Era sábado, la primera mañana de febrero, y en la mesa de Ravenclaw, un chico que llevaba un plato de desayuno cargado hasta arriba de verduras inspeccionaba nerviosamente sus raciones en busca del más mínimo rastro de carne.

Podía ser una reacción exagerada. Después de recuperarse del choque inicial, el sentido común de Harry había despertado y formulado la hipótesis de que la «lengua pársel» probablemente no fuese más que una interfaz lingüística para controlar serpientes…

…al fin y al cabo, las serpientes no podían ser de verdad inteligentes a nivel humano, alguien se habría dado cuenta a estas alturas. Las criaturas de cerebro más pequeño de las que Harry había oído hablar con algo parecido a una capacidad lingüística eran los loros grises africanos enseñados por Irene Pepperberg. Y aquello era un protolenguaje no estructurado, en una especie que jugaba a complejos juegos de adulterio y necesitaba modelar a otros loros.

Mientras que, según lo que Draco había sido capaz de recordar, las serpientes hablaban con los hablantes de pársel en algo que sonaba como lenguaje humano normal; es decir, una gramática sintáctica recursiva en toda regla. Eso había requerido tiempo para evolucionar en los homínidos, con cerebros enormes y fuertes presiones de selección social. Que Harry supiera, las serpientes no tenían mucha sociedad.

Y habiendo miles y miles de especies distintas de serpientes por todo el mundo, ¿cómo podían usar todas la misma versión de su supuesto idioma, la «lengua pársel»?

Por supuesto, todo eso no era más que sentido común, y Harry estaba empezando a perder por completo la fe en él.

Pero Harry estaba seguro de haber oído silbar serpientes en la tele en algún momento —al fin y al cabo, sabía de algún sitio a qué sonaba aquello— y a él no le había sonado como un idioma, lo cual al principio le había tranquilizado bastante…

…al principio. El problema era que Draco también había afirmado que los hablantes de pársel podían enviar serpientes a misiones largas y complejas. Y si eso era cierto, entonces los hablantes de pársel tenían que volver a las serpientes persistentemente inteligentes al hablar con ellas. En el peor de los casos, eso haría que la serpiente se volviera autoconsciente, como lo que Harry le había hecho accidentalmente al Sombrero Seleccionador.

Y cuando Harry había ofrecido aquella hipótesis, Draco había afirmado que recordaba una historia —Harry esperaba por Cthulhu que aquella historia no fuese más que un cuento de hadas, tenía ese aire, pero la historia existía— sobre Salazar Slytherin enviando a una joven y valiente víbora en una misión para recoger información de otras serpientes.

Si cualquier serpiente con la que hubiera hablado un hablante de pársel podía volver autoconscientes a otras serpientes hablando con ellas, entonces…

Entonces…

Harry ni siquiera sabía por qué su mente estaba haciendo aquello de «entonces… entonces…» cuando sabía perfectamente cómo funcionaría la progresión exponencial; era solo el puro horror moral de la cosa lo que le estaba haciendo estallar la cabeza.

¿Y si alguien hubiese inventado un hechizo así para hablar con vacas?

¿Y si existieran gallinoparlantes?

O, ya puestos…

Harry se quedó helado al darse cuenta de golpe, justo cuando el tenedor lleno de zanahorias estaba a punto de entrarle en la boca.

Aquello no podía, no podía ser cierto, seguro que ningún mago sería tan estúpido como para hacer ESO…

Y Harry supo, con una horrible sensación de hundimiento, que por supuesto que serían así de estúpidos. Salazar Slytherin probablemente nunca había considerado ni por un segundo las implicaciones morales de la inteligencia de las serpientes, igual que a Salazar nunca se le había ocurrido que los hijos de muggles fueran lo bastante inteligentes como para merecer derechos de persona. La mayoría de la gente simplemente no veía los problemas morales en absoluto a menos que otra persona se los señalara…

—¿Harry? —dijo Terry a su lado, sonando como si temiera arrepentirse de preguntar—. ¿Por qué estás mirando el tenedor de esa manera?

