Sábado.

Harry había tenido problemas para dormirse la noche del viernes, algo que había previsto que podía ocurrir, y por eso había decidido tomar la precaución obvia de comprar una poción para dormir; y para evitar que aquello constituyera una señal visible de que estaba nervioso, había decidido comprársela a Fred y George un par de meses antes. (Siempre listo, esa es la canción de marcha de los Boy Scouts…)

Así que Harry estaba plenamente descansado, y su bolsa contenía casi todo lo que poseía y que concebiblemente podría necesitar. De hecho, Harry se había topado con la limitación de volumen de la bolsa; y teniendo presente que necesitaría guardar una serpiente grande, y quizá tendría que guardar quién-sabe-qué-más, había retirado algunos de los objetos más voluminosos, como la batería de coche. Ya había llegado al punto en que podía Transfigurar algo del tamaño de una batería de coche en cuatro minutos exactos, así que no era una gran pérdida.

Harry había conservado las bengalas de emergencia y el soplete oxiacetilénico con su bombona de combustible, ya que no podías limitarte a Transfigurar cosas que fueran a quemarse.

(Siempre listo, mientras por la vida marchas…)

Mary’s Place.

Después de que la camarera hubiera tomado nota de su pedido, les hubiera hecho una reverencia y hubiera salido de la habitación, el profesor Quirrell solo había realizado cuatro Encantamientos, y luego habían hablado de nada de enorme importancia, solo de la compleja tesis del profesor Quirrell sobre cómo la maldición del Señor Tenebroso sobre el puesto de Defensa había conducido al declive de los duelos y cómo eso había cambiado las costumbres sociales en la Gran Bretaña mágica. Harry escuchaba, asentía y decía cosas inteligentes, mientras intentaba controlar los martillazos de su corazón.

Entonces la camarera volvió a entrar llevando su comida, y esta vez, un minuto después de que la camarera se marchara, el profesor Quirrell hizo un gesto para que la puerta se cerrara y se bloqueara, y empezó a pronunciar veintinueve Encantamientos de seguridad, omitiendo esta vez uno de los de la secuencia del señor Bester, lo cual dejó a Harry algo desconcertado.

El profesor Quirrell terminó sus Encantamientos…

…se levantó de la silla…

…se emborronó hasta convertirse en una serpiente verde, con bandas azules y blancas…

…y siseó:

—¿Hambriento, chico? Come hasta ssaciarte deprissa, necesitaremoss tanto fuerza como tiempo.

Los ojos de Harry se abrieron un poco, pero siseó:

—He desayunado bien —y luego empezó rápidamente a llevarse fideos a la boca con el tenedor.

La serpiente lo observó un momento, con aquellos ojos planos, y luego siseó:

—No desseo explicarlo aquí. Prefiero esstar en otro ssitio primero. Necesitamos marcharnoss sin sser observados, sin sseñales de que hayamos abandonado jamás la habitación.

—Assí nadie podrá rastrearnos —siseó Harry.

—Ssí. ¿Confíass tanto en mí, chico? Pienssa antes de responder. Tendré una petición importante para ti, que requiere confianza; si diríass que no pase lo que passe, dilo ahora.

Harry bajó la mirada de los ojos planos de la serpiente, volvió a mirar los fideos cubiertos de salsa, y comió otro bocado, luego otro, mientras pensaba.

El profesor de Defensa… era una figura ambigua, por decirlo suavemente; Harry creía haber desenmarañado algunos de sus objetivos, pero otros seguían siendo misteriosos.

Pero el profesor Quirrell había derribado a doscientas chicas para detener a las que estaban invocando a Harry. El profesor Quirrell había deducido que el dementor estaba drenando a Harry a través de su varita. El profesor de Defensa había salvado la vida de Harry dos veces en un período de dos semanas.

Lo cual podía significar que el profesor de Defensa solo estaba guardándose a Harry para más adelante, que había motivos ocultos. De hecho, era seguro que había motivos ocultos. El profesor Quirrell no estaba haciendo aquello por capricho. Pero entonces el profesor Quirrell también había hecho que enseñaran Oclumancia a Harry, le había enseñado a perder… si el profesor de Defensa quería dar algún uso a Harry Potter, era un uso que requería un Harry Potter fortalecido, no debilitado.

