¡En busca de nueva vida, y de J. K. Rowling!

Nota: Como la ciencia de esta historia suele ser correcta, incluyo una advertencia: en los capítulos 22-25 Harry pasa por alto muchas posibilidades, la más importante de las cuales es que haya muchos genes mágicos, pero todos estén en un solo cromosoma. Esto no ocurriría de forma natural, pero el cromosoma podría haber sido diseñado. En ese caso, el patrón de herencia sería mendeliano, pero el cromosoma mágico podría seguir degradándose por entrecruzamiento cromosómico con su homólogo no mágico.

Harry ha leído sobre Mendel y los cromosomas en libros de historia de la ciencia, pero no ha estudiado suficiente genética real como para saber lo del entrecruzamiento cromosómico. Eh, solo tiene once años. Sin embargo, aunque una revista científica moderna encontraría muchas más pegas, todo lo que Harry presenta como prueba fuerte es, de hecho, prueba fuerte: las otras posibilidades son improbables.


Acto 2:

El sol brillaba con fuerza en el Gran Comedor desde el techo-cielo encantado de arriba, iluminando a los estudiantes como si estuvieran sentados bajo el cielo desnudo, reluciendo en sus platos y cuencos, mientras ellos, renovados por una noche de sueño, inhalaban el desayuno en preparación para cualesquiera planes que hubieran hecho para el domingo.

Así que. Solo había una cosa que te convertía en mago.

No era sorprendente, pensándolo bien. Lo que hacía el ADN, en su mayor parte, era decirles a los ribosomas cómo encadenar aminoácidos para formar proteínas. La física convencional parecía perfectamente capaz de describir los aminoácidos, y, por muchos aminoácidos que encadenaras, la física convencional decía que nunca, jamás, ibas a sacar magia de aquello.

Y sin embargo la magia parecía hereditaria, seguía al ADN.

Entonces probablemente no era porque el ADN estuviera encadenando aminoácidos no mágicos para formar proteínas mágicas.

Más bien, la secuencia clave de ADN no te daba, por sí misma, tu magia en absoluto.

La magia venía de otro lugar.

En la mesa de Ravenclaw había un chico que miraba al vacío, mientras su mano derecha se llevaba automáticamente a la boca una cucharada de comida irrelevante de lo que tuviera delante. Probablemente podrías haberla sustituido por un montón de tierra y no se habría dado cuenta.

Y por alguna razón la Fuente de la Magia estaba prestando atención a un marcador concreto de ADN entre individuos que, en todos los demás sentidos, eran humanos corrientes descendientes de simios.

En realidad había bastantes chicos y chicas mirando al vacío. Era la mesa de Ravenclaw, al fin y al cabo.

Había otras líneas de razonamiento que llevaban a la misma conclusión. La maquinaria compleja era siempre universal dentro de una especie con reproducción sexual. Si el gen B dependía del gen A, entonces A tenía que ser útil por sí solo, y extenderse casi universalmente por el acervo génico por sí solo, antes de que B fuera útil con la frecuencia suficiente como para conferir una ventaja adaptativa.

Entonces, una vez que B fuera universal, aparecería una variante A* que dependería de B, y luego C, que dependería de A* y B, y luego B*, que dependería de C, hasta que toda la máquina se viniera abajo si quitabas una sola pieza. Pero todo tenía que ocurrir incrementalmente: la evolución nunca miraba hacia delante, la evolución nunca empezaría a favorecer B preparándose para que A se volviera universal más tarde.

La evolución era el simple hecho histórico de que, cualesquiera organismos hubieran tenido de hecho más hijos, sus genes serían de hecho más frecuentes en la siguiente generación. Así que cada pieza de una máquina compleja tenía que volverse casi universal antes de que otras piezas de la máquina evolucionaran hasta depender de su presencia.

De modo que la maquinaria compleja e interdependiente, las potentes y sofisticadas máquinas proteicas que impulsaban la vida, era siempre universal dentro de una especie con reproducción sexual, salvo por un pequeño puñado de variantes no interdependientes sobre las que estuviera actuando la selección en un momento dado, mientras se iba depositando lentamente más complejidad. Por eso todos los seres humanos tenían el mismo diseño cerebral subyacente, las mismas emociones, las mismas expresiones faciales cableadas a esas emociones; esas adaptaciones eran complejas, así que tenían que ser universales.

