Silbido. Tic. Bzzzt. Din. Glorp. Pop. Splat. Campanilla. Tut. Puff. Tinc. Burbuja. Bip. Pum. Chisporroteo. Fiu. Siseo. Pffft. Zumbido.

El profesor Flitwick le había pasado discretamente a Harry un pergamino doblado durante la clase de Encantamientos de aquel lunes, y la nota decía que Harry debía visitar al director cuando le viniera bien y de tal forma que nadie más se diera cuenta, especialmente ni Draco Malfoy ni el profesor Quirrell. Su contraseña de un solo uso para la gárgola sería «quebrantahuesos aprensivo».

Esto venía acompañado por un dibujo a tinta notablemente artístico del profesor Flitwick mirándolo con severidad, cuyos ojos parpadeaban de vez en cuando; y al pie de la nota, subrayada tres veces, estaba la frase NO TE METAS EN LÍOS.

Y así Harry había terminado la clase de Transformación, y había estudiado con Hermione, y había cenado, y había hablado con sus tenientes, y finalmente, cuando el reloj dio las nueve, se volvió invisible y retrocedió hasta las seis de la tarde y caminó cansinamente hacia la gárgola, las escaleras giratorias en espiral, la puerta de madera, la sala llena de pequeños cachivaches complicados, y la figura de barba plateada del director.

Esta vez, Dumbledore parecía bastante serio, sin su sonrisa habitual; y vestía un pijama de un púrpura más oscuro y sobrio de lo normal.

—Gracias por venir, Harry —dijo el director. El viejo mago se levantó de su trono, empezó a pasear lentamente por la sala y entre los extraños artefactos—. Primero, ¿tienes contigo las notas de tu encuentro de ayer con Lucius Malfoy?

—¿Notas? —soltó Harry.

—Seguro que lo apuntaste… —dijo el viejo mago, y su voz se fue apagando.

Harry se sintió bastante avergonzado. Sí, si acababas de ir dando tumbos por una conversación misteriosa llena de pistas importantes que no entendías, lo jodidamente obvio era escribirlo todo justo después, antes de que el recuerdo se desvaneciera, para poder intentar descifrarlo más tarde.

—Muy bien —dijo el director—, de memoria entonces.

Harry recitó, algo avergonzado, lo mejor que pudo, y llegó casi a la mitad antes de darse cuenta de que no era inteligente ir por ahí contándoselo todo al director posiblemente loco, al menos no sin pensarlo primero, pero Lucius era sin duda de los malos y el adversario de Dumbledore, así que probablemente sí era buena idea contárselo, y Harry ya había empezado a hablar y ahora era demasiado tarde para intentar calcular las cosas…

Harry terminó su recuerdo honestamente.

El rostro de Dumbledore se había vuelto más distante a medida que Harry hablaba, y al final había en él una expresión de antigüedad, una severidad en el aire.

—Bien —dijo Dumbledore—. Te sugiero entonces que tengas el mayor cuidado en que al heredero de Malfoy no le ocurra ningún daño. Y yo haré lo mismo. —El director fruncía el ceño, sus dedos tamborileando sin sonido sobre la superficie negra como la tinta de un plato inscrito con la palabra Leliel—. Y creo que sería extraordinariamente sensato que de ahora en adelante evites toda interacción con lord Malfoy.

—¿Interceptó usted lechuzas de él dirigidas a mí? —dijo Harry.

El director miró a Harry durante un largo momento, y luego asintió a regañadientes.

Por alguna razón Harry no se sentía tan indignado como debería. Quizá era sólo que en ese momento a Harry le resultaba muy fácil simpatizar con el punto de vista del director. Incluso Harry podía entender por qué Dumbledore no querría que interactuara con Lucius Malfoy; no parecía una acción malvada.

No como que el director chantajeara a Zabini… cosa de la que sólo tenían la palabra de Zabini, y Zabini era tremendamente poco fiable; de hecho, era difícil ver por qué Zabini no iba simplemente a contar la historia que le ganara más simpatía del profesor Quirrell…

—¿Qué tal si, en vez de protestar, digo que entiendo su punto de vista —dijo Harry—, y usted sigue interceptando mis lechuzas, pero me dice de parte de quién?

—Me temo que he interceptado muchísimas lechuzas dirigidas a ti —dijo Dumbledore con sobriedad—. Eres una celebridad, Harry, y recibirías docenas de cartas al día, algunas de lugares muy lejanos a este país, si yo no las devolviera.

—Eso —dijo Harry, que ahora empezaba a sentir un poco de indignación— parece ir un poco demasiado lejos…

—Muchas de esas cartas —dijo el viejo mago en voz baja— te pedirán cosas que no puedes dar. No las he leído, por supuesto; sólo las he devuelto a sus remitentes sin entregar. Pero lo sé, porque yo también las recibo. Y eres demasiado joven, Harry, para que te rompan el corazón seis veces antes del desayuno cada mañana.

Harry bajó la mirada hacia sus zapatos. Debería insistir en leer las cartas y juzgar por sí mismo, pero… había una vocecita de sentido común dentro de él, y ahora mismo estaba gritando muy fuerte.

—Gracias —murmuró Harry.

—La otra razón por la que te pedí que vinieras —dijo el viejo mago— era que deseaba consultar tu genio único.

—¿Transformación? —dijo Harry, sorprendido y halagado.

—No, no ese genio único —dijo Dumbledore—. Dime, Harry, ¿qué mal podrías lograr si se permitiera la entrada de un dementor en los terrenos de Hogwarts?


Resultó que el profesor Quirrell había pedido, o más bien exigido, que sus alumnos pusieran a prueba sus habilidades contra un dementor real después de aprender las palabras y gestos del encantamiento Patronus.

—El profesor Quirrell es incapaz de lanzar el encantamiento Patronus él mismo —dijo Dumbledore, mientras paseaba lentamente entre los artefactos—. Lo cual nunca es buena señal. Pero, por otra parte, me ofreció voluntariamente ese dato mientras exigía que se trajeran instructores externos para enseñar el encantamiento Patronus a todos los alumnos que quisieran aprender; ofreció pagar él mismo el gasto si yo no lo hacía. Eso me impresionó mucho. Pero ahora insiste en traer un dementor…

—Director —dijo Harry en voz baja—, el profesor Quirrell cree muy firmemente en las pruebas con fuego real bajo condiciones de combate realistas. Querer traer un dementor de verdad es completamente propio de él.

