La vacilación ess ssiempre fácil, rara vez útil.

Eso le había dicho el profesor de Defensa; y aunque uno pudiera poner pegas a los detalles del proverbio, Harry entendía lo bastante bien las debilidades de los Ravenclaw como para saber que uno tenía que intentar responder a sus propias pegas. ¿Algunos planes requerían esperar? Sí, muchos planes requerían acción retardada; pero eso no era lo mismo que vacilar antes de elegir.

No retrasar porque supieras cuál era el momento adecuado para hacer lo necesario, sino retrasar porque no eras capaz de decidirte: no había ningún plan astuto que requiriera eso.

¿A veces necesitabas más información para elegir? Sí, pero eso también podía convertirse en una excusa para retrasar; y sería tentador retrasar, cuando te enfrentabas a una elección entre dos alternativas dolorosas, y no elegir evitaría durante un tiempo el dolor mental. Así que elegirías una información que no pudieras obtener fácilmente, y afirmarías que no podías decidir de ninguna manera sin ella; esa sería tu excusa.

Aunque si sabías qué información necesitabas, sabías cuándo y cómo obtendrías esa información, y sabías qué harías dependiendo de cada observación posible, entonces eso era menos sospechoso como excusa para vacilar.

Si no estabas simplemente vacilando, tendrías que ser capaz de elegir de antemano qué harías una vez tuvieras la información adicional que decías necesitar.

Si el Señor Tenebroso estuviera de verdad ahí fuera, ¿sería inteligente aceptar el plan del profesor Quirrell de hacer que alguien se hiciera pasar por el Señor Tenebroso?

No. Definitivamente no. Absolutamente no.

Y si Harry supiera a ciencia cierta que el Señor Tenebroso no estaba de verdad ahí fuera… en ese caso…

El despacho del profesor de Defensa era una habitación pequeña, al menos ese día; había cambiado desde la última vez que Harry lo había visto, la piedra de la estancia se había vuelto más oscura, más pulida. Detrás del escritorio del profesor de Defensa estaba la única librería vacía que siempre decoraba la sala, una librería alta que se extendía casi desde el suelo hasta el techo, con siete estantes de madera vacíos. Harry solo había visto una vez al profesor Quirrell sacar un libro de aquellos estantes vacíos, y nunca lo había visto devolver ninguno.

La serpiente verde se balanceaba sobre el asiento de la silla tras el escritorio del profesor de Defensa, los ojos sin párpados mirando a Harry sin parpadear desde casi la altura de sus propios ojos.

Ahora estaban protegidos por veintidós hechizos, todos los que podían lanzarse dentro de Hogwarts sin atraer la atención del director.

—No —siseó Harry.

La serpiente verde ladeó la cabeza, inclinándola ligeramente; el gesto no transmitía emoción alguna, al menos no ninguna que el talento pársel de Harry le transmitiera. —¿Razón no? —dijo la serpiente verde.

—Demassiado arriesgado —dijo Harry sencillamente. Eso era verdad tanto si el Señor Tenebroso estaba ahí fuera como si no. Obligarse a decidir de antemano le había hecho darse cuenta de que solo había estado usando la pregunta sin responder como excusa para vacilar; la decisión cuerda era la misma en ambos casos.

Durante un momento los ojos oscuros y hundidos parecieron relucir con negrura, durante un momento la boca escamosa se abrió hasta mostrar los colmillos. —Creo que has aprendido lección equivocada, chico, de fracaso anterior. Miss planes no acostumbran fallar, y último habría ido impecablemente de no sser por tu propia necedad. Lección correcta ess sseguir pasos trazados para ti por Slytherin mayor y más ssabio, domar tus impulsos ssalvajes.

—Lección que aprendí ess no intentar tramas que harían que niña-amiga piense que ssoy malvado o niño-amigo piense que ssoy esstúpido —replicó Harry con brusquedad. Había estado planeando una respuesta más conciliadora que aquella, pero de algún modo las palabras se le acababan de escapar.

El sonido sssss que salió de la serpiente no fue oído por Harry como palabras, solo como pura furia. Un instante después:

—Les contaste…

—¡Por supuesto que no! Pero ssé qué dirían.

Hubo una larga pausa mientras la cabeza de la serpiente se balanceaba, mirando fijamente a Harry; de nuevo no llegaba emoción detectable, y Harry se preguntó qué podía estar pensando el profesor Quirrell que le llevara tanto tiempo pensar.

—¿De veras te importa lo que pienssen esos doss? —fue el siseo final de la serpiente—. Verdaderos cachorros sson essos dos, no como tú. No podrían sopesar asuntos adultos.

—Quizá lo habrían hecho mejor que yo —siseó Harry—. Niño-amigo habría preguntado por motivoss ssecretos antes de asentir a rescatar mujer…

—Me alegra que ahora entiendas esso —siseó la serpiente fríamente—. Pregunta siempre por ventaja del otro. Luego aprende a preguntar siempre por la tuya propia. Si mi plan no ess de tu gusto, ¿cuál ess el tuyo?

