de lo mucho que importaba hasta descubrir que los Malfoy no tenían ninguna.

—¿Queréis saber cuál es mi plan? —dijo Draco—. Este es mi plan. No voy a hacer nada y entonces, la próxima vez que la gente piense que estoy tramando algo, no estará segura.

—Eh… —dijo el chico de quinto—. No creo que te crea, eso no suena lo bastante astuto para serlo de verdad…

—Eso es lo que quiere que pienses —dijo la chica de quinto.


—Albus —dijo Minerva peligrosamente—, ¿has planeado tú todo esto?


—Bueno, si hubiera chasqueado los dedos bajo la mesa, no te lo diría sin más…


La mano temblorosa del profesor de Defensa dejó caer de nuevo la cuchara en la sopa.


—¿Qué quieres decir con que te preparó una trampa? —dijo Millicent. Las dos estaban sentadas con las piernas cruzadas sobre la cama de Daphne, tras haber ido allí directamente desde el Gran Comedor después de comer—. Con mis ojos de Vidente que miran a través del Tiempo Mismo, te vi ganar.

Daphne miró fijamente a Millicent, sus ojos meramente mortales bastante entornados en aquel momento.

—Ese chico nos estaba esperando.

—¡Bueno, sí! —dijo Millicent—. ¡Todo el mundo sabe que estáis cazando abusones!

—A Hannah le alcanzó un maleficio muy doloroso —dijo Daphne—. ¡Tuvo que visitar a una sanadora, Millicent! Si somos amigas, deberías haberme avisado.

—Mira, Daphne, te dije… —la chica Slytherin hizo una pausa, como si intentara recordar algo, y entonces dijo—: Quiero decir, te dije que lo que Veo tiene que llegar a pasar. Si intento cambiarlo, si cualquiera intenta cambiarlo, la verdad, pasarán cosas terribles, horribles, malas, extremadamente malas. Y luego pasará de todas formas. Si Veo que os dan una paliza, no puedo decírtelo, porque entonces intentarías no ir, y entonces… —Millicent se detuvo.

—¿Y entonces? —dijo Daphne con escepticismo—. Quiero decir, ¿qué pasa si simplemente no vamos?

—¡No lo sé! —dijo Millicent—. ¡Pero probablemente haga que ser devorada por lethifolds parezca una merienda!

—Mira, hasta yo sé que las profecías no funcionan así —dijo Daphne, y luego hizo una pausa—. Al menos las profecías no funcionan así en las obras… —cierto que había toda clase de tragedias en las que intentar evitar una profecía hacía que se cumpliera, o en las que, por otro lado, intentar seguir una profecía era la única razón por la que ocurría.

Pero podías hacer que las profecías ocurrieran a tu manera si eras lo bastante inteligente; o alguien que te quisiera lo suficiente podía ocupar tu lugar; o con bastante esfuerzo era posible romper una profecía por completo… Aunque, por otra parte, en las obras los Videntes tampoco recordaban nunca lo que Veían…

Millicent debió de ver la vacilación de Daphne, porque la otra chica empezó a parecer un poco más segura.

—Bueno —dijo Millicent con brusquedad—, ¡esto no es una obra! Mira, te diré si Veo que será una batalla difícil o una fácil. Pero eso es todo lo que puedo hacer, ¿entiendes? Y si digo «difícil», ¡no podéis no aparecer! O… o… —los ojos de Millicent se pusieron en blanco, y entonó con voz hueca—: Aquellos que intenten engañar a sus destinos llegarán a finales tristes y sombríos…


La profesora Sprout negó con la cabeza, con el rostro tenso.

—Pero… —dijo Susan—. Pero usted ayudó a Harry Potter aquella vez…

—Y se me dejó muy claro —dijo la profesora Sprout con una voz que sonaba como si alguien estuviera usando un Encantamiento Reductor para apretarle la garganta— que era tarea del profesor Snape, y no mía, mantener el orden en la Casa Slytherin. Señorita Bones, por favor, no tiene que hacer esto si…

—Sí que tengo que hacerlo —dijo Susan, desdichada—. Soy Hufflepuff, tenemos que ser leales.


—¿Un pergamino misterioso bajo tu almohada? —dijo Harry Potter, alzando la vista desde donde estaba sentado, en el rincón Silenciado donde estudiaban. Entonces los ojos verdes del chico se entornaron—. ¿No sería de Santa Claus, verdad?

