Capítulo 29: Sesgo egocéntrico
Por desgracia, nadie puede decirte quién es J. K. Rowling. Tienes que verla por ti mismo.
Advertencias científicas: Luosha señala que la teoría de la empatía del capítulo 27 —que usas tu propio cerebro para simular a otras personas— no es exactamente un hecho científico establecido. La evidencia hasta ahora apunta en esa dirección, pero no hemos analizado los circuitos cerebrales ni lo hemos demostrado. Del mismo modo, las formulaciones atemporales de la mecánica cuántica —a las que se aludía en el capítulo 28— son tan elegantes que me sorprendería que la teoría final incluyera el tiempo, pero tampoco están establecidas todavía.
Últimamente Hermione sentía un peso en el estómago cada vez que oía a los demás alumnos hablar de ella y de Harry. Aquella mañana había estado en una cabina de ducha cuando oyó por casualidad una conversación entre Morag y Padma que había sido la gota que colmaba un vaso ya bastante lleno.
Empezaba a pensar que meterse en una rivalidad con Harry Potter había sido un error terrible.
Si se hubiera mantenido alejada de Harry Potter, habría podido ser Hermione Granger, la estrella académica más brillante de Hogwarts, que estaba ganando más puntos para Ravenclaw que nadie. No habría sido tan famosa como el Niño Que Vivió, pero habría sido famosa por sí misma.
En cambio, el Niño Que Vivió tenía una rival académica, y resultaba que esa rival se llamaba Hermione Granger.
Y, peor aún, había tenido una cita con él.
La idea de meterse en un Romance con Harry le había parecido atractiva al principio. Había leído libros de esa clase, y si en Hogwarts había alguien candidato a interés amoroso de la heroína era obviamente Harry Potter. Brillante, divertido, famoso, a veces aterrador…
Así que había obligado a Harry a tener una cita con ella.
Y ahora era su interés amoroso.
O, peor todavía, una de las opciones de su menú de cena.
Aquella mañana había estado en una cabina de ducha, a punto de abrir el grifo, cuando oyó risitas fuera. Y oyó a Morag decir que aquella chica nacida de muggles probablemente no pelearía con suficiente fuerza para ganar contra Ginevra Weasley, y a Padma especular que quizá Harry Potter decidiría que quería a las dos.
Era como si no entendieran que las CHICAS tenían opciones en su menú de cena y que los CHICOS peleaban por ellas.
Pero esa ni siquiera era la parte que dolía de verdad. Lo que dolía era que cuando sacaba un 98 en uno de los exámenes de la profesora McGonagall, la noticia no era que Hermione Granger hubiera sacado la nota más alta de la clase; la noticia era que la rival de Harry Potter había sacado siete puntos más que él.
Si te acercabas demasiado al Niño Que Vivió, pasabas a formar parte de su historia.
No tenías una propia.
Y a Hermione se le había ocurrido que debería marcharse sin más, pero eso habría sido demasiado triste.
Pero sí quería recuperar lo que había regalado sin querer al dejar que la conocieran como la rival de Harry. Quería volver a ser una persona separada en vez de la tercera pierna de Harry Potter. ¿Era pedir demasiado?
Era una trampa difícil de escalar una vez que caías en ella. Por muy alto que puntuaras en clase, incluso si hacías algo que mereciera un anuncio especial durante la cena, aquello solo significaba que volvías a rivalizar con Harry Potter.
Pero creía haber encontrado una manera.
Algo que hacer que no se viera como empujar hacia arriba el otro extremo del balancín de Harry Potter.
Sería difícil.
Iría contra su naturaleza.
Tendría que luchar contra alguien muy malvado.
Y tendría que pedir ayuda a alguien todavía más malvado.
Hermione levantó la mano para llamar a aquella puerta terrible.
Dudó.
Hermione se dio cuenta de que estaba siendo tonta, y levantó la mano un poco más.
Intentó llamar de nuevo.
Su mano fracasó por completo en tocar la puerta.
Y entonces la puerta se abrió igualmente.
—Vaya, vaya —dijo la araña, sentada en su tela—. ¿De verdad era tan difícil perder un solo punto Quirrell, señorita Granger?
Hermione se quedó allí con la mano levantada, mientras las mejillas se le teñían de rosa. Lo había sido.
—Bien, señorita Granger, seré misericordioso —dijo el malvado profesor Quirrell—. Considérelo ya perdido. Ahí tiene, le he quitado de encima una decisión difícil. ¿No está agradecida?
—Profesor Quirrell —consiguió decir Hermione con una voz que le salió un poco chillona—, tengo muchos puntos Quirrell, ¿verdad?
—En efecto —dijo el profesor Quirrell—. Aunque uno menos que antes. Terrible, ¿no? Piense, si no me gusta su motivo para venir aquí, podría perder otros cincuenta. Quizá se los quite de uno… en uno… en uno…
Las mejillas de Hermione se estaban poniendo aún más rojas.
