Una débil chispa verde avanzaba marcando el paso, y detrás la seguía una brillante figura plateada; todas las demás entidades eran invisibles. Habían atravesado cinco tramos de pasillo, girado cinco veces a la derecha y subido cinco tramos de escaleras; y cuando Bellatrix terminó su segunda botella de leche con chocolate, le habían dado tabletas sólidas de chocolate para comer.

Fue después de su tercera tableta de chocolate cuando empezaron a salir ruidos extraños de la garganta de Bellatrix.

Harry tardó un momento en entender, en procesar los sonidos; no se parecía a nada que hubiera oído nunca. El ritmo estaba roto, casi irreconocible, y tardó todo ese tiempo en darse cuenta de que Bellatrix estaba llorando.

Bellatrix Black estaba llorando; el arma más terrible del Señor Tenebroso estaba llorando. Era invisible, pero se la oía: pequeños sonidos patéticos que intentaba reprimir, incluso ahora.

—¿Es real? —dijo Bellatrix. La tonalidad había vuelto a su voz; ya no era un murmullo muerto, sino que se elevaba al final para formar la pregunta—. ¿Es real?

Sí, pensó la parte de Harry que simulaba al Señor Tenebroso, ahora cállate…

No pudo hacer que aquellas palabras le cruzaran los labios. Simplemente no pudo.

—Sabía… que vendríais… a por mí… algún día —la voz de Bellatrix temblaba y se fracturaba mientras tomaba aire para sus sollozos silenciosos—. Sabía… que estabais vivo… que vendríais… a por mí… mi Lord… —hubo una larga inhalación, como una enorme bocanada— y que incluso… cuando vinierais… seguiríais sin amarme… nunca… nunca me amaríais también… por eso… no pudieron quitarme… mi amor… aunque no puedo recordar… no puedo recordar tantas otras cosas… aunque no sé qué he olvidado… pero recuerdo cuánto os amo, mi Lord…

Había un cuchillo clavándose en el corazón de Harry. Nunca había oído nada tan terrible. Quería perseguir al Señor Tenebroso y matarlo solo por esto…

—¿Todavía… tenéis uso para mí… mi Lord?

—No —siseó la voz de Harry, sin que él llegara siquiera a pensarlo; pareció funcionar en automático—. Entré en Azkaban por capricho. ¡Por supuesto que tengo uso para ti! No hagas preguntas necias.

—Pero… soy débil —dijo la voz de Bellatrix, y se le escapó un sollozo entero que sonó demasiado fuerte en los pasillos de Azkaban—. No puedo matar por vos, mi Lord, lo siento, se lo comieron todo, me comieron entera, soy demasiado débil para luchar, de qué os sirvo ahora…

El cerebro de Harry buscó desesperadamente alguna manera de tranquilizarla, desde los labios de un Señor Tenebroso que nunca diría una sola palabra de cariño.

—Fea —dijo Bellatrix. Su voz pronunció aquella palabra como si fuera el último clavo de su ataúd, la desesperación final—. Soy fea, también se comieron eso, ya no soy, ya no soy bonita, ni siquiera podréis, usarme, como recompensa, para vuestros sirvientes… ni siquiera los Lestrange, querrán, hacerme daño, ya…

La brillante figura plateada dejó de caminar.

Porque Harry había dejado de caminar.

El Señor Tenebroso, él… La parte del yo de Harry que era blanda y vulnerable chillaba con horror incrédulo, intentando rechazar la realidad, negarse a comprender, incluso mientras una parte más fría y dura completaba el patrón: ella lo obedecía en eso como lo obedecía en todo.

La chispa verde osciló con urgencia, se lanzó hacia delante.

El humanoide plateado permaneció en su sitio.

Bellatrix sollozaba con más fuerza.

—Ya no, ya no soy, ya no puedo ser, útil…

Unas manos gigantescas apretaban el pecho de Harry, lo retorcían como si fuera un trapo, intentando aplastarle el corazón.

—Por favor —susurró Bellatrix—, matadme sin más… —Su voz pareció calmarse una vez que dijo eso—. Por favor, mi Lord, matadme, no tengo razón para vivir si no os sirvo… solo quiero que pare… por favor, hacedme daño una última vez, mi Lord, hacedme daño hasta que deje de existir… Os amo…

Era lo más triste que Harry había oído en su vida.

