Habían ido al despacho del profesor de Defensa, y el profesor Quirrell había sellado la puerta antes de reclinarse en su silla y hablar.

La voz del profesor de Defensa era muy tranquila, y eso puso a Harry mucho más nervioso que si el profesor Quirrell hubiera estado gritando.

—Estoy intentando —dijo el profesor Quirrell en voz baja— tener en cuenta el hecho de que sois joven. Que yo mismo, a esa misma edad, era un necio bastante extraordinario. Habláis con estilo adulto y os metéis en juegos de adultos, y a veces se me olvida que solo sois un entrometido. Espero, señor Potter, que vuestra intromisión infantil no acabe de mataros, arruinar vuestro país y perder la próxima guerra.

A Harry le costó muchísimo controlar la respiración.

—Profesor Quirrell, he dicho bastante menos de lo que quería decir, pero tenía que decir algo. Sus propuestas son extremadamente alarmantes para cualquiera que tenga la menor familiaridad con la historia muggle del último siglo. Los fascistas italianos, gente bastante desagradable, tomaron su nombre de los fasces, un haz de varas atadas para simbolizar la idea de que la unión hace la fuerza…

—Así que los desagradables fascistas italianos creían que la unión es más fuerte que la división —dijo el profesor Quirrell. Empezaba a colarse un filo cortante en su voz—. Tal vez también creían que el cielo es azul, y defendían la política de no dejar caer piedras sobre vuestras cabezas.

La estupidez invertida no es inteligencia; la persona más estúpida del mundo puede decir que brilla el sol, pero eso no hace que fuera esté oscuro…

—Vale, tiene razón, eso era un argumento ad hominem, no está mal porque lo dijeran los fascistas. Pero, profesor Quirrell, ¡no puede hacer que todos los habitantes de un país tomen la Marca de un único dictador! ¡Es un punto único de fallo! Mire, lo plantearé así. Suponga que el enemigo simplemente imperia a quien controle la Marca…

—No es tan fácil imperiar a los magos poderosos —dijo secamente el profesor Quirrell—. Y, si no podéis encontrar a un líder digno, de todos modos estáis condenados. Pero existen líderes dignos; la cuestión es si el pueblo los seguirá.

Harry se pasó las manos por el pelo, frustrado. Quería pedir un tiempo muerto y hacer que el profesor Quirrell leyera Auge y caída del Tercer Reich y luego empezar la conversación otra vez desde cero.

—No supongo que si sugiriera que la democracia es una forma de gobierno mejor que la dictadura…

—Ya veo —dijo el profesor Quirrell. Cerró los ojos un instante y volvió a abrirlos—. Señor Potter, la estupidez del Quidditch os resulta transparente porque no crecisteis venerando ese juego. Si nunca hubierais oído hablar de elecciones, señor Potter, y simplemente vierais lo que hay, lo que veríais no os gustaría. Mirad a nuestro Ministro de Magia electo. ¿Es el más sabio, el más fuerte, el más grande de nuestra nación? No; es un bufón que es propiedad en pleno dominio de Lucius Malfoy. Los magos fueron a votar y escogieron entre Cornelius Fudge y Tania Leach, que habían competido entre sí en un gran y entretenido concurso después de que El Profeta, que también controla Lucius Malfoy, decidiera que eran los únicos candidatos serios. Que Cornelius Fudge fuera escogido sinceramente como el mejor líder que podía ofrecer nuestro país no es una sugerencia que nadie pueda hacer sin echarse a reír. No es diferente en el mundo muggle, por lo que he oído y visto; el último periódico muggle que leí mencionaba que el anterior presidente de los Estados Unidos había sido un actor de cine retirado. Si no hubierais crecido con elecciones, señor Potter, os parecerían tan transparentemente tontas como el Quidditch.

Harry se quedó sentado con la boca abierta, peleándose con las palabras.

—El objetivo de las elecciones no es producir al mejor líder posible, es mantener a los políticos lo bastante asustados de los votantes como para que no se vuelvan completamente malvados como hacen los dictadores…

—La última guerra, señor Potter, se libró entre el Señor Tenebroso y Dumbledore. Y aunque Dumbledore era un líder imperfecto que estaba perdiendo la guerra, ¡es ridículo sugerir que cualquiera de los Ministros de Magia elegidos durante ese periodo podría haber ocupado el lugar de Dumbledore! La fuerza fluye de magos poderosos y de sus seguidores, no de elecciones y de los necios a los que eligen. Esa es la lección de la historia reciente de la Gran Bretaña mágica; y dudo que la próxima guerra os enseñe una lección distinta. ¡Si sobrevivís a ella, señor Potter, cosa que no haréis a menos que abandonéis las entusiastas ilusiones de la infancia!

