Algo, en algún lugar, en algún momento, tuvo que suceder de otra manera…

PETUNIA EVANS se casó con Michael Verres, profesor de Bioquímica en Oxford.

HARRY JAMES POTTER-EVANS-VERRES creció en una casa llena hasta los topes de libros. Una vez mordió a una profesora de matemáticas que no sabía qué era un logaritmo. Ha leído Gödel, Escher, Bach, Judgment Under Uncertainty: Heuristics and Biases y el primer volumen de The Feynman Lectures on Physics. Y, pese a lo que parece temer todo el mundo que lo conoce, no quiere convertirse en el próximo Señor Tenebroso. Lo educaron mejor que eso. Quiere descubrir las leyes de la magia y convertirse en un dios.

HERMIONE GRANGER va mejor que él en todas las asignaturas salvo vuelo en escoba.

DRACO MALFOY es exactamente lo que cabría esperar que fuese un niño de once años si Darth Vader fuese su padre y lo mimara muchísimo.

EL PROFESOR QUIRRELL está cumpliendo el sueño de toda su vida: enseñar Defensa Contra las Artes Oscuras, o, como prefiere llamar a su asignatura, Magia de Batalla. Todos sus alumnos se preguntan qué saldrá mal esta vez con el profesor de Defensa.

DUMBLEDORE está loco, o está jugando una partida muchísimo más profunda que implicaba prender fuego a un pollo.

LA SUBDIRECTORA MINERVA MCGONAGALL necesita irse a algún sitio privado y gritar un rato.

Presentando:

HARRY POTTER Y LOS MÉTODOS DE LA RACIONALIDAD

No tienes ni idea de por dónde va este.


Algunas notas:

Las opiniones de los personajes de esta historia no son necesariamente las del autor. Lo que piensa el Harry cálido suele estar pensado como un buen patrón a seguir, especialmente cuando Harry piensa en cómo podría citar estudios científicos para respaldar cierto principio. Pero no todo lo que Harry hace o piensa es buena idea. Eso no funcionaría como historia. Y los personajes menos cálidos a veces pueden ofrecer lecciones valiosas, pero esas lecciones también pueden tener doble filo de forma peligrosa.

Si no has visitado HPMOR PUNTO COM, no olvides hacerlo en algún momento; si no, te perderás el arte de los fans, cómo aprender todo lo que sabe Harry y más cosas.

Si no solo has disfrutado de este fic, sino que además has aprendido algo de él, por favor considera escribir sobre él en tu blog o tuitearlo. Una obra como esta solo hace tanto bien como personas haya que la lean.

Y ahora, volvemos a la ficción programada de forma habitual…


La clave de la estrategia no es elegir un camino hacia J. K. Rowling, sino elegir de forma que todos los caminos lleven a J. K. Rowling.


Una pequeña sala de estudio, cerca pero no dentro del dormitorio de Ravenclaw, una de las muchas, muchísimas habitaciones sin usar de Hogwarts. Los suelos eran de piedra gris; las paredes, de ladrillo rojo; el techo, de madera oscura barnizada; cuatro globos de cristal brillantes estaban incrustados en las cuatro paredes de la habitación. Había una mesa circular que parecía una ancha losa de mármol negro apoyada sobre gruesas patas de mármol negro a modo de columnas, pero que había resultado ser muy ligera (tanto en peso como en masa) y no era difícil de levantar y mover si hacía falta.

Dos sillas cómodamente acolchadas que al principio habían parecido fijadas al suelo en lugares poco convenientes, pero que, como ambos habían descubierto por fin, se deslizaban hasta donde estuvieras en cuanto te inclinabas con una postura que parecía indicar que ibas a sentarte.

También parecía haber cierto número de murciélagos volando por la sala.

Allí era donde, un día, los historiadores del futuro escribirían —si todo el proyecto llegaba alguna vez a algo— que había comenzado el estudio científico de la magia, con dos jóvenes estudiantes de primer curso de Hogwarts.

Harry James Potter-Evans-Verres, teórico.

Y Hermione Jean Granger, experimentadora y sujeto experimental.

Harry iba mejor en clase ahora, al menos en las clases que consideraba interesantes. Había leído más libros, y no precisamente libros para niños de once años. Había practicado Transformaciones una y otra vez durante una de sus horas extra cada día, reservando la otra para iniciarse en la Oclumancia.

Se estaba tomando en serio las clases que merecían la pena; no se limitaba a entregar los deberes todos los días, sino que usaba su tiempo libre para aprender más de lo exigido, para leer otros libros aparte de los manuales, intentando dominar la materia y no solo memorizar unas cuantas respuestas de examen, para sobresalir. Eso no se veía mucho fuera de Ravenclaw.

Y ahora, incluso dentro de Ravenclaw, sus únicos competidores restantes eran Padma Patil (cuyos padres procedían de una cultura no angloparlante y por tanto la habían criado con una verdadera ética de trabajo), Anthony Goldstein (de cierto diminuto grupo étnico que ganaba el 25% de los Premios Nobel), y por supuesto, avanzando muy por encima de todos como un Titán paseando entre una manada de cachorros, Hermione Granger.

Para llevar a cabo este experimento concreto necesitabas que el sujeto experimental aprendiera dieciséis hechizos nuevos, por su cuenta, sin ayuda ni correcciones. Eso significaba que el sujeto experimental era Hermione. Punto.

Conviene mencionar en este momento que los murciélagos que volaban por la sala no brillaban.

A Harry le estaba costando aceptar las implicaciones de aquello.

—¡Oogely boogely! —dijo Hermione otra vez.

De nuevo, en la punta de la varita de Hermione, apareció de golpe y sin transición un murciélago. Un momento, aire vacío. Al siguiente, murciélago. Sus alas parecían estar ya moviéndose en el instante en que apareció.

Y seguía sin brillar.

—¿Puedo parar ya? —dijo Hermione.

—¿Seguro —dijo Harry a través de lo que parecía un bloqueo en la garganta— de que quizá con un poco más de práctica no podrías hacer que brillara? —Estaba violando el procedimiento experimental que había escrito de antemano, lo cual era pecado, y lo estaba violando porque no le gustaban los resultados que estaba obteniendo, lo cual era pecado mortal, podías ir al Infierno de la Ciencia por eso, pero tampoco parecía estar sirviendo de nada.

—¿Qué has cambiado esta vez? —dijo Hermione, sonando un poco cansada.

—La duración de los sonidos oo, eh e ee. Se supone que debe ser 3 a 2 a 2, no 3 a 1 a 1.

—¡Oogely boogely! —dijo Hermione.

El murciélago se materializó con una sola ala y giró patéticamente hasta caer al suelo, dando vueltas en círculo sobre la piedra gris.

—¿Y cuál es de verdad? —dijo Hermione.

—3 a 2 a 1.

—¡Oogely boogely!

Esta vez el murciélago no tenía alas en absoluto y cayó con un plof como un ratón muerto.

—3 a 1 a 2.

Y he aquí que el murciélago se materializó y alzó el vuelo de inmediato hacia el techo, sano y brillando de un verde intenso.

Hermione asintió satisfecha.

—Vale, ¿qué toca ahora?

Hubo una larga pausa.

—¿En serio? ¿En serio tienes que decir Oogely boogely con la duración de los sonidos oo, eh e ee en proporción 3 a 1 a 2, o el murciélago no brilla? ¿Por qué? ¿Por qué? Por el amor de todo lo sagrado, ¿por qué?

