Capítulo 37: Interludio: Cruzar el límite
Era casi medianoche.
Quedarse despierto hasta tarde era bastante sencillo para Harry. Simplemente no había usado el Giratiempo. Harry seguía la tradición de ajustar su ciclo de sueño para asegurarse de estar despierto cuando la Nochebuena se convertía en Navidad; porque, aunque nunca había sido lo bastante pequeño como para creer en Papá Noel, una vez sí había sido lo bastante pequeño como para dudarlo.
Habría estado bien que existiera una figura misteriosa que entrase en tu casa por la noche y te trajese regalos…
Entonces un escalofrío recorrió la espalda de Harry.
El presentimiento de que algo terrible se acercaba.
Un terror reptante.
Una sensación de fatalidad.
Harry se incorporó de golpe en la cama.
Miró hacia la ventana.
—¿Profesor Quirrell? —chilló Harry en voz muy baja.
El profesor Quirrell hizo un leve gesto ascendente, y la ventana de Harry pareció replegarse dentro del marco. Al instante, una ráfaga fría de invierno entró en la habitación por el hueco, junto con unos pocos copos de nieve de un cielo salpicado de nubes nocturnas grises, entre la negrura y las estrellas.
—No tema, señor Potter —dijo el profesor de Defensa con voz normal—. He hechizado a sus padres para que duerman; no despertarán hasta que me haya marchado.
—¡Se supone que nadie debe saber dónde estoy! —dijo Harry, aún manteniendo el chillido en voz baja—. ¡Se supone que incluso las lechuzas deben entregarme el correo en Hogwarts, no aquí! —Harry había aceptado eso de buen grado; sería absurdo que un mortífago pudiera ganar toda la guerra en cualquier momento simplemente enviándole por lechuza una granada de mano que se activase mágicamente.
El profesor Quirrell sonreía desde donde estaba de pie en el jardín trasero, más allá de la ventana.
—Oh, no me preocuparía, señor Potter. Está usted bien protegido contra hechizos de localización, y no es probable que a ningún purista de sangre se le ocurra consultar una guía telefónica. —Su sonrisa se ensanchó—. Y cruzar las protecciones que el director puso alrededor de esta casa ha requerido un esfuerzo considerable; aunque, por supuesto, cualquiera que supiera su dirección podría limitarse a esperar fuera y atacarle la próxima vez que saliera.
Harry miró fijamente al profesor Quirrell durante un rato.
—¿Qué está haciendo aquí? —dijo Harry por fin.
La sonrisa desapareció del rostro del profesor Quirrell.
—He venido a disculparme, señor Potter —dijo el profesor de Defensa en voz baja—. No debería haberle hablado con tanta dureza como…
—No —dijo Harry. Bajó la vista hacia la manta que estaba aferrando alrededor de su pijama—. Simplemente no.
—¿Tanto le he ofendido? —dijo la voz tranquila del profesor Quirrell.
—No —dijo Harry—. Pero lo hará si se disculpa.
—Ya veo —dijo el profesor Quirrell, y en un instante su voz se volvió severa—. Entonces, si debo tratarle como a un igual, señor Potter, debería decir que ha violado gravemente la etiqueta que rige entre Slytherins aliados. Si no está jugando en ese momento la partida contra alguien, no debe inmiscuirse de ese modo en sus planes, al menos no sin preguntárselo antes. Porque no sabe cuál puede ser su verdadero designio, ni qué apuestas podrían perder. Eso lo señalaría como su enemigo, señor Potter.
—Lo siento —dijo Harry, exactamente en el mismo tono bajo que había usado el profesor Quirrell.
—Disculpa aceptada —dijo el profesor Quirrell.
—Pero —dijo Harry, aún en voz baja— usted y yo tendremos que hablar más de política en algún momento.
El profesor Quirrell suspiró.
—Sé que no le gusta que le traten con condescendencia, señor Potter…
Eso era quedarse un poco corto.
—Pero sería aún más condescendiente —dijo el profesor Quirrell— si no lo dijera con claridad. Le falta experiencia de vida, señor Potter.
—¿Y todos los que tienen suficiente experiencia de vida están de acuerdo con usted, entonces? —dijo Harry con calma.
—¿De qué le sirve la experiencia de vida a alguien que juega al quidditch? —dijo el profesor Quirrell, y se encogió de hombros—. Creo que cambiará de opinión con el tiempo, cuando toda confianza que deposite le haya fallado y se haya vuelto cínico.
El profesor de Defensa lo dijo como si fuera la afirmación más corriente del mundo, recortado contra la negrura, las estrellas y el cielo salpicado de nubes, mientras uno o dos diminutos copos de nieve pasaban junto a él en el aire cortante del invierno.
—Eso me recuerda —dijo Harry—. Feliz Navidad.
—Supongo —dijo el profesor Quirrell—. Al fin y al cabo, si no es una disculpa, entonces debe de ser un regalo de Navidad. De hecho, el primer regalo que he hecho en mi vida.
Harry aún ni siquiera había empezado a aprender latín para poder leer el diario experimental de Roger Bacon; y apenas se atrevía a abrir la boca para preguntar.
—Póngase el abrigo de invierno —dijo el profesor Quirrell—, o tome una poción de calor si tiene alguna; y reúnase conmigo fuera, bajo las estrellas. Veré si puedo mantenerlo un poco más esta vez.
Harry tardó un momento en procesar las palabras, y entonces salió corriendo hacia el armario de los abrigos.
El profesor Quirrell mantuvo el hechizo de luz estelar durante más de una hora, aunque al profesor de Defensa se le tensó el rostro, y al cabo de un rato tuvo que sentarse. Harry protestó solo una vez, y fue mandado callar.
Cruzaron el límite entre Nochebuena y Navidad dentro de aquel vacío intemporal donde las rotaciones de la Tierra no significaban nada, la única y verdadera Noche de Paz eterna.
Y tal como había prometido, los padres de Harry durmieron profundamente durante todo aquello, hasta que Harry estuvo de vuelta a salvo en su habitación y el profesor de Defensa se hubo marchado.