—Si cree que no hay peligros en el curso de acción que defiende —dijo Harry, y a pesar de todo su voz se estaba volviendo cortante—, entonces eso también es entusiasmo infantil.

Harry clavó una mirada sombría en los ojos del profesor Quirrell, que le devolvió la mirada sin parpadear.

—Esos peligros —dijo fríamente el profesor Quirrell— se discuten en despachos como este, no en discursos. A los idiotas que eligieron a Cornelius Fudge no les interesan las complicaciones ni la cautela. Presentadles algo más matizado que una ovación entusiasta y afrontaréis vuestra guerra a solas. Ese, señor Potter, fue vuestro error infantil, uno que Draco Malfoy no habría cometido ni siquiera a los ocho años. Debería haber sido evidente incluso para vos que teníais que haber guardado silencio y consultado conmigo primero, no exponer vuestras preocupaciones ante la multitud.

—No soy amigo de Albus Dumbledore —dijo Harry, con un frío en la voz que igualaba el del profesor Quirrell—. Pero él no es ningún niño, y no pareció pensar que mis preocupaciones fueran infantiles ni que yo debiera haber esperado para expresarlas.

—Ah —dijo el profesor Quirrell—, así que ahora tomáis las indicaciones del director, ¿no? —y se levantó de detrás de su escritorio.


Cuando Blaise dobló la esquina de camino al despacho, vio que el profesor Quirrell ya estaba apoyado contra la pared.

—Blaise Zabini —dijo el profesor de Defensa, enderezándose; sus ojos estaban engastados en el rostro como piedras oscuras, y su voz envió un escalofrío de miedo por la espalda de Blaise.

No puede hacerme nada, solo tengo que recordar eso…

—Creo —dijo el profesor Quirrell, con una voz clara y fría— que ya he adivinado el nombre de vuestro patrón. Pero quiero oírlo de vuestros propios labios, y que me digáis también el precio por el que os compró.

Blaise sabía que estaba sudando bajo la túnica, y que la humedad ya sería visible en su frente.

—Tuve la oportunidad de demostrar que era mejor que los tres generales, y la aproveché. Ahora me odia un montón de gente, pero también hay muchos Slytherins a los que les encantará. ¿Qué le hace pensar que estoy…?

—Vos no ideasteis el plan de la batalla de hoy, señor Zabini. Decidme quién lo hizo.

Blaise tragó saliva con fuerza.

—Bueno… quiero decir, en ese caso… entonces ya sabe quién lo hizo, ¿no? El único tan loco es Dumbledore. Y me protegerá si intenta hacerme algo.

—En efecto. Decidme el precio. —Los ojos del profesor de Defensa seguían duros.

—Es mi prima Kimberly —dijo Blaise, tragando otra vez e intentando controlar la voz—. Es real, y de verdad la estaban acosando; Potter lo comprobó, no fue tonto. Solo que Dumbledore dijo que él había empujado a los matones a hacerlo, solo por el plan, y que si yo trabajaba para él ella estaría bien después, pero que si me iba con Potter, ¡Kimberly podía meterse en más problemas!

El profesor Quirrell guardó silencio durante un largo momento.

—Ya veo —dijo el profesor Quirrell, con la voz ahora mucho más suave—. Señor Zabini, si semejante suceso volviera a ocurrir, podéis poneros en contacto conmigo directamente. Tengo mis propios medios para proteger a mis amigos. Ahora, una última pregunta: incluso con todo el poder que pusisteis en vuestras manos, forzar un empate habría sido difícil. ¿Os indicó Dumbledore quién debía ganar en caso contrario?

—Luz del Sol —dijo Blaise.

El profesor Quirrell asintió.

—Como pensaba. —El profesor de Defensa suspiró—. En vuestra futura carrera, señor Zabini, no os recomiendo intentar ninguna intriga tan complicada. Tienen tendencia a fracasar.