—Es usted malvadísimo, ¿se lo ha dicho alguien alguna vez?
—Señorita Granger —dijo el profesor Quirrell con gravedad—, puede ser peligroso hacer cumplidos de esa clase cuando no han sido realmente merecidos. El destinatario podría sentirse tímido e indigno y querer hacer algo a la altura de su elogio. Ahora bien, ¿de qué quería hablar conmigo, señorita Granger?
Era jueves por la tarde, después de comer, y Hermione y Harry estaban instalados en un pequeño rincón de la biblioteca, con un campo Quietus levantado para poder hablar. Harry estaba tumbado boca abajo en el suelo, con los codos apoyados en el piso, la cabeza entre las manos y los pies agitándose despreocupadamente detrás de él. Hermione ocupaba una butaca mullida demasiado grande para ella, como si fuese el centro Hermione de una cáscara de caramelo.
Harry había sugerido que, como primera pasada, podían leer solo los títulos de todos los libros de la biblioteca, y luego Hermione podría leer todos los índices.
A Hermione le había parecido una idea brillante. Nunca había hecho eso con una biblioteca.
Por desgracia, el plan tenía un pequeño defecto.
A saber: los dos eran Ravenclaw.
Hermione estaba leyendo un libro titulado Mnemotecnia mágica.
Harry estaba leyendo un libro titulado El mago escéptico.
Cada uno había pensado que era solo una excepción especial que harían esta única vez, y ninguno de los dos se había dado cuenta todavía de que a ninguno le sería posible terminar jamás de leer todos los títulos de los libros, por mucho que se esforzaran.
La calma de su pequeño rincón fue rota por dos palabras.
—Oh, no —dijo Harry de pronto en voz alta, como si las palabras le hubieran sido arrancadas.
Hubo un poco más de silencio.
—No lo hizo —dijo Harry con la misma voz.
Entonces Hermione oyó que Harry empezaba a reírse sin poder evitarlo.
Hermione levantó la vista de su libro.
—Está bien —dijo—, ¿qué pasa?
—Acabo de descubrir por qué nunca se les pregunta a los Weasley por la rata familiar —dijo Harry—. Es horrible de verdad y no debería estar riéndome y soy una persona terrible.
—Sí —dijo Hermione con remilgo—, lo eres. Cuéntamelo también.
—Vale, primero los antecedentes. Hay un capítulo entero en este libro sobre teorías de la conspiración acerca de Sirius Black. Recuerdas quién es, ¿verdad?
—Por supuesto —dijo Hermione.
Sirius Black era un traidor, un amigo de James Potter que había dejado entrar a Voldemort en la casa protegida de los Potter.
—Pues resulta que hubo una serie de, digamos, irregularidades asociadas con el ingreso de Black en Azkaban. No tuvo juicio, y el subsecretario a cargo cuando los aurores arrestaron a Black no era otro que Cornelius Fudge, que ahora es nuestro Ministro de Magia.
A Hermione también le sonó un poco sospechoso, y así lo dijo.
Harry hizo un gesto de encogerse de hombros mientras seguía tumbado en el suelo mirando su libro.
—Las cosas sospechosas pasan constantemente, y si eres un conspiranoico siempre puedes encontrar algo.
—¿Pero ningún juicio? —dijo Hermione.
—Fue justo después de la derrota del Señor Tenebroso —dijo Harry, con voz seria al decirlo—. Todo era increíblemente caótico, y cuando los aurores localizaron a Black estaba allí, riéndose en una calle cubierta de sangre hasta los tobillos, con veinte testigos presenciales que podían contar cómo había matado a un amigo de mi padre llamado Peter Pettigrew y a doce transeúntes. No digo que apruebe que Black no tuviera juicio. Pero estamos hablando de magos, así que en realidad no es mucho más sospechoso que, no sé, la clase de cosas que la gente señala cuando quiere discutir sobre quién disparó a John F. Kennedy. En cualquier caso, Sirius Black es el Lee Harvey Oswald mágico. Hay toda clase de teorías conspirativas sobre quién traicionó de verdad a mis padres en lugar de él, y una de las favoritas es Peter Pettigrew, y aquí es donde empieza a complicarse.
Hermione escuchaba fascinada.
—Pero ¿cómo pasas de ahí a la rata mascota de los Weasley…?
