Todo lo que pueda salir Rowling saldrá Rowling.

De nuevo, esto no debería hacer falta decirlo, pero las opiniones expresadas por Severus Snape no son necesariamente las del autor.


—Vale —dijo Harry, tragando saliva—. Vale, Hermione, es suficiente, puedes parar.

La pastilla blanca de azúcar que Hermione tenía delante seguía sin haber cambiado de forma ni de color en absoluto, aunque ella se estaba concentrando más de lo que Harry la había visto concentrarse jamás, con los ojos apretados, gotas de sudor en la frente y la mano temblando mientras sujetaba la varita…

—¡Hermione, para! No va a funcionar, Hermione, no creo que podamos hacer cosas que todavía no existen.

Poco a poco, la mano de Hermione aflojó su agarre sobre la varita.

—Creía que lo notaba —dijo en un susurro apenas audible—. Creía que había empezado a Transformarse, solo durante un segundo.

Harry tenía un nudo en la garganta.

—Probablemente te lo has imaginado. Lo deseabas demasiado.

—Probablemente —dijo ella. Parecía que quería llorar.

Lentamente, Harry cogió su portaminas, se inclinó hacia la hoja de papel con todos los elementos tachados, y trazó una línea sobre el elemento que decía: «CURA PARA EL ALZHÉIMER».

No podrían haberle dado a nadie una pastilla transformada. Pero la Transformación, al menos la clase de Transformación que ellos podían hacer, no encantaba los objetivos: no transformaría una escoba normal en una escoba voladora. Así que si Hermione hubiera sido capaz de hacer una pastilla, habría sido una pastilla no mágica, una que funcionaba por razones materiales ordinarias. Podrían haber fabricado pastillas en secreto para un laboratorio científico muggle, dejar que las estudiaran e intentaran reconstruir su mecanismo antes de que la Transformación se deshiciera…

Nadie en ninguno de los dos mundos tendría por qué saber que la magia había intervenido. Solo sería otro avance científico…

Tampoco era la clase de cosa que se le ocurriría a un mago. No respetaban tanto los meros patrones de átomos; no pensaban en las cosas materiales sin encantar como objetos de poder. Si no era mágico, no era interesante.

Antes, Harry había intentado muy en secreto —ni siquiera se lo había contado a Hermione— transformar nanotecnología al estilo de Eric Drexler. Había intentado producir una nanofábrica de sobremesa, por supuesto, no ensambladores diminutos autorreplicantes; Harry no estaba loco. Si hubiera funcionado, habría sido divinidad de un solo golpe.

—Eso era todo por hoy, ¿verdad? —dijo Hermione.

Estaba hundida en la silla, con la cabeza apoyada contra el respaldo; y su cara mostraba cansancio, algo muy inusual en Hermione. Le gustaba fingir que no tenía límites, al menos cuando Harry estaba cerca.

—Una más —dijo Harry con cautela—, pero esta es pequeña, y además podría funcionar de verdad. La he dejado para el final porque esperaba que pudiéramos acabar con buen sabor de boca. Es material real, no como los fásers. Ya lo han fabricado en laboratorio, no como la cura para el alzhéimer. Y es una sustancia genérica, no específica como los libros perdidos de los que intentaste transformar copias. He hecho un diagrama de la estructura molecular para enseñártelo. Solo queremos hacerla más larga de lo que jamás se ha hecho, con todos los tubos alineados y los extremos incrustados en diamante.

Harry sacó una hoja de papel cuadriculado.

Hermione se incorporó, la cogió y la estudió con el ceño fruncido.

—¿Todo esto son átomos de carbono? Y, Harry, ¿cómo se llama? No puedo Transformarlo si no sé cómo se llama.

Harry puso cara de asco. Aún le costaba acostumbrarse a aquella clase de cosas; no debería importar cómo se llamara algo si sabías lo que era.

—Se llaman buckytubos, o nanotubos de carbono. Es una clase de fullereno que se ha descubierto justo este año. Es unas cien veces más fuerte que el acero y pesa una sexta parte.

Hermione levantó la vista del papel cuadriculado con sorpresa en la cara.

—¿Eso existe de verdad?

—Sí —dijo Harry—, solo que es difícil de fabricar a la manera muggle. Si pudiéramos conseguir suficiente cantidad de este material, podríamos usarlo para construir un ascensor espacial hasta la órbita geosíncrona o más arriba, y en términos de delta-v eso es estar a medio camino de cualquier lugar del Sistema Solar. Además podríamos lanzar satélites de energía solar como quien lanza confeti.

Hermione volvía a fruncir el ceño.

—¿Es seguro este material?

—No veo por qué no iba a serlo —dijo Harry—. Un buckytubo es básicamente una lámina de grafito enrollada en un tubo circular, y el grafito es lo mismo que se usa en los lápices…

—Sé lo que es el grafito, Harry —dijo Hermione.

Se apartó el pelo hacia atrás distraídamente, con las cejas fruncidas mientras miraba la hoja de papel.

Harry metió la mano en un bolsillo de la túnica y sacó un hilo blanco atado a dos pequeños anillos de plástico gris, uno en cada extremo. Había añadido gotas de superglue donde el hilo tocaba cada anillo para convertirlo todo en un único objeto que pudiera Transformarse como un todo. El cianoacrilato, si Harry recordaba correctamente, funcionaba mediante enlaces covalentes, y eso era lo más cerca que se podía llegar a ser un «objeto sólido» en un mundo compuesto en último término por átomos diminutos e individuales.

—Cuando estés lista —dijo Harry—, intenta Transformar esto en un conjunto de fibras de buckytubos alineadas e incrustadas en dos anillos de diamante sólido.

—De acuerdo… —dijo Hermione lentamente—. Harry, tengo la sensación de que se me acaba de escapar algo.

Harry se encogió de hombros, impotente. Quizá solo estás cansada. Pero sabía que era mejor no decirlo en voz alta.

Hermione apoyó la varita contra un anillo de plástico y miró fijamente durante un rato.

Dos pequeños círculos de diamante brillante yacían sobre la mesa, unidos por un largo hilo negro.

—Ha cambiado —dijo Hermione. Sonaba como si estuviera intentando mostrarse entusiasmada pero se hubiese quedado sin energía—. ¿Y ahora qué?

Harry se sintió un poco desinflado por la falta de pasión de su compañera de investigación, pero hizo todo lo posible por no dejarlo ver; quizá el mismo proceso funcionaría a la inversa para animarla a ella.

