Desorientación brutal: así se sentía salir del andén nueve y tres cuartos al resto de la Tierra, al mundo que Harry había creído una vez que era el único mundo real. Gente vestida con camisas y pantalones informales, en vez de las túnicas más dignas de los magos y las brujas. Trozos dispersos de basura aquí y allá, alrededor de los bancos. Un olor olvidado, los gases de la gasolina quemada, crudos y agudos en el aire.

El ambiente de la estación de King’s Cross, menos luminoso y alegre que Hogwarts o el callejón Diagon; la gente parecía más pequeña, más asustada, y probablemente habría cambiado encantada sus problemas por un mago tenebroso contra el que luchar. Harry quería lanzar Fregotego para la suciedad, y Everto para la basura, y, si hubiera conocido el hechizo, un encantamiento casco-burbuja para no tener que respirar aquel aire. Pero no podía usar su varita en ese lugar…

Esto, comprendió Harry, debía de ser lo que se sentía al pasar de un país del Primer Mundo a un país del Tercer Mundo.

Solo que era el Mundo Cero lo que Harry había dejado atrás: el mundo mágico, el de los encantamientos limpiadores y los elfos domésticos; donde, entre las artes de los sanadores y tu propia magia, podías llegar a los ciento setenta antes de que la vejez empezara de verdad a alcanzarte.

Y Londres no mágico, la Tierra muggle, era aquello a lo que Harry había regresado temporalmente. Allí era donde mamá y papá vivirían el resto de sus vidas, salvo que la tecnología adelantara de un salto a la magia en calidad de vida, o algo más profundo cambiara en el mundo.

Sin siquiera pensarlo, Harry giró la cabeza y sus ojos se desviaron hacia atrás para ver el baúl de madera que correteaba detrás de él, inadvertido para todos los muggles; los tentáculos con garras le ofrecieron una confirmación rápida de que sí, no se lo había imaginado todo…

Y luego estaba la otra razón de la opresión en el pecho.

Sus padres no lo sabían.

No sabían nada.

No sabían…

—¿Harry? —llamó una mujer delgada y rubia cuya piel perfectamente lisa y sin imperfecciones la hacía parecer bastante más joven que treinta y tres años; y Harry comprendió de golpe que era magia, no había conocido antes las señales, pero ahora podía verlas. Y fuera cual fuera la clase de poción que duraba tanto tiempo, debía de ser terriblemente peligrosa, porque la mayoría de las brujas no se hacían eso a sí mismas, no estaban tan desesperadas…

Se le estaban acumulando lágrimas en los ojos.

—¿Harry? —gritó un hombre de aspecto mayor, con una barriga que empezaba a formarse sobre el estómago, vestido con ostentoso descuido académico con un chaleco negro sobre una camisa gris verdosa oscura, alguien que siempre sería profesor fuera adonde fuese, que sin duda habría sido uno de los magos más brillantes de su generación si hubiera nacido con dos copias de aquel gen en vez de cero…

Harry levantó la mano y los saludó. No podía hablar. No podía hablar en absoluto.

Se acercaron a él, no corriendo, sino con paso firme y digno; así de rápido caminaba el profesor Michael Verres-Evans, y la señora Petunia Evans-Verres no pensaba caminar más deprisa.

La sonrisa en el rostro de su padre no era muy amplia, pero su padre nunca había sido dado a sonrisas enormes; al menos era tan amplia como Harry la había visto jamás, más amplia que cuando llegaba una nueva beca de investigación, o cuando uno de sus alumnos conseguía un puesto, y no se podía pedir una sonrisa más amplia que esa.

Mamá parpadeaba con fuerza, e intentaba sonreír, pero no se le estaba dando muy bien.

—¡Bueno! —dijo su padre al llegar con paso decidido—. ¿Has hecho ya algún descubrimiento revolucionario?

Por supuesto, papá creía que estaba bromeando.

No había dolido tanto cuando sus padres no creían en él, cuando nadie más creía tampoco en él, cuando Harry no había sabido cómo se sentía que gente como el director Dumbledore y el profesor Quirrell te tomaran en serio.

Y fue entonces cuando Harry comprendió que el Niño Que Vivió solo existía en la Gran Bretaña mágica, que no había tal persona en el Londres muggle, solo un niño mono de once años que volvía a casa por Navidad.

