Capítulo 43: Humanismo, parte 1
El suave sol de enero brillaba sobre los fríos campos que rodeaban Hogwarts.
Para algunos estudiantes era una hora de estudio, y a otros les habían dejado salir de clase. Los alumnos de primero que se habían apuntado practicaban cierto hechizo, un hechizo que se aprendía con mucha más ventaja al aire libre, bajo el sol brillante y un cielo azul despejado, que encerrados en cualquier aula. También se consideraba que las galletas y la limonada ayudaban.
Los primeros gestos del hechizo eran complejos y precisos; movías la varita una vez, dos, tres y cuatro veces con pequeñas inclinaciones exactamente en los ángulos relativos correctos, desplazabas el índice y el pulgar exactamente las distancias correctas…
El Ministerio pensaba que eso significaba que era inútil intentar enseñarle el hechizo a nadie antes de quinto curso. Había habido unos pocos casos conocidos de niños más pequeños que lo habían aprendido, y aquello se había descartado como «genialidad».
Puede que no fuera una forma muy educada de expresarlo, pero Harry empezaba a ver por qué el profesor Quirrell había afirmado que el Comité Ministerial de Planes de Estudio habría aportado más beneficio al mundo mágico si lo hubieran usado como relleno sanitario.
Así que los gestos eran complicados y delicados. Eso no impedía aprenderlos con once años. Solo significaba que había que tener un cuidado extra y practicar cada parte durante mucho más tiempo de lo normal.
La mayoría de encantamientos que solo podían aprender los estudiantes mayores eran así porque requerían más fuerza mágica de la que cualquier alumno joven podía reunir. Pero el encantamiento Patronus no era así; no era difícil porque necesitase demasiada magia, era difícil porque exigía algo más que mera magia.
Exigía los sentimientos cálidos y felices que guardabas cerca del corazón, los recuerdos amorosos, una clase distinta de fuerza que no hacía falta para los hechizos corrientes.
Harry movió la varita una vez, dos, tres y cuatro veces, desplazó los dedos exactamente las distancias correctas…
—Buena suerte en el colegio, Harry. ¿Crees que te he comprado suficientes libros?
—Nunca se tienen demasiados libros… pero desde luego lo has intentado, ha sido un intento muy, muy, muy bueno…
La primera vez que Harry lo había recordado e intentado ponerlo en el hechizo, se le habían saltado las lágrimas.
Harry alzó la varita, la hizo girar y la blandió, un gesto que no tenía que ser preciso, solo audaz y desafiante.
—¡Expecto Patronum! —gritó Harry.
No pasó nada.
Ni un solo destello de luz.
Cuando Harry levantó la mirada, Remus Lupin seguía estudiando la varita, con una expresión bastante preocupada en su rostro levemente marcado por cicatrices.
Por fin Remus negó con la cabeza.
—Lo siento, Harry —dijo el hombre en voz baja—. El movimiento de varita era exactamente correcto.
Y tampoco había ni un destello de luz en ninguna otra parte, porque todos los demás alumnos de primero que se suponía que estaban practicando sus encantamientos Patronus habían estado mirando a Harry de reojo.
Las lágrimas amenazaban con volver a los ojos de Harry, y no eran lágrimas felices. De todas las cosas, de todas las cosas, Harry nunca se había esperado aquello.
Había algo horriblemente humillante en que te informasen de que no eras lo bastante feliz.
¿Qué tenía Anthony Goldstein dentro de sí que Harry no tenía, que hacía que su varita brillase con aquella luz intensa?
¿Anthony quería más a su propio padre?
—¿Qué pensamiento estabas usando para lanzarlo? —dijo Remus.
—Mi padre —dijo Harry, con la voz temblorosa—. Le pedí que me comprase algunos libros antes de venir a Hogwarts, y lo hizo, y eran caros, y luego me preguntó si eran suficientes…
Harry no intentó explicar el lema de la familia Verres.
—Descansa antes de probar con otro pensamiento, Harry —dijo Remus. Hizo un gesto hacia donde otros estudiantes estaban sentados en el suelo, con aspecto decepcionado, avergonzado o pesaroso—. No podrás lanzar un encantamiento Patronus mientras te sientas avergonzado por no ser lo bastante agradecido.
Había una compasión amable en la voz del señor Lupin, y por un momento Harry tuvo ganas de golpear algo.
En lugar de eso, Harry se dio la vuelta y marchó con paso airado hacia donde estaban sentados los otros fracasos. Los otros estudiantes cuyo movimiento de varita también había sido declarado perfecto, y que ahora se suponía que debían buscar pensamientos más felices; por sus caras, no estaban progresando mucho. Allí había muchas túnicas ribeteadas de azul oscuro, y un puñado de rojas, y una única chica de Hufflepuff que seguía llorando.
Los Slytherin ni siquiera se habían molestado en aparecer, salvo Daphne Greengrass y Tracey Davis, que seguían intentando acertar con los gestos.
Harry se dejó caer sobre la hierba fría y muerta del invierno, junto a la estudiante cuyo fracaso más le había sorprendido.
—Así que tú tampoco has podido hacerlo —dijo Hermione. Al principio había huido del campo, pero luego había vuelto, y había que mirarle de cerca los ojos enrojecidos para ver que había estado llorando.
—Yo —dijo Harry—, yo, probablemente me sentiría mucho peor por eso si tú no hubieras fallado, eres la persona más buena que conozco, que he conocido nunca, Hermione, y si tú tampoco puedes hacerlo, eso significa que quizá yo aún sea, sea bueno…
—Tendría que haber ido a Gryffindor —susurró Hermione. Parpadeó con fuerza varias veces, pero no se limpió los ojos.