Ahora el director estaba mirando a Harry de una forma extraña.

—¿Propio de él? —dijo el viejo mago.

—Quiero decir —dijo Harry—, que es del todo coherente con la forma en que suele actuar el profesor Quirrell… —Harry se fue apagando. ¿Por qué lo había expresado así?

El director asintió.

—Así que tienes la misma sensación que yo: que es una excusa. Una excusa muy razonable, desde luego; más de lo que quizá comprendas. A menudo, magos que parecen incapaces de lanzar un encantamiento Patronus tienen éxito en presencia de un dementor real, pasando de no producir ni un destello de luz a un Patronus completamente corpóreo. Nadie sabe por qué ocurre esto; pero ocurre.

Harry frunció el ceño.

—Entonces la verdad es que no veo por qué sospecha…

El director extendió las manos como en señal de impotencia.

—Harry, el profesor de Defensa me ha pedido que deje pasar por las puertas de Hogwarts a la más oscura de todas las criaturas. Debo sospechar. —El director suspiró—. Y, sin embargo, el dementor estará vigilado, protegido, dentro de una jaula poderosa; yo mismo estaré allí para observarlo en todo momento… No se me ocurre qué mal podría hacerse. Pero quizá sólo soy incapaz de verlo. Y por eso te lo pregunto a ti.

Harry miró al director con la boca abierta. Estaba tan impresionado que ni siquiera podía sentirse halagado.

—¿A mí? —dijo Harry.

—Sí —dijo Dumbledore, sonriendo levemente—. Hago todo lo posible por anticiparme a mis enemigos, por abarcar sus mentes perversas y predecir sus pensamientos malvados. Pero nunca se me habría ocurrido afilar los huesos de un Hufflepuff para convertirlos en armas.

¿Harry iba a poder dejar atrás aquello alguna vez?

—Director —dijo Harry con cansancio—, sé que no suena bien, pero con toda seriedad: no soy malvado, sólo muy creativo…

—No he dicho que seas malvado —dijo Dumbledore con seriedad—. Hay quienes dicen que comprender el mal es convertirse en malvado; pero ésos no hacen más que fingir sabiduría. Más bien es el mal el que no conoce el amor, y no se atreve a imaginar el amor, y nunca puede comprender el amor sin dejar de ser mal. Y sospecho que tú puedes imaginarte en la mente de los magos tenebrosos mejor de lo que yo jamás podría, sin dejar de conocer el amor tú mismo. Así que, Harry. —Los ojos del director estaban fijos en él—. Si estuvieras en el lugar del profesor Quirrell, ¿qué fechorías podrías lograr después de engañarme para que permitiera entrar a un dementor en los terrenos de Hogwarts?

—Espere —dijo Harry, y, algo aturdido, se dirigió trabajosamente a la silla frente al escritorio del director y se sentó. Esta vez era una silla grande y cómoda, no un taburete de madera, y Harry pudo sentir cómo lo envolvía al hundirse en ella.

Dumbledore le estaba pidiendo que superara en astucia al profesor Quirrell.

Punto uno: Harry le tenía bastante más cariño al profesor Quirrell que a Dumbledore.

Punto dos: la hipótesis era que el profesor de Defensa planeaba hacer algo malvado, y en ese caso subjuntivo, Harry debería ayudar al director a impedirlo.

Punto tres…

—Director —dijo Harry—, si el profesor Quirrell está tramando algo, no estoy seguro de poder superarlo en astucia. Tiene mucha más experiencia que yo.

El viejo mago sacudió la cabeza, consiguiendo de algún modo parecer muy solemne pese a su sonrisa.

—Te subestimas.

Era la primera vez que alguien le decía eso a Harry.

—Recuerdo —continuó el viejo mago— a un joven en este mismo despacho, frío y controlado mientras se enfrentaba a la jefa de la casa Slytherin, chantajeando a su propio director para proteger a sus compañeros. Y creo que ese joven es más astuto que el profesor Quirrell, más astuto que Lucius Malfoy, que crecerá hasta ser igual al propio Voldemort. Es a él a quien deseo consultar.

Harry reprimió el escalofrío que lo recorrió al oír el nombre, y frunció el ceño pensativamente ante el director.

¿Cuánto sabe…?

El director había visto a Harry en manos de su misterioso lado oscuro, tan hundido en él como Harry había llegado a estar jamás. Harry aún recordaba cómo había sido observar, invisible y con el giratiempos, a su yo pasado enfrentarse a los Slytherin mayores; el niño con la cicatriz en la frente que no actuaba como los demás. Por supuesto que el director habría notado algo raro en el niño de su despacho…

Y Dumbledore había concluido que su héroe mascota tenía astucia suficiente para igualar a su enemigo destinado, el Señor Tenebroso.

Lo cual no era pedir gran cosa, teniendo en cuenta que el Señor Tenebroso había puesto una Marca Tenebrosa claramente visible en el brazo izquierdo de todos sus sirvientes, y que había masacrado todo el monasterio que enseñaba el arte marcial que él quería aprender.

Tener astucia suficiente para igualar al profesor Quirrell era un orden de problema completamente distinto.

Pero también estaba claro que el director no quedaría satisfecho hasta que Harry se pusiera frío y un poco tenebroso, y se le ocurriera alguna respuesta que sonara impresionantemente astuta… y que más valía que no interfiriera de verdad con las clases de Defensa del profesor Quirrell…

Y, por supuesto, Harry pasaría a su lado oscuro y lo pensaría desde esa dirección, por honestidad, y por si acaso.

—Dígame —dijo Harry— todo sobre cómo se traerá al dementor y cómo estará vigilado.

Las cejas de Dumbledore se alzaron por un momento, y luego el viejo mago empezó a hablar.

El dementor sería transportado hasta los terrenos de Hogwarts por un trío de aurores, los tres conocidos personalmente por el director, y los tres capaces de lanzar un encantamiento Patronus corpóreo. Se encontrarían con Dumbledore en el borde de los terrenos, y él haría pasar al dementor a través de las protecciones de Hogwarts…

Harry preguntó si el pase era permanente o temporal; si alguien podría simplemente traer al mismo dementor otra vez al día siguiente.

