Capítulo 69: Autorrealización, parte 4
Hermione Granger lo vio por el rabillo del ojo: un reflejo en el metal pulido de una estatua, en la intersección de dos pasillos; un destello dorado, un destello rojo, algo parecido a una imagen de fuego. Lo vio solo un instante, y luego desapareció.
Se detuvo, perpleja, y casi siguió caminando, pero había habido algo familiar en aquel breve resplandor…
Hermione avanzó hasta donde estaba la estatua, miró hacia el pasillo del que creía que podía haber venido el reflejo ardiente.
Débilmente, como desde un lugar lejano, oyó el grito, la llamada.
Hermione echó a correr.
Corrió durante un rato; cada vez que llegaba a una bifurcación se detenía, recuperaba todo el aliento que podía, y entonces veía un destello de fuego reflejado desde una dirección u otra, o escuchaba aquella llamada distante. Si no hubiera sido por su entrenamiento de ejército, se habría desplomado de agotamiento corriendo así.
Nunca llegó a ver al fénix.
Y entonces llegó a una bifurcación de cuatro caminos y no hubo nada, ninguna señal; esperó largos segundos y no oyó ningún grito ni vio ningún fuego, y apenas empezaba a preguntarse, con una sensación triste y enferma, si se lo habría imaginado todo, cuando oyó gritar a una persona.
Cuando sus pies, que corrían a toda velocidad, doblaron la esquina, su mente captó toda la escena de un solo vistazo: tres chicos enormes con túnicas ribeteadas de verde que ya se volvían para mirarla, y un chico más bajo y pequeño vestido de amarillo, que colgaba en el aire por un pie, sostenido en alto por una mano invisible.
La general Sunshine ni siquiera lo pensó; la gente que se paraba a pensar no hacía emboscadas muy buenas.
Su varita estaba en su mano, sus dedos hicieron el giro y sus labios dijeron:
—¡Somnium!
Y el matón más grande cayó al suelo, el chico de Hufflepuff se desplomó desde el aire con un golpe sordo y los otros dos matones intentaban apuntarle con sus varitas y ella dijo:
—¡Somnium!
Otra vez, y otro chico enorme se vino abajo: aquel que había estado apuntando su varita más rápido, a ese había disparado.
Por desgracia, lanzar dos Hechizos de Sueño seguidos así era difícil incluso para ella, y no consiguió lanzar un tercero antes de que…
El último matón gritó:
—¡Protego!
Y quedó rodeado por un brillo azul trémulo.
Veinticuatro horas antes, Hermione se habría asustado al ver eso; un verdadero Encantamiento Escudo permitiría al chico matón lanzarle hechizos incluso mientras estaba protegido.
Ahora ella…
—¡Stupefy! —gritó el chico matón.
El rayo carmesí salió disparado hacia ella con un brillo terrible, ardiendo mucho más intensamente que cualquier maleficio que hubiera brotado de la varita de Harry.
Hermione se inclinó un poco hacia la izquierda, y el rayo falló, porque la puntería del matón no era ni de lejos tan buena como la de Harry; y se le ocurrió que quizá los matones y los ejércitos del profesor Quirrell no mezclaban bien.
—¡Stupefy! —volvió a gritar el chico matón—. ¡Expelliarmus! ¡Stupefy!
En cualquier caso, ella acababa de pasarse una hora entera pensando en todos los demás hechizos que podría haber lanzado contra Harry y Neville…
—¡Jellyfy! —gritó el chico matón, un maleficio de haz ancho sin rayo visible que esquivar, y de pronto las rodillas de Hermione se sintieron casi demasiado débiles para sostenerla. Y entonces, con un rugido furioso que produjo un resplandor carmesí todavía más intenso—: ¡Stupefy!
Ella esquivó ese dejándose caer a propósito, y para entonces se había recuperado lo bastante para su siguiente hechizo, que fue…
—Glisseo —dijo Hermione, dirigiendo su observación al suelo.
—Uf —dijo el chico matón cuando los pies se le fueron de debajo del cuerpo, y de hecho dejó caer la varita.
El Protego se apagó de golpe.
—Somnium —dijo Hermione.
Todavía respiraba a bocanadas cuando gateó hasta donde el chico de Hufflepuff se estaba incorporando, gimiendo y frotándose el cráneo en el punto en que había caído de cabeza contra el suelo; menos mal que no era un muggle, se dio cuenta Hermione, o podría haberse roto el cuello. En realidad no había pensado en eso.
