Todo el mundo quiere una roca alrededor de la cual enrollar un trozo de cuerda. J. K. Rowling.


—Y entonces Janet resultó ser una squib —dijo el retrato de una joven bajita con un sombrero ribeteado de oro.

Draco lo apuntó. Solo iban veintiocho, pero ya era hora de volver a reunirse con Harry.

Había tenido que pedir ayuda a otros retratos para traducir, porque el inglés había cambiado mucho, pero los retratos más antiguos habían descrito hechizos de primer curso que sonaban muchísimo a los que usaban ahora. Draco había reconocido más o menos la mitad, y la otra mitad no parecían más poderosos.

La sensación de náusea en el estómago había ido creciendo con cada respuesta hasta que, finalmente, incapaz de soportarlo más, se había marchado a preguntar a otros retratos la extraña pregunta de Harry Potter sobre matrimonios entre squibs. Los cinco primeros retratos no habían conocido a nadie y, al final, Draco les había pedido que preguntaran a sus conocidos, que preguntaran a sus conocidos, y así había logrado encontrar a algunas personas que sí admitían ser amigas de squibs.

(El alumno de primer curso de Slytherin había explicado que estaba trabajando en un proyecto importante con un Ravenclaw, y que el Ravenclaw le había dicho que necesitaban esa información y luego se había marchado corriendo sin decir por qué. Aquello había provocado muchas miradas compasivas.)

Draco avanzaba con los pies pesados por los pasillos de Hogwarts. Debería haber ido corriendo, pero no parecía capaz de reunir la energía. No dejaba de pensar que no quería saber nada de todo aquello, que no quería estar metido en nada de aquello, que no quería que aquello fuera responsabilidad suya; que Harry Potter se encargara, si la magia se estaba desvaneciendo que Harry Potter se ocupara…

Pero Draco sabía que eso no estaba bien.

Frías eran las mazmorras de Slytherin, grises los muros de piedra; a Draco normalmente le gustaba ese ambiente, pero ahora le parecía demasiado parecido a apagarse.

Su mano en el pomo de la puerta, Harry Potter ya dentro, esperándolo, con su capa con capucha.

—Los hechizos antiguos de primer curso —dijo Harry Potter—. ¿Qué has encontrado?

—No son más poderosos que los hechizos que usamos ahora.

El puño de Harry Potter golpeó una mesa, fuerte.

—Maldita sea. De acuerdo. Mi propio experimento ha fallado, Draco. Hay algo llamado el Interdicto de Merlín…

Draco se dio una palmada en la frente al comprender.

—…que impide que nadie obtenga de los libros el conocimiento de hechizos poderosos; aunque encuentres y leas las notas de un mago poderoso, no tendrán sentido para ti. Tiene que pasar de una mente viva a otra. No he encontrado ningún hechizo poderoso cuyas instrucciones conserváramos pero que no pudiéramos lanzar. Pero si no puedes sacarlos de libros antiguos, ¿por qué iba nadie a molestarse en transmitirlos de viva voz después de que dejaran de funcionar? ¿Conseguiste los datos de las parejas squib?

Draco empezó a tenderle el pergamino…

Pero Harry Potter levantó una mano.

—Ley de la ciencia, Draco. Primero te digo la teoría y la predicción. Luego tú me enseñas los datos. Así sabes que no estoy inventándome una teoría para encajarla después; sabes que la teoría predijo los datos por adelantado. De todos modos tengo que explicártelo, así que tengo que explicártelo antes de que me enseñes los datos. Esa es la regla. Así que ponte la capa y sentémonos.

Harry Potter se sentó en una mesa sobre cuya superficie había distribuido trozos de papel rasgado. Draco sacó la capa de la mochila, se la puso y se sentó enfrente de Harry, al otro lado, mirando los trozos de papel con desconcierto. Estaban colocados en dos filas, y cada fila tenía unos veinte trozos.

—El secreto de la sangre —dijo Harry Potter, con una expresión intensa en el rostro— es algo llamado ácido desoxirribonucleico. No pronuncies ese nombre delante de nadie que no sea científico. El ácido desoxirribonucleico es la receta que le dice a tu cuerpo cómo crecer: dos piernas, dos brazos, bajo o alto, si tienes los ojos marrones o verdes. Es algo material; puedes verlo si tienes microscopios, que son como telescopios, solo que miran cosas muy pequeñas en vez de cosas muy lejanas. Y esa receta tiene siempre dos copias de todo, por si una copia está rota. Imagina dos largas filas de trozos de papel. En cada posición de la fila hay dos trozos de papel, y cuando tienes hijos tu cuerpo escoge al azar un trozo de papel de cada posición, y el cuerpo de la madre hace lo mismo, y así el niño también recibe dos trozos de papel en cada posición. Dos copias de todo, una de tu madre y otra de tu padre; y cuando tú tienes hijos, ellos reciben de ti un trozo de papel al azar en cada posición.

Mientras Harry hablaba, sus dedos recorrían los pares de trozos de papel: señalaba una parte del par cuando decía «de tu madre», y la otra cuando decía «de tu padre». Y cuando Harry hablaba de elegir un trozo de papel al azar, su mano sacó un knut de la túnica y lo lanzó al aire; Harry miró la moneda y luego señaló el trozo de papel de arriba. Todo sin interrumpir el discurso.