La brillante silueta plateada del Patronus de Harry parpadeó…

Vaciló…

Brilló más…

La furia que iba creciendo en Harry, su rabia contra el Señor Tenebroso que había hecho esto, su rabia contra los dementores, contra Azkaban, contra el mundo que permitía semejante horror, todo parecía estar vertiéndose directamente a través de su brazo y dentro de su varita sin que hubiera manera de bloquearlo. Intentó querer que se detuviera y no ocurrió nada.

—¡Mi Lord! —susurró la voz disfrazada del profesor Quirrell—. ¡Mi hechizo se está descontrolando! ¡Ayudadme, mi Lord!

Más brillante el Patronus, más y más brillante; crecía más deprisa que el día en que Harry había destruido a un dementor.

—¡Mi Lord! —dijo la silueta en un susurro aterrorizado—. ¡Ayudadme! ¡Todos lo sentirán, mi Lord!

Todos lo sentirán, pensó Harry. Su imaginación podía verlo con claridad: los prisioneros en sus celdas agitándose mientras el frío y la oscuridad caían, sustituidos por luz sanadora.

Todas las superficies expuestas ardían ahora como un sol blanco en los reflejos, y la silueta del esqueleto de Bellatrix y del hombre cetrino eran ya claramente visibles en el resplandor; los hechizos de Desilusión no podían seguir el ritmo de aquella brillantez sobrenatural. Solo la Capa de Invisibilidad de las Reliquias de la Muerte resistía.

—¡Mi Lord! ¡Tenéis que detenerlo!

Pero Harry ya no podía querer que se detuviera, ya no quería que se detuviera. Podía sentirlo: más y más chispas de vida en Azkaban quedaban resguardadas por su Patronus mientras este se desplegaba como alas de luz solar, el aire se volvía plata absoluta al pensarlo, y Harry supo lo que tenía que hacer.

—¡Por favor, mi Lord!

Las palabras no fueron oídas.

Estaban lejos de él, los dementores en su foso, pero Harry sabía que podían ser destruidos incluso a aquella distancia si la luz ardía con suficiente intensidad. Sabía que la Muerte misma no podría hacerle frente si dejaba de contenerse, así que abrió todos los cerrojos dentro de sí y hundió los pozos de su hechizo en las partes más profundas de su espíritu, toda su mente y toda su voluntad, y entregó absolutamente todo al hechizo…

Y en el interior del Sol, una sombra solo ligeramente más tenue avanzó, tendiendo una mano suplicante.

MAL

NO LO HAGAS

La súbita sensación de condena chocó con la determinación de acero de Harry; el pavor y la incertidumbre forcejeaban contra el propósito brillante, y nada más podría haberlo alcanzado salvo eso. La silueta dio otro paso hacia delante, y otro, la sensación de condena elevándose hasta un punto de catástrofe terrible; y, en aquella ducha de agua helada, Harry lo vio, se dio cuenta de las consecuencias de lo que estaba haciendo, del peligro y de la trampa.

Si hubieras estado mirando desde fuera, habrías visto el interior del Sol iluminarse y oscurecerse…

Iluminarse y oscurecerse…

…y finalmente apagarse, apagarse, apagarse hasta una luz de luna ordinaria que en comparación parecía oscuridad absoluta.

Dentro de la oscuridad de aquella luz lunar estaba un hombre cetrino con la mano extendida en súplica, y el esqueleto de una mujer, tendida en el suelo, con una expresión perpleja en la cara.

Y Harry, todavía invisible, caído de rodillas. El peligro mayor había pasado, y ahora Harry solo intentaba no desplomarse, mantener el hechizo funcionando a un nivel más bajo. Había drenado algo; con suerte no había perdido algo. Tendría que haberlo sabido, tendría que haber recordado que no era mera magia lo que alimentaba el Encantamiento Patronus…

—Gracias, mi Lord —susurró el hombre cetrino.

—Necio —dijo la voz dura de un niño que fingía ser un Señor Tenebroso—. ¿Acaso no te advertí de que el hechizo podía resultar fatal si no lograbas controlar tus emociones?

Los ojos del profesor Quirrell no se abrieron de par en par, por supuesto.

—Sí, mi Lord, lo entiendo —dijo el sirviente del Señor Tenebroso con voz vacilante, y se volvió hacia Bellatrix…

Ella ya se estaba incorporando del suelo, despacio, como una muggle muy, muy vieja. —Qué gracioso —susurró Bellatrix—, casi te mata un Encantamiento Patronus… —Una risita que sonó como si estuviera soplando polvo desde sus conductos de risita—. Podría castigarte, quizá, si mi Lord te congelara en el sitio y yo tuviera cuchillos… ¿quizá todavía puedo ser útil después de todo? Ah, ahora me siento un poco mejor, qué extraño…

—Calla, querida Bella —dijo Harry con voz gélida—, hasta que te dé permiso para hablar.

