Capítulo 53: El experimento de la prisión de Stanford, parte 3
El cadáver de una mujer abrió los ojos, y aquellos orbes apagados y hundidos miraron hacia la nada.
—Loca —murmuró Bellatrix con voz cascada—. Parece que la pequeña Bella se está volviendo loca…
El profesor Quirrell le había explicado a Harry, con calma y precisión, cómo debía comportarse en presencia de Bellatrix; cómo formar la fachada que mantendría en su mente.
Habías considerado conveniente, o quizá simplemente divertido, hacer que Bellatrix se enamorara de ti, atarla a tu servicio.
Ese amor habría perdurado durante Azkaban, había dicho el profesor Quirrell, porque para Bellatrix no sería un pensamiento feliz.
Ella te ama absoluta, completamente, con todo su ser. Tú no correspondes a su amor, pero la consideras útil. Ella lo sabe.
Era el arma más letal que poseías, y la llamabas tu querida Bella.
Harry lo recordaba de la noche en que el Señor Tenebroso mató a sus padres: la diversión fría, la risa desdeñosa, aquella voz aguda de odio mortal. No parecía en absoluto difícil adivinar lo que diría el Señor Tenebroso.
—Espero que no estés loca, querida Bella —dijo el susurro helado—. La locura no es útil.
Los ojos de Bellatrix parpadearon, intentaron enfocar el aire vacío.
—Mi… señor… esperé por vos pero no vinisteis… os busqué pero no pude encontraros… estáis vivo… —Todas sus palabras salieron en un murmullo bajo; si había emoción en él, Harry no pudo notarla.
—Muesstra tu cara —siseó la serpiente a los pies de Harry.
Harry echó hacia atrás la capucha de la Capa de Invisibilidad.
La parte de Harry que había puesto al mando de sus expresiones faciales miró a Bella sin el menor rastro de piedad, solo con interés frío y tranquilo. (Mientras, en su núcleo, Harry pensaba: Te salvaré, te salvaré pase lo que pase…)
—La cicatriz… —murmuró Bellatrix—. Ese niño…
—Eso siguen pensando todos —dijo la voz de Harry, y soltó una risita fina—. Me buscaste en el lugar equivocado, querida Bella.
(Harry había preguntado por qué el profesor Quirrell no podía ser quien interpretara el papel del Señor Tenebroso, y el profesor Quirrell había señalado que no había ninguna razón plausible para que él estuviera poseído por la sombra de Quien-no-debe-ser-nombrado.)
Los ojos de Bellatrix siguieron fijos en Harry; no dijo palabra.
—Di algo en pársssel —siseó la serpiente.
El rostro de Harry se volvió hacia la serpiente, para dejar claro que se dirigía a ella, y siseó:
—Uno doss tress cuatro cinco sseiss ssiete ocho nueve diez.
Hubo una pausa.
—Quienes no temen a la oscuridad… —murmuró Bellatrix.
La serpiente siseó:
—Sserán conssumidoss por ella.
—Serán consumidos por ella —susurró la voz helada.
Harry no tenía demasiadas ganas de pensar en cómo había conseguido el profesor Quirrell aquella contraseña. Su cerebro, que pensó en ello de todos modos, sugirió que probablemente había implicado a un mortífago, un lugar tranquilo y aislado, y algo de Legeremancia a golpe de tubería de plomo.
—Vuestra varita —murmuró Bellatrix—. La cogí de la casa de los Potter y la escondí, mi señor… bajo la lápida que hay a la derecha de la tumba de vuestro padre… ¿me mataréis ahora, si eso era todo lo que queríais de mí…? Creo que siempre debí de querer que fuerais vos quien me matara… pero ahora no puedo recordarlo, debía de ser un pensamiento feliz…
El corazón de Harry se retorció dentro de él; era insoportable, y… y no podía llorar, no podía permitir que su Patronus se desvaneciera…
El rostro de Harry mostró un destello de fastidio, y su voz sonó cortante al decir:
—Basta de tonterías. Vas a venir conmigo, querida Bella, salvo que prefieras la compañía de los dementores.
El rostro de Bellatrix se contrajo con una breve perplejidad; los miembros encogidos no se movieron.
—Tendrás que hacerla flotar hasta fuera —le siseó Harry a la serpiente—. Ya no puede pensar en esscapar.
