J. K. Rowling, si un hombre intenta molestarte, puedes pensar en azul, contar hasta dos y buscar un zapato rojo.


Era domingo, 3 de noviembre, y pronto las tres grandes potencias de su curso, Harry Potter, Draco Malfoy y Hermione Granger, iniciarían su lucha por la supremacía absoluta.

(A Harry le molestaba un poco la forma en que el Niño-Que-Sobrevivió había sido degradado de la supremacía absoluta a uno de tres rivales iguales con solo entrar en la competición, pero esperaba recuperarla pronto.)

El campo de batalla era una sección del bosque no Prohibido, densa en árboles, porque el profesor Quirrell pensaba que poder ver todas las fuerzas enemigas era demasiado aburrido incluso para tu primera batalla.

Todos los alumnos que no estaban de hecho en un ejército de primero estaban acampados cerca y mirando en pantallas que el profesor Quirrell había instalado. Excepto tres Gryffindors de cuarto, que en ese momento estaban enfermos y confinados en camas de enfermería por Madame Pomfrey. Salvo eso, estaba todo el mundo.

Los alumnos iban vestidos, no con sus túnicas escolares normales, sino con uniformes de camuflaje muggles que el profesor Quirrell había conseguido en alguna parte y suministrado en cantidad y variedad suficientes para que le sirvieran a todo el mundo. No era que a los alumnos les preocuparan las manchas y los desgarrones; para eso estaban los Encantamientos. Pero, como el profesor Quirrell les había explicado a los sorprendidos nacidos magos, la ropa bonita y digna no era eficiente para esconderse en los bosques ni para esquivar alrededor de los árboles.

Y en el pecho de cada uniforme, un parche con el nombre y la insignia de tu ejército. Un parche pequeño. Si querías que tus soldados llevaran, por ejemplo, cintas de colores para poder identificarse unos a otros a distancia, y arriesgarte a que el enemigo se hiciera con las cintas, eso era asunto tuyo.

Harry había intentado conseguir el nombre Ejército Dragón.

Draco había montado un numerito y dicho que eso confundiría a todo el mundo por completo.

El profesor Quirrell había dictaminado que Draco podía reclamar prioridad sobre el nombre, si lo deseaba.

Así que ahora Harry luchaba contra el Ejército Dragón.

Probablemente no era una buena señal.

Para su insignia, en lugar de la demasiado obvia cabeza de dragón escupiendo fuego, Draco había optado por quedarse simplemente con el fuego. Elegante, sobrio, letal: esto es lo que queda después de que hayamos pasado. Muy Malfoy.

Harry, tras considerar opciones alternativas como el 501.º Batallón Provisional y los Esbirros de la Perdición de Harry, había decidido que su ejército sería conocido por la simple y digna denominación de Legión del Caos.

Su insignia era una mano suspendida con los dedos listos para chasquear.

Había acuerdo universal en que eso no era una buena señal.

Harry le había aconsejado muy seriamente a Hermione que los chicos jóvenes a sus órdenes probablemente estarían nerviosos por que ella fuera una chica con fama de ser amable, y que debería escoger algo aterrador que los tranquilizara respecto a su dureza y los hiciera sentirse orgullosos de formar parte de su ejército, como los Comandos Sangrientos o algo así.

Hermione había llamado a su ejército el Regimiento Luz del Sol.

Su insignia era una carita sonriente.

Y en diez minutos, estarían en guerra.

Harry estaba de pie en el claro luminoso del bosque que era su punto de partida asignado, una zona abierta con tocones viejos y podridos que habían sido despejados con algún propósito desconocido, el suelo cubierto por una pequeña dispersión de hojas arrastradas por el viento y los restos grises y secos de hierba que no había superado la prueba del calor del verano, y el sol brillando espléndidamente desde lo alto.

A su alrededor estaban los veintitrés soldados que el profesor Quirrell le había asignado. Casi todo Gryffindor se había apuntado, por supuesto, y más de la mitad de Slytherin, y menos de la mitad de Hufflepuff, y un puñado de Ravenclaw. En el ejército de Harry había doce Gryffindors y seis Slytherins y cuatro Hufflepuffs y un Ravenclaw además de él mismo… no es que hubiera manera de saberlo mirando los uniformes. Nada de rojo, nada de verde, nada de amarillo, nada de azul.

Solo patrones de camuflaje muggle y un parche en el pecho con el emblema de una mano lista para chasquear los dedos.

Harry contempló a sus veintitrés soldados, todos con los mismos uniformes y sin marcas de identidad grupal salvo aquel único parche.

Y he aquí que Harry sonrió, porque entendía de qué trataba esta parte del plan maestro del profesor Quirrell; y Harry también estaba aprovechándola al máximo para sus propios fines.

Había un episodio legendario de la psicología social llamado el experimento de Robbers Cave. Se había organizado en el desconcertado periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, con la intención de investigar las causas y los remedios de los conflictos entre grupos. Los científicos habían montado un campamento de verano para veintidós chicos de veintidós colegios distintos, seleccionando a todos ellos de familias estables de clase media. La primera fase del experimento había tenido como objetivo investigar qué hacía falta para iniciar un conflicto entre grupos.

Los veintidós chicos habían sido divididos en dos grupos de once…

…y eso había sido más que suficiente.

La hostilidad había comenzado desde el momento en que los dos grupos se habían dado cuenta de la existencia del otro en el parque estatal, con insultos lanzados ya en el primer encuentro.

Se habían llamado a sí mismos los Águilas y los Cascabeles (no habían necesitado nombres para sí mismos cuando creían que eran los únicos en el parque) y habían procedido a desarrollar estereotipos grupales opuestos, los Cascabeles pensándose a sí mismos como duros y rudos y soltando tacos a mansalva, los Águilas decidiendo en correspondencia pensarse a sí mismos como rectos y correctos.

La otra parte del experimento había consistido en probar cómo resolver conflictos entre grupos. Reunir a los chicos para ver fuegos artificiales no había funcionado en absoluto. Simplemente se habían gritado unos a otros y se habían mantenido separados. Lo que sí había funcionado fue advertirles de que podía haber vándalos en el parque, y que los dos grupos tuvieran que trabajar juntos para resolver una avería en el sistema de agua del parque. Una tarea común, un enemigo común.