—¿Por qué no?

—¡AAAAAAAAARRRRRRGHHHH!

Toc. Toc. Toc.

Harry había pensado durante un tiempo sobre la naturaleza de la magia y luego había diseñado una serie de experimentos basados en la premisa de que prácticamente todo lo que los magos creían sobre la magia era erróneo.

No podía ser que realmente necesitaras decir «Wingardium Leviosa» exactamente de la forma correcta para hacer levitar algo, porque, vamos, ¿«Wingardium Leviosa»? ¿El universo iba a comprobar que habías dicho «Wingardium Leviosa» exactamente de la forma correcta y, si no, no haría flotar la pluma?

No. Obviamente no, en cuanto lo pensabas en serio. Alguien, muy posiblemente un niño de preescolar, pero en cualquier caso algún usuario de magia angloparlante, que pensó que «Wingardium Leviosa» sonaba muy volador y flotante, había pronunciado originalmente esas palabras mientras lanzaba el hechizo por primera vez. Y luego le dijo a todo el mundo que era necesario.

Pero (había razonado Harry) no tenía por qué ser así, no estaba incorporado al universo, estaba incorporado en ti.

Había una vieja historia transmitida entre científicos, un relato aleccionador: la historia de Blondlot y los rayos N.

Poco después del descubrimiento de los rayos X, un eminente físico francés llamado Prosper-René Blondlot —que había sido el primero en medir la velocidad de las ondas de radio y demostrar que se propagaban a la velocidad de la luz— había anunciado el descubrimiento de un nuevo y asombroso fenómeno, los rayos N, que inducían un leve aumento del brillo de una pantalla. Tenías que mirar con atención para verlo, pero estaba ahí. Los rayos N tenían todo tipo de propiedades interesantes.

Los doblaba el aluminio y podían enfocarse con un prisma de aluminio para hacer que incidieran sobre un hilo tratado de sulfuro de cadmio, que entonces brillaba débilmente en la oscuridad…

Pronto docenas de otros científicos habían confirmado los resultados de Blondlot, especialmente en Francia.

Pero seguía habiendo otros científicos, en Inglaterra y Alemania, que decían no estar del todo seguros de poder ver aquel brillo tenue.

Blondlot había dicho que probablemente estaban montando mal el aparato.

Un día, Blondlot había hecho una demostración de los rayos N. Se habían apagado las luces, y su ayudante iba anunciando los aumentos y disminuciones de brillo mientras Blondlot realizaba sus manipulaciones.

Había sido una demostración normal, con todos los resultados saliendo como se esperaba.

Aunque un científico estadounidense llamado Robert Wood había robado discretamente el prisma de aluminio del centro del mecanismo de Blondlot.

Y ese había sido el final de los rayos N.

La realidad, dijo una vez Philip K. Dick, es aquello que, cuando dejas de creer en ello, no desaparece.

El pecado de Blondlot había sido evidente en retrospectiva. No debería haberle dicho a su ayudante lo que estaba haciendo. Blondlot debería haberse asegurado de que el ayudante no supiera qué se estaba probando ni cuándo se estaba probando, antes de pedirle que describiera el brillo de la pantalla. Podría haber sido así de simple.

Hoy en día se llamaba «cegamiento» y era una de las cosas que los científicos modernos daban por sentadas. Si estabas haciendo un experimento de psicología para ver si la gente se enfadaba más cuando le daban en la cabeza con porras rojas que con porras verdes, no te ponías tú mismo a mirar a los sujetos y decidir lo «enfadados» que estaban.

Les harías fotos después de que les hubieran golpeado con la porra, y enviarías las fotos a un panel de evaluadores, que puntuarían de 1 a 10 lo enfadada que parecía cada persona, obviamente sin saber de qué color era la porra con la que les habían golpeado. De hecho, no había ninguna buena razón para contarles a los evaluadores de qué iba el experimento. Desde luego, no les dirías a los sujetos experimentales que creías que deberían enfadarse más cuando los golpearan con porras rojas.

Simplemente les ofrecerías 20 libras, los atraerías a una sala de pruebas, les darías con una porra —con el color asignado al azar, por supuesto— y sacarías la foto. De hecho, el golpe con la porra y la foto los haría un ayudante al que no se le hubiera contado la hipótesis, para que no pudiera poner cara de expectativa, golpear más fuerte o sacar la foto justo en el momento adecuado.

Blondlot había destruido su reputación con la clase de error que te valdría un suspenso y probablemente las risas burlonas del profesor auxiliar en un curso universitario de primer año sobre diseño experimental… en 1991.

Pero esto había sido bastante antes, en 1904, así que pasaron meses antes de que Robert Wood formulara la hipótesis alternativa obvia y descubriera cómo ponerla a prueba, y docenas de otros científicos habían caído en la trampa.

Más de dos siglos después de que la ciencia hubiera comenzado. A esas alturas de la historia científica, aún no había resultado obvio.

Lo cual hacía enteramente plausible que, en el diminuto mundo mágico, donde no parecía conocerse mucho la ciencia, nadie hubiera probado nunca la primera, la más simple, la más obvia cosa que cualquier científico moderno pensaría en comprobar.

Los libros estaban llenos de instrucciones complicadas para todas las cosas que tenías que hacer exactamente bien para lanzar un hechizo. Y, había hipotetizado Harry, el proceso de obedecer esas instrucciones, de comprobar que las estabas siguiendo correctamente, probablemente sí hacía algo. Te obligaba a concentrarte en el hechizo. Que te dijeran simplemente que agitaras la varita y desearas algo probablemente no funcionaría tan bien.

Y una vez que creías que se suponía que el hechizo funcionaba de cierta manera, una vez que lo habías practicado así, puede que no fueras capaz de convencerte de que podía funcionar de ninguna otra forma…

…si hacías lo simple pero equivocado e intentabas probar formas alternativas tú mismo.

Pero ¿y si no sabías cómo había sido el hechizo original?

¿Qué pasaba si le dabas a Hermione una lista de hechizos que aún no había estudiado, sacados de un libro de hechizos de broma absurdos de la biblioteca de Hogwarts, y algunos de esos hechizos tenían las instrucciones correctas y originales, mientras que otros tenían un gesto cambiado, una palabra cambiada? ¿Qué pasaba si mantenías constantes las instrucciones, pero le decías que un hechizo supuestamente destinado a crear un gusano rojo se suponía que debía crear un gusano azul?

Bueno, en ese caso, había resultado que…

…a Harry le estaba costando creer sus resultados aquí…

…si le decías a Hermione que dijera «Oogely boogely» con la duración de las vocales en la proporción de 3 a 1 a 1, en lugar de la proporción correcta de 3 a 1 a 2, seguías obteniendo el murciélago, pero ya no brillaba.

No es que la creencia fuera irrelevante aquí. No es que solo importaran las palabras y los movimientos de varita.

Si le dabas a Hermione información completamente incorrecta sobre lo que se suponía que hacía un hechizo, dejaba de funcionar.

Si no le decías en absoluto lo que se suponía que hacía el hechizo, dejaba de funcionar.

Si sabía en términos muy vagos lo que se suponía que hacía el hechizo, o si solo estaba parcialmente equivocada, entonces el hechizo funcionaba como se describía originalmente en el libro, no como le habían dicho que debía hacerlo.