—Perdonad —dijo Harry, con la voz temblorosa—, voy a derrumbarme y llorar ahora, no significa que pasara nada malo en el colegio.

Harry empezó a avanzar y luego se detuvo, dividido entre abrazar a su padre y abrazar a su madre; no quería que ninguno de los dos se sintiera desairado o que Harry quería más al otro…

—Tú —dijo su padre— eres un niño muy tonto, señor Verres —y cogió suavemente a Harry por los hombros y lo empujó hacia los brazos de su madre, que estaba arrodillada, con lágrimas ya corriéndole por la mejilla.

—Hola, mamá —dijo Harry con la voz vacilante—. He vuelto.

Y la abrazó, entre los ruidosos sonidos mecánicos y el olor a gasolina quemada; y Harry empezó a llorar, porque sabía que nada podía volver atrás, y él menos que nada.


El cielo estaba completamente oscuro y empezaban a salir las estrellas para cuando negociaron el tráfico navideño hasta la ciudad universitaria que era Oxford y aparcaron en la entrada de la casa vieja, pequeña y de aspecto lúgubre que su familia usaba para que la lluvia no les cayera encima a sus libros.

Mientras caminaban por el breve tramo de pavimento que llevaba a la puerta principal, pasaron junto a una serie de macetas que sostenían pequeñas luces eléctricas tenues —tenues porque tenían que recargarse con energía solar durante el día—, y las luces se encendieron justo cuando pasaron. La parte difícil había sido encontrar sensores de movimiento que fueran impermeables y se activaran a la distancia exacta…

En Hogwarts había antorchas de verdad que hacían eso.

Entonces se abrió la puerta principal y Harry entró en el salón, parpadeando con fuerza.

Cada centímetro de pared está cubierto por una librería. Cada librería tiene seis estantes y llega casi hasta el techo. Algunas estanterías están llenas hasta los topes de libros de tapa dura: ciencia, matemáticas, historia y todo lo demás. Otros estantes tienen dos capas de libros de ciencia ficción en rústica, con la capa trasera elevada sobre cajas viejas de pañuelos o listones de madera, para que puedas ver los libros de detrás por encima de los libros de delante. Y aun así no basta.

Los libros se desbordan sobre las mesas y los sofás y forman pequeños montones bajo las ventanas…

La casa de los Verres estaba tal como la había dejado, solo que con más libros, que también era justo como la había dejado.

Y había un árbol de Navidad, desnudo y sin decorar a solo dos días de Nochebuena, lo que desconcertó brevemente a Harry hasta que comprendió, con una sensación cálida floreciéndole en el pecho, que por supuesto sus padres habían esperado.

—Hemos sacado la cama de tu cuarto para hacer sitio a más librerías —dijo su padre—. Puedes dormir en tu baúl, ¿verdad?

—Puedes dormir tú en mi baúl —dijo Harry.

—Eso me recuerda —dijo su padre—. ¿Qué acabaron haciendo con tu ciclo de sueño?

—Magia —dijo Harry, dirigiéndose en línea recta hacia la puerta que daba a su dormitorio, por si papá no estaba bromeando…

—¡Eso no es una explicación! —dijo el profesor Verres-Evans, justo cuando Harry gritó:

—¿Habéis usado todo el espacio libre de mis librerías?


Harry había pasado el 23 de diciembre comprando cosas muggles que no podía simplemente transformar; su padre había estado ocupado y le había dicho que Harry tendría que ir andando o tomar el autobús, lo que le había venido estupendamente a Harry.

Algunas de las personas de la ferretería le habían lanzado miradas inquisitivas a Harry, pero él había dicho con voz inocente que su padre estaba comprando cerca y estaba muy ocupado y lo había mandado a buscar unas cosas —levantando una lista escrita con letra medio ilegible cuidadosamente adulta—; y al final, el dinero era dinero.

Habían decorado todos juntos el árbol de Navidad, y Harry había puesto en la punta un hada diminuta que bailaba —dos sickles y cinco knuts en Gambol y Japes—.