Harry tenía la firme sospecha de que el profesor Quirrell había entendido muy bien este principio cuando había decidido crear tres ejércitos por curso.

Tres ejércitos.

No cuatro.

Y desde luego no segregados por Casa… salvo que a Draco no le habían asignado ningún Slytherin aparte del señor Crabbe y el señor Goyle.

Eran cosas como esta las que tranquilizaban a Harry sobre que el profesor Quirrell, pese a su afectada atmósfera Oscura y su pretensión de neutralidad en el conflicto entre el Bien y el Mal, estaba apoyando en secreto al Bien, no es que Harry se atreviera jamás a decir eso en voz alta.

Y Harry había decidido aprovechar al máximo el plan del profesor Quirrell para definir una identidad de grupo a su manera.

Los Cascabeles, una vez habían conocido a los Águilas, habían empezado a pensarse a sí mismos como duros y rudos, y se habían comportado en consecuencia.

Los Águilas se habían pensado a sí mismos como buenos y correctos.

Y en aquel claro luminoso del bosque, esparcidos alrededor de los tocones viejos y podridos, perfilados por el sol que brillaba espléndidamente desde lo alto, el general Potter y sus veintitrés soldados estaban colocados de un modo que no se parecía remotamente a una formación. Algunos soldados estaban de pie, otros sentados, otros se sostenían sobre una pierna solo por ser diferentes.

Al fin y al cabo era la Legión del Caos.

Y si no había una razón para ponerse en pequeñas filas ordenadas, había dicho Harry con desdén, no iba a haber pequeñas filas ordenadas.

Harry había dividido el ejército en seis escuadras de cuatro soldados cada una, cada escuadra comandada por un Sugeridor de Escuadra. Todas las tropas tenían órdenes estrictas de desobedecer cualquier orden que recibieran si les parecía una buena idea en ese momento, incluida esa… a menos que Harry o el Sugeridor de Escuadra antepusiera a la orden «Merlín dice», en cuyo caso se suponía que sí debían obedecer.

El ataque principal de la Legión del Caos consistía en separarse y correr desde múltiples direcciones, cambiando de vector al azar y lanzando el hechizo de sueño aprobado tan deprisa como pudieran recuperar la fuerza mágica. Y si veías una oportunidad de distraer o confundir al enemigo, la aprovechabas.

Rápidos. Creativos. Impredecibles. No homogéneos. No obedezcas órdenes sin más: piensa si lo que estás haciendo ahora mismo tiene sentido.

Harry no estaba tan seguro como había fingido de que aquello fuera lo óptimo en eficiencia militar… pero le habían dado una oportunidad de oro para cambiar cómo pensaban algunos alumnos sobre sí mismos, y así era como pretendía usarla.

Cinco minutos para la guerra, según el reloj de Harry.

El general Potter caminó (no marchó) hasta donde su fuerza aérea esperaba tensa, con las escobas ya firmemente agarradas en las manos.

—Todas las alas, informad —dijo el general Potter. Lo habían ensayado durante su única sesión de entrenamiento el sábado.

—Líder Rojo, preparado —dijo Seamus Finnigan, que no tenía ni idea de lo que significaba.

—Rojo Cinco, preparado —dijo Dean Thomas, que llevaba toda la vida esperando decirlo.

—Líder Verde, preparado —dijo Theodore Nott con bastante rigidez.

—Verde Cuarenta y Uno, preparado —dijo Tracey Davis.

—Quiero que estéis en el aire en cuanto oigamos la campana —dijo el general Potter—. No entabléis combate, repito, no entabléis combate. Evadid si os disparan. —(Por supuesto, no se apuntaban hechizos de sueño a las escobas; se lanzaba un hechizo que daba un resplandor rojo temporal a cualquier cosa que tocara. Si alcanzabas la escoba o al jinete, quedaban fuera de la guerra.)— Líder Rojo y Rojo Cinco, volad hacia el ejército de Malfoy tan rápido como podáis, manteneos tan altos como podáis sin dejar de verlos, volved en cuanto sepáis con seguridad qué están haciendo. Líder Verde, haz lo mismo con el ejército de Granger. Verde Cuarenta y Uno, vuela sobre nosotros y vigila cualquier escoba o soldado que se acerque; tú y solo tú estás autorizada a disparar. Y recordad, no he dicho «Merlín dice» para nada de eso, pero de verdad necesitamos la información. ¡Por el Caos!

—¡Por el Caos! —hicieron eco los cuatro con diversos grados de entusiasmo.

Harry esperaba que Hermione lanzara un ataque inmediato contra Draco, en cuyo caso movería sus tropas a posición y empezaría a apoyarla, pero solo después de que ella hubiera sufrido pérdidas severas y causado algo de daño. Lo enmarcaría como un rescate heroico, si era posible; después de todo, no convenía que Luz del Sol pensara que Caos no era su amigo.

Pero por si acaso no lo hacía… bueno, por eso la Legión del Caos iba a quedarse quieta hasta que Líder Verde informara.

Los movimientos de Draco irían en su propio interés. Previsiblemente prepararía su ejército para defenderse contra Hermione; quizá se diera cuenta o quizá no de que Harry había mentido sobre esperar para atacar hasta después de que terminara aquella batalla. Harry había puesto dos escobas sobre el Ejército Dragón, por si acaso estaban haciendo algo, y por si acaso Draco o el señor Goyle o el señor Crabbe era lo bastante bueno como para derribar una escoba del cielo.

Pero la impredecible era la general Granger, y Harry no podía moverse hasta saber cómo se movía ella.


En el corazón del bosque, con patrones de sombra bailando sobre el suelo mientras las copas frondosas se mecían muy por encima, el general Malfoy estaba de pie donde los árboles eran relativamente más escasos y contemplaba sus tropas con tranquila satisfacción. Seis unidades de tres soldados cada una, la Unidad Aérea de cuatro (a la que estaba asignado Gregory), y la Unidad de Mando, que eran él mismo y Vincent. Solo habían entrenado durante poco tiempo el sábado anterior, pero Draco confiaba en haber logrado explicar lo básico.

Permanece con tus compañeros, cúbreles la espalda y confía en que ellos cubrirán la tuya. Muévete como un solo cuerpo. Obedece las órdenes y no muestres miedo. Apunta, dispara, muévete, vuelve a apuntar, vuelve a disparar.