—Eh, en realidad le dije eso al director —dijo Blaise—, y él dijo que por eso era importante tener más de una intriga en marcha al mismo tiempo.

El profesor Quirrell se pasó una mano cansada por la frente.

—Es un milagro que el Señor Tenebroso no se volviera loco luchando contra él. Podéis continuar hacia vuestra reunión con el director, señor Zabini. No diré nada de esto, pero si el director descubriera de alguna manera que hemos hablado, recordad mi oferta permanente de daros la protección que pueda. Podéis retiraros.

Blaise no esperó a ninguna otra palabra; simplemente se giró y huyó.


El profesor Quirrell esperó un rato y luego dijo:

—Adelante, señor Potter.

Harry se arrancó la Capa de Invisibilidad de la cabeza y la metió en su bolsa. Estaba temblando de tanta rabia que apenas podía hablar.

—¿Que él qué? ¿Que hizo qué?

—Deberíais haberlo deducido por vuestra cuenta, señor Potter —dijo suavemente el profesor Quirrell—. Tenéis que aprender a desenfocar la vista hasta poder ver el bosque que ocultan los árboles. Cualquiera que oyera las historias sobre vos, y que no supiera que sois el misterioso Niño-Que-Sobrevivió, podría deducir fácilmente que poseéis una capa de invisibilidad. Apartaos de estos acontecimientos, difuminad sus detalles, y ¿qué observamos? Había una gran rivalidad entre estudiantes, y su competición terminó en un empate perfecto. Ese tipo de cosas solo ocurren en los cuentos, señor Potter, y hay una persona en esta escuela que piensa en cuentos. Había una trama extraña y complicada, que deberíais haber advertido que no era característica del joven Slytherin al que os enfrentasteis. Pero hay una persona en esta escuela que comercia con intrigas tan elaboradas, y no se llama Zabini. Y os advertí de que había un agente cuádruple; sabíais que Zabini era al menos un agente triple, y deberíais haber adivinado que había una alta probabilidad de que fuera él. No, no declararé inválida la batalla. Los tres fallasteis la prueba y perdisteis contra vuestro enemigo común.

A Harry ya no le importaban las pruebas.

—¿Dumbledore chantajeó a Zabini amenazando a su prima? ¿Solo para hacer que nuestra batalla acabara en empate? ¿Por qué?

El profesor Quirrell soltó una risa sin alegría.

—Tal vez el director pensara que la rivalidad era buena para su héroe favorito y quisiera verla continuar. Por el bien mayor, ya sabéis. O tal vez simplemente estuviera loco. Veréis, señor Potter, todo el mundo sabe que la locura de Dumbledore es una máscara, que está cuerdo fingiendo estar loco. Se enorgullecen de esa astuta intuición y, al conocer la explicación secreta, dejan de mirar. No se les ocurre que también es posible que haya una máscara detrás de la máscara, estar loco fingiendo estar cuerdo fingiendo estar loco. Y me temo, señor Potter, que tengo asuntos urgentes en otra parte y debo marcharme; pero os aconsejo encarecidamente que no toméis las indicaciones de Albus Dumbledore cuando estéis librando una guerra. Hasta más tarde, señor Potter.

Y el profesor de Defensa inclinó la cabeza con cierta ironía y luego se alejó a grandes zancadas en la misma dirección por la que había huido Zabini, mientras Harry seguía allí de pie, en estado de shock y con la boca abierta.


Consecuencias: Harry Potter.

Harry caminó pesadamente hacia el dormitorio de Ravenclaw, con los ojos sin ver paredes, cuadros ni otros estudiantes; subía escaleras y bajaba rampas sin aminorar, acelerar ni darse cuenta de por dónde pisaba.

Tardó más de un minuto después de la marcha del profesor Quirrell en darse cuenta de que sus únicas fuentes de información sobre la implicación de Dumbledore eran (a) Blaise Zabini, a quien tendría que ser un completo idiota de boca abierta para volver a confiar, y (b) el profesor Quirrell, que fácilmente podría haber fingido una intriga al estilo de Dumbledore, y que quizá también pensara que un poco de rivalidad estudiantil era una cosa estupenda; y que, si dabas un paso atrás y difuminabas los detalles, acababa de proponer convertir el país en una dictadura mágica.

