Capítulo 57: El experimento de la prisión de Stanford, cognición restringida, parte 7
Harry había esperado que acabara de fusionarse con su misterioso lado oscuro y que, desde entonces, pudiera recurrir a todos sus beneficios sin ninguno de sus inconvenientes: invocar a voluntad la claridad cristalina y la voluntad indomable, sin necesidad de volverse frío o enfadarse.
Una vez más, había sobrestimado cuánto progreso había hecho. Algo había ocurrido, pero Harry seguía teniendo un misterioso lado oscuro, este seguía separado de él, y su yo ordinario seguía siendo dominable. Y pese al trabajo de reparación que había hecho sobre el miedo a la muerte de su lado oscuro, no se atrevía a oscurecerse estando sin protección en Azkaban; eso era tentar demasiado al destino.
Lo cual era desafortunado, porque un poco de indomabilidad le habría venido francamente bien justo ahora.
Lo que lo hacía más difícil era que no podía dejarse caer contra una pared, no podía romper a llorar, ni siquiera podía soltar un suspiro. Su querida Bella lo estaba mirando, y eso no era el tipo de cosa que haría su Señor Tenebroso.
—Mi Señor… —dijo Bellatrix. Su voz baja estaba tensa—. Los dementores… vienen… puedo sentirlos, mi Señor…
—Gracias, Bella —dijo una voz seca—, eso ya lo sé.
Harry no podía sentir los agujeros en el mundo del mismo modo que cuando había llevado puesta la Reliquia de la Muerte, pero sí podía sentir cómo el tirón vacío aumentaba en intensidad. Al principio lo había confundido con el resultado de bajar por una escalera, hasta que él y Bellatrix terminaron de descender y el tirón siguió aumentando. Luego disminuyó, cuando los dementores se alejaron por la espiral, y después aumentó de nuevo cuando subieron otro tramo de escaleras… Ahora había dementores dentro del propio Azkaban, y venían a por él.
Por supuesto que venían. Harry quizá fuese resistente ahora, pero no estaba oculto.
Nueva restricción, le dijo Harry a su cerebro. Encuentra una forma de derrotar a los dementores que no invoque mi encantamiento Patronus. Alternativamente, encuentra todavía otra forma de ocultar a alguien de los dementores, aparte de la Capa de Invisibilidad…
Renuncio, dijo su cerebro. Búscate otro trozo de sustrato computacional para resolver tus problemas ridículamente sobrerrestringidos.
Lo digo en serio, pensó Harry.
Yo también, dijo su cerebro. Alza tu encantamiento Patronus y espera a que los aurores te encuentren. Sé sensato. Se acabó.
Ríndete…
El vacío succionador pareció tirar con más fuerza al pensarlo; y Harry se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, se concentró con más intensidad en las estrellas, apartó la mente de la desesperación…
Sabes, observó su lado lógico, si no se te permite pensar ningún pensamiento negativo porque eso abrirá tu mente a los dementores, eso también es un sesgo cognitivo; ¿cómo sabrías si de verdad ha llegado el momento de rendirse?
Desde abajo se alzó un grito desesperado y sollozante, con palabras mezcladas como «no» y «fuera». Los prisioneros lo sabían, los prisioneros podían sentirlo.
Los dementores venían.
—Mi Señor, usted… usted no debería arriesgarse por mí… recupere su Capa…
—Calla, idiota —siseó una voz airada—. Cuando decida sacrificarte, te lo diré.
Tiene razón en eso, dijo Slytherin. No deberías arriesgarte por ella; no hay forma de que su vida sea tan valiosa como la tuya.
Por un instante Harry consideró sacrificar a Bellatrix para salvarse a sí mismo…
Y en aquel momento, una parte de la tenue luz naranja de gas pareció huir del pasillo, y un toque de frío se deslizó sobre las yemas de los dedos de Harry. Y entonces supo que pensar en dejar a Bellatrix en las sombras de la Muerte lo volvería vulnerable una vez más. Incluso en el instante de tomar la decisión, podría volverse incapaz de lanzar el encantamiento Patronus, porque habría abandonado el pensamiento que lo había salvado antes.