Las seis unidades estaban formadas en un perímetro defensivo alrededor de Draco, mirando atentas hacia el exterior del bosque. Espalda contra espalda permanecían, las varitas sujetas bajas hasta que necesitaran atacar.

Ya se parecían notablemente a las unidades de Aurores cuyo entrenamiento Draco había observado durante las inspecciones de su padre.

Caos y Luz del Sol no iban a saber qué les había golpeado.

—Atención —dijo el general Malfoy.

Las seis unidades se desplegaron y giraron hacia Draco; los rostros de sus jinetes de escoba se volvieron desde donde estaban de pie con las escobas ya en la mano.

Draco había decidido esperar para exigir saludos hasta después de que ganaran su primera batalla, cuando Gryffindors y Hufflepuffs estarían más dispuestos a saludar a un Malfoy.

Pero sus soldados ya estaban lo bastante erguidos, especialmente los Gryffindors, como para que Draco se preguntara si siquiera había necesitado aplazarlo. Gregory había escuchado discretamente y le había informado de que el hecho de que Draco se ofreciera voluntario para ponerse junto a Harry Potter en clase de Defensa, aquella vez en que el profesor Quirrell le había enseñado a Harry cómo perder, había marcado a Draco como un comandante aceptable. Al menos si daba la casualidad de que te asignaban a su ejército.

No todos los Slytherins son iguales; hay Slytherins y luego hay Slytherins era lo que los Gryffindors del ejército de Draco estaban citando a sus compañeros de Casa.

Draco estaba francamente asombrado de lo increíblemente fácil que había sido aquello. Draco había protestado al principio por que no le hubieran asignado ningún Slytherin, y el profesor Quirrell le había dicho que, si quería ser el primer Malfoy en conseguir el control político completo del país, necesitaba aprender a gobernar a los otros tres cuartos de la población. Eran cosas como esta las que tranquilizaban a Draco sobre que el profesor Quirrell tenía mucha más simpatía por los buenos de lo que el profesor Quirrell dejaba ver.

La batalla real no sería fácil, especialmente si Granger atacaba primero a los Dragones. Draco había estado dándole vueltas angustiado a si comprometer todas sus fuerzas contra Granger de inmediato en un ataque preventivo, pero le preocupaba que (1) Harry lo hubiera engañado por completo sobre lo que probablemente haría Granger, y (2) Harry lo hubiera engañado sobre esperar hasta después del ataque de Granger para unirse a la batalla.

Aunque el Ejército Dragón tenía un arma secreta, tres de ellas de hecho, que quizá bastaran para ganar incluso si los atacaban ambos ejércitos a la vez…

Era casi la hora, y eso significaba que era hora del discurso previo a la batalla que Draco había compuesto y memorizado.

—La batalla está a punto de empezar —dijo Draco. Su voz era calmada y precisa—. Recordad todo lo que el señor Crabbe, el señor Goyle y yo os hemos enseñado. Un ejército gana porque es disciplinado y letal. El general Potter y la Legión del Caos no serán disciplinados. Granger y el Regimiento Luz del Sol no serán letales. Nosotros somos disciplinados, somos letales, somos Dragones. La batalla está a punto de empezar, y estamos a punto de ganarla.


(Discurso improvisado pronunciado por el general Potter ante la Legión del Caos, inmediatamente antes de su primera batalla, el 3 de noviembre de 1991, a las 14:56:)

Mis tropas, no voy a mentiros: nuestra situación hoy es muy sombría. El Ejército Dragón nunca ha perdido una sola batalla. Y Hermione Granger… tiene muy buena memoria. La verdad es que la mayoría de vosotros probablemente vais a morir. Y los supervivientes envidiarán a los muertos. Pero tenemos que ganar esto. Tenemos que ganarlo para que algún día nuestros hijos puedan volver a disfrutar del sabor del chocolate. Todo está en juego aquí. Literalmente todo. Si perdemos, el universo entero se apaga como una bombilla.

Y ahora me doy cuenta de que la mayoría de vosotros no sabéis qué es una bombilla. Bueno, creedme, es malo. Pero si tenemos que caer, caigamos luchando, como héroes, para que cuando la oscuridad se cierre sobre nosotros podamos pensar: al menos nos divertimos. ¿Tenéis miedo de morir? Yo sé que lo tengo. Puedo sentir esos fríos escalofríos de miedo como si alguien me estuviera bombeando helado dentro de la camisa. Pero sé… que la historia nos está mirando. Nos miraba mientras nos cambiábamos a nuestros uniformes. Probablemente estaba sacando fotos.

Y la historia, mis tropas, la escriben los vencedores. Si ganamos esto, podremos escribir nuestra propia historia. Una historia en la que Hogwarts fue fundado por cuatro elfos domésticos renegados. Podremos obligar a todo el mundo a estudiar esa historia, aunque no sea cierta, y si no contestan de la forma correcta en nuestros exámenes… suspenderán la asignatura. ¿No merece la pena morir por eso? No, no contestéis. Hay cosas que es mejor dejar desconocidas. Ninguno de nosotros sabe por qué estamos aquí. Ninguno de nosotros sabe por qué luchamos.

Simplemente despertamos con estos uniformes en este bosque misterioso, sabiendo solo que no había manera de recuperar nuestros nombres y recuerdos salvo la victoria. Los alumnos de esos otros ejércitos de ahí fuera… son como nosotros. No quieren morir. Luchan para protegerse unos a otros, los únicos amigos que les quedan. Luchan porque saben que tienen familias que los echarán de menos, aunque ahora no puedan recordarlas. Puede que incluso luchen para salvar el mundo.

Pero nosotros tenemos una razón mejor que ellos para luchar. Luchamos porque nos gusta. Luchamos para divertir a monstruosidades eldritch de más allá del Espacio y el Tiempo. Luchamos porque somos Caos. Pronto comenzará la batalla final, así que dejadme decir ahora, porque luego no tendré ocasión, que ha sido un honor ser vuestro comandante, aunque haya sido brevemente. Gracias, gracias a todos. Y recordad: vuestro objetivo no es solo abatir al enemigo, es hacer que tenga miedo.


Un gran gong retumbante resonó sobre el bosque.