Harry, en ese momento, estaba literalmente golpeándose la cabeza contra la pared de ladrillo. No fuerte. No quería dañar sus preciados cerebros. Pero si no encontraba alguna válvula de escape para su frustración, se prendería fuego espontáneamente.

Toc. Toc. Toc.

Parecía que el universo realmente sí quería que dijeras «Wingardium Leviosa», y quería que lo dijeras de cierta forma exacta, y no le importaba lo que tú creyeras que debía ser la pronunciación más de lo que le importaba cómo te sintieras con respecto a la gravedad.

¿POR QUÉEEEEEEEEEEEEEEEE?

Lo peor de todo era la mirada satisfecha y divertida en la cara de Hermione.

Hermione no había estado de acuerdo con quedarse sentada siguiendo obedientemente las instrucciones de Harry sin que le dijeran por qué.

Así que Harry le había explicado qué estaban poniendo a prueba.

Harry le había explicado por qué lo estaban poniendo a prueba.

Harry le había explicado por qué probablemente ningún mago lo había probado antes que ellos.

Harry le había explicado que en realidad estaba bastante seguro de su predicción.

Porque, había dicho Harry, no había ninguna manera de que el universo realmente quisiera que dijeras «Wingardium Leviosa».

Hermione había señalado que eso no era lo que decían sus libros. Hermione había preguntado si Harry de verdad creía que era más listo, con once años y poco más de un mes de educación en Hogwarts, que todos los demás magos del mundo que no estaban de acuerdo con él.

Harry había dicho exactamente estas palabras:

—Por supuesto.

Ahora Harry miraba fijamente el ladrillo rojo justo delante de él y consideraba con qué fuerza tendría que golpearse la cabeza para provocarse una conmoción que interfiriera con la formación de recuerdos a largo plazo y le impidiera acordarse de aquello más tarde. Hermione no se estaba riendo, pero él podía sentir su intención de reír irradiando desde detrás de él como una presión terrible sobre la piel, algo así como saber que te acecha un asesino en serie, solo que peor.

—Dilo —dijo Harry.

—No iba a hacerlo —dijo la bondadosa voz de Hermione Granger—. No parecía amable.

—Acabemos con esto —dijo Harry.

—¡Vale! Así que me diste toda esa larguísima charla sobre lo difícil que era hacer ciencia básica y cómo quizá tendríamos que seguir con el problema durante treinta y cinco años, y luego esperabas que hiciéramos el mayor descubrimiento de la historia de la magia en la primera hora que trabajábamos juntos. No solo lo esperabas como posibilidad, lo esperabas de verdad. Eres bobo.

—Gracias. Ahora…

—He leído todos los libros que me diste y aún no sé cómo llamar a eso. ¿Exceso de confianza? ¿Falacia de planificación? ¿Efecto Lago Wobegon superduper? Tendrán que ponerle tu nombre. Sesgo Harry.

—¡Está bien!

—Pero es mono. Es una cosa tan de chicos.

—Muérete.

—Oh, dices las cosas más románticas.

Toc. Toc. Toc.

—¿Y ahora qué? —dijo Hermione.

Harry apoyó la cabeza contra los ladrillos. La frente empezaba a dolerle allí donde se la había estado golpeando.

—Nada. Tengo que volver atrás y diseñar experimentos diferentes.

Durante el último mes, Harry había elaborado cuidadosamente, por adelantado, un programa de experimentación para ellos que habría durado hasta diciembre.

Habría sido una gran serie de experimentos si la primera prueba no hubiera falsado la premisa básica.

Harry no podía creer que hubiera sido tan tonto.

—Me corrijo —dijo Harry—. Necesito diseñar un experimento nuevo. Te avisaré cuando lo tengamos, lo haremos, y luego diseñaré el siguiente. ¿Qué te parece?

—Parece que alguien ha desperdiciado un montón de esfuerzo.

Toc. Ay. Lo había hecho un poco más fuerte de lo planeado.

—Entonces —dijo Hermione. Estaba recostada en su silla y la mirada engreída había vuelto a su cara—. ¿Qué hemos descubierto hoy?

—He descubierto —dijo Harry entre dientes— que, cuando se trata de hacer investigación verdaderamente básica sobre un problema genuinamente confuso en el que no tienes ni idea de qué está pasando, mis libros sobre metodología científica no valen una mierda…

—¡Lenguaje, señor Potter! ¡Algunas somos niñas inocentes!

—Bien. Pero si mis libros valieran una merluza, que es un pez y no nada malo, me habrían dado el siguiente consejo importante: cuando tienes un problema confuso y estás empezando y tienes una hipótesis falsable, ve a ponerla a prueba. Encuentra alguna forma simple y fácil de hacer una comprobación básica y hazla enseguida. No te preocupes por diseñar un programa elaborado de experimentos que haría que una solicitud de subvención pareciera impresionante ante una agencia de financiación.

Comprueba lo antes posible si tus ideas son falsas antes de empezar a invertir enormes cantidades de esfuerzo en ellas. ¿Qué te parece como moraleja?

—Mmm… vale —dijo Hermione—. Pero yo también esperaba algo como: «Los libros de Hermione no son inútiles. Están escritos por magos ancianos y sabios que saben muchísimo más de magia que yo. Debería prestar atención a lo que dicen los libros de Hermione». ¿Podemos tener también esa moraleja?

La mandíbula de Harry parecía estar tan apretada que no dejaba salir ninguna palabra, así que se limitó a asentir.

—¡Genial! —dijo Hermione—. Me ha gustado este experimento. Hemos aprendido mucho de él y solo me ha llevado una hora o así.

—¡AAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHH!


En las mazmorras de Slytherin.

Un aula sin usar, iluminada por una luz verde espectral, mucho más intensa esta vez y procedente de un pequeño globo de cristal con un encantamiento temporal, pero luz verde espectral al fin y al cabo, que proyectaba extrañas sombras desde los pupitres polvorientos.

Dos figuras del tamaño de niños con capas grises encapuchadas (sin máscaras) habían entrado en silencio y se habían sentado en dos sillas frente al mismo escritorio.

Era la segunda reunión de la Conspiración Bayesiana.

Draco Malfoy no había estado seguro de si debía esperarla con ganas o no.

Harry Potter, a juzgar por la expresión de su cara, no parecía tener dudas sobre el estado de ánimo apropiado.

Harry Potter parecía estar listo para matar a alguien.

—Hermione Granger —dijo Harry Potter, justo cuando Draco abría la boca—. No preguntes.

No puede haber tenido otra cita, ¿verdad?, pensó Draco, pero eso no tenía ningún sentido.

—Harry —dijo Draco—, lo siento, pero tengo que preguntarlo de todos modos: ¿de verdad encargaste para el cumpleaños de la chica sangre sucia una bolsa cara de piel de moke?

—Sí. Ya has deducido por qué, claro.

Draco alzó la mano y se pasó los dedos por el pelo con frustración, rozándose la capucha contra el dorso de la mano. No había estado del todo seguro de por qué, pero ahora no podía decirlo. Y Slytherin sabía que estaba intentando atraerse a Harry Potter; lo había dejado bastante claro en la clase de Defensa.

—Harry —dijo Draco—, la gente sabe que soy amigo tuyo, no saben lo de la Conspiración, claro, pero saben que somos amigos, y me haces quedar mal cuando haces ese tipo de cosas.