Eso era lo que significaba ser usado por un amigo: que querría que el uso te hiciera más fuerte en lugar de más débil.

Y si a veces había una atmósfera fría alrededor del profesor de Defensa, amargura en su voz o vacío en su mirada, entonces Harry era el único a quien el profesor Quirrell permitía verlo.

Harry no sabía muy bien cómo describir en palabras la sensación de parentesco que sentía con el profesor Quirrell, salvo decir que el profesor de Defensa era la única persona de pensamiento claro que Harry había conocido en el mundo mágico. Tarde o temprano todos los demás empezaban a jugar al quidditch, o a no poner carcasas protectoras a sus máquinas del tiempo, o a pensar que la Muerte era su amiga. No importaba lo buenas que fueran sus intenciones.

Tarde o temprano, y normalmente temprano, demostraban que algo profundo dentro de su cerebro estaba confundido. Todos salvo el profesor Quirrell. Era un vínculo que iba más allá de cualquier deuda contraída, o incluso de cualquier simpatía personal, que los dos estuvieran solos en el mundo mágico. Y si el profesor de Defensa a veces parecía un poco aterrador o un poco Oscuro, bueno, eso era justo lo mismo que algunas personas decían de Harry.

—Confío en ti —siseó Harry.

Y la serpiente explicó la primera etapa del plan.


Harry tomó el último tenedor de fideos y masticó. A su lado, el profesor Quirrell, de nuevo en forma humana, estaba comiendo su sopa plácidamente, como si no estuviera ocurriendo nada de especial interés.

Entonces Harry tragó, y en el mismo instante se levantó de la silla, sintiendo ya cómo su corazón empezaba a martillear con fuerza en su pecho. Las precauciones de seguridad que estaban tomando eran literalmente las más estrictas posibles…

—¿Está preparado para ponerlo a prueba, señor Potter? —dijo el profesor Quirrell con calma.

No era una prueba, pero el profesor Quirrell no diría eso, no en voz alta y en habla humana, ni siquiera en aquella habitación protegida hasta el límite que el profesor Quirrell había asegurado con más Encantamientos.

—Sí —dijo Harry tan casualmente como pudo.

Primer paso.

Harry dijo «Capa» a su bolsa, extrajo la Capa de Invisibilidad, luego despegó la bolsa de su cinturón y la arrojó hacia el otro lado de la mesa.

El profesor de Defensa se levantó de su propia silla, sacó la varita, se inclinó y tocó la bolsa con la varita, murmurando un encantamiento en voz baja. Los nuevos encantamientos garantizarían que el profesor Quirrell pudiera entrar en la bolsa por sí mismo en forma de serpiente, y salir de ella por sí mismo, y oír lo que ocurriera fuera mientras estuviera dentro de la bolsa.

Segundo paso.

Cuando el profesor Quirrell se incorporó tras haberse inclinado junto a la bolsa, y guardó su varita, su varita dio la casualidad de apuntar en dirección a Harry, y hubo una breve sensación reptante en el pecho de Harry, cerca de donde descansaba el Giratiempo, como si algo siniestro hubiera pasado muy cerca sin tocarlo.

Tercer paso.

El profesor de Defensa volvió a convertirse en serpiente, y la sensación de perdición disminuyó; la serpiente reptó hasta la bolsa y entró en ella, la boca de la bolsa se abrió para admitir la forma verde, y cuando la boca volvió a cerrarse tras la cola, la sensación de perdición disminuyó aún más.

Cuarto paso.

Harry sacó la varita, teniendo cuidado de permanecer inmóvil mientras lo hacía, para que el Giratiempo no se moviera de donde el profesor Quirrell había anclado el reloj de arena dentro de la carcasa en su orientación actual.

—Wingardium Leviosa —murmuró Harry, y la bolsa empezó a flotar hacia él.

Lentamente, lentamente, tal como el profesor Quirrell le había indicado, la bolsa empezó a flotar hacia Harry, que esperaba alerta cualquier señal de que la bolsa se estuviera abriendo, en cuyo caso Harry debía usar el Encantamiento de Levitación para impulsarla lejos de él lo más rápido posible.