—Espera —dijo Harry—, estoy llegando. Ahora bien, después de la muerte de Pettigrew salió a la luz que había sido un espía de la Luz; no un agente doble, solo alguien que se escabullía por ahí y averiguaba cosas. Se le daba bien desde adolescente; incluso en Hogwarts tenía fama de descubrir toda clase de secretos. Así que la teoría conspirativa dice que Pettigrew se convirtió en animago no registrado mientras aún estaba en Hogwarts, un animago de algo pequeño que podía corretear y escuchar conversaciones. El principal problema es que los animagos con éxito son raros y hacerlo siendo adolescente sería muy improbable, así que por supuesto la teoría conspirativa dice que mi padre y Black también eran animagos no registrados. Y en esa teoría conspirativa, el propio Pettigrew mató a los doce transeúntes, se transformó en su pequeña forma animaga y huyó. Así que Michael Shermer dice que hay cuatro problemas adicionales con esto. Uno: Black era el único además de mis padres que sabía cómo atravesar las protecciones alrededor de su casa. —La voz de Harry sonó un poco dura al decir eso—. Dos: Black era desde el principio un sospechoso más probable que Pettigrew; hay un rumor de que Black intentó deliberadamente que mataran a un alumno durante su época en Hogwarts, y venía de una familia de sangre pura realmente horrible; Bellatrix Black era literalmente su prima. Tres: Black era veinte veces mejor mago de combate que Pettigrew, aunque no fuese tan listo. El duelo entre ellos habría sido como el profesor Quirrell contra la profesora Sprout. Pettigrew probablemente ni siquiera tuvo ocasión de sacar la varita, y mucho menos de falsificar todas las pruebas que requiere la teoría conspirativa. Y cuatro: Black estaba de pie en la calle riéndose.
—Pero la rata… —dijo Hermione.
—Exacto —dijo Harry—. Bueno, para abreviar una historia larga, Bill Weasley decidió que la rata mascota de su hermano pequeño Percy era la forma animaga de Pettigrew…
A Hermione se le cayó la mandíbula.
—Sí —dijo Harry—, no esperarías exactamente que el malvado Pettigrew viviera una vida triste y furtiva como rata mascota de una familia mágica enemiga; estaría con los Malfoy o, más probablemente, en el Caribe después de un poco de cirugía estética. En fin, Bill deja inconsciente a su hermano pequeño Percy, aturde y agarra la rata, envía todos esos mensajes urgentes por lechuza…
—¡Oh, no! —dijo Hermione, con las palabras arrancadas de la garganta.
—…y de algún modo logra reunir a Dumbledore, al Ministro de Magia y al Jefe de Aurores…
—¡No lo hizo! —dijo Hermione.
—Y, claro, cuando llegan piensan que está loco, pero usan Veritas Oculum en la rata de todos modos, solo para asegurarse, ¿y qué descubren?
Se habría muerto allí mismo.
—Una rata.
—¡Ganas una galleta! Así que se llevaron al pobre Bill Weasley a San Mungo y resultó ser un brote esquizofrénico bastante estándar; a algunas personas simplemente les pasa, sobre todo a hombres jóvenes más o menos en edad universitaria. El tipo estaba convencido de que tenía noventa y siete años y de que había muerto y había vuelto atrás en el tiempo a su yo más joven a través de una estación de tren. Y respondió perfectamente bien a los antipsicóticos y volvió a la normalidad y ahora todo está bien, salvo que la gente ya no habla tanto de las teorías conspirativas sobre Sirius Black, y que jamás se les pregunta a los Weasley por la rata familiar.
Hermione estaba riéndose sin poder evitarlo. Era horrible de verdad y no debería estar riéndose y era una persona terrible.
—Lo que no entiendo —dijo Harry después de que se les pasaran las risas— es por qué Black perseguiría a Pettigrew en vez de salir corriendo tan rápido como pudiera. Tenía que saber que los aurores lo estarían buscando. Me pregunto si le sacaron el motivo a Black antes de llevarlo a Azkaban. ¿Ves? Por esto las personas que son absolutísimamente culpables siguen pasando por el sistema legal y teniendo juicios.
Hermione tuvo que admitir que estaba de acuerdo.
Pronto Harry terminó su libro mientras Hermione solo iba por la mitad del suyo —el suyo era mucho más difícil que el de Harry, pero aun así le daba vergüenza—. Y entonces tuvo que devolver Mnemotecnia mágica a la estantería y arrancarse de allí, porque había llegado la hora de enfrentarse a la clase más temida de Hogwarts: VUELO EN ESCOBA.
Harry la acompañó mientras ella iba hacia allí, aunque su propia clase no empezaba hasta una hora y media más tarde, como un caza escoltando a un triste avioncito de hélice de camino a su propio funeral.
El chico se despidió de ella en voz baja y compasiva, y Hermione salió a los campos herbosos de la Condenación.
Y hubo muchos chillidos y casi caídas y horribles roces con la muerte y el suelo en un lugar completamente equivocado y el sol metiéndosele en los ojos y Morag zumbándole alrededor y Mandy creyendo que era sutil al estar siempre lo bastante cerca para atraparla si se caía, y Hermione sabía que los demás alumnos se estaban riendo de las dos, pero nunca le decía nada a Mandy porque en realidad no quería morir.
