El canto de Fawkes se fue apagando suavemente hasta no ser nada.

Harry se incorporó desde donde había estado tendido sobre la hierba castigada por el invierno, con Fawkes todavía posado en su hombro.

Hubo inspiraciones bruscas a su alrededor.

—Harry —dijo Seamus con voz temblorosa—, ¿estás bien?

La paz del fénix seguía dentro de él, y el calor, desde donde Fawkes estaba posado. Calor, extendiéndose por todo su cuerpo, y el recuerdo de la canción, aún vivo en la presencia del fénix. Le habían ocurrido cosas terribles, pensamientos terribles habían pasado por él. Había recuperado un recuerdo imposible, aunque el dementor lo hubiese obligado a profanarlo. Una palabra extraña seguía resonando en su mente.

Y todo eso podía dejarse en suspenso para más tarde, mientras el fénix aún brillaba rojo y dorado bajo el sol poniente.

Fawkes graznó hacia él.

—¿Algo que tengo que hacer? —le dijo Harry a Fawkes—. ¿Qué?

Fawkes inclinó la cabeza en dirección al dementor.

Harry miró el horror invisible que seguía en su jaula, luego volvió a mirar al fénix, desconcertado.

—¿Señor Potter? —dijo la voz de Minerva McGonagall a sus espaldas—. ¿Está bien?

Harry se puso en pie y se giró.

Minerva McGonagall lo miraba con expresión muy preocupada; Albus Dumbledore, a su lado, lo estudiaba con atención; Filius Flitwick parecía tremendamente aliviado; y todos los alumnos, sin más, lo miraban fijamente.

—Creo que sí, profesora McGonagall —dijo Harry con calma. Casi había dicho Minerva antes de lograr detenerse. Mientras Fawkes estuviera en su hombro, al menos, Harry estaba bien; tal vez se derrumbase un momento después de que Fawkes se marchara, pero de algún modo pensamientos como ese no parecían importantes—. Creo que estoy bien.

Debería haber habido vítores, o suspiros de alivio, o algo, pero nadie parecía saber qué decir, nadie en absoluto.

La paz del fénix permanecía.

Harry se volvió de nuevo.

—¿Hermione? —dijo.

Todos los que tenían la menor pizca de romanticismo en el corazón contuvieron la respiración.

—No sé muy bien cómo dar las gracias con elegancia —dijo Harry en voz baja—, igual que no sé disculparme. Todo lo que puedo decirte es que si te preguntas si era lo correcto, lo era.

El niño y la niña se miraron a los ojos.

—Lo siento —dijo Harry—. Por lo que va a pasar ahora. Si hay algo que pueda hacer…

—No —respondió Hermione—. No lo hay. Pero no pasa nada.

Luego se apartó de Harry y se alejó, hacia el sendero que llevaba de vuelta a las puertas de Hogwarts.

Varias chicas miraron a Harry con desconcierto, y luego la siguieron. Mientras se iban, empezaron a oírse las preguntas excitadas.

Harry las miró mientras se marchaban, luego volvió a mirar a los demás alumnos. Lo habían visto en el suelo, gritando, y…

Fawkes le rozó la mejilla con el pico, brevemente.

…y eso les ayudaría algún día, entender que el Niño Que Vivió también podía sufrir, también podía estar destrozado. Para que cuando ellos mismos estuvieran sufriendo y destrozados, recordaran haber visto a Harry retorciéndose en el suelo, y supieran que su propio dolor y sus propios problemas no significaban que nunca fueran a llegar a nada. ¿Había calculado eso el director, cuando había permitido que los otros alumnos se quedaran mirando?

Los ojos de Harry volvieron a la alta capa hecha jirones, casi distraídamente, y sin ser del todo consciente de lo que decía, Harry dijo:

—No debería existir.

—Ah —dijo una voz seca y precisa—. Pensé que tal vez diríais eso. Lamento mucho deciros, señor Potter, que no se puede matar a los dementores. Muchos lo han intentado.

—¿Ah, sí? —dijo Harry, todavía distraído—. ¿Qué intentaron?

—Hay cierto hechizo extremadamente peligroso y destructivo —dijo el profesor Quirrell— que no nombraré aquí; un hechizo de fuego maldito. Es lo que usaríais para destruir un artefacto antiguo como el Sombrero Seleccionador. No tiene efecto alguno sobre los dementores. Son inmortales.

