Capítulo 59: El experimento de la prisión de Stanford, curiosidad, parte 9
Las escobas se habían inventado durante lo que un muggle habría llamado la Edad Oscura, supuestamente por una bruja legendaria llamada Celestria Relevo, presuntamente tataranieta de Merlín.
Celestria Relevo, o la persona o grupo que realmente hubiera inventado aquellos encantamientos, no sabía ni puñetera cosa de mecánica newtoniana.
Las escobas, por tanto, funcionaban según la física aristotélica.
Iban a donde las apuntabas.
Si querías avanzar en línea recta, las apuntabas en línea recta; no te preocupabas de mantener parte del empuje hacia abajo para cancelar el efecto de la gravedad.
Si girabas una escoba, toda su nueva velocidad estaba en la nueva dirección hacia la que apuntaba; no se desplazaba de lado según su antiguo momento.
Las escobas tenían velocidades máximas, no aceleraciones máximas. No por nada relacionado con la resistencia del aire, sino porque una escoba tenía cierto ímpetu aristotélico máximo que sus encantamientos podían ejercer.
Harry nunca lo había notado explícitamente antes, pese a ser lo bastante diestro para sacar las mejores notas en clase de vuelo. Las escobas funcionaban tanto como la mente humana esperaba instintivamente que funcionaran que su cerebro había conseguido pasar por alto por completo su absurdo físico. Harry, en su primer jueves de clases de escoba, se había distraído con fenómenos que parecían más interesantes: palabras escritas en papel y una bola roja brillante.
Así que su cerebro simplemente había suspendido su incredulidad, marcado la realidad de las escobas como aceptada, y procedido a divertirse, sin pensar ni una sola vez en la pregunta cuya respuesta habría sido obvia. Pues es un triste hecho que solo pensamos alguna vez en una diminuta fracción de todos los fenómenos que encontramos…
Esta es la historia de cómo Harry James Potter-Evans-Verres estuvo a punto de morir por culpa de su propia falta de curiosidad.
Porque los cohetes no funcionaban según la física aristotélica.
Los cohetes no funcionaban como una mente humana esperaba instintivamente que funcionara una cosa voladora.
Una escoba asistida por cohete, por tanto, no se movía como las escobas mágicas sobre las que Harry volaba tan extraordinariamente bien.
Nada de esto pasó realmente por la mente de Harry en aquel momento.
Para empezar, el ruido más fuerte que había oído en su vida le estaba impidiendo oírse pensar.
Para seguir, acelerar hacia arriba a cuatro gravedades significaba que tenía alrededor de dos segundos y medio, en total, para ir del fondo a la cima de Azkaban.
Y aunque fueran dos segundos y medio de los segundos más largos de la historia del Tiempo, no daban espacio para mucho pensamiento.
Solo hubo tiempo para ver las luces de las maldiciones de los aurores flechándose hacia él, inclinar ligeramente la escoba para esquivarlas, darse cuenta de que la escoba simplemente seguía con casi el mismo momento en vez de ir en la dirección hacia la que la apuntaba, y activar los conceptos sin palabras
mierda
y
Newton
tras lo cual Harry inclinó la escoba con mucha más fuerza y entonces empezaron a acercarse muy rápidamente a la pared, así que la inclinó otra vez hacia el otro lado, y había más luces bajando, y los dementores se deslizaban suavemente hacia arriba en dirección a ellos junto con algún tipo de criatura alada gigante de llama blanco-dorada, así que Harry retorció la escoba de vuelta hacia el cielo, pero ahora seguía deslizándose hacia otra pared, así que inclinó la escoba un poco y dejó de acercarse, pero estaba demasiado cerca, así que volvió a inclinarla, y entonces los aurores distantes en sus escobas ya no estaban nada distantes, y Harry iba a estrellarse contra aquella mujer, así que hizo girar la escoba directamente en sentido contrario a ella, y entonces en otro instante se dio cuenta de que su cohete era un lanzallamas extremadamente potente y que en una fracción de segundo apuntaría directamente a la auror, así que hizo girar la escoba de lado mientras seguía subiendo, y no podía recordar si ahora apuntaba a algún auror, pero al menos no apuntaba a ella.