La cara de Harry Potter se tensó.

—Cualquiera en Slytherin que no entienda el concepto de portarse bien con gente que en realidad no te gusta debería ser triturado y dado de comer a serpientes mascota.

—Hay mucha gente en Slytherin que no lo entiende —dijo Draco, con voz seria—. La mayoría de la gente es estúpida, y aun así tienes que quedar bien delante de ellos. —Harry Potter tenía que entender eso si alguna vez quería llegar a algo en la vida.

—¿Qué te importa lo que piensen los demás? ¿De verdad vas a vivir tu vida teniendo que explicar todo lo que haces a los idiotas más tontos de Slytherin, dejando que te juzguen? Lo siento, Draco, pero no voy a rebajar mis astutas tramas al nivel de lo que puedan entender los Slytherin más tontos solo porque si no quizá tú quedes mal. Ni siquiera tu amistad vale eso. Le quitaría toda la gracia a la vida. Dime que nunca has pensado lo mismo cuando alguien en Slytherin es demasiado estúpido para respirar, que está por debajo de la dignidad de un Malfoy tener que hacerles la pelota.

Draco, genuinamente, nunca lo había pensado. Jamás. Hacerles la pelota a los idiotas era como respirar, lo hacías sin pensarlo.

—Harry —dijo Draco por fin—. Hacer simplemente lo que te da la gana, sin preocuparte por cómo queda, no es inteligente. ¡El Señor Tenebroso se preocupaba por cómo quedaba! Era temido y odiado, y sabía exactamente qué clase de miedo y odio quería crear. Todo el mundo tiene que preocuparse por lo que piensan los demás.

La figura encapuchada se encogió de hombros.

—Quizá. Recuérdame alguna vez que te hable de algo llamado el experimento de conformidad de Asch, puede que te resulte bastante divertido. Por ahora solo señalaré que es peligroso preocuparte por lo que piensan los demás por instinto, porque de verdad te importa, y no como cuestión de cálculo frío. Recuerda que alumnos mayores de Slytherin me pegaron y me acosaron durante quince minutos, y después me levanté y los perdoné con benevolencia. Tal como corresponde al bueno y virtuoso Niño Que Vivió.

Pero mis cálculos fríos, Draco, me dicen que no tengo ninguna utilidad para los idiotas más tontos de Slytherin, dado que no tengo serpiente mascota. Así que no tengo ninguna razón para preocuparme por lo que piensen de cómo llevo a cabo mi duelo con Hermione Granger.

Draco no apretó los puños de frustración.

—No es más que una sangre sucia —dijo Draco, manteniendo la voz tranquila en vez de gritar—. Si no te gusta, empújala por las escaleras.

—Ravenclaw lo sabría…

—¡Haz que Pansy Parkinson la empuje por las escaleras! ¡Ni siquiera tendrías que manipularla, le ofreces un sickle y lo haría!

—¡Yo lo sabría! Hermione me ganó en un concurso de lectura, saca mejores notas que yo, ¡tengo que derrotarla con mi cerebro o no cuenta!

—¡Es solo una sangre sucia! ¿Por qué la respetas tanto?

—¡Es una potencia entre los Ravenclaw! ¿Por qué te importa lo que piense un idiota sin poder de Slytherin?

—¡Se llama política! ¡Y si no sabes jugarla, no puedes tener poder!

—¡Caminar sobre la Luna es poder! ¡Ser un gran mago es poder! ¡Hay clases de poder que no requieren que me pase el resto de la vida haciendo la pelota a imbéciles!

Ambos se detuvieron y, casi al unísono, empezaron a respirar hondo para calmarse.

—Lo siento —dijo Harry Potter después de unos instantes, secándose el sudor de la frente—. Lo siento, Draco. Tienes mucho poder político y tiene sentido que lo conserves. Debes calcular lo que piensa Slytherin. Es un juego importante y no debería haberlo insultado. Pero no puedes pedirme que baje el nivel de mi juego en Ravenclaw solo para que tú no quedes mal por asociarte conmigo. Dile a Slytherin que estás apretando los dientes mientras finges ser mi amigo.

Eso era exactamente lo que Draco le había dicho a Slytherin, y aún no estaba seguro de si era verdad.

—En cualquier caso —dijo Draco—. Hablando de tu imagen. Me temo que tengo malas noticias. Rita Skeeter ha oído algunas de las historias sobre ti y está haciendo preguntas.

Harry Potter alzó las cejas.

—¿Quién?

—Escribe para El Profeta —dijo Draco. Intentó que no se le notara la preocupación en la voz. El Profeta era una de las principales herramientas de Padre; lo usaba como una varita mágica—. Es el periódico al que la gente de verdad presta atención. Rita Skeeter escribe sobre celebridades y, como dice ella, usa su pluma para pinchar sus reputaciones hinchadas en exceso. Si no encuentra rumores sobre ti, se inventará los suyos.

—Entiendo —dijo Harry Potter. Su rostro iluminado de verde parecía muy pensativo bajo la capucha.

Draco vaciló antes de decir lo que tenía que decir a continuación. A estas alturas, seguro que alguien ya había informado a Padre de que estaba intentando ganarse a Harry Potter, y Padre también sabría que Draco no había escrito a casa sobre ello, y Padre entendería que Draco no creía poder mantenerlo en secreto de verdad, lo cual enviaba un mensaje claro: que Draco estaba practicando su propio juego ahora, pero seguía del lado de Padre, ya que, si Draco hubiera caído en la tentación de pasarse al otro bando, habría estado enviando informes falsos.

De ello se seguía que Padre probablemente había anticipado lo que Draco estaba a punto de decir.

Jugar la partida con Padre de verdad era una sensación bastante inquietante. Incluso si estaban del mismo lado. Por una parte era estimulante, pero Draco también sabía que al final resultaría que Padre había jugado mejor la partida. No había ninguna otra forma posible de que acabara.

—Harry —dijo Draco por fin—. Esto no es una sugerencia. No es mi consejo. Es simplemente cómo son las cosas. Mi padre casi con total seguridad podría aplastar ese artículo. Pero te costaría algo.

Que Padre había esperado que Draco le dijera exactamente eso a Harry Potter no era algo que Draco dijera en voz alta. Harry Potter lo deduciría por sí mismo, o no.

Pero, en cambio, Harry Potter negó con la cabeza, sonriendo bajo la capucha.

—No tengo ninguna intención de intentar aplastar a Rita Skeeter.

Draco ni siquiera intentó ocultar la incredulidad en su voz.

—¡No puedes decirme que no te importa lo que el periódico diga de ti!

—Me importa menos de lo que piensas —dijo Harry Potter—. Pero tengo mis propias maneras de tratar con gente como Skeeter. No necesito la ayuda de Lucius.

Una expresión preocupada apareció en la cara de Draco antes de que pudiera evitarlo. Lo que fuera que Harry Potter estaba a punto de hacer después, sería algo que Padre no esperaba, y Draco se sentía muy nervioso sobre adónde podría llevar aquello.

Draco también se dio cuenta de que el pelo se le estaba empapando de sudor bajo la capucha. Nunca había llevado una de esas antes, y no se había dado cuenta de que las capas de los mortífagos probablemente tendrían cosas como encantamientos refrigerantes.

Harry Potter volvió a limpiarse el sudor de la frente, hizo una mueca, sacó la varita, la apuntó hacia arriba, respiró hondo y dijo:

—¡Frigideiro!