—Ahora lo pruebo para ver si aguanta peso.

Había una estructura en forma de A que Harry había montado para un experimento anterior con varillas de diamante: podías hacer objetos de diamante sólido fácilmente usando Transformación, solo que no duraban. El experimento anterior había medido si transformar una varilla larga de diamante en una varilla más corta le permitiría levantar un peso pesado suspendido al contraerse, es decir, si podías Transformar contra tensión, cosa que de hecho sí podías.

Harry pasó cuidadosamente un círculo de diamante brillante por el grueso gancho de metal que había en la parte superior de la estructura, luego fijó un colgador metálico pesado al anillo inferior y empezó a enganchar pesos al colgador.

Harry había pedido a los gemelos Weasley que Transformaran el aparato por él, y los gemelos Weasley le habían dirigido una mirada incrédula, como si no pudieran averiguar para qué broma podría querer aquello, pero no habían hecho preguntas. Y sus Transformaciones, según ellos, duraban alrededor de tres horas, así que Harry y Hermione todavía tenían margen.

—Cien kilos —dijo Harry alrededor de un minuto después—. No creo que un hilo de acero tan fino aguantara esto. Debería subir mucho más, pero es todo el peso que tengo.

Hubo otro silencio.

Harry se enderezó, volvió a su mesa, se sentó en la silla y marcó ceremoniosamente una casilla junto a «buckytubos».

—Ahí está —dijo Harry—. Ese ha funcionado.

—Pero en realidad no sirve para nada, ¿verdad, Harry? —dijo Hermione desde donde estaba sentada, con la cabeza apoyada en las manos—. Quiero decir, aunque se lo diéramos a un científico, no podría aprender a fabricar montones de buckytubos estudiando los nuestros.

—Quizá podrían aprender algo —dijo Harry—. Hermione, míralo, ese hilito diminuto aguantando todo ese peso; acabamos de hacer algo que ningún laboratorio muggle podría hacer…

—Pero cualquier otra bruja podría hacerlo —dijo Hermione.

El agotamiento se estaba colando ya en su voz.

—Harry, no creo que esto esté funcionando.

—¿Te refieres a nuestra relación? —dijo Harry—. ¡Genial! Rompamos.

Eso le arrancó una pequeña sonrisa.

—Me refiero a nuestra investigación.

—Oh, Hermione, ¿cómo has podido?

—Estás mono cuando eres cruel —dijo ella—. Pero Harry, esto es una locura. Yo tengo doce años, tú once. Es una tontería pensar que vamos a descubrir algo que nadie haya descubierto antes.

—¿De verdad estás diciendo que deberíamos renunciar a desentrañar los secretos de la magia después de intentarlo durante menos de un mes? —dijo Harry, intentando meter una nota de desafío en su voz.

Sinceramente, estaba sintiendo parte del mismo cansancio que Hermione. Ninguna de las buenas ideas funcionaba nunca. Solo había hecho un descubrimiento que mereciera mencionarse, el patrón mendeliano, y no podía contárselo a Hermione sin romper su promesa a Draco.

—No —dijo Hermione.

Su joven rostro parecía muy serio y adulto.

—Estoy diciendo que ahora mismo deberíamos estar estudiando toda la magia que los magos ya conocen, para poder hacer esta clase de cosas cuando nos graduemos en Hogwarts.

—Eh… —dijo Harry—. Hermione, odio decirlo así, pero imagina que hubiéramos decidido dejar la investigación para más adelante y que lo primero que probáramos después de graduarnos fuera Transformar una cura para el alzhéimer, y funcionase. Nos sentiríamos… No creo que la palabra «estúpidos» describiera adecuadamente cómo nos sentiríamos. ¿Y si hay alguna otra cosa así y sí funciona?

—¡Eso no es justo, Harry! —dijo Hermione.

Su voz temblaba como si estuviera a punto de echarse a llorar.

—¡No puedes cargarle eso a la gente! No es nuestro trabajo hacer esa clase de cosas. ¡Somos niños!

Durante un momento Harry se preguntó qué ocurriría si alguien le dijera a Hermione que tenía que luchar contra un Señor Tenebroso inmortal; si se convertiría en uno de esos héroes lloricas y autocompasivos que Harry nunca soportaba leer en sus libros.

—De todos modos —dijo Hermione.

Su voz tembló.

—No quiero seguir haciendo esto. No creo que los niños puedan hacer cosas que los adultos no pueden. Eso solo pasa en los cuentos.

Hubo silencio en el aula.

Hermione empezó a parecer un poco asustada, y Harry supo que su propia expresión se había enfriado.

Quizá no habría dolido tanto si el mismo pensamiento no se le hubiera ocurrido ya a Harry: que, aunque treinta años podía ser viejo para un revolucionario científico y veinte más o menos la edad correcta, aunque había gente que obtenía doctorados a los diecisiete y herederos de catorce años que habían sido grandes reyes o generales, en realidad no había nadie que hubiera pasado a los libros de historia a los once.

—Muy bien —dijo Harry—. Averiguar cómo hacer algo que un adulto no pueda. ¿Ese es tu desafío?

—No quería decirlo así —dijo Hermione, y su voz salió en un susurro asustado.

Con un esfuerzo, Harry apartó la mirada de Hermione.

—No estoy enfadado contigo —dijo Harry.

Su voz era fría, a pesar de todos sus esfuerzos.

—Estoy enfadado con, no sé, todo. Pero no estoy dispuesto a perder, Hermione. Perder no siempre es lo correcto. Averiguaré cómo hacer algo que un mago adulto no pueda hacer, y luego volveré contigo. ¿Qué te parece?

Hubo más silencio.

—Vale —dijo Hermione, con la voz vacilando un poco.

Se levantó de la silla y fue hacia la puerta del aula abandonada en la que habían estado trabajando. Puso la mano sobre el pomo.

—Seguimos siendo amigos, ¿verdad? Y si no se te ocurre nada…

Su voz se detuvo.

—Entonces estudiaremos juntos —dijo Harry.

Su voz era aún más fría ahora.

—Eh, entonces adiós por ahora —dijo Hermione, y salió rápidamente de la habitación y cerró la puerta tras ella.

A veces Harry odiaba tener un lado oscuro, incluso cuando estaba dentro de él.

