Capítulo 4: La hipótesis del mercado eficiente
Aviso: J. K. Rowling te observa desde el lugar donde espera, eternamente, en el vacío entre mundos.
N. del A.: Como otros han señalado, las novelas parecen inconsistentes en cuanto al poder adquisitivo aparente de un galeón; voy a escoger un valor coherente y ceñirme a él. Cinco libras esterlinas por galeón no cuadra con siete galeones por una varita y niños usando varitas heredadas.
Traducción del capítulo 4 de Harry Potter and the Methods of Rationality, de Eliezer Yudkowsky. (LessWrong)
—Dominación mundial es una expresión tan fea. Prefiero llamarlo optimización mundial.
Montones de galeones de oro. Pilas de sickles de plata. Montículos de knuts de bronce.
Harry se quedó allí plantado, contemplando boquiabierto la cámara acorazada familiar. Tenía tantas preguntas que no sabía por dónde empezar.
Desde justo fuera de la puerta de la cámara, la profesora McGonagall lo observaba, aparentemente apoyada con naturalidad contra la pared, pero con los ojos atentos. Bueno, tenía sentido. Que te plantaran delante de un montón gigantesco de monedas de oro era una prueba de carácter tan pura que resultaba arquetípica.
—¿Estas monedas son de metal puro? —dijo Harry por fin.
—¿Qué? —siseó el duende Griphook, que esperaba junto a la puerta—. ¿Está poniendo en duda la integridad de Gringotts, señor Potter-Evans-Verres?
—No —dijo Harry distraídamente—, en absoluto. Disculpe si ha sonado mal, señor. Es solo que no tengo ni idea de cómo funciona vuestro sistema financiero. Pregunto si los galeones, en general, están hechos de oro puro.
—Por supuesto —dijo Griphook.
—¿Y cualquiera puede acuñarlos, o los emite un monopolio que, por tanto, cobra señoreaje?
—¿Qué? —dijo la profesora McGonagall.
Griphook sonrió, mostrando unos dientes afilados.
—¡Solo un necio confiaría en moneda que no fuera de duende!
—En otras palabras —dijo Harry—, se supone que las monedas no valen más que el metal del que están hechas, ¿no?
Griphook miró fijamente a Harry. La profesora McGonagall parecía perpleja.
—Quiero decir, supongamos que vengo aquí con una tonelada de plata. ¿Podría hacer que me fabricaran una tonelada de sickles con ella?
—A cambio de una comisión, señor Potter-Evans-Verres. —El duende lo observaba con ojos relucientes—. De una cierta comisión. Me pregunto dónde encontraría usted una tonelada de plata.
—Hablaba hipotéticamente —dijo Harry. De momento, al menos—. Entonces… ¿cuánto cobraríais en comisiones, como fracción del peso total?
Los ojos de Griphook estaban atentos.
—Tendría que consultarlo con mis superiores…
—Deme una estimación a ojo. No se la exigiré a Gringotts.
—Una vigésima parte del metal pagaría bien la acuñación.
Harry asintió.
—Muchas gracias, señor Griphook.
Así que la economía mágica no solo estaba casi completamente desacoplada de la economía muggle, sino que allí nadie había oído hablar jamás del arbitraje. La economía muggle, mucho mayor, tenía un rango fluctuante de cotización entre el oro y la plata, así que cada vez que el ratio oro-plata muggle se alejase más de un 5% del peso de diecisiete sickles por un galeón, o bien el oro o bien la plata deberían haber salido drenados de la economía mágica hasta que resultara imposible mantener el tipo de cambio.
Trae una tonelada de plata, cámbiala por sickles —pagando el 5%—, cambia los sickles por galeones, lleva el oro al mundo muggle, cámbialo por más plata de la que tenías al principio y repite.
¿No estaba el ratio oro-plata muggle en torno a cincuenta a uno? Harry no creía que fuera diecisiete, en cualquier caso. Y parecía que las monedas de plata eran en realidad más pequeñas que las de oro.
Por otra parte, Harry estaba en un banco que literalmente almacenaba tu dinero en cámaras llenas de monedas de oro custodiadas por dragones, donde tenías que entrar y sacar monedas de tu cámara cada vez que querías gastar dinero. Bien podía ser que las sutilezas de arbitrar ineficiencias de mercado se les escaparan. Había estado tentado de hacer comentarios mordaces sobre lo rudimentario de su sistema financiero…
Pero lo triste era que probablemente su sistema era mejor.