—Ahora bien, cuando se trata de algo como ser bajo o alto, hay muchas posiciones en la receta que producen pequeñas diferencias. Así que, si un padre alto se casa con una madre baja, el niño recibe algunos trozos de papel que dicen «alto» y algunos trozos de papel que dicen «bajo», y normalmente acaba siendo de estatura media. Pero no siempre. Por azar, el niño puede recibir muchos trozos que digan «alto», y pocos papeles que digan «bajo», y crecer bastante alto. Podrías tener un padre alto con cinco papeles que digan «alto» y una madre alta con cinco papeles que digan «alto», y por un golpe de suerte increíble el niño recibe los diez papeles que dicen «alto» y acaba siendo más alto que los dos. ¿Lo ves? La sangre no es un fluido perfecto, no se mezcla perfectamente. El ácido desoxirribonucleico está compuesto de muchos trocitos, como un vaso de guijarros en vez de un vaso de agua. Por eso un hijo no siempre queda exactamente a medio camino entre sus padres.

Draco escuchaba con la boca abierta. ¿Cómo demonios habían averiguado todo aquello los muggles? ¿Podían ver la receta?

—Ahora —dijo Harry Potter—, supón que, igual que con la altura, hay muchos lugares en la receta donde puedes tener un trozo de papel que dice «magia» o «no magia». Si tienes suficientes trozos de papel que dicen «magia», eres mago; si tienes muchos trozos de papel, eres un mago poderoso; si tienes demasiado pocos, eres un muggle; y en medio eres un squib. Entonces, cuando dos squibs se casan, la mayoría de las veces los hijos también deberían ser squibs, pero de vez en cuando un hijo tendría suerte y recibiría la mayoría de los papeles mágicos del padre y la mayoría de los papeles mágicos de la madre, y sería lo bastante fuerte para ser mago. Pero probablemente no un mago muy poderoso. Si empezaras con muchos magos poderosos y se casaran solo entre ellos, seguirían siendo poderosos. Pero si empezaran a casarse con hijos de muggles que fueran apenas mágicos, o con squibs… ¿lo ves? La sangre no se mezclaría perfectamente; sería un vaso de guijarros, no un vaso de agua, porque así es como funciona la sangre. Todavía habría magos poderosos de vez en cuando, cuando por azar recibieran muchos papeles mágicos. Pero no serían tan poderosos como los magos más poderosos de épocas anteriores.

Draco asintió lentamente. Nunca se lo habían explicado así. Había una belleza sorprendente en lo bien que encajaba.

—Pero —dijo Harry—. Esa es solo una hipótesis. Supón que, en vez de eso, solo hay un único lugar en la receta que te convierte en mago. Un único lugar donde un trozo de papel puede decir «magia» o «no magia». Y siempre hay dos copias de todo. Entonces solo hay tres posibilidades. Ambas copias pueden decir «magia». Una copia puede decir «magia» y la otra «no magia». O las dos copias pueden decir «no magia». Magos, squibs y muggles. Dos copias y puedes lanzar hechizos; una copia y todavía puedes usar pociones o dispositivos mágicos; y cero copias significa que quizá incluso tengas problemas para mirar directamente la magia. Los hijos de muggles no nacerían realmente de muggles; nacerían de dos squibs, dos padres con una copia mágica cada uno que habrían crecido en el mundo muggle. Ahora imagina que una bruja se casa con un squib. Cada hijo recibirá de la madre un papel que dice «magia», siempre, da igual qué trozo se escoja al azar, porque los dos dicen «magia». Pero, como al lanzar una moneda, la mitad de las veces el niño recibirá del padre un papel que dice «magia», y la otra mitad recibirá del padre el papel que dice «no magia». Cuando una bruja se casa con un squib, el resultado no será un montón de hijos mágicos débiles. La mitad de los hijos serán magos y brujas tan poderosos como su madre, y la otra mitad serán squibs. Porque si solo hay un lugar en la receta que te convierte en mago, entonces la magia no es como un vaso de guijarros que puede mezclarse. Es como un único guijarro mágico, una piedra filosofal.

Harry colocó tres pares de papeles uno junto a otro. En uno de los pares escribió «magia» y «magia». En otro par escribió «magia» solo en el papel de arriba. Y dejó el tercer par en blanco.

—En cuyo caso —dijo Harry—, o tienes dos piedras o no las tienes. O eres mago o no lo eres. Los magos poderosos llegarían a serlo estudiando más y practicando más. Y si los magos se vuelven inherentemente menos poderosos, no porque se estén perdiendo hechizos sino porque la gente no puede lanzarlos… entonces quizá estén comiendo los alimentos equivocados o algo así. Pero si ha ido empeorando de forma constante durante ochocientos años, eso podría significar que la propia magia se está desvaneciendo del mundo.

Harry colocó otros dos pares de papeles uno junto a otro y sacó una pluma. Pronto cada par tenía un trozo de papel que decía «magia» y el otro papel en blanco.

—Y eso me lleva a la predicción —dijo Harry—. Qué ocurre cuando dos squibs se casan. Lanza una moneda dos veces. Puede salir cara y cara, cara y cruz, cruz y cara, o cruz y cruz. Así que una cuarta parte de las veces obtendrás dos caras, una cuarta parte obtendrás dos cruces, y la mitad de las veces obtendrás una cara y una cruz. Lo mismo si dos squibs se casan. Una cuarta parte de los niños saldrían magia y magia, y serían magos. Una cuarta parte saldrían no magia y no magia, y serían muggles. La otra mitad serían squibs. Es un patrón muy antiguo y muy clásico. Lo descubrió Gregor Mendel, a quien no se ha olvidado, y fue la primera pista que se encontró jamás sobre cómo funcionaba la receta. Cualquiera que supiera algo sobre la ciencia de la sangre reconocería ese patrón al instante. No sería exacto, igual que si lanzas una moneda dos veces cuarenta veces no siempre obtendrás exactamente diez pares de dos caras. Pero si salen siete o trece magos de cuarenta niños, será un indicador fuerte. Esa es la prueba que te pedí que hicieras. Ahora veamos tus datos.