Y el Regimiento Luz del Sol empezó a marchar.


La tensión subía y subía, mientras Harry y los otros diecinueve soldados que quedaban esperaban a que los guerreros aéreos informaran. No debería tardar mucho, las escobas eran rápidas y las distancias en el bosque no eran grandes…

Dos escobas se acercaron, a toda velocidad, desde la dirección del campamento de Draco, y todos los soldados se tensaron. No estaban ejecutando las maniobras que eran el código de aquel día para una escoba amiga.

—¡Dispersaos y disparad! —rugió el general Potter, y acto seguido hizo lo que decía, saliendo corriendo a toda velocidad hacia la cobertura del bosque; y entonces, en cuanto Harry estuvo entre los árboles, giró sobre sí mismo, levantó la varita, intentó localizar la escoba en el cielo…

—¡Despejado! —gritó una voz—. ¡Vuelven atrás!

Harry encogió los hombros mentalmente. No había forma de impedir que Draco obtuviera esa información, y lo único que averiguaría era que habían estado quietos.

Y los Caóticos salieron lentamente del bosque…

—¡Escoba acercándose desde la dirección de Granger! —gritó otra voz—. ¡Creo que es Líder Verde, ha hecho la bajada y el giro!

Momentos después Theodore Nott se lanzó en picado desde el cielo y frenó en medio de los soldados.

—¡Granger ha dividido sus fuerzas en dos! —gritó Nott mientras flotaba sobre su escoba. El sudor manchaba su uniforme, y toda la reserva había desaparecido de su voz—. ¡Está atacando a ambos ejércitos! ¡Dos escobas cubren cada fuerza, me han perseguido hasta medio camino de aquí!

Dividió su ejército, pero qué demonios…

Una fuerza grande que concentrara el fuego sobre una fuerza pequeña podía agotar esa fuerza rápidamente sin recibir mucho daño a cambio. Si veinte soldados se enfrentaban a diez soldados, veinte hechizos de sueño se dirigirían a los diez soldados, con solo diez hechizos de sueño yendo en dirección contraria, así que, a menos que cada uno de esos primeros hechizos de sueño alcanzara su objetivo, la fuerza más pequeña perdería más gente de la que lograría llevarse consigo.

Derrotado en detalle era el término militar para lo que ocurría cuando dividías tus fuerzas de ese modo. ¿Qué podía estar pensando Hermione…?

Entonces Harry lo comprendió.

Está siendo justa.

Iba a ser un año largo en clase de Defensa.

—Muy bien —dijo Harry en voz alta, para que el ejército pudiera oírlo—. Esperaremos hasta que el Ala Roja informe, y entonces iremos a nublar un poco el Sol.


Draco escuchó los informes de los voladores con el rostro tranquilo, ocultando todo su shock en el interior. ¿Qué podía estar pensando Granger?

Entonces Draco lo comprendió.

Es una finta.

Una de las dos fuerzas de Luz del Sol cambiaría de dirección, y ambas convergerían sobre… ¿quién?


Neville Longbottom marchaba por el bosque hacia la fuerza Soleada que se aproximaba, echando de vez en cuando una ojeada al cielo en busca de escobas. A su lado marchaban sus compañeros de escuadra, Melvin Coote y Lavender Brown de Gryffindor, y Allen Flint de Slytherin. Allen Flint era su Sugeridor de Escuadra, aunque Harry le había dicho primero a Neville, en privado, que el puesto era suyo si lo quería.

Harry le había dicho muchas cosas a Neville en privado, empezando por: «Sabes, Neville, si quieres llegar a ser tan impresionante como el Neville imaginario que vive en tu cabeza pero al que no se le permite hacer nada porque tienes miedo, entonces de verdad deberías apuntarte a los ejércitos del profesor Quirrell.»

Neville estaba ahora seguro de que el Niño-Que-Sobrevivió podía leer mentes. No había otra forma de que Harry Potter pudiera haberlo sabido. Neville nunca había hablado de eso con nadie, ni había dado señal alguna; y otras personas no eran así, no que Neville hubiera notado jamás.

Y la promesa de Harry se había cumplido: esto sí se sentía distinto a los duelos de práctica en clase de Defensa. Neville había esperado que los duelos de práctica arreglaran todo lo que estaba mal en él, y bueno, no lo habían hecho.

Aunque pudiera lanzar unos cuantos hechizos a otro alumno en clase con el profesor Quirrell vigilando para asegurarse de que nada saliera mal, aunque pudiera esquivar y devolver el fuego cuando estaba permitido y todos los demás lo esperaban y lo mirarían raro si no lo hacía, nada de eso era lo mismo que poder defenderse a sí mismo.

Pero formar parte de un ejército…

Algo extraño se removía dentro de Neville mientras marchaba por el bosque junto a sus camaradas, sobre sus uniformes una insignia de dedos listos para chasquear.

Se le permitía caminar si quería, pero sencillamente le apetecía marchar.

A su lado, Melvin y Lavender y Allen también parecían tener ganas de marchar.

Y Neville empezó a cantar suavemente la Canción del Caos.

La melodía era lo que un muggle habría identificado como la Marcha Imperial de John Williams, también conocida como «el tema de Darth Vader»; y las palabras que Harry había añadido eran fáciles de recordar.

Doom doom doom Doom doom doom doom doom doom Doom doom doom Doom doom doom doom doom doom DOOM doom DOOM Doom doom doom-doom-doom doom doom Doom doom-doom-doom doom doom Doom doom doom, doom doom doom.

En la segunda línea los demás se habían unido, y pronto se podía oír el mismo cántico suave procedente de partes cercanas del bosque.

Y Neville marchó junto a sus compañeros legionarios del Caos, con extraños sentimientos removiéndose en su corazón, la imaginación convirtiéndose en realidad, mientras de sus labios brotaba una temible canción de condenación.


Harry miró fijamente los cuerpos esparcidos por el bosque. Algo dentro de él se sintió un poco mareado, y tuvo que recordarse con firmeza que solo estaban dormidos. Había chicas entre los caídos, y eso lo empeoraba mucho de algún modo, y tendría que tener cuidado de no mencionarlo jamás delante de Hermione o los Aurores encontrarían sus restos metidos dentro de una pequeña tetera.