Por otro lado, un solo gestor de hedge fund competente podría hacerse dueño de todo el mundo mágico en una semana. Harry archivó aquella idea por si alguna vez se quedaba sin dinero, o tenía una semana libre.
Mientras tanto, los montones gigantescos de monedas de oro dentro de la cámara Potter deberían bastar para sus necesidades a corto plazo.
Harry avanzó pesadamente y empezó a coger monedas de oro con una mano y volcarlas en la otra.
Cuando llegó a veinte, la profesora McGonagall carraspeó.
—Creo que con eso tendrá más que suficiente para pagar sus materiales escolares, señor Potter.
—¿Mmm? —dijo Harry, con la mente en otra parte—. Un momento, estoy haciendo un cálculo de Fermi.
—¿Un qué? —dijo la profesora McGonagall, sonando algo alarmada.
—Es una cosa matemática. Se llama así por Enrico Fermi. Una forma de sacar números aproximados rápidamente de cabeza…
Veinte galeones de oro pesaban una décima de kilo, quizá. Y el oro valía, ¿qué?, unas diez mil libras esterlinas por kilo. Así que un galeón valdría unas cincuenta libras… Los montones de monedas de oro parecían tener unas sesenta monedas de alto y veinte monedas de ancho en cada dimensión de la base, y un montón era piramidal, así que serían alrededor de un tercio del cubo. Unos ocho mil galeones por montón, aproximadamente, y había unos cinco montones de aquel tamaño, así que cuarenta mil galeones, o dos millones de libras esterlinas.
Nada mal. Harry sonrió con cierta satisfacción sombría. Era una pena que estuviera en mitad de descubrir el asombroso nuevo mundo de la magia y no pudiera tomarse un respiro para explorar el asombroso nuevo mundo de ser rico, que según una estimación rápida de Fermi era aproximadamente mil millones de veces menos interesante.
Aun así, aquella era la última vez que cortaba el césped por una miserable libra.
Harry se volvió, apartándose del montón gigantesco de dinero.
—Perdone que pregunte, profesora McGonagall, pero tengo entendido que mis padres tenían veintitantos años cuando murieron. ¿Es esta una cantidad normal de dinero para una pareja joven en el mundo mágico? —Si lo era, una taza de té probablemente costaba cinco mil libras. Primera regla de la economía: no puedes comerte el dinero.
La profesora McGonagall negó con la cabeza.
—Su padre era el último heredero de una antigua familia, señor Potter. También es posible… —La bruja vaciló—. Parte de este dinero quizá provenga de recompensas puestas por Quien-Tú-Sabes, pagaderas a su ase… ah, a quien pudiera derrotarlo. O quizá esas recompensas aún no se hayan cobrado. No estoy segura.
—Interesante… —dijo Harry lentamente—. Así que parte de esto realmente es, en cierto sentido, mío. Es decir, ganado por mí. Más o menos. Posiblemente. Aunque no recuerde la ocasión. —Los dedos de Harry tamborilearon contra la pernera de su pantalón—. ¡Eso hace que me sienta menos culpable por gastar una fracción pequeñísima! ¡No se alarme, profesora McGonagall!
—¡Señor Potter! Es usted menor de edad, y como tal solo se le permitirá hacer retiradas razonables de…
—¡Yo soy todo razonabilidad! ¡Estoy totalmente a favor de la prudencia fiscal y el control de los impulsos! Pero he visto algunas cosas de camino aquí que constituirían compras sensatas y adultas…
Harry trabó la mirada con la de la profesora McGonagall, entablando una silenciosa competición de mirar fijamente.
—¿Como qué? —dijo por fin la profesora McGonagall.
—¿Baúles cuyo interior contiene más que su exterior?
El rostro de la profesora McGonagall se volvió severo.
—¡Son muy caros, señor Potter!
—Sí, pero… —suplicó Harry—. Estoy seguro de que cuando sea adulto querré uno. Y puedo permitírmelo. Lógicamente, tendría exactamente el mismo sentido comprarlo ahora en vez de más adelante, y empezar a usarlo enseguida. Es el mismo dinero de todas formas, ¿no? Quiero decir, querría uno bueno, con mucho espacio dentro, lo bastante bueno como para no tener que comprar uno mejor después… —Harry dejó la frase en el aire, esperanzado.