Y antes de que Draco pudiera siquiera pensar, Harry Potter le había quitado el pergamino de la mano.

Draco tenía la garganta sequísima.

Veintiocho niños.

No estaba seguro del número exacto, pero le parecía bastante claro que alrededor de una cuarta parte habían sido magos.

—Seis magos de veintiocho niños —dijo Harry Potter al cabo de un momento—. Bueno, pues eso lo resuelve. Y los alumnos de primer curso también lanzaban los mismos hechizos con el mismo nivel de poder hace ocho siglos. Tu prueba y mi prueba han salido de la misma manera.

Hubo un largo silencio en el aula.

—¿Y ahora qué? —susurró Draco.

Nunca había tenido tanto miedo.

—Todavía no es definitivo —dijo Harry Potter—. Mi experimento falló, ¿recuerdas? Necesito que diseñes otra prueba, Draco.

—Yo, yo… —dijo Draco. La voz se le quebraba—. No puedo hacer esto, Harry, es demasiado para mí.

La mirada de Harry era feroz.

—Sí puedes, porque tienes que hacerlo. Yo también lo he pensado, después de enterarme del Interdicto de Merlín. Draco, ¿hay alguna forma de observar directamente la fuerza de la magia? ¿Alguna forma que no tenga nada que ver con la sangre de los magos ni con los hechizos que aprendemos?

La mente de Draco estaba en blanco.

—Cualquier cosa que afecte a la magia afecta a los magos —dijo Harry—. Pero entonces no podemos saber si son los magos o la magia. ¿A qué afecta la magia que no sea un mago?

—A las criaturas mágicas, obviamente —dijo Draco sin siquiera pensarlo.

Harry Potter sonrió despacio.

—Draco, eso es brillante.

Era el tipo de pregunta tonta que solo harías de entrada si te hubieran criado muggles.

Entonces la náusea en el estómago de Draco empeoró aún más al darse cuenta de lo que significaría que las criaturas mágicas se estuvieran debilitando. Entonces sabrían con certeza que la magia se estaba desvaneciendo, y había una parte de Draco que ya estaba segura de que eso era exactamente lo que encontrarían. No quería ver aquello, no quería saberlo…

Harry Potter ya estaba a medio camino de la puerta.

—¡Vamos, Draco! Hay un retrato no muy lejos de aquí; les pediremos que vayan a buscar a alguien antiguo y lo averiguaremos ahora mismo. Llevamos capas; si alguien nos ve, echamos a correr. ¡Vamos!


Después de eso no tardaron mucho.

Era un retrato ancho, pero las tres personas que había dentro parecían bastante apretadas. Había un hombre de mediana edad del siglo XII, vestido con telas negras envolventes; él hablaba con una joven de aspecto triste del siglo XIV, cuyo pelo parecía encresparse constantemente alrededor de la cabeza como si la hubieran cargado con un hechizo estático; y ella hablaba con un anciano digno y arrugado del siglo XVII, con una pajarita de oro macizo; y a él sí podían entenderlo.

Preguntaron por los dementores.

Preguntaron por los fénix.

Preguntaron por dragones, trolls y elfos domésticos.

Harry había fruncido el ceño, había señalado que las criaturas que necesitaran más magia podrían simplemente haberse extinguido por completo, y había preguntado por las criaturas mágicas más poderosas conocidas.

No había nada desconocido en la lista, salvo una especie de criatura oscura llamada azotamentes que, según señaló el traductor, había sido finalmente exterminada por Harold Shea, y aquellos no sonaban ni la mitad de aterradores que los dementores.

Las criaturas mágicas eran tan poderosas ahora como lo habían sido siempre, aparentemente.

La náusea en el estómago de Draco estaba remitiendo, y ahora solo se sentía confuso.

—Harry —dijo Draco, en mitad de la traducción que hacía el anciano de una lista con los once poderes de los ojos de un beholder—, ¿qué significa esto?

Harry levantó un dedo y el anciano terminó la lista.

Entonces Harry dio las gracias a todos los retratos por su ayuda —Draco, prácticamente en piloto automático, hizo lo mismo, y con más cortesía— y volvieron al aula.

Y Harry sacó el pergamino original con las hipótesis y empezó a garabatear.

Observación:

La hechicería no es tan poderosa ahora como cuando se fundó Hogwarts.

Hipótesis:

  1. La propia magia se está desvaneciendo.
  2. Los magos se están cruzando con muggles y squibs.
  3. Se está perdiendo el conocimiento necesario para lanzar hechizos poderosos.
  4. Los magos comen los alimentos equivocados de niños, o algo distinto de la sangre hace que crezcan más débiles.
  5. La tecnología muggle está interfiriendo con la magia. (¿Desde hace 800 años?)
  6. Los magos más fuertes tienen menos hijos. (¿Draco = hijo único? Comprobar si tres magos poderosos, Quirrell / Dumbledore / el Señor Tenebroso, tuvieron hijos.)

