Capítulo 20: El teorema de Bayes
Lo que pueda ser destruido por Rowling debe serlo.
Harry miraba fijamente el techo gris de la pequeña habitación, tumbado en la cama portátil pero blanda que habían colocado allí. Había comido bastantes aperitivos del profesor Quirrell: elaboradas confecciones de chocolate y otras sustancias, espolvoreadas con motitas brillantes y adornadas con diminutas gemas de azúcar, que parecían carísimas y que, de hecho, resultaron estar bastante buenas. Harry no se había sentido ni un poco culpable por ello; se lo había ganado.
No había intentado dormir. Harry tenía la sensación de que no le gustaría lo que pasaría al cerrar los ojos.
No había intentado leer. No habría sido capaz de concentrarse.
Era curioso cómo el cerebro de Harry parecía seguir corriendo y corriendo, sin apagarse nunca por muy cansado que estuviera. Se volvía más tonto, pero se negaba a desconectarse.
Pero había, de verdad que había, una sensación de triunfo.
Programa anti-Señor-Tenebroso-Harry, +1 punto no empezaba siquiera a cubrirlo. Harry se preguntó qué diría ahora el Sombrero Seleccionador, si pudiera ponérselo otra vez en la cabeza.
No era de extrañar que el profesor Quirrell hubiera acusado a Harry de ir por el camino de un Señor Tenebroso. Harry había sido demasiado lento en pillarlo; tendría que haber visto el paralelismo enseguida…
Entiende que el Señor Tenebroso no ganó aquel día. Su objetivo era aprender artes marciales, y aun así se marchó sin recibir ni una sola lección.
Harry había entrado en clase de Pociones con la intención de aprender Pociones. Había salido sin recibir ni una sola lección.
Y el profesor Quirrell lo había oído, lo había entendido con una precisión aterradora, y había extendido la mano para arrancar a Harry de aquel camino, el camino que llevaba a convertirse en una copia de Quien-tú-sabes.
Llamaron a la puerta.
—Las clases han terminado —dijo la voz tranquila del profesor Quirrell.
Harry se acercó a la puerta y de pronto se encontró nervioso. Entonces la tensión disminuyó cuando oyó los pasos del profesor Quirrell alejándose de la puerta.
¿A qué demonios viene eso? ¿Es lo que acabará haciendo que lo despidan?
Harry abrió la puerta y vio que el profesor Quirrell esperaba ahora a varios cuerpos de distancia.
¿También lo nota el profesor Quirrell?
Cruzaron el escenario ya desierto hasta el escritorio del profesor Quirrell, sobre el que el profesor se apoyó; y Harry, como antes, se detuvo antes de llegar a la tarima.
—Bien —dijo el profesor Quirrell. Había en él algo amistoso, de alguna forma, aunque su rostro conservaba su seriedad habitual—. ¿De qué quería hablar conmigo, señor Potter?
Tengo un misterioso lado oscuro. Pero Harry no podía soltarlo así, sin más.
—Profesor Quirrell —dijo Harry—, ¿ya estoy fuera del camino que lleva a convertirse en un Señor Tenebroso?
El profesor Quirrell miró a Harry.
—Señor Potter —dijo solemnemente, con solo un atisbo de sonrisa—, un consejo. Existe algo llamado una actuación demasiado perfecta. Las personas reales que acaban de ser golpeadas y humilladas durante quince minutos no se levantan y perdonan con elegancia a sus enemigos. Es la clase de cosa que uno hace cuando intenta convencer a todo el mundo de que no es Oscuro, no…
—¡No me lo puedo creer! ¡No puede hacer que todas las observaciones posibles confirmen su teoría!
—Y eso ha sido un pelín demasiada indignación.
—¿Qué demonios tengo que hacer para convencerle?
—¿Para convencerme de que no alberga ambiciones de convertirse en un Señor Tenebroso? —dijo el profesor Quirrell, ahora con un aire francamente divertido—. Supongo que podría simplemente levantar la mano derecha.
—¿Qué? —dijo Harry, sin comprender—. Pero puedo levantar la mano derecha tanto si… —Harry se detuvo, sintiéndose bastante estúpido.
—Exacto —dijo el profesor Quirrell—. Puede hacerlo con la misma facilidad en ambos casos. No hay nada que pueda hacer para convencerme, porque yo sabría que eso es exactamente lo que está intentando hacer. Y, si vamos a ser aún más precisos, aunque supongo que apenas es posible que existan personas perfectamente buenas pese a que yo nunca haya conocido a ninguna, sigue siendo improbable que alguien sea golpeado durante quince minutos y luego se levante sintiendo una gran oleada de amable perdón hacia sus agresores.