El pase era temporal —respondió el director con un asentimiento aprobatorio—, y la explicación continuó: el dementor estaría en una jaula de barras de titanio macizo, no transfigurado sino forjado de verdad; con el tiempo, la presencia de un dementor corroería ese metal hasta volverlo polvo, pero no en un solo día.

Los alumnos que esperaran su turno permanecerían bien alejados del dementor, detrás de dos Patronus corpóreos mantenidos por dos de los tres aurores en todo momento. Dumbledore esperaría junto a la jaula del dementor con su Patronus. Un solo alumno se acercaría al dementor; y Dumbledore disiparía su Patronus; y el alumno intentaría lanzar su propio encantamiento Patronus; y, si fallaba, Dumbledore restauraría su Patronus antes de que el alumno pudiera sufrir daño permanente.

El profesor Flitwick, antiguo campeón de duelo, también estaría presente mientras hubiera alumnos cerca, sólo para añadir margen de seguridad.

—¿Por qué sólo usted esperando junto al dementor? —dijo Harry—. Quiero decir, ¿no debería ser usted más un auror…?

El director sacudió la cabeza.

—No podrían soportar la exposición repetida al dementor cada vez que yo disipara mi Patronus.

Y si el Patronus de Dumbledore fallaba por alguna razón mientras uno de los alumnos todavía estaba cerca del dementor, el tercer auror lanzaría otro Patronus corpóreo y lo enviaría a proteger al alumno…

Harry pinchó y hurgó, pero no pudo ver ningún fallo en la seguridad.

Así que Harry respiró hondo, se hundió más en la silla, cerró los ojos y recordó:

—Y eso serán… ¿cinco puntos? No, hagamos que sean diez puntos justos a Ravenclaw por contestar.

El frío llegó más despacio ahora, con más reluctancia; Harry no había recurrido mucho a su lado oscuro últimamente…

Harry tuvo que repasar en su mente toda aquella sesión de Pociones antes de que su sangre se enfriara hasta algo cercano a una claridad mortal y cristalina.

Y entonces pensó en el dementor.

Y era obvio.

—El dementor es una distracción —dijo Harry. La frialdad era clara en su voz, ya que eso era lo que Dumbledore quería y esperaba—. Una amenaza grande y llamativa, pero en el fondo directa y fácil de defender. Así que mientras toda su atención esté centrada en el dementor, el verdadero complot estará ocurriendo en otra parte.

Dumbledore miró a Harry durante un momento, y luego asintió lentamente.

—Sí… —dijo el director—. Y creo que sé de qué podría ser una distracción, si el profesor Quirrell pretende hacer daño… Gracias, Harry.

El director seguía mirando a Harry, con una expresión extraña en aquellos ojos antiguos.

—¿Qué? —dijo Harry con un matiz de fastidio, el frío aún persistiendo en su sangre.

—Tengo otra pregunta para ese joven —dijo el director—. Es algo que me he preguntado durante mucho tiempo, y sin embargo he sido incapaz de comprender. ¿Por qué? —Había un matiz de dolor en su voz—. ¿Por qué alguien se convertiría deliberadamente en un monstruo? ¿Por qué hacer el mal por el mal mismo? ¿Por qué Voldemort?


Zumbido, bzzzt, tic; din, puff, splat…

Harry miró al director sorprendido.

—¿Cómo voy a saberlo? —dijo Harry—. ¿Se supone que debo entender mágicamente al Señor Tenebroso porque soy el héroe, o algo así?

—¡Sí! —dijo Dumbledore—. Mi gran enemigo fue Grindelwald, y a él lo entendía muy bien. Grindelwald era mi espejo oscuro, el hombre que yo podría haber sido con tanta facilidad si hubiera cedido a la tentación de creer que era una buena persona y que, por tanto, siempre tenía razón. Por el bien mayor, ése era su lema; y él mismo lo creía de verdad, incluso mientras desgarraba toda Europa como un animal herido. Y a él lo derroté al final.

»Pero después de él vino Voldemort, para destruir todo lo que yo había protegido en Gran Bretaña. —El dolor era ahora claro en la voz de Dumbledore, expuesto en su rostro—. Cometió actos mucho peores que los peores de Grindelwald, horror por el horror mismo. Sacrifiqué todo sólo para contenerlo, ¡y sigo sin entender por qué! ¿Por qué, Harry? ¿Por qué lo hizo? Él nunca fue mi enemigo destinado, sino el tuyo, así que si tienes alguna conjetura, Harry, por favor dímela. ¿Por qué?

Harry bajó la mirada hacia sus manos. La verdad era que Harry todavía no había leído sobre el Señor Tenebroso, y en ese momento no tenía ni la más mínima idea. Y de algún modo eso no parecía una respuesta que el director quisiera oír.

—¿Demasiados rituales oscuros, quizá? Al principio pensó que haría sólo uno, pero eso sacrificó parte de su lado bueno, y eso lo hizo menos reacio a realizar otros rituales oscuros, así que hizo más y más rituales en un ciclo de realimentación positiva hasta que acabó como un monstruo tremendamente poderoso…

—¡No! —Ahora la voz del director estaba angustiada—. ¡No puedo creer eso, Harry! ¡Tiene que haber algo más que eso!

¿Por qué tendría que haberlo?, pensó Harry, pero no lo dijo, porque estaba claro que el director pensaba que el universo era una historia y tenía una trama, y que las grandes tragedias no podían ocurrir salvo por razones igualmente grandes y significativas.

—Lo siento, director. El Señor Tenebroso no me parece mucho un espejo oscuro, en absoluto. No hay nada que me resulte ni remotamente tentador en clavar las pieles de la familia de Yermy Wibble en la pared de una redacción.

—¿No tienes ninguna sabiduría que compartir? —dijo Dumbledore. Había súplica en la voz del viejo mago, casi ruego.

El mal ocurre, pensó Harry, no significa nada ni nos enseña nada salvo que no hay que ser malvado. El Señor Tenebroso probablemente sólo era un cabrón egoísta al que no le importaba a quién hacía daño, o un idiota que cometió errores estúpidamente evitables que fueron creciendo como una bola de nieve.