Pruebas:

A. ¿Hay hechizos que conocemos pero que no podemos lanzar (1 o 2), o los hechizos perdidos ya no se conocen (3)? Resultado: inconcluyente por el Interdicto de Merlín. No hay ningún hechizo conocido imposible de lanzar, pero podría ser simplemente que no se haya transmitido.

B. ¿Los alumnos antiguos de primer curso lanzaban el mismo tipo de hechizos, con la misma potencia, que ahora? (Evidencia débil a favor de 1 frente a 2, pero la sangre también podría estar perdiendo solo la magia poderosa.) Resultado: mismo nivel de hechizos de primer curso entonces que ahora.

C. Prueba adicional que distingue 1 y 2 usando conocimiento científico de la sangre; la explicaré después. Resultado: solo hay un lugar en la receta que te convierte en mago, y o tienes dos papeles que dicen «magia» o no los tienes.

D. ¿Las criaturas mágicas están perdiendo sus poderes? Distingue 1 de (2 o 3). Resultado: las criaturas mágicas parecen ser tan fuertes como siempre.

—A ha fallado —dijo Harry Potter—. B es evidencia débil a favor de 1 frente a 2. C falsifica 2. D falsifica 1. La 4 era improbable y B también va en contra de la 4. La 5 era improbable y D va en contra de ella. La 6 queda falsificada junto con la 2. Eso deja la 3. Interdicto de Merlín o no, en realidad no encontré ningún hechizo conocido que no pudiera lanzarse. Así que, sumándolo todo, parece que lo que se está perdiendo es conocimiento.

Y la trampa se cerró.

En cuanto desapareció el pánico, en cuanto Draco entendió que la magia no se estaba desvaneciendo, tardó cinco segundos en darse cuenta.

Draco se apartó de la mesa de un empujón y se levantó con tanta brusquedad que su silla chirrió al deslizarse por el suelo y cayó de espaldas.

—Así que todo era un truco estúpido, entonces.

Harry Potter lo miró durante un momento, todavía sentado. Cuando habló, su voz era tranquila.

—Ha sido una prueba justa, Draco. Si hubiera salido de otra manera, la habría aceptado. Eso es algo con lo que no haría trampas. Nunca. No miré tus datos antes de hacer mis predicciones. Te dije desde el principio que el Interdicto de Merlín invalidaba el primer experimento…

—Ah —dijo Draco, y la ira empezó a asomarle a la voz—. ¿No sabías cómo iba a salir todo al final?

—No sabía nada que tú no supieras —dijo Harry, aún con calma—. Admito que sospechaba. Hermione Granger era demasiado poderosa, debería haber sido apenas mágica y no lo era; ¿cómo puede una hija de muggles ser la mejor lanzadora de hechizos de Hogwarts? Y además saca las mejores notas en sus redacciones; es demasiada coincidencia que una sola chica sea la más fuerte mágicamente y académicamente, a menos que haya una causa única. La existencia de Hermione Granger apuntaba a que solo hay una cosa que te convierte en mago, algo que o tienes o no tienes, y a que las diferencias de poder vienen de cuánto sabemos y cuánto practicamos. Y no había clases separadas para sangre pura e hijos de muggles, y demás. Había demasiadas formas en que el mundo no se parecía al mundo que esperaríamos ver si tú tuvieras razón. Pero Draco, yo no vi nada que tú no pudieras ver también. No realicé ninguna prueba que no te contara. No hice trampas, Draco. Quería que descubriéramos la respuesta juntos. Y nunca pensé que la magia pudiera estar desvaneciéndose del mundo hasta que tú lo dijiste. También fue una idea aterradora para mí.

—Lo que tú digas —dijo Draco. Estaba esforzándose muchísimo por controlar la voz y no ponerse simplemente a gritarle a Harry—. Dices que no vas a salir corriendo a contárselo a nadie más.

—No sin consultarte antes —dijo Harry. Abrió las manos en un gesto suplicante—. Draco, estoy siendo todo lo amable que puedo, pero el mundo resulta que sencillamente no es así.

—Bien. Entonces tú y yo hemos terminado. Voy a marcharme y olvidar que todo esto ha pasado.

Draco se giró en redondo, sintiendo el ardor en la garganta, la sensación de traición, y fue entonces cuando se dio cuenta de que Harry Potter de verdad le había caído bien, y ese pensamiento no lo frenó ni por un instante mientras caminaba a grandes zancadas hacia la puerta del aula.

Y la voz de Harry Potter llegó desde atrás, ahora más alta y preocupada:

—Draco… no puedes olvidarlo. ¿No lo entiendes? Ese fue tu sacrificio.

Draco se detuvo a medio paso y se volvió.

—¿De qué estás hablando?

Pero ya había un frío helado recorriéndole la espalda.

Lo supo incluso antes de que Harry Potter lo dijera.

—Para convertirte en científico. Cuestionaste una de tus creencias, no una creencia pequeña sino algo que tenía una enorme importancia para ti. Hiciste experimentos, reuniste datos, y el resultado demostró que la creencia estaba equivocada. Viste los resultados y entendiste lo que significaban. Recuerda, Draco, no puedes sacrificar así una creencia verdadera, porque los experimentos la confirmarían en vez de falsarla. Tu sacrificio para convertirte en científico fue tu falsa creencia de que la sangre mágica se estaba mezclando y debilitando.

—¡Eso no es verdad! —dijo Draco—. No he sacrificado la creencia. ¡Sigo creyéndolo!