»Por otro lado, es menos improbable que un niño pequeño imagine que ese es el papel que debe interpretar para convencer a su profesor y a sus compañeros de que no es el próximo Señor Tenebroso. La importancia de un acto no reside en lo que el acto parece en la superficie, señor Potter, sino en los estados mentales que hacen que ese acto sea más o menos probable.
Harry parpadeó. Un mago acababa de explicarle la dicotomía entre la heurística de representatividad y la definición bayesiana de evidencia.
—Pero, por otra parte —dijo el profesor Quirrell—, cualquiera puede querer impresionar a sus amigos. Eso no tiene por qué ser Oscuro. Así que, sin que constituya ningún tipo de admisión, señor Potter, dígame sinceramente: ¿qué pensamiento tenía en mente en el momento en que prohibió cualquier venganza? ¿Era ese pensamiento un impulso verdadero de perdón? ¿O era una conciencia de cómo verían sus compañeros el acto?
A veces componemos nuestra propia canción de fénix.
Pero Harry no lo dijo en voz alta. Estaba claro que el profesor Quirrell no le creería, y probablemente lo respetaría menos por intentar pronunciar una mentira tan transparente.
Tras unos momentos de silencio, el profesor Quirrell sonrió satisfecho.
—Lo crea o no, señor Potter —dijo el profesor—, no tiene por qué temerme por haber descubierto su secreto. No voy a decirle que renuncie a convertirse en el próximo Señor Tenebroso. Si pudiera hacer retroceder las agujas del reloj y eliminar de algún modo esa ambición de la mente de mi yo infantil, mi yo presente no se beneficiaría de la alteración.
»Durante todo el tiempo que creí que ese era mi objetivo, me impulsó a estudiar, aprender, perfeccionarme y hacerme más fuerte. Nos convertimos en lo que estamos destinados a ser siguiendo nuestros deseos allá donde nos conduzcan. Esa es la intuición de Salazar. Pídame que le enseñe la sección de la biblioteca que contiene los mismos libros que leí cuando tenía trece años, y lo conduciré encantado hasta allí.
—Por el amor de la mierda —dijo Harry, y se sentó en el duro suelo de mármol, y luego se tumbó de espaldas, mirando los arcos lejanos del techo. Era lo más cerca que podía estar de desplomarse de desesperación sin hacerse daño.
—Todavía demasiada indignación —observó el profesor Quirrell. Harry no estaba mirando, pero pudo oír la risa contenida en su voz.
Entonces Harry se dio cuenta.
—En realidad, creo que sé qué es lo que le está confundiendo —dijo Harry—. De hecho, eso era de lo que quería hablar con usted. Profesor Quirrell, creo que lo que está viendo es mi misterioso lado oscuro.
Hubo una pausa.
—Su… lado oscuro…
Harry se incorporó. El profesor Quirrell lo contemplaba con una de las expresiones más extrañas que Harry había visto jamás en el rostro de nadie, y mucho menos en alguien tan digno como el profesor Quirrell.
—Ocurre cuando me enfado —explicó Harry—. La sangre se me enfría, todo se vuelve frío, todo parece perfectamente claro… Mirándolo en retrospectiva, lleva conmigo desde hace tiempo: en mi primer año de colegio muggle, alguien intentó quitarme la pelota durante el recreo y yo la sujeté detrás de la espalda y le di una patada en el plexo solar, que había leído que era un punto débil, y después de eso los otros niños no volvieron a molestarme. Y mordí a una profesora de matemáticas cuando no quiso aceptar mi dominio.
»Pero solo recientemente he estado bajo suficiente estrés como para notar que en realidad es, ya sabe, un misterioso lado oscuro, y no solo un problema de control de la ira como dijo la psicóloga del colegio. Y cuando pasa no tengo superpoderes mágicos ni nada; fue una de las primeras cosas que comprobé.
El profesor Quirrell se frotó la nariz.
—Déjeme pensar en esto —dijo.
Harry esperó en silencio durante un minuto completo. Aprovechó ese tiempo para ponerse de pie, lo cual resultó más difícil de lo que había esperado.
—Bien —dijo el profesor Quirrell después de un rato—. Supongo que sí había algo que podía decir para convencerme.
—Ya he adivinado que mi lado oscuro en realidad es solo otra parte de mí y que la respuesta no es no enfadarse jamás, sino aprender a mantener el control aceptándolo; no soy tonto ni nada y he visto esta historia suficientes veces como para saber hacia dónde va, pero es difícil y usted parece la persona indicada para ayudarme.