El chico y la chica caminaron juntos hacia delante, desde luego sin cogerse de la mano, pero cada uno extrayendo una especie de fuerza de la presencia del otro, algo que les permitía ignorar los susurros de sus compañeros de curso mientras recorrían el pasillo que se acercaba a las grandes puertas de Hogwarts.
Harry no había sido capaz de lanzar el encantamiento Patronus sin importar qué pensamiento feliz intentase. La gente no había parecido sorprendida por eso, lo cual lo hacía todavía peor. Hermione tampoco había sido capaz de hacerlo. La gente se había quedado muy sorprendida por eso, y Harry la había visto empezar a recibir las mismas miradas de reojo que él. Los otros Ravenclaw que habían fallado no recibían esas miradas.
Pero Hermione era la General Luz del Sol, y sus admiradores lo estaban tratando como si de algún modo ella les hubiera fallado, como si hubiera traicionado una promesa que nunca había hecho.
Los dos habían ido a la biblioteca a investigar el encantamiento Patronus, que era la forma de Hermione de lidiar con la angustia, como a veces también lo era la de Harry. Estudiar, aprender, intentar entender por qué…
Los libros habían confirmado lo que el director le había dicho a Harry: a menudo, los magos que no podían lanzar el encantamiento Patronus durante la práctica sí podían hacerlo en presencia de un dementor real, pasando de un fracaso completo a un Patronus corpóreo pleno. Desafiaba toda lógica; el aura de miedo del dementor debería hacer más difícil manejar un pensamiento feliz; pero así eran las cosas.
Así que los dos iban a darle un último intento; no había forma de que ninguno de los dos no le diese un último intento.
Era el día en que el dementor venía a Hogwarts.
Antes, Harry había destransformado la roca de su padre de donde normalmente descansaba en su anillo del meñique, en forma de diminuto diamante, y había vuelto a meter la enorme piedra gris en su bolsa. Por si acaso la magia de Harry fallaba por completo cuando se enfrentase a la más oscura de todas las criaturas.
Harry ya había empezado a sentirse pesimista, y todavía ni siquiera estaba delante de un dementor.
—Apuesto a que tú puedes hacerlo y yo no —dijo Harry en un susurro—. Apuesto a que eso es lo que pasa.
—A mí me parecía mal —dijo Hermione, con la voz aún más baja que la suya—. Lo he intentado esta mañana y me he dado cuenta. Cuando hacía el gesto de blandir la varita al final, incluso antes de decir las palabras, me parecía mal.
Harry no dijo nada. Él había sentido lo mismo, desde el principio, aunque le habían hecho falta otros cinco intentos usando otros cinco pensamientos felices para poder reconocérselo a sí mismo. Cada vez que intentaba blandir la varita, se había sentido hueco; el hechizo que estaba intentando aprender no encajaba con él.
—Eso no significa que vayamos a ser magos tenebrosos —dijo Harry—. Mucha gente que no puede lanzar el encantamiento Patronus no son magos tenebrosos. Godric Gryffindor no era un mago tenebroso…
Godric había derrotado a Señores Tenebrosos, había luchado para proteger a los plebeyos de las Casas Nobles y a los muggles de los magos. Había tenido muchos amigos buenos y verdaderos, y no había perdido a más de la mitad en una causa justa u otra. Había escuchado los gritos de los heridos en los ejércitos que había levantado para defender a los inocentes; jóvenes magos valientes se habían reunido a su llamada, y él los había enterrado después.
Hasta que por fin, cuando su magia apenas empezaba a fallarle en la vejez, había reunido a los otros tres magos más poderosos de su era para alzar Hogwarts desde el suelo desnudo; el único gran logro asociado al nombre de Godric que no trataba de la guerra, de ninguna clase de guerra, por justa que fuera. Fue Salazar, y no Godric, quien enseñó la primera clase de Magia de Combate de Hogwarts. Godric enseñó la primera clase de Herbología de Hogwarts, las magias de la vida verde y creciente.
Hasta su último día nunca había podido lanzar el encantamiento Patronus.
Godric Gryffindor había sido un buen hombre, no un hombre feliz.
Harry no creía en la angustia adolescente, no soportaba leer sobre héroes quejicas, sabía que mil millones de personas en el mundo habrían dado cualquier cosa por cambiarse por él, y…
Y en su lecho de muerte, Godric le había dicho a Helga —pues Salazar lo había abandonado y Rowena había muerto antes— que no se arrepentía de nada, y que no estaba advirtiendo a sus estudiantes de que no siguieran sus pasos, que nadie dijese jamás que él le había dicho a nadie que no siguiera sus pasos. Si había sido lo correcto para él, entonces no le diría a nadie más que eligiese mal, ni siquiera al estudiante más joven de Hogwarts.
Y aun así, para aquellos que sí siguieran sus pasos, esperaba que recordasen que Gryffindor le había dicho a su Casa que estaba bien que ellos fuesen más felices que él. Que el rojo y el dorado serían colores brillantes y cálidos, desde entonces.
Y Helga le había prometido, llorando, que cuando ella fuese directora se aseguraría de que así fuera.
Tras lo cual Godric había muerto, y no había dejado ningún fantasma tras de sí; y Harry le había devuelto el libro a Hermione de un empujón y se había alejado un poco para que ella no lo viera llorar.
Uno no pensaría que un libro con un título inocente como El encantamiento Patronus: magos que pudieron y que no pudieron sería el libro más triste que Harry había leído jamás.
Harry…
Harry no quería eso.
Estar en ese libro.
Harry no quería eso.
El resto del colegio parecía pensar simplemente que Sin Patronus significaba Mala Persona, así de simple. De algún modo, el hecho de que Godric Gryffindor tampoco hubiera podido lanzar el encantamiento Patronus no parecía repetirse. Tal vez la gente no hablaba de ello por respeto a su último deseo, Fred y George probablemente no lo sabían, y Harry desde luego no pensaba decírselo.