Momentos después, Draco sintió la corriente fría.

—¡Frigideiro! ¡Frigideiro! ¡Frigideiro! ¡Frigideiro! ¡Frigideiro!

Luego Harry Potter bajó la varita, aunque su mano parecía un poco temblorosa, y volvió a guardarla en la túnica.

Toda la sala parecía perceptiblemente más fresca. Draco también podría haberlo hecho, pero aun así, no estaba mal.

—Entonces —dijo Draco—. Ciencia. Vas a hablarme de la sangre.

—Vamos a averiguar cosas sobre la sangre —dijo Harry Potter—. Haciendo experimentos.

—Muy bien —dijo Draco—. ¿Qué clase de experimentos?

Harry Potter sonrió de forma malvada bajo la capucha y dijo:

—Dímelo tú.


Draco había oído hablar de algo llamado el método socrático, que consistía en enseñar haciendo preguntas (llamado así por un antiguo filósofo que había sido demasiado listo para ser un muggle de verdad y por tanto tenía que haber sido un mago sangre pura disfrazado). Uno de sus tutores había usado mucho la enseñanza socrática. Había sido molesta pero efectiva.

Luego estaba el método Potter, que era una locura.

Para ser justos, Draco tenía que admitir que Harry Potter había probado primero el método socrático y que no había estado funcionando demasiado bien.

Harry Potter había preguntado cómo procedería Draco para refutar la hipótesis purista de la sangre según la cual los magos ya no podían hacer las cosas impresionantes que habían hecho ocho siglos atrás porque se habían mezclado con nacidos de muggles y squibs.

Draco había dicho que no entendía cómo Harry Potter podía sentarse allí con cara seria y afirmar que eso no era una trampa.

Harry Potter había respondido, todavía con cara seria, que si fuera una trampa habría sido tan patéticamente obvia que merecería ser triturado y dado de comer a serpientes mascota, pero que no era una trampa; era simplemente una regla de funcionamiento de los científicos: tenías que intentar refutar tus propias teorías, y si hacías un esfuerzo honesto y fracasabas, eso era una victoria.

Draco había intentado señalar la estupidez asombrosa de aquello sugiriendo que la clave para sobrevivir a un duelo era lanzarte Avada Kedavra al pie y fallar.

Harry Potter había asentido.

Draco había negado con la cabeza.

Harry Potter había presentado entonces la idea de que los científicos miraban cómo luchaban las ideas para ver cuáles ganaban, y que no se podía luchar sin oponente, así que Draco necesitaba encontrar oponentes contra los que pudiera luchar la hipótesis purista de la sangre para que el purismo de la sangre pudiera ganar, lo cual Draco entendió un poco mejor, aunque Harry Potter lo había dicho con una expresión más bien de disgusto.

Como, estaba claro que si el purismo de la sangre era la forma en que realmente funcionaba el mundo, entonces el cielo tenía que ser azul, y si alguna otra teoría era cierta, el cielo tenía que ser verde; y nadie había visto aún el cielo; y entonces salías fuera, mirabas, y ganaban los puristas de la sangre; y después de que esto hubiera ocurrido seis veces seguidas, la gente empezaría a notar la tendencia.

Harry Potter había pasado entonces a afirmar que todos los oponentes que Draco estaba inventando eran demasiado débiles, así que el purismo de la sangre no obtendría crédito por derrotarlos porque la batalla no sería lo bastante impresionante. Draco también lo había entendido. Los magos se han vuelto más débiles porque los elfos domésticos nos están robando la magia tampoco le había sonado impresionante a él.

(Aunque Harry Potter había dicho que al menos esa era comprobable, en el sentido de que podían intentar comprobar si los elfos domésticos se habían vuelto más fuertes con el tiempo, e incluso dibujar una imagen que representara el aumento de fuerza de los elfos domésticos y otra imagen que representara la disminución de fuerza de los magos, y si ambas imágenes coincidían eso apuntaría hacia los elfos domésticos; todo dicho en tonos tan completamente serios que Draco había sentido el impulso de hacerle a Dobby unas cuantas preguntas incisivas bajo Veritaserum antes de salir de aquel estado.)

Y Harry Potter había dicho finalmente que Draco no podía amañar el combate, que los científicos no eran tontos, que sería obvio si amañabas el combate; tenía que ser una lucha real, entre dos teorías distintas que de verdad podrían ser ambas ciertas, con una prueba que solo ganaría la hipótesis verdadera, algo que de hecho saldría de maneras distintas según cuál fuera realmente la hipótesis correcta, y habría científicos experimentados observando para asegurarse de que eso era exactamente lo que ocurría.

Harry Potter había afirmado que él mismo solo quería saber cómo funcionaba la sangre de verdad, y que para eso necesitaba ver al purismo de la sangre ganar de verdad, y que Draco no iba a engañarlo con teorías que solo estaban ahí para ser derribadas.

Incluso habiendo entendido el punto, Draco no había sido capaz de inventar ninguna «alternativa plausible», como lo expresó Harry Potter, a la idea de que los magos se estaban volviendo menos poderosos porque estaban mezclando su sangre con barro. Era demasiado obviamente cierto.

Fue entonces cuando Harry Potter había dicho, bastante frustrado, que no podía imaginar que Draco fuera realmente tan malo considerando puntos de vista distintos; seguro que había habido mortífagos que se habían hecho pasar por enemigos del purismo de la sangre y habían inventado argumentos en contra de su propio bando que sonaban mucho más plausibles que lo que Draco estaba ofreciendo. Si Draco hubiera intentado hacerse pasar por un miembro de la facción de Dumbledore y hubiera salido con la hipótesis de los elfos domésticos, no habría engañado a nadie ni por un segundo.

Draco se había visto obligado a admitir que eso era un punto.

De ahí el método Potter.

—Por favor, Dr. Malfoy —gimoteó Harry Potter—, ¿por qué no acepta mi artículo?

Harry Potter había tenido que repetir la frase «simplemente finge que finges ser científico» tres veces antes de que Draco lo entendiera.

En aquel momento Draco había comprendido que había algo profundamente mal en el cerebro de Harry Potter, y que cualquiera que intentara Legeremancia con él probablemente nunca volvería a salir.

Harry Potter había entrado entonces en más detalles, y considerables: Draco debía fingir ser un mortífago que se hacía pasar por el editor de una revista científica, el Dr. Malfoy, que quería rechazar el artículo de su enemigo, el Dr. Potter, «Sobre la heredabilidad de la capacidad mágica»; y si el mortífago no actuaba como actuaría un científico de verdad, sería descubierto como mortífago y ejecutado, mientras que al Dr. Malfoy también lo observaban sus propios rivales y tenía que parecer que rechazaba el artículo del Dr. Potter por razones científicas neutrales o perdería su puesto como editor de la revista.

Era un milagro que el Sombrero Seleccionador no estuviera balbuceando como loco en San Mungo.

También era lo más complicado que nadie le había pedido jamás a Draco que fingiera, y no había forma posible de que pudiera rechazar el desafío.

Ahora mismo estaban, como lo había expresado Harry Potter, entrando en ambiente.

—Me temo, Dr. Potter, que ha escrito usted esto con el color de tinta equivocado —dijo Draco—. ¡Siguiente!