Y la parte de él que había pensado exactamente lo mismo que Hermione, que no, los niños no podían hacer lo que los adultos no podían, estaba diciendo todas las cosas que Hermione había tenido demasiado miedo para decir, como: Vaya desafío endemoniadamente difícil que acabas de agarrar, chico, esta vez vas a acabar con huevo en la cara, y al menos así sabrás que has fracasado.

Y la parte de él que no disfrutaba perdiendo respondió con una voz muy fría: Bien, tú cállate y mira.


Era casi la hora de comer, y a Harry le daba igual. Ni siquiera se había molestado en sacar una barrita de su bolsa. Su estómago podía soportar un poco de hambre.

El mundo mágico era diminuto, no pensaban como científicos, no sabían ciencia, no cuestionaban aquello con lo que habían crecido, no habían puesto carcasas protectoras a sus máquinas del tiempo, jugaban al quidditch, toda la Gran Bretaña mágica era más pequeña que una pequeña ciudad muggle, lo tonto no era desafiar aquello a los once años, lo tonto era asumir que los magos sabían lo que hacían y que ya habían agotado toda la fruta madura que un polímata científico vería al alcance de la mano.

El primer paso había sido hacer una lista de todas las restricciones mágicas que Harry podía recordar, todas las cosas que supuestamente no podían hacerse.

Segundo paso: marcar las restricciones que parecían tener menos sentido desde una perspectiva científica.

Tercer paso: priorizar las restricciones que un mago probablemente no cuestionaría si no supiera ciencia.

Cuarto paso: idear vías para atacarlas.


Hermione seguía sintiéndose un poco temblorosa cuando se sentó junto a Mandy en la mesa de Ravenclaw. La comida de Hermione tenía dos frutas —rodajas de tomate y gajos de mandarina pelados—, tres verduras —zanahorias, zanahorias y más zanahorias—, una carne —muslos fritos de diricawl, a los que retiraría cuidadosamente el rebozado insano— y un trocito de tarta de chocolate que se ganaría comiendo las demás partes.

No había sido tan malo como la clase de Pociones; a veces todavía tenía pesadillas con aquello. Pero esta vez ella había hecho que ocurriera y se había sentido como su blanco. Solo durante un momento, antes de que la terrible oscuridad fría apartara la mirada y dijera que no estaba enfadada con ella, porque no había querido asustarla.

Y seguía teniendo esa sensación de que se le había escapado algo antes, algo realmente importante.

Pero no habían violado ninguna de las reglas de la Transformación… ¿verdad? No habían hecho líquidos, ni gases, no habían recibido órdenes del profesor de Defensa…

¡La pastilla! ¡Eso era algo que se comía!

…Bueno, no, nadie se comería sin más una pastilla que estuviera por ahí, en realidad no había funcionado, podrían haber usado un Finite Incantatem si lo hubiera hecho, pero aun así tendría que contárselo a Harry y asegurarse de que no lo mencionaban delante de la profesora McGonagall, por si nunca más les permitían estudiar Transformación…

Hermione empezó a sentir una sensación verdaderamente enfermiza en el estómago. Apartó su plato de la mesa; no podía comer así.

Cerró los ojos y empezó a recitar mentalmente las reglas de la Transformación.

«Nunca Transformaré nada en líquido ni gas».

«Nunca Transformaré nada que parezca comida ni ninguna otra cosa que se introduzca en un cuerpo humano».

No, de verdad no deberían haber intentado Transformar la pastilla, o al menos deberían haberse dado cuenta… Había estado tan absorbida por la brillante idea de Harry que no había pensado…

La sensación enfermiza en el estómago de Hermione empeoraba. Había una sensación en su mente de algo flotando justo en el borde del reconocimiento, una percepción a punto de invertirse, una joven a punto de convertirse en una anciana, un jarrón a punto de convertirse en dos caras…

Y siguió recordando las reglas de la Transformación.


Los nudillos de Harry se habían vuelto blancos sobre su varita cuando dejó de intentar Transformar el aire que tenía delante en un clip.

No habría sido seguro Transformar el clip en gas, por supuesto, pero Harry no veía ninguna razón por la que no fuera seguro en la otra dirección. Simplemente se suponía que no era posible. Pero ¿por qué no? El aire era una sustancia tan real como cualquier otra…

Bueno, quizá aquella limitación sí tenía sentido. El aire estaba desorganizado, todas las moléculas cambiaban constantemente de relación entre sí. Quizá no podías imponer una nueva forma a una sustancia salvo que la sustancia permaneciera quieta el tiempo suficiente para que pudieras dominarla, aunque los átomos de los sólidos también estuvieran vibrando constantemente todo el tiempo…

Cuanto más fracasaba Harry, más frío se sentía, más claro parecía volverse todo.

Muy bien. Siguiente elemento de la lista.

Solo podías Transformar objetos enteros como totalidades. No podías Transformar media cerilla en una aguja, tenías que Transformarla entera. Cuando Harry había quedado atrapado en aquella aula por Draco, esa había sido la razón por la que no podía simplemente Transformar en esponja una fina sección cilíndrica de las paredes y arrancar de un puñetazo un trozo de piedra lo bastante grande para pasar por el agujero.

Habría necesitado imponer una nueva forma a toda la pared, y quizá a toda una sección de Hogwarts, solo para cambiar aquella pequeña sección transversal.

Y eso era ridículo.

Las cosas estaban hechas de átomos. Muchísimos puntitos diminutos. No había contigüidad, no había solidez, solo fuerzas electromagnéticas que mantenían relacionados los puntitos entre sí…


Mandy Brocklehurst se quedó inmóvil con el tenedor camino de la boca.

—Ajá —le dijo a Su Li, sentada frente al espacio ahora vacío a su lado—, ¿qué le ha pasado a Hermione?


Harry quería matar a su goma de borrar.

Había estado intentando cambiar un solo punto del rectángulo rosa en acero, separado del resto de la goma, y la goma no cooperaba.

Tenía que ser una limitación conceptual, no una real. Tenía que serlo.

Las cosas estaban hechas de átomos, y cada átomo era una cosita separada. Los átomos se mantenían unidos por una niebla cuántica de electrones compartidos, en el caso de los enlaces covalentes, o a veces solo por magnetismo a distancias cortas, en el caso de los enlaces iónicos o las fuerzas de van der Waals.

Si te ponías así, los protones y neutrones dentro de los núcleos eran cositas separadas. ¡Los quarks dentro de los protones y neutrones eran cositas separadas! Simplemente no había nada en la realidad, el mundo-de-ahí-fuera, que correspondiera a la vanidad de la gente sobre los objetos sólidos. Todo eran puntitos.