—No son inmortales —dijo el director. Las palabras eran suaves; la mirada, aguda—. No poseen vida eterna. Son heridas en el mundo, y atacar una herida solo la hace más grande.

—Hm —dijo Harry—. Supongamos que lo arrojaras al Sol. ¿Sería destruido?

—¿Arrojarlo al Sol? —chilló el profesor Flitwick, con aspecto de querer desmayarse.

—Parece improbable, señor Potter —dijo secamente el profesor Quirrell—. El Sol es muy grande, después de todo; dudo que el dementor tuviera mucho efecto sobre él. Pero no es una prueba que me gustaría intentar, señor Potter, por si acaso.

—Ya veo —dijo Harry.

Fawkes graznó una última vez, extendió las alas alrededor de la cabeza de Harry y luego se lanzó desde Harry. Se lanzó directamente hacia el dementor, chillando un gran grito penetrante de desafío que resonó por todo el campo. Y antes de que nadie pudiera reaccionar a aquello, hubo un destello de fuego, y Fawkes desapareció.

La paz se desvaneció, un poco.

El calor se desvaneció, un poco.

Harry inspiró profundamente y volvió a soltar el aire.

—Sí —dijo Harry—. Sigo vivo.

Otra vez aquel silencio, otra vez la ausencia de vítores; nadie parecía saber cómo responder…

—Es bueno saber que os habéis recuperado por completo, señor Potter —dijo el profesor Quirrell con firmeza, como si negara cualquier otra posibilidad—. Ahora, creo que la señorita Ransom era la siguiente.

Eso inició una pequeña discusión, en la que el profesor Quirrell tenía razón y todos los demás estaban equivocados. El profesor de Defensa señaló que, pese a las emociones comprensibles de todos los presentes, la posibilidad de que le ocurriera un percance similar a cualquier otro alumno rozaba lo infinitesimal; tanto más cuanto que ahora sabían evitar accidentes con las varitas.

Y, mientras tanto, había otros alumnos que necesitaban tener su mejor oportunidad de lanzar un encantamiento Patronus corpóreo, o bien aprender cómo se sentía un dementor para poder huir, y descubrir su propio grado de vulnerabilidad…

Al final resultó que Dean Thomas y Ron Weasley, de Gryffindor, eran los únicos que aún estaban dispuestos a acercarse siquiera al dementor, lo cual simplificó la discusión.

Harry lanzó una mirada en dirección al dementor. La palabra volvió a resonar en su mente.

Muy bien, pensó Harry, si el dementor es un acertijo, ¿cuál es la respuesta?

Y así, sin más, resultó obvio.

Harry miró la jaula empañada, ligeramente corroída.

Vio lo que yacía bajo la alta capa hecha jirones.

Así que eso era.

La profesora McGonagall se acercó y habló con Harry. No había visto lo peor, así que en sus ojos solo había un leve brillo húmedo. Harry le dijo que necesitaba hablar con ella después y hacerle una pregunta que había estado posponiendo desde hacía un tiempo, pero que no tenía por qué ser ahora mismo, si estaba ocupada. Había algo en su aspecto que sugería que la habían arrancado de algo importante; y Harry se lo señaló, y dijo que sinceramente no tenía por qué sentirse culpable por marcharse.

Aquello le valió una mirada algo severa, pero luego se marchó, apresuradamente, con la promesa de que hablarían más tarde.

Dean Thomas lanzó de nuevo su oso blanco, incluso en presencia del dementor; y Ron Weasley levantó un escudo adecuado de niebla chispeante. Lo cual dio por concluido el día, en lo que concernía a todos los demás, y el profesor Flitwick empezó a arrear a los alumnos de vuelta a Hogwarts. Cuando quedó claro que Harry pretendía quedarse atrás, el profesor Flitwick lo miró con curiosidad; y Harry, por su parte, lanzó una mirada significativa a Dumbledore.

Harry no sabía qué entendió el profesor Flitwick de aquello, pero después de una mirada afilada de advertencia, su jefe de casa se marchó.

Y así solo quedaron Harry, el profesor Quirrell, el director Dumbledore y el trío de aurores.

Habría sido mejor librarse primero del trío, pero a Harry no se le ocurría una buena forma de hacerlo.

—Muy bien —dijo el auror Komodo—, llevémoslo de vuelta.

—Perdone —dijo Harry—. Me gustaría intentarlo otra vez con el dementor.