Harry pasó a un metro de otro auror, zumbando junto a él sobre un lanzallamas apuntado de lado que se movía hacia arriba a, Harry estimaría más tarde, unos trescientos kilómetros por hora.
Si hubo gritos de aurores asados no los oyó, pero eso no era prueba ni de una cosa ni de la contraria, porque todo lo que Harry oía en aquel momento era un ruido extremadamente fuerte.
Un par de segundos más calmados, aunque no más silenciosos, después, no parecía haber ningún auror cerca, ni ningún dementor, ni ninguna criatura llameante gigante y alada, y el vasto y terrible edificio de Azkaban parecía sorprendentemente diminuto desde aquella altura.
Harry consiguió apuntar la escoba hacia el Sol, tenuemente visible entre las nubes; no estaba alto en el cielo a aquella hora del día y aquel mes de invierno, y la escoba aceleró otros dos segundos en esa dirección y adquirió una cantidad asombrosa de velocidad muy deprisa antes de que el cohete de combustible sólido se consumiera.
Después de eso, una vez Harry pudo volver a oírse pensar, cuando solo quedaba el viento aullante de su velocidad ridícula, y los dedos de Harry asistidos por encantamiento que aferraban la escoba solo estaban resistiendo la resistencia desaceleradora de moverse muchísimo más rápido que la velocidad terminal, fue entonces cuando Harry pensó realmente todo aquello sobre mecánica newtoniana y física aristotélica y escobas y cohetes y la importancia de la curiosidad y cómo nunca jamás volvería a hacer nada tan Gryffindor o al menos no hasta después de aprender el secreto de inmortalidad del Señor Tenebroso y por qué había escuchado al profesor Quirinus «le assseguro, muchacho, que no intentaría esssto si no anticipassse mi propia sssupervivencia» Quirrell en vez de al profesor Michael «hijo, si intentas cualquier cosa que tenga que ver con cohetes tú solo, quiero decir cualquier cosa en absoluto sin un profesional entrenado mirando, morirás y eso pondrá triste a mamá» Verres-Evans.
—¿QUÉ? —chilló Amelia al espejo.
El viento había bajado hasta un nivel soportable a medida que la resistencia del aire los frenaba, dándole a Harry abundantes oportunidades de escuchar el zumbido, el pitido, el sonido repicante que parecía llenar todo su cerebro.
Se suponía que el profesor Quirrell iba a lanzar un Encantamiento Silenciador sobre el escape del cohete… al parecer había límites a lo que los Encantamientos Silenciadores podían hacer… retrospectivamente, Harry debería haber Transfigurado un par de tapones para los oídos, no solo haber confiado en el Encantamiento Silenciador, aunque probablemente eso tampoco habría sido suficiente…
Bueno, la curación mágica probablemente tendría algo para tratar daños auditivos permanentes.
No, en serio, la curación mágica probablemente tenía algo para tratar eso. Había visto estudiantes ir a ver a Madame Pomfrey con heridas que sonaban mucho peor…
¿Hay alguna manera de trasplantar una personalidad imaginaria a la cabeza de otra persona?, preguntó Hufflepuff. Ya no quiero vivir en la tuya.
Harry lo empujó todo al fondo de su mente; realmente no había nada que pudiera hacer al respecto en aquel momento. ¿Había algo por lo que debería estar preocupándose…?
Entonces Harry miró detrás de él, acordándose por primera vez de comprobar si Bellatrix o el profesor Quirrell habían salido despedidos de la escoba.
Pero la serpiente verde seguía en su arnés, y la mujer demacrada seguía aferrada a la escoba, con el rostro aún cargado de un color malsano y los ojos todavía brillantes y peligrosos. Sus hombros temblaban como si estuviera riendo histéricamente, y sus labios se movían como para gritar, pero no salía ningún sonido…
Ah, claro.
Harry se quitó la capucha de la capa, se tocó las orejas para hacerle saber que no podía oír.
Entonces Bellatrix agarró su varita, apuntó a Harry, y de repente el pitido de sus oídos disminuyó; podía oírla.
Un momento después se arrepintió; las imprecaciones que gritaba contra Azkaban, los dementores, los aurores, Dumbledore, Lucius, Bartemy Couch, algo llamado la Orden del Fénix, y todos los que se interpusieran en el camino de su Señor Tenebroso, etcétera, no eran aptas para oyentes jóvenes y más sensibles; y su risa lastimaba sus oídos recién curados.