Gringotts había cambiado galeones por billetes de papel sin problemas, pero no parecía tener una forma sencilla de convertir cantidades mayores de oro en dinero muggle libre de impuestos y no sospechoso en una cuenta numerada de un banco suizo. Eso había pinchado bastante el plan de Harry de convertir la mayor parte del dinero que se había autorrobado en una mezcla sensata de un 60% de fondos indexados internacionales y un 40% de Berkshire Hathaway.

Por el momento, Harry había diversificado un poco más sus activos saliendo a hurtadillas tarde por la noche, invisible y girado en el tiempo, y enterrando cien galeones de oro en el jardín trasero. Siempre siempre siempre había querido hacer eso de todos modos.

Parte del 24 de diciembre la había pasado con el profesor leyendo los libros de Harry y haciendo preguntas. La mayoría de los experimentos que había sugerido su padre eran impracticables, al menos por el momento; de los que quedaban, Harry ya había hecho muchos. («¡Sí, papá, comprobé qué pasaba si a Hermione le daban una pronunciación cambiada y ella no sabía si estaba cambiada, ese fue el primer experimento que hice, papá!»)

La última pregunta que había hecho el padre de Harry, levantando la vista de Pociones y brebajes mágicos con una expresión de asco desconcertado, fue si todo aquello tenía sentido cuando eras mago; y Harry había respondido que no.

Tras lo cual su padre había declarado que la magia no era científica.

Harry seguía un poco conmocionado ante la idea de señalar una sección de la realidad y llamarla no científica. Papá parecía pensar que el conflicto entre sus intuiciones y el universo significaba que el universo tenía un problema.

(Por otra parte, había muchos físicos que pensaban que la mecánica cuántica era rara, en vez de que la mecánica cuántica fuera normal y ellos fueran raros.)

Harry le había enseñado a su madre el kit de sanador que había comprado para tener en casa, aunque la mayoría de las pociones no funcionarían con papá. Mamá se había quedado mirando el kit de una forma que hizo que Harry preguntara si la hermana de mamá había comprado alguna vez algo así para el abuelo Edwin y la abuela Elaine. Y cuando mamá siguió sin responder, Harry dijo apresuradamente que simplemente no se le habría ocurrido. Y luego, por fin, huyó de la habitación.

Probablemente a Lily Evans no se le había ocurrido, eso era lo triste. Harry sabía que la gente tenía tendencia a no-pensar en temas dolorosos, del mismo modo que tenía tendencia a no apoyar deliberadamente las manos sobre quemadores al rojo vivo; y Harry empezaba a sospechar que la mayoría de los hijos de muggles adquirían rápidamente una tendencia a no-pensar en sus familias, que de todos modos iban a morir todas antes de llegar a su primer siglo.

No es que Harry tuviera intención alguna de permitir que eso ocurriera, por supuesto.

Y entonces ya era tarde el 24 de diciembre y se estaban yendo en coche a la cena de Nochebuena.


La casa era enorme, no según los estándares de Hogwarts, pero desde luego sí según los estándares de lo que podías conseguir si tu padre era un profesor distinguido que intentaba vivir en Oxford. Dos pisos de ladrillo brillando bajo el sol poniente, con ventanas sobre ventanas y una ventana alta que subía mucho más de lo que el cristal debería subir; aquel iba a ser un salón enorme…

Harry respiró hondo y llamó al timbre.

Se oyó una voz lejana:

—Cariño, ¿puedes abrir?

A eso lo siguió el lento golpeteo de unos pasos que se acercaban.

Y entonces la puerta se abrió para revelar a un hombre jovial, de mejillas gordas y sonrosadas y pelo cada vez más escaso, con una camisa azul abotonada que tensaba un poco las costuras.

—¿Dr. Granger? —dijo el padre de Harry con viveza, antes de que Harry pudiera siquiera hablar—. Soy Michael, y esta es Petunia y nuestro hijo Harry. La comida está en el baúl mágico.

Y papá hizo un gesto vago detrás de él, no exactamente en dirección al baúl, como resultó.

—Sí, por favor, pasad —dijo Leo Granger.

Dio un paso adelante y tomó la botella de vino de las manos extendidas del profesor, con un «gracias» murmurado, y luego retrocedió e hizo un gesto hacia el salón.