No hubo respuesta, lo cual era obediencia.

El sirviente hizo levitar el esqueleto humano y la volvió invisible una vez más; poco después, él mismo desapareció con el sonido de otro huevo al romperse.

Continuaron por los pasillos de Azkaban.

Y Harry sabía que, mientras pasaban, los prisioneros se agitaban en sus celdas al levantarse el miedo durante un precioso instante, quizá incluso sintiendo un pequeño roce de curación al pasar su luz junto a ellos, y luego volvían a caer cuando el frío y la oscuridad presionaban de nuevo.

Harry estaba intentando con todas sus fuerzas no pensar en ello.

Porque si no, su Patronus crecería hasta quemar a todos los dementores de Azkaban, ardiendo con suficiente intensidad para destruirlos incluso a aquella distancia…

Porque si no, su Patronus crecería hasta quemar a todos los dementores de Azkaban, usando toda la vida de Harry como combustible.


En las dependencias de los aurores en la parte superior de Azkaban, un trío de aurores roncaba en el barracón, un trío de aurores descansaba en la sala de descanso, y un trío de aurores estaba de guardia en la sala de mando, vigilando. La sala de mando era sencilla pero grande, con tres sillas al fondo donde se sentaban tres aurores, sus varitas siempre en la mano para sostener sus tres Patronus, mientras las brillantes formas blancas paseaban frente a la ventana abierta, resguardándolos a todos del miedo de los dementores.

Los tres solían quedarse al fondo, jugar al póquer y no mirar por la ventana. Podrías haber visto algo de cielo allí, desde luego, e incluso había una o dos horas al día en que se podía ver algo de sol, pero aquella ventana también daba al foso central del infierno.

Por si a un dementor se le ocurría flotar hacia arriba para hablar contigo.

No había manera de que el auror Li hubiera aceptado hacer guardia allí, con triple paga o sin triple paga, si no tuviera una familia que mantener. (Su verdadero nombre era Xiaoguang, y todo el mundo lo llamaba Mike en su lugar; había llamado a sus hijos Su y Kao, con la esperanza de que a ellos les fuera mejor.) Su único consuelo, aparte del dinero, era que al menos sus compañeros jugaban una partida excelente de Póquer Dragón. Aunque sería difícil que no fuera así, a estas alturas.

Era su partida número 5.366, y Li tenía lo que probablemente sería su mejor mano de las 5.300. Era un sábado de febrero y había tres jugadores, lo que le permitía cambiar el palo de una carta tapada cualquiera salvo un dos, un tres o un siete; y eso bastaba para construir un Corps-a-Corps con unicornios, dragones y sietes…

Al otro lado de la mesa, Gerard McCusker levantó la vista de las cartas comunitarias hacia la dirección de la ventana, mirando fijamente.

La sensación de hundimiento llegó al estómago de Li con sorprendente rapidez.

Si su siete de corazones recibía un Modificador de Dementor y se convertía en un seis, caería directamente a doble pareja y McCusker podría vencerlo…

—Mike —dijo McCusker—, ¿qué le pasa a tu Patronus?

Li volvió la cabeza y miró.

Su suave tejón plateado se había apartado de su vigilancia sobre el foso y miraba hacia abajo, hacia algo que solo él podía ver.

Un momento después, el pato iluminado por la luna de Bahry y el brillante oso hormiguero de McCusker hicieron lo mismo, mirando en la misma dirección hacia abajo.

Todos intercambiaron miradas y luego suspiraron.

—Se lo diré yo —dijo Bahry. El protocolo exigía enviar a los tres aurores que estaban fuera de servicio pero no dormidos a investigar cualquier anomalía—. Quizá releve a uno y tome la espiral C, si a vosotros dos no os importa.

Li intercambió una mirada con McCusker, y ambos asintieron. No era demasiado difícil entrar a la fuerza en Azkaban si eras lo bastante rico para contratar a un mago poderoso y lo bastante bienintencionado para reclutar a alguien capaz de lanzar el Encantamiento Patronus. La gente con amigos en Azkaban hacía eso: entrar a la fuerza solo para darle a alguien medio día de tiempo bajo un Patronus, una oportunidad de tener sueños de verdad en vez de pesadillas.

Dejarles un suministro de chocolate para esconder en la celda, para aumentar la probabilidad de que sobrevivieran a su condena. Y los aurores de guardia… bueno, incluso si te atrapaban, probablemente podías convencerlos de mirar hacia otro lado a cambio del soborno adecuado.