O tal vez los otros fracasados no lo mencionaban porque era menos vergonzoso, una pérdida menor de orgullo y estatus, que te creyeran tenebroso antes que infeliz.
Harry vio que Hermione, a su lado, parpadeaba con fuerza; y se preguntó si estaría pensando en Rowena Ravenclaw, que también había amado los libros.
—Vale —susurró Harry—. Pensamientos más felices. Si consigues un Patronus corpóreo completo, ¿qué animal crees que será?
—Una nutria —dijo Hermione de inmediato.
—¿Una nutria? —susurró Harry con incredulidad.
—Sí, una nutria —dijo Hermione—. ¿Y el tuyo?
—Halcón peregrino —dijo Harry sin dudar—. Puede lanzarse en picado a más de trescientos kilómetros por hora, es la criatura viva más rápida que existe.
El halcón peregrino había sido el animal favorito de Harry desde siempre. Harry estaba decidido a convertirse en animago algún día, solo para tener esa forma, y volar con la fuerza de sus propias alas, y ver la tierra bajo él con ojos más agudos…
—Pero ¿por qué una nutria?
Hermione sonrió, pero no dijo nada.
Y las enormes puertas de Hogwarts se abrieron.
Los niños caminaron durante un rato por un sendero que conducía hacia el bosque no-prohibido, y siguieron a través del propio bosque. El sol descendía ya cerca del horizonte, las sombras eran largas, la luz se filtraba por las ramas desnudas de los árboles invernales; pues era enero, y los de primero eran los últimos en aprender aquel día.
Entonces el sendero viró y tomó una nueva dirección, y todos lo vieron a lo lejos, el claro del bosque, y el terreno reseco del invierno, hierba seca amarillenta blanqueada por unos pocos restos pequeños de nieve.
Las figuras humanas aún eran pequeñas a esa distancia. Los dos puntos de luz blanca tenue de los Patronus de los aurores, y el punto más brillante de luz plateada del director, junto a algo…
Harry entornó los ojos.
Algo…
Debía de ser pura imaginación de Harry, porque no debería haber forma de que un dementor alcanzase más allá de tres Patronus corpóreos, pero creyó sentir un roce de vacío rozándole la mente, rozando directamente el centro interior blando de sí mismo sin ningún respeto por las barreras de Oclumancia.
Seamus Finnigan estaba ceniciento y tembloroso cuando volvió a unirse a los estudiantes que se arremolinaban sobre la hierba marchita y salpicada de nieve. El encantamiento Patronus de Seamus había tenido éxito, pero seguía existiendo ese intervalo entre el momento en que el director disipaba su propio Patronus y el momento en que se suponía que tú lanzabas el tuyo, cuando te enfrentabas al miedo del dementor sin escudo.
Hasta veinte segundos de exposición a cinco pasos era sin duda seguro, incluso para un mago de once años con resistencia débil y un cerebro aún en maduración. Había mucha variación en la dureza con que el poder del dementor golpeaba a la gente, que era otra cosa no del todo comprendida; pero veinte segundos eran definitivamente seguros.
Cuarenta segundos de exposición al dementor a cinco pasos quizá podían bastar para causar daños permanentes, aunque solo en los sujetos más sensibles.
Era un entrenamiento duro incluso según los estándares de Hogwarts, donde la forma en que aprendías a volar en un hipogrifo era que te subieran a uno y te dijeran que te pusieras en marcha. Harry no era partidario de la sobreprotección, y si mirabas la diferencia de madurez entre un estudiante de cuarto de Hogwarts y un muggle de catorce años, estaba claro que los muggles asfixiaban a sus hijos… pero incluso Harry había empezado a preguntarse si aquello no era pasarse. No todas las heridas podían curarse después.
Pero si no podías lanzar el hechizo en esas condiciones, significaba que no podías confiar en usar el encantamiento Patronus para defenderte; el exceso de confianza era aún más peligroso para los magos que para los muggles. Los dementores podían drenar tu magia y tu vitalidad física, no solo tus pensamientos felices, lo cual significaba que quizá no podrías Aparecerte lejos si esperabas demasiado, o si no reconocías el miedo que se acercaba hasta que el dementor estuviera dentro del alcance de su ataque.
(Durante sus lecturas, Harry había descubierto con considerable horror que algunos libros afirmaban que el Beso del dementor se comía tu alma y que esa era la razón del coma permanente y sin mente en que dejaba a las víctimas. Y que los magos que creían eso habían usado deliberadamente el Beso del dementor para ejecutar criminales. Era una certeza que algunos de los llamados criminales eran inocentes, e incluso si no lo eran, ¿destruir sus almas? Si Harry hubiera creído en las almas, habría…
se había quedado en blanco, simplemente no se le ocurría una respuesta apropiada a eso.)
El director se tomaba la seguridad en serio, y también los tres aurores que montaban guardia. Su líder era un hombre de aspecto asiático, solemne sin resultar sombrío, el auror Komodo, cuya varita nunca abandonaba su mano. Su Patronus, un orangután de sólida luz de luna, caminaba de un lado a otro entre el dementor y los alumnos de primero que aguardaban su turno; junto al orangután se movía la brillante pantera blanca del auror Butnaru, un hombre de mirada penetrante, largo pelo negro en coleta y una perilla larga y trenzada.
Aquellos dos aurores, y sus dos Patronus, observaban todos al dementor. En el lado opuesto de los estudiantes estaba el auror Goryanof, de descanso, alto, delgado, pálido y sin afeitar, recostado en una silla que había conjurado sin palabra ni varita, y manteniendo una inexpresividad distraída mientras escrutaba toda la escena. El profesor Quirrell había aparecido no mucho después de que los de primero empezaran sus intentos, y sus ojos nunca se alejaban demasiado de Harry.