Y la Transformación libre era toda mental desde el principio, ¿no? Sin palabras, sin gestos. Solo el puro concepto de forma, mantenido estrictamente separado de la sustancia, impuesto sobre la sustancia, concebida aparte de su forma. Eso, la varita y lo que fuera que te convertía en mago.

Los magos no podían transformar partes de cosas, solo podían transformar lo que sus mentes percibían como totalidades, porque no sabían hasta los huesos que, en el fondo, todo eran átomos.

Harry se había concentrado con todas sus fuerzas en ese conocimiento, en el hecho verdadero de que la goma no era más que una colección de átomos, que todo era simplemente colecciones de átomos, y que los átomos del pequeño parche que intentaba Transformar formaban una colección tan válida como cualquier otra colección en la que le diera por pensar.

Y aun así Harry no había conseguido cambiar esa parte de la goma; la Transformación no iba a ninguna parte.

Esto. Era. Ridículo.

Los nudillos de Harry volvían a ponerse blancos alrededor de la varita. Estaba harto de obtener resultados experimentales que no tenían sentido.

Quizá el hecho de que alguna parte de su mente siguiera pensando en términos de objetos impedía que la Transformación saliera adelante. Había pensado en una colección de átomos que era una goma de borrar. Había pensado en una colección que era un pequeño parche.

Hora de subir un nivel.

Harry apretó más la varita contra aquella diminuta sección de la goma e intentó ver a través de la ilusión que los no científicos llamaban realidad, el mundo de escritorios y sillas, aire y gomas de borrar y personas.

Cuando caminabas por un parque, el mundo inmersivo que te rodeaba era algo que existía dentro de tu propio cerebro como un patrón de neuronas disparándose. La sensación de un cielo azul brillante no era algo que estuviera muy por encima de ti; era algo en tu corteza visual, y tu corteza visual estaba en la parte trasera de tu cerebro. Todas las sensaciones de aquel mundo brillante estaban ocurriendo en realidad en esa cueva silenciosa de hueso que llamabas cráneo, el lugar donde vivías y del que nunca, jamás salías.

Si de verdad querías saludar a alguien, a la persona real, no le estrecharías la mano; le darías unos golpecitos suaves en el cráneo y dirías: «¿Cómo va todo ahí dentro?». Eso era lo que era la gente, ahí era donde vivía de verdad. Y la imagen del parque por el que creías estar caminando era algo visualizado dentro de tu cerebro mientras procesaba las señales enviadas desde tus ojos y tu retina.

No era una mentira como pensaban los budistas; no había algo terriblemente místico e inesperado tras el velo de Maya. Lo que había más allá de la ilusión del parque era simplemente el parque real, pero aun así todo seguía siendo ilusión.

Harry no estaba sentado dentro del aula.

No estaba mirando la goma de borrar.

Harry estaba dentro del cráneo de Harry.

Estaba experimentando una imagen procesada que su cerebro había descodificado a partir de las señales enviadas por su retina.

La goma real estaba en algún otro sitio, en algún sitio que no era la imagen.

Y la goma real no era como la imagen que el cerebro de Harry tenía de ella. La idea de la goma como objeto sólido era algo que existía solo dentro de su propio cerebro, dentro de la corteza parietal que procesaba su sentido de la forma y el espacio. La goma real era una colección de átomos unidos por fuerzas electromagnéticas y electrones covalentes compartidos, mientras que cerca de ella moléculas de aire rebotaban unas contra otras y contra las moléculas de la goma.

La goma real estaba lejos, y Harry, dentro de su cráneo, nunca podía tocarla del todo; solo podía imaginar ideas sobre ella. Pero su varita tenía el poder, podía cambiar cosas ahí fuera en la realidad; solo las propias ideas preconcebidas de Harry la estaban limitando.

En algún lugar más allá del velo de Maya, la verdad tras el concepto de Harry de «mi varita» estaba tocando la colección de átomos que la mente de Harry concebía como «un parche en la goma», y si esa varita podía cambiar la colección de átomos que Harry consideraba «la goma entera», no había absolutamente ninguna razón por la que no pudiera cambiar también la otra colección…

La Transformación seguía sin salir adelante.

Harry apretó los dientes y subió otro nivel.

El concepto que la mente de Harry tenía de la goma como un único objeto era una tontería evidente.

Era un mapa que no coincidía ni podía coincidir con el territorio.

Los seres humanos modelaban el mundo usando niveles estratificados de organización; tenían pensamientos separados sobre cómo funcionaban los países, cómo funcionaban las personas, cómo funcionaban los órganos, cómo funcionaban las células, cómo funcionaban las moléculas, cómo funcionaban los quarks.

Cuando el cerebro de Harry necesitaba pensar en la goma, pensaba en las reglas que gobernaban las gomas, como «las gomas pueden borrar marcas de lápiz». Solo si el cerebro de Harry necesitaba predecir qué ocurriría en el nivel químico inferior, solo entonces el cerebro de Harry empezaba a pensar —como si fuera un hecho separado— en moléculas de caucho.

Pero todo eso estaba en la mente.

La mente de Harry podía tener creencias separadas sobre reglas que gobernaban las gomas, pero no había ninguna ley física separada que gobernara las gomas.

La mente de Harry modelaba la realidad usando múltiples niveles de organización, con creencias distintas sobre cada nivel. Pero todo eso estaba en el mapa; el territorio verdadero no era así, la realidad en sí tenía un solo nivel de organización, los quarks, era un proceso unificado de bajo nivel que obedecía reglas matemáticamente simples.

O al menos eso era lo que Harry había creído antes de descubrir la magia, pero la goma no era mágica.

E incluso si la goma hubiera sido mágica, la idea de que pudiera existir realmente una única goma sólida era imposible. Cosas como las gomas no podían ser elementos básicos de la realidad, eran demasiado grandes y complicadas para ser átomos, tenían que estar hechas de partes. No podías tener cosas que fueran fundamentalmente complicadas.

La creencia implícita que el cerebro de Harry tenía en la goma como un único objeto no era solo errónea, era una confusión mapa-territorio; la goma solo existía como concepto separado en el modelo multinivel del mundo de Harry, no como elemento separado de una realidad de un solo nivel.

…La Transformación seguía sin ocurrir.