—Basta, Bella —dijo Harry finalmente, y su voz se detuvo al instante.
Hubo una pausa. Harry volvió a ponerse la Capa sobre la cabeza, solo por principios generales; y en el mismo instante se dio cuenta de que abajo podían tener telescopios o algo así, retrospectivamente haberse bajado la capucha siquiera por un momento había sido una jugada increíblemente estúpida, esperaba que toda la misión no acabara fracasando por ese único error…
En realidad no estamos hechos para esto, ¿verdad?, observó Slytherin.
Eh, objetó Hufflepuff por puro reflejo, no podemos esperar hacer algo perfectamente la primera vez, probablemente solo necesitamos más práctica OLVIDA QUE HE DICHO ESO.
Harry volvió a mirar hacia atrás, y vio a Bellatrix mirando alrededor con una expresión perpleja y maravillada en el rostro. Su cabeza seguía girando, girando.
Y finalmente Bellatrix dijo, ahora con la voz más baja:
—Mi Lord, ¿dónde estamos?
¿Qué quieres decir? era lo que Harry quería decir, pero el Señor Tenebroso nunca admitiría no entender algo, así que Harry respondió secamente:
—Estamos en una escoba.
¿Cree que está muerta, que esto es el Cielo?
Las manos de Bellatrix seguían encadenadas a la escoba, así que fue solo un dedo el que se levantó y señaló cuando dijo:
—¿Qué es eso?
Harry siguió la dirección de su dedo y vio… nada en particular, en realidad…
Entonces Harry comprendió. Después de haber subido lo suficiente, ya no había nubes que lo ocultaran.
—Eso es el Sol, querida Bella.
Salió notablemente controlado, el Señor Tenebroso sonando perfectamente calmado y quizá un poco impaciente con ella, incluso cuando las lágrimas empezaban a bajar por las mejillas de Harry.
En el frío interminable, en la negrura absoluta, el Sol seguramente habría sido…
Un recuerdo feliz…
La cabeza de Bellatrix siguió girando.
—¿Y las cosas mullidas? —dijo.
—Nubes.
Hubo una pausa, y entonces Bellatrix dijo:
—Pero ¿qué son?
Harry no le respondió; no había manera de que su voz pudiera haber sido firme, hubiera sido firme, era todo lo que podía hacer mantener la respiración perfectamente regular mientras lloraba.
Al cabo de un rato, Bellatrix exhaló, tan suavemente que Harry casi no la oyó:
—Bonitas…
Su rostro se relajó lentamente, el color abandonando su palidez casi tan rápido como había llegado.
Su cuerpo esquelético se desplomó contra la escoba.
La varita prestada colgó sin vida de la correa atada a su mano inmóvil.
TIENES QUE ESTAR DE BROMA…
La mente de Harry recordó entonces que la poción Vigorizante tenía un coste; Bellatrix ssse dormirá durante un tiempo consssiderable, había dicho el profesor Quirrell.
Y en el mismo instante otra parte de Harry quedó absolutamente convencida, al mirar hacia atrás a la mujer demacrada, blanca como la tiza, que parecía más muerta bajo la luz brillante del sol que cualquier cosa que Harry hubiera visto viva, de que estaba muerta, de que acababa de pronunciar su última palabra, de que el profesor Quirrell había calculado mal la dosis…
…o había sacrificado deliberadamente a Bellatrix para proteger su propia huida…
¿Está respirando?
Harry no podía ver si estaba respirando.
No había manera, en la escoba, de estirarse hacia atrás y tomarle el pulso.
Harry miró al frente para asegurarse de que no estaban a punto de chocar contra ninguna roca voladora, siguió guiando la escoba hacia el Sol, el niño invisible y la mujer posiblemente muerta cabalgando hacia la tarde, mientras sus dedos apretaban la madera con tanta fuerza que se volvieron blancos.
No podía estirarse hacia atrás y hacerle respiración artificial.
No podía usar nada de su botiquín de sanador.
¿Confiar en que el profesor Quirrell no la hubiera puesto en peligro?
Extraño, era extraño que incluso creyendo sinceramente que el profesor Quirrell no había querido matar al auror (pues habría sido estúpido), pensar en las garantías del profesor de Defensa ya no resultara tranquilizador.