Para Li, el soborno adecuado tendía a estar en el rango de dos Knuts y un Sickle de plata. Odiaba aquel lugar.

Pero Bahry Una Mano tenía esposa y la esposa tenía facturas de sanador, y si podías permitirte contratar a alguien capaz de entrar a la fuerza en Azkaban, también podías permitirte engrasar bastante bien la palma restante de Bahry, si era él quien te atrapaba.

Por acuerdo tácito, sin que ninguno revelara nada siendo el primero en proponerlo, los tres terminaron antes la mano de póquer. Li ganó, ya que en realidad no había aparecido ningún dementor. Y para entonces los Patronus habían dejado de mirar fijamente y habían vuelto a su patrulla normal, así que probablemente no era nada, pero el procedimiento era el procedimiento.

Después de que Li recogiera el bote, Bahry les hizo a todos inclinaciones formales de cabeza y se levantó de la mesa. Los largos mechones blancos del hombre mayor rozaron sus elegantes túnicas rojas, sus túnicas rozaron el suelo metálico de la sala de mando, mientras Bahry atravesaba la puerta separadora que llevaba a los aurores que habían estado fuera de servicio.

Li había sido seleccionado para Hufflepuff, y a veces sentía un poco de náusea ante esta clase de asuntos. Pero Bahry les había enseñado a todos las fotografías, y había que dejar que un hombre hiciera lo que pudiera por su pobre esposa enferma, especialmente cuando solo le quedaban siete meses para jubilarse.


La débil chispa verde flotaba por los pasillos metálicos, y el humanoide plateado, que parecía ahora un poco más tenue, la seguía. A veces la brillante figura se inflamaba, sobre todo cuando pasaban junto a una de las enormes puertas metálicas, pero siempre volvía a apagarse.

Los meros ojos no podrían haber visto a los demás invisibles: el Niño-Que-Vivió de once años, y el esqueleto viviente que era Bellatrix Black, y el profesor de Defensa de Hogwarts bajo los efectos de la poción multijugos, todos viajando juntos por Azkaban. Si aquello era el principio de un chiste, Harry no conocía el remate.

Habían subido otros cuatro tramos de escaleras cuando la voz áspera del profesor de Defensa dijo, simple y sin énfasis:

—Viene un auror.

Harry tardó demasiado, quizá todo un segundo, en entender, en que la descarga de adrenalina le bombeara en la sangre, y en recordar lo que el profesor Quirrell ya había hablado con él y le había dicho que hiciera en este caso; entonces Harry giró sobre los talones y salió volando de vuelta por donde habían venido.

Harry llegó al tramo de escaleras y se tendió frenéticamente en el tercer escalón desde arriba; el metal frío se sentía duro incluso a través de su capa y sus túnicas. Intentar levantar la cabeza para asomarse por el borde de las escaleras demostró que no podía ver al profesor Quirrell; y eso significaba que Harry estaba fuera de la línea de cualquier fuego perdido.

Su brillante Patronus lo siguió y se tendió junto a él en el escalón justo debajo, pues tampoco debía ser visto.

Hubo un sonido leve como de viento o de un silbido, y luego el sonido del cuerpo invisible de Bellatrix al posarse en un escalón más abajo. Ella no tenía papel en esto excepto…

—Quédate quieta —dijo el susurro frío y agudo—, quédate callada.

Hubo quietud y silencio.

Harry apretó la varita contra el lateral del escalón metálico justo encima de él. Si hubiera sido cualquier otra persona, habría necesitado sacar un Knut del bolsillo… o arrancar un trozo de tela de su túnica… o morderse una uña… o encontrar una mota de roca lo bastante grande para verla y lo bastante sólida para permanecer en un sitio y orientación mientras tocaba su varita.

Pero con el poder todopoderoso de Harry para la Transfiguración parcial, eso no era necesario; podía saltarse ese paso concreto de la operación y usar cualquier material cercano.

Treinta segundos después, Harry era el orgulloso nuevo propietario de un espejo curvo, y…

—Wingardium Leviosa —susurró Harry lo más bajo que pudo.

…lo estaba haciendo levitar justo por encima de los escalones, y observaba, en aquella superficie curva, casi todo el pasillo donde el profesor Quirrell esperaba invisible.

Harry oyó entonces, a lo lejos, el sonido de pasos.