Pausa.

—Vale —dijo Hermione—. Yo no voy a preguntar, tú no vas a decírmelo, y ambos vamos a fingir que nunca has dicho eso y que yo no sé nada al respecto…


Susan se acercó a la mesa en cuanto la chica mayor se quedó sola, mirando alrededor de la sala común de Hufflepuff para asegurarse de que nadie estuviera observando —del modo que le había enseñado su tía, para que no resultara obvio que estaba mirando—.

—Eh, Susie —dijo la Hufflepuff de séptimo—. ¿Ya necesitas más…?

—¿Puedo hablar contigo en privado un momento, por favor? —dijo Susan.


Jaime Astorga, séptimo curso de Slytherin, y hasta hacía poco considerado una promesa emergente en el circuito juvenil de duelos, estaba rígido como una vara en el despacho del profesor Snape, con los dientes apretados y el sudor deslizándose por su espalda.

—Recuerdo con claridad —dijo el jefe de su Casa con un arrastre sardónico— que esta misma mañana advertí a usted y a varios otros de que había ciertas chicas de primero que podían resultar molestas si un combatiente era incauto y permitía que lo tomaran por sorpresa.

El profesor Snape caminó lentamente en círculo a su alrededor.

—Yo… —dijo Jaime, mientras más sudor le perlaba la frente. Sabía lo ridículo que sonaba, lo patética que era la excusa—. Señor, no deberían haber podido… —una niña de primero no debería haber podido romper su Protego, sin importar qué clase de Encantamiento antiguo usara; Greengrass debía de haber tenido ayuda…

Pero estaba muy claro que su jefe de Casa no iba a creer eso.

—Oh, estoy muy de acuerdo —murmuró Snape en voz baja, llena de amenaza—. No deberían haber podido. Empiezo a preguntarme si el señor Malfoy, sea cual sea su intriga, tiene razón, Astorga. ¡No puede ser bueno para la reputación de la Casa Slytherin que nuestros combatientes, en vez de demostrar su fuerza, pierdan contra niñas pequeñas! —la voz de Snape se había elevado—. Es una suerte que usted tuviera el buen gusto de ser derrotado por una niña que además es Slytherin y de una Casa Noble, Astorga, o yo mismo le descontaría puntos.

Los puños de Jaime Astorga se cerraron a sus costados, pero no se le ocurrió nada que decir.

Pasó un buen rato antes de que a Jaime Astorga se le permitiera abandonar la presencia de su jefe de Casa.

Y después, solo las paredes, el suelo y el techo vieron la sonrisa de Severus Snape.


Aquella noche Draco recibió la visita de la lechuza de su padre, Tanaxu, que no era verde solo porque las lechuzas verdes no existían. Lo mejor que Padre había podido encontrar era una lechuza de plumas de la plata más pura, con grandes ojos verdes luminosos y un pico tan afilado y cruel como el colmillo de una serpiente. El pergamino enrollado alrededor de la pata de Tanaxu era breve y directo:

¿Qué estás haciendo, hijo mío?

El pergamino que Draco envió de vuelta era igual de breve, y decía:

Intento detener el daño causado a la reputación de Slytherin, padre.

En el tiempo que tardaba una lechuza en volar desde Hogwarts hasta la Mansión Malfoy y volver, la lechuza familiar trajo otro mensaje para Draco, y este solo decía:

¿Qué estás haciendo de verdad?

Draco miró fijamente el pergamino que había desenrollado de la pata de la lechuza. Le temblaban las manos mientras sostenía el pergamino a la luz de la chimenea. Cinco palabras, talladas en tinta negra, no deberían haber dado más miedo que la muerte.

No había mucho tiempo para pensar. Padre sabía exactamente cuánto tardaba un mensaje en ir de la Mansión Malfoy a Hogwarts y volver; sabría si Draco se retrasaba para componer una mentira cuidadosa.

Pero Draco aun así esperó hasta que la mano dejó de temblarle antes de escribir su respuesta, la única contestación que se le había ocurrido que Padre podría aceptar.

Me estoy preparando para la próxima guerra.

Draco enrolló aquel pergamino alrededor de la pata de la lechuza, lo ató, y luego envió a Tanaxu volando fuera de su habitación, por los pasillos de Hogwarts, hacia la noche.

Esperó, pero no llegó ninguna respuesta.