Después de diez millones de años terminó la clase, y volvió a estar en el suelo, donde pertenecía, hasta el jueves siguiente. A veces tenía pesadillas en las que siempre era jueves.
Por qué tenía que aprender todo el mundo aquello, cuando de mayores iban a Aparecerse o ir por la Red Flu o usar trasladores para ir a todas partes, era un misterio total y absoluto para Hermione. Nadie necesitaba montar en escoba de adulto; era como que te obligaran a jugar al balón prisionero en Educación Física.
Al menos Harry tenía la decencia de avergonzarse de que se le diera bien.
Un par de horas más tarde estaba en una sala de estudio de Hufflepuff con Hannah, Susan, Leanne y Megan. El profesor Flitwick, sorprendentemente tímido para ser profesor, le había preguntado si quizá tal vez podía ayudar a aquellas cuatro con los deberes de Encantamientos durante un rato, aunque no fueran Ravenclaw, y Hermione se había sentido tan orgullosa que casi reventó.
Hermione cogió un trozo de pergamino, derramó un poquito de tinta encima, lo rompió en cuatro pedazos, los arrugó y tiró los trozos sobre la mesa.
Podría haberlo conseguido simplemente arrugándolo, pero hacer todo aquello lo convertía más en basura, y eso ayudaba cuando alguien practicaba por primera vez el encantamiento de Eliminación.
Hermione aguzó los oídos y los ojos, y dijo:
—De acuerdo, intentadlo.
—Everto.
—Everto.
—Everto.
—Everto.
Hermione no creía haber pillado del todo todos los problemas.
—¿Podéis intentarlo otra vez?
Una hora después Hermione había concluido que: (1) Leanne y Megan eran un poco descuidadas, pero si les pedías que siguieran practicando algo, lo hacían; (2) Hannah y Susan estaban concentradas y motivadas hasta el punto de que había que decirles constantemente que frenaran, se relajaran y pensaran las cosas en vez de esforzarse tanto —era raro pensar que aquellas dos pronto serían suyas—; y (3) le gustaba ayudar a los Hufflepuff, toda la sala de estudio tenía un ambiente muy alegre.
Cuando se fue a cenar, encontró al Niño Que Vivió leyendo un libro mientras la esperaba para escoltarla. La hizo sentirse halagada, y también un poco preocupada porque Harry no parecía hablar de verdad con nadie aparte de ella.
—¿Sabías que hay una chica en Hufflepuff que es metamorfomaga? —dijo Hermione mientras iban hacia el Gran Comedor—. Se pone el pelo muy rojo, rojo de señal de stop, no rojo Weasley, y cuando se derramó té caliente encima se convirtió en un chico de pelo negro hasta que logró controlarlo otra vez.
—¿De verdad? Qué guay —dijo Harry, sonando un poco distraído—. Eh, Hermione, solo para comprobarlo, sabes que mañana es el último día para apuntarse a los ejércitos del profesor Quirrell, ¿verdad?
—Sí —dijo Hermione—. Los ejércitos del malvado profesor Quirrell.
Su voz sonaba un poco enfadada, aunque Harry no sabía por qué, por supuesto.
—Hermione —dijo Harry, con voz exasperada—, no es malvado. Es un poco Oscuro y muy Slytherin. No es lo mismo que ser malvado.
Harry Potter tenía demasiadas palabras para las cosas, ese era su problema. Le habría ido mejor si se hubiera limitado a dividir el universo en Bueno y Malo.
—¡El profesor Quirrell me llamó delante de toda la clase y me dijo que disparara a alguien!
—Tenía razón —dijo Harry, con el rostro serio—. Lo siento, Hermione, pero la tenía. Deberías haberme disparado; no me habría importado. No puedes aprender Magia de Batalla si no puedes practicar contra oponentes reales usando hechizos reales. Y ahora te va bien en los duelos de práctica, ¿no?
Hermione solo tenía doce años, y por eso lo sabía, pero no podía ponerlo en palabras, no encontraba lo que decir para convencer a Harry.
El profesor Quirrell había tomado a una niña y había llamado a esa niña delante de todos, y le había ordenado abrir fuego sin provocación contra un compañero de clase.
No importaba que el profesor Quirrell tuviera razón sobre que ella necesitaba aprender aquello.
La profesora McGonagall jamás habría hecho eso.
El profesor Flitwick jamás habría hecho eso.
Quizá ni siquiera el profesor Snape habría hecho eso.
El profesor Quirrell era MALVADO.
Pero no encontraba las palabras, y sabía que Harry nunca la creería.
—Hermione, he hablado con alumnos mayores —dijo Harry—. El profesor Quirrell podría ser el único profesor de Defensa competente que tengamos en los siete años de Hogwarts. Cualquier otra cosa podemos aprenderla más adelante. Si queremos estudiar Defensa, tenemos que hacerlo este año. Los alumnos que se apunten a las actividades extracurriculares van a aprender cantidades enormes, mucho más allá de lo que el Ministerio cree que los de primero deberían estudiar… ¿sabías que vamos a aprender el encantamiento Patronus? ¿En enero?