Si la magia hubiera sido así, una gran adaptación compleja con muchos genes necesarios, entonces un mago que se apareara con un muggle habría tenido un hijo con solo la mitad de esas piezas, y media máquina no haría gran cosa. Y por tanto no habría habido nacidos de muggles, jamás. Aunque todas las piezas hubieran acabado entrando individualmente en el acervo génico muggle, nunca volverían a reunirse todas en un solo lugar para formar a un mago.

No había existido algún valle genéticamente aislado de humanos que hubiera tropezado con una vía evolutiva que condujera a secciones mágicas sofisticadas del cerebro. Esa maquinaria genética compleja, si los magos se cruzaban con muggles, nunca se habría vuelto a ensamblar para dar lugar a nacidos de muggles.

Así que, fuera cual fuese el modo en que tus genes te convertían en mago, no era conteniendo los planos de una maquinaria complicada.

Esa era la otra razón por la que Harry había supuesto que aparecería el patrón mendeliano. Si los genes mágicos no eran complicados, ¿por qué iba a haber más de uno?

Y sin embargo la magia en sí parecía bastante complicada. Un hechizo para cerrar una puerta impediría que la puerta se abriera, impediría que transfiguraras las bisagras y resistiría Finite Incantatem y Alohomora. Muchos elementos apuntando todos en la misma dirección: podías llamarlo orientación a objetivos o, en palabras más sencillas, intencionalidad.

Solo se conocían dos causas de complejidad intencional. La selección natural, que producía cosas como mariposas. Y la ingeniería inteligente, que producía cosas como coches.

La magia no parecía algo que se hubiera autorreplicado hasta existir. Los hechizos eran intencionalmente complicados, pero no, como una mariposa, complicados con el propósito de hacer copias de sí mismos. Los hechizos eran complicados con el propósito de servir a su usuario, como un coche.

Así que algún ingeniero inteligente había creado la Fuente de la Magia y le había dicho que prestara atención a un marcador concreto de ADN.

El siguiente pensamiento obvio era que aquello tenía algo que ver con «la Atlántida».

Harry le había preguntado a Hermione por eso antes, en el tren a Hogwarts, después de oír a Draco decirlo, y, por lo que ella sabía, no se conocía nada más que la propia palabra.

Podía haber sido pura leyenda. Pero también era lo bastante plausible que una civilización de usuarios de magia, sobre todo una anterior al Interdicto de Merlín, hubiera conseguido volarse a sí misma.

La línea de razonamiento continuaba: la Atlántida había sido una civilización aislada que, de algún modo, había dado existencia a la Fuente de la Magia y le había dicho que sirviera solo a las personas con el marcador genético atlante, la sangre de la Atlántida.

Y por una lógica similar: las palabras que pronunciaba un mago, los movimientos de varita, no eran lo bastante complicados por sí mismos como para construir desde cero los efectos de los hechizos; no del modo en que los tres mil millones de pares de bases del ADN humano sí eran lo bastante complicados como para construir un cuerpo humano desde cero, no del modo en que los programas de ordenador ocupaban miles de bytes de datos.

Así que las palabras y los movimientos de varita eran solo disparadores, palancas accionadas sobre alguna máquina oculta y más compleja. Botones, no planos.

Y, del mismo modo que un programa de ordenador no compilaría si cometías un único error ortográfico, la Fuente de la Magia no te respondería a menos que lanzaras tus hechizos exactamente de la manera correcta.

La cadena lógica era inexorable.

Y conducía inevitablemente a una única conclusión final.

Los antiguos antepasados de los magos, miles de años antes, habían dicho a la Fuente de la Magia que solo levitara cosas si decías…

—Wingardium Leviosa.

Harry se desplomó sobre la mesa del desayuno, apoyando con cansancio la frente en la mano derecha.

Había una historia de los albores de la inteligencia artificial, cuando estaban empezando y nadie se había dado cuenta todavía de que el problema iba a ser difícil, sobre un profesor que había encargado a uno de sus estudiantes de posgrado resolver el problema de la visión por ordenador.

Harry empezaba a entender cómo debía de haberse sentido aquel estudiante.

Esto podía llevar un rato.

¿Por qué hacía falta más esfuerzo para lanzar el hechizo Alohomora, si era como pulsar un botón?

¿Quién había sido tan idiota como para incorporar un hechizo para Avada Kedavra que solo podía lanzarse usando odio?

¿Por qué la transfiguración sin palabras requería que hicieras una separación mental completa entre el concepto de forma y el concepto de material?