La petición de Harry se encontró con cierta oposición de la variedad estás completamente loco, aunque solo el auror Butnaru lo dijo realmente en voz alta.

—Fawkes me lo ha dicho —dijo Harry.

Eso no venció toda la oposición, a pesar de la expresión de shock que produjo en el rostro de Dumbledore. La discusión continuó, y estaba empezando a desgastar los bordes de la paz restante del fénix, cosa que irritó a Harry, aunque solo un poco.

—Miren —dijo Harry—, estoy bastante seguro de que sé qué estaba haciendo mal antes. Hay un tipo de persona que tiene que usar una clase distinta de pensamiento cálido y feliz. Solo déjenme intentarlo, ¿vale?

Eso tampoco resultó persuasivo.

—Creo —dijo finalmente el profesor Quirrell, mirando a Harry con los ojos entornados— que si no le permitimos hacer esto bajo supervisión, en algún momento u otro quizá se escabulla y busque un dementor por su cuenta. ¿Os acuso falsamente, señor Potter?

Hubo una pausa horrorizada ante aquello. Parecía un buen momento para jugar su carta triunfal.

—No me importa que el director mantenga levantado su propio Patronus —dijo Harry. Porque estaré en presencia de un dementor de todos modos, con Patronus o sin él.

Eso produjo confusión, incluso el profesor Quirrell parecía desconcertado; pero el director acabó accediendo, dado que no parecía probable que Harry pudiera sufrir daño a través de cuatro Patronus.

Si el dementor no pudiera alcanzarte a través de tu Patronus en algún nivel, Albus Dumbledore, no verías a un hombre desnudo doloroso de mirar…

Harry no lo dijo en voz alta, por razones obvias.

Y empezaron a caminar hacia el dementor.

—Director —dijo Harry—, suponga que la puerta de Ravenclaw le preguntara este acertijo: ¿Qué yace en el centro de un dementor? ¿Qué respondería?

—Miedo —dijo el director.

Era un error bastante sencillo. El dementor se acercaba, y el miedo se apoderaba de ti. El miedo dolía, sentías que el miedo te debilitaba, querías que el miedo desapareciera.

Era natural pensar que el miedo era el problema.

Así que habían concluido que el dementor era una criatura de puro miedo, que allí no había nada que temer salvo al propio miedo, que el dementor no podía hacerte daño si no tenías miedo…

Pero…

¿Qué yace en el centro de un dementor?

Miedo.

¿Qué es tan horrible que la mente se niega a verlo?

Miedo.

¿Qué es imposible de matar?

Miedo.

…no encajaba del todo, una vez te parabas a pensarlo.

Aunque estaba bastante claro por qué la gente sería reacia a mirar más allá de la primera respuesta.

La gente entendía el miedo.

La gente sabía qué se suponía que debía hacer con el miedo.

Así que, frente a un dementor, no sería precisamente reconfortante preguntarse: «¿Y si el miedo es solo un efecto secundario en lugar del problema principal?».

Habían llegado muy cerca de la jaula del dementor, custodiada por cuatro Patronus, cuando se oyeron inspiraciones bruscas de los tres aurores y del profesor Quirrell. Todos los rostros se volvieron hacia el dementor, como si escucharan; había horror en la cara del auror Goryanof.

Luego el profesor Quirrell levantó la cabeza, con el rostro endurecido, y escupió hacia el dementor.

—Supongo que no le ha gustado que le quitaran su presa —dijo Dumbledore en voz baja—. Bueno. Si llega a ser necesario, Quirinus, siempre habrá refugio para ti en Hogwarts.

—¿Qué ha dicho? —dijo Harry.

Todas las cabezas giraron para mirarlo.

—¿No lo has oído…? —dijo Dumbledore.

Harry negó con la cabeza.

—Me ha dicho —dijo el profesor Quirrell— que me conocía, y que algún día me daría caza, allí donde intentara esconderme. Su rostro estaba rígido, sin mostrar miedo.

—Ah —dijo Harry—. Yo no me preocuparía por eso, profesor Quirrell. No es como si los dementores pudieran hablar de verdad, o pensar; la estructura que tienen la toman prestada de vuestra propia mente y de vuestras expectativas…

Ahora todos le dirigían miradas muy extrañas. Los aurores se miraban nerviosamente entre ellos, al dementor, a Harry.

Y estaban justo delante de la jaula del dementor.