La voz se le estaba volviendo más alta, y el frío empeoraba.

Harry Potter negó con la cabeza. Su voz llegó en un susurro.

—Draco… lo siento, Draco, pero ya no lo crees.

La voz de Harry volvió a elevarse.

—Te lo demostraré. Imagina que alguien te dice que guarda un dragón en su casa. Le dices que quieres verlo. Te dice que es un dragón invisible. Tú dices: vale, entonces lo escucharé moverse. Te dice que es un dragón inaudible. Tú dices que lanzarás harina de cocina al aire para ver el contorno del dragón. Te dice que el dragón es permeable a la harina. Y lo revelador es que saben de antemano exactamente qué resultados experimentales tendrán que explicar con excusas. Saben que todo saldrá igual que saldría si no hubiera ningún dragón, saben por adelantado qué excusas tendrán que dar. Así que quizá digan que hay un dragón. Quizá crean que creen que hay un dragón; se llama creer en creer. Pero en realidad no lo creen. Puedes estar equivocado sobre lo que crees; la mayoría de la gente nunca se da cuenta de que hay una diferencia entre creer algo y pensar que es bueno creerlo.

Harry Potter se había levantado ya de la mesa y había dado unos pasos hacia Draco.

—Y Draco, tú ya no crees en el purismo de sangre, te enseñaré que no lo crees. Si el purismo de sangre es cierto, Hermione Granger no tiene sentido, así que ¿qué podría explicarla? ¿Quizá sea una huérfana mágica criada por muggles, igual que yo? Podría ir a ver a Granger y pedirle fotos de sus padres, para comprobar si se parece a ellos. ¿Esperarías que tuviera un aspecto distinto? ¿Deberíamos ir a hacer esa prueba?

—La habrían dejado con parientes —dijo Draco, con la voz temblorosa—. Seguirán pareciéndose.

—¿Lo ves? Ya sabes qué resultado experimental tendrás que excusar. Si todavía creyeras en el purismo de sangre, dirías: claro, vamos a verlo, apuesto a que no se parece a sus padres, es demasiado poderosa para ser una auténtica hija de muggles…

—¡La habrían dejado con parientes!

—Los científicos pueden hacer pruebas para comprobar con seguridad si alguien es el verdadero hijo de un padre. Granger probablemente aceptaría hacerla si yo pagara lo suficiente a su familia. Ella no tendría miedo de los resultados. Entonces, ¿qué esperas que muestre esa prueba? Dime que la haga y la haremos. Pero ya sabes qué dirá la prueba. Siempre lo sabrás. Nunca podrás olvidarlo. Puede que desees creer en el purismo de sangre, pero siempre esperarás ver exactamente lo que pasaría si solo hubiera una cosa que convierte a alguien en mago. Ese fue tu sacrificio para convertirte en científico.

La respiración de Draco era entrecortada.

—¿Te das cuenta de lo que has hecho?

Draco se lanzó hacia delante y agarró a Harry por el cuello de la túnica. Su voz subió hasta convertirse en un grito; sonó insoportablemente fuerte en el aula cerrada y silenciosa.

—¿Te das cuenta de lo que has hecho?

La voz de Harry temblaba.

—Tenías una creencia. La creencia era falsa. Te ayudé a verlo. Lo que es verdad ya es así; admitirlo no lo empeora…

Los dedos de la mano derecha de Draco se cerraron en un puño, y esa mano bajó y luego subió disparada, imparable, y golpeó a Harry Potter en la mandíbula con tanta fuerza que su cuerpo salió despedido contra una mesa y luego cayó al suelo.

—¡Idiota! —gritó Draco—. ¡Idiota! ¡Idiota!

—Draco —susurró Harry desde el suelo—, Draco, lo siento, no pensé que esto pasaría hasta dentro de meses, no esperaba que despertaras como científico tan rápido, pensé que tendría más tiempo para prepararte, para enseñarte las técnicas que hacen que duela menos admitir que estás equivocado…

—¿Y Padre qué? —dijo Draco. La voz le temblaba de rabia—. ¿Ibas a prepararlo a él también, o sencillamente te daba igual lo que pasara después de esto?

—¡No puedes decírselo! —dijo Harry, con la voz alzándose alarmada—. ¡Él no es científico! ¡Lo prometiste, Draco!

Por un momento, la idea de que Padre no lo supiera llegó como un alivio.

Y entonces empezó a crecer la verdadera ira.

—Así que planeabas que le mintiera y le dijera que sigo creyendo —dijo Draco, con la voz temblándole—. Tendré que mentirle siempre, y ahora cuando crezca no podré ser mortífago, y ni siquiera podré contarle por qué.

—Si tu padre te quiere de verdad —susurró Harry desde el suelo—, seguirá queriéndote aunque no te conviertas en mortífago, y parece que tu padre sí te quiere de verdad, Draco…

—Tu padrastro es científico —dijo Draco. Las palabras salieron como cuchillos mordientes—. Si tú no fueras a ser científico, seguiría queriéndote. Pero serías un poco menos especial para él.

Harry se encogió. El niño abrió la boca, como si fuera a decir «lo siento», y luego la cerró, pareciendo pensárselo mejor, lo cual fue o muy inteligente por su parte o mucha suerte, porque Draco tal vez habría intentado matarlo.

—Deberías haberme avisado —dijo Draco. La voz se le elevó—. ¡Deberías haberme avisado!