Puede que Harry no hubiera terminado con este problema para cuando se graduara en Hogwarts. Podía seguir trabajando en este problema cuando tuviera treinta años. Hermione tenía razón; Harry no había asimilado eso a nivel visceral hasta entonces. Simplemente había dado un discurso inspirador sobre determinación.

La mente de Harry consideró brevemente si asimilar a nivel visceral que quizá nunca resolvería el problema en absoluto, y luego decidió que eso sería llevar las cosas demasiado lejos.

Además, mientras consiguiera llegar a la inmortalidad en las primeras décadas, estaría bien.

¿Qué método había usado el Señor Tenebroso? Ahora que lo pensaba, el hecho de que el Señor Tenebroso hubiera conseguido de algún modo sobrevivir a la muerte de su primer cuerpo era casi infinitamente más importante que el hecho de que hubiera intentado apoderarse de la Gran Bretaña mágica…

—Disculpe —dijo una voz esperada desde detrás de él, en tonos muy inesperados—. Cuando le venga bien, el señor Malfoy solicita el favor de una conversación.

Harry no se atragantó con los cereales del desayuno. En lugar de eso se volvió y contempló al señor Crabbe.

—Disculpa —dijo Harry—. ¿No querías decir «El jefe quiere hablar contigo, tío»?

El señor Crabbe no parecía contento.

—El señor Malfoy me indicó que hablara correctamente.

—No te oigo —dijo Harry—. No estás hablando correctamente.

Se volvió hacia su cuenco de diminutos copos de nieve de cristal azul y se comió deliberadamente otra cucharada.

—El jefe quiere hablar contigo —llegó una voz amenazadora desde detrás de él—. Más te vale ir a verlo si sabes lo que te conviene.

Ahí estaba. Ahora todo iba según lo previsto.


Acto 1:

—¿Una razón? —dijo el viejo mago.

Reprimió la furia de su rostro. El chico que tenía delante había sido la víctima, y desde luego no necesitaba que lo asustaran aún más.

—No hay nada que pueda excusar…

—Lo que yo le hice fue peor.

El viejo mago se tensó con súbito horror.

—Harry, ¿qué has hecho?

—Engañé a Draco para que creyera que yo lo había engañado a fin de hacerlo participar en un ritual que sacrificaba su creencia en el purismo de sangre. Y eso significaba que no podría ser mortífago cuando creciera. Lo había perdido todo, director.

Hubo un largo silencio en el despacho, roto solo por los pequeños resoplidos y silbidos de los cachivaches, que pasado el tiempo suficiente habían llegado a parecer silencio.

—Cielo santo —dijo el viejo mago—, me siento un poco tonto. Y yo que esperaba que quizá intentarías redimir al heredero de Malfoy, digamos, mostrándole verdadera amistad y bondad.

—¡Ja! Sí, claro, como si eso hubiera funcionado.

El viejo mago suspiró. Aquello era pasarse.

—Dime, Harry. ¿Se te ocurrió siquiera que había algo incongruente en proponerte redimir a alguien mediante mentiras y engaños?

—Lo hice sin decir ninguna mentira directa, y, dado que hablamos de Draco Malfoy, creo que la palabra que busca es congruente.

El chico parecía bastante satisfecho de sí mismo.

El viejo mago negó con la cabeza, desesperado.

—Y este es el héroe. Estamos todos condenados.


Acto 5:

El túnel largo y estrecho de piedra basta, sin luz salvo la varita de un niño, parecía extenderse durante kilómetros.

La razón era sencilla: se extendía durante kilómetros.

Eran las tres de la mañana, y Fred y George estaban emprendiendo el largo descenso por el pasadizo secreto que iba desde una estatua de una bruja tuerta en Hogwarts hasta el sótano de la confitería Honeydukes en Hogsmeade.

—¿Cómo va? —dijo Fred en voz baja.

No es que hubiera nadie escuchando, pero había algo raro en hablar con voz normal cuando ibas por un pasadizo secreto.

—Sigue fallando —dijo George.

—¿Los dos, o…?

—El intermitente se ha arreglado otra vez. El otro sigue igual que siempre.

El Mapa era un artefacto extraordinariamente poderoso, capaz de seguir en tiempo real a todos los seres conscientes de los terrenos de la escuela, por nombre. Casi con toda seguridad, había sido creado durante la construcción original de Hogwarts. No era bueno que empezaran a aparecer errores. Lo más probable era que nadie salvo Dumbledore pudiera arreglarlo si se rompía.