El diminuto profesor Flitwick, que había sido campeón duelista, jugueteaba distraídamente con su varita; y sus ojos, que asomaban desde la enorme barba esponjosa que le servía de cara, permanecían fijos en el profesor Quirrell.
Y debía de ser la imaginación de Harry, pero el profesor Quirrell parecía hacer una leve mueca cada vez que el Patronus del director se apagaba para poner a prueba al siguiente estudiante. Tal vez el profesor Quirrell estuviera imaginando el mismo efecto placebo que Harry, aquella resaca de vacío acariciándole la mente.
—Anthony Goldstein —llamó la voz del director.
Harry caminó en silencio hacia Seamus, incluso mientras Anthony empezaba a acercarse al fénix plateado y resplandeciente, y… a lo que fuese aquello bajo la capa hecha jirones.
—¿Qué has visto? —le preguntó Harry a Seamus en voz baja.
Muchos estudiantes no le habían contestado a Harry cuando él había intentado reunir datos; pero Seamus era Finnigan del Caos, uno de los lugartenientes de Harry. Quizá eso no era justo, pero…
—Muerto —dijo Seamus en un susurro—, grisáceo y viscoso… muerto y dejado en agua durante un tiempo…
Harry asintió.
—Eso es lo que ve mucha gente —dijo Harry. Proyectó confianza, aunque era falsa, porque Seamus la necesitaba—. Ve a comer chocolate, te sentirás mejor.
Seamus asintió y se alejó tambaleándose hacia la mesa de dulces curativos.
—¡Expecto Patronum! —gritó la voz de un niño.
Entonces hubo jadeos de asombro, incluso de los aurores.
Harry giró sobre sí mismo para mirar.
Había un pájaro plateado y brillante entre Anthony Goldstein y la jaula. El ave irguió la cabeza y soltó un grito, y el grito también era plateado, tan brillante, duro y hermoso como el metal.
Y algo en el fondo de la mente de Harry dijo: si eso es un halcón peregrino, lo estrangulo mientras duerme.
Cállate, Harry le dijo al pensamiento, ¿quieres que seamos un mago tenebroso?
¿Y qué más da? Vas a acabar siéndolo de todos modos.
Eso… no era algo que Harry pensara normalmente…
Es un efecto placebo, se dijo Harry otra vez. El dementor no puede llegar realmente hasta mí a través de tres Patronus corpóreos, solo estoy imaginando lo que creo que se siente. Cuando me enfrente de verdad al dementor, se sentirá completamente distinto, y entonces sabré que antes estaba siendo tonto.
Entonces un leve escalofrío recorrió la espalda de Harry, porque tenía la sensación de que sí, sería completamente distinto, y no en una dirección positiva.
El fénix plateado y llameante volvió a brotar de la varita del director, el ave menor desapareció; y Anthony Goldstein empezó a regresar.
El director venía con Anthony en lugar de llamar el siguiente nombre, el Patronus aguardando detrás para proteger del dementor.
Harry lanzó una mirada hacia donde estaba Hermione, justo detrás de la pantera resplandeciente. El turno de Hermione habría venido a continuación, pero al parecer acababa de retrasarse.
Parecía estresada.
Antes, le había pedido a Harry educadamente que por favor dejara de intentar desestresarla.
Dumbledore sonreía ligeramente mientras acompañaba a Anthony de vuelta hacia los demás; sonreía solo ligeramente, porque el director parecía muy, muy cansado.
—Increíble —dijo Dumbledore con una voz que sonaba mucho más débil que su bramido acostumbrado—. Un Patronus corpóreo, en primero. Y un número asombroso de éxitos entre los otros estudiantes jóvenes. Quirinus, debo reconocer que has demostrado tu punto.
El profesor Quirrell inclinó la cabeza.
—Una conjetura bastante sencilla, diría yo. Un dementor ataca mediante el miedo, y los niños tienen menos miedo.
—¿Menos miedo? —dijo el auror Goryanof desde donde estaba sentado.
—Yo dije lo mismo —dijo Dumbledore—. Y el profesor Quirrell señaló que los adultos tenían más valor, no menos cosas que temer; pensamiento que, confieso, nunca se me había ocurrido antes.
—Esa no fue mi formulación exacta —dijo el profesor Quirrell con sequedad—, pero servirá. ¿Y el resto de nuestro acuerdo, director?
—Como dices —dijo Dumbledore de mala gana—. Admito que no esperaba perder esa apuesta, Quirinus, pero has demostrado tu sabiduría.
Todos los estudiantes los miraban, desconcertados; salvo Hermione, que miraba en dirección a la jaula y a las altas túnicas en descomposición; y Harry, que observaba a todos, ya que se estaba imaginando a sí mismo sintiéndose paranoico.
El profesor Quirrell dijo, en tonos que no invitaban a más comentarios:
—Se me permite enseñar la Maldición Asesina a los estudiantes que deseen aprenderla. Lo cual los volverá considerablemente más seguros frente a magos tenebrosos y otras plagas, y es una tontería pensar que de otro modo no conocerán ninguna magia mortal.
El profesor Quirrell hizo una pausa, estrechando los ojos.
—Director, observo respetuosamente que no tiene buen aspecto. Sugiero dejar el resto de la tarea de hoy al profesor Flitwick.
Dumbledore negó con la cabeza.
—Ya casi hemos terminado por hoy, Quirinus. Aguantaré.
Hermione se había acercado a Anthony.
—Capitán Goldstein —dijo, y su voz tembló solo un poco—, ¿puedes darme algún consejo?