—Bueno… sí… muy perspicaz por su parte, señor Potter, debo decir… ese lado suyo es, como parece haber deducido ya, su intención de matar, que, como dice, es una parte de usted…
—Y hay que entrenarla —dijo Harry, completando el patrón.
—Y hay que entrenarla, sí. —Aquella expresión extraña seguía en el rostro del profesor Quirrell—. Señor Potter, si de verdad no desea ser el próximo Señor Tenebroso, ¿cuál era entonces la ambición que el Sombrero Seleccionador intentó convencerle de abandonar, la ambición por la que fue seleccionado para Slytherin?
—¡Me seleccionaron para Ravenclaw!
—Señor Potter —dijo el profesor Quirrell, ahora con una sonrisa seca de aspecto mucho más habitual—, sé que está acostumbrado a que todos los que lo rodean sean idiotas, pero le ruego que no me confunda con uno de ellos. La probabilidad de que el Sombrero Seleccionador hiciera su primera broma en ochocientos años mientras estaba sobre su cabeza es tan pequeña que no merece consideración.
»Supongo que apenas es posible que usted chasqueara los dedos e inventara algún método simple e ingenioso para derrotar los hechizos antimanipulación del Sombrero, aunque yo mismo no puedo imaginar tal método. Pero, con muchísimo, la explicación más probable es que Dumbledore decidiera que no estaba contento con la elección del Sombrero para el Niño que Vivió. Esto resulta evidente para cualquiera con la más mínima pizca de sentido común, de modo que su secreto está a salvo en Hogwarts.
Harry abrió la boca y luego volvió a cerrarla con una sensación de completa impotencia. El profesor Quirrell se equivocaba, pero se equivocaba de una forma tan convincente que Harry empezaba a pensar que, sencillamente, era el juicio racional dadas las evidencias disponibles para el profesor Quirrell. Había veces, veces que nunca podían predecirse pero que aun así ocurrían, en las que uno recibía evidencias improbables y la mejor conjetura cognoscible resultaba estar equivocada.
Si tenías una prueba médica que solo fallaba una vez de cada mil, a veces fallaría de todos modos.
—¿Puedo pedirle que no repita nunca lo que estoy a punto de decir? —dijo Harry.
—Por supuesto —dijo el profesor Quirrell—. Considéreme preguntado.
Harry tampoco era tonto.
—¿Puedo considerar que ha dicho que sí?
—Muy bien, señor Potter. Puede considerarlo así, en efecto.
—Profesor Quirrell…
—No repetiré lo que está a punto de decir —dijo el profesor Quirrell, sonriendo.
Ambos se rieron, y luego Harry volvió a ponerse serio.
—El Sombrero Seleccionador sí pareció pensar que acabaría siendo un Señor Tenebroso a menos que fuera a Hufflepuff —dijo Harry—. Pero no quiero serlo.
—Señor Potter… —dijo el profesor Quirrell—. No se tome esto a mal. Le prometo que la respuesta no contará para la nota. Solo quiero saber cuál es su propia respuesta sincera. ¿Por qué no?
Harry volvió a sentir aquella impotencia. No te convertirás en un Señor Tenebroso era un teorema tan obvio en su sistema moral que resultaba difícil describir los pasos reales de la demostración.
—Eh… ¿La gente saldría herida?
—Seguro que ha querido hacer daño a gente —dijo el profesor Quirrell—. Quería hacer daño a esos matones hoy. Ser un Señor Tenebroso significa que las personas a las que usted quiere hacer daño salen heridas.
Harry buscó palabras a tientas y luego decidió ir simplemente con lo obvio.
—Para empezar, solo porque quiera hacer daño a alguien no significa que esté bien…
—¿Y qué hace que algo esté bien, si no que usted lo quiera?
—Ah —dijo Harry—, utilitarismo de preferencias.
—¿Perdone? —dijo el profesor Quirrell.
—Es la teoría ética según la cual lo bueno es lo que satisface las preferencias del mayor número de personas…
—No —dijo el profesor Quirrell. Sus dedos se frotaron el puente de la nariz—. No creo que eso sea exactamente lo que intentaba decir. Señor Potter, al final las personas hacen lo que quieren hacer. A veces la gente da nombres como «correcto» a las cosas que quiere hacer, pero ¿cómo podríamos actuar sobre la base de algo que no fueran nuestros propios deseos?
—Bueno, obviamente —dijo Harry—. No podría actuar por consideraciones morales si estas carecieran del poder de moverme. ¡Pero eso no significa que mi deseo de hacer daño a esos Slytherin tenga más poder para moverme que las consideraciones morales!
El profesor Quirrell parpadeó.