Y los gemelos Weasley no pensaban entregar el Mapa a Dumbledore. Habría sido un insulto imperdonable a los Merodeadores: los cuatro desconocidos que habían logrado robar parte del sistema de seguridad de Hogwarts, algo probablemente forjado por el propio Salazar Slytherin, y retorcerlo hasta convertirlo en una herramienta para gastarle bromas al alumnado.

Algunos podrían haberlo considerado una falta de respeto.

Algunos podrían haberlo considerado un delito.

Los gemelos Weasley creían firmemente que, si Godric Gryffindor hubiera estado allí para verlo, lo habría aprobado.

Los hermanos caminaron y caminaron y caminaron, casi siempre en silencio. Los gemelos Weasley se hablaban cuando estaban pensando nuevas bromas, o cuando uno de ellos sabía algo que el otro no sabía. Por lo demás, no tenía mucho sentido. Si ya conocían la misma información, tendían a pensar los mismos pensamientos y tomar las mismas decisiones.

En los viejos tiempos, cuando nacían gemelos idénticos mágicos, había sido costumbre matar a uno de ellos al nacer.

Con el tiempo, Fred y George treparon hasta salir a un sótano polvoriento, sembrado de barriles y estanterías de ingredientes extraños.

Fred y George esperaron. No habría sido educado hacer otra cosa.

Al cabo de poco, un hombre anciano y delgado con pijama negro bajó por los escalones que llevaban al sótano, bostezando.

—Hola, chicos —dijo Ambrosius Flume—. No os esperaba esta noche. ¿Ya estáis sin existencias?

Fred y George decidieron que hablaría Fred.

—No exactamente, señor Flume —dijo Fred—. Esperábamos que pudiera ayudarnos con algo considerablemente más… interesante.

—Vamos, chicos —dijo Flume, sonando severo—, espero que no me hayáis despertado solo para que pueda volver a deciros que no os voy a vender ningún producto que os pueda meter en problemas de verdad. No hasta que tengáis dieciséis, en cualquier caso…

George sacó un objeto de entre sus túnicas y se lo pasó a Flume sin decir palabra.

—¿Ha visto esto? —dijo Fred.

Flume miró la edición de ayer de El Profeta y asintió, frunciendo el ceño. El titular del periódico decía: ¿EL PRÓXIMO SEÑOR TENEBROSO?, y mostraba a un niño al que la cámara de algún estudiante había conseguido captar con una expresión inusualmente fría y sombría.

—No me puedo creer a ese Malfoy —espetó Flume—. ¡Ir a por el chico cuando solo tiene once años! ¡Ese hombre debería acabar triturado y usado para hacer bombones!

Fred y George parpadearon al unísono. ¿Malfoy estaba detrás de Rita Skeeter? Harry Potter no los había advertido de eso… lo cual sin duda significaba que Harry no lo sabía. Nunca los habría metido en esto si lo supiera…

Fred y George intercambiaron miradas. Bueno, Harry no necesitaba saberlo hasta que el trabajo estuviera terminado.

—Señor Flume —dijo Fred en voz baja—, el Niño que Vivió necesita su ayuda.

Flume los miró a los dos.

Luego soltó el aire con un suspiro.

—Está bien —dijo Flume—, ¿qué queréis?


Acto 6:

Cuando Rita Skeeter tenía la mirada puesta en una presa jugosa, no solía fijarse en las hormigas que correteaban y constituían el resto del universo, que fue la razón de que casi chocara con el joven calvo que se había interpuesto en su camino.

—Señorita Skeeter —dijo el hombre, con una voz bastante severa y fría para alguien cuya cara parecía tan joven—. Qué casualidad encontrarla aquí.

—¡Apártate, tío! —espetó Rita, e intentó rodearlo.

El hombre que estaba en su camino igualó el movimiento con tanta perfección que fue como si ninguno de los dos se hubiera movido, como si se hubieran quedado quietos mientras la calle se desplazaba a su alrededor.

Rita entrecerró los ojos.

—¿Quién te crees que eres?

—Qué necedad —dijo el hombre secamente—. Habría sido sensato memorizar el rostro del mortífago disfrazado que entrena a Harry Potter para ser el próximo Señor Tenebroso. Al fin y al cabo —una sonrisa fina—, eso sin duda suena como alguien con quien no querría encontrarse por la calle, especialmente después de haberle hecho un linchamiento en el periódico.