Cuando la bolsa estuvo a menos de un metro de Harry, la sensación de perdición regresó.

Cuando Harry volvió a sujetar la bolsa a su cinturón, la sensación de perdición era más fuerte de lo que nunca había sido, pero seguía sin resultar abrumadora; era tolerable.

Incluso con la forma de animago del profesor Quirrell yaciendo dentro del espacio extendido de la bolsa, reposando en la propia cadera de Harry.

Quinto paso.

Harry guardó la varita. Su otra mano seguía sosteniendo la Capa de Invisibilidad, y Harry se echó aquella capa encima.

Sexto paso.

Y así, en aquella habitación protegida de toda adivinación posible, que el profesor Quirrell había asegurado personal y adicionalmente, no fue hasta después de que Harry llevara puesta la verdadera Capa de Invisibilidad que metió la mano bajo la camisa y giró una sola vez la carcasa exterior del Giratiempo.

El reloj de arena interior del Giratiempo permaneció anclado e inmóvil, el ajuste giró a su alrededor…

La comida desapareció de la mesa, las sillas saltaron de vuelta a su sitio, la puerta se abrió de golpe.

La Sala de Mary estaba desierta, como debía estarlo, porque el profesor Quirrell se había puesto antes en contacto con Mary’s Place bajo un nombre falso para preguntar si la sala estaría disponible a aquella hora: no para reservarla, no para hacer una reserva cancelada que pudiera quedar anotada, sino solo para preguntar.

Séptimo paso.

Permaneciendo bajo la Capa de Invisibilidad, Harry salió por la puerta abierta. Recorrió los pasillos alicatados de Mary’s Place hasta el bien surtido bar que recibía a los recién llegados, atendido por el propietario, Jake.

Solo había unas pocas personas en la barra, por la mañana antes de la hora apropiada del almuerzo, y Harry tuvo que esperar invisiblemente junto a la puerta durante varios minutos, escuchando el murmullo de la conversación y el gorgoteo del alcohol, antes de que la puerta se abriera para admitir a un enorme irlandés jovial, y Harry se escabullera silenciosamente tras él.

Octavo paso.

Harry caminó durante un rato. Estaba bastante lejos de Mary’s Place cuando se desvió de Diagon Alley hacia un callejón más pequeño, al final del cual se encontraba una tienda oscura, con las ventanas encantadas hasta quedar negras.

Noveno paso.

—Pez espada melón amigo —dijo Harry la frase de paso a la cerradura, y esta hizo clic y se abrió.

Dentro de la tienda también había oscuridad, la luz de la puerta abierta iluminó brevemente el interior y mostró una sala amplia y vacía. La tienda de muebles que había funcionado allí había quebrado unos meses antes, según el profesor de Defensa, y la tienda había sido embargada, pero aún no revendida. Las paredes estaban pintadas de un blanco sencillo, el suelo de madera estaba arañado y sin pulir, y había una sola puerta cerrada en la pared del fondo; aquello había sido una sala de exposición, una vez, pero ahora no exponía nada.

La puerta hizo clic al cerrarse tras Harry, y entonces la oscuridad fue absoluta y completa.

Décimo paso.

Harry sacó la varita y dijo:

—Lumos.

La habitación se iluminó con un resplandor blanco; tomó la bolsa de su cinturón —la sensación de perdición se agudizó un poco cuando la agarró con los dedos— y la lanzó suavemente hacia el lado opuesto de la sala —la sensación de perdición se desvaneció casi por completo—. Y entonces empezó a quitarse la Capa de Invisibilidad, incluso mientras su voz siseaba:

—Esstá hecho.

Undécimo paso.

De la bolsa asomó una cabeza verde, seguida poco después por un cuerpo verde de un metro de largo cuando la serpiente se deslizó hacia fuera. Un momento después, la serpiente se emborronó hasta convertirse en el profesor Quirrell.

Duodécimo paso.

Harry esperó en silencio mientras el profesor de Defensa recitaba treinta Encantamientos.

—Muy bien —dijo el profesor Quirrell con calma, cuando terminó—. Si alguien sigue observándonos ahora, en cualquier caso estamos condenados, así que hablaré con claridad y en forma humana. La lengua pársel no me sienta del todo bien, me temo, pues no soy descendiente de Salazar ni una verdadera serpiente.