A Harry se le ocurrió que aún podría quitarle la Capa a Bellatrix después, aunque no pudiera lanzar el encantamiento Patronus; y entonces tuvo que arrancar sus pensamientos de aquella opción, concentrarse con firmeza en su decisión de no hacerlo, o quizá se habría desplomado allí mismo. Porque el remolino de vacío que giraba a su alrededor era ahora mortalmente intenso; de arriba llegaban gritos, y los gritos de abajo se habían detenido.
Esto es ridículo, dijo su lado lógico. Los agentes racionales no deberían tener que aguantar esta clase de proceso de razonamiento censurado; todos los teoremas asumen que cómo piensas no afecta a la realidad aparte de tus acciones reales, que es por lo que eres libre de elegir un algoritmo óptimo sin preocuparte por cómo interactúan tus pensamientos con los dementores…
…
Eso es una idea realmente idiota, dijo Gryffindor. Incluso yo pienso que es una idea idiota, y yo soy tu lado Gryffindor. No irás en serio a quedarte ahí parado y…
—¡Tenemos una localización! —gritó Ora, alzando su espejo mágico como en triunfo—. El dementor de fuera del muro interior señaló el nivel siete, espiral C. ¡Ahí es donde están!
Sus aurores la miraban expectantes.
—No —dijo Amelia con voz uniforme—. Ahí es donde está uno de ellos. Los dementores aún no pueden encontrar a Bellatrix Black. No vamos a bajar corriendo y dejar que pase entre nosotros con la confusión, y no vamos a dividir nuestras fuerzas para caer en una emboscada. Mientras avancemos con cautela, no podemos perder. Decidles a Scrimgeour y Shacklebolt que sigan bajando nivel por nivel, igual que antes…
El viejo mago ya avanzaba a grandes zancadas. Amelia ni siquiera se molestó en maldecirlo esta vez, cuando sus escudos cuidadosamente construidos volvieron a abrirse ante él como agua y ondularon suavemente a su paso.
Harry esperó al comienzo del pasillo, justo al lado de las escaleras que subían. Bellatrix y la serpiente estaban detrás de él, ocultas por la Reliquia de la Muerte que Harry había dominado; aunque no podía verla, sabía que la bruja demacrada estaba sentada en las escaleras, recostada, pues Harry había retirado su encantamiento de levitación para liberar su mente y su magia.
Los ojos de Harry estaban fijos en el extremo lejano del pasillo, junto a las escaleras que bajaban. Ya no en su mente, sino en la realidad verdadera, la luz del pasillo se había atenuado, la temperatura había caído. El miedo tronaba sobre él y alrededor de él como un mar azotado por vientos huracanados, y el vacío succionador se había convertido en un aullante tirón hacia algún agujero negro que se aproximaba.
Por las escaleras del extremo más lejano, flotando suavemente a través del aire moribundo, llegaron los vacíos, las ausencias, las heridas del mundo.
Y Harry esperaba que se detuvieran.
Con toda la voluntad y concentración que pudo reunir, Harry esperaba que se detuvieran.
Anticipó que se detendrían.
Creyó que se detendrían.
…esa era la idea, de todos modos…
Harry apagó aquel peligroso pensamiento errante y esperó que los dementores se detuvieran. No tenían inteligencia propia; eran solo heridas en el mundo, su forma y estructura eran prestadas de las expectativas de otros. La gente había podido negociar con ellos, ofrecerles víctimas a cambio de cooperación, solo porque creían que los dementores podían negociar. Así que si Harry creía con fuerza suficiente que los vacíos se volverían y se irían, se volverían y se irían.
Pero las heridas del mundo siguieron acercándose, el miedo remolineante parecía ahora una cosa sólida, el vacío desgarrando la materia además de la mente, la sustancia además del espíritu; se podía ver el metal empezando a deslustrarse al paso de los agujeros del mundo.
