Capítulo 6: La falacia de la planificación
Aviso: Bla, bla, aviso legal, bla, bla, Rowling, bla, bla, propiedad.
N. del A.: La sección «Consecuencias» de este capítulo forma parte de la historia, no es un omake.
Traducción del capítulo 6 de Harry Potter and the Methods of Rationality, de Eliezer Yudkowsky. (LessWrong)
¿Tú crees que tu día ha sido surrealista? Prueba con el mío.
Algunos niños habrían esperado hasta después de su primer viaje al Callejón Diagon.
—Bolsa de elemento 79 —dijo Harry, y retiró la mano, vacía, de la bolsa de piel de moke.
La mayoría de los niños al menos habrían esperado a conseguir su varita.
—Bolsa de okane —dijo Harry.
La pesada bolsa de oro apareció en su mano.
Harry sacó la bolsa, luego volvió a meterla en la bolsa de piel de moke. Sacó la mano, la volvió a meter y dijo:
—Bolsa de fichas de intercambio económico.
Esta vez su mano salió vacía.
—Devuélveme la bolsa que acabo de meter.
La bolsa de oro salió de nuevo.
Harry James Potter-Evans-Verres había conseguido hacerse con al menos un objeto mágico. ¿Por qué esperar?
—Profesora McGonagall —dijo Harry a la bruja, desconcertada, que paseaba a su lado—, ¿puede darme dos palabras, una para oro y otra para alguna cosa que no sea dinero, en un idioma que yo no conozca? Pero no me diga cuál es cuál.
—Ahava y zahav —dijo la profesora McGonagall—. Es hebreo, y la otra palabra significa amor.
—Gracias, profesora. Bolsa de ahava.
Vacía.
—Bolsa de zahav.
Y apareció en su mano.
—¿Zahav es oro? —preguntó Harry, y la profesora McGonagall asintió.
Harry reflexionó sobre los datos experimentales que había reunido. Era solo el esfuerzo más rudimentario y preliminar, pero bastaba para apoyar al menos una conclusión:
—¡Aaaaaaaarrrgh, esto no tiene ningún sentido!
La bruja a su lado arqueó una ceja altiva.
—¿Problemas, señor Potter?
—¡Acabo de falsar todas y cada una de las hipótesis que tenía! ¿Cómo puede saber que «bolsa de 115 galeones» vale, pero «bolsa de 90 más 25 galeones» no? ¿Sabe contar pero no sabe sumar? ¿Entiende sustantivos, pero no algunas frases nominales que significan lo mismo? La persona que hizo esto probablemente no hablaba japonés, y yo no hablo hebreo, así que no está usando su conocimiento, ni tampoco está usando el mío…
Harry agitó una mano, impotente.
—¡Las reglas parecen más o menos consistentes, pero no significan nada! Ni siquiera voy a preguntar cómo acaba una bolsa teniendo reconocimiento de voz y comprensión del lenguaje natural cuando los mejores programadores de inteligencia artificial no consiguen que los superordenadores más rápidos lo hagan después de treinta y cinco años de trabajo duro —Harry tomó aire—, pero ¿qué está pasando?
—Magia —dijo la profesora McGonagall.
—¡Eso es solo una palabra! ¡Incluso después de que me diga eso, no puedo hacer ninguna predicción nueva! ¡Es exactamente como decir «flogisto», o «élan vital», o «emergencia», o «complejidad»!
La bruja de túnica negra se rio en voz alta.
—Pero es magia, señor Potter.
Harry se vino un poco abajo.
—Con todos mis respetos, profesora McGonagall, no estoy del todo seguro de que entienda lo que intento hacer aquí.
—Con todos mis respetos, señor Potter, estoy bastante segura de que no. A menos que —y esto es solo una suposición— esté intentando conquistar el mundo.
—¡No! Quiero decir, sí… bueno, ¡no!
—Creo que quizá debería alarmarme el hecho de que le cueste responder a la pregunta.
Harry consideró sombríamente la Conferencia de Dartmouth sobre inteligencia artificial de 1956. Había sido la primera conferencia de la historia sobre el tema, la que acuñó la expresión «inteligencia artificial». Habían identificado problemas clave como hacer que los ordenadores entendieran el lenguaje, aprendieran y se mejorasen a sí mismos. Habían sugerido, con absoluta seriedad, que diez científicos trabajando juntos durante dos meses podrían lograr avances significativos en esos problemas.
No. Barbilla arriba. Acabas de empezar con el problema de desentrañar todos los secretos de la magia. En realidad no sabes si será demasiado difícil hacerlo en dos meses.
—¿Y de verdad no ha oído hablar de otros magos que se hagan esta clase de preguntas o hagan este tipo de experimentación científica? —preguntó Harry de nuevo.
Le parecía tan obvio.
Aunque, pensándolo bien, habían pasado más de doscientos años desde la invención del método científico antes de que a ningún científico muggle se le ocurriera investigar sistemáticamente qué frases podía o no podía entender un niño humano de cuatro años. La psicología evolutiva de la lingüística podría haberse descubierto en el siglo XVIII, en principio, pero nadie había pensado siquiera en mirar hasta el siglo XX. Así que tampoco se podía culpar demasiado al mundo mágico, mucho más pequeño, por no haber investigado el encantamiento convocador.
La profesora McGonagall frunció los labios y luego se encogió de hombros.
—Sigo sin estar segura de qué quiere decir con «experimentación científica», señor Potter. Como ya dije, he visto alumnos nacidos de muggles intentar que la ciencia muggle funcione dentro de Hogwarts, y todos los años hay gente que inventa nuevos encantamientos y pociones.
Harry negó con la cabeza.
—La tecnología no es lo mismo que la ciencia. Y probar muchas formas distintas de hacer algo no es lo mismo que experimentar para averiguar las reglas.
Había habido montones de personas que habían intentado inventar máquinas voladoras probando un montón de cosas-con-alas, pero solo los hermanos Wright habían construido un túnel de viento para medir la sustentación…
—Eh, ¿cuántos niños criados como muggles llegan a Hogwarts cada año?
—Quizá unos diez.
Harry perdió el paso y casi tropezó con sus propios pies.
—¿Diez?
El mundo muggle tenía una población de seis mil millones y subiendo. Si eras uno entre un millón, había siete como tú en Londres y mil más en China. Era inevitable que la población muggle produjera algunos niños de once años capaces de hacer cálculo; Harry sabía que no era el único. Había conocido a otros prodigios en competiciones matemáticas.
De hecho, le habían dado unas palizas tremendas competidores que probablemente se pasaban literalmente todo el día practicando problemas de matemáticas, que jamás habían leído un libro de ciencia ficción y que se quemarían del todo antes de la pubertad y nunca llegarían a nada en sus vidas futuras porque se habían limitado a practicar técnicas conocidas en vez de aprender a pensar creativamente. Harry era un poco mal perdedor.
Pero… en el mundo mágico…
Diez niños criados como muggles al año, todos los cuales habían terminado su educación muggle a los once años. Y la profesora McGonagall quizá estuviera sesgada, pero había afirmado que Hogwarts era la mayor y más eminente escuela de magia del mundo… y solo educaba hasta los diecisiete años.
La profesora McGonagall sin duda conocía hasta el último detalle de cómo convertirse en gato. Pero parecía que literalmente nunca había oído hablar del método científico. Para ella, era simplemente magia muggle. Y ni siquiera parecía sentir curiosidad por los secretos que podrían esconderse tras la comprensión del lenguaje natural del encantamiento convocador.
Eso dejaba dos posibilidades, en realidad.
Posibilidad uno: la magia era tan increíblemente opaca, enrevesada e impenetrable que, aunque los magos y brujas habían intentado entenderla lo mejor que podían, apenas habían avanzado nada, o nada en absoluto, y al final se habían rendido; y Harry no lo haría mejor.
O…
Harry se crujió los nudillos con determinación, pero solo hicieron un chasquido discreto, en vez de resonar ominosamente contra las paredes del Callejón Diagon.