Y también era posible que Dumbledore fuera quien estuviera detrás de Zabini, y que el profesor Quirrell hubiera intentado sinceramente combatir la Marca Tenebrosa con algo de la misma naturaleza, y evitar que se repitiera una actuación que él veía como patética. Intentar asegurarse de que Harry no acabara luchando solo contra el Señor Tenebroso mientras todos los demás se escondían, asustados, tratando de mantenerse fuera de la línea de fuego, esperando a que Harry los salvara.

Pero la verdad era…

Bueno…

A Harry en cierto modo le parecía bien.

Sabía que era el tipo de cosa que se suponía que hacía que los héroes se volvieran resentidos y amargados.

Al cuerno con eso. Harry estaba muy a favor de que todos los demás permanecieran fuera de peligro mientras el Niño-Que-Sobrevivió derrotaba al Señor Tenebroso por sí solo, más o menos un pequeño número de compañeros. Si el próximo conflicto con el Señor Tenebroso llegaba al punto de una Segunda Guerra Mágica que matara a mucha gente y arrastrara a todo un país, eso significaría que Harry ya había fracasado.

Y si después estallaba una guerra entre magos y muggles, no importaba quién ganara: Harry ya habría fracasado al dejar que las cosas llegaran tan lejos.

Además, ¿quién decía que las sociedades no podían integrarse pacíficamente cuando el secreto se rompiera inevitablemente? (Aunque Harry podía oír la voz seca del profesor Quirrell en su mente, preguntándole si era idiota y diciendo todas las cosas obvias…). Y si los magos y los muggles no podían vivir en paz, entonces Harry combinaría magia y ciencia y averiguaría cómo evacuar a todos los magos a Marte o a algún sitio, en lugar de dejar que estallara una guerra.

Porque si aquello llegaba a convertirse en una guerra de exterminio…

Eso era lo que el profesor Quirrell no había comprendido, la pregunta más importante que había olvidado hacerle a su joven general.

La verdadera razón por la que Harry no tenía ninguna intención de que lo convencieran para respaldar una Marca de la Luz, por mucho que eso lo ayudara en su lucha contra el Señor Tenebroso.

Un Señor Tenebroso y cincuenta seguidores Marcados habían sido un peligro para toda la Gran Bretaña mágica.

Si toda Gran Bretaña tomaba la Marca de un líder fuerte, serían un peligro para todo el mundo mágico.

Y si todo el mundo mágico tomaba una única Marca, serían un peligro para el resto de la humanidad.

Nadie sabía exactamente cuántos magos había en el mundo. Había hecho algunas estimaciones con Hermione y habían llegado a cifras en el rango aproximado de un millón.

Pero había seis mil millones de muggles.

Si aquello llegaba a una guerra final…

El profesor Quirrell había olvidado preguntarle a Harry qué bando protegería.

Una civilización científica, extendiéndose hacia fuera, mirando hacia arriba, sabiendo que su destino era agarrar las estrellas.

Y una civilización mágica, desvaneciéndose lentamente a medida que se perdía el conocimiento, todavía gobernada por una nobleza que veía a los muggles como no del todo humanos.

Era una sensación terriblemente triste, pero no contenía ni el menor indicio de duda.


Consecuencias: Blaise Zabini.

Blaise paseaba por los pasillos con una lentitud cuidadosa y autoimpuesta, el corazón latiéndole desbocado mientras intentaba calmarse…

—Ejem —dijo una voz seca y susurrante desde una alcoba en sombras cuando pasó por delante.

Blaise pegó un salto, pero no gritó.

Lentamente, se volvió.

En aquel pequeño rincón sombrío había una capa negra tan ancha y ondulante que era imposible determinar si la figura que había debajo era hombre o mujer, y sobre la capa había un sombrero negro de ala ancha, y una niebla negra parecía reunirse bajo él y oscurecer el rostro de quienquiera o lo quequiera que hubiera debajo.

—Informa —susurró el señor Sombrero y Capa.

—Dije justo lo que usted me dijo —dijo Blaise. Su voz estaba un poco más tranquila ahora que no estaba mintiendo a nadie—. Y el profesor Quirrell reaccionó justo como esperaba.

El amplio sombrero negro se inclinó y volvió a enderezarse, como si la cabeza que había debajo hubiera asentido.