Y vio la forma (un poco difícil de ver en el espejo) de una persona con túnicas rojas que bajaba por las escaleras, entrando en el pasillo aparentemente vacío; la acompañaba un pequeño animal Patronus que Harry no alcanzaba a distinguir del todo.

El auror estaba protegido por un brillo azul. Era difícil ver los detalles, pero Harry podía ver eso: el auror ya tenía escudos levantados y reforzados.

Mierda, pensó Harry. Según el profesor de Defensa, el arte esencial del duelo consistía en intentar levantar defensas que bloquearan lo que alguien probablemente iba a lanzarte, mientras intentabas a tu vez atacar de maneras que probablemente pasaran a través del conjunto actual de defensas del adversario.

Y, con mucha diferencia, la manera más fácil de ganar cualquier tipo de pelea real —el profesor Quirrell lo había dicho una y otra vez— era disparar al enemigo antes de que levantara un escudo, ya fuera desde atrás o desde una distancia lo bastante corta para que no pudiera esquivar ni contraatacar a tiempo.

Aunque quizá el profesor Quirrell todavía pudiera acertar un disparo desde atrás, si…

Pero el auror se detuvo después de dar tres pasos en el pasillo.

—Bonita Desilusión —dijo una voz masculina dura que Harry no reconoció—. Ahora muéstrate, o tendrás problemas de verdad.

La forma del hombre cetrino y barbudo se volvió visible entonces.

—Y tú, el del Patronus —dijo la voz dura—. Sal también. Ahora.

—No sería inteligente —dijo la voz grave del hombre cetrino. Ya no era la voz aterrorizada del sirviente del Señor Tenebroso; de pronto se había convertido en la intimidación profesional de un criminal competente—. No quieres ver quién está detrás de mí. Créeme, no quieres. Quinientos Galeones, efectivo contante y sonante por adelantado, si te das la vuelta y te marchas. Grandes problemas para tu carrera si no lo haces.

Hubo una larga pausa.

—Mira, seas quien seas —dijo la voz dura—, pareces confundido sobre cómo funciona esto. Me da igual que detrás de ti esté Lucius Malfoy o Albus maldito Dumbledore. Salís todos, os escaneo a todos y luego hablamos de cuánto va a costaros esto…

—Dos mil Galeones, oferta final —dijo la voz grave, adoptando un matiz de advertencia—. Eso es diez veces la tarifa habitual y más de lo que ganas en un año. Y créeme, si ves algo que no deberías, vas a lamentar no haber aceptado…

—¡Cierra el pico! —dijo la voz dura—. Tienes exactamente cinco segundos para soltar esa varita antes de que te derribe. Cinco, cuatro…

¿Qué está haciendo, profesor Quirrell?, pensó Harry frenéticamente. ¡Ataque primero! ¡Lance un escudo al menos!

—…tres, dos, uno! ¡Stupefy!


Bahry miró fijamente, y un escalofrío le recorrió la espalda.

La varita del hombre se había movido tan rápido que era como si hubiera aparecido por Aparición en su sitio, y el aturdidor de Bahry brillaba mansamente en su extremo; no bloqueado, no contrarrestado, no desviado, sino atrapado como una mosca en miel.

—Mi oferta ha vuelto a bajar a quinientos Galeones —dijo el hombre con una voz más fría y formal. Sonrió secamente, y la sonrisa parecía incorrecta en aquella cara barbuda—. Y tendrás que aceptar un Encantamiento de Memoria.

Bahry ya había cambiado las armónicas de sus escudos para que su propio aturdidor no pudiera atravesarlos de vuelta, ya había inclinado su varita hacia atrás en posición defensiva, ya había levantado su mano artificial endurecida para bloquear todo lo bloqueable, y ya estaba pensando hechizos sin palabras para poner más capas sobre sus escudos…

El hombre no miraba a Bahry. En vez de eso, hurgaba con curiosidad en el aturdidor de Bahry, que aún vacilaba en el extremo de su varita, extrayendo chispas rojas y apartándolas con los dedos, desmontando lentamente el maleficio como un rompecabezas infantil de varillas.

El hombre no había levantado ningún escudo propio.

—Dime —dijo el hombre con una voz desinteresada que no parecía encajar del todo con aquella garganta áspera; multijugos, habría dicho Bahry, si hubiera pensado que alguien podía hacer magia tan delicada desde dentro del cuerpo de otra persona—, ¿qué hiciste en la última guerra? ¿Te pusiste en peligro o evitaste los problemas?

—Me puse en peligro —dijo Bahry. Su voz conservaba la calma de hierro de un auror con casi cien años completos en el cuerpo, a siete meses de la jubilación obligatoria; Ojoloco Moody no lo habría dicho con más dureza.