Posibilidad dos: acabaría conquistando el mundo.
Con el tiempo. Quizá no inmediatamente.
Esas cosas a veces llevaban más de dos meses. La ciencia muggle no había llegado a la Luna en la primera semana después de Galileo.
Pero Harry seguía sin poder impedir que una enorme sonrisa le estirara las mejillas hasta empezar a dolerle.
Harry siempre había temido acabar siendo uno de esos niños prodigio que nunca llegaban a nada y se pasaban el resto de la vida presumiendo de lo adelantados que iban a los diez años. Pero, claro, la mayoría de los genios adultos tampoco llegaban a nada. Probablemente había mil personas tan inteligentes como Einstein por cada Einstein real de la historia. Porque aquellos otros genios no habían conseguido hacerse con la única cosa absolutamente necesaria para alcanzar la grandeza.
Nunca habían encontrado un problema importante.
Ahora eres mío, pensó Harry, dirigiéndose a las paredes del Callejón Diagon, y a todas las tiendas y objetos, y a todos los tenderos y clientes; y a todas las tierras y gentes de la Gran Bretaña mágica, y al mundo mágico en general; y al universo entero, del que los científicos muggles entendían tanto menos de lo que creían. Yo, Harry James Potter-Evans-Verres, reclamo ahora este territorio en nombre de la Ciencia.
El relámpago y el trueno fracasaron por completo en el intento de iluminar y retumbar en el cielo despejado.
—¿De qué sonríe? —preguntó la profesora McGonagall, cautelosa y cansada.
—Me pregunto si habrá un hechizo para hacer que caiga un rayo de fondo cada vez que hago una resolución ominosa —explicó Harry.
Estaba memorizando con cuidado las palabras exactas de su resolución ominosa para que los futuros libros de historia la recogieran correctamente.
—Tengo la clara sensación de que debería estar haciendo algo al respecto —suspiró la profesora McGonagall.
—Ignórelo, ya se pasará. ¡Oh, brillante!
Harry dejó temporalmente en suspenso sus pensamientos de conquista mundial y se acercó saltando a una tienda con un expositor abierto, y la profesora McGonagall lo siguió.
Harry ya había comprado sus ingredientes de pociones y su caldero, y, ah, algunas cosas más. Objetos que parecían buenas cosas que llevar en la Bolsa de Contención de Harry —alias Superbolsa de Moke QX31 con Encantamiento de Extensión Indetectable, Encantamiento Convocador y Boca Ensanchada—. Compras inteligentes y sensatas.
Harry sinceramente no entendía por qué la profesora McGonagall lo miraba con tanta sospecha.
Ahora mismo, Harry estaba en una tienda lo bastante cara como para exhibirse en la calle principal serpenteante del Callejón Diagon. La tienda tenía el frontal abierto, con la mercancía dispuesta en filas inclinadas de madera, protegida solo por leves resplandores grises y por una vendedora joven que llevaba una versión muy acortada de las túnicas de bruja, dejando al descubierto rodillas y codos.
Harry examinaba el equivalente mágico de un botiquín de primeros auxilios, el Pack Plus de Curación de Emergencia. Había dos torniquetes autoajustables. Una jeringuilla con algo que parecía fuego líquido, supuestamente capaz de ralentizar drásticamente la circulación en una zona tratada mientras mantenía la oxigenación de la sangre hasta tres minutos, por si necesitabas impedir que un veneno se extendiera por el cuerpo. Tela blanca que podía envolverse alrededor de una parte del cuerpo para entumecer temporalmente el dolor.
Y cualquier número de otros objetos que Harry no entendía en absoluto, como el «Tratamiento por Exposición a Dementores», que tenía el aspecto y el olor de chocolate normal. O el «Antibafflesnaffle», que parecía un pequeño huevo tembloroso y llevaba un cartel que mostraba cómo metérselo a alguien por una fosa nasal.
—Una compra clarísima por cinco galeones, ¿no le parece? —dijo Harry a la profesora McGonagall.
La vendedora adolescente que rondaba cerca asintió con entusiasmo.
Harry esperaba que la profesora hiciera algún tipo de comentario aprobatorio sobre su prudencia y preparación.
Lo que estaba recibiendo en cambio solo podía describirse como la Mirada Maligna.
—¿Y por qué exactamente —dijo la profesora McGonagall con fuerte escepticismo— espera necesitar un botiquín de sanador, jovencito?
Después del desafortunado incidente en la tienda de pociones, la profesora McGonagall intentaba evitar decir «señor Potter» mientras hubiera alguien más cerca.
Harry abrió y cerró la boca.
—¡No espero necesitarlo! ¡Es por si acaso!
—¿Por si acaso qué?
Los ojos de Harry se abrieron mucho.
—¿Cree que estoy planeando hacer algo peligroso y que por eso quiero un botiquín?
La respuesta fue una mirada de grave sospecha e irónica incredulidad.
—¡Santo cielo! —dijo Harry.
Era una expresión que había aprendido del científico loco Doc Brown en Regreso al futuro.
—¿También estaba pensando eso cuando compré la poción de caída de pluma, las branquialgas y el frasco de píldoras de comida y agua?
—Sí.
Harry negó con la cabeza, asombrado.
—¿Qué clase de plan cree usted que tengo entre manos?
—No lo sé —dijo la profesora McGonagall sombríamente—, pero acaba o bien con usted entregando una tonelada de plata a Gringotts, o bien con dominación mundial.
—Dominación mundial es una expresión tan fea. Prefiero llamarlo optimización mundial.
Aquella hilarante broma no tranquilizó a la bruja que le dirigía la Mirada del Juicio Final.
—Vaya —dijo Harry, al darse cuenta de que hablaba en serio—. De verdad lo cree. De verdad cree que estoy planeando hacer algo peligroso.
—Sí.
—¿Como si esa fuera la única razón por la que alguien compraría un botiquín? No se lo tome a mal, profesora McGonagall, pero ¿a qué clase de niños chalados está usted acostumbrada?
—Gryffindors —escupió la profesora McGonagall, y la palabra llevaba una carga de amargura y desesperación que cayó como una maldición eterna sobre todo entusiasmo y buen ánimo juveniles.
—Subdirectora profesora Minerva McGonagall —dijo Harry, plantándose las manos en las caderas con severidad—. Yo no voy a estar en Gryffindor…
En ese punto, la subdirectora intercaló algo sobre que, si lo estaba, encontraría la forma de matar a un sombrero, extraña observación que Harry dejó pasar sin comentario, aunque la vendedora pareció sufrir un repentino ataque de tos.
—…Voy a estar en Ravenclaw. Y si de verdad cree que estoy planeando hacer algo peligroso, entonces, francamente, no me entiende en absoluto. No me gusta el peligro, da miedo. Estoy siendo prudente. Estoy siendo cauto. Me estoy preparando para contingencias imprevistas. Como mis padres solían cantarme: ¡Prepárate! ¡Es la canción de marcha del boy scout! ¡Prepárate! ¡Mientras por la vida vas marchando! No estés nervioso, no estés alterado, no tengas miedo: ¡prepárate!
Los padres de Harry, de hecho, solo le habían cantado aquellas líneas concretas de aquella canción de Tom Lehrer, y Harry era felizmente inconsciente del resto.
La postura de la profesora McGonagall se había suavizado ligeramente, aunque sobre todo cuando Harry había dicho que iba a Ravenclaw.
—¿Para qué tipo de contingencia imagina usted que podría prepararle este botiquín, jovencito?
—Una compañera de clase es mordida por un monstruo horrible, y mientras yo rebusco frenéticamente en mi bolsa de piel de moke algo que pueda ayudarla, ella me mira con tristeza y con su último aliento dice: «¿Por qué no estabas preparado?». Y entonces muere, y yo sé, mientras se le cierran los ojos, que nunca me perdonará…
Harry oyó jadear a la vendedora, y levantó la vista para verla mirándolo fijamente, con los labios apretados. Entonces la joven giró en redondo y huyó hacia el interior de la tienda.
¿Qué…?