—Yo… lo hice… Cada vez que te hablé del poder, te hablé del precio. Dije que tenías que admitir que estabas equivocado. Dije que este sería el camino más difícil para ti. Que ese era el sacrificio que cualquiera tenía que hacer para convertirse en científico. Dije: ¿qué pasa si el experimento dice una cosa y tu familia y tus amigos dicen otra…?

—¿A eso lo llamas avisar? —Draco estaba gritando ya—. ¿A eso lo llamas avisar? ¿Cuando estamos haciendo un ritual que exige un sacrificio permanente?

—Yo… yo… —El niño en el suelo tragó saliva—. Supongo que quizá no quedó claro. Lo siento. Pero aquello que puede ser destruido por la verdad debe serlo.

Golpearlo no bastaba.

—Te equivocas en una cosa —dijo Draco, con voz mortal—. Granger no es la alumna más fuerte de Hogwarts. Solo saca las mejores notas en clase. Estás a punto de descubrir la diferencia.

Una súbita conmoción apareció en el rostro de Harry, y trató de ponerse de pie rápidamente…

Ya era demasiado tarde para él.

—¡Expelliarmus!

La varita de Harry salió volando por la habitación.

—¡Gom jabbar!

Un pulso de negrura aceitosa golpeó la mano izquierda de Harry.

—Ese es un hechizo de tortura —dijo Draco—. Sirve para sacarle información a la gente. Voy a dejártelo puesto y a cerrar la puerta con llave cuando me marche. A lo mejor hago que el hechizo de cierre se desgaste después de unas horas. A lo mejor no se desgasta hasta que mueras aquí dentro. Diviértete.

Draco retrocedió con suavidad, la varita todavía apuntando a Harry. La mano de Draco bajó, recogió su mochila, sin que su puntería vacilara.

El dolor ya empezaba a mostrarse en el rostro de Harry Potter cuando habló.

—Los Malfoy están por encima de las leyes sobre magia de menores, por lo que veo. No es porque vuestra sangre sea más fuerte. Es porque ya habéis practicado. Al principio eras tan débil como cualquiera de nosotros. ¿Me equivoco en mi predicción?

La mano de Draco se puso blanca sobre la varita, pero su puntería se mantuvo firme.

—Solo para que lo sepas —dijo Harry entre dientes—, si me hubieras dicho que estaba equivocado, te habría escuchado. Yo nunca te torturaré cuando me demuestres que estoy equivocado. Y lo harás. Algún día. Has despertado como científico, y aunque nunca aprendas a usar tu poder, siempre… —Harry jadeó— estarás buscando formas… de poner a prueba… tus creencias…

Draco ya no retrocedía con tanta suavidad; ahora iba un poco más deprisa, y tuvo que esforzarse para mantener la varita apuntando a Harry mientras alargaba la mano hacia atrás para abrir la puerta y salía del aula.

Entonces Draco volvió a cerrar la puerta.

Lanzó el hechizo de cierre más potente que conocía.

Draco esperó hasta oír el primer grito de Harry antes de lanzar el Quietus.

Y luego se marchó.


—¡Aaaahhhhh! ¡Finite Incantatem! ¡Aaaahhh!

A Harry le habían metido la mano izquierda en una olla de aceite hirviendo y la habían dejado allí. Había puesto todo lo que tenía en el Finite Incantatem y seguía sin funcionar.

Algunos maleficios requerían contrahechizos concretos o no podías deshacerlos; o quizá era simplemente que Draco era mucho más fuerte.

—¡Aaaaahhhh!

La mano de Harry empezaba a doler de verdad, y eso interfería con sus intentos de pensar de forma creativa.

Pero unos cuantos gritos después, Harry comprendió lo que tenía que hacer.

Su bolsa, por desgracia, estaba en el lado equivocado de su cuerpo, y tuvo que retorcerse para alcanzarla, especialmente con el otro brazo agitándose por reflejo en un intento imparable de apartar la fuente del dolor. Para cuando lo consiguió, el otro brazo ya había logrado tirar de nuevo la varita.

—¡Botiquín aaaaaah médico! ¡Botiquín médico!

En el suelo, la luz verde era demasiado tenue para ver.

Harry no podía ponerse de pie. No podía gatear. Rodó por el suelo hacia donde creía que estaba su varita, y no estaba allí, y con una mano logró incorporarse lo suficiente para verla, y rodó hasta ella, y cogió la varita, y volvió rodando hasta donde el botiquín se había abierto. También hubo bastantes gritos, y algo de vómito.

Necesitó ocho intentos antes de poder lanzar Lumos.

Y entonces, bueno, el paquete no estaba diseñado para abrirse con una sola mano, porque todos los magos eran idiotas, por eso. Harry tuvo que usar los dientes y por eso pasó un rato antes de que por fin lograra envolver la mano izquierda con el paño anestésico.

Cuando por fin desapareció toda sensación de su mano izquierda, Harry dejó que su mente se deshiciera, se quedó inmóvil en el suelo y lloró durante un rato.

Bueno, dijo la mente de Harry silenciosamente para sí, cuando se hubo recuperado lo suficiente para volver a pensar con palabras. ¿Mereció la pena?

Lentamente, la mano funcional de Harry se alzó hacia una mesa.

Harry se puso de pie tirando de sí mismo.

Inspiró hondo.

Espiró.

Sonrió.

No era una gran sonrisa, pero era una sonrisa al fin y al cabo.

Gracias, profesor Quirrell, no podría haber perdido sin usted.