—Son heridas en el mundo —dijo Harry—. Es solo una conjetura a ciegas, pero apuesto a que quien dijo eso fue Godric Gryffindor.

—Sí… —dijo Dumbledore—. ¿Cómo lo sabías?

Es un error común, pensó Harry, creer que todos los mejores racionalistas son Seleccionados para Ravenclaw, y que no queda ninguno para las otras casas. No es así; ser Seleccionado para Ravenclaw indica que tu virtud más fuerte es la curiosidad, preguntarte cosas y desear conocer la verdadera respuesta. Y esa no es la única virtud que necesita un racionalista. A veces tienes que trabajar duro en un problema, y persistir durante un tiempo. A veces necesitas un plan ingenioso para averiguar algo.

Y a veces lo que necesitas más que cualquier otra cosa para ver una respuesta es el valor de enfrentarte a ella…

La mirada de Harry fue hacia lo que yacía bajo la capa, el horror mucho peor que cualquier momia putrefacta. Rowena Ravenclaw quizá también lo hubiera sabido, porque era un acertijo bastante obvio una vez lo veías como acertijo.

Y también era obvio por qué los Patronus eran animales. Los animales no lo sabían, y por eso estaban protegidos del miedo.

Pero Harry lo sabía, y siempre lo sabría, y nunca sería capaz de olvidarlo. Había intentado enseñarse a mirar la realidad de frente sin estremecerse, y aunque Harry aún no había dominado ese arte, aun así aquellos surcos se habían grabado en su mente, el reflejo aprendido de mirar hacia el pensamiento doloroso en vez de apartarse de él. Harry nunca sería capaz de olvidar pensando en pensamientos cálidos y felices sobre otra cosa, y por eso el hechizo no le había funcionado.

Así que Harry pensaría un pensamiento cálido y feliz que no tratara sobre otra cosa.

Harry sacó la varita que el profesor Flitwick le había devuelto, colocó los pies en la postura inicial del encantamiento Patronus.

Dentro de su mente, Harry descartó los últimos restos de la paz del fénix, apartó la calma, el estado onírico, recordó en su lugar el grito penetrante de Fawkes, y se preparó para la batalla. Llamó a todos los fragmentos y elementos de sí mismo a despertar. Alzó dentro de sí toda la fuerza de la que el encantamiento Patronus pudiera llegar a alimentarse, para ponerse en el estado mental adecuado para el pensamiento cálido y feliz final; recordó todas las cosas luminosas.

Los libros que le había comprado su padre.

La sonrisa de mamá cuando Harry le había hecho a mano una tarjeta por el Día de la Madre, una cosa elaborada que había usado casi un cuarto de kilo de piezas electrónicas sobrantes del garaje para hacer luces parpadeantes y emitir una musiquilla, y que le había llevado tres días fabricar.

La profesora McGonagall diciéndole que sus padres habían muerto bien, protegiéndolo. Como así había sido.

Darse cuenta de que Hermione le seguía el ritmo e incluso corría más deprisa, que podían ser verdaderos rivales y amigos.

Sacar a Draco de la oscuridad, verlo avanzar despacio hacia la luz.

Neville y Seamus y Lavender y Dean y todos los demás que lo admiraban, todos aquellos por los que habría luchado para protegerlos si algo amenazaba Hogwarts.

Todo lo que hacía que la vida mereciera la pena.

Su varita se alzó hasta la posición inicial del encantamiento Patronus.

Harry pensó en las estrellas, la imagen que casi había contenido al dementor incluso sin un Patronus. Solo que esta vez Harry añadió el ingrediente que faltaba; nunca lo había visto de verdad, pero había visto las imágenes y el vídeo. La Tierra, ardiendo en azul y blanco con luz solar reflejada mientras colgaba en el espacio, en medio del vacío negro y los puntos brillantes de luz. Pertenecía allí, dentro de aquella imagen, porque era lo que daba sentido a todo lo demás.

La Tierra era lo que hacía significativas las estrellas, lo que las convertía en algo más que reacciones de fusión sin control, porque era la Tierra la que algún día colonizaría la galaxia y cumpliría la promesa del cielo nocturno.

¿Seguirían acosados por dementores, los hijos de los hijos de los hijos, los lejanos descendientes de la humanidad mientras caminaban de estrella en estrella? No. Por supuesto que no. Los dementores eran solo pequeñas molestias, palideciendo hasta no ser nada a la luz de aquella promesa; no eran inmortales, no eran invencibles, ni de lejos. Había que soportar pequeñas molestias, si eras uno de los pocos afortunados y desafortunados que habían nacido en la Tierra; en la Tierra Antigua, como algún día sería recordada.