Entonces a Harry se le ocurrió que aún tenía que comprobar…
Harry miró hacia atrás y siseó:
—¿Maestro?
La serpiente no se movió dentro de su arnés, y no dijo palabra.
…quizá la serpiente, al no ser un jinete real, no había estado protegida de la aceleración. O quizá acercarse tanto a los dementores sin escudo, aunque solo fuera por un momento en forma de animago, había dejado inconsciente al profesor de Defensa.
Eso no era bueno.
Se suponía que el profesor Quirrell sería quien le dijera a Harry cuándo era seguro usar el Traslador.
Harry guio la escoba con los dedos blancos, y pensó, pensó muy intensamente durante un pequeño lapso no medido de tiempo, durante el cual Bellatrix podía o no estar respirando, durante el cual el propio profesor Quirrell podía llevar ya un rato sin respirar.
Y Harry decidió que, si bien era posible recuperarse del error de desperdiciar el Traslador que tenía en su posesión, no era posible recuperarse del error de dejar un cerebro demasiado tiempo sin oxígeno.
Así que Harry sacó de su bolsa el siguiente Traslador de la secuencia, mientras frenaba la escoba hasta detenerla en el brillante aire azul (Harry no sabía, al pensarlo, si la capacidad de un Traslador para ajustar la rotación de la Tierra incluía también la capacidad de igualar la velocidad en general con su nuevo entorno), tocó la escoba con el Traslador y…
Harry hizo una pausa, todavía sosteniendo la ramita, la pareja de la ramita que había partido lo que parecían dos semanas antes. Sentía una repentina reticencia; su cerebro parecía haber aprendido la regla, mediante algún proceso puramente neural de condicionamiento operante, de que Partir Ramitas Es Una Mala Idea.
Pero aquello no era realmente lógico, así que Harry partió la ramita de todos modos.
Hubo un estruendo atronador detrás de la puerta metálica cercana, haciendo que Amelia dejara caer el espejo que sostenía y girara con la varita en la mano, y entonces aquella puerta se abrió de golpe para revelar a Albus Dumbledore, plantado allí delante de un gran agujero humeante en la pared de la prisión.
—Amelia —dijo el viejo mago. No había rastro de su ligereza habitual; sus ojos eran duros como zafiros bajo las gafas de media luna—. Debo salir de Azkaban y debo hacerlo ahora. ¿Hay alguna forma más rápida que una escoba de llegar más allá de las salvaguardas?
—No…
—¡Entonces necesito tu escoba más rápida, inmediatamente!
El lugar donde Amelia quería estar era con el auror que había sido herido por aquel Fuego Demoníaco o lo que fuera.
Lo que necesitaba hacer era averiguar qué sabía Dumbledore.
—¡Vosotros! —ladró la vieja bruja al equipo que la rodeaba—. ¡Seguid despejando los pasillos hasta llegar al fondo; puede que aún no hayan escapado todos! —Y luego, al viejo mago—. Dos escobas. Puedes ponerme al corriente cuando estemos en el aire.
Hubo un duelo de miradas, pero no uno largo.
Un tirón asquerosamente fuerte atrapó el abdomen de Harry, considerablemente más fuerte que el tirón que lo había transportado a Azkaban, y esta vez la distancia recorrida fue lo bastante grande para que pudiera oír un instante de silencio, contemplar el espacio invisible entre espacios, en la grieta entre un lugar y otro.
El Sol, que había brillado sobre los dos solo brevemente, fue ocultado rápidamente por una nube de lluvia mientras ellos se alejaban disparados de Azkaban, en la dirección del viento y más deprisa que el viento.
—¿Quién está detrás de esto? —gritó Amelia a la escoba que volaba a un paso de la suya.
—Una de dos personas —respondió Dumbledore a gritos—. No sé, en este instante, cuál. Si es la primera, entonces estamos en problemas. Si es la segunda, todos estamos en problemas mucho mayores.
Amelia no desperdició aliento en suspiros.
—¿Cuándo lo sabrás?
La voz del viejo mago era sombría, silenciosa y aun así de algún modo se alzaba por encima del viento.