Harry respiraba con fuerza. Una Transformación fallida era casi tan agotadora como una Transformación con éxito, pero maldita fuera si iba a rendirse ahora.

Muy bien, a tomar por saco esta basura decimonónica.

La realidad no eran átomos, no era un conjunto de diminutas bolas de billar chocando por ahí. Eso era solo otra mentira. La noción de los átomos como puntitos era solo otra alucinación conveniente a la que la gente se aferraba porque no quería enfrentarse a la forma inhumanamente ajena de la realidad subyacente. No era de extrañar, entonces, que sus intentos de Transformar basados en eso no hubieran funcionado. Si quería poder, tenía que abandonar su humanidad y obligar a sus pensamientos a ajustarse a las verdaderas matemáticas de la mecánica cuántica.

No había partículas, solo nubes de amplitud en un espacio de configuración multipartícula, y lo que su cerebro imaginaba cariñosamente que era una goma no era nada salvo un factor gigantesco de una función de onda que casualmente factorizaba; no tenía una existencia separada, igual que no había un factor sólido particular de 3 escondido dentro del número 6. Si su varita era capaz de alterar factores en una función de onda aproximadamente factorizable, entonces más le valía poder alterar el factor ligeramente más pequeño que el cerebro de Harry visualizaba como un parche de material sobre la goma…


Hermione atravesó los pasillos a toda velocidad, los zapatos golpeando con fuerza la piedra, respirando a jadeos, con el shock de adrenalina todavía corriéndole por la sangre.

Como una imagen de una joven que se convierte en una anciana, como la copa que se convierte en dos caras.

¿Qué habían estado haciendo?

¿Qué habían estado haciendo?

Llegó al aula y al principio los dedos se le resbalaron sobre el pomo, demasiado sudorosos; agarró con más fuerza y la puerta se abrió…

…en un único destello de percepción vio a Harry mirando fijamente un pequeño rectángulo rosa sobre la mesa delante de él…

…mientras a unos pocos pasos el diminuto hilo negro, casi invisible desde aquella distancia, sostenía todo aquel peso…

—¡Harry, sal del aula!

La pura conmoción cruzó la cara de Harry, y se levantó tan rápido que casi se cayó; solo se detuvo para agarrar el pequeño rectángulo rosa de la mesa y salió disparado por la puerta, ella ya se había apartado, su varita ya estaba en su mano, alzándose y apuntando al hilo…

—¡Finite Incantatem!

Y Hermione cerró la puerta de golpe otra vez, justo cuando el estruendo gigantesco de cien kilos de metal cayendo llegó desde dentro.

Estaba jadeando, sin aliento; había corrido hasta allí sin detenerse, estaba empapada de sudor y las piernas y los muslos le ardían como llamas vivas. No habría podido contestar a las preguntas de Harry ni por todos los galeones del mundo.

Hermione parpadeó y se dio cuenta de que había empezado a caer, y de que Harry la había sujetado y la estaba bajando suavemente para sentarla en el suelo.

—…sano… —consiguió susurrar.

—¿Qué? —dijo Harry, más pálido de lo que ella lo había visto nunca.

—…estás, te sientes, sano…

Harry empezó a parecer todavía más asustado cuando la pregunta caló.

—Yo… no creo que tenga ningún síntoma…

Hermione cerró los ojos un momento.

—Bien —susurró—. Recuperar… aliento.

Eso llevó un rato. Harry seguía pareciendo asustado. Eso también era bueno; quizá le enseñaría una lección.

Hermione metió la mano en la bolsa que Harry le había comprado, susurró «agua» con la garganta reseca, sacó la botella y bebió a enormes tragos.

Y luego pasó todavía un rato antes de que pudiera hablar de nuevo.

—Hemos roto las reglas, Harry —dijo con voz ronca—. Hemos roto las reglas.

—Yo… —Harry tragó saliva—. Sigo sin ver cómo, he estado pensando, pero…

—¡Pregunté si la Transformación era segura y tú me contestaste!

Hubo una pausa.

—¿Eso es todo? —dijo Harry.

Podría haber gritado.

—Harry, ¿no lo entiendes? —dijo—. Está hecho de fibras diminutas; ¿y si se deshilachaba?, ¿quién sabe qué podría haber salido mal?, ¡no se lo preguntamos a la profesora McGonagall! ¿No ves lo que estábamos haciendo? Estábamos experimentando con Transformación. ¡Estábamos experimentando con Transformación!

Hubo otra pausa.

—Cierto… —dijo Harry lentamente—. Probablemente sea una de esas cosas que ni siquiera se molestan en decirte que no hagas porque es demasiado obvia. No probéis ideas nuevas y brillantes de Transformación por vuestra cuenta en un aula sin usar sin consultar a ningún profesor.

—¡Podrías habernos matado, Harry! —Hermione sabía que no era justo, ella también había cometido el error, pero aun así se sentía enfadada con él; siempre sonaba tan seguro de sí mismo, y eso la había arrastrado sin pensar tras él—. ¡Podríamos haber arruinado el historial perfecto de la profesora McGonagall!

—Sí —dijo Harry—, no le contemos esto, ¿vale?

—Tenemos que parar —dijo Hermione—. Tenemos que parar esto o acabaremos haciéndonos daño. Somos demasiado jóvenes, Harry, no podemos hacer esto todavía.

Una débil sonrisa cruzó la cara de Harry.

—Eh, te equivocas un poco en eso.

Y le tendió un pequeño rectángulo rosa, una goma de borrar con un parche de metal brillante.

Hermione lo miró fijamente, desconcertada.

—La mecánica cuántica no fue suficiente —dijo Harry—. Tuve que bajar hasta la física intemporal antes de que funcionara. Tuve que ver la varita como algo que impone una relación entre realidades pasadas y futuras separadas, en lugar de cambiar algo a lo largo del tiempo… pero lo he hecho, Hermione, he visto más allá de la ilusión de los objetos, y apuesto a que no hay ni un solo mago en el mundo que pudiera hacerlo. Aunque algún hijo de muggles supiera de formulaciones intemporales de la mecánica cuántica, solo sería una creencia rara sobre cosas cuánticas extrañas y lejanas; no vería que eso era la realidad, no aceptaría que el mundo que conocía no era más que una alucinación. He Transformado parte de la goma sin cambiarla entera.

Hermione levantó la varita de nuevo y apuntó a la goma.

Durante un momento, la ira cruzó la cara de Harry, pero no hizo ningún movimiento para detenerla.