La mitad del ejército Luz del Sol no había opuesto mucha resistencia contra todo Caos. Los nueve soldados de tierra habían corrido hacia ellos gritando de forma inarticulada con Escudos Simples levantados, pantallas circulares para protegerles la cara y el pecho. Pero no podías disparar y mantener el escudo al mismo tiempo, y los soldados de Harry simplemente habían apuntado a las piernas. Todos los Soleados menos uno habían caído en cuanto los gritos de «¡Somnium!» llenaron el aire.

Aquella última había bajado el escudo y había conseguido eliminar a uno de los soldados de Harry antes de ser alcanzada por la segunda oleada de hechizos de sueño (el Maleficio del Sueño era seguro aunque recibieras varios impactos). Las dos escobas Soleadas habían sido mucho más difíciles de derribar y habían dado cuenta de tres Caóticos antes de ser marcadas por el fuego concentrado desde tierra.

Hermione no estaba entre los caídos. Draco debía de haberla pillado, y eso hacía que Harry se sintiera enfadado en algún nivel completamente incomprensible; no estaba seguro de si se sentía protector con Hermione, o estafado por no haber sido él quien lo hiciera, o quizá ambas cosas.

—Muy bien —dijo Harry, elevando la voz—. Que todos tengamos clara una cosa: eso no ha sido una batalla de verdad. Eso ha sido la general Granger cometiendo un error en su primera batalla. La batalla real de hoy es contra el Ejército Dragón y no va a parecerse en nada a esto. Va a ser mucho más divertida. En marcha.


Una escoba cayó del cielo, acercándose a una velocidad aterradora, giró sobre su extremo y desaceleró con tanta brusquedad que casi podía oírse el aire chillar en protesta, y se detuvo justo al lado de Draco.

No era lucimiento peligroso. Gregory Goyle simplemente era así de bueno y no perdía el tiempo.

—Potter viene —dijo Gregory sin rastro de su habitual falso arrastre de voz—. Todavía tienen sus cuatro escobas, ¿quieres que las elimine?

—No —dijo Draco con brusquedad—. Pelear encima de su ejército les da demasiada ventaja; te dispararán desde el suelo y puede que ni siquiera tú puedas esquivarlo todo. Espera hasta que las fuerzas entren en contacto.

Draco había perdido cuatro Dragones a cambio de doce Soleados. Al parecer, la general Granger de verdad había sido así de increíblemente estúpida, aunque ella no estaba entre los atacantes, así que Draco no había tenido ocasión de burlarse de ella ni de preguntarle qué demonios en nombre de Merlín había estado pensando.

La verdadera batalla, todos lo sabían, sería contra Harry Potter.

—¡Preparaos! —rugió Draco a sus tropas—. ¡Manteneos juntos con vuestros compañeros, actuad como una unidad, disparad en cuanto el enemigo esté al alcance!

Disciplina contra Caos.

No debería ser mucha batalla.


La adrenalina bombeaba y bombeaba en la sangre de Neville hasta que sentía que apenas podía respirar.

—Nos acercamos —dijo el general Potter con una voz apenas lo bastante alta para llegar a todo el ejército—. Hora de dispersarse.

Los compañeros de Neville se alejaron de él. Seguirían apoyándose unos a otros, pero si te agrupabas, el enemigo lo tendría mucho más fácil para acertarte; el fuego dirigido a uno de tus camaradas podía fallar y darte a ti en su lugar. Serías mucho más difícil de alcanzar si te dispersabas y te movías tan deprisa como pudieras.

Lo primero que había hecho el general Potter, durante su sesión de entrenamiento, fue hacer que se dispararan unos a otros cuando ambos bandos corrían deprisa, o cuando ambos se quedaban quietos y se tomaban tiempo para apuntar, o cuando uno se movía y el otro estaba quieto; el contrahechizo para el Maleficio del Sueño era sencillo, aunque no se permitía usarlo durante batallas reales.

El general Potter había registrado cuidadosamente todo lo que ocurría, había hecho algunos cálculos y numeritos, y entonces había anunciado que tenía más sentido centrarse no en ralentizar para apuntar con cuidado, sino en moverse rápido para no ser alcanzados.

A Neville todavía le molestaba un poco no marchar hombro con hombro junto a sus camaradas, pero los gritos de batalla aterradores que habían aprendido ya tronaban en su cabeza y eso lo compensaba bastante.

Esta vez, juró Neville en silencio para sí mismo, su voz de verdad, absolutamente, positivamente no iba a salirle aguda.

—Escudos arriba —dijo el general Potter—, energía a los deflectores frontales.

—Contego —murmuró el ejército, y las pantallas circulares brotaron a la existencia ante sus cabezas y pechos.

Un sabor agudo llenó la boca de Neville. El general Potter no les habría ordenado lanzar escudos si no estuvieran casi al alcance. Neville podía ver las formas uniformadas de los Dragones moviéndose entre las densas pantallas de árboles, y los Dragones también estarían viéndolos a ellos…

—¡Atacad! —llegó un grito desde la distancia, la voz de Draco Malfoy, y el general Potter bramó—: ¡Carga…!

Toda la adrenalina de la sangre de Neville se liberó, y sus piernas tomaron el mando, lanzándolo a correr más deprisa de lo que jamás había corrido antes, directo hacia el enemigo, sabiendo sin necesidad de mirar que todos sus camaradas estaban haciendo lo mismo.

—¡Sangre para el dios de la sangre! —gritó Neville—. ¡Cráneos para el trono de cráneos! ¡Ia! ¡Shub-Niggurath! ¡La puerta del enemigo está de lado!

Hubo un impacto silencioso cuando un hechizo de sueño se desperdició contra el escudo de Neville. Si habían disparado otros hechizos, no le habían dado.

Neville vio la breve expresión de miedo en el rostro de Wayne Hopkins, que estaba de pie junto a dos Gryffindors que Neville no reconoció, y entonces…

…Neville dejó caer el Escudo Simple y disparó a Wayne…

…falló…

…sus piernas en carrera lo llevaron directamente más allá del grupo enemigo y hacia otros tres Dragones, cuyas varitas se alzaban hacia él, cuyas bocas se abrían…

…sin siquiera pensarlo, Neville se zambulló hacia el suelo del bosque justo cuando tres voces gritaron «¡Somnium!»