—No tengas miedo —dijo Anthony con firmeza—. No pienses en nada que intente hacerte pensar. No estás solo sosteniendo la varita delante de ti como un escudo contra el miedo, estás blandiendo la varita para expulsar el miedo, así es como conviertes un pensamiento feliz en algo sólido…
Anthony se encogió de hombros, impotente.
—Quiero decir, ya había oído todo eso antes, pero…
Otros estudiantes empezaban a congregarse alrededor de Anthony con sus propias preguntas.
—¿Señorita Granger? —dijo el director. Su voz quizá era amable, o quizá solo estaba debilitada.
Hermione enderezó los hombros y lo siguió.
—¿Qué has visto bajo la capa? —le dijo Harry a Anthony.
Anthony miró a Harry, sorprendido, y luego contestó:
—Un hombre muy alto que estaba muerto, quiero decir, como con forma de muerto y color de muerto… dolía verlo y sabía que era el dementor intentando alcanzarme.
Harry volvió a mirar hacia donde Hermione se enfrentaba a la jaula y la capa.
Hermione alzó la varita hasta la posición de los primeros gestos.
El fénix del director se extinguió.
Y Hermione soltó un chillidito diminuto y patético, se estremeció…
…dio un paso atrás, Harry pudo ver su varita moverse, y luego la blandió y dijo:
—¡Expecto Patronum!
No pasó nada.
Hermione se giró y echó a correr.
—¡Expecto Patronum! —dijo la voz más grave del director, y el fénix plateado volvió a arder con vida.
La niña tropezó y siguió corriendo, mientras sonidos extraños empezaban a salir de su garganta.
—¡Hermione! —lo gritó Susan, y Hannah, y Daphne, y Ernie, y todos empezaron a correr hacia ella; incluso mientras Harry, que siempre pensaba un paso por delante, giraba sobre sus propios talones y corría hacia la mesa con el chocolate.
Incluso después de que Harry hubiera metido el chocolate en la boca de Hermione y ella lo hubiera masticado y tragado, seguía respirando en grandes bocanadas y llorando, sus ojos aún parecían desenfocados.
No puede haber quedado dementada permanentemente, pensó Harry desesperadamente ante la confusión en su interior, el miedo horrible y la furia mortal empezando a retorcerse uno alrededor del otro, no puede, no estuvo expuesta ni diez segundos, y mucho menos cuarenta…
Pero podía haber quedado dementada temporalmente, comprendió Harry en ese momento; no había ninguna regla que dijera que no pudieses sufrir una lesión temporal por un dementor en solo diez segundos si eras lo bastante sensible.
Entonces los ojos de Hermione parecieron enfocarse, y recorrer alrededor, y posarse en él.
—Harry —jadeó, y los otros estudiantes guardaron silencio—. Harry, no. ¡No!
Harry tuvo de pronto miedo de preguntar qué no debía hacer; ¿estaba él en sus peores recuerdos, o en alguna pesadilla de sueño que ahora estaba reviviendo despierta?
—¡No te acerques! —dijo Hermione. Su mano salió, lo agarró por la solapa de la túnica—. ¡No debes acercarte, Harry! ¡Me habló, Harry, te conoce, sabe que estás aquí!
—Qué… —dijo Harry, y luego se maldijo por haber preguntado.
—¡El dementor! —dijo Hermione. Su voz subió hasta un chillido—. ¡El profesor Quirrell quiere que te coma!
En el silencio súbito, el profesor Quirrell avanzó unos pasos; pero no se acercó más (Harry estaba allí, después de todo).
—Señorita Granger —dijo, y su voz era grave—, creo que debería tomar un poco más de chocolate.
—¡Profesor Flitwick, no deje que Harry lo intente, mándelo de vuelta!
El director había llegado ya, y él y el profesor Flitwick intercambiaban miradas preocupadas.
—No he oído hablar al dementor —dijo el director—. Aun así…
—Pregunte sin más —dijo el profesor Quirrell, sonando un poco cansado.
—¿Dijo el dementor cómo llegaría hasta Harry? —dijo el director.
—Primero todas sus partes más sabrosas —dijo Hermione—, iba a… iba a comerse…
Hermione parpadeó. Algo de cordura pareció volver a sus ojos.
Entonces empezó a llorar.
—Has sido demasiado valiente, Hermione Granger —dijo el director. Su voz era amable y claramente audible—. Demasiado más valiente de lo que yo comprendí. Deberías haberte girado y huido, no resistir e intentar completar tu encantamiento. Cuando seas mayor y más fuerte, señorita Granger, sé que lo intentarás de nuevo, y sé que tendrás éxito.
—Lo siento —dijo Hermione entre jadeos—, lo siento, lo siento, lo siento… Lo siento, Harry, no puedo decirte lo que vi, no lo miré, no me atreví a mirarlo, sabía que era demasiado horrible para verlo jamás…
Debería haber sido Harry, pero había vacilado porque tenía las manos llenas de chocolate; y entonces Ernie y Susan estaban allí, ayudando a Hermione a levantarse de donde había caído sobre la hierba, guiándola hacia la mesa de los aperitivos.
Cinco tabletas de chocolate más tarde, Hermione pareció estar bien de nuevo, y fue a disculparse con el profesor Quirrell; pero siempre estaba mirando a Harry, cada vez que él miraba en su dirección. Harry solo había dado un paso hacia ella una vez, y se había detenido cuando ella había dado un paso atrás. Sus ojos se habían disculpado en silencio, y en silencio le habían suplicado que la dejase estar.
Neville Longbottom había visto algo muerto y medio disuelto, supurante y chorreante, con una cara como una esponja aplastada.
Era lo peor que nadie había descrito ver hasta entonces. Neville había sido capaz de producir antes un pequeño destello de luz con su varita, pero, de manera inteligente y con gran presencia de ánimo, se había girado y había huido en lugar de intentar lanzar su propio encantamiento Patronus.