Un pequeño sonido llegó desde detrás de él, de Bellatrix, pero no dijo palabra, porque se le había ordenado permanecer en silencio.
No pienses en ellos como criaturas, piensa en ellos como objetos psicosensibles; pueden ser controlados si puedo controlarme a mí mismo…
El problema era que no podía controlarse con tanta facilidad, no podía hacer que su mente creyera que el azul era verde por un acto de voluntad. No podía suprimir todos esos pensamientos sobre lo irracional que era obligarte a creer algo. Sobre lo imposible que era engañarte a ti mismo para creer algo si sabías que eso era lo que estabas haciendo. Todo el entrenamiento que Harry se había dado contra el autoengaño se negaba a apagarse, por muy perjudicial que resultara en este caso único y especial…
Las sombras de la Muerte cruzaron la mitad del pasillo, y Harry levantó la mano, con los dedos abiertos, y dijo con voz de mando firme y confiado:
—Deteneos.
Las sombras de la Muerte se detuvieron.
Detrás de Harry, Bellatrix emitió un jadeo estrangulado, como si se lo estuvieran arrancando.
Harry le hizo un gesto: la señal que había preparado de antemano y que significaba, repite lo que has oído decir a los dementores.
—Dicen —dijo Bellatrix, con la voz temblorosa—, dijeron: «Bellatrix Black nos fue prometida. Dinos dónde se esconde, y serás perdonado».
—¿Bellatrix? —dijo Harry, haciendo que su voz sonara divertida—. Escapó hace un rato.
Un momento después, Harry se dio cuenta de que debería haber dicho que Bellatrix estaba entre los aurores del nivel superior, eso habría causado más confusión…
No, era erróneo pensar en los dementores como algo a lo que se podía engañar; eran meras cosas, controladas solo por expectativas…
—Dicen —dijo Bellatrix con voz quebrada—, dicen que saben que miente.
Los vacíos empezaron a avanzar de nuevo.
Sus anticipaciones son más sólidamente creídas que las mías; ella los está controlando, sin darse cuenta…
—No te resistas —dijo Harry, apuntando su varita detrás de él.
—Yo, yo le amo, adiós, mi Señor…
—Somnium.
Extrañamente, ayudó escuchar aquellas palabras espantosas en particular, comprender el error de Bellatrix; le recordó a Harry por qué estaba luchando.
—Deteneos —dijo Harry de nuevo. Bellatrix estaba dormida; ahora solo su propia voluntad, o más bien sus propias expectativas, deberían controlar aquellas esferas de aniquilación…
Pero siguieron deslizándose hacia delante, y Harry no pudo impedirse preocuparse de que la experiencia previa hubiera dañado su confianza, lo que significaba que no sería capaz de detenerlos, y al notar que estaba pensando eso dudó aún más: necesitaba más tiempo para prepararse, en realidad debería practicar primero controlando un solo dementor dentro de una jaula…
Solo quedaba un cuarto de pasillo entre Harry y las sombras de la muerte; los vientos vacíos eran tan fuertes que Harry podía sentir cómo la erosión empezaba en las grietas de sí mismo.
Y a Harry se le ocurrió que quizá estaba equivocado, que quizá los dementores sí tenían deseos propios y capacidad de planificación. O quizá estaban controlados por cómo creía todo el mundo que funcionaban, no solo quien estuviera más cerca de ellos. Y en cualquiera de los casos…
Harry alzó la varita hasta la posición inicial del encantamiento Patronus, y habló.
—Uno de los vuestros fue a Hogwarts y no volvió. Ya no existe; esa Muerte está muerta.
Los dementores se detuvieron; una docena de heridas en el mundo permanecieron inmóviles mientras el vacío chillaba a su alrededor como un viento mortal hacia ninguna parte.
—Daos la vuelta, marchaos y no habléis de esto con nadie, pequeñas sombras, o también os destruiré.