La mirada de la profesora McGonagall no vaciló.
—¿Y qué guardaría exactamente en un baúl así, señor Potter?
—Libros.
—Por supuesto —suspiró la profesora McGonagall.
—¡Debería haberme dicho mucho antes que existían ese tipo de objetos mágicos! ¡Y que podía permitirme uno! Ahora mi padre y yo tendremos que pasarnos los próximos dos días atacando frenéticamente todas las librerías de segunda mano en busca de viejos manuales, para que pueda llevar conmigo a Hogwarts una biblioteca científica decente… y quizá una pequeña colección de ciencia ficción, si consigo montar algo aceptable a partir de los cajones de saldo. O mejor aún, le endulzaré un poco el trato, ¿vale? Déjeme comprar…
—¡Señor Potter! ¿Cree que puede sobornarme?
—¿Qué? ¡No! ¡No así! Digo que Hogwarts puede quedarse con algunos de los libros que lleve, si cree que alguno sería una buena incorporación a la biblioteca. Los voy a conseguir baratos, y solo quiero tenerlos cerca, en algún sitio. Está bien sobornar a la gente con libros, ¿no? Eso es una…
—Tradición familiar.
—Sí, exactamente.
El cuerpo de la profesora McGonagall pareció hundirse, los hombros bajando dentro de sus túnicas negras.
—No puedo negar que sus palabras tienen sentido, aunque desearía mucho poder hacerlo. Le permitiré retirar cien galeones adicionales, señor Potter. —Suspiró otra vez—. Sé que voy a lamentarlo, y aun así lo estoy haciendo.
—¡Ese es el espíritu! ¿Y una «bolsa de piel de moke» hace lo que creo que hace?
—No puede hacer tanto como un baúl —dijo la bruja, con visible reticencia—, pero… una bolsa de piel de moke con un encantamiento de recuperación y un encantamiento de extensión indetectable puede contener cierto número de objetos hasta que sean invocados por quien los colocó allí…
—¡Sí! ¡Definitivamente también necesito una de esas! ¡Sería como la superriñonera de la molonidad definitiva! ¡El cinturón multiusos de Batman en versión bolsa de contención! Olvídese de mi navaja suiza, ¡podría llevar ahí dentro un juego entero de herramientas! ¡O libros! Podría llevar siempre conmigo los tres libros principales que estuviera leyendo, y sacar uno en cualquier sitio. ¡Nunca más tendré que desperdiciar otro minuto de mi vida! ¿Qué dice, profesora McGonagall? Es por el bien de la lectura infantil, la mejor de todas las causas posibles.
—…Supongo que puede añadir otros diez galeones.
Griphook estaba obsequiando a Harry con una mirada de franco respeto, posiblemente incluso de admiración abierta.
—Y algo de dinero de bolsillo, como mencionó antes. Creo recordar haber visto una o dos cosas más que quizá quiera guardar en esa bolsa.
—No tiente a la suerte, señor Potter.
—Pero, oh, profesora McGonagall, ¿por qué empañar mi alegría? ¡Sin duda este es un día feliz, el día en que descubro por primera vez todas las cosas mágicas! ¿Por qué representar el papel de adulta gruñona cuando podría sonreír y recordar su propia infancia inocente, viendo la expresión de deleite en mi joven rostro mientras compro unos cuantos juguetes usando una fracción insignificante de la riqueza que gané al derrotar al mago más terrible que Gran Bretaña haya conocido, no es que la esté acusando de ser desagradecida ni nada, pero aun así, qué son unos cuantos juguetes comparados con eso?
—Usted —gruñó la profesora McGonagall.
Había en su rostro una expresión tan temible y terrible que Harry soltó un chillidito y retrocedió, derribando un montón de monedas de oro con un gran tintineo y cayendo de espaldas sobre una pila de dinero. Griphook suspiró y se tapó la cara con la palma de la mano.
—Le haría un gran servicio a la Gran Bretaña mágica, señor Potter, si lo encerrara en esta cámara y lo dejara aquí.
Y se marcharon sin más problemas.