—¿Luchaste contra mortífagos?

Ahora una sonrisa severa adornó el rostro del propio Bahry.

—Contra dos a la vez. —Dos de los guerreros-asesinos del propio Ya-Sabes-Quién, entrenados personalmente por su oscuro amo. Dos mortífagos a la vez contra Bahry solo. Había sido la pelea más dura de la vida de Bahry, pero había mantenido el terreno, y salió de allí con solo la pérdida de su mano izquierda.

—¿Los mataste? —El hombre sonaba ociosamente curioso, y seguía extrayendo hilos de fuego del rayo aturdidor muy disminuido que aún tenía cautivo en el extremo de su varita, sus dedos tejiendo ahora pequeños patrones con la propia magia de Bahry antes de darles un golpecito para dispersarlos.

El sudor brotó sobre la piel de Bahry bajo sus túnicas. Su mano metálica bajó como un destello, arrancó el espejo de su cinturón…

—¡Bahry a Mike, necesito refuerzos!

Hubo una pausa y silencio.

—¡Bahry a Mike!

El espejo yacía opaco y sin vida en su mano. Despacio, Bahry volvió a ponérselo en el cinturón.

—Hace bastante tiempo que no tengo una pelea seria con un adversario serio —dijo el hombre, todavía sin levantar la vista hacia Bahry—. Intenta no decepcionarme demasiado. Puedes atacar cuando estés listo. O puedes marcharte con quinientos Galeones.

Hubo un largo silencio.

Entonces el aire chilló como metal cortando cristal cuando Bahry descargó la varita hacia abajo.


Harry apenas podía verlo, apenas podía distinguir nada entre las luces y los destellos. La curvatura de su espejo era perfecta (habían practicado esa táctica antes en la Legión del Caos), pero la escena seguía siendo demasiado pequeña, y Harry tenía la sensación de que no podría entenderla ni aunque la estuviera observando desde un metro de distancia. Todo ocurría demasiado deprisa: ráfagas rojas desviándose en escudos azules, barras verdes de luz chocando unas con otras, formas sombrías apareciendo y desapareciendo. Ni siquiera podía decir quién estaba lanzando qué, salvo que el auror gritaba encantamiento tras encantamiento y esquivaba frenéticamente mientras la forma multijugos del profesor Quirrell permanecía en un sitio y movía la varita con pequeños gestos, casi siempre en silencio, aunque de vez en cuando pronunciaba palabras en idiomas irreconocibles que dejaban el espejo entero en blanco y mostraban la mitad de los escudos del auror arrancados mientras este trastabillaba hacia atrás.

Harry había visto duelos de exhibición entre los estudiantes de séptimo curso más fuertes, y esto estaba tan por encima que la mente de Harry se sentía entumecida al mirar cuánto le quedaba por avanzar. No había un solo estudiante de séptimo que pudiera haber durado medio minuto contra el auror; todos los ejércitos de séptimo juntos quizá no podrían arañar al profesor de Defensa…

El auror había caído al suelo, con una rodilla y una mano sosteniéndose mientras la otra mano gesticulaba frenéticamente y su boca gritaba palabras desesperadas. Los pocos encantamientos que Harry reconocía eran todos hechizos de escudo, mientras una bandada de sombras giraba alrededor del auror como un torbellino de navajas.

Y Harry vio cómo la forma multijugos del profesor Quirrell apuntaba deliberadamente con la varita hacia donde el auror, de rodillas, combatía los últimos momentos de su batalla.

—Ríndete —dijo la voz grave.

El auror escupió algo impronunciable.

—En ese caso —dijo la voz—, Avada…

El tiempo pareció moverse muy despacio, como si hubiera tiempo de oír las sílabas individuales, Ke, y Da, y Vra, tiempo de ver al auror empezar a lanzarse desesperadamente a un lado; y aunque todo estuviera ocurriendo tan despacio, de algún modo no había tiempo para hacer nada, no había tiempo para que Harry abriera los labios y gritara NO, no había tiempo para moverse, quizá ni siquiera tiempo para pensar.

Solo tiempo para un deseo desesperado de que un hombre inocente no muriera…

Y una ardiente figura plateada se plantó ante el auror.

Se plantó allí solo una fracción de segundo antes de que la luz verde impactara.