Los dedos de Harry se deslizaron hasta la posición inicial del encantamiento Patronus, y se preparó para lanzarlo; en su mente, la Tierra brillaba entre las estrellas, el lado diurno azul y resplandeciente con la luz del sol reflejada, el lado nocturno titilando con la luz de las ciudades humanas. Harry no estaba faroleando, no estaba intentando hacer nada engañoso con sus pensamientos. Las sombras de la Muerte avanzarían y serían aniquiladas, o se marcharían; estaba igualmente preparado para cualquiera de las dos cosas…
Y los vacíos retrocedieron con la misma suavidad con que habían llegado; los vientos de la nada se debilitaban con cada metro que recorrían, mientras se deslizaban de vuelta escaleras abajo y se marchaban.
Si realmente tenían alguna pseudo-inteligencia propia, o si Harry por fin había logrado esperar que se fueran… eso, Harry no lo sabía.
Pero se habían ido.
Harry se tomó un momento para sentarse junto a la inconsciente Bellatrix en las escaleras, y se dejó caer igual que ella estaba caída, cerrando los ojos por un momento, solo un momento, desde luego no pensaba dormir en Azkaban, pero necesitaba tomarse ese momento. Los aurores seguirían bajando las escaleras lentamente, eso esperaba Harry, así que no haría daño descansar solo cinco minutos.
Harry tuvo cuidado de mantener pensamientos positivos, alegres: vaya, solo voy a tener aquí un agradable descanso regenerativo, y luego me sentiré mejor, en lugar de, por ejemplo, vaya, simplemente voy a derrumbarme de agotamiento físico y emocional, porque los dementores aún no se habían retirado demasiado lejos.
Y, por cierto, le dijo Harry a su cerebro, estás despedido.
—¡Lo he encontrado! —gritó la voz del viejo mago.
¿A quién?, pensó Amelia, mientras se volvía para ver el regreso de Dumbledore, que llevaba en brazos…
…la única visión, la única persona que jamás habría esperado contemplar…
…un hombre con túnicas rojas desgarradas, con aspecto chamuscado como si hubiera combatido en una pequeña guerra, sangre seca sobre muchos cortes. Tenía los ojos abiertos y estaba masticando una tableta de chocolate, sostenida en su única mano viva.
Bahry Una-Mano estaba vivo.
Se elevó un grito de alegría; sus aurores bajaron las varitas, y algunos ya empezaban a correr hacia delante.
—¡Mantened la guardia! —bramó Amelia—. Comprobad a los dos por Polyzumo, examinad a Bahry en busca de animagos pequeños o trampas…
—Innervate. Wingardium Leviosa.
Hubo una pausa. Harry percibió, aunque no podía verlo del todo, que la mujer invisible se ponía en pie y giraba la cabeza para mirar a su alrededor.
—¿Estoy… viva…?
Harry estuvo muy tentado de decir que no, solo por ver qué hacía con aquello. En lugar de eso siseó:
—No hagas preguntas estúpidas.
—¿Qué ha pasado? —susurró Bellatrix.
Y el Señor Tenebroso soltó una risa salvaje y aguda, y dijo:
—Ahuyenté a los dementores, mi querida Bella.
Hubo una pausa. Harry deseó poder ver el rostro de Bellatrix; ¿había dicho algo incorrecto?
Al cabo de un rato, con voz trémula:
—¿Podría ser, mi Señor, que en su nueva forma haya empezado a sentir cariño por mí…?
—No —dijo Harry fríamente, y se apartó de ella, aunque mantuvo la varita apuntándola, y empezó a caminar—. Y cuida de no ofenderme otra vez, o te abandonaré aquí, me seas útil o no. Ahora sígueme, o quédate atrás; tengo trabajo que hacer.
Harry avanzó con paso decidido, sin escuchar los sonidos entrecortados que venían detrás de él; sabía que Bellatrix lo seguía.
…porque lo último que aquella mujer necesitaba, lo ultimísimo que necesitaba empezar a pensar antes de que el sanador psiquiátrico intentara desprogramarla, era creer que su Señor Tenebroso podría corresponder jamás a su amor.