—Finite Incantatem —dijo Hermione—. Consúltalo con la profesora McGonagall antes de volver a intentarlo.

Harry asintió, aunque su cara seguía un poco tensa.

—Y aun así tenemos que parar —dijo Hermione.

—¿Por qué? —dijo Harry—. ¿No ves lo que significa esto, Hermione? ¡Los magos no lo saben todo! Son demasiado pocos, aún menos saben algo de ciencia, no han agotado la fruta madura…

—No es seguro —dijo Hermione—. ¡Si podemos descubrir cosas nuevas, entonces es todavía menos seguro! ¡Somos demasiado jóvenes! ¡Ya hemos cometido un gran error; la próxima vez podríamos morir sin más!

Entonces Hermione se encogió.

Harry apartó la mirada de ella y empezó a respirar despacio y profundamente.

—Por favor, no intentes hacerlo solo, Harry —dijo Hermione, con la voz temblorosa—. Por favor.

Por favor, no me obligues a decidir si contárselo al profesor Flitwick.

Hubo una larga pausa.

—Así que quieres que estudiemos —dijo Harry.

Ella notó que estaba intentando mantener la ira fuera de su voz.

—Solo estudiar.

Hermione no estaba segura de si debía decir algo, pero…

—Como tú estudiaste, eh, física intemporal, ¿no?

Harry volvió a mirarla.

—Eso que has hecho —dijo Hermione, con voz tentativa—, no fue por nuestros experimentos, ¿verdad? Pudiste hacerlo porque habías leído muchos libros.

Harry abrió la boca y luego volvió a cerrarla. Había una expresión de frustración en su cara.

—Muy bien —dijo Harry—. ¿Qué te parece esto? Estudiamos, y si se me ocurre algo que parezca realmente digno de intentar, lo intentaremos después de que se lo pregunte a un profesor.

—Vale —dijo Hermione.

No se desplomó de alivio, pero solo porque ya estaba sentada.

—¿Vamos a comer? —dijo Harry con cautela.

Hermione asintió. Sí. Comer sonaba bien. Esta vez de verdad.

Empezó con cuidado a levantarse del suelo de piedra, haciendo una mueca cuando el cuerpo le gritó…

Harry apuntó la varita hacia ella y dijo:

—Wingardium Leviosa.

Hermione parpadeó cuando el enorme peso de sus piernas disminuyó hasta algo soportable.

Una sonrisa ladeada cruzó la cara de Harry.

—Puedes levantar algo sin ser capaz de hacerlo flotar por completo —dijo—. ¿Recuerdas ese experimento?

Hermione le devolvió una sonrisa impotente, aunque pensó que debería seguir enfadada.

Y empezó a caminar de vuelta hacia el Gran Comedor, sintiéndose notable y maravillosamente ligera de pies, mientras Harry mantenía cuidadosamente la varita apuntada hacia ella.

Solo consiguió mantenerlo durante cinco minutos, pero lo que contaba era la intención.


Minerva miró a Dumbledore.

Dumbledore le devolvió una mirada inquisitiva.

—¿Ha entendido algo de eso? —dijo el director, sonando perplejo.

Había sido la sarta de disparates más completa y absoluta que Minerva podía recordar haber oído jamás. Se sentía un poco avergonzada de haber convocado al director para que la oyera, pero le habían dado instrucciones explícitas.

—Me temo que no —dijo la profesora McGonagall con compostura.

—Entonces —dijo Dumbledore.

La barba plateada se apartó de ella, y la mirada chispeante del viejo mago volvió a dirigirse a otra parte.

—Sospechas que podrías ser capaz de hacer algo que otros magos no pueden hacer, algo que creemos imposible.

Los tres estaban dentro del taller privado de Transformación del director, adonde el reluciente fénix del Patronus de Dumbledore le había dicho que llevara a Harry, momentos después de que su propio Patronus lo hubiera alcanzado. La luz entraba por los tragaluces e iluminaba el gran diagrama alquímico de siete puntas dibujado en el centro de la sala circular, mostrando que estaba un poco polvoriento, lo cual entristeció a Minerva.

La investigación en Transformación era uno de los grandes placeres de Dumbledore, y ella sabía lo apurado que había estado de tiempo últimamente, pero no que estuviera tan apurado.

Y ahora Harry Potter iba a hacerle perder todavía más tiempo al director. Pero desde luego no podía culpar a Harry por ello. Había hecho lo correcto al acudir a ella para decirle que había tenido una idea para hacer algo en Transformación que actualmente se creía imposible, y ella misma había hecho exactamente lo que le habían indicado: había ordenado a Harry que se callara y que no discutiera nada con ella hasta que hubiera consultado con el director y hubieran terminado de trasladarse a un lugar seguro.

Si Harry hubiera empezado diciendo qué creía específicamente que podía hacer, ella no se habría molestado.

—Mire, sé que es difícil de explicar —dijo Harry, sonando un poco avergonzado—. En resumen, lo que ustedes creen entra en conflicto con lo que creen los científicos, en un caso en el que de verdad esperaría que los científicos supieran más que los magos.

Minerva habría suspirado en voz alta si Dumbledore no hubiera parecido tomárselo todo muy en serio.

La idea de Harry nacía de simple ignorancia, nada más. Si transformabas media bola de metal en vidrio, toda la bola tenía una Forma distinta. Cambiar la parte era cambiar el todo, y eso significaba retirar toda la Forma y reemplazarla por otra distinta. ¿Qué significaría siquiera Transformar solo media bola de metal? ¿Que la bola de metal como un todo tenía la misma Forma que antes, pero que media bola tenía ahora una Forma distinta?

—Señor Potter —dijo la profesora McGonagall—, lo que quiere hacer no es solo imposible, es ilógico. Si cambia la mitad de algo, ha cambiado el todo.

—En efecto —dijo Dumbledore—. Pero Harry es el héroe, así que quizá pueda hacer cosas que son lógicamente imposibles.

Minerva habría puesto los ojos en blanco si no se hubiera quedado insensible hacía ya mucho tiempo.

—Suponiendo que fuera posible —dijo Dumbledore—, ¿se le ocurre alguna razón por la que los resultados fueran a diferir en algún sentido de una Transformación ordinaria?

Minerva frunció el ceño. El hecho de que el concepto fuera literalmente inimaginable le estaba causando cierta dificultad, pero intentó tomarlo al pie de la letra. Una Transformación impuesta solo a la mitad de una bola de metal…

—¿Cosas extrañas ocurriendo en la interfaz? —dijo Minerva—. Pero eso no debería ser distinto de Transformar el objeto como un todo en una Forma con dos partes distintas…

Dumbledore asintió.