—¿El encantamiento Patronus? —dijo Hermione, alzando la voz sorprendida.
Sus libros decían que era una de las magias más luminosas conocidas, un arma contra las criaturas más Oscuras, lanzada con emociones puramente positivas. No era algo que esperaría que el malvado profesor Quirrell enseñara —o dispusiera que se enseñara, ya que Hermione no podía imaginar que él mismo pudiera hacer el hechizo—.
—Sí —dijo Harry—. ¡Los alumnos normalmente no aprenden el encantamiento Patronus hasta quinto curso o incluso más tarde! Pero el profesor Quirrell dice que los programas del Ministerio fueron diseñados consultando a gusamocos parlantes, y que la capacidad de lanzar el encantamiento Patronus depende más de las emociones que de la fuerza mágica. El profesor Quirrell dice que cree que la mayoría de los alumnos hacen mucho menos de lo que pueden, y que este año va a demostrarlo.
Estaba el tono habitual de adoración sobrecogida que tenía la voz de Harry cuando hablaba del profesor Quirrell, y Hermione apretó los dientes y siguió caminando.
—En realidad ya me he apuntado —dijo Hermione, con voz un poco baja—. Lo hice esta mañana. A todo, tal como dijiste.
Meterse hasta el cuello era la expresión habitual.
Además, no quería perder, y si quería ganar tenía que aprender.
—¿Entonces estarás en los ejércitos? —La voz de Harry se volvió de pronto entusiasta—. ¡Eso es genial, Hermione! Ya tengo mi lista de soldados, pero estoy seguro de que el profesor Quirrell me dejará añadir uno más, o cambiar…
—No voy a unirme a tu ejército.
La voz de Hermione fue cortante. Sabía que era una suposición razonable, pero aun así le molestaba.
Harry parpadeó.
—No al de Draco Malfoy, desde luego. ¿Así que quieres estar en el tercer ejército? ¿Aunque todavía no sepamos quién será el general?
Harry sonaba sorprendido y un poco herido, y Hermione no podía culparlo, aunque por supuesto sí lo culpaba, ya que de hecho todo era culpa suya.
—¿Pero por qué no el mío?
—Piénsalo —soltó Hermione—, ¡y quizá lo averigües!
Y aceleró el paso, dejando a Harry boquiabierto detrás de ella.
—Profesor Quirrell —dijo Draco con su voz más formal—, debo protestar por su nombramiento de Hermione Granger como tercera general.
—¿Ah, sí? —dijo el profesor Quirrell, recostándose en la silla de forma informal y relajada—. Proteste cuanto guste, señor Malfoy.
—Granger no es apta para el puesto —dijo Draco.
El profesor Quirrell se dio un golpecito pensativo con un dedo en la mejilla.
—Pues sí, sí que no lo es. ¿Tiene alguna protesta más?
—Profesor Quirrell —dijo Harry Potter a su lado—, con todo el respeto por los muchos talentos académicos extraordinarios de la señorita Granger y por los puntos Quirrell que ha ganado justamente en sus clases, su personalidad no es adecuada para el mando militar.
Draco se había sentido aliviado cuando Harry aceptó acompañarlo al despacho del profesor Quirrell. No era solo que Harry fuera un gigantesco y descarado enchufado del profesor Quirrell. Draco también había empezado a preocuparse por que Harry fuese de verdad amigo de Granger; había pasado ya un tiempo y todavía no había hecho su movimiento… pero esto se parecía más a lo esperado.
—Estoy de acuerdo con el señor Potter —dijo Draco—. Nombrarla general convierte esto en una farsa.
—Dicho con dureza —dijo Harry—, pero no puedo obligarme a discrepar del señor Malfoy. Para ser franco, profesor Quirrell, Hermione Granger tiene más o menos la misma intención asesina que un cuenco de uvas mojadas.
—Eso —dijo el profesor Quirrell con suavidad— no es algo que yo fuese a dejar de notar por mí mismo. No me están diciendo nada que no sepa ya.
Le tocaba a Draco decir algo, pero la conversación acababa de dar un traspié. Aquella respuesta no estaba entre las posibilidades que Harry y él habían barajado antes de venir allí. ¿Qué se decía después de que el profesor dijera que sabía todo lo que tú sabías y que aun así iba a cometer un error obvio?
El silencio se alargó.
—¿Es alguna clase de plan? —dijo Harry lentamente.
—¿Todo lo que hago tiene que ser alguna clase de plan? —dijo el profesor Quirrell—. ¿No puedo crear caos nunca solo por el placer de crear caos?
Draco casi se atragantó.
—No en su clase de Magia de Batalla —dijo Harry con tranquila certeza—. En otros sitios, quizá, pero allí no.