El viejo mago se alisó contemplativamente la barba plateada, mirando el lugar por donde el auror Bahry estaba siendo sacado de la habitación por dos aurores fuertes.
—¿Entiendes esto, Amelia?
—No —dijo ella simplemente. Sospechaba alguna trampa que aún no habían podido desentrañar, y por eso el auror Bahry iba a ser mantenido fuera del grupo principal y vigilado.
—Quizá —dijo por fin el viejo mago— quienquiera de ellos que pueda lanzar el encantamiento Patronus sea algo más que un simple rehén. ¿Alguien engañado para participar en esto, acaso? Por la razón que sea, dejaron vivo a vuestro auror; no seamos los primeros en blandir maldiciones mortales cuando los encontremos…
—Ya veo —dijo la vieja bruja, cayendo de pronto en la cuenta—, ese era su plan. No les cuesta nada desmemorizarlo y dejarlo vivo, y hace que nosotros dudemos… —Amelia asintió con decisión y dijo a los suyos—: Seguimos como antes.
El viejo mago suspiró.
—¿Alguna novedad de los dementores?
—Si te lo digo —espetó Amelia—, ¿volverás a salir corriendo?
—No te cuesta nada, Amelia —dijo el viejo mago en voz baja—, y puede ahorrarle la lucha a uno de los tuyos.
No me cuesta nada excepto mi oportunidad de venganza…
Pero eso no era nada comparado con lo otro: el viejo mago irritante a menudo tenía razón al final; era parte de lo que lo hacía tan irritante.
—Los dementores han dejado de responder preguntas sobre la otra persona que dijeron haber visto —le dijo Amelia—, y no quieren decir por qué, ni dónde está.
Dumbledore se volvió hacia el fénix de plata ardiente que tenía en el hombro, cuya luz iluminaba todo el pasillo, y recibió una negativa silenciosa con la cabeza.
—Yo tampoco puedo detectarlos —dijo Dumbledore. Luego se encogió de hombros—. Supongo que simplemente recorreré toda la espiral de arriba abajo y veré si aparece algo, ¿no?
Amelia le habría ordenado que no lo hiciera, si hubiera pensado que eso habría supuesto la más mínima diferencia.
—Albus —dijo Amelia cuando el viejo mago se volvió para marcharse—, incluso a ti pueden tenderte una emboscada.
—Tonterías, querida —dijo el viejo mago alegremente mientras volvía a alejarse a grandes zancadas, agitando como en admonición su varita de quince pulgadas de madera gris oscuro inidentificable—. Soy invencible.
Hubo una pausa.
—No acaba de decir eso de verdad… —susurró la auror más nueva de las presentes, una joven aún muy remilgada llamada Noelle Curry, al miembro sénior de su trío, la auror Brooks—. ¿Verdad?
—Puede salirse con la suya —le susurró Isabel—, es Dumbledore; ni siquiera el Destino se lo toma en serio ya.
—Y eso —dijo Amelia pesadamente, para beneficio de los aurores más jóvenes— es por lo que nunca lo llamamos para nada salvo que sea absolutamente necesario.
Harry yacía muy quieto sobre el banco duro que hacía de cama en aquella celda, con una manta sobre él, permaneciendo tan absolutamente inmóvil como podía mientras esperaba a que regresara el miedo. Se aproximaba un Patronus, y uno poderoso. Bellatrix estaba oculta por una Reliquia de la Muerte; ningún encantamiento fácil penetraría aquello. Pero Harry no sabía qué otras artes podrían emplear los aurores para detectar su propia persona, y no se atrevía a revelar su ignorancia preguntándoselo a ella.
Así que Harry yacía en una cama dura, dentro de una celda con una puerta cerrada con llave, y con la poderosa puerta metálica cerrada con llave detrás de él, en absoluta oscuridad, cubierto con una manta fina, esperando que quienquiera que fuese no mirara dentro, o no mirara demasiado de cerca si lo hacía…
No era un punto sobre el que Harry pudiera influir, en realidad; esa parte de su destino estaba enteramente en manos de las Variables Ocultas. La mayor parte de su mente se concentraba en la transfiguración en curso que estaba realizando.