No hay ningún destino detrás de los males de este mundo; si a Hitler le hubieran dejado entrar en la escuela de arquitectura como quería, toda la historia de Europa habría sido distinta; si viviéramos en el tipo de universo en el que sólo se permitiera que ocurrieran cosas horribles por buenas razones, simplemente no ocurrirían en primer lugar.

Y nada de eso, obviamente, era lo que el director quería oír.

El viejo mago seguía mirando a Harry por encima de un cachivache que parecía una bocanada de humo congelada, una desesperación dolorosa en aquellos ojos antiguos y expectantes.

Bueno, sonar sabio no era difícil. Era mucho más fácil que ser inteligente, en realidad, ya que no tenías que decir nada sorprendente ni aportar ninguna idea nueva. Sólo dejabas que el software de reconocimiento de patrones de tu cerebro completara el cliché, usando cualquier Sabiduría Profunda que hubieras almacenado antes.

—Director —dijo Harry solemnemente—, preferiría no definirme por mis enemigos.

De algún modo, incluso en medio de todos los zumbidos y tics, hubo una especie de silencio.

Eso había salido un poco más Profundamente Sabio de lo que Harry pretendía.

—Puede que seas muy sabio, Harry… —dijo el director lentamente—. Ojalá… hubiera podido definirme por mis amigos. —El dolor en su voz se había hecho más profundo.

La mente de Harry buscó apresuradamente alguna otra cosa Profundamente Sabia que decir para suavizar la fuerza involuntaria del golpe.

—O quizá —dijo Harry con más suavidad— sea el enemigo lo que hace al Gryffindor, como es el amigo lo que hace al Hufflepuff, y la ambición lo que hace al Slytherin. Lo que sí sé es que siempre, en cada generación, es el enigma lo que hace al científico.

—Es un destino terrible al que condenas a mi casa, Harry —dijo el director. El dolor seguía en su voz—. Pues ahora que lo señalas, creo que yo fui hecho en gran medida por mis enemigos.

Harry miró sus propias manos, que descansaban en su regazo. Quizá debería limitarse a callarse mientras iba ganando.

—Pero has respondido a mi pregunta —dijo Dumbledore más suavemente, como para sí mismo—. Debería haber comprendido que ésa sería la clave de un Slytherin. Por su ambición, todo por el bien de su ambición; y eso lo sé, aunque no por qué… —Durante un tiempo Dumbledore miró a la nada; luego se enderezó, y sus ojos parecieron volver a enfocarse en Harry—. Y tú, Harry —dijo el director—, ¿te llamas a ti mismo científico? —Su voz estaba entretejida de sorpresa y leve desaprobación.

—¿No le gusta la ciencia? —dijo Harry, un poco cansado. Había esperado que a Dumbledore le gustaran más las cosas muggles.

—Supongo que es útil para quienes no tienen varitas —dijo Dumbledore, frunciendo el ceño—. Pero parece una cosa extraña por la que definirse. ¿Es la ciencia tan importante como el amor? ¿Como la bondad? ¿Como la amistad? ¿Es la ciencia lo que te hace sentir afecto por Minerva McGonagall? ¿Es la ciencia lo que hace que te importe Hermione Granger? ¿Será la ciencia a lo que recurras cuando intentes encender calidez en el corazón de Draco Malfoy?

Sabes, lo triste es que probablemente crees que acabas de soltar algún tipo de argumento demoledor increíblemente sabio.

Ahora, cómo formular la réplica de forma que también sonara increíblemente sabia…

—Usted no es Ravenclaw —dijo Harry con tranquila dignidad—, y por eso quizá no se le haya ocurrido que respetar la verdad, y buscarla todos los días de la vida, también podría ser un acto de gracia.

Las cejas del director se elevaron. Y luego suspiró.

—¿Cómo llegaste a ser tan sabio, tan joven…? —El viejo mago sonaba triste al decirlo—. Quizá resulte valioso para ti.

Sólo para impresionar a magos antiguos que están demasiado impresionados consigo mismos, pensó Harry. En realidad estaba un poco decepcionado por la credulidad de Dumbledore; no era que Harry hubiera mentido, pero Dumbledore parecía demasiado impresionado con la capacidad de Harry para formular las cosas de modo que sonaran profundas, en lugar de ponerlas en inglés claro como había hecho Richard Feynman con su sabiduría…

—El amor es más importante que la sabiduría —dijo Harry, sólo para probar los límites de la tolerancia de Dumbledore hacia clichés cegadoramente obvios completados por puro reconocimiento de patrones, sin ningún tipo de análisis detallado.

El director asintió con gravedad y dijo:

—En efecto.

Harry se levantó de la silla y estiró los brazos. Bueno, más vale que me vaya a amar algo, entonces; eso seguro que me ayuda a derrotar al Señor Tenebroso. Y la próxima vez que me pida consejo, le daré un abrazo…

—Hoy me has ayudado mucho, Harry —dijo el director—. Y por eso hay una última cosa que quisiera preguntarle a ese joven.

Genial.

—Dime, Harry —dijo el director, y ahora su voz sonaba simplemente desconcertada, aunque aún había un indicio de dolor en sus ojos—, ¿por qué los magos tenebrosos temen tanto a la muerte?

—Eh —dijo Harry—, lo siento, en esa tengo que ponerme de parte de los magos tenebrosos.


Fiu, siseo, campanilla; glorp, pop, burbuja…

—¿Qué? —dijo Dumbledore.

—La muerte es mala —dijo Harry, descartando la sabiduría en favor de la comunicación clara—. Muy mala. Extremadamente mala. Tener miedo a la muerte es como tener miedo de un monstruo gigantesco con colmillos venenosos. De hecho tiene muchísimo sentido, y no indica, en realidad, que tengas un problema psicológico.

El director lo miraba como si Harry acabara de convertirse en gato.

—Vale —dijo Harry—, déjeme expresarlo así. ¿Quiere usted morirse? Porque, si es así, existe una cosa muggle llamada teléfono de prevención del suicidio…

—Cuando llegue el momento —dijo el viejo mago en voz baja—. No antes. Nunca buscaría apresurar ese día, ni negarme a aceptarlo cuando llegue.

Harry fruncía el ceño con severidad.

—¡Eso no suena como si tuviera una voluntad de vivir muy fuerte, director!