Dolió, piedras duras y ramitas duras clavándose en Neville mientras rodaba, no era tan malo como caerse de la escoba pero aun así había golpeado el suelo con bastante fuerza, y entonces Neville, con súbita intuición, se quedó quieto y cerró los ojos.

—¡Parad eso! —chilló una voz—. ¡No nos disparéis, somos Dragones!

Con un fogonazo de gloriosa satisfacción, Neville se dio cuenta de que había conseguido meterse entre dos grupos de Dragones justo cuando un grupo le había disparado. Harry había hablado de esto como una táctica para hacer que el enemigo tuviera miedo de disparar, pero aparentemente funcionaba un poco mejor que eso.

Y no solo eso, los Dragones creían que lo habían alcanzado, ya que habían visto caer a Neville justo cuando disparaban.

Neville contó hasta veinte dentro de su cabeza, luego abrió los ojos una rendija.

Los tres Dragones estaban muy cerca de él, las cabezas girando con rapidez mientras gritos de «¡Somnium!» y «¡Cráneos para el trono de cráneos!» llenaban el aire a su alrededor. Los tres tenían ahora Escudos Simples levantados.

La varita de Neville seguía en su mano, y no costó mucho esfuerzo apuntarla a las botas de un chico y susurrar:

—Somnium.

Neville cerró rápidamente los ojos y relajó la mano al oír al chico caer al suelo.

—¿De dónde ha venido? —chilló la voz de Justin Finch-Fletchley, y Neville oyó crujidos sobre la hojarasca del suelo del bosque, como de dos Dragones girando sobre sí mismos en busca de un enemigo.

—¡Reformad filas! —bramó la voz de Malfoy—. ¡A mí, todos, no dejéis que os dispersen!

Los oídos de Neville oyeron a los dos Dragones saltar literalmente por encima de su cuerpo tendido mientras salían corriendo.

Neville abrió los ojos, se incorporó con algo de dolor, y entonces apuntó con la varita y pronunció el nuevo encantamiento que el general Potter les había enseñado a todos. No podían hacer hechizos de ilusión reales para confundir al enemigo, pero incluso a su edad podían…

—Ventriliquo —susurró Neville, apuntando la varita a un lado de Justin y el otro chico, y luego gritó—: ¡Por Cthulhu y la gloria!

Justin y el otro chico se detuvieron en seco, girando sus escudos hacia donde Neville había trasladado su grito de batalla, y fue entonces cuando múltiples gritos de «¡Somnium!» llenaron el aire y el otro chico cayó antes de que Neville hubiera terminado de apuntar.

—¡El último es mío! —gritó Neville, y entonces empezó a esprintar directo hacia Justin, que había sido cruel con él hasta que los Hufflepuffs mayores lo pusieron en su sitio. Neville estaba rodeado por sus camaradas y eso significaba…

—¡Ataque especial, Salto Caótico! —aulló Neville mientras corría, y sintió su cuerpo aligerarse, luego aligerarse dos veces más, mientras sus camaradas lograban girar sus varitas hacia él y lanzaban en voz baja el Encantamiento de Levitación, y Neville alzó la mano izquierda y chasqueó los dedos, y entonces usó las piernas para impulsarse contra el suelo tan fuerte como pudo y surcó el aire. El puro shock pintó la cara de Justin mientras Neville pasaba por encima del escudo del otro chico y apuntaba la varita hacia la forma que pasaba bajo él y gritaba:

—¡Somnium!

Porque le había apetecido, esa era la razón.

Neville no consiguió girar bien los pies y más bien aró el suelo al aterrizar, pero dos de los otros tres legionarios del Caos habían logrado mantener sus varitas apuntándolo durante todo el tiempo y no cayó con mucha fuerza.

Y Neville se puso en pie, jadeando. Sabía que debería estar moviéndose, la gente gritaba «¡Somnium!» por todas partes…

—¡Soy Neville, el último vástago de los Longbottom! —gritó Neville al cielo de arriba, sosteniendo la varita apuntada directamente hacia arriba como si desafiara al ardiente firmamento azul mismo, sabiendo que nada volvería a ser igual después de aquel día—. ¡Neville del Caos! ¡Enfrentaos a mí si os atre…!

(Cuando Neville despertó después, le dijeron que el Ejército Dragón había tomado aquello como señal para contraatacar.)


La chica al lado de Harry se desplomó en el suelo, recibiendo el disparo destinado a él, y pudo oír la distante risa triunfal del señor Goyle mientras su escoba pasaba como una exhalación junto a ellos, cortando el aire con tanta fuerza que debería haberse hecho pedazos a su paso.

—¡Luminos! —gritó uno de los chicos junto a Harry, que no había podido recuperar la fuerza mágica lo bastante rápido para hacerlo antes, y el señor Goyle lo esquivó sin detenerse.

Caos solo tenía ya seis soldados, y el Ejército Dragón tenía dos, y el único problema era que uno de esos soldados era invencible, y el otro estaba consumiendo a tres soldados solo para cubrirlo dentro de su escudo.

Habían perdido más soldados por el señor Goyle que por todos los demás Dragones juntos; zigzagueaba y esquivaba por el aire tan rápido que nadie podía darle, y podía disparar a la gente mientras lo hacía.

Harry había pensado en toda clase de formas de detener al señor Goyle, pero ninguna era segura; ni siquiera usar el Encantamiento de Levitación para ralentizarlo (era un rayo continuo y mucho más fácil de apuntar) sería seguro porque podría caerse de la escoba; arrojar cosas en su camino no sería seguro, y eso se volvía cada vez más difícil de recordar mientras la sangre de Harry se helaba.

Es un juego. No estás intentando matarlo. No tires por la borda todos tus planes futuros por un juego…

Harry podía ver el patrón, podía ver cómo zigzagueaba el señor Goyle, podía ver cómo y cuándo necesitaban disparar todos para crear una red de disparos que el señor Goyle no podría esquivar, pero no había sido capaz de explicárselo lo bastante rápido a sus soldados, no podían coordinar sus disparos lo suficientemente bien, y ahora ya no les quedaba gente suficiente para hacerlo…

Me niego a perder, no así, no todo mi ejército contra un solo soldado.