Escuchando en el silencio, Harry oyó acercarse los pasos rápidos; se detuvieron ante su puerta, y entonces…
…continuaron adelante.
Pronto regresó el miedo.
Harry no se permitió notar su propio alivio, igual que no se permitió notar el miedo. Sostenía en la mente la forma de un aparato muggle bastante más grande que una batería de coche, y aplicaba lentamente esa Forma a la sustancia de un cubito de hielo, que Harry había congelado con Frigideiro sobre agua de una botella de su bolsa.
No se suponía que debieras transfigurar cosas destinadas a ser quemadas, pero entre que la sustancia original era agua y el encantamiento de Cabeza de Burbuja para proteger su suministro de aire, Harry esperaba que eso no los enfermara ni a él ni a nadie más.
Ahora solo era cuestión de si habría tiempo suficiente antes de que los aurores hicieran una comprobación detallada de este bloque de celdas, para que Harry terminara esta transfiguración, y la transfiguración parcial que haría después…
Cuando el viejo mago regresó con las manos vacías, incluso Amelia empezó a sentir una punzada de preocupación. Ella y los otros dos equipos de aurores habían trabajado hasta un tercio del descenso por las tres espirales, sincronizados para no dejar ningún hueco en su cobertura por el que alguien pudiera saltar cortando a través de un techo, y todavía no habían encontrado ninguna señal.
—¿Puedo pedirte que informes? —dijo Amelia, sin dejar que se le colara filo en la voz.
—Primero un simple paseo de arriba abajo —dijo el viejo mago. Fruncía el ceño, arrugando el rostro todavía más de lo habitual—. Examiné la celda de Bellatrix, y encontré una muñeca de muerte dejada en su lugar. Creo que esta fuga pretendía pasar inadvertida. Hay algo oculto en la esquina bajo un pedazo de tela; lo dejé sin tocar para que lo examinen tus aurores. En el viaje de vuelta, abrí cada puerta y miré dentro de las celdas. No vi nada desilusionado, solo a los prisioneros…
Los interrumpió un grito del fénix rojo y dorado, y todos los aurores se encogieron ante él. Había condena en ese grito, y una demanda urgente que casi hizo que Amelia echara a correr por el pasillo en el acto.
—…en condiciones bastante angustiosas —dijo Dumbledore en voz baja. Por un instante, los ojos azules bajo las gafas de media luna fueron muy fríos—. ¿Alguno de vosotros me hablará de las consecuencias de sus actos?
—Yo no… —empezó Amelia.
—Lo sé —dijo el viejo mago—. Mis disculpas, Amelia. —Suspiró—. Algunos de los prisioneros más recientes aún tenían jirones de su magia cuando los miré, pero no percibí ningún poder sin devorar; los más fuertes solo tenían tanta magia como un niño de primer año. Oí a Fawkes gritar de angustia muchas veces, pero nunca desafiar. Parece que tendréis que continuar la búsqueda; pueden esconderse lo bastante bien como para escapar a mi mera mirada.
Cuando Harry terminó su primera transfiguración, se incorporó, retiró la manta que lo cubría, lanzó un Lumos rápido, miró su reloj y se quedó consternado al ver que habían pasado casi una hora y treinta minutos. Cuánto de ese tiempo había transcurrido desde que alguien abrió la puerta y luego volvió a cerrarla —Harry no había estado mirando en esa dirección, por supuesto—, eso Harry no podía adivinarlo.
—¿Mi Señor…? —susurró la voz de Bellatrix, suave y muy tentativa.
—Ya puedes hablar —dijo Harry. Le había dicho que permaneciera en silencio mientras él trabajaba.
—Fue Dumbledore quien nos miró.
Pausa.
—Interesante —dijo Harry neutralmente. Se alegraba de no haberlo notado en aquel momento. Eso sonaba a que habían pasado bastante cerca del filo.