—Eh —dijo el chico; su pelo era de un color que habría sido llamado «moreno» si hubiese sido una chica, sus ojos de un marrón anodino que de algún modo parecía perfecto para Hufflepuff; no había lágrimas en su rostro, pero parecía algo pálido. Hermione calculó que sería de cuarto curso, o de tercero.
Entonces los ojos marrones se abrieron mucho al enfocarla.
—¿General Sunshine?
—Sí —dijo ella—. Soy (jadeo) yo.
Si el chico de Hufflepuff decía algo sobre que ella era el interés amoroso de Harry Potter, decidió, iba a morir.
—Guau —dijo el chico de Hufflepuff—. Eso ha sido… tú acabas de… quiero decir, te vi en las pantallas antes de Navidad, pero… ¡guau! ¡No puedo creer que acabes de hacer eso!
Hubo una pausa.
No puedo creer que acabe de hacer eso, pensó Hermione Granger, que de pronto se sentía un poco mareada; debía de ser todo lo que había corrido.
—Perdona (jadeo) —dijo—, ¿puedes (jadeo) deshacerme el Jellyfy de las piernas?
El chico asintió, se puso en pie y metió la mano en la túnica para sacar su varita; pero Hermione tuvo que corregirle el gesto antes de que el contramaleficio funcionara bien.
—Soy Michael Hopkins —dijo el chico una vez Hermione volvió a ponerse en pie—. O solo Mike dentro de Hufflepuff, no hay ningún otro Mike en todo Hufflepuff este año, ¿te lo puedes creer?
Le tendió la mano.
Se dieron la mano, y Mike dijo:
—En fin, gracias.
Hermione no estaba preparada para la oleada de euforia que la golpeó entonces; salvar así a alguien literalmente se sentía mejor que cualquier cosa que hubiese sentido en toda su vida.
Se volvió para mirar a los matones.
Eran muy grandes y parecían, pensó ella, de unos quince años, y de pronto estaba comprendiendo la enorme diferencia que había surgido entre los alumnos de Hogwarts que se habían apuntado a todas las actividades extracurriculares del profesor Quirrell y los alumnos que habían pasado años siendo enseñados por los peores profesores que jamás habían profesorado.
Ser capaz de acertar a las cosas a las que apuntabas, por ejemplo; o de pensar lo bastante bien en medio de una pelea como para darte cuenta de que deberías lanzar Innervate a tus aliados caídos. Y otras cosas que había dicho el profesor Quirrell, como que en el mundo real casi cualquier pelea se decidiría mediante un ataque sorpresa, de pronto tenían mucho más sentido para ella.
Todavía intentando recuperar el aliento, volvió a mirar a Mike.
—¿Te (jadeo) creerías —dijo Hermione Granger— que hace cinco minutos estaba (jadeo) teniendo problemas para averiguar cómo convertirme en una (jadeo) heroína?
¿De verdad había pensado que necesitaba permiso de alguien, o que los héroes se quedaban sentados esperando a que otra persona les diera misiones? En realidad era muy sencillo: ibas donde estaba el mal, eso era todo lo que hacía falta para ser un héroe. Debería haberlo recordado, no debería haber necesitado que un fénix se lo dijera: las cosas malas a veces ocurrían allí mismo, en Hogwarts.
Entonces Hermione miró nerviosamente hacia donde los tres chicos mayores yacían inconscientes, al darse cuenta de que la habían visto, de que podrían saber quién era, de que podrían acercársele a escondidas y tomarla por sorpresa y… y podrían hacerle daño de verdad…
Hermione se detuvo.
Recordó que Harry Potter se había puesto en medio de cinco matones de Slytherin el primer día de clase, cuando ni siquiera sabía usar la varita.
Recordó al director diciendo que uno crecía al ser puesto en situaciones de adulto, y que la mayoría de la gente vivía su vida dentro de un círculo constrictor de miedo.
Y recordó la voz de la profesora McGonagall diciendo: «Tienes doce años».
Hermione respiró hondo una vez, dos veces y tres veces.
Le preguntó a Mike si necesitaba ir al despacho de madame Pomfrey, cosa que no necesitaba; y consiguió que le dijera los nombres de los chicos de Slytherin, por si acaso.
Y entonces Hermione Granger se alejó paseando del montón de matones inconscientes, asegurándose de ponerse una sonrisa en la cara mientras caminaba.