La cara del Dr. Potter hizo un trabajo excelente hundiéndose en la desesperación, y Draco no pudo evitar sentir un destello de regocijo del Dr. Malfoy, aunque el mortífago solo estuviera fingiendo ser el Dr. Malfoy.

Esta parte era divertida. Podría haber estado haciéndola todo el día.

El Dr. Potter se levantó de la silla, abatido y cabizbajo, se alejó arrastrando los pies, y se convirtió en Harry Potter, que alzó el pulgar hacia Draco; luego volvió a convertirse en el Dr. Potter, ahora acercándose con una sonrisa ansiosa.

El Dr. Potter se sentó y presentó al Dr. Malfoy un trozo de pergamino en el que estaba escrito:

Sobre la heredabilidad de la capacidad mágica

Dr. H. J. Potter-Evans-Verres, Instituto de Ciencia Suficientemente Avanzada

Mi observación:

Los magos actuales no pueden hacer cosas tan impresionantes como

las que hacían los magos hace 800 años.

Mi conclusión:

La comunidad mágica se ha debilitado al mezclar

su sangre con nacidos de muggles y squibs.

—Dr. Malfoy —dijo el Dr. Potter con expresión esperanzada—, me preguntaba si la Revista de Resultados Irreproducibles podría considerar para publicación mi artículo titulado «Sobre la heredabilidad de la capacidad mágica».

Draco miró el pergamino, sonriendo mientras consideraba posibles rechazos. Si fuera profesor, habría rechazado el ensayo por ser demasiado corto, así que…

—Es demasiado largo, Dr. Potter —dijo el Dr. Malfoy.

Por un momento hubo auténtica incredulidad en la cara del Dr. Potter.

—Ah… —dijo el Dr. Potter—. ¿Y si elimino las líneas separadas de observaciones y conclusiones y pongo simplemente un «por tanto»…?

—Entonces será demasiado corto. ¡Siguiente!

El Dr. Potter se alejó arrastrando los pies.

—Muy bien —dijo Harry Potter—, se te está dando demasiado bien. Dos veces más para practicar, y luego la tercera va en serio, sin interrupciones de por medio; entraré directo a por ti y esa vez rechazarás el artículo basándote en el contenido real, recuerda, tus rivales científicos están mirando.

El siguiente artículo del Dr. Potter era perfecto en todos los sentidos, una maravilla en su género, pero lamentablemente tuvo que ser rechazado porque la revista del Dr. Malfoy tenía problemas con la letra E. El Dr. Potter se ofreció a reescribirlo sin esas palabras, y el Dr. Malfoy explicó que en realidad era más bien un problema de vocales.

El artículo posterior fue rechazado porque era martes.

De hecho, era sábado.

El Dr. Potter intentó señalarlo y le dijeron: «¡Siguiente!»

(Draco empezaba a entender por qué Snape había usado su influencia sobre Dumbledore solo para conseguir un puesto que le permitía ser horrible con los estudiantes.)

Y entonces…

El Dr. Potter se acercaba con una sonrisa de superioridad en la cara.

—Este es mi último artículo, Sobre la heredabilidad de la capacidad mágica —declaró el Dr. Potter con confianza, y extendió el pergamino—. He decidido permitir que su revista lo publique, y lo he preparado siguiendo perfectamente sus directrices para que puedan publicarlo con rapidez.

El mortífago decidió localizar y matar al Dr. Potter cuando terminara su misión. El Dr. Malfoy mantuvo una sonrisa educada en la cara, puesto que sus rivales estaban observando, y dijo…

(La pausa se alargó, con el Dr. Potter mirándolo impaciente.)

—…Permítame verlo, por favor.

El Dr. Malfoy tomó el pergamino y lo examinó cuidadosamente.

El mortífago empezaba a ponerse nervioso por el hecho de que no era un científico de verdad, y Draco intentaba recordar cómo hablar como Harry Potter.

—Usted, ah, necesita considerar otras posibles explicaciones para su, um, observación, además de solo esta…

—¿De verdad? —interrumpió el Dr. Potter—. ¿Como cuál, exactamente? ¿Los elfos domésticos nos roban la magia? Mis datos solo admiten una conclusión posible, Dr. Malfoy. No hay otras hipótesis plausibles.

Draco intentaba furiosamente ordenar a su cerebro que pensara: qué diría si se estuviera haciendo pasar por un miembro de la facción de Dumbledore, qué afirmaban ellos que era la explicación del declive de la comunidad mágica, Draco nunca se había molestado en preguntarlo de verdad…

—Si no puede pensar en ninguna otra forma de explicar mis datos, tendrá que publicar mi artículo, Dr. Malfoy.

Fue la mueca de desprecio en la cara del Dr. Potter lo que lo hizo.

—¿Ah, sí? —espetó el Dr. Malfoy—. ¿Cómo sabe que la propia magia no se está desvaneciendo?

El tiempo se detuvo.

Draco y Harry Potter intercambiaron miradas de horror consternado.

Entonces Harry Potter escupió algo que probablemente era una palabra extremadamente mala si te habían criado muggles.

—¡No había pensado en eso! —dijo Harry Potter—. Y debería haberlo hecho. La magia desaparece. ¡Maldita sea, maldita sea, maldita sea!

La alarma en la voz de Harry Potter era contagiosa. Sin siquiera pensarlo, la mano de Draco se metió en su túnica y se aferró a su varita. Había pensado que la Casa de Malfoy estaba a salvo; mientras solo te casaras con familias que pudieran remontar sus linajes cuatro generaciones atrás, se suponía que estabas a salvo. Nunca se le había ocurrido hasta entonces que pudiera no haber nada que nadie pudiera hacer para detener el final de la magia.

—Harry, ¿qué hacemos? —la voz de Draco subía de pánico—. ¿Qué hacemos?

—¡Déjame pensar!

Tras unos momentos, Harry cogió de un pupitre cercano la misma pluma y el mismo rollo de pergamino que había usado para escribir su artículo fingido, y empezó a garabatear algo.

—Lo averiguaremos —dijo Harry, con la voz tensa—, si la magia se está desvaneciendo del mundo averiguaremos a qué velocidad se desvanece y cuánto tiempo nos queda para hacer algo, y luego averiguaremos por qué se desvanece, y luego haremos algo al respecto. Draco, ¿los poderes mágicos han estado disminuyendo a un ritmo constante, o ha habido caídas repentinas?

—Yo… no lo sé…

—Me dijiste que nadie había igualado a los cuatro fundadores de Hogwarts. Entonces lleva ocurriendo al menos ocho siglos, ¿no? ¿No recuerdas haber oído nada sobre que los problemas aparecieran de pronto hace cinco siglos o algo así?

Draco intentaba pensar frenéticamente.

—Siempre oí que nadie era tan bueno como Merlín, y luego después de eso nadie era tan bueno como los fundadores de Hogwarts.

—Muy bien —dijo Harry. Seguía garabateando—. Porque hace tres siglos fue cuando los muggles empezaron a no creer en la magia, y pensé que podría tener algo que ver. Y hace alrededor de siglo y medio fue cuando los muggles empezaron a usar un tipo de tecnología que deja de funcionar cerca de la magia, y me preguntaba si quizá también ocurría al revés.

Draco saltó de la silla, tan furioso que apenas podía hablar.