Harry dijo una palabra a su bolsa y empezó a extraer el dispositivo mágico que acoplaría al producto de su hora de trabajo. Luego, cuando lo hubo sacado, otra palabra extrajo un tubo de pegamento de resistencia industrial; antes de usarlo, Harry lanzó sobre sí mismo y sobre Bellatrix el encantamiento de Cabeza de Burbuja, e hizo que Bellatrix lanzara el mismo encantamiento sobre la serpiente, para que los vapores del pegamento dentro de la celda cerrada no les hicieran daño.
Cuando el pegamento empezó a fraguar, uniendo tecnología con magia, Harry lo dejó sobre la cama y se sentó en el suelo, descansando su magia y su voluntad por un momento antes de intentar la siguiente transfiguración.
—Mi Señor… —dijo Bellatrix vacilante.
—¿Sí? —dijo la voz seca.
—¿Qué es ese dispositivo que ha fabricado?
Harry pensó con rapidez. Parecía una buena oportunidad para comprobar sus planes con ella, bajo la apariencia de preguntas guiadas.
—Considera, mi querida Bella —dijo Harry suavemente—. ¿Qué dificultad tiene para un mago poderoso cortar los muros de Azkaban?
Hubo una pausa, y luego llegó la voz de Bellatrix, lenta y perpleja:
—Ninguna dificultad, mi Señor… ¿no?
—En efecto —dijo la voz seca y aguda del amo de Bella—. Supón que uno hiciera esto, y volara por el agujero en una escoba, y se elevara y se alejara. Rescatar a un prisionero de Azkaban parecería fácil entonces, ¿no es así?
—Pero mi Señor… —dijo Bella—. Los aurores… ellos tienen sus propias escobas, mi Señor, escobas rápidas…
Harry escuchó; era como había pensado. El Señor Tenebroso respondió, de nuevo en tonos de indagación suavemente socrática, y Bellatrix hizo otra pregunta, que Harry no había esperado, pero la contrapregunta del propio Harry mostró que no debería importar al final. Y en respuesta a la última pregunta de Bellatrix, el Señor Tenebroso solo sonrió y dijo que era hora de que reanudara su trabajo.
Y entonces Harry se levantó del suelo de la celda, fue hasta el extremo más lejano de las celdas y tocó con su varita la superficie dura del muro: el muro de Azkaban, el metal sólido que los separaba de la exposición directa al foso de los dementores.
Y Harry empezó una transfiguración parcial.
Este hechizo iría más rápido, esperaba Harry. Había pasado horas y horas practicando aquella magia única, lo que la había convertido en algo rutinario, no mucho más difícil para él que la transfiguración ordinaria. La forma que estaba cambiando no tenía demasiado volumen total; la forma transfigurada podía ser alta y ancha y larga, pero era muy delgada. Medio milímetro, había pensado Harry, sería suficiente, teniendo en cuenta la suavidad perfecta…
Sobre el largo banco que hacía de cama de prisión, donde Harry había dejado el dispositivo tecnológico transfigurado y el objeto mágico acoplado mientras el pegamento se secaba, unas letras diminutas en escritura dorada relucían sobre el artefacto muggle. Harry no había planeado realmente que estuvieran allí, pero habían seguido recorriéndole el fondo de la mente, y por eso parecían haberse convertido en parte de la forma transfigurada.
Había muchas cosas distintas que Harry podría haber dicho antes de usar aquel triunfo particular del ingenio tecnológico. Cualquier cantidad de cosas que serían, en un sentido u otro, apropiadas. O al menos cosas que Harry podría haber dicho, habría dicho, si Bellatrix no hubiera estado allí.
Pero solo había una cosa que decir, una que Harry solo tendría ocasión de decir una vez, y probablemente nunca tendría una ocasión mejor de volver a decir jamás. O de pensar, en cualquier caso, si no podía decirla. No había visto la película en sí, pero había visto un avance, y por alguna razón la frase se le había quedado grabada.
Las diminutas letras doradas sobre el dispositivo muggle decían:
¡Muy bien, primitivos cabeza de tornillo! ¡Escuchad!