La profesora McGonagall bajó la mano, tomó la de Harry entre las suyas, con delicadeza pero firmeza, y sacó a Harry de la calle principal del Callejón Diagon. Lo condujo a un callejón entre dos tiendas, pavimentado con ladrillos sucios y que terminaba en una pared de tierra negra y sólida.
La alta bruja apuntó con la varita hacia la calle principal y pronunció:
—Quietus.
Una pantalla de silencio descendió a su alrededor, bloqueando todos los ruidos de la calle.
¿Qué he hecho mal…?
La profesora McGonagall se volvió para mirar a Harry. No tenía una Cara de Reprobación adulta completa, pero su expresión era plana, controlada.
—Debe recordar, señor Potter —dijo—, que hubo una guerra en este país hace menos de diez años. Todo el mundo ha perdido a alguien, y hablar de amigos muriendo en sus brazos… no es algo que se haga a la ligera.
—Yo… yo no quería…
La inferencia cayó como una piedra en la imaginación excepcionalmente vívida de Harry. Había hablado de alguien exhalando su último aliento; y entonces la vendedora había salido corriendo; y la guerra había terminado hacía diez años, así que aquella chica habría tenido como mucho ocho o nueve años cuando, cuando…
—Lo siento, no quería…
A Harry se le cerró la garganta, y se giró para huir de la mirada de la bruja mayor, pero había una pared de tierra bloqueándole el camino y todavía no tenía su varita.
—¡Lo siento, lo siento, lo siento!
Detrás de él llegó un suspiro pesado.
—Sé que lo siente, señor Potter.
Harry se atrevió a mirar por encima del hombro. La profesora McGonagall solo parecía triste, ahora.
—Lo siento —dijo Harry de nuevo, sintiéndose miserable—. ¿Le ocurrió algo así a…
Entonces Harry cerró los labios y se tapó la boca con una mano por si acaso.
El rostro de la bruja mayor se entristeció un poco más.
—Debe aprender a pensar antes de hablar, señor Potter, o pasará por la vida sin muchos amigos. Ese ha sido el destino de más de un Ravenclaw, y espero que no sea el suyo.
Harry quería salir corriendo sin más. Quería sacar una varita y borrar todo aquello de la memoria de la profesora McGonagall, volver a estar con ella fuera de la tienda, hacer que no hubiera pasado…
—Pero, por responder a su pregunta, señor Potter: no, nunca me ha ocurrido nada así. Desde luego, he visto a un amigo exhalar su último aliento una vez, o siete. Pero ninguno de ellos me maldijo al morir, y nunca pensé que no me perdonaría. ¿Por qué diría algo así, señor Potter? ¿Por qué siquiera lo pensaría?
—Yo, yo, yo…
Harry tragó saliva.
—Es solo que siempre intento imaginar lo peor que podría pasar.
Y quizá también había estado bromeando un poco, pero en aquel momento habría preferido morderse la lengua antes que decirlo.
—¿Qué? —dijo la profesora McGonagall—. Pero ¿por qué?
—¡Para poder impedir que pase!
—Señor Potter…
La voz de la bruja mayor se apagó. Entonces suspiró y se arrodilló a su lado.
—Señor Potter —dijo, ahora con suavidad—, no es responsabilidad suya cuidar de los alumnos de Hogwarts. Es mía. No permitiré que le pase nada malo a usted ni a nadie más. Hogwarts es el lugar más seguro para niños mágicos de todo el mundo mágico, y madame Pomfrey tiene una enfermería completa. No necesitará ningún botiquín de sanador, y mucho menos uno de cinco galeones.
—¡Pero sí! —estalló Harry—. ¡Ningún sitio es perfectamente seguro! ¿Y si a mis padres les da un infarto o tienen un accidente cuando vuelva a casa por Navidad? Madame Pomfrey no estará allí, necesitaré mi propio botiquín de sanador…
—Pero ¿qué demonios, por Merlín…? —dijo la profesora McGonagall.
Se puso en pie y miró a Harry con una expresión dividida entre la molestia y la preocupación.
—¡No hay necesidad de pensar en cosas tan terribles, señor Potter!
La expresión de Harry se torció con amargura al oír aquello.
—¡Sí la hay! ¡Si no piensas, no solo acabas haciéndote daño tú, también acabas haciendo daño a otras personas!
La profesora McGonagall abrió la boca, luego la cerró. La bruja se frotó el puente de la nariz, pensativa.
—Señor Potter… si me ofreciera a escucharlo durante un rato… ¿hay algo de lo que le gustaría hablar conmigo?
—¿De qué?
—De por qué está convencido de que siempre debe estar en guardia contra la posibilidad de que ocurran cosas terribles.
Harry la miró, desconcertado. Aquello era un axioma evidente por sí mismo.
—Bueno… —dijo Harry lentamente.
Intentó ordenar sus pensamientos. ¿Cómo podía explicarse ante una profesora-bruja, cuando ella ni siquiera conocía lo básico?
—Los investigadores muggles han descubierto que la gente siempre es muy optimista en comparación con la realidad. Por ejemplo, dicen que algo tardará dos días y tarda diez, o dicen que tardará dos meses y tarda más de treinta y cinco años. En un experimento, pidieron a estudiantes fechas para las que estuvieran seguros al 50%, al 75% y al 99% de que terminarían sus deberes, y solo el 13%, el 19% y el 45% de los estudiantes acabaron para esas fechas. Y descubrieron que la razón era que, cuando pedían a un grupo sus estimaciones de mejor caso, si todo salía lo mejor posible, y a otro grupo sus estimaciones de caso medio, si todo iba como de costumbre, obtenían respuestas estadísticamente indistinguibles.
Mire, si le preguntas a alguien qué espera en el caso normal, visualiza lo que parece la línea de máxima probabilidad en cada paso del camino: todo saliendo según lo previsto, sin sorpresas. Pero en realidad, como más de la mitad de los estudiantes no acabaron para el momento en que estaban seguros al 99% de que habrían terminado, la realidad suele entregar resultados un poco peores que el «peor escenario».
Se llama falacia de la planificación, y la mejor forma de corregirla es preguntar cuánto tardaron las cosas la última vez que intentaste hacerlas. Eso se llama usar la perspectiva externa en vez de la perspectiva interna. Pero cuando haces algo nuevo y no puedes hacer eso, tienes que ser realmente, realmente, realmente pesimista. Pesimista hasta el punto de que la realidad acabe saliendo mejor de lo que esperabas más o menos tan a menudo y en la misma medida en que sale peor.
En realidad es muy difícil ser tan pesimista que tengas una probabilidad decente de quedarte por debajo de la vida real. Por ejemplo, hago este gran esfuerzo por ser sombrío e imagino a una compañera siendo mordida, pero lo que en realidad ocurre es que los mortífagos supervivientes atacan toda la escuela para llegar hasta mí. Aunque, en una nota más alegre…
—Pare —dijo la profesora McGonagall.
Harry paró. Justo estaba a punto de señalar que al menos sabían que el Señor Tenebroso no atacaría, puesto que estaba muerto.
—Creo que quizá no me he explicado bien —dijo la bruja, con su precisa voz escocesa sonando aún más cuidadosa—. ¿Le ocurrió algo a usted personalmente que lo asustara, señor Potter?
—Lo que me ocurrió personalmente es solo evidencia anecdótica —explicó Harry—. No tiene el mismo peso que un artículo revisado por pares y replicado sobre un estudio controlado, con asignación aleatoria, muchos sujetos, grandes tamaños de efecto y fuerte significación estadística.
La profesora McGonagall se pellizcó el puente de la nariz, inspiró y espiró.
—Aun así, me gustaría oírlo —dijo.
—Eh…
Harry respiró hondo.
—Había habido algunos atracos en nuestro barrio, y mi madre me pidió que devolviera una sartén que había tomado prestada a una vecina dos calles más allá. Yo le dije que no quería porque podían atracarme, y ella dijo: «Harry, no digas cosas así». Como si pensar en ello fuera a hacer que pasara, así que, si no hablaba de ello, estaría a salvo. Intenté explicarle por qué eso no me tranquilizaba, y aun así me hizo llevar la sartén.