—Si ess necesario… quedarme en escuela seis años y esstudiar. Hogwartss parece buen lugar donde vivir. Libros, amigos, comida extraña pero sabrosa. —Harry quería reírse entre dientes, pero no había ningún gesto en pársel para la clase de risa que quería expresar.

Las fosas de los ojos de la serpiente parecían casi negras.

—Fácil decirlo ahora. Los como tú y yo no toleramos encierro. Perderás paciencia mucho antes del séptimo año, quizá antes de final de este. Planificaré en consecuencia.

Y antes de que Harry pudiera sisear otra palabra en pársel, la forma humana del profesor Quirrell estaba sentada otra vez en su silla.

—Así que, señor Potter —dijo el profesor de Defensa, con una voz tan tranquila como si no hubieran estado hablando de nada importante, como si toda la conversación no hubiera ocurrido en absoluto—, he oído que ha empezado a practicar duelo. No la clase inútil con reglas, espero.


Hannah Abbott parecía más nerviosa de lo que Hermione la había visto jamás —excepto el día del fénix, el día en que Bellatrix Black había escapado, que no debería contar para nadie—. La chica de Hufflepuff se había acercado a la mesa de Ravenclaw durante la cena, había tocado a Hermione en el hombro, y casi la había arrastrado lejos…

—¡Neville y Harry Potter están aprendiendo duelo con el señor Diggory! —soltó Hannah en cuanto se alejaron unos pasos de la mesa.

—¿Quién? —dijo Hermione.

—¡Cedric Diggory! —dijo Hannah—. ¡Es el capitán de nuestro equipo de Quidditch, y general de un ejército, y está cursando todas las optativas y saca mejores notas que nadie, y he oído que aprende duelo con tutores profesionales durante los veranos, y una vez venció a dos estudiantes de séptimo, e incluso algunos profesores lo llaman el Super Hufflepuff, y la profesora Sprout dice que todos deberíamos emu, esto, emudularlo o algo así, y…

Después de que Hannah por fin se detuviera para tomar aire —la lista había continuado un buen rato—, Hermione consiguió meter una palabra por el borde.

—¡Soldado Sunshine Abbott! —dijo Hermione—. Cálmate. No vamos a luchar contra el general Diggory, ¿no? Claro, Neville está estudiando para vencernos, pero nosotras también podemos estudiar…

—¿No lo ves? —chilló Hannah, alzando la voz mucho más de lo que debía si estaban intentando mantener la conversación en privado y lejos de todos los Ravenclaw que las miraban—. ¡Neville no está estudiando para vencernos! ¡Está practicando para poder luchar contra Bellatrix Black! ¡Van a atravesarnos como una Bludger a través de una pila de tortitas!

La general Sunshine miró a su soldado.

—Escucha —dijo Hermione—, no creo que unas pocas semanas de práctica vayan a convertir a nadie en un luchador invencible. Además, ya sabemos cómo tratar con luchadores invencibles. Concentramos fuego sobre ellos y caerán igual que Draco.

La chica de Hufflepuff la miraba con una mezcla de admiración y escepticismo.

—¿Ni siquiera estás, ya sabes, preocupada?

—¡Oh, sinceramente! —dijo Hermione. A veces era duro ser la única persona sensata de todo tu curso—. ¿Nunca has oído el dicho de que lo único que debemos temer es al miedo mismo?

—¿Qué? —dijo Hannah—. Eso es una locura, ¿qué pasa con los lethifolds acechando en la oscuridad, y que te pongan bajo la Maldición Imperius, y horribles accidentes de Transformación, y…?

—Quiero decir —dijo Hermione, con la exasperación filtrándose ahora en su voz ya elevada; había estado oyendo cosas así toda la semana—, ¿qué tal si esperamos a después de que la Legión del Caos nos aplaste de verdad para asustarnos tanto de ellos, y acabas de murmurar «Gryffindors» por lo bajo?

Unos momentos más tarde, Hermione caminaba de vuelta a su sitio en la mesa con una dulce sonrisa pegada a su joven rostro; no era la terrible mirada fría del lado oscuro de Harry, pero era la cara más aterradora que sabía poner.

Harry Potter iba a caer.


—Esto es de locos —jadeó Neville, con la minúscula cantidad de aliento que podía ahorrar de estar completamente sin aliento.

—¡Esto es brillante! —dijo Cedric Diggory. Los ojos del Super Hufflepuff relucían con entusiasmo maníaco, brillando como el sudor de su frente mientras zapateaba a través de la danza de una de sus posturas de duelo. Sus pasos habitualmente ligeros se habían vuelto pisotones más pesados, lo cual podía tener algo que ver con los pesos de metal transfigurados que todos se habían atado a los brazos y las piernas y sujeto sobre el pecho—. ¿De dónde saca estas ideas, señor Potter?

—Una extraña tienda vieja… en Oxford… y nunca… volveré… a comprar allí. —Pum.