Sabía que probablemente iban a hacerle daño antes o después. Pero si tenías demasiado miedo de que te hicieran daño como para hacer lo correcto, entonces no podías ser un héroe, así de simple; y si le hubieran puesto el Sombrero Seleccionador en la cabeza en aquel momento, no habría esperado ni un segundo antes de gritar: «¡GRYFFINDOR!»
Todavía estaba pensando en ello cuando bajó a cenar; la euforia de haber salvado a alguien aún no se había disipado, y empezaba a preocuparse de que hubiese roto algo en su cerebro.
Al acercarse a la mesa de Ravenclaw estalló una repentina epidemia de susurros, y Hermione se preguntó si el chico de Hufflepuff habría dicho ya algo, antes de darse cuenta de que los susurros probablemente no eran por eso.
Se sentó frente a Harry Potter, que parecía extremadamente nervioso, probablemente porque ella seguía sonriendo.
—Eh… —dijo Harry, mientras Hermione se servía pan recién tostado, mantequilla, canela, nada de frutas ni verduras en absoluto, y tres raciones de brownies de chocolate—. Eh…
Ella le dejó seguir así hasta que terminó de servirse un vaso de zumo de pomelo, y entonces dijo:
—Tengo una pregunta para ti, señor Potter. ¿Cómo crees que la gente fracasa en llegar a ser ella misma?
—¿Qué? —dijo Harry.
Ella lo miró.
—Finge que no está pasando todo esto —dijo—, y di simplemente lo que habrías dicho ayer.
—Mmm… —dijo Harry, con aspecto muy confundido y preocupado—. Creo que ya somos nosotros mismos… no es como si yo fuera una copia imperfecta de otra persona. Pero supongo que si intento seguir el sentido de la pregunta, diría que la gente no llega a ser ella misma porque absorbemos todas esas cosas locas del entorno y luego las regurgitamos. Quiero decir, ¿cuánta gente que juega al quidditch jugaría a un juego así si lo hubiera inventado ella misma? O, de vuelta en la Gran Bretaña muggle, ¿cuánta gente que se considera laborista, conservadora o liberal-demócrata inventaría exactamente ese paquete de creencias políticas si tuviera que llegar a todo por sí misma?
Hermione consideró eso. Se había preguntado si Harry diría algo de Slytherin o quizá incluso de Gryffindor, pero aquello no parecía encajar en la lista del director; y se le ocurrió que quizá había muchos más puntos de vista sobre el asunto que solo cuatro.
—Vale —dijo Hermione—, otra pregunta. ¿Qué convierte a alguien en héroe?
—¿En héroe? —dijo Harry.
—Sí —dijo Hermione.
—Ah… —dijo Harry.
Su tenedor y su cuchillo serraban nerviosamente un trozo de filete, cortándolo en pedazos cada vez más diminutos.
—Creo que mucha gente puede hacer cosas cuando el mundo la canaliza hacia ellas… como cuando la gente espera que lo hagas, o solo usa habilidades que ya sabes, o hay una autoridad mirando para detectar tus errores y asegurarse de que haces tu parte. Pero los problemas así probablemente ya se están resolviendo, ¿sabes?, y entonces no hacen falta héroes. Así que creo que la gente a la que llamamos «héroes» es rara porque tienen que inventárselo todo sobre la marcha, y la mayoría de la gente no se siente cómoda con eso. ¿Por qué lo preguntas?
El tenedor de Harry atravesó tres trozos de filete completamente destrozado y los levantó hacia su boca.
—Oh, es que acabo de aturdir a tres matones de Slytherin mayores y de rescatar a un Hufflepuff —dijo Hermione—. Voy a ser una heroína.
Cuando Harry terminó de atragantarse con la comida (algunos de los Ravenclaw que estaban a distancia de oír aún seguían tosiendo), dijo:
—¿Qué?
Hermione contó la historia; empezó a propagarse en nuevos susurros incluso mientras ella hablaba. (Aunque omitió la parte del fénix, porque eso parecía algo privado entre los dos. Hermione se había sentido sorprendida, al pensarlo después, de que un fénix se le apareciera a alguien que quería ser una heroína; parecía un poco egoísta cuando lo pensaba de ese modo; pero quizá a los fénix no les importaba mientras vieran que estabas dispuesta a ayudar a la gente.)
Cuando terminó de hablar, Harry la miró al otro lado de la mesa y no dijo palabra.
—Siento cómo me comporté antes —dijo Hermione.
Bebió un sorbo de su vaso de zumo de pomelo.
—Debería haber recordado que, si sigo dándote una paliza en clase de Encantamientos, entonces está bien que tú lo hagas mejor en Defensa.