Todavía no había redimido a Draco, ni de cerca. En contra de lo que ahora quizá creyera el propio Draco, Draco seguía siendo hijo de un mortífago hasta la médula. Seguía siendo un niño que había crecido pensando que «violar» era algo que hacían los chicos mayores guays. Pero era un comienzo tremendo.

Harry no podía afirmar que todo hubiera salido justo según lo planeado. Todo había salido justo según lo completamente improvisado sobre la marcha. El plan no preveía que esto ocurriera hasta diciembre más o menos, después de que Harry hubiera enseñado a Draco las técnicas para no negar la evidencia cuando la viera.

Pero había visto la expresión de miedo en la cara de Draco, se había dado cuenta de que Draco ya se estaba tomando en serio una hipótesis alternativa, y había aprovechado el momento. Un solo caso de curiosidad auténtica tenía en racionalidad el mismo tipo de poder redentor que un solo caso de amor verdadero tenía en las películas.

Visto en retrospectiva, Harry se había dado horas para hacer el descubrimiento más importante de la historia de la magia, y meses para atravesar las barreras mentales subdesarrolladas de un niño de once años. Esto podría indicar que Harry tenía algún tipo de déficit cognitivo importante en lo relativo a estimar tiempos de finalización de tareas.

¿Iba Harry a ir al Infierno de la Ciencia por lo que había hecho? Harry no estaba seguro. Se las había arreglado para mantener la mente de Draco centrada en la posibilidad de que la magia se estuviera desvaneciendo, se había asegurado de que Draco llevara a cabo la parte del experimento que al principio parecería apuntar en esa dirección. Había esperado hasta después de explicar genética para incitar a Draco a darse cuenta de lo de las criaturas mágicas (aunque Harry había pensado en términos de artefactos antiguos como el Sombrero Seleccionador, que nadie podía duplicar ya, pero que seguía funcionando).

Pero Harry en realidad no había exagerado ninguna evidencia, no había distorsionado el significado de ningún resultado. Cuando el Interdicto de Merlín invalidó la prueba que debería haber sido definitiva, se lo había dicho a Draco desde el principio.

Y luego estaba la parte de después…

Pero en realidad no le había mentido a Draco. Draco lo había creído, y eso lo convertiría en verdad.

El final, había que admitirlo, no había sido divertido.

Harry se volvió y se tambaleó hacia la puerta.

Era hora de poner a prueba el hechizo de cierre de Draco.

El primer paso fue simplemente intentar girar el pomo. Draco podría haber estado faroleando.

Draco no había estado faroleando.

—Finite Incantatem.

La voz de Harry salió bastante ronca, y pudo sentir que el hechizo no había prendido. Así que Harry lo intentó de nuevo, y aquella vez se sintió verdadero. Pero otro giro del pomo mostró que no había funcionado. Ninguna sorpresa.

Hora de sacar la artillería pesada. Harry respiró hondo. Ese hechizo era uno de los más poderosos que había aprendido hasta el momento.

—¡Alohomora!

Harry se tambaleó un poco después de decirlo.

Y la puerta del aula seguía sin abrirse.

Aquello dejó a Harry conmocionado. Harry no tenía intención de acercarse al pasillo prohibido de Dumbledore, por supuesto. Pero un hechizo para abrir cerraduras mágicas le había parecido de todas formas una clase de hechizo útil, y por eso Harry lo había aprendido. ¿Se suponía que el pasillo prohibido de Dumbledore atraía a gente tan estúpida que no se daba cuenta de que la seguridad era peor que la que podía poner Draco Malfoy?

El miedo empezaba a colarse de nuevo en el sistema de Harry. La etiqueta del botiquín había dicho que el paño anestésico solo podía usarse con seguridad durante treinta minutos. Después de eso se desprendería automáticamente y no podría reutilizarse durante veinticuatro horas. Ahora mismo eran las 18:51. Se había puesto el paño anestésico hacía unos cinco minutos.

Así que Harry dio un paso atrás y consideró la puerta. Era un panel sólido de madera de roble oscura, interrumpido solo por el pomo metálico de latón.

Harry no sabía ningún hechizo explosivo ni cortante ni de impacto, y transformar algo explosivo habría violado la norma contra transformar cosas destinadas a ser quemadas. El ácido era un líquido y habría desprendido vapores…

Pero eso no era obstáculo para un pensador creativo.

Harry apoyó la varita contra una de las bisagras de latón de la puerta y se concentró en la forma del algodón como pura abstracción separada de cualquier algodón material, y también en la materia pura separada del patrón que la convertía en una bisagra de latón, y unió los dos conceptos, imponiendo forma a la sustancia. Una hora de práctica de Transformación cada día durante un mes había llevado a Harry al punto en que podía transformar un sujeto de cinco centímetros cúbicos en algo menos de un minuto.

Después de dos minutos, la bisagra no había cambiado en absoluto.

Quienquiera que hubiera diseñado el hechizo de cierre de Draco también había pensado en eso. O la puerta formaba parte de Hogwarts y el castillo era inmune.

Un vistazo mostró que las paredes eran de piedra maciza. También el suelo. También el techo. No se podía transformar por separado una parte de algo que era un todo sólido; Harry habría tenido que intentar transformar la pared entera, lo que habría requerido horas o quizá días de esfuerzo continuo, si es que podía hacerlo siquiera, y si la pared no era contigua al resto de todo el castillo…

El giratiempo de Harry no se abriría hasta las 21:00. Después podría volver a las 18:00, antes de que la puerta estuviera cerrada.