Rita tardó un momento en ubicar la referencia. ¿Ese era Quirinus Quirrell? Parecía demasiado joven y demasiado viejo al mismo tiempo; su rostro, si se relajaba de aquella pose severa y condescendiente, pertenecería a alguien de treinta y tantos. ¿Y ya se le estaba cayendo el pelo? ¿No podía permitirse un sanador?

No, eso no importaba, ella tenía una hora, un lugar y un escarabajo que ser. Acababa de recibir un soplo anónimo sobre la señora Bones intimando con uno de sus ayudantes más jóvenes. Aquello valdría una buena prima si conseguía verificarlo; Bones estaba muy arriba en la lista de objetivos.

El informante había dicho que Bones y su joven ayudante iban a comer en una sala especial de Mary’s Place, una sala muy popular para ciertos fines; una sala que, según había descubierto, era segura contra todos los dispositivos de escucha, pero no contra un precioso escarabajo azul acurrucado contra una pared…

—¡Apártate! —dijo Rita, e intentó empujar a Quirrell fuera de su camino.

El brazo de Quirrell rozó el suyo, desviándolo, y Rita trastabilló al perderse el empujón en el aire.

Quirrell se subió la manga izquierda de la túnica, mostrando su brazo izquierdo.

—Observe —dijo Quirrell—. No hay Marca Tenebrosa. Me gustaría que su periódico publicara una rectificación.

Rita soltó una risa incrédula. Por supuesto que el hombre no era un mortífago de verdad. El periódico no lo habría publicado si lo fuera.

—Olvídalo, tío. Y ahora lárgate.

Quirrell la miró durante un momento.

Luego sonrió.

—Señorita Skeeter —dijo Quirrell—, había esperado encontrar alguna palanca que resultara persuasiva. Sin embargo, descubro que no puedo negarme el placer de aplastarla sin más.

—Ya lo han intentado. Y ahora quítate de mi camino, tío, o buscaré unos aurores y haré que te arresten por obstrucción al periodismo.

Quirrell le hizo una pequeña reverencia, y luego pasó de largo.

—Adiós, Rita Skeeter —dijo su voz desde detrás de ella.

Mientras Rita seguía avanzando a la fuerza, anotó en el fondo de su mente que el hombre se alejaba silbando una melodía.

Como si eso fuera a asustarla.


Acto 4:

—Lo siento, no contéis conmigo —dijo Lee Jordan—. Yo soy más del rollo arañas gigantes.

El Niño que Vivió había dicho que tenía un trabajo importante para la Orden del Caos, algo serio y secreto, más significativo y difícil que su repertorio habitual de bromas.

Y entonces Harry Potter había lanzado un discurso inspirador, aunque vago. Un discurso en el sentido de que Fred y George y Lee tenían un potencial tremendo si tan solo aprendían a ser más raros. A volver surrealista la vida de la gente, en lugar de limitarse a sorprenderlos con equivalentes de cubos de agua apoyados encima de las puertas.

Fred y George habían intercambiado miradas interesadas; nunca se les había ocurrido esa.

Harry Potter había invocado una imagen de la broma que le habían gastado a Neville, por la cual, había mencionado Harry con cierto remordimiento, el Sombrero Seleccionador le había echado la bronca, pero que debía de haber hecho que Neville dudara de su propia cordura. Para Neville habría sido como verse transportado de repente a un universo alternativo. Del mismo modo que se había sentido todo el mundo al ver a Snape disculparse. Ese era el verdadero poder de las bromas.

—¿Estáis conmigo? —había gritado Harry Potter, y Lee Jordan había respondido que no.

—Cuenta con nosotros —dijo Fred, o quizá George, porque no había duda de que Godric Gryffindor habría dicho que sí.

Lee Jordan sonrió con pesar, se levantó y se marchó del pasillo desierto y silenciado donde los cuatro miembros de la Orden del Caos se habían reunido y sentado en un círculo conspiratorio.

Los tres miembros de la Orden del Caos se pusieron manos a la obra.

No era tan triste. Fred y George seguirían trabajando con Lee en bromas de arañas gigantes, como siempre. Solo habían empezado a llamarlo la Orden del Caos para reclutar a Harry Potter, después de que Ron les hablara de que Harry era raro y malvado, y Fred y George decidieran salvar a Harry mostrándole verdadera amistad y bondad. Por suerte, eso ya no parecía necesario, aunque no estaban del todo seguros…

—Entonces —dijo uno de los gemelos—, ¿de qué va esto?