—Por favor, no te lo tomes a mal —dijo Harry.
Ahora parecía demasiado adulto, y sombrío.
—Pero ¿estás segura de que esto es lo que eres tú y no, por decirlo sin rodeos, yo?
—Completamente segura —dijo Hermione—. Mi nombre prácticamente deletrea «heroína» salvo por la «m» extra; nunca me había dado cuenta hasta hoy.
—Ser héroe no es todo diversión y juegos —dijo Harry—. No el heroísmo real, el tipo de heroísmo que tienen que hacer los adultos; no es así, no va a ser tan fácil.
—Lo sé —dijo Hermione.
—Es duro y doloroso y tienes que tomar decisiones en las que no hay ninguna respuesta buena…
—Sí, Harry, yo también he leído esos libros.
—No —dijo Harry—, no lo entiendes; aunque los libros te avisen, no hay forma de que lo entiendas hasta que…
—Eso no te detiene a ti —dijo Hermione—. No te detiene ni un poquito. Apostaría a que nunca se te ocurrió no ser un héroe por eso. Así que ¿por qué crees que me detendrá a mí?
Hubo una pausa.
Una enorme sonrisa repentina iluminó el rostro de Harry, una sonrisa tan brillante y tan infantil como sombrío y adulto había sido el ceño, y todo volvió a estar bien entre ellos.
—Esto va a salir horriblemente, alucinantemente mal de alguna forma —dijo Harry, todavía sonriendo de oreja a oreja—. Lo sabes, ¿verdad?
—Oh, lo sé —dijo Hermione.
Comió otro bocado de tostada.
—Eso me recuerda: Dumbledore se negó a ser mi viejo mago misterioso; ¿hay algún sitio al que pueda escribir para que me asignen otro?
Consecuencias:
—…y el profesor Flitwick dice que su determinación parece inquebrantable —dijo Minerva con voz tensa, mirando fijamente al viejo mago de barba plateada responsable de aquello.
Albus Dumbledore estaba sentado en silencio, escuchándola con una mirada distante y triste en los ojos.
—La señorita Granger ni siquiera parpadeó cuando el profesor Flitwick amenazó con transferirla a Gryffindor; solo dijo que, si se iba, se llevaría todos los libros. Hermione Granger ha decidido que va a ser una heroína y no acepta un no por respuesta. Dudo que pudieras haberla empujado a esto con más fuerza aunque lo hubieras intentado…
El cerebro de Minerva tardó cinco segundos completos en procesar la comprensión.
—¡ALBUS! —chilló.
—Querida mía —dijo el viejo mago—, después de haber tratado con tu trigésimo héroe o así, te darás cuenta de que reaccionan de forma bastante predecible a ciertas cosas; como que se les diga que son demasiado jóvenes, o que no están destinados a ser héroes, o que ser un héroe es desagradable; y si de verdad quieres asegurarte, debes decirles las tres cosas. Aunque —con un breve suspiro— no conviene ser demasiado descarado, o tu subdirectora podría pillarte.
—Albus —dijo Minerva, con la voz aún más tensa—, si le hacen daño, te juro que esta vez voy a…
—Ella habría llegado al mismo lugar a su debido tiempo —dijo Albus, con aquella mirada distante y triste todavía en los ojos—. Si alguien está destinado a convertirse en héroe, entonces no escuchará nuestras advertencias, Minerva, por mucho que lo intentemos. Y dado eso, es mejor para Harry que la señorita Granger no se quede demasiado atrás.
Albus produjo, como de la nada, una lata que se abrió para revelar pequeños bultos amarillos; ella nunca había logrado averiguar dónde la guardaba, y nunca había logrado detectar la magia implicada.
—¿Caramelo de limón?
—¡Es una niña de doce años, Albus!
Postconsecuencias:
Dentro de las ventanas, apenas visibles en la penumbra vespertina, peces nadaban en las aguas negras; iluminados por el fuerte resplandor de la sala común de Slytherin al acercarse, desvaneciéndose en la oscuridad al alejarse.
Daphne Greengrass estaba sentada en un cómodo sofá de cuero negro, con la cabeza hundida entre las manos, brillando con un resplandor amarillo dorado mientras chispas de luz blanca titilaban a su alrededor y se apagaban.
Había estado preparada para que se burlaran de ella por gustarle Neville Longbottom. Había esperado oír un montón de comentarios despectivos sobre los Hufflepuff. Se le habían ocurrido montones y montones de respuestas ingeniosas mientras iba de vuelta a las mazmorras de Slytherin.