El profesor Quirrell alzó lentamente las cejas.
Harry sostuvo su mirada con firmeza.
Draco se estremeció.
—Bien, entonces —dijo el profesor Quirrell—. Ninguno de los dos parece haber considerado una pregunta muy simple. ¿A quién podría nombrar en lugar de la señorita Granger?
—Blaise Zabini —dijo Draco sin dudarlo.
—¿Alguna otra sugerencia? —dijo el profesor Quirrell, sonando bastante divertido.
Anthony Goldstein y Ernie Macmillan, fue el pensamiento, antes de que el sentido común de Draco interviniera y descartara a los sangre sucia y a los Hufflepuff por muy agresivamente que duelaran. Así que en vez de eso Draco se limitó a decir:
—¿Qué tiene de malo Zabini?
—Ya veo… —dijo Harry lentamente.
—Yo no —dijo Draco—. ¿Por qué no Zabini?
El profesor Quirrell miró a Draco.
—Porque, señor Malfoy, por mucho que se esfuerce, nunca podrá seguirles el ritmo a usted o al señor Potter.
La impresión sacudió a Draco.
—No puede creer que Granger vaya a…
—Está apostando por ella —dijo Harry en voz baja—. No está garantizado. Ni siquiera tiene buenas probabilidades. Probablemente nunca nos dará una buena pelea, y aunque lo haga, puede que tarde meses en aprender. Pero es la única de nuestro año con alguna posibilidad de crecer hasta vencernos.
Las manos de Draco se movieron, pero no llegaron a cerrarse en puños. Aparecer como aliado de alguien y luego echarse atrás era una táctica clásica de socavamiento, así que Harry Potter estaba compinchado con Granger y eso implicaba…
—Pero profesor —continuó Harry con suavidad—, me preocupa que Hermione sea desgraciada como general de un ejército. Ahora hablo como amigo suyo, profesor Quirrell. La competición quizá sea buena para Draco y para mí, ¡pero lo que le está pidiendo a ella no es bueno para ella!
Olvídalo.
—Su amistad con Hermione Granger le honra —dijo el profesor Quirrell con sequedad—. Sobre todo siendo capaz de ser amigo de Draco Malfoy al mismo tiempo. Toda una hazaña.
Harry pareció de pronto un poco nervioso, lo cual significaba que probablemente se sentía mucho más nervioso, y Draco maldijo para sus adentros. Por supuesto Harry no iba a engañar al profesor Quirrell.
—Y dudo que la señorita Granger apreciara su amistosa preocupación —dijo el profesor Quirrell—. Ella me pidió el puesto, señor Potter. Yo no se lo pedí a ella.
Harry guardó silencio un momento. Luego le lanzó a Draco una mirada rápida que mezclaba disculpa y advertencia, diciendo a la vez: Lo siento, hice cuanto pude y Será mejor que no presionemos más.
—En cuanto a que sea desgraciada —continuó el profesor Quirrell, con una ligera sonrisa jugando ahora alrededor de sus labios—, sospecho que sobrellevará los rigores de su posición con mucha más facilidad de la que ninguno de ustedes sospecha, y que presentará una buena pelea mucho antes de lo que creen.
Harry y Draco jadearon horrorizados.
—No irá a aconsejarla, ¿verdad? —dijo Draco, absolutamente espantado.
—¡Yo no me apunté para luchar contra usted! —dijo Harry.
La sonrisa que jugaba alrededor de los labios del profesor Quirrell se ensanchó.
—De hecho, sí me ofrecí a compartir unas cuantas sugerencias sobre las primeras batallas de la señorita Granger.
—¡Profesor Quirrell! —dijo Harry.
—Oh, no se preocupe —dijo el profesor Quirrell—. Me rechazó. Tal como esperaba.
Los ojos de Draco se entornaron.
—Vaya, señor Potter —dijo el profesor Quirrell—, ¿nadie le ha dicho nunca que es de mala educación mirar fijamente?
—No va a ayudarla en secreto de alguna otra forma, ¿verdad? —dijo Harry.
—¿Haría yo eso? —dijo el profesor Quirrell.
—Sí —dijeron Draco y Harry al mismo tiempo.
—Me hiere su falta de confianza. Bien, entonces prometo no ayudar a la general Granger de ninguna forma de la que ustedes dos no estén enterados. Y ahora les sugiero que ambos se ocupen de sus asuntos militares. Noviembre se acerca, y deprisa.
Draco vio las implicaciones antes de que la puerta hubiera terminado de cerrarse detrás de ellos al salir del despacho del profesor Quirrell.
Harry había hablado una vez con desprecio de las «cosas de gente».
Y ahora aquella era la única esperanza de Draco.
Que no se dé cuenta, que no se dé cuenta…
—Deberíamos atacar primero a la chica Granger y quitarla de en medio —dijo Draco—. Después de aplastarla, podremos tener nuestra propia competición sin distracciones.