—Harry… —La voz del viejo mago empezaba a sonar un poco desvalida; y había paseado hasta un punto donde su barba plateada, sin que él lo notara, se había metido en una pecera de cristal, y lentamente estaba adquiriendo un tinte verdoso que trepaba por los pelos—. Creo que quizá no me he explicado con claridad. Los magos tenebrosos no están ansiosos por vivir. Temen a la muerte. No alzan los brazos hacia la luz del sol, sino que huyen de la llegada de la noche hacia cavernas infinitamente más oscuras que ellos mismos construyen, sin luna ni estrellas.

»No es vida lo que desean, sino inmortalidad; ¡y están tan impulsados a aferrarse a ella que sacrificarán sus propias almas! ¿Quieres vivir para siempre, Harry?

—Sí, y usted también —dijo Harry—. Quiero vivir un día más. Mañana seguiré queriendo vivir un día más. Por tanto, quiero vivir para siempre, demostración por inducción sobre los enteros positivos. Si no quieres morir, significa que quieres vivir para siempre. Si no quieres vivir para siempre, significa que quieres morir. Tienes que elegir una de las dos cosas… No estoy consiguiendo hacerme entender, ¿verdad?

Las dos culturas se miraron a través de un vasto abismo de inconmensurabilidad.

—He vivido ciento diez años —dijo el viejo mago en voz baja, sacando la barba de la pecera y sacudiéndola para quitarle el color—. He visto y hecho muchísimas cosas, demasiadas de las cuales ojalá nunca hubiera visto ni hecho. Y, sin embargo, no lamento estar vivo, porque ver crecer a mis alumnos es una alegría que aún no ha empezado a cansarme. ¡Pero no querría vivir tanto como para que lo hiciera! ¿Qué harías con la eternidad, Harry?

Harry respiró hondo.

—Conocer a todas las personas interesantes del mundo, leer todos los buenos libros y luego escribir algo aún mejor, celebrar la fiesta del décimo cumpleaños de mi primer nieto en la Luna, celebrar la fiesta del centésimo cumpleaños de mi primer tataratataranieto alrededor de los anillos de Saturno, aprender las reglas más profundas y finales de la Naturaleza, comprender la naturaleza de la conciencia, averiguar por qué existe algo en primer lugar, visitar otras estrellas, descubrir alienígenas, crear alienígenas, reunirme con todos para una fiesta al otro lado de la Vía Láctea cuando hayamos explorado toda la galaxia, juntarme con todos los demás que nacieron en la Vieja Tierra para ver apagarse finalmente el Sol, y antes me preocupaba encontrar una forma de escapar de este universo antes de que se quedara sin negentropía, pero ahora tengo muchas más esperanzas desde que he descubierto que las llamadas leyes de la física son sólo directrices opcionales.

—No he entendido gran parte de eso —dijo Dumbledore—. Pero debo preguntarte si esas cosas las deseas de verdad con tanta desesperación, o si sólo las imaginas para poder imaginar que no estás cansado, mientras corres y corres huyendo de la muerte.

—La vida no es una lista finita de cosas que marcas antes de que se te permita morir —dijo Harry con firmeza—. Es vida; simplemente sigues viviéndola. Si no estoy haciendo esas cosas será porque he encontrado algo mejor.

Dumbledore suspiró. Sus dedos tamborilearon sobre un reloj; cuando lo tocaron, los números cambiaron a una escritura indescifrable, y las agujas aparecieron brevemente en posiciones distintas.

—En el improbable caso de que se me permita demorarme hasta los ciento cincuenta —dijo el viejo mago—, no creo que me importara. Pero doscientos años serían demasiado de algo bueno.

—Sí, bueno —dijo Harry, con la voz algo seca mientras pensaba en su mamá y su papá y en el lapso que les estaba asignado si Harry no hacía algo al respecto—, sospecho, director, que si usted viniera de una cultura donde la gente estuviera acostumbrada a vivir cuatrocientos años, morir a los doscientos le parecería tan trágicamente prematuro como morir a, digamos, los ochenta. —La voz de Harry se endureció en esa última palabra.

—Quizá —dijo el viejo mago pacíficamente—. No querría morir antes que mis amigos, ni seguir viviendo después de que todos ellos se hubieran ido. El momento más duro es cuando aquellos a quienes más amabas se han adelantado, y sin embargo otros siguen vivos, por cuyo bien debes quedarte… —Los ojos de Dumbledore estaban fijos en Harry y se volvían tristes—. No me llores demasiado, Harry, cuando llegue mi momento; estaré con aquellos a quienes llevo tanto tiempo echando de menos, en nuestra próxima gran aventura.

—¡Oh! —dijo Harry con una comprensión repentina—. Usted cree en una vida después de la muerte. Tenía la impresión de que los magos no tenían religión.


Tut. Bip. Pum.

—¿Cómo puedes no creerlo? —dijo el director, pareciendo completamente estupefacto—. ¡Harry, eres un mago! ¡Has visto fantasmas!

—Fantasmas —dijo Harry, con la voz plana—. Se refiere a esas cosas como retratos, recuerdos y comportamientos almacenados sin conciencia ni vida, impresos accidentalmente en el material circundante por el estallido de magia que acompaña la muerte violenta de un mago…

—He oído esa teoría —dijo el director, con la voz volviéndose cortante— repetida por magos que confunden cinismo con sabiduría, que creen que mirar a los demás por encima del hombro es elevarse a sí mismos. ¡Es una de las ideas más tontas que he oído en ciento diez años! Sí, los fantasmas no aprenden ni crecen, porque éste no es el lugar al que pertenecen. ¡Las almas están destinadas a seguir adelante, no les queda vida aquí! Y si no los fantasmas, ¿qué hay del Velo? ¿Qué hay de la Piedra de la Resurrección?

—Muy bien —dijo Harry, intentando mantener la voz calmada—, escucharé sus pruebas, porque eso es lo que hace un científico. Pero primero, director, déjeme contarle una pequeña historia. —La voz de Harry temblaba—. Sabe, cuando llegué aquí, cuando bajé del tren de King’s Cross, no me refiero a ayer sino a septiembre, cuando bajé del tren entonces, director, nunca había visto un fantasma. No esperaba fantasmas. Así que cuando los vi, director, hice algo realmente estúpido. Saqué conclusiones precipitadas.