Harry asintió.

—Así pues, señor Potter —dijo el profesor Quirrell. Su mirada era intensa, sus ojos azul pálido oscuros y sombreados bajo la luz blanca procedente de la varita de Harry—. Estamos solos y no observados, y tengo una pregunta importante que hacerle.

—Adelante —dijo Harry, mientras su corazón empezaba a latir más rápido.

—¿Cuál es su opinión sobre el gobierno de la Gran Bretaña mágica?

No era exactamente lo que Harry esperaba, pero se acercaba lo suficiente, así que Harry dijo:

—Basándome en mis conocimientos limitados, diría que tanto el Ministerio como el Wizengamot parecen estúpidos, corruptos y malvados.

—Correcto —dijo el profesor Quirrell—. ¿Entiende por qué pregunto?

Harry inspiró profundamente y miró al profesor Quirrell directamente a los ojos, sin pestañear. Harry por fin había descubierto que la manera de hacer deducciones asombrosas a partir de pruebas escasas era saber la respuesta de antemano, y había adivinado aquella respuesta por completo una semana antes. Solo necesitaba un pequeño ajuste…

—Está a punto de invitarme a unirme a una organización secreta llena de personas interesantes como usted —dijo Harry—, uno de cuyos objetivos es reformar o derrocar el gobierno de la Gran Bretaña mágica, y sí, me apunto.

Hubo una ligera pausa.

—Me temo que no es exactamente ahí adonde pretendía dirigir esta conversación —dijo el profesor Quirrell. Las comisuras de sus labios temblaban ligeramente—. Solo planeaba pedirle ayuda para hacer algo extremadamente traicionero e ilegal.

Maldita sea, pensó Harry. Aun así, el profesor Quirrell no lo había negado…

—Continúe.

—Antes de hacerlo —dijo el profesor Quirrell. Ahora no había ligereza en su voz—. ¿Está usted abierto a tales peticiones, señor Potter? Le repito que, si es probable que diga que no de todos modos, debe decir que no ahora. Si su curiosidad lo impulsa a lo contrario, aplástela.

—Traicionero e ilegal no me molesta —dijo Harry—. Los riesgos me molestan y lo que esté en juego tendría que ser proporcional, pero no puedo imaginarlo a usted corriendo riesgos frívolamente.

El profesor Quirrell asintió.

—No lo haría. Es un abuso terrible de mi amistad con usted, y de la confianza depositada en mi puesto docente en Hogwarts…

—Puede saltarse esta parte —dijo Harry.

Los labios volvieron a temblar, y luego quedaron planos.

—Entonces me la saltaré. Señor Potter, usted a veces juega a mentir con verdades, a jugar con palabras para ocultar sus significados a plena vista. También yo he encontrado eso divertido en ocasiones. Pero si llego siquiera a contarle lo que espero que hagamos hoy, señor Potter, mentirá sobre ello. Mentirá directamente, sin vacilar, sin juegos de palabras ni insinuaciones, a cualquiera que pregunte, sea enemigo o amigo íntimo. Mentirá a Malfoy, a Granger y a McGonagall. Hablará siempre y sin vacilar exactamente de la manera en que hablaría si no supiera nada, sin preocuparse por su honor. Así es también como debe ser.

Hubo silencio, entonces, durante un rato.

Aquello era un precio medido en una fracción del alma de Harry.

—Sin decírmelo aún… —dijo Harry—. ¿Puede decir si la necesidad es desesperada?

—Hay alguien en la más terrible necesidad de su ayuda —dijo simplemente el profesor Quirrell—, y no hay nadie que pueda ayudarlo salvo usted.

Hubo otro silencio, pero no largo.

—De acuerdo —dijo Harry en voz baja—. Hábleme de la misión.

Las túnicas oscuras del profesor de Defensa parecían emborronarse contra la sombra de la pared, proyectada por su silueta al bloquear la luz blanca de la varita de Harry.