—Tres cosas necesitan para la perfección, si es ese: la carne del servidor más fiel del Señor Tenebroso, la sangre del mayor enemigo del Señor Tenebroso, y acceso a cierta tumba. Había creído que Harry Potter estaba a salvo, con su intento sobre Azkaban casi fracasado, aunque aun así puse guardias sobre él; pero ahora temo de verdad. Tienen acceso al Tiempo, alguien con un Giratiempo les está enviando mensajes; y sospecho que el intento de secuestro de Harry Potter ya ha tenido lugar hace algunas horas. Por eso no hemos oído hablar de ello, estando en Azkaban, donde el Tiempo no puede anudarse. Ese pasado vino después de nuestro propio futuro, ¿entiendes?
—¿Y si es el otro? —gritó Amelia. Lo que ya había oído era bastante preocupante; aquello sonaba como el más oscuro de los rituales Oscuros, y centrado en el mismísimo Señor Tenebroso muerto.
El viejo mago, con el rostro ahora todavía más sombrío, no dijo nada; solo negó con la cabeza.
Cuando el tirón del Traslador hubo remitido, el Sol apenas asomaba por el horizonte, pareciendo más amanecer que atardecer, mientras su escoba flotaba baja sobre una breve extensión de roca y arena naranja oscura, dispuesta en colinas abultadas como si alguien hubiera amasado la masa de la tierra unas cuantas veces y luego se hubiera olvidado de extenderla. A poca distancia, olas avanzaban por una vista interminable de agua, aunque el suelo sobre el que flotaba la escoba estaba al menos varios metros sobre el nivel del mar.
Harry parpadeó ante los colores del amanecer, y entonces comprendió que el Traslador había sido internacional.
—¡Eh! —llegó una llamada femenina y enérgica desde detrás de él, y Harry hizo girar la escoba para mirar. Una mujer de mediana edad sostenía una mano junto a la boca en un gesto deliberado de llamada, y avanzaba apresurada. Sus rasgos amables, sus ojos estrechos y su piel parda indicaban una raza desconocida para Harry; vestía túnicas de color púrpura brillante de un estilo que Harry nunca había visto; y cuando sus labios volvieron a abrirse habló con un acento que Harry no pudo ubicar, pues no había viajado mucho—. ¿Dónde estabais? ¡Llegáis dos horas tarde! Casi me rindo con vosotros… ¿hola?
Hubo una breve pausa. Los pensamientos de Harry parecían moverse de forma extraña, demasiado despacio, todo se sentía distante, como si hubiera un grueso panel de cristal entre él y el mundo, y otro grueso panel de cristal entre él y sus sentimientos, de modo que podía ver, pero no tocar. Le había sobrevenido al ver la luz del amanecer y a la bruja amable, y al pensar que todo aquello parecía un final adecuado para la aventura.
Entonces la bruja corría hacia ellos y sacaba su varita; una palabra murmurada cortó las esposas que ataban a la mujer demacrada a la escoba, y Bellatrix fue bajada flotando hasta la roca arenosa, con los brazos esqueléticos y las piernas pálidas colgando como cosas sin vida.
—Oh, Merlín —susurró la bruja—. Merlín, Merlín, Merlín…
Parece preocupada, pensó una cosa abstracta y distante entre dos paneles de cristal. ¿Es eso lo que diría una sanadora real, o es lo que diría alguien a quien le han dicho que actúe?
Como si no fuera Harry quien hablara, sino alguna otra parte de sí mismo detrás de aún otro panel de cristal, un susurro salió de sus labios.
—La serpiente verde en su espalda es un animago. —No alto el susurro, no frío, solo silencioso—. Está inconsciente.
La cabeza de la bruja dio un respingo hacia arriba, para mirar el lugar de donde aquella voz parecía haber hablado desde el aire vacío, y luego volvió a mirar a Bellatrix.
—Usted no es el señor Jaffe.
—Ese sería el animago —susurraron los labios de Harry. Oh, pensó el Harry detrás del cristal, escuchando el sonido de sus propios labios, eso tiene sentido; el profesor Quirrell debe de haber usado otro nombre.
—Desde cuándo es él un… bah, olvídelo. —La bruja posó la varita sobre la nariz de la serpiente durante un momento, luego negó bruscamente con la cabeza—. No le pasa nada que no cure un día de descanso. Ella…
—¿Puede despertarlo ahora? —susurraron los labios de Harry.