—Excelente —dijo el susurro inidentificable—. La recompensa que os prometí ya va de camino a vuestra madre por lechuza.

Blaise vaciló, pero la curiosidad se lo estaba comiendo vivo.

—¿Puedo preguntar ahora por qué quiere causar problemas entre el profesor Quirrell y Dumbledore?

El director no había tenido nada que ver con los matones de Gryffindor, que Blaise supiera, y además de ayudar a Kimberly, el director también había ofrecido hacer que el profesor Binns le pusiera notas excelentes en Historia de la Magia aunque entregara pergaminos en blanco como deberes, aunque tendría que seguir asistiendo a clase y fingir que los entregaba.

En realidad Blaise habría traicionado gratis a los tres generales, sin que importara tampoco su prima, pero no había visto necesidad de decirlo.

El amplio sombrero negro se ladeó, como para transmitir una mirada interrogativa.

—Decidme, amigo Blaise, ¿se os ocurrió que los traidores que traicionan tantas veces suelen acabar mal?

—Nop —dijo Blaise, mirando directamente a la niebla negra bajo el sombrero—. Todo el mundo sabe que a los estudiantes de Hogwarts nunca les pasa nada realmente malo.

El señor Sombrero y Capa soltó una risita susurrante.

—En efecto —dijo el susurro—. Con el asesinato de una estudiante hace cinco décadas como excepción que confirma la regla, ya que Salazar Slytherin habría enlazado su monstruo a las protecciones antiguas a un nivel superior al del propio director.

Blaise miró fijamente la niebla negra, empezando ahora a sentirse un poco inquieto. Pero tendría que ser un profesor de Hogwarts para hacerle algo importante sin activar las alarmas. Quirrell y Snape eran los únicos profesores que harían algo así, y a Quirrell no le importaría engañarse a sí mismo, y Snape no haría daño a uno de sus propios Slytherins… ¿verdad?

—No, amigo Blaise —susurró la niebla negra—, solo quería aconsejaros que nunca intentarais nada parecido en vuestra vida adulta. Tantas traiciones conducirían sin duda al menos a una venganza.

—Mi madre nunca recibió ninguna venganza —dijo Blaise con orgullo—. Aunque se casó con siete maridos y todos y cada uno de ellos murió misteriosamente y le dejó mucho dinero.

—¿De veras? —dijo el susurro—. ¿Cómo logró convencer al séptimo de que se casara con ella después de que él oyera lo que les había pasado a los seis primeros?

—Le pregunté eso a mamá —dijo Blaise—, y dijo que no podía saberlo hasta que tuviera edad suficiente, y le pregunté qué edad era suficiente, y dijo que más que ella.

Otra vez la risita susurrante.

—Bueno, entonces, amigo Blaise, mis felicitaciones por haber seguido los pasos de vuestra madre. Id, y si no decís nada de esto, no volveremos a encontrarnos.

Blaise retrocedió con inquietud, sintiendo una extraña reticencia a darle la espalda.

El sombrero se inclinó.

—Vamos, vamos, pequeño Slytherin. Si de verdad fuerais igual a Harry Potter o a Draco Malfoy, ya os habríais dado cuenta de que mis amenazas insinuadas solo eran para asegurar vuestro silencio ante Albus. Si hubiera tenido intención de haceros daño, no lo habría insinuado; si no hubiera dicho nada, entonces sí deberíais haberos preocupado.

Blaise se irguió, sintiéndose un poco insultado, y asintió al señor Sombrero y Capa; luego se volvió con decisión y se encaminó a grandes zancadas hacia su reunión con el director.

Hasta el final había estado esperando que apareciera alguien más y le diera la oportunidad de vender al señor Sombrero y Capa.

Pero, después de todo, mamá no había traicionado a siete maridos diferentes al mismo tiempo. Visto así, él seguía haciéndolo mejor que ella.

Y Blaise Zabini siguió caminando hacia el despacho del director, sonriendo, contento de ser un agente quíntuple…

Durante un instante el chico tropezó, pero luego se enderezó, sacudiéndose aquella extraña sensación de desorientación.

Y Blaise Zabini siguió caminando hacia el despacho del director, sonriendo, contento de ser un agente cuádruple.


Consecuencias: Hermione Granger.

El mensajero no se acercó a ella hasta que estuvo sola.