Era demasiado pequeño para saber lo estadísticamente improbable que era que un atracador me eligiera como objetivo, pero lo bastante mayor para saber que no-pensar en algo no impide que ocurra, así que tuve muchísimo miedo.
—¿Nada más? —dijo la profesora McGonagall tras una pausa, cuando quedó claro que Harry había terminado—. ¿No le ocurrió nada más?
—Sé que no suena a mucho —se defendió Harry—. Pero fue uno de esos momentos críticos de la vida, ¿sabe? Quiero decir, yo sabía que no pensar en algo no impide que ocurra, lo sabía, pero podía ver que mamá realmente pensaba así.
Harry se detuvo, luchando con la rabia que empezaba a subirle otra vez al pensarlo.
—No me escuchó. Intenté decírselo, le supliqué que no me mandara, y ella se lo tomó a risa. Todo lo que decía lo trataba como una especie de gran broma…
Harry obligó a la rabia negra a bajar de nuevo.
—Ahí fue cuando me di cuenta de que todos los que se suponía que debían protegerme estaban en realidad locos, y que no me escucharían por mucho que se lo suplicara, y que nunca podría confiar en que acertaran en nada.
A veces las buenas intenciones no eran suficientes; a veces había que estar cuerdo…
Hubo un largo silencio.
Harry aprovechó para respirar hondo y calmarse. No tenía sentido enfadarse. No tenía sentido enfadarse. Todos los padres eran así; ningún adulto se rebajaría lo suficiente para ponerse al mismo nivel que un niño y escuchar. Sus padres genéticos no habrían sido distintos. La cordura era una minúscula chispa en la noche, una excepción infinitesimalmente rara a la regla de la locura, así que no tenía sentido enfadarse.
A Harry no le gustaba cómo era cuando se enfadaba.
—Gracias por compartir eso, señor Potter —dijo la profesora McGonagall al cabo de un rato.
Había en su rostro una expresión abstraída, casi exactamente la misma expresión que había aparecido en el propio rostro de Harry mientras experimentaba con la bolsa, si Harry se hubiera visto en un espejo para darse cuenta.
—Tendré que pensar en esto.
Se volvió hacia la boca del callejón y levantó la varita…
—Eh —dijo Harry—, ¿podemos ir a por el botiquín de sanador ahora?
La bruja se detuvo y volvió a mirarlo fijamente.
—¿Y si digo que no, que es demasiado caro y no lo necesitará? Entonces, ¿qué?
El rostro de Harry se torció con amargura.
—Exactamente lo que está pensando, profesora McGonagall. Exactamente lo que está pensando. Concluyo que es otra adulta loca con la que no puedo hablar, y empiezo a planear cómo hacerme con un botiquín de sanador de todos modos.
—Soy su tutora en este viaje —dijo la profesora McGonagall con un matiz de peligro—. No permitiré que me mangonee.
—Lo entiendo —dijo Harry.
Mantuvo el resentimiento fuera de su voz y no dijo ninguna de las otras cosas que se le pasaron por la cabeza. La profesora McGonagall le había dicho que pensara antes de hablar. Probablemente no lo recordaría mañana, pero al menos podía recordarlo durante cinco minutos.
La varita de la bruja trazó un pequeño círculo en su mano, y los ruidos del Callejón Diagon volvieron.
—Muy bien, jovencito —dijo—. Vamos a comprar ese botiquín de sanador.
A Harry se le cayó la mandíbula de sorpresa. Luego se apresuró tras ella, casi tropezando en su repentino arrebato.
La tienda estaba igual que la habían dejado: objetos reconocibles e irreconocibles seguían dispuestos en el expositor inclinado de madera, el resplandor gris seguía protegiéndolos, y la vendedora había vuelto a su antigua posición. La vendedora levantó la vista cuando se acercaron, con sorpresa en el rostro.
—Lo siento —dijo ella al acercarse.
Y Harry habló casi al mismo tiempo:
—Me disculpo por…
Se interrumpieron y se miraron, y entonces la vendedora se rio un poco.
—No quería meterte en problemas con la profesora McGonagall —dijo. Su voz bajó en tono conspirador—. Espero que no haya sido demasiado terrible contigo.
—¡Della! —dijo la profesora McGonagall, escandalizada.
—Bolsa de oro —dijo Harry a su bolsa, y luego volvió a mirar a la vendedora mientras contaba cinco galeones—. No se preocupe, entiendo que solo es terrible conmigo porque me quiere.
Contó cinco galeones para la vendedora mientras la profesora McGonagall farfullaba algo sin importancia.
—Un Pack Plus de Curación de Emergencia, por favor.
En realidad resultaba bastante inquietante ver cómo la Boca Ensanchada se tragaba el botiquín del tamaño de un maletín. Harry no pudo evitar preguntarse qué pasaría si intentara meterse él mismo dentro de la bolsa de piel de moke, dado que se suponía que solo la persona que había metido algo podía volver a sacarlo.
Cuando la bolsa terminó de… comer… su compra tan duramente ganada, Harry habría jurado que oyó después un pequeño eructo. Eso tenía que haber sido hechizado a propósito. La hipótesis alternativa era demasiado horrible para contemplarla… de hecho, Harry ni siquiera era capaz de pensar en hipótesis alternativas.
Harry volvió a mirar a la profesora mientras empezaban a caminar otra vez por el Callejón Diagon.
—¿Adónde vamos ahora?
La profesora McGonagall señaló una tienda que parecía hecha de carne en vez de ladrillos y cubierta de pelo en vez de pintura.
—En Hogwarts se permiten mascotas pequeñas. Podría comprar una lechuza para enviar cartas, por ejemplo…
—¿Puedo pagar un knut o algo así y alquilar una lechuza cuando necesite mandar correo?
—Sí —dijo la profesora McGonagall.
—Entonces creo que no, enfáticamente.
La profesora McGonagall asintió, como si marcara un punto en una lista.
—¿Puedo preguntar por qué no?
—Tuve una piedra de mascota una vez. Murió.
—¿No cree que podría cuidar de una mascota?
—Podría —dijo Harry—, pero acabaría obsesionándome todo el día con si me había acordado de darle de comer ese día o si se estaba muriendo lentamente de hambre en su jaula, preguntándose dónde estaba su amo y por qué no había comida.
—Pobre lechuza —dijo la bruja mayor con voz suave—. Abandonada así. Me pregunto qué haría.
—Bueno, supongo que tendría muchísima hambre y empezaría a intentar abrirse paso a arañazos fuera de la jaula o la caja o lo que fuera, aunque probablemente no tendría mucha suerte con eso…
Harry se interrumpió en seco.
La bruja continuó, todavía con aquella voz suave:
—¿Y qué le pasaría después?
—Disculpe —dijo Harry.
Alzó una mano, tomó a la profesora McGonagall de la mano, con delicadeza pero firmeza, y la condujo a otro callejón; después de esquivar a tantos bienintencionados, el proceso se había vuelto casi imperceptiblemente rutinario.
—Por favor, lance ese hechizo silenciador.
—Quietus.
La voz de Harry temblaba.
—Esa lechuza no me representa a mí. Mis padres nunca me encerraron en una alacena ni me dejaron morir de hambre. No tengo miedo al abandono y no me gusta la dirección que están tomando sus pensamientos, profesora McGonagall.
La bruja lo miró con gravedad desde arriba.
—¿Y cuáles serían esos pensamientos, señor Potter?
—Usted cree que fui…
A Harry le costaba decirlo.
—¿Que fui maltratado?
—¿Lo fue?
—¡No! —gritó Harry—. ¡No, nunca lo fui! ¿Cree que soy estúpido? Conozco el concepto de maltrato infantil, sé lo de los tocamientos inapropiados y todo eso, y si hubiera pasado algo así habría llamado a la policía. Y se lo habría contado al director del colegio. Y habría buscado servicios sociales en la guía telefónica. Y se lo habría dicho al abuelo, a la abuela y a la señora Figg. Pero mis padres nunca hicieron nada así, nunca jamás jamás. ¿Cómo se atreve a sugerir algo semejante?