—Estoy empezando a pensar que la magia debería ser ilegal —dijo Harry—. Por cierto, ¿has oído alguna vez historias sobre magos que pudieran hablar con plantas?


Terry no había oído nada parecido.

Tampoco ninguno de los Ravenclaw de séptimo a los que Harry había preguntado.

Y ahora Harry había vuelto a su sitio, aunque todavía no se había sentado, y miraba su plato de verduras con expresión desolada. Cada vez tenía más hambre, y más tarde aquel día visitaría Mary’s Place para tomar uno de sus platos increíblemente sabrosos… Harry se estaba viendo muy tentado a volver sin más a sus hábitos alimentarios de ayer y olvidarse del asunto.

Tienes que comer algo, dijo su Slytherin interior. Y tampoco es mucho más probable que alguien haya estornudado autoconsciencia sobre las aves que sobre las plantas, así que mientras comas comida de sentiencia dudosa en cualquier caso, ¿por qué no comer las deliciosas tiras de diricawl fritas?

No estoy del todo seguro de que esa lógica utilitarista sea válida, ahí…

Ah, ¿quieres lógica utilitarista? Marchando una ración de lógica utilitarista: incluso en la improbable posibilidad de que algún imbécil sí lograra conferir sentiencia a los pollos, tu investigación es la que tiene más probabilidades de descubrirlo y hacer algo al respecto.

Si puedes completar tu trabajo aunque sea ligeramente más rápido al no complicarte la vida con tu dieta, entonces, por contraintuitivo que parezca, lo mejor que puedes hacer para salvar al mayor número de posibles-seres-sintientes-quién-sabe-qué es no perder el tiempo con conjeturas salvajes sobre qué podría ser inteligente. No es como si los elfos domésticos no hubieran preparado ya la comida, tomes lo que tomes en el plato.

Harry consideró aquello durante un momento. Era una línea de razonamiento bastante seductora…

¡Bien!, dijo Slytherin. Me alegra que ahora veas que lo más moral es sacrificar las vidas de seres sintientes por tu propia comodidad, para alimentar tus espantosos apetitos, por el placer enfermizo de desgarrarlos con los dientes…

¿Qué?, pensó Harry indignado. ¿De qué lado estás?

La voz mental de su Slytherin interior sonaba sombría. Tú también abrazarás algún día la doctrina… de que el fin justifica los medios cárnicos. A eso le siguieron unas risitas mentales.

Desde que Harry había empezado a preocuparse de que quizá las plantas también fueran sintientes, sus componentes no Ravenclaw estaban teniendo problemas para tomarse en serio su cautela moral. Hufflepuff gritaba ¡Canibalismo! cada vez que Harry intentaba pensar en cualquier alimento imaginable, y Gryffindor lo visualizaba chillando mientras se lo comía, incluso si era, pongamos, un sándwich…

¡Canibalismo!

AAAAAAAH, NO ME COMAS…

Ignora los gritos, cómetelo de todas formas. Es un lugar seguro para transigir con tu ética al servicio de objetivos superiores; todo el mundo cree que está bien comer sándwiches, así que no puedes usar tu racionalización habitual sobre una pequeña probabilidad de un gran perjuicio si te pillan…

Harry soltó un suspiro mental y pensó: Mientras estéis de acuerdo con que nos coman monstruos gigantes que no investigaron lo suficiente si éramos sintientes.

Yo estoy de acuerdo, dijo Slytherin. ¿Todos los demás están de acuerdo? (Asentimientos mentales internos.) Genial, ¿podemos volver ya a las tiras de diricawl fritas?

No hasta que haya investigado un poco más qué es sintiente y qué no. Ahora cállate. Y Harry se apartó con firmeza de su plato lleno de verduras tan, tan tentadoras para dirigirse hacia la biblioteca…

Cómate a los alumnos, dijo Hufflepuff. No hay duda sobre si son sintientes.