Había tenido ganas de que se burlaran de ella por gustarle Neville. Que se burlaran de ti por esa clase de cosas significaba que habías crecido hasta convertirte en una chica de verdad.
Al final resultó que nadie había deducido que desafiar a Neville a un Duelo Antiquísimo significaba que le gustaba. Ella había pensado que sería obvio, pero no: al parecer a nadie más se le había ocurrido siquiera.
Siempre era el maleficio que no veías el que te daba.
Debería haberse llamado simplemente Daphne de Sunshine, como Neville del Caos. O Daphne Soleada, como Ron Soleado. O cualquier cosa excepto Greengrass de Sunshine.
Greengrass de Sunshine.
De ahí había pasado a Greengrass de Sunshine y Cielos Azules.
Luego alguien había añadido Montañas Nevadas y Criaturitas del Bosque Retozando.
Ahora mismo se referían a ella como la Princesa Unicornio Centelleante de la Noble y Antiquísima Casa de Brillipú.
Y alguna maldita chica de sexto la había golpeado con un Maleficio Centelleante; ni siquiera sabía que existiera algo llamado Maleficio Centelleante, y Finite Incantatem no había funcionado, y había pedido ayuda a chicas mayores que había pensado que eran amigas suyas (al parecer se había equivocado en eso), y luego había amenazado a la lanzadora con un grave caos político desencadenado por su padre, y aun así Daphne Greengrass seguía sentada en la sala común de Slytherin con la cabeza entre las manos, brillando intensamente y preguntándose cómo había acabado siendo la única persona cuerda de Hogwarts.
Ya había pasado la hora de cenar y seguían con aquello, y si no paraban antes de la mañana siguiente iba a trasladarse a Durmstrang y convertirse en la próxima Señora Tenebrosa.
—¡Eh, todos! —dijeron teatralmente los gemelos Carrow, agitando un ejemplar de El Profeta—. ¿Habéis oído la noticia? ¡El Wizengamot acaba de dictaminar que «a ver qué tienes» constituye un desafío legal que debe combatirse hasta que el retador se tumbe y eche una siesta!
—¡Cómo osas insultar el honor de la Princesa Unicornio Centelleante! —gritó Tracey—. ¡A ver qué tienes!
Entonces Tracey se tumbó de espaldas en su sofá y empezó a roncar ruidosamente.
La cabeza centelleante de Daphne se hundió aún más entre sus manos resplandecientes.
—Cuando mi familia tome el poder, voy a poneros a todos bajo maleficios antiaparición y a enviaros por la Red Flu al mar —le dijo a nadie en particular—. Todos estáis de acuerdo con eso, ¿verdad?
Toc-toc, toc-toc-toc, toc.
Daphne levantó la vista, sorprendida; aquello era una señal en código Sunshine…
—¡Yo oigo alguien llamar! —bramó el señor Goyle—. ¡Llamar de la puerta!
—¡A ver qué tienes, puerta! —gritó un chico mayor cerca de la puerta, y la abrió de un tirón.
Hubo un momento de completa sorpresa.
—He venido a hablar con la señorita Greengrass —dijo la general Sunshine, sonando como si intentara sonar segura—. ¿Podría alguien, por favor…?
Por la expresión del rostro de Hermione, acababa de darse cuenta de que Daphne brillaba.
Y fue entonces cuando Millicent Bulstrode subió corriendo desde los dormitorios inferiores y gritó:
—Eh, todos, adivinad qué, ahora Granger ha ido y le ha dado una paliza a Derrick y a lo que queda de su pandilla, y su padre le ha mandado una lechuza diciendo que si no…
Millicent vio a Hermione de pie en la entrada.
Hubo un silencio muy ruidoso.
—Eh —dijo Daphne.
¿Qué?, dijo su cerebro.
—Eh, ¿qué haces aquí, general?
—Bueno —dijo Hermione Granger con una extraña sonrisa en el rostro—, he decidido que no es justo que viejos magos misteriosos den a algunas personas una oportunidad de ser héroes y a otras no, y además he leído libros de historia y no hay ni de lejos suficientes heroínas en ellos. Así que he pensado en pasarme por aquí y ver si querías ser una heroína y por qué estás brillando así.
Hubo otro silencio.
—Este —dijo Daphne— probablemente no era el mejor momento para hacerme esa pregunta…
—¡Yo acepto! —gritó Tracey Davis, saltando de su sofá.
Y así nació la Sociedad para la Promoción de la Igualdad Heroica de las Brujas.