»Yo, yo pensé que había una vida después de la muerte, pensé que nadie había muerto nunca de verdad, pensé que todas las personas que la especie humana había perdido estaban en realidad bien después de todo, pensé que los magos podían hablar con las personas que habían fallecido, que sólo hacía falta el hechizo adecuado para invocarlas, que los magos podían hacer eso, pensé que podría conocer a mis padres que murieron por mí, y decirles que había oído hablar de su sacrificio y que había empezado a llamarlos mi madre y mi padre…

—Harry —susurró Dumbledore. El agua brillaba en los ojos del viejo mago. Dio un paso más cerca a través del despacho.

—Y entonces —escupió Harry, con la furia entrando plenamente en su voz, la fría rabia contra el universo por ser así y contra sí mismo por haber sido tan estúpido— le pregunté a Hermione y ella dijo que sólo eran imágenes residuales, quemadas en la piedra del castillo por la muerte de un mago, como las siluetas que quedaron en las paredes de Hiroshima.

»¡Y debería haberlo sabido! ¡Debería haberlo sabido sin siquiera tener que preguntar! ¡No debería haberlo creído ni siquiera durante treinta segundos! Porque si las personas tuvieran almas no existiría nada llamado daño cerebral; si tu alma pudiera seguir hablando después de que todo tu cerebro hubiera desaparecido, ¿cómo podría una lesión en el hemisferio cerebral izquierdo quitarte la capacidad de hablar? Y la profesora McGonagall, cuando me contó cómo habían muerto mis padres, no actuó como si se hubieran ido simplemente de viaje largo a otro país, como si hubieran emigrado a Australia en la época de los barcos de vela, que es como actuaría la gente si supiera de verdad que la muerte es sólo ir a otro sitio, si tuviera pruebas sólidas de una vida después de la muerte, en lugar de inventarse cosas para consolarse; lo cambiaría todo, no importaría que todos hubieran perdido a alguien en la guerra, sería un poco triste pero no horrible. ¡Y yo ya había visto que la gente en el mundo mágico no actuaba así! ¡Así que debería haberlo sabido! Y fue entonces cuando supe que mis padres estaban realmente muertos y desaparecidos para siempre jamás, que no quedaba nada de ellos, que nunca tendría la oportunidad de conocerlos y, y, y los otros niños pensaban que lloraba porque tenía miedo de los fantasmas…

El rostro del viejo mago estaba horrorizado; abrió la boca para hablar…

—Así que dígame, director. ¡Hábleme de las pruebas! Pero no se atreva a exagerar ni una sola pizca de ellas, porque si vuelve a darme falsas esperanzas, y luego descubro que mintió o estiró las cosas aunque fuera un poquito, no se lo perdonaré jamás. ¿Qué es el Velo?

Harry alzó la mano y se limpió las mejillas, mientras los objetos de cristal del despacho dejaban de vibrar por su último grito.

—El Velo —dijo el viejo mago, con sólo un ligero temblor en la voz— es un gran arco de piedra, guardado en el Departamento de Misterios; una puerta a la tierra de los muertos.

—¿Y cómo sabe nadie eso? —dijo Harry—. ¡No me diga lo que cree, dígame lo que ha visto!

La manifestación física de la barrera entre mundos era un gran arco de piedra, viejo y alto, que culminaba en una punta afilada, con un velo negro hecho jirones como la superficie de una charca, extendido entre las piedras; ondulando, siempre, por el paso constante y de una sola dirección de las almas.

Si te situabas junto al Velo podías oír las voces de los muertos llamando, siempre llamando en susurros apenas al lado equivocado de la comprensión, volviéndose más fuertes y numerosas si te quedabas e intentabas escuchar, mientras intentaban comunicarse; y si escuchabas demasiado tiempo, ibas a reunirte con ellos, y en el momento en que tocabas el Velo eras absorbido a través de él y nunca se volvía a saber de ti.

—Eso ni siquiera suena como un fraude interesante —dijo Harry, con la voz ya más calmada ahora que allí no había nada que le hiciera esperar, o le enfadara por ver sus esperanzas frustradas—. Alguien construyó un arco de piedra, hizo una pequeña superficie negra ondulante entre medias que Desaparecía cualquier cosa que tocara, y la encantó para susurrar a la gente e hipnotizarla.

—Harry… —dijo el director, empezando a parecer bastante preocupado—. Puedo decirte la verdad, pero si te niegas a oírla…

Tampoco interesante.

—¿Qué es la Piedra de la Resurrección?

—No te lo diría —dijo el director lentamente— si no temiera lo que esta incredulidad puede hacerte… así que escucha, Harry, por favor escucha…

La Piedra de la Resurrección era una de las tres legendarias Reliquias de la Muerte, pariente de la capa de Harry. La Piedra de la Resurrección podía llamar a las almas de vuelta de la muerte, traerlas de regreso al mundo de los vivos, aunque no como eran. Cadmus Peverell usó la piedra para llamar de vuelta de entre los muertos a su amada perdida, pero el corazón de ella permaneció con los muertos, y no en el mundo de los vivos. Y con el tiempo eso lo enloqueció, y se suicidó para estar de verdad con ella una vez más…

Con toda cortesía, Harry levantó la mano.

—¿Sí? —dijo el director a regañadientes.

—La prueba obvia para ver si la Piedra de la Resurrección llama de verdad a los muertos, o sólo proyecta una imagen de la mente del usuario, es hacer una pregunta cuya respuesta no sepas tú, pero sí la persona muerta, y que pueda verificarse definitivamente en este mundo. Por ejemplo, llamar de vuelta a…

Entonces Harry se detuvo, porque esta vez había logrado pensar un paso por delante de su lengua, lo bastante rápido como para no decir el primer nombre y la primera prueba que le habían venido a la mente.

—…su esposa muerta, y preguntarle dónde dejó su pendiente perdido, o algo así —terminó Harry—. ¿Alguien hizo alguna prueba de ese estilo?

—La Piedra de la Resurrección lleva siglos perdida, Harry —dijo el director en voz baja.

Harry se encogió de hombros.