Sabes que quieres hacerlo, dijo Gryffindor. Apuesto a que los pequeños son los más sabrosos.

Harry estaba empezando a preguntarse si el dementor había dañado de algún modo sus personalidades imaginarias.


—Sinceramente —dijo Hermione. La voz de la niña sonaba un poco áspera mientras su mirada recorría las estanterías de la sección de Herbología de la biblioteca de Hogwarts. Harry le había dejado un mensaje preguntándole si podía venir a la biblioteca cuando terminase de desayunar, cosa que Harry se había saltado; pero cuando Harry le había presentado el tema del día, ella había parecido algo desconcertada—. ¿Sabes cuál es tu problema, Harry? No tienes sentido de las prioridades. Se te mete una idea en la cabeza y sales corriendo detrás de ella.

—Tengo un sentido de las prioridades estupendo —dijo Harry. Su mano se extendió y agarró Astucia vegetal, de Casey McNamara, y empezó a pasar las primeras páginas en busca del índice—. Por eso quiero averiguar si las plantas pueden hablar antes de comerme mis zanahorias.

—¿No crees que quizá los dos tengamos cosas más importantes de las que preocuparnos?

Suenas igual que Draco, pensó Harry, aunque por supuesto no lo dijo en voz alta. En voz alta dijo:

—¿Qué podría ser más importante que descubrir que las plantas son sintientes?

Hubo a su lado un silencio cargado, mientras los ojos de Harry descendían por el índice. En efecto, había un capítulo sobre el lenguaje de las plantas, lo que hizo que a Harry se le saltara un latido; y entonces sus manos empezaron a pasar rápidamente las páginas, hacia el número adecuado.

—Hay días —dijo Hermione Granger— en que de verdad, de verdad, no tengo ni la más remota idea de qué pasa dentro de esa cabeza tuya.

—Mira, es una cuestión de multiplicar, ¿vale? Hay muchísimas plantas en el mundo; si no son sintientes, entonces no son importantes, pero si las plantas son personas, entonces tienen más peso moral que todos los seres humanos del mundo juntos. Ahora bien, por supuesto tu cerebro no se da cuenta de eso a nivel intuitivo, pero eso es porque el cerebro no sabe multiplicar. Como si preguntas a tres grupos separados de hogares canadienses cuánto pagarían por salvar a dos mil, veinte mil o doscientos mil pájaros de morir en estanques de petróleo, los tres grupos dicen respectivamente que estarían dispuestos a pagar setenta y ocho, ochenta y ocho y ochenta dólares. Ninguna diferencia, en otras palabras. Se llama insensibilidad al alcance. Tu cerebro imagina un solo pájaro forcejeando en un estanque de petróleo, y esa imagen crea cierta cantidad de emoción que determina tu disposición a pagar. Pero nadie puede visualizar siquiera dos mil unidades de nada, así que la cantidad se tira directamente por la ventana. Ahora intenta corregir ese sesgo con respecto a cien billones de briznas de hierba sintientes, y te darás cuenta de que esto podría ser miles de veces más importante de lo que solíamos creer que era toda la especie humana… oh, gracias a Azathoth, aquí dice que solo son las mandrágoras las que pueden hablar y que hablan lenguaje humano normal en voz alta, no que haya un hechizo que puedas usar para hablar con cualquier planta…

—Ron vino a verme ayer por la mañana durante el desayuno —dijo Hermione. Ahora su voz sonaba un poco apagada, un poco triste, quizá incluso un poco asustada—. Dijo que se había quedado horriblemente impactado al verme besarte. Que lo que dijiste mientras estabas dementado debería haberme mostrado cuánto mal escondías dentro. Y que si yo iba a ser seguidora de un mago tenebroso, entonces no estaba seguro de querer seguir en mi ejército.