—Ssí —siseó la serpiente—, pero no la ssubesstimess; era la más letal de loss guerreross. —La cabeza verde se inclinó en señal de advertencia—. Ssería ssenssato temerme, chico, incluso ssi esstuviera hambriento y muerto en nueve décimass partess; ten cuidado con ella, no permitass ni un ssolo fallo en tu fingimiento.
La serpiente verde se deslizó suavemente fuera de la puerta.
Y poco después, un hombre de piel cetrina y expresión temerosa en el rostro barbudo entró encogido en la habitación, varita en mano.
—¿Mi señor? —dijo el sirviente con voz vacilante.
—Haz lo que se te ha ordenado —susurró el Señor Tenebroso con aquella voz helada, que sonaba aún más terrible al salir del cuerpo de un niño—. Y no dejes que tu Patronus flaquee. Recuerda: si no regreso, no habrá recompensa para ti, y tu familia tardará mucho en obtener permiso para morir.
Tras pronunciar aquellas palabras espantosas, el Señor Tenebroso se colocó la Capa de Invisibilidad sobre la cabeza y desapareció.
El sirviente encogido abrió la puerta de la jaula de Bellatrix, y sacó de sus túnicas una diminuta aguja con la que pinchó al esqueleto humano. La única gota de sangre roja que produjo fue absorbida enseguida por una pequeña muñeca, que fue depositada en el suelo, y el sirviente empezó a salmodiar en un susurro.
Pronto otro esqueleto vivo yacía en el suelo, inmóvil. Después el sirviente pareció dudar un momento, hasta que desde el aire vacío siseó una orden impaciente. Entonces el sirviente apuntó con su varita a Bellatrix y pronunció una palabra, y el esqueleto vivo que yacía en la cama quedó desnudo, y el esqueleto que yacía en el suelo quedó vestido con su vestido descolorido.
El sirviente arrancó una pequeña tira de tela del vestido, allí donde yacía sobre el cadáver aparente; y de sus propias túnicas el hombre temeroso sacó entonces un frasco de vidrio vacío, con pequeños restos de fluido dorado adheridos al interior. Aquel frasco fue ocultado en un rincón, la tira de falda colocada sobre él, la tela exangüe casi mezclándose con la pared gris de metal.
Otro movimiento de la varita del sirviente elevó por el aire al esqueleto humano que yacía en la cama, y casi con el mismo gesto lo vistió con nuevas túnicas negras. Una botella corriente de leche con chocolate fue colocada en su mano, y un susurro helado ordenó a Bellatrix que sujetara la botella y empezara a beberla, lo cual hizo, con el rostro aún solo perplejo.
Luego el sirviente volvió invisible a Bellatrix, y se volvió invisible a sí mismo, y se marcharon. La puerta se cerró tras todos ellos y encajó con un clic al bloquearse, sumiendo el corredor de nuevo en la oscuridad, inalterado salvo por un pequeño frasco oculto en el rincón de una celda, y un cadáver fresco tendido en su suelo.
Antes, en la tienda desierta, el profesor Quirrell le había dicho a Harry que iban a cometer el crimen perfecto.
Harry había empezado sin pensar a repetir el proverbio estándar de que no existía tal cosa como un crimen perfecto, antes de pensarlo de verdad durante dos tercios de segundo, recordar un proverbio más sabio, y cerrar la boca a mitad de frase.
¿Qué crees que sabes, y cómo crees que lo sabes?
Si cometieras el crimen perfecto, nadie llegaría jamás a descubrirlo; así que ¿cómo podría nadie saber que no existían crímenes perfectos?
Y en cuanto lo mirabas de ese modo, te dabas cuenta de que probablemente se cometían crímenes perfectos todo el tiempo, y el forense los registraba como muerte por causas naturales, o el periódico informaba de que la tienda nunca había sido muy rentable y por fin había cerrado…
Cuando el cadáver de Bellatrix Black fue encontrado muerto en su celda a la mañana siguiente, allí dentro de la prisión de Azkaban de la que —todo el mundo lo sabía— nadie había escapado jamás, nadie se molestó en hacer una autopsia. Nadie se lo pensó dos veces. Simplemente cerraron el corredor y se fueron, y El Profeta lo publicó en la columna de necrológicas al día siguiente…
…ese era el crimen perfecto que había planeado el profesor Quirrell.
Y no fue el profesor Quirrell quien lo arruinó.