¿Es eso buena idea?, pensó Harry, pero sus labios definitivamente parecían creer que sí.
Otra vez la brusca negación con la cabeza.
—Si un Innervate no funcionó con él… —empezó la bruja.
—No intenté ninguno —susurraron los labios de Harry.
—¿Qué? ¿Por qué…? Oh, no importa. Innervate.
Hubo una pausa, y entonces una serpiente salió lentamente reptando de su arnés. Lentamente la cabeza verde se alzó, miró alrededor.
Un borrón después, el profesor Quirrell estaba de pie, y un momento más tarde se había desplomado de rodillas.
—Túmbese —dijo la bruja sin apartar la vista de Bellatrix—. ¿Eres tú ahí dentro, Jeremy?
—Sí —dijo el profesor de Defensa con bastante ronquera, mientras se tendía con cuidado sobre un parche relativamente plano de roca arenosa anaranjada. No estaba tan pálido como Bellatrix, pero su rostro carecía de sangre bajo la tenue luz del amanecer—. Saludos, señorita Camblebunker.
—Te lo dije —dijo la bruja, con aspereza en la voz y una leve sonrisa en la cara—: llámame Crystal, esto no es Gran Bretaña y aquí no queremos nada de tu formalidad. Y ahora es doctora, no señorita.
—Mis disculpas, doctora Camblebunker.
A esto siguió una risita seca.
La sonrisa de la bruja se ensanchó un poco más, su voz tanto más cortante.
—¿Quién es tu amigo?
—No necesitas saberlo. —Los ojos del profesor de Defensa estaban cerrados, allí donde yacía en el suelo.
—¿Hasta qué punto salió mal?
Con sequedad extrema:
—Podrás leerlo mañana en cualquier periódico con sección internacional.
La varita de la bruja tocaba aquí, allá, hurgando y examinando por todo el cuerpo de Bellatrix.
—Te eché de menos, Jeremy.
—¿De verdad? —dijo el profesor de Defensa, sonando ligeramente sorprendido.
—Ni siquiera un poquito diminuto. Si no te debiera…
El profesor de Defensa empezó a reír, y entonces aquello se convirtió más bien en un ataque de tos.
¿Qué opinas?, dijo Slytherin al Crítico Interior, mientras Harry escuchaba desde detrás de las paredes de cristal. ¿Actuación o realidad?
No puedo saberlo, dijo el Crítico Interior de Harry. Ahora mismo no estoy en mi mejor forma crítica.
¿Se le ocurre a alguien una buena prueba para reunir más información?, dijo Ravenclaw.
De nuevo aquel susurro desde el aire vacío sobre la escoba:
—¿Cuál es la probabilidad de deshacer todo lo que le hicieron?
—Oh, veamos. Legeremancia y rituales Oscuros desconocidos, diez años para que eso se asentara, seguidos de diez años de exposición a dementores. ¿Deshacer eso? Está usted fuera de su cráneo, señor Quienquiera-Que-Sea. La cuestión es si queda algo, y yo diría que quizá una probabilidad de una entre tres… —La bruja se interrumpió de pronto. Su voz, cuando volvió a hablar, fue más baja—. Si antes eras su amigo… entonces no, nunca vas a recuperarla. Mejor entenderlo ahora.
Voto por que esto es una actuación, dijo el Crítico Interior. No soltaría todo eso en respuesta a una sola pregunta a menos que estuviera buscando una oportunidad.
Anotado, pero le asigno un peso bajo de confianza, dijo Ravenclaw. Es muy difícil no dejar que tus sospechas controlen tus percepciones cuando intentas ponderar evidencias tan sutiles.
—¿Qué poción le diste? —dijo la bruja después de abrir la boca de Bellatrix y mirar dentro, con la varita destellando múltiples colores de iluminación.
El hombre tumbado en el suelo dijo tranquilamente:
—Vigorizante…
—¿Estabas fuera de tu mente?
De nuevo la risa tosedora.
—Dormirá una semana si tiene suerte —dijo la bruja, y chasqueó la lengua—. Te enviaré una lechuza cuando abra los ojos, supongo, para que vuelvas y la convenzas de hacer ese Juramento Inquebrantable. ¿Tienes algo para impedir que me mate en el acto, si consigue siquiera moverse durante el próximo mes?