La bruja mayor lo miró fijamente.
—Es mi deber como subdirectora investigar posibles señales de maltrato en los niños bajo mi cuidado.
La ira de Harry se arremolinaba fuera de control hasta convertirse en furia pura y negra.
—¡No se le ocurra jamás respirar una palabra de estas, estas insinuaciones a nadie más! ¡A nadie, ¿me oye, McGonagall?! ¡Una acusación así puede arruinar a la gente y destruir familias incluso cuando los padres son completamente inocentes! ¡Lo he leído en los periódicos!
La voz de Harry ascendía hasta convertirse en un grito agudo.
—¡El sistema no sabe parar, no cree a los padres ni a los hijos cuando dicen que no ha pasado nada! ¡No se atreva a amenazar a mi familia con eso! ¡No dejaré que destruya mi hogar!
—Harry —dijo la bruja mayor suavemente, y extendió una mano hacia él.
Harry dio un rápido paso atrás, y su mano subió de golpe para apartar la de ella.
McGonagall se quedó congelada. Luego retiró la mano y dio un paso atrás.
—Harry, está bien —dijo—. Te creo.
—¿Ah, sí? —siseó Harry.
La furia todavía le rugía por la sangre.
—¿O solo está esperando a alejarse de mí para rellenar los papeles?
—Harry, he visto tu casa. Te he visto con tus padres. Ellos te quieren. Tú los quieres. Sí te creo cuando dices que tus padres no te maltratan. Pero tenía que preguntar, porque aquí hay algo extraño en marcha.
Harry la miró fríamente.
—¿Como qué?
—Harry, he visto a muchos niños maltratados durante mis años en Hogwarts; te rompería el corazón saber cuántos. Y cuando estás contento, no te comportas como uno de esos niños, en absoluto. Sonríes a extraños, abrazas a la gente; puse la mano sobre tu hombro y no te encogiste. Pero a veces, solo a veces, dices o haces algo que se parece muchísimo a… alguien que ha pasado sus primeros once años encerrado en un sótano. No a la familia cariñosa que vi.
La profesora McGonagall ladeó la cabeza, y su expresión volvió a volverse desconcertada.
Harry absorbió aquello, procesándolo. La rabia negra empezó a drenarse al darse cuenta de que lo estaban escuchando con respeto, y de que su familia no estaba en peligro.
—¿Y cómo explica sus observaciones, profesora McGonagall?
—No lo sé —dijo ella—. Pero es posible que le haya ocurrido algo que no recuerde.
La furia volvió a subir en Harry. Aquello sonaba demasiado parecido a lo que había leído en aquellas historias de periódicos sobre familias destrozadas.
—¡La memoria reprimida es una sarta de pseudociencia! La gente no reprime los recuerdos traumáticos; los recuerda demasiado bien durante el resto de su vida.
—No, señor Potter. Existe un encantamiento llamado desmemorización.
Harry se quedó helado.
—¿Un hechizo que borra recuerdos?
La bruja mayor asintió.
—Pero no todos los efectos de la experiencia, si entiende lo que quiero decir, señor Potter.
Un escalofrío le recorrió la espalda a Harry. Aquella hipótesis… no podía refutarse fácilmente.
—¡Pero mis padres no podrían hacer eso!
—En efecto —dijo la profesora McGonagall—. Tendría que haberlo hecho alguien del mundo mágico. No hay… forma de estar segura, me temo.
Las habilidades racionalistas de Harry empezaron a arrancar de nuevo.
—Profesora McGonagall, ¿hasta qué punto está segura de sus observaciones, y qué explicaciones alternativas podría haber?
La bruja abrió las manos, como para mostrar que estaban vacías.
—¿Segura? No estoy segura de nada, señor Potter. En toda mi vida no he conocido a nadie como usted. A veces simplemente no parece tener once años, ni siquiera ser del todo humano.
Las cejas de Harry se alzaron hacia el cielo…
—¡Lo siento! —dijo la profesora McGonagall deprisa—. Lo siento muchísimo, señor Potter. Intentaba explicar algo, y me temo que ha sonado distinto de lo que tenía en mente…
—Al contrario, profesora McGonagall —dijo Harry, y sonrió lentamente—. Me lo tomaré como un grandísimo cumplido. ¿Pero le importaría que ofreciera una explicación alternativa?
—Por favor.
—Se supone que los niños no deben ser mucho más inteligentes que sus padres —dijo Harry—. O quizá mucho más cuerdos. Mi padre probablemente podría superarme si estuviera, ya sabe, intentándolo de verdad, en vez de usar su inteligencia adulta sobre todo para inventar nuevas razones por las que no cambiar de opinión…
Harry se detuvo.
—Soy demasiado listo, profesora. No tengo nada que decirles a los niños normales. Los adultos no me respetan lo suficiente como para hablar de verdad conmigo. Y, francamente, aunque lo hicieran, no sonarían tan inteligentes como Richard Feynman, así que me sale más a cuenta leer algo que haya escrito Richard Feynman. Estoy aislado, profesora McGonagall. He estado aislado toda mi vida. Quizá eso tenga algunos de los mismos efectos que estar encerrado en un sótano. Y soy demasiado inteligente para admirar a mis padres como los niños están diseñados para hacerlo.
Mis padres me quieren, pero no se sienten obligados a responder a la razón, y a veces siento que ellos son los niños: niños que no escuchan y que tienen autoridad absoluta sobre toda mi existencia. Intento no amargarme demasiado por ello, pero también intento ser honesto conmigo mismo, así que sí, estoy amargado. Y también tengo un problema de gestión de la ira, pero estoy trabajando en ello. Eso es todo.
—¿Eso es todo?
Harry asintió con firmeza.
—Eso es todo. Seguro que, profesora McGonagall, incluso en la Gran Bretaña mágica, la explicación normal siempre merece ser considerada.
Era más tarde aquel día, el sol descendía en el cielo de verano y los compradores empezaban a escasear en las calles. Algunas tiendas ya habían cerrado; Harry y la profesora McGonagall habían comprado sus libros de texto en Flourish y Blotts justo antes de la hora límite. Con solo una ligera explosión cuando Harry había ido directo hacia la palabra clave «Aritmancia» y había descubierto que los libros de séptimo curso no invocaban nada matemáticamente más avanzado que la trigonometría.
En aquel momento, sin embargo, los sueños de fruta investigadora al alcance de la mano estaban lejos de la mente de Harry.
En aquel momento, los dos salían de Ollivanders, y Harry estaba mirando fijamente su varita. La había agitado y había producido chispas multicolores, lo cual realmente no debería haber sido un golpe adicional después de todo lo demás que había visto, pero de algún modo…
Puedo hacer magia.
Yo. Es decir, yo personalmente. Soy mágico; soy un mago.
Había sentido la magia vertiéndose por su brazo, y en aquel instante se había dado cuenta de que siempre había tenido aquel sentido, de que lo había poseído toda la vida: aquel sentido que no era vista ni oído ni olfato ni gusto ni tacto, sino solo magia. Como tener ojos pero mantenerlos siempre cerrados, de modo que ni siquiera te das cuenta de que estás viendo oscuridad; y entonces, un día, el ojo se abre y ve el mundo.
El impacto de aquello se había derramado a través de él, tocando partes de sí mismo, despertándolas, y luego se había apagado en segundos; dejando solo el conocimiento cierto de que ahora era un mago, y siempre lo había sido, e incluso, de alguna extraña manera, siempre lo había sabido.
Y…
—Es realmente muy curioso que estuviera usted destinado a esta varita cuando su hermana… bueno, su hermana le hizo esa cicatriz.
Aquello no podía ser una coincidencia. Había miles de varitas en aquella tienda. Bueno, vale, en realidad sí podía ser una coincidencia; había seis mil millones de personas en el mundo y las coincidencias de una entre mil ocurrían todos los días. Pero el teorema de Bayes decía que cualquier hipótesis razonable que hiciera más probable que uno entre mil que acabara con la hermana de la varita del Señor Tenebroso iba a tener ventaja.