—Ese también es mi pensamiento. Y, Harry, si tu teoría es correcta, implica que lo que quieres hacer es exactamente igual que cualquier otra Transformación, solo que aplicada a una parte del sujeto en lugar de al todo. ¿Sin ningún cambio en absoluto?

—Sí —dijo Harry con firmeza—. Ese es todo el punto.

Dumbledore volvió a mirarla.

—Minerva, ¿se le ocurre alguna razón, la que sea, por la que eso pudiera ser peligroso?

—No —dijo Minerva, después de terminar de rebuscar en su memoria.

—Tampoco a mí —dijo el director—. Muy bien, entonces, puesto que esto debería ser exactamente análogo a la Transformación ordinaria en todos los aspectos, y puesto que no se nos ocurre ninguna razón en absoluto por la que pudiera ser peligroso, creo que bastará con el segundo grado de cautela.

Minerva se sorprendió, pero no objetó. Dumbledore era con muchísima diferencia su superior en Transformación, y había probado literalmente miles de Transformaciones nuevas sin escoger jamás un grado de cautela demasiado bajo. Había usado la Transformación en combate y seguía vivo. Si el director creía que el segundo grado bastaba, bastaba.

Que Harry fuera a fracasar con toda seguridad era, por supuesto, completamente irrelevante.

Los dos empezaron a colocar protecciones y redes de detección. La red más importante era la que comprobaba que ningún material Transformado hubiera entrado en el aire. Harry quedaría encerrado en una carcasa de fuerza separada con su propio suministro de aire, solo por si acaso; únicamente su varita podría salir del escudo, con la interfaz bien ajustada.

Estaban dentro de Hogwarts, así que no podían Aparecer automáticamente fuera cualquier material que mostrara señales de combustión espontánea, pero podían lanzarlo por un tragaluz casi igual de rápido; todas las ventanas se plegaban hacia fuera exactamente por esa razón. El propio Harry saldría por un tragaluz distinto a la primera señal de problemas.

Harry los observaba trabajar, con la cara un poco asustada.

—No se preocupe —dijo la profesora McGonagall en mitad de su descripción continua—, casi con toda seguridad esto no será necesario, señor Potter. Si esperásemos que algo saliera mal, no se le permitiría intentarlo. Son solo precauciones ordinarias para cualquier Transformación que nadie haya probado antes.

Harry tragó saliva y asintió.

Y unos minutos después, Harry estaba sujeto a la silla de seguridad y apoyaba su varita contra una bola de metal: una que, según sus puntuaciones actuales en las pruebas, debería haber sido demasiado grande para que él la Transformara en menos de treinta minutos.

Y unos minutos después de eso, Minerva estaba apoyada contra la pared, sintiéndose desfallecer.

Había un pequeño parche de vidrio en la bola donde la varita de Harry se había apoyado.

Harry no dijo «te lo dije», pero la expresión de suficiencia en su cara sudorosa lo decía por él.

Dumbledore estaba lanzando encantamientos analíticos sobre la bola, cada vez más intrigado por momentos. Treinta años se habían derretido de su rostro.

—Fascinante —dijo Dumbledore—. Es exactamente como afirmaba. Simplemente ha Transformado una parte del sujeto sin Transformar el todo. ¿Dices que en realidad es solo una limitación conceptual, Harry?

—Sí —dijo Harry—, pero una profunda. Solo saber que tenía que ser una limitación conceptual no fue suficiente. Tuve que suprimir la parte de mi mente que estaba cometiendo el error y pensar en su lugar en la realidad subyacente que los científicos descubrieron.

—Verdaderamente fascinante —dijo Dumbledore—. Supongo que para que cualquier otro mago hiciera lo mismo harían falta meses de estudio, si es que pudiera hacerlo. ¿Y puedo pedirte que Transformes parcialmente algunos otros sujetos?

—Probablemente sí y por supuesto —dijo Harry.

Media hora más tarde, Minerva se sentía igual de desconcertada, pero considerablemente más tranquila respecto a las cuestiones de seguridad.

Era lo mismo, aparte de ser lógicamente imposible.

—Creo que es suficiente, director —dijo Minerva por fin—. Sospecho que la Transformación parcial es más agotadora que la ordinaria.

—Cada vez menos con la práctica —dijo el niño, exhausto y pálido, con la voz inestable—, pero sí, ha acertado.

El proceso de sacar a Harry de las protecciones llevó otro minuto, y luego Minerva lo acompañó hasta una silla mucho más cómoda, y Dumbledore produjo un refresco de helado.

—¡Enhorabuena, señor Potter! —dijo la profesora McGonagall, y lo decía en serio.

Habría apostado casi cualquier cosa contra que aquello funcionara.

—Enhorabuena, en efecto —dijo Dumbledore—. Ni siquiera yo hice descubrimientos originales en Transformación antes de los catorce años. Desde los días de Dorotea Senjak no había florecido ningún genio tan temprano.

—Gracias —dijo Harry, sonando un poco sorprendido.

—No obstante —dijo Dumbledore pensativo—, creo que sería muy sensato mantener en secreto este feliz acontecimiento, al menos por ahora. Harry, ¿discutiste tu idea con alguna otra persona antes de hablar con la profesora McGonagall?

Hubo silencio.

—Eh… —dijo Harry—. No quiero entregar a nadie a la Inquisición, pero sí se lo conté a otra estudiante…

La palabra casi explotó de los labios de la profesora McGonagall.

—¿Qué? ¿Discutió una forma de Transformación completamente nueva con una estudiante antes de consultar a una autoridad reconocida? ¿Tiene alguna idea de lo irresponsable que fue eso?

—Lo siento —dijo Harry—. No me di cuenta.

El niño parecía adecuadamente asustado, y Minerva sintió que algo dentro de ella se relajaba. Al menos Harry entendía lo necio que había sido.

—Debes hacer que la señorita Granger jure guardar el secreto —dijo Dumbledore con gravedad—. Y no se lo digas a nadie más salvo que haya una razón extraordinariamente buena para ello, y también hayan jurado.

—Ah… ¿por qué? —dijo Harry.

Minerva se estaba preguntando lo mismo. Una vez más el director estaba pensando demasiado lejos para que ella pudiera seguirlo.