—Bueno, soy científico, y siempre estoy dispuesto a que me convenzan. Si usted cree de verdad que la Piedra de la Resurrección llama de vuelta a los muertos, entonces tiene que creer que una prueba así tendría éxito, ¿no? Así que ¿sabe algo sobre dónde encontrar la Piedra de la Resurrección? Ya conseguí una Reliquia de la Muerte bajo circunstancias muy misteriosas, y, bueno, ambos sabemos cómo funciona el ritmo del mundo con esa clase de cosas.

Dumbledore miró fijamente a Harry.

Harry devolvió la mirada al director con ecuanimidad.

El viejo mago se pasó una mano por la frente y murmuró:

—Esto es una locura.

(De algún modo, Harry logró contener la risa.)

Y Dumbledore le dijo a Harry que sacara la Capa de Invisibilidad de su bolsa; bajo las indicaciones del director, Harry miró el interior y el reverso de la capucha hasta que lo vio, débilmente dibujado contra la malla plateada en escarlata desvaído como sangre seca, el símbolo de las Reliquias de la Muerte: un triángulo, con un círculo dibujado dentro, y una línea que dividía a ambos.

—Gracias —dijo Harry cortésmente—. Me aseguraré de estar atento a una piedra marcada así. ¿Tiene alguna otra prueba?

Dumbledore parecía estar librando una lucha consigo mismo.

—Harry —dijo el viejo mago, con la voz elevándose—, éste es un camino peligroso por el que estás andando. No estoy seguro de hacer bien al decir esto, ¡pero debo arrancarte de este sendero! Harry, ¿cómo pudo Voldemort sobrevivir a la muerte de su cuerpo si no tenía alma?

Y fue entonces cuando Harry se dio cuenta de que había exactamente una persona que le había dicho originalmente a la profesora McGonagall que el Señor Tenebroso seguía vivo; y era el director loco de aquel manicomio de escuela, que pensaba que el mundo funcionaba a base de clichés.

—Buena pregunta —dijo Harry, después de cierto debate interno sobre cómo proceder—. Quizá encontró alguna forma de duplicar el poder de la Piedra de la Resurrección, sólo que la cargó por adelantado con una copia completa de su estado cerebral. O algo así. —Harry de pronto estaba muy lejos de estar seguro de que estuviera intentando dar una explicación de algo que hubiera ocurrido realmente—. De hecho, ¿puede simplemente contarme todo lo que sabe sobre cómo sobrevivió el Señor Tenebroso y qué haría falta para matarlo? —Si es que aún existe más allá de los titulares de El Quisquilloso.

—No me engañas, Harry —dijo el viejo mago; su rostro parecía ahora antiguo, y marcado por algo más que los años—. Sé por qué estás haciendo en realidad esa pregunta. No, no leo tu mente; no necesito hacerlo, ¡tu vacilación te delata! ¡Buscas el secreto de la inmortalidad del Señor Tenebroso para usarlo tú mismo!

—¡Error! ¡Quiero el secreto de la inmortalidad del Señor Tenebroso para usarlo con todo el mundo!


Tic, chisporroteo, fzzzt…

Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore se quedó allí de pie y miró a Harry con la boca abierta tontamente.

(Harry se concedió a sí mismo una marca para el lunes, ya que había conseguido volarle la cabeza a alguien por completo antes de que acabara el día.)

—Y por si no ha quedado claro —dijo Harry—, con todo el mundo quiero decir todos los muggles también, no sólo todos los magos.

—No —dijo el viejo mago, sacudiendo la cabeza. Su voz se elevó—. ¡No, no, no! ¡Esto es demencia!

—¡Bua ja ja! —dijo Harry.

El rostro del viejo mago estaba tenso de ira y preocupación.

—Voldemort robó el libro del que extrajo su secreto; no estaba allí cuando fui a buscarlo. Pero esto sí sé, y esto sí te diré: su inmortalidad nació de un ritual terrible y oscuro, ¡más negro que la negrura más negra! Y fue Myrtle, la pobre y dulce Myrtle, quien murió por ello; su inmortalidad requirió sacrificio, requirió asesinato…

—¡Bueno, obviamente no voy a popularizar un método de inmortalidad que requiera matar gente! ¡Eso derrotaría todo el propósito!

Hubo una pausa de sorpresa.

Lentamente, el rostro del viejo mago se relajó y perdió la ira, aunque la preocupación seguía allí.

—No usarías ningún ritual que requiriera sacrificio humano.

—No sé por quién me toma, director —dijo Harry con frialdad, su propia ira elevándose—, pero no olvidemos que yo soy el que quiere que la gente viva. ¡El que quiere salvar a todo el mundo! ¡Usted es quien piensa que la muerte es maravillosa y que todo el mundo debería morirse!

—Estoy perdido, Harry —dijo el viejo mago. Sus pies empezaron de nuevo a caminar por su extraño despacho—. No sé qué decir. —Tomó una bola de cristal que parecía contener una mano envuelta en llamas y la miró con expresión triste—. Sólo que me malinterpretas enormemente… ¡No quiero que todo el mundo muera, Harry!

—Sólo que no quiere que nadie sea inmortal —dijo Harry con considerable ironía. Parecía que tautologías lógicas elementales como «Todo x: Muere(x) = No existe x: No muere(x)» estaban más allá de la capacidad de razonamiento del mago más poderoso del mundo.

El viejo mago asintió.

—Estoy menos asustado que antes, pero sigo muy preocupado por ti, Harry —dijo en voz baja. Su mano, un poco marchitada por el tiempo pero aún fuerte, colocó firmemente la bola de cristal de vuelta en su soporte—. Pues el miedo a la muerte es algo amargo, una enfermedad del alma por la que las personas son retorcidas y deformadas. Voldemort no es el único mago tenebroso que ha recorrido ese camino sombrío, aunque temo que él lo ha llevado más lejos que nadie antes que él.

—¿Y usted cree que no tiene miedo de la muerte? —dijo Harry, sin intentar siquiera ocultar la incredulidad en su voz.

El rostro del viejo mago era pacífico.

—No soy perfecto, Harry, pero creo que he aceptado mi muerte como parte de mí mismo.

—Ajá —dijo Harry—. Mire, hay una pequeña cosa llamada disonancia cognitiva, o en inglés más llano, uvas verdes. Si a la gente le golpearan en la cabeza con porras una vez al mes, y nadie pudiera hacer nada al respecto, muy pronto habría toda clase de filósofos, fingiendo ser sabios como usted dice, que encontrarían toda clase de beneficios asombrosos en que te golpeen en la cabeza con una porra una vez al mes.