—Por no mencionar —dijo Harry— que ser un Señor Tenebroso significaría que también saldrían heridas muchas personas inocentes que pasaban por allí.
—¿Y por qué le importa eso? —dijo el profesor Quirrell—. ¿Qué han hecho ellos por usted?
Harry se rio.
—Oh, eso ha sido más o menos tan sutil como La rebelión de Atlas.
—¿Perdone? —dijo de nuevo el profesor Quirrell.
—Es un libro que mis padres no me dejaban leer porque pensaban que me corrompería, así que naturalmente lo leí de todos modos y me ofendió que pensaran que caería en trampas tan obvias. Bla, bla, bla, apelar a mi sentido de superioridad, la gente intenta mantenerme abajo, bla, bla, bla.
—¿Así que está diciendo que tengo que hacer mis trampas menos obvias? —dijo el profesor Quirrell. Se dio un golpecito con un dedo en la mejilla, con aspecto pensativo—. Puedo trabajar en eso.
Ambos se rieron.
—Pero, volviendo a la pregunta actual —dijo el profesor Quirrell—, ¿qué han hecho por usted todas esas otras personas?
—¡Otras personas han hecho muchísimo por mí! —dijo Harry—. Mis padres me acogieron cuando mis padres murieron porque eran buenas personas, ¡y convertirse en un Señor Tenebroso sería traicionar eso!
El profesor Quirrell guardó silencio durante un tiempo.
—Confieso —dijo el profesor Quirrell en voz baja— que, cuando yo tenía su edad, ese pensamiento no se me habría podido ocurrir jamás.
—Lo siento —dijo Harry.
—No lo sienta —dijo el profesor Quirrell—. Fue hace mucho, y resolví mis problemas parentales a mi propia satisfacción. Así que lo frena pensar en la desaprobación de sus padres. ¿Significa eso que, si murieran en un accidente, ya no quedaría nada que le impidiera…?
—No —dijo Harry—. Simplemente no. Fue su impulso de bondad lo que me protegió. Ese impulso no está solo en mis padres. Y ese impulso es lo que sería traicionado.
—En cualquier caso, señor Potter, no ha respondido a mi pregunta original —dijo finalmente el profesor Quirrell—. ¿Cuál es su ambición?
—Oh —dijo Harry—. Eh… —Ordenó sus pensamientos—. Entender todo lo importante que hay que saber sobre el universo, aplicar ese conocimiento para volverme omnipotente y usar ese poder para reescribir la realidad porque tengo algunas objeciones sobre cómo funciona ahora.
Hubo una ligera pausa.
—Perdóneme si es una pregunta estúpida, señor Potter —dijo el profesor Quirrell—, pero ¿está seguro de que no acaba de confesar que quiere ser un Señor Tenebroso?
—Eso solo es si usas tu poder para el mal —explicó Harry—. Si usas el poder para el bien, eres un Señor de la Luz.
—Ya veo —dijo el profesor Quirrell. Se dio un golpecito con un dedo en la otra mejilla—. Supongo que puedo trabajar con eso. Pero, señor Potter, aunque el alcance de su ambición es digno del propio Salazar, ¿cómo propone exactamente llevarla a cabo? ¿El primer paso es convertirse en un gran mago de combate, o en jefe de los Inefables, o en ministro de Magia, o…?
—El primer paso es convertirme en científico.
El profesor Quirrell miraba a Harry como si se hubiera convertido en un gato.
—Un científico —dijo el profesor Quirrell después de un rato.
Harry asintió.
—¿Un científico? —repitió el profesor Quirrell.
—Sí —dijo Harry—. Alcanzaré mis objetivos mediante el poder… ¡de la Ciencia!
—¡Un científico! —dijo el profesor Quirrell. Había verdadera indignación en su rostro, y su voz se había vuelto más fuerte y aguda—. ¡Podría ser el mejor de todos mis alumnos! ¡El mayor mago de combate que haya salido de Hogwarts en cinco décadas! ¡No puedo imaginarlo desperdiciando sus días con una bata blanca de laboratorio haciendo cosas inútiles a ratas!
—¡Eh! —dijo Harry—. ¡La ciencia es más que eso! Aunque no es que haya nada malo en experimentar con ratas, por supuesto. Pero la ciencia es la forma de entender y controlar el universo…
—Idiota —dijo el profesor Quirrell, con una voz de intensidad baja y amarga—. Es usted un idiota, Harry Potter. —Se pasó una mano por la cara, y cuando la mano hubo pasado, su rostro estaba más tranquilo—. O, más probablemente, aún no ha encontrado su verdadera ambición. ¿Puedo recomendarle encarecidamente que intente convertirse en un Señor Tenebroso en su lugar? Haré todo lo que esté en mi mano para ayudarlo, como servicio público.