(El director no había dicho nada a los demás estudiantes, no le había dicho a nadie más que fuese menos valiente; pero el profesor Quirrell había observado con calma que si cometías el error después de haber sido advertido, ahí era cuando la ignorancia se convertía en estupidez.)
—¿Profesor Quirrell? —dijo Harry en voz baja, habiéndose acercado al profesor de Defensa todo lo que se atrevía—. ¿Qué ve usted cuando…?
—No preguntes.
La voz era muy plana.
Harry asintió con respeto.
—¿Cuál fue su formulación original al director, si puedo preguntar?
Con sequedad:
—Nuestros peores recuerdos solo pueden empeorar a medida que envejecemos.
—Ah —dijo Harry—. Lógico.
Algo extraño parpadeó entonces en los ojos del profesor Quirrell, mientras miraba a Harry.
—Esperemos —dijo el profesor Quirrell— que tenga éxito en este intento, señor Potter. Porque si lo consigue, el director quizá le enseñe su truco de usar un Patronus para enviar mensajes que no pueden falsificarse ni interceptarse, y la importancia militar de eso es imposible de exagerar. Sería una ventaja tremenda para la Legión del Caos, y algún día, sospecho, para todo este país. Pero si no tiene éxito, señor Potter… bueno, lo entenderé.
Morag MacDougal había dicho, con voz vacilante: «Ay», y Dumbledore había vuelto a lanzar su Patronus enseguida.
Parvati Patil había producido un Patronus corpóreo con forma de tigre, más grande que el fénix de Dumbledore, aunque ni de lejos tan brillante. Había habido un gran estallido de aplausos de todos los observadores, aunque no el mismo asombro que cuando lo había hecho Anthony.
Y entonces fue el turno de Harry.
El director llamó el nombre de Harry Potter, y Harry tenía miedo.
Harry sabía, sabía que iba a fallar, y sabía que iba a doler.
Pero aun así tenía que intentarlo; porque a veces, en presencia de un dementor, un mago pasaba de ni un destello de luz a un Patronus corpóreo completo, y nadie entendía por qué.
Y porque si Harry no podía defenderse de los dementores, tenía que ser capaz de reconocer su aproximación, reconocer la sensación de ellos en su mente, y correr antes de que fuera demasiado tarde.
¿Cuál es mi peor recuerdo…?
Harry había esperado que el director le dirigiera una mirada preocupada, o una mirada esperanzada, o un consejo profundamente sabio; pero en lugar de eso Albus Dumbledore solo lo observó con tranquila calma.
Cree que voy a fallar, pero no me saboteará diciéndomelo, pensó Harry. Si tuviera palabras verdaderas de ánimo que decir, las diría…
La jaula se acercó. Ya estaba deslustrada, pero aún no oxidada hasta desaparecer, todavía no.
La capa se acercó. Se estaba deshilachando y estaba atravesada por agujeros sin remendar; había sido nueva aquella mañana, había dicho el auror Goryanof.
—¿Director? —dijo Harry—. ¿Qué ve usted?
La voz del director también estaba tranquila.
—Los dementores son criaturas del miedo, y a medida que tu miedo al dementor disminuye, también disminuye lo temible de su forma. Veo a un hombre alto, delgado y desnudo. No se está descomponiendo. Solo duele ligeramente mirarlo. Eso es todo. ¿Qué ves tú, Harry?
…Harry no podía ver bajo la capa.
O eso no era exacto; era que su mente se negaba a ver lo que había bajo la capa…
No, su mente estaba intentando ver lo incorrecto bajo la capa, Harry podía sentirlo, sus ojos intentando forzar un error. Pero Harry había hecho todo lo posible por entrenarse para darse cuenta de aquella diminuta sensación de confusión, para apartarse automáticamente de inventarse cosas; y cada vez que su mente intentaba empezar a inventar una mentira sobre lo que había bajo la capa, aquel reflejo era lo bastante rápido para apagarla.
Harry miró bajo la capa y vio…
Una pregunta abierta. Harry no permitiría que su mente viera algo falso, y por tanto no vio nada, como si la parte de su corteza visual que recibía esa señal sencillamente dejara de existir. Había un punto ciego bajo la capa. Harry no podía saber qué había ahí debajo.
Solo que era mucho peor que cualquier momia en descomposición.
El horror invisible bajo la capa estaba muy cerca ahora, pero el pájaro ardiente de luz lunar, el fénix blanco, seguía interpuesto entre ellos.
Harry quería echar a correr como habían hecho algunos de los otros estudiantes. La mitad de los que no habían tenido suerte con sus encantamientos Patronus sencillamente no habían aparecido hoy. De los restantes, la mitad había huido antes incluso de que el director disipase su propio Patronus, y nadie había dicho una palabra. Había habido unas pocas risas cuando Terry se había girado y había vuelto atrás antes de su propio intento; y Susan y Hannah, que ya habían pasado, habían gritado a todos que se callaran.
Pero Harry era el Niño-Que-Vivió, y perdería mucho respeto si se le veía rendirse sin siquiera intentarlo…
El orgullo y los papeles parecieron disminuir y caerse en presencia de lo que fuera que yacía bajo la capa.
¿Por qué sigo aquí?
No era la vergüenza de que otros lo creyeran cobarde lo que mantenía los pies de Harry en su sitio.
No era la esperanza de reparar su reputación lo que levantó su varita.
No era el deseo de dominar el encantamiento Patronus como magia lo que movió sus dedos hasta la posición inicial.
Era otra cosa, algo que tenía que oponerse a lo que yacía bajo la capa; aquello era la verdadera oscuridad, y Harry tenía que descubrir si yacía dentro de él el poder de hacerla retroceder.