—Son los muggles…

—¡Maldita sea! —rugió Harry—. ¿Ni siquiera te estabas escuchando? ¡Lleva ocurriendo al menos ocho siglos y los muggles no hacían nada interesante entonces! ¡Tenemos que averiguar la verdad real! Los muggles podrían tener algo que ver con esto, pero si no lo tienen y tú vas culpándolos de todo y eso nos impide averiguar qué está ocurriendo de verdad, entonces un día te despertarás por la mañana y descubrirás que tu varita no es más que un palo de madera.

A Draco se le detuvo la respiración en la garganta. Su padre decía a menudo en sus discursos que nuestras varitas se romperán en nuestras manos, pero Draco nunca había pensado de verdad en lo que eso significaba; después de todo, no iba a ocurrirle a él. Y ahora, de pronto, parecía muy real. Solo un palo de madera. Draco podía imaginar exactamente cómo sería sacar la varita e intentar lanzar un hechizo y descubrir que no pasaba nada…

Eso podía pasarles a todos.

No habría más magos, no habría más magia, nunca. Solo muggles con unas cuantas leyendas sobre lo que sus antepasados habían podido hacer. Algunos de los muggles se llamarían Malfoy, y eso sería todo lo que quedaría del nombre.

Por primera vez en su vida, Draco comprendió por qué existían los mortífagos.

Siempre había dado por supuesto que convertirse en mortífago era algo que hacías cuando crecías. Ahora Draco lo entendía, sabía por qué Padre y los amigos de Padre habían jurado dar la vida para impedir que esa pesadilla se hiciera realidad; había cosas que no podías quedarte mirando sin más mientras ocurrían. Pero ¿y si iba a ocurrir de todos modos? ¿Y si todos los sacrificios, todos los amigos que habían perdido frente a Dumbledore, la familia que habían perdido, y si todo había sido para nada…?

—La magia no puede estar desvaneciéndose —dijo Draco. Se le quebraba la voz—. No sería justo.

Harry dejó de garabatear y levantó la vista. Su cara tenía una expresión enfadada.

—¿Tu padre nunca te dijo que la vida no es justa?

Padre lo había dicho cada una de las veces que Draco usó aquella palabra.

—Pero, pero es demasiado horrible para creerlo…

—Draco, deja que te presente algo que llamo la Letanía de Tarski. Cambia cada vez que la usas. En esta ocasión va así: si la magia se está desvaneciendo del mundo, quiero creer que la magia se está desvaneciendo del mundo. Si la magia no se está desvaneciendo del mundo, quiero no creer que la magia se está desvaneciendo del mundo. Que no me aferre a creencias que quizá no quiera.

Si vivimos en un mundo donde la magia se desvanece, eso es lo que tenemos que creer; tenemos que saber qué se avecina, para poder detenerlo, o en el peor de los casos, estar preparados para hacer lo que podamos en el tiempo que nos quede. No creerlo no impedirá que ocurra. Así que la única pregunta que tenemos que hacernos es si la magia se está desvaneciendo de verdad, y si ese es el mundo en el que vivimos, entonces eso es lo que queremos creer. Letanía de Gendlin: lo que es verdad ya es así; reconocerlo no lo empeora.

¿Lo has entendido, Draco? Haré que lo memorices más tarde. Es algo que te repites cada vez que empiezas a preguntarte si es buena idea creer algo que en realidad no es cierto. De hecho, quiero que lo digas ahora mismo. Lo que es verdad ya es así; reconocerlo no lo empeora. Dilo.

—Lo que es verdad ya es así —repitió Draco, con la voz temblorosa—, reconocerlo no lo empeora.

—Si la magia se desvanece, quiero creer que la magia se desvanece. Si la magia no se desvanece, quiero no creer que la magia se desvanece. Dilo.

Draco repitió las palabras, con el malestar revolviéndole el estómago.

—Bien —dijo Harry—, recuerda, puede que no esté ocurriendo, y entonces tampoco tendrás que creerlo. Primero solo queremos saber qué está pasando realmente, en qué mundo vivimos realmente. —Harry volvió a su trabajo, garabateó un poco más y luego giró el pergamino para que Draco pudiera verlo. Draco se inclinó sobre el escritorio y Harry acercó la luz verde.

Observación:

La hechicería no es tan poderosa ahora como lo era cuando se fundó Hogwarts.

Hipótesis:

  1. La propia magia se está desvaneciendo.
  2. Los magos se están mezclando con muggles y squibs.
  3. El conocimiento para lanzar hechizos poderosos se está perdiendo.
  4. Los magos están comiendo los alimentos equivocados de niños, o alguna otra cosa aparte de la sangre está haciendo que crezcan más débiles.
  5. La tecnología muggle está interfiriendo con la magia. (¿Desde hace 800 años?)
  6. Los magos más fuertes están teniendo menos hijos. (¿Draco = hijo único? Comprobar si 3 magos poderosos, Quirrell / Dumbledore / Señor Tenebroso, tuvieron hijos.)

Pruebas:

—Muy bien —dijo Harry. Su respiración sonaba un poco más tranquila—. Ahora, cuando estás tratando con un problema confuso y no tienes ni idea de qué está ocurriendo, lo inteligente es encontrar algunas pruebas realmente simples, cosas que puedas mirar enseguida. Necesitamos pruebas rápidas que distingan entre estas hipótesis. Observaciones que saldrían de una forma distinta para al menos una de ellas en comparación con todas las demás.

Draco miró la lista conmocionado. De pronto se estaba dando cuenta de que conocía a muchísimos sangre pura que eran hijos únicos. Él mismo, Vincent, Gregory, prácticamente todos. Los dos magos más poderosos de los que todo el mundo hablaba eran Dumbledore y el Señor Tenebroso, y ninguno de los dos tenía hijos, tal como Harry había sospechado…

—Va a ser muy difícil distinguir entre la 2 y la 6 —dijo Harry—, de cualquier forma está en la sangre; tendrías que intentar rastrear el declive de la hechicería y compararlo con cuántos hijos tenían distintos magos, y medir las capacidades de los nacidos de muggles comparadas con las de los sangre pura… —Los dedos de Harry tamborileaban nerviosamente sobre el escritorio—. Juntemos la 6 con la 2 y llamémosla por ahora la hipótesis de la sangre.

La 4 es improbable porque entonces todo el mundo notaría una caída repentina cuando los magos cambiaran a nuevos alimentos; es difícil ver qué habría cambiado de manera constante durante 800 años. La 5 es improbable por la misma razón: no hay caída repentina, los muggles no hacían nada hace 800 años. La 4 se parece a la 2 y la 5 se parece a la 1, de todos modos. Así que principalmente deberíamos intentar distinguir entre 1, 2 y 3. —Harry giró el pergamino hacia sí, dibujó una elipse alrededor de esos tres números y volvió a girarlo.

—La magia se desvanece, la sangre se debilita, el conocimiento desaparece. ¿Qué prueba sale distinta según cuál de esas sea verdad? ¿Qué podríamos ver que significara que cualquiera de ellas es falsa?

—¡No lo sé! —soltó Draco—. ¿Por qué me lo preguntas a mí? ¡Tú eres el científico!

—Draco —dijo Harry, con una nota de desesperación suplicante en la voz—, ¡yo solo sé lo que saben los científicos muggles! ¡Tú creciste en el mundo mágico, yo no! Sabes más magia que yo y sabes más sobre la magia que yo, y toda esta idea fue tuya al principio, así que empieza a pensar como un científico y resuelve esto.