Bahry se retorcía frenéticamente hacia un lado, sin saber si iba a conseguirlo…

Sus ojos estaban fijos en su adversario y en su muerte que se aproximaba, así que Bahry solo vio brevemente el contorno de la brillante silueta, el Patronus más luminoso que había visto nunca; lo vio apenas el tiempo suficiente para reconocer la forma imposible, antes de que la luz verde y la plateada chocaran y ambas luces desaparecieran, ambas luces desaparecieran, la Maldición Asesina había sido bloqueada, y entonces los oídos de Bahry fueron perforados cuando vio a su terrible adversario gritando, gritando, gritando, agarrándose la cabeza y gritando, empezando a caer mientras Bahry ya estaba cayendo…

Bahry golpeó el suelo, cayendo desde su propio salto frenético, y su hombro izquierdo dislocado y su costilla rota chillaron en protesta. Bahry ignoró el dolor, consiguió volver a ponerse de rodillas, alzó la varita para aturdir a su adversario; no entendía qué estaba pasando, pero sabía que aquella era su única oportunidad.

—¡Stupefy!

El rayo rojo salió disparado hacia el cuerpo en caída del hombre, y fue desgarrado en pleno aire y disipado; y no por ningún escudo. Bahry podía verlo: la ondulación en el aire que rodeaba a su adversario caído y chillando.

Bahry podía sentirlo como una presión mortal sobre su piel, el flujo de magia creciendo y creciendo y creciendo hacia algún terrible punto de ruptura. Sus instintos le gritaban que corriera antes de que llegara la explosión. Eso no era un encantamiento, ni una maldición; era hechicería desbocada, pero antes de que Bahry pudiera siquiera terminar de ponerse en pie…

El hombre arrojó su varita lejos de sí mismo (¡arrojó su varita!) y un segundo después su forma se desdibujó y desapareció por completo.

Una serpiente verde yacía inmóvil en el suelo, sin moverse incluso antes de que el siguiente hechizo aturdidor de Bahry, disparado por puro reflejo, la alcanzara sin resistencia.

Mientras el terrible flujo y la presión empezaban a disiparse, mientras la hechicería salvaje se apagaba, la mente aturdida de Bahry advirtió que el grito continuaba. Solo que sonaba distinto, como el grito de un niño pequeño, procedente de las escaleras que llevaban al siguiente nivel inferior.

Aquel grito también se ahogó, y luego hubo silencio salvo por el jadeo frenético de Bahry.

Sus pensamientos eran lentos, confusos, desordenados. Su adversario había sido absurdamente poderoso; aquello no había sido un duelo, había sido como su primer año de aprendiz de auror intentando combatir contra madame Tarma. Los mortífagos no habían sido ni una décima parte de buenos, Ojoloco Moody no era tan bueno… y quién, qué, cómo en nombre de las pelotas de Merlín había bloqueado nadie una Maldición Asesina?

Bahry logró reunir la energía para apretar la varita contra su costilla, murmurar el hechizo sanador, y luego apretarla de nuevo contra su hombro. Le costó más de lo que debería, mucho más de lo que debería. Su magia estaba a un suspiro escaso del agotamiento absoluto; no le quedaba nada para sus cortes y moratones menores, ni siquiera para reforzar los restos de sus escudos. Ya le costaba bastante no dejar que su Patronus se apagara.

Bahry respiró hondo, pesadamente, estabilizó su respiración tanto como pudo antes de hablar.

—Tú —dijo Bahry—. Seas quien seas. Sal.

Hubo silencio, y se le ocurrió a Bahry que quienquiera que fuera podía estar inconsciente. No entendía lo que acababa de pasar, pero había oído el grito…

Bueno, había una manera de comprobarlo.

—Sal —dijo Bahry, endureciendo la voz—, o empiezo a usar maldiciones de área. —Probablemente no habría podido ejecutar una aunque lo intentara.

—Espera —dijo la voz de un niño, la voz de un niño pequeño, aguda y fina y vacilante, como si alguien estuviera conteniendo el agotamiento o las lágrimas. La voz parecía venir ahora de más cerca—. Por favor, espera. Estoy… saliendo…

—Quita la invisibilidad —gruñó Bahry. Estaba demasiado cansado para molestarse con Encantamientos anti-Desilusión.

Un momento después, el rostro de un niño pequeño emergió desde dentro de una capa de invisibilidad que se desplegaba, y Bahry vio el pelo negro, los ojos verdes, las gafas y la cicatriz roja y furiosa en forma de rayo.

Si hubiera tenido veinte años menos de experiencia a la espalda, quizá habría parpadeado. En vez de eso, se limitó a escupir algo que probablemente no debería decirse delante del Niño-Que-Vivió.