—El Encantamiento Patronus ordinario, señor Potter, repele el miedo de un dementor. Pero los dementores siguen viéndolo a través de él, saben que está ahí. No así su Encantamiento Patronus. Los ciega, o más que los ciega. Lo que vi bajo la capa ni siquiera miraba en nuestra dirección mientras usted lo mataba; como si hubiera olvidado nuestra existencia incluso mientras moría.

Harry asintió. No era sorprendente, no cuando enfrentabas a un dementor en el nivel de su verdadera existencia, más allá del antropomorfismo. La Muerte podía ser el último enemigo, pero no era un enemigo sentiente. Cuando la humanidad había erradicado la viruela, la viruela no había contraatacado.

—Señor Potter, la sucursal central de Gringotts está protegida por todos los hechizos altos y bajos que conocen los goblins. Aun así, esas cámaras han sido robadas con éxito; pues lo que la magia puede hacer, la magia puede deshacerlo. Y sin embargo nadie ha escapado jamás de Azkaban. Nadie. Para cada Encantamiento hay un Contraencantamiento, para cada salvaguarda hay un rodeo. ¿Cómo puede ser que nadie haya sido rescatado jamás de Azkaban?

—Porque Azkaban tiene algo invencible —dijo Harry—. Algo tan terrible que nadie puede derrotarlo.

Esa tenía que ser la piedra angular de su seguridad perfecta, nada humano. Era la Muerte quien custodiaba Azkaban.

—A los dementores no les gusta que les quiten la comida —dijo el profesor Quirrell. La frialdad había entrado ahora en aquella voz—. Saben si alguien lo intenta. Allí hay más de cien dementores, y también hablan con los guardias. Es así de simple, señor Potter. Si es usted un mago poderoso, Azkaban no es difícil de penetrar, y no es difícil salir de ella. Siempre que no intente sacar nada que pertenezca a los dementores.

—Pero los dementores no son invencibles —dijo Harry. Podría haber lanzado el Encantamiento Patronus con ese pensamiento, en ese mismo momento—. Nunca crea que lo son.

La voz del profesor Quirrell fue muy baja.

—¿Recuerda cómo fue cuando se presentó ante el dementor, la primera vez, cuando falló?

—Lo recuerdo.

Y entonces, con una súbita sacudida nauseabunda en el estómago, Harry supo adónde iba aquello; debería haberlo visto antes.

—Hay una persona inocente en Azkaban —dijo el profesor Quirrell.

Harry asintió, había una sensación ardiente en su garganta, pero no lloró.

—La persona de la que hablo no estaba bajo la Maldición Imperius —dijo el profesor de Defensa, sus túnicas oscuras recortadas contra una sombra mayor—. Hay modos más seguros de quebrar voluntades que la Imperius, si tienes tiempo para tortura, y Legeremancia, y rituales de los que no hablaré. No puedo decirle cómo sé esto, cómo sé nada de esto, no puedo insinuárselo siquiera a usted; tendrá que confiar en mí. Pero hay una persona en Azkaban que ni una sola vez eligió servir al Señor Tenebroso, que ha pasado años sufriendo a solas en el frío y la oscuridad más terribles imaginables, y que nunca mereció ni un solo minuto de ello.

Harry lo vio en un solo salto de intuición, su boca corriendo casi por delante de sus pensamientos.

No hubo ninguna pista, ninguna advertencia, todos pensamos…

—Una persona de apellido Black —dijo Harry.

Hubo silencio. Silencio, mientras los ojos azul pálido lo miraban fijamente.

—Bueno —dijo el profesor Quirrell al cabo de un rato—. Tanto para no decirle el nombre hasta después de que hubiera aceptado la misión. Le preguntaría si está leyéndome la mente, pero eso es absolutamente imposible.

Harry no dijo nada, pero era bastante simple si creías en los procesos de la democracia moderna. La persona más obvia en Azkaban para ser inocente era la que no había recibido un juicio…

—Ciertamente estoy impresionado, señor Potter —dijo el profesor Quirrell. Su rostro estaba grave—. Pero este es un asunto serio, y si hay alguna manera de que otros puedan hacer la misma deducción, debo saberlo. Así que dígame, señor Potter. ¿Cómo en nombre de Merlín, de la Atlántida y del vacío entre las estrellas, ha adivinado que estaba hablando de Bellatrix?