El profesor de Defensa, con los ojos aún cerrados, sacó una hoja de papel de sus túnicas; un momento después, empezaron a aparecer palabras en ella, acompañadas de diminutas volutas de humo. Cuando el humo dejó de alzarse, el papel flotó hacia la mujer.
La mujer examinó el papel con las cejas alzadas, soltó un bufido sardónico.
—Más te vale que esto funcione, Jeremy, o mi testamento dice que toda mi herencia se destinará a poner precio a tu cabeza. Hablando de eso…
El profesor de Defensa volvió a meter la mano en sus túnicas y lanzó a la bruja una bolsa que produjo un sonido tintineante. La bruja la atrapó, la sopesó, hizo un sonido complacido.
Entonces se puso de pie, y la mujer esquelética y pálida flotó del suelo a su lado.
—Vuelvo dentro —dijo la bruja—. No puedo empezar mi trabajo aquí.
—Espera —dijo el profesor de Defensa, y con un gesto recuperó su varita de la mano y el arnés de Bellatrix. Luego su mano apuntó la varita a Bellatrix, y la movió en un pequeño gesto circular, acompañado de un silencioso—: Obliviate.
—Ya basta —espetó la bruja—, me la llevo de aquí antes de que nadie le haga más daño…
Un brazo rodeó la forma huesuda de Bellatrix Black y la abrazó contra su costado, y ambas desaparecieron con el fuerte ¡POP! de la Aparición.
Y hubo silencio en aquel lugar abultado, salvo por el suave rumor de las olas al pasar, y un leve aliento de viento.
Creo que la actuación ha terminado, dijo el Crítico Interior. Le doy dos estrellas y media sobre cinco. Probablemente no sea una actriz muy experimentada.
Me pregunto si una sanadora real parecería más falsa que un actor al que le hubieran dicho que interpretara a una, meditó Ravenclaw.
Como ver un programa de televisión, así era como se sentía, como ver un programa de televisión cuyos personajes no te despertaban especial empatía; eso era todo lo que podía verse y sentirse desde detrás de las paredes de cristal.
De algún modo, Harry consiguió mover sus labios él mismo, enviar su propia voz al aire quieto del amanecer, y luego se sorprendió al oír su propia pregunta.
—¿Cuántas personas diferentes eres, en realidad?
El hombre pálido tendido en el suelo no se rio, pero desde la escoba los ojos de Harry vieron que las comisuras de los labios del profesor Quirrell se curvaban, el borde de aquella familiar sonrisa sardónica.
—No puedo decir que me haya molestado en llevar la cuenta. ¿Cuántas eres tú?
No debería haber sacudido tanto al Harry interior oír aquella respuesta, y sin embargo sintió… sintió… inestable, como si su propio centro hubiera sido sustraído…
Oh.
—Disculpe —dijo la voz de Harry. Ahora sonaba tan distante y desapegada como el Harry que se desvanecía se sentía—. Creo que voy a desmayarme en unos segundos.
—Usa el cuarto Traslador que te di, el que dije que era nuestro refugio de emergencia —dijo el hombre tumbado en el suelo, calmada pero rápidamente—. Allí será más seguro. Y sigue llevando puesta tu capa.
La mano libre de Harry recuperó otra ramita de su bolsa y la partió.
Hubo otro tirón de Traslador, internacionalmente largo, y entonces estaba en algún lugar negro.
—Lumos —dijeron los labios de Harry, alguna parte de él velando por la seguridad del conjunto.
Estaba dentro de lo que parecía un almacén muggle, uno abandonado.
Las piernas de Harry bajaron de la escoba, se tendieron en el suelo. Sus ojos se cerraron, y una fracción ordenada del yo quiso que su luz fallara, antes de que la oscuridad se lo llevara.
—¿Adónde irás? —gritó Amelia. Estaban casi en el borde de las salvaguardas.
—Atrás en el tiempo para proteger a Harry Potter —dijo el viejo mago, y antes de que Amelia pudiera siquiera abrir los labios para preguntar si quería ayuda, sintió la frontera de las salvaguardas cuando la cruzaron.
Hubo un pop de Aparición, y el mago y el fénix se desvanecieron, dejando atrás la escoba prestada.