—Sentaos. Y —giró la cabeza hacia abajo para dirigirse a Harry— todos los juguetes están abajo, en el sótano; seguro que Herm baja enseguida, es la primera puerta a la derecha.

Y señaló hacia un pasillo.

Harry se limitó a mirarlo durante un momento, consciente de que estaba impidiendo la entrada a sus padres.

—¿Juguetes? —dijo Harry con una voz aguda, brillante, los ojos muy abiertos—. ¡Me encantan los juguetes!

Detrás de él, su madre inspiró bruscamente, y Harry entró en la casa, logrando no pisar demasiado fuerte al andar.

El salón era tan grande como parecía desde fuera, con un enorme techo abovedado del que colgaba una lámpara gigantesca, y un árbol de Navidad que debía de haber sido un suplicio meter por la puerta. Los niveles inferiores del árbol estaban decorados a fondo y con cuidado en patrones ordenados de rojo, verde y dorado, con una nueva salpicadura de azul y bronce; las alturas que solo un adulto podía alcanzar estaban cubiertas de forma descuidada y aleatoria con tiras de luces y guirnaldas de espumillón.

Un pasillo se extendía hasta terminar en los armarios de una cocina, y unas escaleras de madera con barandillas de metal pulido subían hacia un segundo piso.

—¡Caray! —dijo Harry—. ¡Qué casa más grande! ¡Espero no perderme aquí dentro!


La doctora Roberta Granger se sentía bastante nerviosa a medida que se acercaba la cena. El pavo y el asado, sus propias contribuciones al proyecto común, se cocinaban de forma constante en el horno; los demás platos los traerían sus invitados, la familia Verres, que había adoptado a un niño llamado Harry. A quien el mundo mágico conocía como el Niño Que Vivió. Y que también era el único chico al que Hermione había llamado alguna vez «mono», o del que se había dado cuenta en absoluto, en realidad.

Los Verres habían dicho que Hermione era la única niña de la edad de Harry cuya existencia su hijo había reconocido de algún modo.

Y quizá era adelantarse un poquito; pero ambas parejas tenían la sospecha furtiva de que las campanas de boda podían estar en el horizonte dentro de unos años.

Así que, aunque el día de Navidad lo pasarían, como siempre, con la familia de su marido, habían decidido pasar la Nochebuena conociendo a los posibles futuros suegros de su hija.

El timbre sonó justo cuando estaba en mitad de untar el pavo con su jugo, y Roberta levantó la voz y gritó:

—Cariño, ¿puedes abrir?

Hubo un breve gemido de una silla y de su ocupante, y luego se oyó el sonido de los pasos pesados de su marido y de la puerta abriéndose.

—¿Dr. Granger? —dijo la voz enérgica de un hombre mayor—. Soy Michael, y esta es Petunia y nuestro hijo Harry. La comida está en el baúl mágico.

—Sí, por favor, pasad —dijo su marido, seguido de un «gracias» murmurado que indicaba que se había aceptado algún tipo de regalo, y de un «sentaos». Luego la voz de Leo cambió a un tono de entusiasmo artificial y dijo—: Y todos los juguetes están abajo, en el sótano; seguro que Herm baja enseguida, es la primera puerta a la derecha.

Hubo una breve pausa.

Entonces una voz brillante de niño dijo:

—¿Juguetes? ¡Me encantan los juguetes!

Se oyeron pasos entrando en la casa, y luego la misma voz brillante dijo:

—¡Caray! ¡Qué casa más grande! ¡Espero no perderme aquí dentro!

Roberta cerró el horno, sonriendo. Había estado un poco preocupada por la forma en que las cartas de Hermione habían descrito al Niño Que Vivió, aunque desde luego su hija no había dicho nada que indicara que Harry Potter fuera peligroso; nada parecido a las insinuaciones oscuras escritas en los libros que Roberta había comprado, supuestamente para Hermione, durante su viaje al callejón Diagon.

Su hija no había dicho mucho en absoluto, solo que Harry hablaba como si hubiera salido de un libro, y que Hermione estaba estudiando más que nunca en su vida solo para seguir por delante de él en clase. Pero, por lo que sonaba, Harry Potter era un niño normal de once años.