—No le gusta la ciencia —dijo Harry lentamente—. ¿Por qué no?
—¡Esos idiotas muggles nos matarán a todos algún día! —La voz del profesor Quirrell había subido—. ¡Le pondrán fin! ¡A todo!
Harry se sentía un poco perdido.
—¿Estamos hablando de armas nucleares?
—¡Sí, armas nucleares! —El profesor Quirrell casi gritaba ya—. ¡Ni siquiera El-que-no-debe-ser-nombrado las usó jamás, quizá porque no quería gobernar sobre un montón de cenizas! ¡Nunca deberían haberse fabricado! ¡Y solo irá a peor con el tiempo! —El profesor Quirrell estaba erguido, en vez de apoyado en su escritorio—. ¡Hay puertas que no se abren, sellos que no se rompen! Los imbéciles que no pueden resistirse a trastear mueren a manos de los peligros menores al principio, y los supervivientes saben todos que hay secretos que no se comparten con nadie que carezca de la inteligencia y la disciplina necesarias para descubrirlos por sí mismo. ¡Todo mago poderoso lo sabe! ¡Incluso los Magos Tenebrosos más terribles lo saben! ¡Y esos muggles idiotas no parecen ser capaces de entenderlo! ¡Los pequeños necios entusiastas que descubrieron el secreto de las armas nucleares no se lo guardaron, se lo contaron a sus políticos idiotas y ahora tenemos que vivir bajo la amenaza constante de la aniquilación!
Aquella era una forma de ver las cosas bastante distinta de aquella con la que Harry había crecido. Nunca se le había ocurrido que los físicos nucleares deberían haber formado una conspiración de silencio para mantener el secreto de las armas nucleares lejos de cualquiera que no fuera lo bastante inteligente como para ser físico nuclear. La idea era intrigante, como mínimo. ¿Habrían tenido contraseñas secretas? ¿Habrían llevado máscaras?
(De hecho, por lo que sabía Harry, podía haber toda clase de secretos increíblemente destructivos que los físicos guardaban para sí, y el secreto de las armas nucleares podía ser el único que se hubiera escapado a la naturaleza. El mundo tendría el mismo aspecto para él en cualquiera de los dos casos.)
—Tendré que pensarlo —dijo Harry al profesor Quirrell—. Es una idea nueva para mí. Y uno de los secretos ocultos de la ciencia, transmitido por unos pocos profesores excepcionales a sus estudiantes de doctorado, es cómo evitar tirar por el retrete las ideas nuevas en el mismo instante en que oyes una que no te gusta.
El profesor Quirrell parpadeó de nuevo.
—¿Hay algún tipo de ciencia que sí apruebe? —dijo Harry—. ¿La medicina, quizá?
—Los viajes espaciales —dijo el profesor Quirrell—. Pero los muggles parecen ir arrastrando los pies en el único proyecto que podría haber permitido al mundo mágico escapar de este planeta antes de que lo hagan estallar.
Harry asintió.
—También soy un gran fan del programa espacial. Al menos eso tenemos en común.
El profesor Quirrell miró a Harry. Algo titiló en los ojos del profesor.
—Tendré su palabra, su promesa y su juramento de que nunca hablará de lo que sigue.
—La tiene —dijo Harry de inmediato.
—Procure cumplir su juramento o no le gustarán las consecuencias —dijo el profesor Quirrell—. Ahora voy a lanzar un hechizo raro y poderoso, no sobre usted, sino sobre el aula que nos rodea. Quédese quieto, para no tocar los límites del hechizo una vez lanzado. No debe interactuar con la magia que estoy manteniendo. Mire únicamente. Si no, terminaré el hechizo. —El profesor Quirrell hizo una pausa—. Y procure no caerse.
Harry asintió, desconcertado y expectante.
El profesor Quirrell alzó su varita y dijo algo que los oídos y la mente de Harry no pudieron captar en absoluto, palabras que pasaron por alto la conciencia y se desvanecieron en el olvido.
El mármol en un radio corto alrededor de los pies de Harry permaneció constante. Todo el resto del mármol del suelo desapareció, las paredes y los techos desaparecieron.
Harry estaba de pie sobre un pequeño círculo de mármol blanco en medio de un campo interminable de estrellas, que ardían terriblemente brillantes e inmóviles. No había Tierra, ni Luna, ni Sol que Harry reconociera. El profesor Quirrell permanecía en el mismo lugar de antes, flotando en mitad del campo estelar. La Vía Láctea ya era visible como un gran lavado de luz, y se volvió más brillante a medida que la visión de Harry se ajustaba a la oscuridad.