—Porque puedes hacer algo que nadie más creerá que puedes hacer —dijo Dumbledore—. Algo completamente inesperado. Puede resultar ser tu ventaja crítica, Harry, y debemos preservarla. Por favor, confía en mí en esto.

La profesora McGonagall asintió, con el rostro firme sin mostrar nada de su confusión interior.

—Hágalo, por favor, señor Potter —dijo.

—Muy bien… —dijo Harry lentamente.

—Cuando hayamos terminado de examinar tus materiales —añadió Dumbledore—, podrás practicar Transformación parcial, de vidrio a acero y de acero a vidrio únicamente, con la señorita Granger actuando como observadora. Naturalmente, si cualquiera de los dos sospecha cualquier síntoma de cualquier forma de enfermedad de Transformación, informad a un profesor de inmediato.

Justo antes de que Harry saliera del taller, con la mano en el picaporte, el niño se volvió y dijo:

—Ya que estamos aquí, ¿alguno de ustedes ha notado algo distinto en el profesor Snape?

—¿Distinto? —dijo el director.

Minerva no dejó que su sonrisa irónica se mostrara en su cara. Por supuesto que el niño sentía aprensión ante el «malvado profesor de Pociones», ya que no tenía forma de saber por qué Severus era digno de confianza. Habría sido extraño, como mínimo, explicarle a Harry que Severus seguía enamorado de su madre.

—Quiero decir, ¿ha cambiado su comportamiento recientemente de alguna manera? —dijo Harry.

—No que yo haya visto… —dijo el director lentamente—. ¿Por qué lo preguntas?

Harry negó con la cabeza.

—No quiero sesgar sus propias observaciones diciéndolo. Solo échenle un ojo, quizá.

Eso envió un estremecimiento de inquietud a través de Minerva de una forma que ninguna acusación directa contra Severus habría logrado.

Harry se inclinó respetuosamente ante ambos y se marchó.


—Albus —dijo Minerva después de que el niño se hubiera ido—, ¿cómo supiste que debías tomar en serio a Harry? ¡Yo habría pensado que su idea era meramente imposible!

El rostro del viejo mago se volvió grave.

—Por la misma razón por la que debe mantenerse en secreto, Minerva. Por la misma razón por la que le dije que viniera a mí si Harry hacía alguna afirmación de ese tipo. Porque es un poder que Voldemort no conoce.

Las palabras tardaron unos segundos en calar.

Y entonces el escalofrío frío le recorrió la espalda, como siempre ocurría cuando lo recordaba.

Todo había empezado como una entrevista de trabajo corriente, con Sybill Trelawney solicitando el puesto de profesora de Adivinación.

AQUEL CON EL PODER DE VENCER AL SEÑOR TENEBROSO SE ACERCA,

NACIDO DE LOS QUE LO HAN DESAFIADO TRES VECES,

NACIDO CUANDO EL SÉPTIMO MES MUERE,

Y EL SEÑOR TENEBROSO LO MARCARÁ COMO SU IGUAL,

PERO TENDRÁ UN PODER QUE EL SEÑOR TENEBROSO NO CONOCE,

Y UNO DE LOS DOS DEBERÁ DESTRUIR TODO SALVO UN RESTO DEL OTRO,

PUES ESOS DOS ESPÍRITUS DIFERENTES NO PUEDEN EXISTIR EN EL MISMO MUNDO.

Aquellas palabras terribles, pronunciadas con aquella voz atronadora espantosa, no parecían encajar con algo como la Transformación parcial.

—Quizá no, entonces —dijo Dumbledore después de que Minerva intentara explicarlo—. Confieso que había estado esperando algo que ayudara a encontrar el Horrocrux de Voldemort, dondequiera que lo haya escondido. Pero… —el viejo mago se encogió de hombros—. Las profecías son cosas traicioneras, Minerva, y es mejor no correr riesgos. La cosa más pequeña puede resultar decisiva si sigue siendo inesperada.

—¿Y qué supone que quería decir sobre Severus? —dijo Minerva.

—Ahí no tengo ni idea —suspiró Dumbledore—. A menos que Harry esté haciendo una jugada contra Severus y haya pensado que una pregunta abierta sería tomada en serio donde una acusación directa sería descartada. Y si eso fue en efecto lo que ocurrió, Harry razonó correctamente que yo no confiaría en que fuera así. Simplemente mantengamos la vigilancia, sin prejuicios, como pide.


Consecuencia, 1:

—Eh, ¿Hermione? —dijo Harry con una voz muy, muy pequeña—. Creo que te debo una disculpa realmente, realmente, realmente grande.


Consecuencia, 2:

Los ojos de Alissa Cornfoot estaban ligeramente vidriosos mientras contemplaba al profesor de Pociones dando a su clase una severa lección, sosteniendo en alto una diminuta judía de bronce y diciendo algo sobre charcos chillones de carne humana. Desde el inicio de aquel curso estaba teniendo problemas para prestar atención en Pociones. No dejaba de mirar a su horrible, cruel y grasiento profesor y de fantasear con castigos especiales. Probablemente había algo muy malo en ella, pero simplemente no parecía poder dejar de hacerlo…

—¡Ay! —dijo Alissa entonces.

Snape acababa de lanzarle la judía de bronce, con puntería infalible, contra la frente.

—Señorita Cornfoot —dijo el profesor de Pociones, con voz cortante—, esta es una poción delicada y si no puede prestar atención hará daño a sus compañeros, no solo a usted misma. Véame después de clase.

Las cuatro últimas palabras no la ayudaron en absoluto, pero se esforzó más y consiguió pasar el día sin derretir a nadie.

Después de clase, Alissa se acercó al escritorio. Parte de ella quería quedarse allí dócilmente, con la cara avergonzada y las manos enlazadas con penitencia detrás de la espalda, por si acaso; pero algún instinto silencioso le dijo que quizá fuera una mala idea. Así que, en su lugar, se quedó allí con la cara neutral, en una postura muy apropiada para una joven dama, y dijo:

—¿Profesor?

—Señorita Cornfoot —dijo Snape sin levantar la vista de las hojas que estaba corrigiendo—, no correspondo a sus afectos, empiezo a encontrar perturbadoras sus miradas, y en adelante refrenará usted sus ojos. ¿Está del todo claro?

—Sí —dijo Alissa con un chillido estrangulado, y Snape la despidió, y ella huyó del aula con las mejillas ardiendo como lava fundida.