Draco tragó saliva con dificultad y miró fijamente el papel.

La magia se desvanece… los magos se mezclan con muggles… el conocimiento se está perdiendo…

—¿Qué aspecto tiene el mundo si la magia se desvanece? —dijo Harry Potter—. Tú sabes más sobre magia, deberías adivinarlo tú, no yo. Imagina que estás contando una historia sobre ello, ¿qué ocurre en la historia?

Draco lo imaginó.

—Encantamientos que antes funcionaban dejan de funcionar. —Los magos se despiertan y descubren que sus varitas son palos de madera…

—¿Qué aspecto tiene el mundo si la sangre mágica se debilita?

—La gente no puede hacer cosas que sus antepasados podían hacer.

—¿Qué aspecto tiene el mundo si el conocimiento se está perdiendo?

—La gente no sabe cómo lanzar los encantamientos en primer lugar… —dijo Draco. Se detuvo, sorprendido de sí mismo—. Eso es una prueba, ¿no?

Harry asintió con decisión.

—Esa es una. —La escribió en el pergamino bajo «Pruebas»:

A. ¿Hay hechizos que conocemos pero no podemos lanzar (1 o 2), o los hechizos perdidos ya no se conocen (3)?

—Así que eso distingue entre 1 y 2 por un lado, y 3 por el otro —dijo Harry—. Ahora necesitamos alguna forma de distinguir entre 1 y 2. La magia se desvanece, la sangre se debilita, ¿cómo podríamos notar la diferencia?

—¿Qué clase de encantamientos lanzaban antes los estudiantes en su primer año en Hogwarts? —dijo Draco—. Si antes podían lanzar encantamientos mucho más poderosos, la sangre era más fuerte…

Harry Potter negó con la cabeza.

—O la propia magia era más fuerte. Tenemos que encontrar alguna forma de distinguirlo. —Harry se levantó de la silla y empezó a caminar nerviosamente por el aula—. No, espera, eso aún podría funcionar. Supón que distintos hechizos usan distintas cantidades de energía mágica. Entonces, si la magia ambiental se debilitara, los hechizos poderosos morirían primero, pero los hechizos que todo el mundo aprende en primer curso seguirían igual… —El paso nervioso de Harry se aceleró.

—No es una prueba muy buena, trata más de si se ha perdido la hechicería poderosa frente a si se ha perdido toda la hechicería; la sangre de alguien podría ser demasiado débil para la hechicería poderosa pero lo bastante fuerte para hechizos fáciles… Draco, ¿sabes si los magos más poderosos dentro de una misma época, como magos poderosos solo de este siglo, son más poderosos de niños? Si el Señor Tenebroso hubiera lanzado el encantamiento refrigerante a los once años, ¿podría haber congelado toda la sala?

La cara de Draco se contrajo mientras intentaba recordar.

—No recuerdo haber oído nada sobre el Señor Tenebroso, pero creo que se supone que Dumbledore hizo algo asombroso en sus T.I.M.O.s de Transformaciones en quinto curso… Creo que otros magos poderosos también eran buenos en Hogwarts…

Harry frunció el ceño, todavía caminando de un lado a otro.

—Podrían simplemente estar estudiando mucho. Aun así, si los estudiantes de primer curso aprendían los mismos hechizos y parecían más o menos igual de poderosos entonces que ahora, podríamos considerarlo evidencia débil a favor de la 1 frente a la 2… espera, un momento. —Harry se detuvo donde estaba—. Tengo otra prueba que podría distinguir entre 1 y 2. Llevaría un rato explicarla, usa algunas cosas que los científicos saben sobre la sangre y la herencia, pero es una pregunta fácil de hacer. Y si combinamos mi prueba y tu prueba y ambas salen en la misma dirección, eso es una pista fuerte de la respuesta.

Harry casi corrió de vuelta al escritorio, tomó el pergamino y escribió:

B. ¿Lanzaban los antiguos estudiantes de primer año el mismo tipo de hechizos, con la misma potencia, que ahora? (Evidencia débil a favor de 1 frente a 2, pero la sangre también podría estar perdiendo solo la hechicería poderosa.)

C. Prueba adicional que distingue 1 y 2 usando conocimiento científico sobre la sangre, explicaré más tarde.

—Vale —dijo Harry—, al menos podemos intentar distinguir entre 1, 2 y 3, así que pongámonos con esto enseguida; podemos pensar más pruebas después de hacer las que ya tenemos. Ahora, va a parecer un poco raro que Draco Malfoy y Harry Potter vayan por ahí haciendo preguntas juntos, así que esta es mi idea. Tú recorrerás Hogwarts y buscarás retratos antiguos y les preguntarás qué hechizos aprendían a lanzar durante sus primeros cursos. Son retratos, así que no les parecerá raro que Draco Malfoy haga eso. Yo preguntaré a retratos recientes y a personas vivas sobre hechizos que conocemos pero no podemos lanzar; nadie notará nada inusual si Harry Potter hace preguntas raras. Y tendré que hacer investigación complicada sobre hechizos olvidados, así que quiero que seas tú quien reúna los datos que necesito para mi propia pregunta científica. Es una pregunta sencilla y deberías poder encontrar la respuesta preguntando a retratos. Quizá quieras escribir esto, ¿listo?

Draco se sentó de nuevo y rebuscó en su mochila hasta sacar pergamino y pluma. Cuando los puso sobre el escritorio, Draco levantó la mirada, con expresión decidida.

—Adelante.

—Encuentra retratos que conocieran a una pareja casada de squibs; no pongas esa cara, Draco, es información importante. Simplemente pregunta a retratos recientes que sean Gryffindor o algo así. Encuentra retratos que conocieran a una pareja casada de squibs lo bastante bien como para saber los nombres de todos sus hijos. Escribe el nombre de cada hijo y si ese hijo era mago, squib o muggle. Si no saben si el hijo era squib o muggle, escribe «no mago».

Escríbelo para todos los hijos que tuviera la pareja, no dejes fuera a ninguno. Si el retrato solo conoce el nombre de los hijos mágicos, no los nombres de todos los hijos, entonces no apuntes ningún dato de esa pareja. Es muy importante que solo me traigas datos de alguien que conozca a todos los hijos que tuvo una pareja de squibs, lo bastante bien como para saber sus nombres. Intenta conseguir al menos cuarenta nombres en total, si puedes, y si tienes tiempo para más, mejor aún. ¿Lo has entendido todo?

—Repítelo —dijo Draco cuando terminó de escribir, y Harry lo repitió.

—Lo tengo —dijo Draco—, pero ¿por qué…?

—Tiene que ver con uno de los secretos de la sangre que los científicos ya descubrieron. Te lo explicaré cuando vuelvas. Separémonos y reunámonos aquí dentro de una hora, a las 18:22. ¿Listos?

Draco asintió con decisión. Todo era muy precipitado, pero a él le habían enseñado hacía mucho a precipitarse.

—¡Entonces ve! —dijo Harry Potter, y se arrancó la capa encapuchada, la metió en su bolsa, que empezó a comérsela, y, sin esperar siquiera a que su bolsa terminara, giró sobre sí mismo y comenzó a caminar rápidamente hacia la puerta del aula, chocando con un pupitre y casi cayéndose en su prisa.

Para cuando Draco consiguió quitarse su propia capa y guardarla en la mochila, Harry Potter ya se había ido.

Draco salió casi corriendo por la puerta.