Eso también formaba parte de lo que significaba estar vivo, si eras uno de la diminuta minoría de seres sintientes nacidos en el principio de todas las cosas, antes de que la vida inteligente hubiera alcanzado plenamente su poder. Que el futuro mucho más vasto dependía de lo que hicieras aquí, ahora, en los primeros días del alba, cuando todavía había tanta oscuridad contra la que luchar, y molestias temporales como los dementores.

Mamá y papá, la amistad de Hermione y el viaje de Draco, Neville y Seamus y Lavender y Dean, el cielo azul y el Sol brillante y todas las cosas luminosas, la Tierra, las estrellas, la promesa, todo lo que la humanidad era y todo en lo que se convertiría…

Sobre la varita, los dedos de Harry se movieron hasta sus posiciones iniciales; estaba listo, ahora, para pensar la clase correcta de pensamiento cálido y feliz.

Y los ojos de Harry miraron directamente aquello que yacía bajo la capa hecha jirones, miraron de frente aquello que había recibido el nombre de dementor. El vacío, la oquedad, el agujero en el universo, la ausencia de color y espacio, el desagüe abierto por el que el calor se vertía fuera del mundo.

El miedo que exudaba robaba todos los pensamientos felices, su cercanía drenaba tu poder y tu fuerza, su beso destruiría todo lo que eras.

Te conozco ahora, pensó Harry mientras su varita se sacudía una vez, dos, tres y cuatro veces, mientras sus dedos se deslizaban exactamente las distancias correctas, comprendo tu naturaleza, simbolizas la Muerte, por alguna ley de la magia eres una sombra que la Muerte proyecta sobre el mundo.

Y la Muerte no es algo que vaya a abrazar jamás.

Es solo una cosa infantil que la especie humana aún no ha superado.

Y algún día…

La superaremos…

Y la gente ya no tendrá que despedirse nunca más…

La varita se alzó y apuntó recta hacia el dementor.

—¡EXPECTO PATRONUM!

El pensamiento explotó desde él como una presa al romperse, bajó en oleada por su brazo hasta su varita, brotó de ella como luz blanca abrasadora. Luz que se volvió corpórea, tomó forma y sustancia.

Una figura con dos brazos, dos piernas y una cabeza, erguida; el animal Homo sapiens, la forma de un ser humano.

Brillando cada vez más mientras Harry vertía toda su fuerza en el hechizo, ardiendo con una luz incandescente más brillante que el atardecer en retirada, los aurores y el profesor Quirrell protegiéndose los ojos con sorpresa…

Y algún día, cuando los descendientes de la humanidad se hayan extendido de estrella en estrella, no les contarán a los niños la historia de la Tierra Antigua hasta que tengan edad suficiente para soportarla; y cuando la aprendan, llorarán al oír que algo como la Muerte había existido alguna vez.

La figura de un humano brillaba ahora más espléndida que el Sol de mediodía, tan radiante que Harry podía sentir su calor sobre la piel; y Harry envió todo su desafío contra la sombra de la Muerte, abriendo todas las compuertas dentro de sí para hacer que aquella forma brillante ardiera todavía más, y más todavía.

No eres invencible, y algún día la especie humana acabará contigo.

Yo acabaré contigo si puedo, por el poder de la mente y la magia y la ciencia.

No me encogeré de miedo ante la Muerte, no mientras tenga una oportunidad de ganar.

No dejaré que la Muerte me toque, no dejaré que la Muerte toque a quienes amo.

Y aunque acabes conmigo antes de que yo acabe contigo,

otro ocupará mi lugar, y otro,

hasta que la herida en el mundo sane por fin…

Harry bajó la varita, y la brillante figura de un humano se desvaneció.

Lentamente, exhaló.

Como despertando de un sueño, como abriendo los ojos después de dormir, la mirada de Harry se apartó de la jaula, miró alrededor y vio que todos lo estaban mirando fijamente.

Albus Dumbledore lo estaba mirando fijamente.

El profesor Quirrell lo estaba mirando fijamente.

El trío de aurores lo estaba mirando fijamente.

Todos lo miraban como si acabaran de verlo destruir un dementor.

La capa hecha jirones yacía vacía dentro de la jaula.