Harry había planeado intentar una última vez pensar en su compra de libros con su padre, pero en lugar de eso, en el último momento, frente al dementor, se le ocurrió un recuerdo distinto, algo que no había probado antes; un pensamiento que no era cálido y feliz en el sentido corriente, pero que de algún modo se sentía más correcto.
Y Harry recordó las estrellas, las recordó ardiendo terriblemente brillantes e inmutables en la Noche Silenciosa; dejó que aquella imagen lo llenara, que lo llenara todo como una barrera de Oclumancia a través de toda su mente, volvió a convertirse en la conciencia sin cuerpo del vacío.
El fénix brillante y plateado se desvaneció.
Y el dementor se estrelló contra su mente como el puño de Dios.
MIEDO / FRÍO / OSCURIDAD
Hubo un instante en que las dos fuerzas chocaron de frente, en que el recuerdo pacífico y estrellado se sostuvo contra el miedo, incluso mientras los dedos de Harry empezaban los movimientos de varita, practicados hasta haberse vuelto automáticos. No eran cálidos y felices, aquellos puntos de luz ardientes en perfecta negrura; pero era una imagen que el dementor no podía atravesar con facilidad. Porque las estrellas silenciosas y ardientes eran vastas y no tenían miedo, y brillar en el frío y la oscuridad era su estado natural.
Pero había un defecto, una grieta, una línea de falla en el objeto inamovible que intentaba resistir aquella fuerza irresistible. Harry sintió una punzada de ira contra el dementor por intentar alimentarse de él, y fue como resbalar sobre hielo mojado. La mente de Harry empezó a deslizarse de lado, hacia la amargura, la furia negra, el odio mortal…
La varita de Harry subió en el gesto final.
Se sintió mal.
—Expecto Patronum —dijo su voz, las palabras huecas e inútiles.
Y Harry cayó en su lado oscuro, cayó abajo hacia su lado oscuro, más lejos, más rápido y más profundo que nunca antes, abajo, abajo, abajo mientras el deslizamiento se aceleraba, mientras el dementor se aferraba a las partes expuestas y vulnerables y se alimentaba de ellas, devorando la luz.
Un reflejo desvaneciente arañó en busca de calor, pero incluso cuando le llegó una imagen de Hermione, o una imagen de mamá y papá, el dementor la retorció, le mostró a Hermione yaciendo muerta en el suelo, los cadáveres de su madre y su padre, y luego incluso eso fue absorbido.
Al vacío se alzó el recuerdo, el peor recuerdo, algo olvidado hacía tanto tiempo que los patrones neuronales no deberían haber seguido existiendo.
—¡Lily, coge a Harry y vete! ¡Es él! —gritó la voz de un hombre—. ¡Vete! ¡Corre! ¡Yo lo contendré!
Y Harry no pudo evitar pensar, en las profundidades vacías de su lado oscuro, lo ridículamente confiado que había sido James Potter. ¿Contener a lord Voldemort? ¿Con qué?
Entonces habló la otra voz, aguda como el siseo de una tetera, y fue como hielo seco colocado sobre cada nervio de Harry, como una marca de metal enfriado a temperaturas de helio líquido y apoyada sobre cada parte de él. Y la voz dijo:
—Avada Kedavra.
(La varita salió volando de los dedos sin nervio del niño mientras su cuerpo empezaba a convulsionar y caer, los ojos del director abriéndose de par en par con alarma mientras empezaba su propio encantamiento Patronus.)
—¡Harry no, Harry no, por favor, Harry no! —gritó la voz de la mujer.
Lo que quedaba de Harry escuchó con toda la luz drenada de él, en el vacío muerto de su corazón, y se preguntó si ella pensaba que lord Voldemort se detendría porque se lo pidiera educadamente.
—¡Apártate, mujer! —dijo la voz estridente de frío ardiente—. No he venido por ti, solo por el niño.
—¡Harry no! Por favor… ten piedad… ten piedad…
Lily Potter, pensó Harry, parecía no entender qué clase de personas se convertían en Señores Tenebrosos para empezar; y si aquella era la mejor estrategia que podía concebir para salvar la vida de su hijo, ese era su fracaso final como madre.
—Te doy esta rara oportunidad de huir —dijo la voz estridente—. Pero no me tomaré la molestia de someterte, y tu muerte aquí no salvará a tu hijo. ¡Apártate, mujer necia, si tienes algún sentido común!
—¡Harry no, por favor no, cógeme a mí, mátame a mí en su lugar!
La cosa vacía que era Harry se preguntó si Lily Potter imaginaba seriamente que lord Voldemort diría que sí, la mataría y luego se marcharía dejando ileso a su hijo.
—Muy bien —dijo la voz de la muerte, sonando ahora fríamente divertida—. Acepto el trato. Tú mueres y el niño vive. Ahora suelta la varita para que pueda asesinarte.
Hubo un silencio espantoso.
Lord Voldemort empezó a reír, una risa horrible y desdeñosa.
Y entonces, por fin, la voz de Lily Potter chilló con odio desesperado:
—Avada Ke…
La voz letal terminó primero, la maldición rápida y precisa.
—Avada Kedavra.
Un destello verde cegador marcó el final de Lily Potter.
Y el niño en la cuna lo vio, los ojos, aquellos dos ojos carmesí, que parecían brillar en rojo intenso, arder como soles en miniatura, llenando toda la visión de Harry mientras se clavaban en los suyos…
Los otros niños vieron caer a Harry Potter, oyeron gritar a Harry Potter, un grito fino y agudo que parecía perforarles los oídos como cuchillos.
Hubo un destello plateado brillante cuando el director bramó «¡Expecto Patronum!» y el fénix llameante volvió a existir.