Llegó a la puerta principal justo cuando su hija bajaba repiqueteando frenéticamente por las escaleras a una velocidad que no parecía nada segura —Hermione había afirmado que las brujas eran más resistentes a las caídas, pero Roberta no estaba muy segura de creerlo—.

Roberta vio por primera vez al profesor y la señora Verres, que parecían ambos bastante nerviosos, justo cuando el niño de la legendaria cicatriz en la frente se volvió hacia su hija y dijo, ahora con una voz más grave:

—Bien hallada en esta bellísima velada, señorita Granger.

Su mano se extendió hacia atrás, como si ofreciera a sus padres en bandeja de plata.

—Os presento a mi padre, el profesor Michael Verres-Evans, y a mi madre, la señora Petunia Evans-Verres.

Y mientras Roberta se quedaba con la boca abierta, el niño volvió a girarse hacia sus padres y dijo, ahora otra vez con aquella voz brillante:

—Mamá, papá, ¡esta es Hermione! ¡Es muy lista!

—¡Harry! —siseó su hija—. ¡Para ya!

El niño giró de nuevo para mirar a Hermione.

—Me temo, señorita Granger —dijo el niño con gravedad—, que vos y yo hemos sido exiliados a los recovecos laberínticos del sótano. Dejémoslos con sus conversaciones adultas, que sin duda se elevarán muy por encima de nuestros propios intelectos infantiles, y retomemos nuestra discusión en curso sobre las implicaciones del proyectivismo humeano para la Transformación.

—Disculpadnos, por favor —dijo su hija con un tono muy firme, y agarró al niño por la manga izquierda y lo arrastró al pasillo.

Roberta giró impotente para seguirlos con la mirada cuando pasaron junto a ella; el niño le hizo un saludo alegre con la mano, y entonces Hermione tiró de él hacia el acceso al sótano y cerró la puerta de golpe detrás de ella.

—Yo, ah, pido disculpas por… —dijo la señora Verres con voz vacilante.

—Lo siento —dijo el profesor, sonriendo con cariño—, Harry puede ser un poco susceptible con esa clase de cosas. Pero me parece que tiene razón en que no nos interesaría su conversación.

¿Es peligroso?, quería preguntar Roberta, pero guardó silencio e intentó pensar en preguntas más sutiles. Su marido, a su lado, se estaba riendo entre dientes, como si le hubiera parecido gracioso lo que acababan de ver, y no aterrador.

El Señor Tenebroso más terrible de la historia había intentado matar a ese niño, y el cascarón quemado de su cuerpo había sido encontrado junto a la cuna.

Su posible futuro yerno.

Roberta estaba cada vez más aprensiva ante la idea de entregar a su hija a la brujería, sobre todo después de leer los libros, atar cabos con las fechas y darse cuenta de que su madre mágica probablemente había muerto en el apogeo del terror de Grindelwald, no al darla a luz como su padre siempre había afirmado.

Pero la profesora McGonagall había hecho otras visitas después de su primer viaje, para «ver cómo va la señorita Granger»; y Roberta no podía evitar pensar que, si Hermione decía que sus padres estaban siendo problemáticos con su carrera de bruja, se haría algo para arreglarlos…

Roberta puso su mejor sonrisa en la cara e hizo lo que pudo por difundir una alegría navideña fingida.


La mesa del comedor era mucho más larga de lo que seis personas —eh, cuatro personas y dos niños— necesitaban en realidad, pero toda ella estaba cubierta por un mantel de lino blanco fino, y los platos habían sido transferidos innecesariamente a fuentes elegantes, que al menos eran de acero inoxidable en vez de plata auténtica.

Harry tenía algún problema para concentrarse en el pavo.

La conversación había derivado hacia Hogwarts, como era natural; y a Harry le había resultado evidente que sus padres esperaban que Hermione metiera la pata y dijera más sobre la vida escolar de Harry de lo que Harry les había contado. Y o bien Hermione se había dado cuenta, o bien simplemente evitaba de forma automática cualquier cosa que pudiera resultar problemática.

Así que Harry estaba bien.

Pero, por desgracia, Harry había cometido el error de enviar lechuzas a sus padres con toda clase de datos sobre Hermione que ella no había contado a los suyos.