¿Cuánto duraría el hechizo de tortura?

Harry tragó saliva con dificultad. Las lágrimas volvían a acudirle a los ojos.

Su mente brillantemente creativa acababa de ofrecer la ingeniosa sugerencia de que Harry podía cortarse la mano usando la sierra del juego de herramientas guardado en su bolsa, lo cual dolería, evidentemente, pero quizá dolería mucho menos que el hechizo de dolor de Draco, ya que los nervios desaparecerían; y tenía torniquetes en el botiquín.

Y eso era obviamente una idea espantosamente estúpida de la que Harry se arrepentiría durante todo el resto de su vida.

Pero Harry no sabía si podría aguantar dos horas bajo tortura.

Quería salir de aquella aula, quería salir de aquella aula ya, no quería esperar allí dentro gritando durante dos horas hasta poder usar el giratiempo, necesitaba salir y encontrar a alguien que le quitara el hechizo de tortura de la mano…

¡Piensa!, le gritó Harry a su cerebro. ¡Piensa! ¡Piensa!


El dormitorio de Slytherin estaba casi vacío. La gente estaba cenando. Por alguna razón, Draco no tenía mucha hambre.

Draco cerró la puerta de su habitación privada, echó la llave, la selló con un encantamiento, la silenció, se sentó en la cama y empezó a llorar.

No era justo.

No era justo.

Era la primera vez que Draco había perdido de verdad; Padre le había advertido que perder de verdad dolería la primera vez que ocurriera, pero había perdido tanto, no era justo, no era justo que perdiera todo la primera vez que perdía.

En algún lugar de las mazmorras, un chico que a Draco de verdad le había caído bien estaba gritando de dolor. Draco nunca había hecho daño a nadie que le cayera bien. Castigar a la gente que se lo merecía se suponía que era divertido, pero esto solo le dejaba una sensación enferma por dentro. Padre no le había advertido sobre eso, y Draco se preguntó si era una lección dura que todo el mundo tenía que aprender al crecer, o si Draco era simplemente débil.

Draco deseó que fuera Pansy la que gritara. Eso habría sentado mejor.

Y lo peor era saber que quizá había sido un error hacer daño a Harry Potter.

¿Quién le quedaba ahora a Draco? ¿Dumbledore? ¿Después de lo que había hecho? Draco habría preferido que lo quemaran vivo.

Draco tendría que volver con Harry Potter porque no había ningún otro sitio al que ir. Y si Harry Potter decía que no lo quería, entonces Draco no sería nada, solo un niño patético que nunca podría ser mortífago, que nunca podría unirse a la facción de Dumbledore, que nunca podría aprender ciencia.

La trampa había sido preparada a la perfección, ejecutada a la perfección. Padre había advertido a Draco una y otra vez que lo que sacrificabas en los rituales oscuros no podía recuperarse. Pero Padre no sabía que los malditos muggles habían inventado rituales que no necesitaban varitas, rituales en los que podían engañarte para que participaras sin saberlo, y ese era solo uno de los terribles secretos que los científicos conocían y que Harry Potter había traído consigo.

Draco empezó entonces a llorar con más fuerza.

No quería esto, no quería esto, pero no había vuelta atrás. Era demasiado tarde. Ya era científico.

Draco sabía que debería volver y liberar a Harry Potter y disculparse. Habría sido lo inteligente.

En cambio, Draco se quedó en la cama sollozando.

Ya le había hecho daño a Harry Potter. Quizá fuera la única vez que Draco podría hacerle daño, y tendría que aferrarse a ese recuerdo durante el resto de su vida.

Que siguiera gritando.


Harry dejó caer al suelo los restos de la sierra. Las bisagras de latón habían resultado impermeables, ni siquiera arañadas, y Harry empezaba a sospechar que incluso el acto desesperado de intentar transformar ácido o explosivos habría fallado a la hora de abrir aquella puerta. En el lado positivo, el intento había destruido la sierra.

Su reloj decía que eran las 19:02, quedaban menos de quince minutos, y Harry intentó recordar si había más cosas afiladas en su bolsa que necesitaran ser destruidas, y sintió que otra oleada de lágrimas se le acumulaba. Si tan solo, cuando su giratiempo se abriera, pudiera volver atrás e impedir…

Y entonces Harry se dio cuenta de que estaba siendo tonto.

No era la primera vez que lo encerraban en una habitación.

La profesora McGonagall ya le había explicado la forma correcta de hacer esto.

…también le había dicho que no usara el giratiempo para este tipo de cosas.

¿Se daría cuenta la profesora McGonagall de que esta ocasión sí justificaba una excepción especial? ¿O simplemente le quitaría el giratiempo por completo?

Harry reunió todas sus cosas, todas las pruebas, dentro de la bolsa. Un Fregotego se encargó del vómito en el suelo, aunque no del sudor que le había empapado la túnica. Dejó las mesas volcadas como estaban; no era lo bastante importante para hacerlo con una sola mano.

Cuando terminó, Harry miró su reloj. Las 19:04.

Y entonces Harry esperó. Pasaron los segundos, sintiéndose como años.

A las 19:07, la puerta se abrió.

El rostro de barba esponjosa del profesor Flitwick parecía bastante preocupado.

—¿Estás bien, Harry? —dijo la voz chillona del jefe de la casa Ravenclaw—. He recibido una nota que decía que te habían encerrado aquí…