La escoba del señor Goyle giró más deprisa de lo que nada debería haber podido girar y empezó a inclinarse hacia Harry y sus tropas supervivientes; él podía percibir al chico junto a sí tensándose, preparándose para lanzarse delante de su general.

A LA MIERDA CON ESTO.

La varita de Harry se alzó, centrada en el señor Goyle, la mente de Harry visualizó el patrón, y sus labios se abrieron y su voz gritó:

—Luminos luminos luminos luminos luminos luminos luminos luminos luminos luminos luminos luminos…


Cuando los ojos de Harry se abrieron de nuevo, se encontró descansando en una posición cómoda, con las manos cruzadas sobre el pecho, sujetando la varita como un héroe caído.

Lentamente, Harry se incorporó. Le dolía la magia, una sensación extraña pero no del todo desagradable, muy parecida al ardor y la lasitud que seguían a un ejercicio físico intenso.

—¡El general está despierto! —gritó una voz, y Harry parpadeó y enfocó en esa dirección.

Cuatro de sus soldados mantenían sus varitas apuntadas a un hemisferio prismático y reluciente, y Harry se dio cuenta de que la batalla no había terminado. Cierto… no le había alcanzado un Maleficio del Sueño, simplemente se había agotado él mismo, así que cuando despertó, seguía en juego.

Harry sospechaba que iba a recibir una bronca de alguien por agotar su magia hasta el punto de la inconsciencia por un juego de niños. Pero no había hecho daño al señor Goyle cuando había perdido los nervios, y eso era lo importante.

Entonces la mente de Harry hizo clic con otra implicación, y miró el anillo de acero en el meñique de su mano izquierda, y casi maldijo en voz alta cuando vio que el diminuto diamante había desaparecido y había una nube de azúcar en el suelo cerca de donde había caído.

Había sostenido aquella Transformación durante diecisiete días, y ahora tendría que empezar de nuevo.

Podría haber sido peor. Podría haber hecho esto catorce días después, cuando la profesora McGonagall le hubiera aprobado Transfigurar la roca de su padre. Aquella era una muy buena lección que aprender por las buenas.

Nota mental: quitarse siempre el anillo del dedo antes de agotar por completo la magia.

Harry se puso en pie con bastante esfuerzo. Agotar tu magia no agotaba tus músculos, pero esquivar alrededor de árboles desde luego sí.

Fue dando tumbos hasta el hemisferio irisado que contenía a Draco Malfoy, que sostenía la varita en alto para mantener el escudo y sonreía fríamente a Harry.

—¿Dónde está el quinto soldado? —dijo Harry.

—Eh… —dijo un chico cuyo nombre Harry no podía recordar en ese momento—. He lanzado un Maleficio del Sueño al escudo y ha rebotado y le ha dado a Lavender, quiero decir que el ángulo no debería haber sido correcto pero lo ha sido…

Draco sonreía con suficiencia dentro del escudo.

—Así que déjame adivinar —dijo Harry, mirando a Draco directamente a los ojos—, esos pulcros trios son la formación usada por ejércitos mágicos profesionales. Compuestos de soldados entrenados que pueden acertar fácilmente a objetivos en movimiento si sus propias manos están firmes, y que pueden combinar sus poderes defensivos mientras permanezcan juntos. A diferencia de tus soldados.

La sonrisa de suficiencia había desaparecido de la cara de Draco, que ahora estaba dura y sombría.

—Sabes —dijo Harry con ligereza, sabiendo que ninguno de los demás entendería el verdadero mensaje que pasaba entre ellos—, esto solo demuestra que siempre deberías cuestionar todo lo que ves hacer a tus modelos a seguir, y preguntar por qué se hace, y si tiene sentido en contexto que tú también lo hagas. No olvides aplicar ese consejo a la vida real, por cierto. Y gracias por los objetivos lentos y agrupados.

Porque Draco ya había recibido esa charla y, sospechaba Harry, la había descontado por sospechar que Harry intentaba alejar aún más sus lealtades de la tradición de sangre pura. Lo cual, por supuesto, Harry estaba haciendo. Pero este ejemplo sería una excusa excelente, el sábado siguiente, para afirmar que cuestionar la autoridad era una técnica meramente práctica para la vida real.

Y Harry también mencionaría los experimentos que había hecho, primero con individuos y luego con grupos, para comprobar que sus ideas sobre la importancia de la velocidad habían sido de hecho correctas, como forma de martillear bien el punto de que Draco necesitaba estar atento en todo momento a oportunidades de aplicar los métodos en la práctica cotidiana.

—¡Aún no has ganado, general Potter! —gruñó Draco—. Puede que se nos acabe el tiempo y el profesor Quirrell lo declare empate.

Un argumento justo y preocupante. La guerra solo terminaba cuando el profesor Quirrell, a su juicio personal, decidiera que un ejército había ganado según criterios prácticos del mundo real. No había una condición formal de victoria, había explicado el profesor Quirrell, porque entonces Harry encontraría la forma de explotar las reglas. Harry tenía que admitir que era una acusación justa.

Y Harry no podía culpar al profesor Quirrell por no declarar el final, porque era plausible que el último soldado del Ejército Dragón pudiera eliminar a los cinco supervivientes de la Legión del Caos.

—Muy bien —dijo Harry—. ¿Alguien sabe algo sobre el hechizo de escudo del general Malfoy?

Resultó que el escudo de Draco era una versión del Protego estándar que tenía varias desventajas, la más importante de las cuales era que el escudo no podía moverse con el lanzador.

La ventaja —o desde la perspectiva de Harry, la desventaja— era que era más fácil de aprender, más fácil de lanzar y mucho más fácil de sostener durante periodos largos.

Tendrían que machacar el escudo con hechizos de ataque para derribarlo.

Y al parecer Draco podía ejercer cierto control sobre el ángulo de reflexión con el que los hechizos rebotaban.

A Harry se le ocurrió que podrían usar Wingardium Leviosa para amontonar rocas pesadas sobre el escudo hasta que Draco no pudiera sostenerlo contra la presión… pero entonces las rocas podrían caer después hacia dentro y golpear a Draco, y herir de verdad al general enemigo no estaba entre los objetivos de hoy.

—Así que —dijo Harry—, ¿existen cosas como hechizos especializados para atravesar escudos?

Existían.

Harry preguntó si alguno de sus soldados los conocía.