—Rita Skeeter —dijo Harry—. ¿Sabéis quién es?

Fred y George asintieron, frunciendo el ceño.

—Ha estado haciendo preguntas sobre mí.

Aquello no era buena noticia.

—¿Podéis adivinar qué quiero que hagáis?

Fred y George se miraron, algo desconcertados.

—¿Quieres que le pasemos algunas de nuestras golosinas más interesantes?

—No —dijo Harry—. ¡No, no, no! ¡Eso es pensar en arañas gigantes! Vamos, ¿qué haríais si os enteraseis de que Rita Skeeter está buscando rumores sobre vosotros?

Eso lo volvió obvio.

Lentamente, unas sonrisas empezaron a aparecer en los rostros de Fred y George.

—Empezar rumores sobre nosotros mismos —respondieron.

—Exactamente —dijo Harry, sonriendo de oreja a oreja—. Pero no pueden ser rumores cualquiera. Quiero enseñar a la gente a no creer nunca lo que dice el periódico sobre Harry Potter, no más de lo que los muggles creen lo que dice el periódico sobre Elvis. Al principio había pensado en inundar a Rita Skeeter con tantos rumores que no supiera qué creer, pero entonces se limitaría a escoger los que sonaran plausibles y malos.

»Así que lo que quiero que hagáis es crear una historia falsa sobre mí, y conseguir de algún modo que Rita Skeeter se la crea. Pero tiene que ser algo que, después, todo el mundo sepa que era falso. Queremos engañar a Rita Skeeter y a sus editores, y que después salga la prueba de que era mentira. Y por supuesto, dados esos requisitos, la historia tiene que ser todo lo ridícula que pueda llegar a ser sin dejar de imprimirse. ¿Entendéis qué quiero que hagáis?

—No exactamente… —dijo Fred o George despacio—. ¿Quieres que inventemos la historia?

—Quiero que lo hagáis todo —dijo Harry Potter—. Yo estoy un poco ocupado ahora mismo, y además quiero poder decir sinceramente que no tenía ni idea de lo que venía. Sorprendedme.

Durante un momento hubo una sonrisa muy maligna en las caras de Fred y George.

Luego se pusieron serios.

—Pero, Harry, nosotros en realidad no sabemos cómo hacer nada parecido…

—Pues descubridlo —dijo Harry—. Tengo confianza en vosotros. No confianza total, pero si no podéis hacerlo, decídmelo y probaré con otra persona, o lo haré yo mismo. Si tenéis una idea realmente buena, tanto para la historia ridícula como para convencer a Rita Skeeter y a sus editores de que la impriman, entonces podéis seguir adelante y hacerlo. Pero no os conforméis con algo mediocre. Si no podéis idear algo impresionante, decidlo.

Fred y George intercambiaron miradas preocupadas.

—No se me ocurre nada —dijo George.

—A mí tampoco —dijo Fred—. Lo siento.

Harry se los quedó mirando.

Y entonces Harry empezó a explicar cómo se pensaban las cosas.

Se sabía que eso podía llevar más de dos segundos, dijo Harry.

No llamabas imposible a ninguna pregunta, dijo Harry, hasta que habías cogido un reloj real y habías pensado en ella durante cinco minutos, según el movimiento de la aguja minutera. No cinco minutos metafóricos: cinco minutos de un reloj físico.

Y además, dijo Harry, con voz enfática y dando un fuerte golpe en el suelo con la mano derecha, no se empezaba buscando soluciones de inmediato.

Harry se lanzó entonces a explicar un experimento realizado por alguien llamado Norman Maier, que era algo llamado psicólogo organizacional, y que había pedido a dos conjuntos distintos de grupos de resolución de problemas que abordaran un problema.

El problema, dijo Harry, implicaba a tres empleados haciendo tres trabajos. El empleado júnior quería limitarse a hacer el trabajo más fácil. El empleado sénior quería rotar entre trabajos para evitar el aburrimiento. Un experto en eficiencia había recomendado darle a la persona júnior el trabajo más fácil y a la persona sénior el trabajo más difícil, lo que sería un 20% más productivo.

A un conjunto de grupos de resolución de problemas se le había dado la instrucción: «No propongáis soluciones hasta que el problema haya sido discutido tan a fondo como sea posible sin sugerir ninguna».