La visión tiró del corazón de Harry como nada que hubiera visto nunca.
—¿Estamos… en el espacio…?
—No —dijo el profesor Quirrell. Su voz era triste y reverente—. Pero es una imagen verdadera.
A Harry se le llenaron los ojos de lágrimas. Se las limpió frenéticamente; no iba a perderse aquello por culpa de un poco de agua estúpida emborronándole la visión.
Las estrellas ya no eran pequeñas joyas engastadas en una gigantesca cúpula de terciopelo, como lo eran en el cielo nocturno de la Tierra. Allí no había cielo encima, ni esfera envolvente. Solo puntos de luz perfecta contra una negrura perfecta, un vacío infinito y vacío con incontables agujeritos diminutos por los que brillaba el resplandor de algún reino inimaginable más allá.
En el espacio, las estrellas parecían terriblemente, terriblemente, terriblemente lejanas.
Harry siguió secándose los ojos, una y otra vez.
—A veces —dijo el profesor Quirrell con una voz tan baja que casi no estaba allí—, cuando este mundo defectuoso parece inusualmente odioso, me pregunto si tal vez habrá algún otro lugar, muy lejos, donde debería haber estado. No consigo imaginar cómo sería ese lugar, y si ni siquiera puedo imaginarlo, ¿cómo voy a creer que existe? Y aun así el universo es tan, tan ancho, y quizá exista de todos modos. Pero las estrellas están tan, tan lejos.
»Haría falta muchísimo tiempo para llegar allí, incluso si conociera el camino. Y me pregunto qué soñaría, si durmiera durante muchísimo tiempo…
Aunque sintió que era un sacrilegio, Harry consiguió susurrar:
—Por favor, déjeme quedarme aquí un rato.
El profesor Quirrell asintió, allí donde estaba de pie sin soporte contra las estrellas.
Era fácil olvidar el pequeño círculo de mármol sobre el que uno se encontraba, y su propio cuerpo, y convertirse en un punto de conciencia que podía estar quieto, o podía estar moviéndose. Con todas las distancias incalculables, no había forma de saberlo.
Hubo un tiempo sin tiempo.
Y entonces las estrellas desaparecieron y el aula regresó.
—Lo siento —dijo el profesor Quirrell—, pero estamos a punto de tener compañía.
—Está bien —susurró Harry—. Ha sido suficiente. —Jamás olvidaría aquel día, y no por las cosas sin importancia que habían pasado antes. Aprendería a lanzar aquel hechizo aunque fuera lo último que aprendiera en su vida.
Entonces las pesadas puertas de roble del aula salieron disparadas de sus goznes y patinaron por el suelo de mármol con un chirrido agudo.
—¡QUIRINUS! ¡CÓMO TE ATREVES!
Como un vasto nubarrón de tormenta, un mago anciano y poderoso entró soplando en la sala, con una expresión de ira tan incandescente en el rostro que la mirada severa que antes había dirigido a Harry parecía nada en comparación.
Hubo un tirón de desorientación en la mente de Harry cuando la parte que quería salir corriendo y gritando de lo más aterrador que había visto nunca salió huyendo, haciendo rotar a su lugar una parte de él capaz de soportar el impacto.
Ninguna de las facetas de Harry estaba contenta por que les hubieran interrumpido la contemplación de las estrellas.
—Director Albus Percival… —empezó a decir Harry en tonos gélidos.
¡BAM! La mano del profesor Quirrell cayó con fuerza sobre su escritorio.
—¡Señor Potter! —ladró el profesor Quirrell—. ¡Este es el director de Hogwarts y usted es un simple alumno! ¡Se dirigirá a él de manera apropiada!
Harry miró al profesor Quirrell.
El profesor Quirrell lo estaba mirando con severidad.
Ninguno de los dos sonrió.
Las largas zancadas de Dumbledore se habían detenido ante el lugar donde Harry estaba frente a la tarima y el profesor Quirrell junto a su escritorio. El director los miraba a ambos con asombro.
—Lo siento —dijo Harry con tonos dócilmente educados—. Director, gracias por querer protegerme, pero el profesor Quirrell hizo lo correcto.
Lentamente, la expresión de Dumbledore cambió de algo que habría vaporizado acero a algo meramente enfadado.
—¡He oído a estudiantes decir que este hombre hizo que Slytherin mayores abusaran de ti! ¡Que te prohibió defenderte!
Harry asintió.
—Sabía exactamente qué era lo que me pasaba y me enseñó cómo arreglarlo.