La profesora McGonagall simplemente había dicho lo peculiar que era y lo había dejado ahí, lo cual había sumido a Harry en un estado de shock ante la total y abrumadora falta de curiosidad de magos y brujas. En ningún mundo imaginable Harry habría dicho «hmm» y salido de la tienda sin siquiera intentar formular una hipótesis sobre lo que estaba ocurriendo.
Su mano izquierda subió y tocó su cicatriz.
¿Qué… exactamente…?
—Ahora ya eres un mago completo —dijo la profesora McGonagall—. Enhorabuena.
Harry asintió.
—¿Y qué piensa del mundo mágico? —dijo ella.
—Es extraño —dijo Harry—. Debería estar pensando en todo lo que he visto de la magia… en todo lo que ahora sé que es posible, y en todo lo que ahora sé que es mentira, y en todo el trabajo que tengo por delante para entenderlo. Y aun así me encuentro distraído por trivialidades relativas como…
Harry bajó la voz.
—Todo el asunto del Niño que Vivió.
No parecía haber nadie cerca, pero tampoco era cuestión de tentar al destino.
La profesora McGonagall carraspeó.
—¿De verdad? No me diga.
Harry asintió.
—Sí. Es solo que… es raro. Descubrir que formabas parte de esta gran historia, la misión de derrotar al gran y terrible Señor Tenebroso, y que ya está hecha. Terminada. Completamente acabada. Como si fueras Frodo Bolsón y descubrieras que tus padres te llevaron al Monte del Destino y te hicieron lanzar el Anillo cuando tenías un año, y ni siquiera lo recuerdas.
La sonrisa de la profesora McGonagall se había vuelto algo fija.
—Sabe, si yo fuera cualquier otra persona, absolutamente cualquier otra, probablemente estaría bastante preocupado por estar a la altura de ese comienzo. Vaya, Harry, ¿qué has hecho desde que derrotaste al Señor Tenebroso? ¿Tu propia librería? ¡Eso está genial! Oye, ¿sabías que puse a mi hijo tu nombre? Pero confío en que esto no resulte ser un problema.
Harry suspiró.
—Aun así… casi basta para hacerme desear que quedara algún cabo suelto de la misión, solo para poder decir que realmente, ya sabe, participé de alguna forma.
—¿Ah, sí? —dijo la profesora McGonagall en un tono extraño—. ¿Qué tenía en mente?
—Bueno, por ejemplo, mencionó que mis padres fueron traicionados. ¿Quién los traicionó?
—Sirius Black —dijo la bruja, casi escupiendo el nombre—. Está en Azkaban. La prisión mágica.
—¿Qué probabilidad hay de que Sirius Black escape de prisión y yo tenga que localizarlo y derrotarlo en alguna especie de duelo espectacular, o, mejor aún, poner una gran recompensa por su cabeza y esconderme en Australia mientras espero resultados?
La profesora McGonagall parpadeó. Dos veces.
—No es probable. Nadie ha escapado jamás de Azkaban, y dudo que él sea el primero.
Harry se mostró un poco escéptico ante aquello de «nadie ha escapado jamás de Azkaban». Aun así, quizá con magia sí podías acercarte a una prisión perfecta al cien por cien, sobre todo si tú tenías varita y ellos no. La mejor forma de salir sería no entrar allí para empezar.
—Muy bien entonces —dijo Harry—. Parece que todo ha quedado bien cerrado.
Suspiró, pasándose la palma por la cabeza.
—O quizá el Señor Tenebroso no murió realmente aquella noche. No del todo. Su espíritu persiste, susurrando a la gente en pesadillas que se derraman sobre el mundo despierto, buscando una forma de volver a las tierras de los vivos que juró destruir; y ahora, de acuerdo con la antigua profecía, él y yo estamos encerrados en un duelo mortal en el que el vencedor perderá y el perdedor vencerá…
La cabeza de la profesora McGonagall giró, y sus ojos se movieron por la calle como buscando oyentes.
—Estoy bromeando, profesora —dijo Harry con cierta molestia.
Jolín, por qué siempre se tomaba todo tan en serio…
Una lenta sensación de hundimiento empezó a nacer en la boca del estómago de Harry.
La profesora McGonagall miró a Harry con expresión tranquila. Muy, muy tranquila. Entonces se puso una sonrisa.
—Por supuesto, señor Potter.
Mierda.
Si Harry hubiera necesitado formalizar la inferencia sin palabras que acababa de cruzarle la mente, habría salido algo como: «Si estimo la probabilidad de que la profesora McGonagall haga lo que acabo de ver como resultado de controlarse cuidadosamente, frente a la distribución de probabilidad de todas las cosas que haría de forma natural si yo hiciera una broma mala, entonces este comportamiento es evidencia significativa de que está ocultando algo».
Pero lo que Harry pensó realmente fue:
Mierda.
Harry giró su propia cabeza para escanear la calle. No, nadie cerca.
—No está muerto, ¿verdad? —suspiró Harry.
—Señor Potter…
—El Señor Tenebroso está vivo. Claro que está vivo. Fue un acto de optimismo absoluto por mi parte siquiera soñar lo contrario. Debí perder la cabeza, no puedo imaginar qué estaba pensando. Solo porque alguien dijera que habían encontrado su cuerpo quemado hasta quedar irreconocible, no entiendo cómo pude pensar que estaba muerto. Claramente me queda mucho por aprender sobre el arte del pesimismo adecuado.
—Señor Potter…
—Al menos dígame que no hay realmente una profecía…
La profesora McGonagall seguía dedicándole aquella sonrisa brillante y fija.
—Tiene que estar de broma.
—Señor Potter, no debería inventarse cosas por las que preocuparse…
—¿De verdad va a decirme eso? Imagine mi reacción más adelante, cuando descubra que después de todo sí había algo por lo que preocuparse.
Su sonrisa fija vaciló.
Los hombros de Harry se hundieron.
—Tengo todo un mundo de magia que analizar. No tengo tiempo para esto.
Entonces ambos callaron, porque un hombre con túnicas naranjas y vaporosas apareció en la calle y pasó lentamente junto a ellos; los ojos de la profesora McGonagall lo siguieron discretamente. La boca de Harry se movía mientras se mordía con fuerza el labio, y alguien que mirara de cerca habría notado aparecer un puntito de sangre.
Cuando el hombre de túnica naranja se hubo alejado, Harry volvió a hablar, en un murmullo bajo.
—¿Va a decirme la verdad ahora, profesora McGonagall? Y no se moleste en intentar quitarle importancia. No soy estúpido.
—¡Tiene once años, señor Potter! —dijo ella en un susurro áspero.
—Y por tanto soy subhumano. Perdón… por un momento se me había olvidado.
—¡Son asuntos terribles e importantes! ¡Son secretos, señor Potter! ¡Es una catástrofe que usted, siendo todavía un niño, sepa siquiera esto! No debe contárselo a nadie, ¿lo entiende? ¡Absolutamente a nadie!
Como ocurría a veces cuando Harry se enfadaba lo suficiente, su sangre se enfrió en vez de calentarse, y una terrible claridad oscura descendió sobre su mente, cartografiando posibles tácticas y evaluando sus consecuencias con realismo de hierro.
Señalar que tienes derecho a saber: fracaso. Los niños de once años no tienen derecho a saber nada, a ojos de McGonagall.
Decir que ya no seréis amigos: fracaso. No valora tu amistad lo suficiente.
Señalar que estarás en peligro si no sabes: fracaso. Ya se han hecho planes basados en tu ignorancia. El inconveniente cierto de replantearlos parecerá mucho más desagradable que la mera posibilidad incierta de que sufras daño.
La justicia y la razón fallarán ambas. Debes encontrar algo que tienes y que ella quiere, o encontrar algo que puedas hacer y que ella tema…
Ah.