Al otro conjunto de grupos de resolución de problemas no se le había dado ninguna instrucción. Y esas personas habían hecho lo natural, y habían reaccionado ante la presencia de un problema proponiendo soluciones. Y la gente se había encariñado con esas soluciones, y había empezado a pelearse por ellas y a discutir sobre la importancia relativa de la libertad frente a la eficiencia, y así sucesivamente.

El primer conjunto de grupos de resolución de problemas, los que recibieron instrucciones de discutir primero el problema y luego resolverlo, había sido mucho más propenso a dar con la solución de dejar que el empleado júnior conservara el trabajo más fácil y hacer rotar a las otras dos personas entre los otros dos trabajos, lo que, según los datos del experto, produciría una mejora del 19%.

Empezar buscando soluciones era poner las cosas completamente fuera de orden. Como empezar una comida por el postre, solo que malo.

Harry también citó a alguien llamado Robyn Dawes diciendo que cuanto más difícil era un problema, más probable era que la gente intentara resolverlo de inmediato.

Así que Harry iba a dejar este problema en manos de Fred y George, y ellos discutirían todos sus aspectos y harían una lluvia de ideas con cualquier cosa que se les ocurriera y pudiera ser remotamente relevante. Y no debían intentar llegar a una solución real hasta haber terminado con eso, a menos, claro, que por casualidad se les ocurriera algo impresionante, en cuyo caso podían apuntarlo para después y luego volver a pensar.

Y no quería volver a saber de ellos sobre ningún supuesto fracaso a la hora de pensar en algo hasta pasado al menos una semana. Algunas personas pasaban décadas intentando pensar cosas.

—¿Alguna pregunta? —dijo Harry.

Fred y George se miraron.

—No se me ocurre ninguna.

—A mí tampoco.

Harry tosió con suavidad.

—No habéis preguntado por vuestro presupuesto.

¿Presupuesto?, pensaron.

—Podría deciros simplemente la cantidad —dijo Harry—. Pero creo que esto será más inspirador.

Las manos de Harry se metieron en su túnica y sacaron…

Fred y George casi se cayeron, aunque estaban sentados.

—No lo gastéis por gastarlo —dijo Harry.

En el suelo de piedra delante de ellos relucía una cantidad de dinero absolutamente ridícula.

—Gastadlo solo si lo impresionante lo requiere; y lo que lo impresionante sí requiera, no dudéis en gastarlo. Si sobra algo, devolvédmelo después, confío en vosotros. Ah, y os quedáis con el diez por ciento de lo que hay ahí, independientemente de cuánto acabéis gastando…

—¡No podemos! —soltó uno de los gemelos—. ¡No aceptamos dinero por esa clase de cosas!

Los gemelos nunca aceptaban dinero por hacer nada ilegal. Sin que Ambrosius Flume lo supiera, vendían toda su mercancía con un margen del cero por ciento. Fred y George querían poder testificar, bajo Veritaserum si era necesario, que no habían sido criminales aprovechados, sino que se habían limitado a prestar un servicio público.

Harry los miró con el ceño fruncido.

—Pero os estoy pidiendo que hagáis un trabajo de verdad. Un adulto cobraría por hacer algo así, y aun así contaría como un favor para un amigo. No puedes simplemente contratar a la gente para esta clase de cosas.

Fred y George negaron con la cabeza.

—Vale —dijo Harry—. Entonces os compraré regalos de Navidad caros, y si intentáis devolvérmelos, los quemaré. Ahora ni siquiera sabéis cuánto voy a gastarme en vosotros, salvo, obviamente, que será más de lo que habría sido si os hubierais limitado a aceptar el dinero. Y voy a compraros esos regalos de todos modos, así que pensad en eso antes de decirme que no se os ocurre nada impresionante.

Harry se puso en pie, sonriendo, y se volvió para marcharse mientras Fred y George seguían boquiabiertos de impresión. Dio unos pasos y luego se volvió de nuevo.

—Ah, una última cosa —dijo Harry—. Dejad al profesor Quirrell fuera de lo que sea que hagáis. No le gusta la publicidad. Sé que sería más fácil conseguir que la gente creyera cosas raras sobre el profesor de Defensa que sobre cualquier otro, y siento tener que interponerme de ese modo, pero, por favor, dejad al profesor Quirrell fuera de esto.

Y Harry volvió a girarse y dio unos pasos más.

Miró atrás una última vez y dijo, en voz baja:

—Gracias.

Y se fue.

Hubo una larga pausa después de que se marchara.

—Así que —dijo uno.