—Harry, ¿de qué estás hablando?
—Le estaba enseñando a perder —dijo secamente el profesor Quirrell—. Es una habilidad vital importante.
Era evidente que Dumbledore seguía sin entender, pero su voz había bajado de registro.
—Harry… —dijo lentamente—. Si hay alguna amenaza que el profesor de Defensa te haya hecho para impedir que te quejes…
Lunático, después de hoy, precisamente hoy, ¿de verdad crees que yo…?
—Director —dijo Harry, intentando parecer avergonzado—, lo que me pasa no es que guarde silencio sobre profesores abusivos.
El profesor Quirrell soltó una risita.
—No perfecto, señor Potter, pero lo bastante bueno para su primer día. Director, ¿se quedó lo suficiente para oír lo de los cincuenta y un puntos para Ravenclaw, o salió hecho una furia en cuanto oyó la primera parte?
Una breve expresión de desconcierto cruzó el rostro de Dumbledore, seguida de sorpresa.
—¿Cincuenta y un puntos para Ravenclaw?
El profesor Quirrell asintió.
—Él no los esperaba, pero me pareció apropiado. Dígale a la profesora McGonagall que creo que la historia de lo que el señor Potter tuvo que pasar para recuperar los puntos perdidos servirá igual de bien para defender su postura. No, director, el señor Potter no me dijo nada. Es fácil ver qué parte de los sucesos de hoy fue obra suya, igual que sé que el compromiso final fue una sugerencia de usted. Aunque me pregunto cómo demonios pudo el señor Potter imponerse tanto a Snape como a usted, y luego cómo la profesora McGonagall consiguió imponerse a él.
De algún modo Harry logró controlar su cara. ¿Era tan obvio para un Slytherin de verdad?
Dumbledore se acercó más a Harry, escrutándolo.
—Tienes un color un poco raro, Harry —dijo el viejo mago. Observó de cerca el rostro de Harry—. ¿Qué has comido hoy?
—¿Qué? —dijo Harry, con la mente tambaleándose en súbita confusión. ¿Por qué iba a preguntar Dumbledore por cordero frito y brócoli en láminas finas cuando eso era aproximadamente la última causa probable de…?
El viejo mago se enderezó.
—No importa, entonces. Creo que estás bien.
El profesor Quirrell tosió, fuerte y deliberadamente. Harry miró al profesor y vio que el profesor Quirrell miraba con agudeza a Dumbledore.
—¡Ajém! —dijo de nuevo el profesor Quirrell.
Dumbledore y el profesor Quirrell clavaron la mirada el uno en el otro, y algo pareció pasar entre ellos.
—Si no se lo dice usted —dijo entonces el profesor Quirrell—, se lo diré yo, aunque me despida por ello.
Dumbledore suspiró y volvió a mirar a Harry.
—Me disculpo por invadir tu privacidad mental, señor Potter —dijo formalmente el director—. Mi único propósito era determinar si el profesor Quirrell había hecho lo mismo.
¿Qué?
La confusión duró exactamente el tiempo que Harry tardó en entender lo que acababa de ocurrir.
—¡Usted…!
—Con calma, señor Potter —dijo el profesor Quirrell. Su rostro, sin embargo, estaba duro mientras miraba a Dumbledore.
—La legeremancia se confunde a veces con el sentido común —dijo el director—. Pero deja rastros que otro legeremante hábil puede detectar. Eso fue todo lo que busqué, señor Potter, y te hice una pregunta irrelevante para asegurarme de que no pensaras en nada importante mientras miraba.
—¡Debería haber preguntado primero!
El profesor Quirrell negó con la cabeza.
—No, señor Potter, el director tenía cierta justificación para sus preocupaciones, y si le hubiera pedido permiso usted habría pensado exactamente en aquellas cosas que no deseaba que él viera. —La voz del profesor Quirrell se volvió más aguda—. ¡Me preocupa bastante más, director, que usted no viera ninguna necesidad de decírselo después!
—Ahora ha hecho más difícil confirmar su privacidad mental en ocasiones futuras —dijo Dumbledore. Obsequió al profesor Quirrell con una mirada fría—. ¿Era esa su intención, me pregunto?
La expresión del profesor Quirrell era implacable.
—Hay demasiados legeremantes en este colegio. Insisto en que el señor Potter reciba instrucción en oclumancia. ¿Me permitirá ser su tutor?
—Por supuesto que no —dijo Dumbledore de inmediato.
—No lo creía. Entonces, ya que lo ha privado de mis servicios gratuitos, usted pagará las clases del señor Potter con un instructor de oclumancia autorizado.