Como que era general de un ejército en sus actividades extraescolares.

La madre de Hermione había puesto una cara muy alarmada, y Harry había interrumpido rápidamente e intentado explicarlo lo mejor posible: que todos los hechizos eran aturdidores, que el profesor Quirrell siempre estaba vigilando, y que la existencia de la sanación mágica significaba que muchas cosas eran mucho menos peligrosas de lo que sonaban; momento en el cual Hermione le dio una patada fuerte por debajo de la mesa.

Por suerte, el padre de Harry, que Harry tenía que admitir que era mejor que él en algunas cosas, anunció con firme autoridad profesoral que no se había preocupado en absoluto, ya que no podía imaginar que se permitiera a los niños hacer aquello si era peligroso.

Pero esa no era la razón por la que a Harry le costaba disfrutar de la cena.

…el problema de sentir lástima por uno mismo era que nunca hacía falta nada de tiempo para encontrar a alguien que estaba peor.

El doctor Leo Granger había preguntado en un momento si aquella profesora tan agradable que parecía tenerle cariño a Hermione, la profesora McGonagall, le estaba dando muchos puntos en el colegio.

Hermione había dicho que sí, con una sonrisa aparentemente genuina.

Harry había logrado, con cierto esfuerzo, impedirse señalar con frialdad que la profesora McGonagall jamás mostraría favoritismo hacia ningún alumno de Hogwarts, y que Hermione estaba consiguiendo muchos puntos porque se había ganado todos, y cada, uno.

En otro momento, Leo Granger ofreció a la mesa su opinión de que Hermione era muy lista y podría haber ido a la facultad de medicina y haberse hecho dentista, de no ser por todo el asunto de las brujas.

Hermione volvió a sonreír, y una mirada rápida impidió que Harry sugiriera que Hermione también podría haber sido una científica famosa a escala internacional, y preguntara si a los Granger se les habría ocurrido ese pensamiento de haber tenido un hijo en vez de una hija, o si era inaceptable de cualquier manera que su descendencia llegara más lejos que ellos.

Pero Harry estaba alcanzando rápidamente su punto de ebullición.

Y estaba apreciando muchísimo más el hecho de que su propio padre siempre hubiera hecho todo lo que podía para apoyar el desarrollo de Harry como prodigio, siempre lo hubiera animado a apuntar más alto y nunca hubiera menospreciado ni uno solo de sus logros, aunque un niño prodigio siguiera siendo solo un niño. ¿Era este el tipo de hogar en el que podría haber acabado si mamá se hubiera casado con Vernon Dursley?

Harry hacía lo que podía, sin embargo.

—¿Y de verdad te está ganando en todas tus clases salvo vuelo en escoba y Transformación? —dijo el profesor Michael Verres-Evans.

—Sí —dijo Harry con calma forzada, mientras se cortaba otro bocado de pavo de Nochebuena—. Por márgenes sólidos, en la mayoría de ellas.

Había otras circunstancias bajo las cuales Harry habría sido más reacio a admitir eso, que era por lo que aún no se lo había contado a su padre hasta ahora.

—A Hermione siempre se le ha dado bastante bien el colegio —dijo el doctor Leo Granger con tono satisfecho.

—¡Harry compite a nivel nacional! —dijo el profesor Michael Verres-Evans.

—¡Querido! —dijo Petunia.

Hermione se estaba riendo por lo bajo, y eso no hacía que Harry se sintiera mejor respecto a su situación. Que no pareciera molestarle a Hermione molestaba a Harry.

—No me avergüenza perder contra ella, papá —dijo Harry. En ese preciso momento no le avergonzaba—. ¿Mencioné que se memorizó todos sus libros de texto antes del primer día de clase? Y sí, lo comprobé.

—¿Eso es, ah, habitual en ella? —dijo el profesor Verres-Evans a los Granger.

—Oh, sí, Hermione siempre está memorizando cosas —dijo la doctora Roberta Granger con una sonrisa alegre—. Se sabe de memoria todas las recetas de todos mis libros de cocina. La echo de menos cada vez que preparo la cena.

A juzgar por la cara de su padre, papá estaba sintiendo al menos parte de lo que Harry sentía.