—Así que —dijo el otro.

—Al profesor de Defensa no le gusta la publicidad, ¿eh?

—Harry no nos conoce muy bien, ¿verdad?

—No, no nos conoce.

—Pero no usaremos su dinero para eso, claro.

—Claro que no, no estaría bien. Haremos lo del profesor de Defensa por separado.

—Conseguiremos que algunos Gryffindors escriban a Skeeter y digan…

—…que una vez se le levantó la manga en clase de Defensa y vieron la Marca Tenebrosa…

—…y que probablemente le está enseñando a Harry Potter toda clase de cosas espantosas…

—…y que es el peor profesor de Defensa que nadie recuerda en Hogwarts, que no solo no consigue enseñarnos, sino que lo enseña todo mal, justo lo contrario de como debería ser…

—…como cuando afirmó que solo se podía lanzar la maldición asesina usando amor, lo cual la volvía prácticamente inútil.

—Esa me gusta.

—Gracias.

—Apuesto a que al profesor de Defensa también le gusta.

—Tiene sentido del humor. No nos habría llamado lo que nos llamó si no tuviera sentido del humor.

—Pero ¿de verdad vamos a poder hacer el trabajo de Harry?

—Harry dijo que discutiéramos el problema antes de intentar resolverlo, así que hagamos eso.

Los gemelos Weasley decidieron que George sería el entusiasta mientras Fred dudaba.

—Todo parece un poco contradictorio —dijo Fred—. Quiere que sea lo bastante ridículo como para que todo el mundo se ría de Skeeter y sepa que es mentira, y quiere que Skeeter se lo crea. No podemos hacer ambas cosas a la vez.

—Tendremos que fabricar pruebas falsas para convencer a Skeeter —dijo George.

—¿Eso era una solución? —dijo Fred.

Lo consideraron.

—Quizá —dijo George—, pero no creo que debamos ser tan estrictos al respecto, ¿tú sí?

Los gemelos se encogieron de hombros, impotentes.

—Entonces las pruebas falsas tienen que ser lo bastante buenas como para convencer a Skeeter —dijo Fred—. ¿De verdad podemos hacer eso por nuestra cuenta?

—No tenemos que hacerlo por nuestra cuenta —dijo George, y señaló el montón de dinero—. Podemos contratar a otras personas para que nos ayuden.

Los gemelos pusieron cara pensativa.

—Eso podría consumir el presupuesto de Harry bastante rápido —dijo Fred—. Esto es mucho dinero para nosotros, pero no es mucho dinero para alguien como Flume.

—Quizá la gente haga descuentos si sabe que es para Harry —dijo George—. Pero lo más importante de todo es que, hagamos lo que hagamos, tiene que ser imposible.

Fred parpadeó.

—¿Qué quieres decir con imposible?

—Tan imposible que no nos metamos en líos, porque nadie crea que podríamos haberlo hecho. Tan imposible que hasta Harry empiece a preguntarse. Tiene que ser surrealista, tiene que hacer que la gente dude de su propia cordura, tiene que ser… mejor que Harry.

Los ojos de Fred estaban abiertos de asombro. A veces ocurría esto entre ellos, pero no a menudo.

—¿Pero por qué?

—Eran bromas. Eran todas bromas. La tarta fue una broma. La recordadora fue una broma. El gato de Kevin Entwhistle fue una broma. Snape fue una broma. Somos los mejores bromistas de Hogwarts, ¿vamos a tumbarnos y rendirnos sin luchar?

—Es el Niño que Vivió —dijo Fred.

—¡Y nosotros somos los gemelos Weasley! Nos está desafiando. Dijo que podíamos hacer lo que él hace. Pero apuesto a que no cree que vayamos a ser nunca tan buenos como él.

—Tiene razón —dijo Fred, sintiéndose bastante nervioso.

Los gemelos Weasley a veces discrepaban incluso cuando tenían toda la misma información, pero cada vez que lo hacían parecía antinatural, como si al menos uno de ellos tuviera que estar haciendo algo mal.

—Estamos hablando de Harry Potter. Él puede hacer lo imposible. Nosotros no.

—Sí podemos —dijo George—. Y tenemos que ser más imposibles que él.

—Pero… —dijo Fred.

—Es lo que haría Godric Gryffindor —dijo George.

Eso zanjó la cuestión, y los gemelos volvieron de golpe a… lo que fuera normal para ellos.

—Muy bien, entonces…

—…pensemos en ello.