—Eso no parece muy justo para ella, ¿no? —dijo Harry con voz suave.
—¿A ti qué te importa? —dijo Draco—. Es tu rival, ¿no?
Entonces, con la nota justa de sospecha en la voz:
—No me digas que has empezado a gustar de verdad de ella después de haber sido su rival todo este tiempo…
—Los Fundadores no lo quieran —dijo Harry—. ¿Qué puedo decirte, Draco? Simplemente tengo un sentido natural de la justicia. Granger también lo tiene, sabes. Tiene un concepto muy firme del bien y del mal, y probablemente va a atacar primero al mal. Tener un nombre como «Malfoy» es ir buscándoselo, ya sabes.
¡MALDITA SEA!
—Harry —dijo Draco, sonando dolido y quizá un poco superior—, ¿no quieres luchar limpiamente contra mí?
—¿Quieres decir en vez de atacarte después de que ya hayas perdido parte de tus fuerzas venciendo a Granger? —dijo Harry—. Oh, no lo sé. Quizá cuando me aburra de limitarme a ganar pruebe esa cosa de la «limpieza».
—Quizá ella te ataque a ti —dijo Draco—. Eres su rival.
—Pero soy su rival amistoso —dijo Harry con una sonrisa malvada—. Le compré un bonito regalo de cumpleaños y todo. Uno no va por ahí saboteando a su rival amistoso.
—¿Y qué hay de sabotear la oportunidad de tu amigo de tener una lucha justa? —dijo Draco con enfado—. ¡Creía que éramos amigos!
—Déjame reformularlo —dijo Harry—. Granger no sabotearía a un rival amistoso. Pero eso es porque tiene la intención asesina de un cuenco de uvas mojadas. Tú lo harías. Totalmente. Y adivina qué, yo también.
¡MALDITA SEA!
Si hubiera sido una obra de teatro, habría sonado música dramática.
El héroe, impecablemente presentado con túnicas ribeteadas en verde y el pelo blanco rubio perfectamente peinado, se enfrentaba a la villana.
La villana, recostada en una sencilla silla de madera, con los dientes de conejo claramente visibles y rizos castaños sueltos cayéndole por las mejillas, se enfrentaba al héroe.
Era miércoles, 30 de octubre, y la primera batalla llegaría el domingo.
Draco estaba en el despacho de la general Granger, una habitación del tamaño de una pequeña aula. Por qué el despacho de cada general era tan grande, Draco no lo tenía del todo claro. Una silla y una mesa le habrían valido a él. Ni siquiera tenía claro por qué los generales necesitaban despachos; sus soldados sabían dónde encontrarlo. A menos que el profesor Quirrell hubiera dispuesto deliberadamente los enormes despachos como señal de estatus, en cuyo caso Draco estaba totalmente a favor.
Granger estaba sentada en la única silla de la sala como si fuera un trono, al otro extremo del despacho respecto a donde se abría la puerta. Una larga mesa oblonga se extendía por el centro de la sala entre ellos, y había cuatro pequeñas mesas circulares repartidas por las esquinas, pero solo aquella única silla, al fondo del todo. La habitación tenía ventanas a lo largo de una pared, y un rayo de sol tocaba la parte superior del pelo de Granger como una corona luminosa.
Habría estado bien que Draco pudiera avanzar despacio. Pero había una mesa en medio, y Draco tuvo que rodearla en diagonal, y no había ninguna buena manera de hacer eso de forma dramática y digna. ¿Había sido deliberado? Si hubiera sido su padre, sin duda lo habría sido; pero esto era Granger, así que seguro que no.
No había ningún sitio donde sentarse, y Granger tampoco se había levantado.
Draco mantuvo la indignación completamente fuera de su rostro.
—Bien, señor Draco Malfoy —dijo Granger una vez que él estuvo ante ella—, usted solicitó audiencia conmigo y yo he tenido la generosidad de concedérsela. ¿Cuál era su súplica?
Ven conmigo a visitar la Mansión Malfoy; mi padre y yo querríamos enseñarte unos hechizos interesantes.
—Tu rival, Potter, vino a verme con una oferta —dijo Draco, poniendo expresión seria—. No le importa perder contra mí, pero se sentiría humillado si ganaras tú. Así que quiere aliarse conmigo y borrarte del mapa inmediatamente, no solo en nuestra primera batalla, sino en todas. Si no hago eso, Potter quiere que me contenga o que te hostigue, mientras él lanza un ataque total contra ti como su primer movimiento.
—Ya veo —dijo Granger, pareciendo sorprendida—. ¿Y tú me ofreces ayuda contra él?
—Por supuesto —dijo Draco con suavidad—. No me parecía justo lo que quería hacerte.
—Vaya, eso es muy amable por tu parte, señor Malfoy —dijo Granger—. Siento cómo te hablé antes. Deberíamos ser amigos. ¿Puedo llamarte Draquito?