Pero el grito horrible de Harry Potter siguió y siguió y siguió, incluso mientras el director recogía al niño en brazos y lo alejaba del dementor, incluso mientras Neville Longbottom y el profesor Flitwick iban los dos a por el chocolate al mismo tiempo y…
Hermione lo sabía, lo sabía al verlo, sabía que su pesadilla había sido real, que se estaba haciendo realidad, de algún modo se estaba haciendo realidad.
—¡Dadle chocolate! —exigió la voz del profesor Quirrell, inútilmente, porque la diminuta figura del profesor Flitwick ya salía disparada como una bala de cañón hacia donde el director corría hacia los estudiantes.
Hermione avanzaba ella misma, aunque no sabía qué más pretendía hacer…
—¡Lanzad Patronus! —gritó el director, mientras llevaba a Harry detrás de los aurores—. ¡Todos los que podáis! ¡Ponedlos entre Harry y el dementor! ¡Sigue alimentándose de él!
Hubo un momento de horror congelado.
—¡Expecto Patronum! —gritaron el profesor Flitwick y el auror Goryanof, y luego Anthony Goldstein, pero falló la primera vez, y luego Parvati Patil, que tuvo éxito, y luego Anthony lo intentó de nuevo y su pájaro plateado extendió las alas y chilló al dementor, y Dean Thomas rugió las palabras como si hubieran sido escritas en letras de fuego y su varita dio a luz a un oso blanco gigantesco; había ocho Patronus ardientes, todos en línea entre Harry y el dementor, y Harry siguió gritando y gritando mientras el director lo tendía sobre la hierba seca.
Hermione no podía lanzar un encantamiento Patronus, así que corrió hacia donde Harry yacía. En su mente, algo intentó estimar cuánto tiempo había pasado ya. ¿Eran veinte segundos? ¿Más?
Había una agonía y un desconcierto terribles en el rostro de Albus Dumbledore. Su larga varita negra estaba en su mano, pero no pronunciaba hechizos, solo miraba con horror el cuerpo convulso de Harry…
Hermione no sabía qué hacer, no sabía qué hacer, no entendía qué estaba pasando, y el mago más poderoso del mundo parecía igual de perdido.
—¡Use su fénix! —bramó el profesor Quirrell—. ¡Llévelo muy lejos de ese dementor!
Sin una sola palabra, el director recogió a Harry en brazos y desapareció en un estallido de fuego junto con Fawkes, que apareció de pronto; y el Patronus del director se extinguió, donde había estado protegiendo del dementor.
Horror y confusión y un parloteo súbito.
—El señor Potter debería recuperarse —dijo el profesor Quirrell, alzando la voz, pero con el tono otra vez tranquilo—. Creo que fueron apenas algo más de veinte segundos.
Entonces el fénix blanco y resplandeciente apareció de nuevo, como si volara ante ellos desde otra parte; hacia Hermione Granger llegó la criatura de luz de luna, y gritó con la voz de Albus Dumbledore:
—¡Sigue alimentándose de él, incluso aquí! ¿Cómo? Si lo sabes, Hermione Granger, ¡debes decírmelo! ¡Dímelo!
El auror jefe se volvió para mirarla, y también muchos estudiantes. El profesor Flitwick no se volvió, ahora apuntaba con su varita al profesor Quirrell, que mantenía las manos claramente vacías extendidas.
Los segundos pasaron, sin contar.
Ella no podía recordarlo, no podía recordar la pesadilla con claridad, no podía recordar por qué había pensado que era posible, por qué había tenido miedo…
Hermione comprendió entonces lo que debía hacer, y fue la decisión más difícil de su vida.
¿Y si lo que le había pasado a Harry también le pasaba a ella?
Todos sus miembros fríos como la muerte, la visión oscurecida, el miedo arrollándolo todo; había visto a Harry morir, a mamá y papá morir, a todos sus amigos morir, a todo el mundo morir, de modo que al final, cuando ella muriese, estaría sola. Esa era su pesadilla secreta de la que nunca había hablado con nadie, la que le había dado al dementor su poder sobre ella: lo más solitario era morir sola.
No quería volver a ese lugar, no, no quería, no quería quedarse allí para siempre…
Tienes valor suficiente para Gryffindor, dijo la voz serena del Sombrero Seleccionador en su memoria, pero harás lo correcto en cualquier Casa que te dé. Aprenderás, permanecerás junto a tus amigos, en cualquier Casa que elijas. Así que no tengas miedo, Hermione Granger, solo decide a dónde perteneces…
No había tiempo para decidir, Harry se estaba muriendo.
—Ahora no puedo recordarlo —dijo Hermione, con la voz quebrándose—, pero espere, volveré delante del dementor…
Empezó a correr hacia el dementor.
—¡Señorita Granger! —chilló el profesor Flitwick, pero no hizo ningún movimiento para detenerla, solo siguió manteniendo la varita apuntada al profesor Quirrell.
—¡Todos! —gritó el auror Komodo con voz de mando militar—. ¡Quitad vuestros Patronus de su camino!
—¡FLITWICK! —rugió el profesor Quirrell—. ¡CONVOQUE LA VARITA DE POTTER!
Incluso mientras Hermione comprendía, el profesor Flitwick ya gritaba «¡Accio!», y ella vio la vara de madera elevarse velozmente desde donde había quedado tirada, casi tocando la jaula del dementor.
Los ojos se abrieron, muertos y vacíos.
—¡Harry! —jadeó una voz en el mundo incoloro—. ¡Harry! ¡Háblame!
El rostro de Albus Dumbledore se inclinó sobre el campo de visión, que había estado ocupado por un techo de mármol distante.
—Eres molesto —dijo la voz vacía—. Deberías morir.