Las manos de Harry habían dejado de pasar páginas. Parecía que el cerebro de Harry, pese a todo su conocimiento abstracto, seguía siendo incapaz de apreciar el alcance a ningún nivel emocional real, porque acababa de redirigir a la fuerza su atención, alejándola de billones de briznas de hierba posiblemente sintientes que quizá estuvieran sufriendo o muriendo incluso mientras hablaban, y llevándola hacia la vida de un único ser humano que resultaba ser más cercano y querido.

—Ron es el capullo más gigantesco del mundo —dijo Harry—. No lo van a publicar pronto en el periódico, porque no es noticia. Así que después de echarlo, ¿cuántos brazos y piernas le rompiste?

—Intenté decirle que no era así —continuó Hermione con la misma voz apagada—. Intenté decirle que tú no eras así, y que no era eso lo que había entre nosotros dos, pero solo pareció volverlo aún más… más como era él.

—Bueno, sí —dijo Harry. Le sorprendió no sentirse más enfadado con el capitán Weasley, pero su preocupación por Hermione parecía estar anulando eso, por ahora—. Cuanto más intentas justificarte ante gente así, más reconoces que tienen derecho a cuestionarte. Eso muestra que crees que pueden actuar como tus inquisidores, y una vez le concedes a alguien esa clase de poder sobre ti, solo presiona más y más. —Aquella era una de las lecciones de Draco Malfoy que Harry había considerado bastante inteligente: la gente que intentaba defenderse acababa siendo interrogada sobre cada pequeño punto y nunca podía satisfacer a sus interrogadores; pero si dejabas claro desde el principio que eras una celebridad y estabas por encima de las convenciones sociales, la mente de la gente ni siquiera se molestaba en registrar la mayoría de las infracciones—. Por eso cuando Ron vino a verme mientras me sentaba en la mesa de Ravenclaw y me dijo que me mantuviera alejado de ti, puse la mano sobre el suelo y dije: «¿Ves a qué altura tengo la mano? Tu inteligencia tiene que llegar al menos hasta aquí para hablar conmigo». Entonces me acusó de, cito, arrastrarte a la oscuridad, fin de la cita, así que fruncí los labios e hice schluuuuurp, y después de eso su boca seguía haciendo esos ruidos de hablar, así que puse un encantamiento silenciador. No creo que vuelva a intentar sermonearme.

—Entiendo por qué hiciste eso —dijo Hermione, con la voz tensa—. Yo también quería soltarle cuatro cosas, pero ojalá no lo hubieras hecho, ¡me lo va a poner más difícil, Harry!

Harry levantó la vista de Astucia vegetal otra vez; a este paso no iba a leer nada. Y vio que Hermione seguía leyendo el libro que tuviera entre manos, sin mirarlo. Sus manos pasaron otra página mientras él la observaba.

—Creo que estás abordándolo mal al intentar defenderte siquiera —dijo Harry—. Lo digo en serio. Tú eres quien eres. Eres amiga de quien tú eliges. Dile a cualquiera que te cuestione que se vaya a la mierda.

Hermione se limitó a negar con la cabeza y pasó otra página.

—Opción dos —dijo Harry—. Ve a Fred y George y diles que tengan una charlita con su hermano descarriado; esos dos sí son buenos de verdad…

—No es solo Ron —dijo Hermione casi en un susurro—. Mucha gente lo está diciendo, Harry. Incluso Mandy me mira preocupada cuando cree que no la estoy mirando. ¿No es gracioso? Yo no paro de preocuparme de que el profesor Quirrell te esté arrastrando a la oscuridad, y ahora la gente me advierte a mí exactamente igual que yo intento advertirte a ti.

—Bueno, sí —dijo Harry—. ¿Eso no te tranquiliza un poco sobre el profesor Quirrell y yo?

—En una palabra —dijo Hermione—, no.