En la cabeza de Draco empezaron a sonar alarmas, pero cabía la posibilidad de que lo dijera en serio…
—Por supuesto —dijo Draco—, si yo puedo llamarte Hermi.
Draco estuvo bastante seguro de ver que su expresión vacilaba.
—En cualquier caso —dijo Draco—, estaba pensando que a Potter le estaría bien merecido que ambos lo atacáramos y lo elimináramos.
—Pero eso no sería justo para el señor Potter, ¿verdad? —dijo Granger.
—Creo que sería muy justo —dijo Draco—. Él planeaba hacértelo a ti primero.
Granger le estaba dirigiendo una mirada severa que posiblemente lo habría intimidado si hubiera sido un Hufflepuff en vez de un Malfoy.
—Crees que soy bastante estúpida, ¿verdad, señor Malfoy?
Draco sonrió con encanto.
—No, señorita Granger, pero pensé que al menos debía comprobarlo. Entonces, ¿qué quieres?
—¿Me estás ofreciendo un soborno? —dijo Granger.
—Claro —dijo Draco—. ¿Puedo deslizarte un galeón y hacer que aporrees a Potter en vez de a mí durante el resto del año?
—Nop —dijo Granger—, pero puedes ofrecerme diez galeones y hacer que os ataque a los dos por igual, en vez de solo a ti.
—Diez galeones es mucho dinero —dijo Draco con cautela.
—No sabía que los Malfoy fueran pobres —dijo Granger.
Draco se quedó mirando a Granger.
Estaba empezando a tener una sensación extraña con todo aquello.
Esa respuesta concreta no parecía que debiera haber salido de esa chica concreta.
—Bueno —dijo Draco—, no se llega a ser rico tirando el dinero, sabes.
—No sé si sabes qué es un dentista, señor Malfoy, pero mis padres son dentistas y cualquier cosa por debajo de diez galeones no merece mi tiempo en absoluto.
—Tres galeones —dijo Draco, más como tanteo que otra cosa.
—Nop —dijo Granger—. Si quieres una pelea igualada siquiera, no creo que un Malfoy quiera una pelea igualada menos de lo que quiere diez galeones.
Draco estaba empezando a tener una sensación muy extraña con todo aquello.
—No —dijo Draco.
—¿No? —dijo Granger—. Es una oferta por tiempo limitado, señor Malfoy. ¿Seguro que quiere arriesgarse a un año entero de ser aplastado miserablemente por el Niño Que Vivió? Eso sería bastante vergonzoso para la Casa Malfoy, ¿no?
Era un argumento muy persuasivo, difícil de rechazar, pero no se llega a ser rico gastando dinero cuando el corazón te dice que hay trampa.
—No —dijo Draco.
—Nos vemos el domingo —dijo Granger.
Draco se volvió y salió del despacho sin otra palabra.
Aquello no había estado bien…
—Hermione —dijo Harry con paciencia—, se supone que estamos conspirando el uno contra el otro. Podrías incluso traicionarme y no significaría nada fuera del campo de batalla.
Hermione negó con la cabeza.
—No estaría bien, Harry.
Harry suspiró.
—No creo que estés entrando en el espíritu de esto en absoluto.
No estaría bien. Lo había dicho de verdad. Hermione no sabía si sentirse insultada por lo que Harry pensaba de ella, o preocupada por si de verdad solía sonar tan santurrona.
Probablemente era hora de cambiar de tema.
—En cualquier caso, ¿vas a hacer algo especial mañana? —dijo Hermione—. Es…
Su voz se cortó de golpe al darse cuenta.
—Sí, Hermione —dijo Harry, con voz un poco tensa—, ¿qué día es?
Interludio:
Hubo un tiempo en que el 31 de octubre se llamaba Halloween en la Gran Bretaña mágica.
Ahora era el Día de Harry Potter.
Harry había rechazado todas las ofertas, incluso la del ministro Fudge, que podría haberle servido para futuros favores políticos y que en realidad debería haber aceptado apretando los dientes. Pero para Harry, el 31 de octubre sería siempre el Día En Que El Señor Tenebroso Mató A Mis Padres. Debería haber habido algún servicio conmemorativo tranquilo y digno en alguna parte, y si lo hubo, a él no lo habían invitado.
Hogwarts tenía el día libre para celebrarlo. Ni siquiera los Slytherin se atrevían a vestir de negro fuera de su propia sala común. Había eventos especiales y comidas especiales, y los profesores miraban hacia otro lado si alguien corría por los pasillos. Era el décimo aniversario, después de todo.
Harry pasó el día en su baúl para no estropeárselo a nadie más, comiendo barritas en lugar de comidas, leyendo algunos de sus libros de ciencia ficción más tristes —nada de fantasía— y escribiendo una carta a mamá y papá mucho más larga que las que enviaba normalmente.