—Bien, profesora —dijo Harry en un tono bajo y helado—, parece que tengo algo que usted quiere. Puede, si lo desea, contarme la verdad, toda la verdad, y a cambio guardaré sus secretos. O puede intentar mantenerme ignorante para usarme como peón, en cuyo caso no le deberé nada.
McGonagall se detuvo en seco en la calle. Sus ojos ardieron y su voz descendió hasta convertirse en un siseo declarado.
—¡Cómo se atreve!
—¡Cómo se atreve usted! —le susurró él de vuelta.
—¿Pretende chantajearme?
Los labios de Harry se torcieron.
—Le estoy ofreciendo un favor. Le estoy dando la oportunidad de proteger su precioso secreto. Si se niega, tendré todos los motivos naturales para hacer averiguaciones por otro lado; no por fastidiarla, sino porque necesito saber. Supere su enfado inútil contra un niño que usted cree que debería obedecerla, y se dará cuenta de que cualquier adulto cuerdo haría lo mismo. ¡Mírelo desde mi perspectiva! ¿Cómo se sentiría si fuera usted?
Harry observó a McGonagall, reparó en su respiración áspera. Se le ocurrió que era momento de aliviar la presión, dejarla cocerse un rato.
—No tiene que decidirlo ahora mismo —dijo Harry en un tono más normal—. Entenderé que quiera tiempo para pensar en mi oferta… pero le advertiré una cosa.
La voz de Harry se volvió más fría.
—No intente usar ese hechizo de desmemorización conmigo. Hace algún tiempo elaboré una señal, y ya me he enviado esa señal a mí mismo. Si encuentro esa señal y no recuerdo haberla enviado…
Harry dejó que su voz se apagara significativamente.
El rostro de McGonagall se movía mientras sus expresiones cambiaban.
—Yo… no estaba pensando en desmemorizarlo, señor Potter… pero ¿por qué habría inventado una señal así si no sabía nada de…?
—Se me ocurrió leyendo un libro muggle de ciencia ficción, y me dije: bueno, por si acaso. Y no, no le diré la señal, no soy tonto.
—No pensaba preguntar —dijo McGonagall.
Pareció plegarse sobre sí misma, y de pronto parecía muy vieja, y muy cansada.
—Este ha sido un día agotador, señor Potter. ¿Podemos ir a por su baúl y enviarlo a casa? Confiaré en que no hable de este asunto hasta que haya tenido tiempo de pensar. Tenga presente que solo hay otras dos personas en todo el mundo que sepan de este asunto, y son el director Albus Dumbledore y el profesor Severus Snape.
Así que información nueva; aquello era una ofrenda de paz. Harry asintió en señal de aceptación, giró la cabeza hacia delante y echó a andar de nuevo, mientras su sangre empezaba poco a poco a calentarse otra vez.
—Así que ahora tengo que encontrar alguna forma de matar a un mago tenebroso inmortal —dijo Harry, y suspiró frustrado—. Ojalá me hubiera dicho eso antes de empezar a comprar.
La tienda de baúles estaba decorada con más riqueza que cualquier otra tienda que Harry hubiera visitado; las cortinas eran exuberantes y delicadamente estampadas, el suelo y las paredes de madera teñida y pulida, y los baúles ocupaban lugares de honor sobre plataformas de marfil pulido. El vendedor vestía túnicas de lujo apenas un escalón por debajo de las de Lucius Malfoy, y hablaba con una exquisita cortesía aceitosa tanto a Harry como a la profesora McGonagall.
Harry había hecho sus preguntas, y había gravitado hacia un baúl de madera de aspecto pesado, no pulida sino cálida y sólida, tallada con el dibujo de un dragón guardián cuyos ojos se movían para mirar a cualquiera que se acercara. Un baúl encantado para ser ligero, para encogerse a la orden, para hacer brotar pequeños tentáculos con garras desde la parte inferior y retorcerse tras su dueño. Un baúl con dos cajones en cada uno de sus cuatro lados, cada uno de los cuales se deslizaba para revelar compartimentos tan profundos como todo el baúl.
Una tapa con cuatro cerraduras, cada una de las cuales revelaba un espacio distinto en el interior. Y —esta era la parte importante— un asa en la parte inferior que sacaba un marco con una escalera que descendía hacia una pequeña habitación iluminada que, según estimó Harry, albergaría unas doce estanterías.
Si hacían equipajes así, Harry no sabía por qué nadie se molestaba en tener una casa.
Ciento ocho galeones de oro. Ese era el precio de un buen baúl, ligeramente usado. A unas cincuenta libras esterlinas el galeón, bastaba para comprar un coche de segunda mano. Sería más caro que todo lo demás que Harry había comprado en toda su vida, todo junto.
Noventa y siete galeones. Eso era lo que quedaba en la bolsa de oro que a Harry le habían permitido sacar de Gringotts.
La profesora McGonagall tenía en el rostro una expresión de disgusto consigo misma. Tras un largo día de compras, no había necesitado preguntar a Harry cuánto oro quedaba en la bolsa después de que el vendedor dijera el precio, lo que significaba que la profesora podía hacer buen cálculo mental sin lápiz ni papel. Una vez más, Harry se recordó que ser científicamente iletrado no era en absoluto lo mismo que ser estúpido.
—Lo siento, jovencito —dijo la profesora McGonagall—. Esto es enteramente culpa mía. Le ofrecería llevarlo de vuelta a Gringotts, pero el banco ya estará cerrado salvo para servicios de emergencia.
Harry la miró, preguntándose…
—Bueno —suspiró la profesora McGonagall, girando sobre un talón—, supongo que más vale que nos vayamos.
…no había perdido del todo los estribos cuando un niño se había atrevido a desafiarla. No había estado contenta, pero había pensado en lugar de explotar de furia. Quizá solo se debiera a que había un Señor Tenebroso inmortal contra el que luchar; a que necesitaba la buena voluntad de Harry. Pero la mayoría de los adultos no habrían sido capaces de pensar siquiera tanto; no habrían considerado en absoluto las consecuencias futuras si alguien de estatus inferior se negaba a obedecerlos…
—¿Profesora? —dijo Harry.
La bruja se volvió y lo miró.
Harry respiró hondo. Necesitaba estar un poco enfadado para lo que quería intentar ahora; no había forma de que reuniera el valor de hacerlo de otro modo. No me escuchó, pensó para sí. Yo habría cogido más oro, pero ella no quiso escuchar…
Concentrando todo su mundo en McGonagall y en la necesidad de doblar aquella conversación a su voluntad, habló.
—Profesora, usted pensó que cien galeones serían más que suficientes para un baúl. Por eso no se molestó en advertirme antes de que bajáramos a noventa y siete. Y eso es exactamente lo que muestran los estudios: eso es lo que ocurre cuando la gente cree que se está dejando un pequeño margen de error. No son lo bastante pesimistas. Si hubiera dependido de mí, habría cogido doscientos galeones solo para asegurarme. Había dinero de sobra en esa cámara, y podría haber devuelto cualquier exceso después. Pero pensé que usted no me dejaría hacerlo. Pensé que se enfadaría conmigo solo por preguntarlo. ¿Me equivocaba?
—Supongo que debo confesar que tiene razón —dijo la profesora McGonagall—. Pero, jovencito…
—Ese tipo de cosas es la razón por la que me cuesta confiar en los adultos.
De algún modo, Harry mantuvo la voz firme.
—Porque se enfadan si siquiera intentas razonar con ellos. Para ellos es desafío e insolencia y un reto a su estatus tribal superior. Si intentas hablar con ellos, se enfadan. Así que, si tuviera que hacer algo realmente importante, no podría confiar en usted. Incluso aunque escuchara con profunda preocupación cualquier cosa que yo dijera —porque eso también forma parte del papel de alguien que interpreta a un adulto preocupado—, nunca cambiaría sus acciones, no se comportaría realmente de otra manera por nada que yo dijera.
El vendedor los observaba a ambos con fascinación descarada.