—No te preocupes, papá —dijo Harry—, ahora está recibiendo todo el material avanzado que puede asimilar. Sus profesores de Hogwarts saben que es lista, ¡a diferencia de sus padres!

La voz se le había alzado en las tres últimas palabras, y aunque todos los rostros se giraron para mirarlo y Hermione volvió a darle una patada, Harry supo que la había fastidiado, pero era demasiado, sencillamente demasiado.

—Por supuesto que sabemos que es lista —dijo Leo Granger, empezando a parecer ofendido ante el niño que había tenido la osadía de levantar la voz en su mesa.

—No tenéis la menor idea —dijo Harry, con hielo colándose ya en su voz—. Pensáis que lee muchos libros y que es mono, ¿verdad? Veis un expediente perfecto y pensáis que está bien que le vaya bien en clase. Vuestra hija es la bruja más talentosa de su generación y la estrella más brillante de Hogwarts, y algún día, doctores Granger, el hecho de que vosotros fuerais sus padres será la única razón por la que la historia os recuerde.

Hermione, que se había levantado tranquilamente de su asiento y había rodeado la mesa, eligió ese momento para agarrar a Harry por el hombro de la camisa y sacarlo de la silla. Harry se dejó arrastrar, pero mientras Hermione se lo llevaba, dijo, levantando la voz aún más:

—¡Es enteramente posible que dentro de mil años el hecho de que los padres de Hermione Granger fueran dentistas sea la única razón por la que alguien recuerde la odontología!


Roberta se quedó mirando el lugar por donde su hija acababa de arrastrar fuera de la habitación al Niño Que Vivió, con una expresión paciente en su joven rostro.

—Lo siento muchísimo —dijo el profesor Verres con una sonrisa divertida—. Pero no os preocupéis, Harry siempre habla así. ¿No parecen ya una pareja casada?

Lo aterrador era que sí.


Harry esperaba una reprimenda bastante severa de Hermione.

Pero después de que Hermione los arrastrara al acceso del sótano y cerrara la puerta tras ellos, se había dado la vuelta…

…y estaba sonriendo, de forma genuina por lo que Harry podía decir.

—Por favor, no lo hagas, Harry —dijo con voz suave—. Aunque es muy amable por tu parte. Todo está bien.

Harry se limitó a mirarla.

—¿Cómo puedes soportarlo? —dijo. Tenía que mantener la voz baja, no querían que los padres los oyeran, pero subía de tono aunque no de volumen—. ¿Cómo puedes soportarlo?

Hermione se encogió de hombros y dijo:

—Porque así es como deberían ser los padres, ¿no?

—No —dijo Harry, con la voz baja e intensa—, no lo es. Mi padre nunca me menosprecia… bueno, sí lo hace, pero nunca así…

Hermione levantó un solo dedo, y Harry esperó, viéndola buscar las palabras. Tardó un rato antes de decir:

—Harry… la profesora McGonagall y el profesor Flitwick me aprecian porque soy la bruja más talentosa de mi generación y la estrella más brillante de Hogwarts. Y mamá y papá no saben eso, y nunca podrás decírselo, pero me quieren de todos modos. Lo que significa que todo es justo como debería ser, en Hogwarts y en casa. Y, como son mis padres, señor Potter, no tienes derecho a discutirlo.

Volvía a sonreír con su sonrisa misteriosa de la cena, mirando a Harry con mucho cariño.

—¿Queda claro, señor Potter?

Harry asintió rígidamente.

—Bien —dijo Hermione, y se inclinó y le dio un beso en la mejilla.


La conversación apenas había vuelto a arrancar cuando un grito agudo lejano flotó hasta ellos:

—¡Eh! ¡Nada de besos!

Los dos padres estallaron en carcajadas justo cuando las dos madres se levantaban de sus sillas con idénticas expresiones de horror y salían corriendo hacia el sótano.

Cuando trajeron de vuelta a los niños, Hermione decía con tono helado que nunca jamás volvería a besar a Harry, y Harry decía con voz indignada que el Sol se consumiría hasta convertirse en una ceniza fría y muerta antes de que él la dejara acercarse lo suficiente para intentarlo.

Lo que significaba que todo era justo como debía ser, y todos volvieron a sentarse para terminar su cena de Nochebuena.