»Como que te hace más duro, o te hace más feliz los días en que no te están golpeando con una porra. Pero si fueras a alguien a quien no golpean y le preguntaras si quiere empezar, a cambio de esos beneficios asombrosos, diría que no.

»Y si no tuvieras que morir, si vinieras de algún sitio donde nadie hubiera oído hablar jamás de la muerte, y yo te sugiriera que sería una idea asombrosa, maravillosa y estupenda que la gente se arrugara, envejeciera y finalmente dejara de existir, ¡vaya, me mandarías directo a un manicomio! Entonces ¿por qué alguien pensaría jamás un pensamiento tan tonto como que la muerte es algo bueno? Porque le tienes miedo, porque en realidad no quieres morir, y ese pensamiento te duele tanto por dentro que tienes que racionalizarlo, hacer algo para adormecer el dolor, para no tener que pensar en ello…

—No, Harry —dijo el viejo mago. Su rostro era amable, su mano se deslizaba por un estanque iluminado de agua que producía pequeñas campanillas musicales cuando sus dedos lo removían—. Aunque puedo entender por qué debes pensarlo.

—¿Quiere entender al mago tenebroso? —dijo Harry, con la voz ahora dura y sombría—. Entonces mire dentro de la parte de usted que huye no de la muerte sino del miedo a la muerte, que encuentra ese miedo tan insoportable que abrazará a la Muerte como amiga y se arrimará a ella, intentará hacerse una con la noche para poder creerse dueña del abismo.

»¡Ha tomado el más terrible de todos los males y lo ha llamado bueno! Con sólo una leve torsión, esa misma parte de usted asesinaría inocentes y lo llamaría amistad. Si puede llamar a la muerte mejor que la vida, entonces puede retorcer su brújula moral hasta que apunte a cualquier sitio…

—Creo —dijo Dumbledore, sacudiendo gotas de agua de la mano al son de minúsculos tintineos— que entiendes muy bien a los magos tenebrosos, sin ser todavía uno tú mismo. —Lo dijo con perfecta seriedad, y sin acusación—. Pero tu comprensión de mí, me temo, es muy deficiente. —El viejo mago sonreía ahora, y había una risa suave en su voz.

Harry intentaba no volverse más frío de lo que ya estaba; desde algún lugar le entraba en la mente una furia ardiente de resentimiento, contra la condescendencia de Dumbledore, y contra toda la risa que los viejos necios sabios habían usado jamás en lugar de argumentos.

—Qué curioso, sabe, pensaba que Draco Malfoy iba a ser así de imposible para hablar con él, y en cambio, en su inocencia infantil, era cien veces más fuerte que usted.

Una expresión de desconcierto cruzó el rostro del viejo mago.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir —dijo Harry, con la voz cortante— que Draco sí se tomó sus propias creencias en serio y procesó mis palabras en lugar de tirarlas por la ventana con una sonrisa de superioridad amable. ¡Usted es tan viejo y sabio que ni siquiera puede advertir nada de lo que digo! ¡No entenderlo, advertirlo!

—Te he escuchado, Harry —dijo Dumbledore, con aspecto ahora más solemne—, pero escuchar no siempre es estar de acuerdo. Dejando a un lado los desacuerdos, ¿qué es lo que crees que no comprendo?

Que si de verdad creyera en una vida después de la muerte, bajaría a San Mungo y mataría a los padres de Neville, Alice y Frank Longbottom, para que pudieran seguir adelante hacia su próxima gran aventura, en lugar de dejarlos permanecer aquí en su estado dañado…

Harry apenas, apenas, consiguió no decirlo en voz alta.

—Muy bien —dijo Harry con frialdad—. Entonces responderé a su pregunta original. Usted preguntó por qué los magos tenebrosos tienen miedo de la muerte. Finja, director, que de verdad cree en las almas. Finja que cualquiera puede verificar la existencia de almas en cualquier momento, finja que nadie llora en los funerales porque sabe que sus seres queridos siguen vivos.

»Ahora, ¿puede imaginar destruir un alma? ¿Desgarrarla en pedazos hasta que no quede nada que pueda seguir adelante hacia su próxima gran aventura? ¿Puede imaginar qué cosa tan terrible sería eso, el peor crimen que se hubiera cometido jamás en la historia del universo, algo que haría cualquier cosa por impedir aunque ocurriera una sola vez? ¡Porque eso es lo que es realmente la Muerte: la aniquilación de un alma!

El viejo mago lo miraba, con una expresión triste en los ojos.

—Supongo que ahora lo entiendo —dijo en voz baja.

—¿Ah, sí? —dijo Harry—. ¿Entiende qué?

—A Voldemort —dijo el viejo mago—. Por fin lo entiendo. Porque para creer que el mundo es de verdad así, debes creer que no hay justicia en él, que está tejido de oscuridad en su núcleo. Te pregunté por qué se convirtió en un monstruo, y no pudiste darme ninguna razón. Y si pudiera preguntárselo a él, supongo que su respuesta sería: ¿por qué no?


Se quedaron allí mirándose a los ojos, el viejo mago con sus túnicas, y el joven niño con la cicatriz en forma de rayo en la frente.

—Dime, Harry —dijo el viejo mago—, ¿te convertirás en un monstruo?

—No —dijo el niño, con una certeza de hierro en la voz.

—¿Por qué no? —dijo el viejo mago.

El joven niño se irguió muy recto, con la barbilla alta y orgullosa, y dijo:

—No hay justicia en las leyes de la Naturaleza, director, ningún término de equidad en las ecuaciones del movimiento. El universo no es malvado, ni bueno; simplemente no le importa. A las estrellas no les importa, ni al Sol, ni al cielo. ¡Pero no hace falta que les importe! ¡A nosotros nos importa! ¡Hay luz en el mundo, y somos nosotros!

—Me pregunto qué será de ti, Harry —dijo el viejo mago. Su voz era suave, con una extraña maravilla y pesar en ella—. Basta para hacerme desear vivir sólo para verlo.

El niño le hizo una reverencia cargada de ironía y se marchó; y la puerta de roble se cerró de golpe tras él con un pum.