—Puedo entender su punto de vista —dijo finalmente la profesora McGonagall—. Si a veces parezco demasiado estricta, recuerde por favor que he servido como jefa de la casa Gryffindor durante lo que se siente como varios miles de años.
Harry asintió y continuó.
—Entonces… suponga que yo tuviera una forma de sacar más galeones de mi cámara sin volver a Gringotts, pero que implicara violar el papel de niño obediente. ¿Podría confiarle eso, aunque usted tuviera que salirse de su propio papel como profesora McGonagall para aprovecharlo?
—¿Qué? —dijo la profesora McGonagall.
—Dicho de otro modo: si pudiera hacer que el día de hoy hubiera ocurrido de forma distinta, de modo que no hubiéramos cogido demasiado poco dinero, ¿estaría bien, aunque implicara que un niño fue insolente con una adulta retrospectivamente?
—Yo… supongo… —dijo la bruja, bastante desconcertada.
Harry sacó la bolsa de piel de moke y dijo:
—Once galeones procedentes originalmente de mi cámara familiar.
Y había oro en la mano de Harry.
Durante un momento, la boca de la profesora McGonagall se abrió de par en par; luego su mandíbula se cerró de golpe, sus ojos se estrecharon y la bruja espetó:
—¿De dónde ha sacado eso?
—De mi cámara familiar, como he dicho.
—¿Cómo?
—Magia.
—¡Eso no es una respuesta! —espetó la profesora McGonagall, y entonces se detuvo, parpadeando.
—No, ¿verdad? Debería afirmar que es porque descubrí experimentalmente los verdaderos secretos de cómo funciona la bolsa y que en realidad puede recuperar objetos de cualquier sitio, no solo de su propio interior, si formulas correctamente la petición. Pero en realidad es de cuando caí sobre aquel montón de oro y me metí unos galeones en el bolsillo. Cualquiera que entienda el pesimismo sabe que el dinero es algo que quizá necesites deprisa y sin mucho aviso. Así que, ¿está enfadada conmigo por desafiar su autoridad? ¿O se alegra de que hayamos tenido éxito en nuestra importante misión?
Los ojos del vendedor estaban abiertos como platos.
Y la alta bruja permaneció allí, en silencio.
—La disciplina en Hogwarts debe hacerse cumplir —dijo tras casi un minuto entero—. Por el bien de todos los alumnos. Y eso debe incluir cortesía y obediencia de su parte hacia todos los profesores.
—Lo entiendo, profesora McGonagall.
—Bien. Ahora compremos ese baúl y vámonos a casa.
Harry sintió ganas de vomitar, o de vitorear, o de desmayarse, o algo así. Era la primera vez que su razonamiento cuidadoso funcionaba con alguien. Quizá porque también era la primera vez que tenía algo realmente serio que un adulto necesitaba de él, pero aun así…
Minerva McGonagall, +1 punto.
Harry hizo una reverencia y entregó la bolsa de oro y los once galeones adicionales en manos de McGonagall.
—Muchísimas gracias, profesora. ¿Puede terminar la compra por mí? Tengo que ir al baño.
El vendedor, untuoso de nuevo, señaló una puerta encajada en la pared con un pomo dorado. Mientras Harry empezaba a alejarse, oyó al vendedor preguntar con su voz aceitosa:
—¿Puedo preguntar quién era ese, madame McGonagall? Supongo que es Slytherin —¿tercer curso, quizá?— y de una familia prominente, pero no he reconocido…
El portazo de la puerta del baño cortó sus palabras. Después de identificar el pestillo y echarlo, Harry agarró la toalla mágica autolimpiable y, con manos temblorosas, se secó la humedad de la frente. Todo el cuerpo de Harry estaba cubierto de sudor, que le había empapado por completo la ropa muggle, aunque al menos no se transparentaba a través de las túnicas.
El sol se estaba poniendo y era ya muy tarde, de hecho, cuando volvieron a estar en el patio de El Caldero Chorreante, la silenciosa interfaz polvorienta y llena de hojas entre el Callejón Diagon de la Gran Bretaña mágica y todo el mundo muggle. Esa sí que era una economía tremendamente desacoplada… Harry debía ir a una cabina telefónica y llamar a su padre una vez estuviera al otro lado. Al parecer no tenía que preocuparse de que le robaran el equipaje.
Su baúl tenía el estatus de objeto mágico importante, algo que la mayoría de los muggles no notarían; eso era parte de lo que podías conseguir en el mundo mágico si estabas dispuesto a pagar el precio de un coche de segunda mano.
—Así que aquí nos separamos, por un tiempo —dijo la profesora McGonagall.
Sacudió la cabeza con asombro.
—Este ha sido el día más extraño de mi vida en… muchos años. Desde el día en que supe que un niño había derrotado a Quien-Tú-Sabes. Me pregunto ahora, mirando atrás, si aquel fue el último día razonable del mundo.
Ah, como si ella tuviera algo de lo que quejarse. ¿Tú crees que tu día ha sido surrealista? Prueba con el mío.
—Me ha impresionado mucho hoy —le dijo Harry—. Debería haberme acordado de felicitarla en voz alta; le estaba concediendo puntos en mi cabeza y todo.
—Gracias, señor Potter —dijo la profesora McGonagall—. Si ya hubiera sido seleccionado en una casa, le habría restado tantos puntos que sus nietos aún estarían perdiendo la Copa de las Casas.
—Gracias, profesora.
Probablemente era demasiado pronto para llamarla Minnie.
Aquella mujer bien podía ser la adulta más cuerda que Harry había conocido jamás, pese a su falta de formación científica. Harry incluso estaba considerando ofrecerle el puesto número dos en cualquier grupo que formara para luchar contra el Señor Tenebroso, aunque no era tan tonto como para decirlo en voz alta. Ahora, ¿cuál sería un buen nombre para eso…? ¿Los devoradores de mortífagos?
—Nos veremos pronto, cuando empiecen las clases —dijo la profesora McGonagall—. Y, señor Potter, sobre su varita…
—Sé lo que va a pedirme —dijo Harry.
Sacó su preciosa varita y, con una profunda punzada interior de dolor, la giró en la mano y se la ofreció por el mango.
—Tómela. No pensaba hacer nada, ni una sola cosa, pero no quiero que tenga pesadillas conmigo haciendo estallar mi casa.
La profesora McGonagall negó rápidamente con la cabeza.
—¡Oh, no, señor Potter! Eso no se hace. Solo quería advertirle que no use la varita en casa, porque el Ministerio puede detectar magia en menores y está prohibida sin supervisión.
—Ah —dijo Harry—. Eso suena a una regla muy sensata. Me alegra ver que el mundo mágico se toma en serio ese tipo de cosas.
La profesora McGonagall lo miró con atención.
—Lo dice de verdad.
—Sí —dijo Harry—. Lo entiendo. La magia es peligrosa y las reglas existen por buenas razones. Ciertos otros asuntos también son peligrosos. También lo entiendo. Recuerde que no soy estúpido.
—Es improbable que jamás lo olvide. Gracias, Harry. Eso me hace sentir mejor al confiarle ciertas cosas. Adiós por ahora.
Harry se volvió para marcharse, entrar en El Caldero Chorreante y salir hacia el mundo muggle.
Cuando su mano tocó el pomo de la puerta trasera, oyó un último susurro a su espalda.
—Hermione Granger.
—¿Qué? —dijo Harry, con la mano aún en la puerta.
—Busque en el tren a Hogwarts a una niña de primer curso llamada Hermione Granger.
—¿Quién es?
No hubo respuesta, y cuando Harry se volvió, la profesora McGonagall había desaparecido.
Consecuencias
El director Albus Dumbledore se inclinó hacia delante sobre su escritorio. Sus ojos centelleantes miraban a Minerva.
—Bueno, querida, ¿cómo te ha parecido Harry?
Minerva abrió la boca.
Luego cerró la boca.
Luego volvió a abrirla.
No salió ninguna palabra.
—Ya veo —dijo Albus con gravedad—. Gracias por tu informe, Minerva. Puedes marcharte.