Hermione acababa de salir del baño de chicas donde a veces se escondía para pensar, y un gato brillante y resplandeciente saltó de la nada y dijo:

—¿Señorita Granger?

Soltó un pequeño chillido antes de darse cuenta de que el gato había hablado con la voz de la profesora McGonagall.

Aun así, no se había asustado, solo sobresaltado; el gato era brillante, radiante y hermoso, resplandecía con una luz plateada y blanca como sol de color luna, y no podía imaginarse teniendo miedo.

—¿Qué eres? —dijo Hermione.

—Este es un mensaje de la profesora McGonagall —dijo el gato, todavía con la voz de la profesora—. ¿Puedes venir a mi despacho y no hablar de esto con nadie?

—Voy enseguida —dijo Hermione, aún sorprendida, y el gato saltó y desapareció; solo que no desapareció, viajó de algún modo; o eso decía su mente, aunque sus ojos solo lo vieron desaparecer.

Para cuando Hermione llegó al despacho de su profesora favorita, su mente era un torbellino de especulaciones. ¿Había algo mal en sus notas de Transformación? Pero entonces, ¿por qué diría la profesora McGonagall que no se lo contara a nadie? Probablemente era por lo de Harry practicando su Transformación parcial…

El rostro de la profesora McGonagall parecía preocupado, no severo, cuando Hermione se sentó frente al escritorio, intentando impedir que sus ojos se fueran al nido de compartimentos que contenía los deberes de la profesora McGonagall; siempre se había preguntado qué clase de trabajo tenían que hacer los adultos para mantener la escuela en marcha y si podrían necesitar ayuda…

—Señorita Granger —dijo la profesora McGonagall—, dejad que empiece diciendo que ya sé lo del director pidiéndoos que pidierais ese deseo…

—¿Él se lo contó? —soltó Hermione, sobresaltada. ¡El director había dicho que nadie más debía saberlo!

La profesora McGonagall hizo una pausa, miró a Hermione y soltó una triste risita.

—Me alegra ver que el señor Potter no os ha corrompido demasiado. Señorita Granger, no se supone que debáis admitir nada solo porque yo diga que lo sé. Resulta que el director no me lo dijo, simplemente lo conozco demasiado bien.

Hermione estaba poniéndose furiosamente roja.

—¡No pasa nada, señorita Granger! —dijo apresuradamente la profesora McGonagall—. Sois una Ravenclaw de primer año, nadie espera que seáis una Slytherin.

Eso sí que dolió.

—Bien —dijo Hermione con cierta acritud—, entonces iré a pedirle clases de Slytherin a Harry Potter.

—Eso no era lo que quería… —dijo la profesora McGonagall, y la voz se le fue apagando—. Señorita Granger, estoy preocupada por esto porque ¡las chicas jóvenes de Ravenclaw no deberían tener que ser Slytherins! Si el director os pide que os involucréis en algo con lo que no os sentís cómoda, señorita Granger, de verdad está bien decir que no. Y si os sentís presionada, por favor decidle al director que queréis que yo esté presente, o que queréis preguntarme a mí primero.

Los ojos de Hermione estaban muy abiertos.

—¿El director hace cosas que están mal?

La profesora McGonagall pareció un poco triste al oír eso.

—No a propósito, señorita Granger, pero creo que… bueno, probablemente sea cierto que a veces al director le cuesta recordar cómo es ser un niño. Incluso cuando era niño, estoy segura de que debió de ser brillante, fuerte de mente y de corazón, con coraje suficiente para tres Gryffindors. A veces el director pide demasiado a sus alumnos jóvenes, señorita Granger, o no tiene suficiente cuidado para no hacerles daño. Es un buen hombre, pero a veces sus intrigas pueden ir demasiado lejos.

—Pero es bueno que los estudiantes sean fuertes y tengan coraje —dijo Hermione—. Por eso sugirió Gryffindor para mí, ¿no?

La profesora McGonagall sonrió con ironía.

—Tal vez solo estaba siendo egoísta, queriéndoos para mi propia Casa. ¿Os ofreció el Sombrero Seleccionador…? No, no debería haber preguntado.

—Me dijo que podía ir a cualquier sitio menos a Slytherin —dijo Hermione. Casi había preguntado por qué no era lo bastante buena para Slytherin, antes de conseguir detenerse—. ¡Así que tengo coraje, profesora!