—Él, él —dijo la voz vacilante del niño; su rostro joven parecía asustado y agotado, y las lágrimas seguían corriéndole por las mejillas—, él me secuestró para obligarme a lanzar mi Patronus… dijo que me mataría si no lo hacía… solo que no podía dejar que os matara así…

La mente de Bahry seguía aturdida, pero las cosas empezaban poco a poco a encajar.

Harry Potter, el único mago que jamás había sobrevivido a una Maldición Asesina. Bahry quizá habría podido esquivar la muerte verde, desde luego lo estaba intentando, pero si el asunto llegaba ante el Wizengamot, dictaminarían que era una deuda de vida con una Casa Noble.

—Ya veo —dijo Bahry con un gruñido mucho más suave. Empezó a caminar hacia el niño—. Hijo, siento lo que has pasado, pero necesito que dejes caer la capa y sueltes la varita.

El resto de Harry Potter emergió de la invisibilidad, mostrando las túnicas de Hogwarts con ribete azul, empapadas de sudor, y su mano derecha aferrando una varita de acebo de once pulgadas con tanta fuerza que los nudillos se le habían vuelto blancos.

—Tu varita —repitió Bahry.

—Lo siento —susurró el niño de once años—, aquí —y tendió la varita hacia Bahry.

Bahry apenas logró evitar gruñirle al niño traumatizado que acababa de salvarle la vida. En su lugar, anuló el impulso con un suspiro y se limitó a estirar una mano para tomar la varita.

—Mira, hijo, en realidad no debes apuntar una varita a…

El extremo de la varita giró levemente bajo la mano de Bahry justo cuando el niño susurró:

—Somnium.


Harry miró fijamente el cuerpo desplomado del auror. No había sensación de triunfo, solo una aplastante sensación de desesperación.

(Incluso entonces quizá no habría sido demasiado tarde.)

Harry se volvió para mirar hacia donde yacía inmóvil la serpiente verde.

—¿Maesstro? —siseó Harry—. ¿Amigo? Por favor, ¿esstáis vivo? —Un miedo espantoso se estaba apoderando del corazón de Harry; en aquel momento había olvidado por completo que acababa de ver al profesor de Defensa intentar matar a un agente de policía.

Harry apuntó con la varita a la serpiente, y sus labios incluso empezaron a formar la palabra Innervate antes de que su cerebro lo alcanzara y le gritara.

No se atrevía a usar magia sobre el profesor Quirrell.

Harry lo había sentido: el dolor ardiente y desgarrador en la cabeza, como si su cerebro estuviera a punto de partirse por la mitad. Lo había sentido: su magia y la magia del profesor Quirrell, emparejadas y antiarmonizadas en una consumación de condena. Aquello era la cosa misteriosa y terrible que ocurriría si Harry y el profesor Quirrell se acercaban demasiado, o si alguna vez lanzaban magia uno contra el otro, o si sus hechizos se tocaban alguna vez; su magia resonaría fuera de control…

Harry miró fijamente la serpiente. No podía decir si respiraba.

(Los últimos segundos pasaron.)

Se volvió para mirar al auror, que había visto al Niño-Que-Vivió, que sabía.

Toda la magnitud del desastre cayó sobre Harry como mil pesas de cien toneladas. Había logrado aturdir al auror, pero ahora no quedaba nada por hacer, ninguna forma de recuperarse. La misión había fracasado, todo había fracasado, él había fracasado.

Conmocionado, consternado, desesperado, no pensó en ello, no vio lo obvio, no recordó de dónde venían aquellos sentimientos de desesperanza, no se dio cuenta de que aún necesitaba volver a lanzar el Encantamiento del Patronus Verdadero.

(Y entonces ya fue demasiado tarde.)


El auror Li y el auror McCusker habían recolocado sus sillas alrededor de la mesa, y por eso ambos lo vieron al mismo tiempo: el horror desnudo y esqueléticamente delgado elevándose para flotar fuera de la ventana, el dolor de cabeza golpeándolos ya por verlo.

Ambos oyeron la voz, como si un cadáver muerto hacía mucho hubiera pronunciado palabras y esas mismas palabras hubieran envejecido y muerto.

El habla del dementor les hizo daño en los oídos cuando dijo:

—Bellatrix Black está fuera de su celda.

Hubo una fracción de segundo de silencio horrorizado, y entonces Li salió disparado de su silla hacia el comunicador para pedir refuerzos al Ministerio, incluso mientras McCusker agarraba su espejo y empezaba a intentar frenéticamente contactar con los tres aurores que habían salido de patrulla.