Nadie los conocía.

Draco volvió a sonreír con suficiencia dentro de su escudo.

Harry preguntó si había algún tipo de hechizo de ataque que no rebotara.

Los rayos, al parecer, normalmente eran absorbidos por los escudos en vez de rebotar en ellos.

…Nadie sabía lanzar ningún tipo de hechizo relacionado con rayos.

Draco soltó una risita.

Harry suspiró.

Muy deliberadamente dejó la varita en el suelo.

Y Harry anunció, con algo de cansancio en la voz, que procedería a derribar el escudo él mismo, usando algún método que permanecería misterioso; y que todos los demás debían disparar a Draco en cuanto su escudo cayera.

Los legionarios del Caos parecían nerviosos.

Draco parecía tranquilo, es decir, controlado.

Una manta fina y doblada salió de la bolsa de Harry.

Harry se sentó junto al escudo reluciente y se echó la manta por encima de la cabeza para que nadie pudiera ver lo que hacía… excepto Draco, claro.

De la bolsa de Harry salió una batería de coche y un juego de cables de arranque.

…no era como si hubiera estado a punto de dejar el mundo muggle para iniciar una nueva era de investigación mágica y no fuera a llevarse ninguna forma de generar electricidad.

Poco después, los legionarios del Caos oyeron el sonido de dedos chasqueando, seguido de un chisporroteo bajo la manta. El escudo empezó a brillar con más intensidad, y la voz de Harry dijo:

—No os distraigáis, por favor, ojos en el general Malfoy.

La tensión empezaba a mostrarse en la cara de Draco, junto con la furia y la molestia y la frustración.

Harry le sonrió desde abajo y articuló sin voz: Te lo cuento luego.

Y fue entonces cuando una espiral de energía verde salió disparada del bosque y se estrelló contra el escudo de Draco, que chilló como trozos de vidrio afilado frotándose entre sí, y Draco trastabilló.

En un pánico súbito y frenético, Harry quitó los cables de arranque de la batería y los metió en la bolsa, luego metió la propia batería en la bolsa, y entonces se arrancó la manta de encima, agarró la varita y se puso en pie.

Todos sus soldados seguían allí y miraban alrededor con frenesí.

—Contego —dijo Harry, y sus soldados lo siguieron, pero Harry ni siquiera sabía en qué dirección debería apuntar el escudo—. ¿Alguien ha visto de dónde ha venido eso? —Cabezas sacudiéndose—. Y general Malfoy, ¿te importaría decirme si pillaste a la general Granger?

—Pues sí —dijo Draco con acidez—, me importa.

Oh, demonios.

La mente de Harry empezó a calcular: Draco dentro del escudo, Draco ahora desgastado hasta cierto punto, Harry también desgastado, Hermione en el bosque quién sabe dónde, Harry y otros cuatro Caóticos restantes…

—Sabes, general Granger —dijo Harry en voz alta—, de verdad deberías haber esperado para atacar hasta después de que yo luchara contra el general Malfoy. Podrías haber pillado a todos los supervivientes.

Desde algún sitio llegó una risa aguda de chica.

Harry se congeló.

Esa no era Hermione.

Y fue entonces cuando empezó a alzarse el cántico terrible, siniestro y alegre, procedente de todas partes a su alrededor.

No te asustes, no estés triste, solo haremos daño si hiciste…

—¡Granger ha hecho trampas! —estalló Draco dentro del escudo—. ¡Ha despertado a sus soldados! ¿Por qué no hace nada el profesor Quirrell…?

—Déjame adivinar —dijo Harry, con la náusea ya revolviéndole el estómago. De verdad odiaba perder—. Fue una batalla muy fácil, ¿verdad? ¿Cayeron como moscas?

—Sí —dijo Draco—. Los pillamos a todos en el primer disparo…

La expresión de comprensión horrorizada se extendió de Draco a los legionarios del Caos.

—No —dijo Harry—, nosotros no.

Formas camufladas estaban apareciendo entre los árboles.

—¿Aliados? —dijo Harry.

—Aliados —dijo Draco.

—Bien —dijo la voz de la general Granger, y una espiral de energía verde ardió desde el bosque y destrozó el escudo de Draco en astillas.


La general Granger examinó el campo de batalla con una clara sensación de satisfacción. Le quedaban nueve Soldados Luz del Sol, pero probablemente bastaban para ocuparse del último superviviente de las fuerzas enemigas, especialmente cuando Parvati, Anthony y Ernie ya mantenían sus varitas apuntadas al general Potter, a quien ella había ordenado capturar vivo (bueno, consciente).

Sabía que estaba Mal, pero de verdad, de verdad, de verdad había querido regodearse.

—Hay un truco, ¿verdad? —dijo Harry, con la tensión mostrándose en la voz—. Tiene que haber algún truco. No puedes convertirte sin más en una general perfecta. No además de todo lo demás. ¡No eres tan Slytherin! ¡No escribes poesía inquietante! ¡Nadie es tan bueno en todo!

La general Granger miró a su alrededor a sus Soldados Luz del Sol, y luego volvió a mirar a Harry. Probablemente todo el mundo estaba viendo esto en las pantallas de fuera.

Y la general Granger dijo:

—Puedo hacer cualquier cosa si estudio lo suficiente.

—Oh, venga, eso es una mier…

—Somnium.

Harry se desplomó en el suelo a mitad de frase.

—GANA LUZ DEL SOL —entonó la enorme voz del profesor Quirrell, que parecía venir de todas partes y de ninguna.

—¡La amabilidad ha triunfado! —gritó la general Granger.

—¡Hurra! —gritaron los Soldados Luz del Sol. Incluso los chicos Gryffindor lo dijeron, y lo dijeron con orgullo.

—¿Y cuál es la moraleja de la batalla de hoy? —dijo la general Granger.

—¡Podemos hacer cualquier cosa si estudiamos lo suficiente!

Y los supervivientes del Regimiento Luz del Sol marcharon hacia el campo de la victoria, cantando su canción de marcha mientras avanzaban:

No te asustes, no estés triste, solo haremos daño si hiciste, y te enviaremos a un hogar verdadero, con nuevos amigos que cuiden primero. No olvides decirles, al llegar allí, que el Regimiento Luz del Sol te mandó aquí.