La profesora McGonagall se inclinó hacia delante sobre el escritorio. La preocupación se le veía ahora con más claridad en la cara.

—¡Señorita Granger, no se trata de coraje, se trata de lo que es sano para las chicas jóvenes! ¡El director os está atrayendo a sus intrigas, Harry Potter os está dando sus secretos para que los guardéis, y ahora estáis haciendo alianzas con Draco Malfoy! ¡Y le prometí a vuestra madre que estaríais a salvo en Hogwarts!

Hermione no supo qué responder a eso. Pero se le estaba ocurriendo que quizá la profesora McGonagall no la habría advertido si hubiera sido un chico en Gryffindor en lugar de una chica en Ravenclaw, y eso era, bueno…

—Intentaré portarme bien —dijo—, y no dejaré que nadie me diga lo contrario.

La profesora McGonagall se cubrió los ojos con las manos. Cuando las retiró, su rostro surcado de arrugas parecía muy viejo.

—Sí —dijo en un susurro—, os habría ido bien en mi Casa. Manteneos a salvo, señorita Granger, y tened cuidado. Y si alguna vez estáis preocupada o incómoda por algo, por favor venid a verme inmediatamente. No os retendré más.


Consecuencias, Draco Malfoy:

Ninguno de los dos tenía muchas ganas de hacer nada complicado aquel sábado, no después de haber librado una batalla antes. Así que Draco estaba simplemente sentado en un aula vacía intentando leer un libro titulado Thinking Physics. Era una de las cosas más fascinantes que Draco había leído en su vida, al menos las partes que podía entender, al menos cuando el condenado idiota que se negaba a dejar sus libros fuera de su vista conseguía callarse y dejar que Draco se concentrara…

—Hermione Granger es una saaaangre suuuuucia —canturreó Harry Potter desde donde estaba sentado en un pupitre cercano, leyendo un libro propio mucho más avanzado.

—Sé lo que intentas hacer —dijo Draco con calma sin levantar la vista de las páginas—. No va a funcionar. Seguimos aliándonos para aplastarte.

—Un Maaafoy está trabajando con una saaaangre suuuuucia, qué pensarán toooodos los amigos de tu padre…

—¡Pensarán que los Malfoy no son tan fáciles de manipular como pareces creer, Potter!

El profesor de Defensa estaba más loco que Dumbledore; ningún futuro salvador del mundo podía ser tan infantil e indigno a ninguna edad.

—Eh, Draco, ¿sabes qué es lo que de verdad va a ser una mierda? Sabes que Hermione Granger tiene dos copias del alelo mágico, igual que tú e igual que yo, pero todos tus compañeros de Slytherin no lo saben y no te deeeejan explicaaarlo…

Los dedos de Draco se estaban poniendo blancos donde agarraban el libro. Ser golpeado y escupido no podía exigir tanto autocontrol, y si no se vengaba pronto de Harry, iba a hacer algo incriminatorio…

—¿Y qué deseaste la primera vez? —dijo Draco.

Harry no dijo nada, así que Draco levantó la vista del libro y sintió una punzada de satisfacción maliciosa al ver la tristeza en el rostro de Harry.

—Eh —dijo Harry—. Mucha gente me lo ha preguntado, pero no creo que el profesor Quirrell quisiera que hablara de ello.

Draco puso una expresión seria.

—Puedes hablarlo conmigo. Probablemente no sea importante comparado con los otros secretos que me has contado, y ¿para qué están los amigos?

Eso es, ¡soy tu amigo! ¡Siéntete culpable!

—En realidad no era tan interesante —dijo Harry, con una ligereza evidentemente artificial—. Solo que… deseo que el profesor Quirrell vuelva a enseñar Magia de Batalla el año que viene.

Harry suspiró y volvió a bajar la mirada hacia su libro.

Y dijo, después de otros pocos segundos:

—Tu padre probablemente se va a enfadar bastante contigo estas Navidades, pero si le prometes que traicionarás a la chica sangre sucia y destruirás su ejército, todo volverá a estar bien, y aun así recibirás tus regalos de Navidad.

Quizá si él y Granger se lo pedían al profesor Quirrell con mucha educación y gastaban algunos de sus puntos Quirrell, a los dos les permitirían hacerle algo más interesante al general Caos que dormirlo.