Hubo un silencio lo bastante largo para que Hermione pasara otra página, y entonces su voz, esta vez en un susurro de verdad, dijo:

—Y… y Padma está yendo por ahí diciéndole a todo el mundo que, que como no pude lanzar el e-encantamiento Patronus, debo de estar solo f-fingiendo ser b-buena…

—¡Padma ni siquiera lo intentó ella misma! —dijo Harry indignado—. Si fueras una bruja tenebrosa que solo estuviera fingiendo, no lo habrías intentado delante de todos. ¿Creen que eres estúpida?

Hermione sonrió un poco y parpadeó unas cuantas veces.

—Eh, yo tengo que preocuparme por volverme malvado de verdad. Aquí el peor caso es que la gente piense que eres más malvada de lo que eres en realidad. ¿Eso va a matarte? Quiero decir, ¿tan malo es?

La niña asintió, con la cara apretada.

—Mira, Hermione… si te preocupa tanto lo que piensen los demás, si eres infeliz cada vez que otra gente no te imagina exactamente igual que tú te imaginas a ti misma, entonces ya te estás condenando a ser siempre infeliz. Nadie piensa nunca en nosotros exactamente igual que nosotros pensamos en nosotros mismos.

—No sé cómo explicártelo —dijo Hermione con una voz triste y suave—. No estoy segura de que sea algo que puedas llegar a entender, Harry. Lo único que se me ocurre decir es: ¿cómo te sentirías si yo pensara que eres malvado?

—Eh… —Harry lo visualizó—. Sí, eso dolería. Mucho. Pero tú eres una buena persona que piensa inteligentemente sobre esa clase de cosas; te has ganado ese poder sobre mí, significaría algo si pensaras que me he torcido. No se me ocurre ni un solo estudiante más, aparte de ti, cuya opinión me importara de esa manera…

—Tú puedes vivir así —susurró Hermione Granger—. Yo no.

La niña había pasado otras tres páginas en silencio, y Harry había vuelto a posar los ojos en su propio libro e intentaba recuperar la concentración, cuando Hermione dijo por fin, con voz pequeña:

—¿Estás realmente seguro de que no debo saber cómo lanzar el encantamiento Patronus?

—Yo… —Harry tuvo que tragar un nudo repentino en la garganta. De pronto se vio a sí mismo sin saber por qué el encantamiento Patronus no le funcionaba, sin poder enseñárselo a Draco, simplemente oyendo que había una razón, y nada más—. Hermione, tu Patronus brillaría con la misma luz, pero no sería normal, no tendría el aspecto que la gente cree que deben tener los Patronus; cualquiera que lo viera sabría que ocurre algo extraño. Aunque te contara el secreto, no podrías demostrarlo a nadie, a menos que les hicieras mirar hacia otro lado para que solo pudieran ver la luz, y… y la parte más importante de cualquier secreto es saber que el secreto existe. Solo podrías enseñárselo a una o dos amigas si les hicieras jurar que guardarían el secreto… —La voz de Harry se apagó impotente.

—Me vale —dijo ella, todavía con voz pequeña.

Era muy difícil no soltarle el secreto allí mismo, en la biblioteca.

—Yo, no debería, de verdad que no debería, es peligroso, Hermione, ¡podría hacer mucho daño si ese secreto saliera a la luz! ¿No has oído el dicho de que tres pueden guardar un secreto si dos están muertos? ¿Que contárselo solo a tus amigos más cercanos es lo mismo que contárselo a todo el mundo, porque no solo confías en ellos, sino en todos aquellos en quienes ellos confían? ¡Es demasiado importante, demasiado arriesgado, no es el tipo de decisión que debería tomarse para arreglarle a alguien la reputación en el colegio!

—Vale —dijo Hermione. Cerró el libro y lo volvió a poner en la estantería—. No puedo concentrarme ahora mismo, Harry, lo siento.

—Si hay algo más que pueda hacer…

—Sé más amable con todo el mundo.

La niña no miró atrás mientras salía de entre las estanterías, lo que quizá fuera bueno, porque el chico se había quedado congelado en el sitio, inmóvil.

Al cabo de un rato, el chico volvió a pasar páginas.