—Esos servicios no son baratos —dijo Dumbledore, mirando al profesor Quirrell con cierta sorpresa—. Aunque tengo ciertos contactos…
El profesor Quirrell negó firmemente con la cabeza.
—No. El señor Potter pedirá a su gestor de cuenta en Gringotts que recomiende a un instructor neutral. Con el debido respeto, director Dumbledore, después de los acontecimientos de esta mañana debo protestar contra que usted o sus amigos tengan acceso a la mente del señor Potter. También debo insistir en que el instructor haya hecho un Juramento Inquebrantable de no revelar nada, y en que acepte que se le lance un encantamiento desmemorizante después de cada sesión.
Dumbledore fruncía el ceño.
—Esos servicios son extremadamente caros, como bien sabe, y no puedo evitar preguntarme por qué los considera necesarios.
—Si el problema es el dinero —intervino Harry—, tengo algunas ideas para ganar grandes cantidades de dinero rápidamente…
—Gracias, Quirinus, ahora su sabiduría resulta bastante evidente y lamento haberla discutido. Su preocupación por Harry Potter también lo honra.
—De nada —dijo el profesor Quirrell—. Espero que no ponga objeciones si sigo haciendo de él un foco particular de mis atenciones. —El rostro del profesor Quirrell estaba ahora muy serio, y muy quieto.
Dumbledore miró a Harry.
—También es mi deseo —dijo Harry.
—Así que así va a ser… —dijo lentamente el viejo mago. Algo extraño pasó por su rostro—. Harry… debes comprender que si eliges a este hombre como profesor y amigo, como tu primer mentor, entonces de una forma u otra lo perderás, y la manera en que lo pierdas puede o no permitirte recuperarlo jamás.
Eso no se le había ocurrido a Harry. Pero estaba aquella maldición sobre el puesto de Defensa… una que aparentemente había funcionado con perfecta regularidad durante décadas…
—Probablemente —dijo el profesor Quirrell en voz baja—, pero dispondrá plenamente de mí mientras dure.
Dumbledore suspiró.
—Supongo que es económico, al menos, dado que como profesor de Defensa ya está condenado de alguna manera desconocida.
Harry tuvo que esforzarse para reprimir su expresión al darse cuenta de lo que Dumbledore había estado insinuando en realidad.
—Informaré a la señora Pince de que el señor Potter tiene permiso para obtener libros sobre oclumancia —dijo Dumbledore.
—Hay un entrenamiento preliminar que debe hacer por su cuenta —dijo el profesor Quirrell a Harry—. Y le sugiero que se dé prisa.
Harry asintió.
—Me despido de ustedes entonces —dijo Dumbledore. Inclinó la cabeza hacia Harry y hacia el profesor Quirrell, y se marchó, caminando algo despacio.
—¿Puede lanzar el hechizo otra vez? —dijo Harry en cuanto Dumbledore se hubo ido.
—Hoy no —dijo el profesor Quirrell en voz baja—, y me temo que mañana tampoco. Me deja bastante agotado lanzarlo, aunque cuesta menos mantenerlo, y por eso normalmente prefiero sostenerlo todo el tiempo posible. Esta vez lo lancé por impulso. Si hubiera pensado y me hubiera dado cuenta de que podían interrumpirnos…
Dumbledore era ahora la persona menos favorita de Harry en todo el mundo.
Ambos suspiraron.
—Aunque solo llegue a verlo una vez —dijo Harry—, nunca dejaré de estarle agradecido.
El profesor Quirrell asintió.
—¿Ha oído hablar del programa Pioneer? —dijo Harry—. Eran sondas que pasarían cerca de distintos planetas y harían fotos. Dos de las sondas acabarían en trayectorias que las sacarían del Sistema Solar hacia el espacio interestelar. Así que les pusieron una placa dorada, con un dibujo de un hombre y una mujer, y que mostraba dónde encontrar nuestro Sol en la galaxia.
El profesor Quirrell guardó silencio un momento y luego sonrió.
—Dígame, señor Potter, ¿puede adivinar qué pensamiento me pasó por la mente cuando terminé de reunir los treinta y siete elementos de la lista de cosas que nunca haría como Señor Tenebroso? Póngase en mi lugar, imagínese en mi posición, y adivine.
Harry se imaginó repasando una lista de treinta y siete cosas que no debía hacer una vez se convirtiera en Señor Tenebroso.
—Decidió que, si tenía que seguir toda la lista todo el tiempo, no tendría mucho sentido convertirse en Señor Tenebroso para empezar —dijo Harry.
—Exactamente —dijo el profesor Quirrell. Estaba sonriendo de oreja a oreja—. Así que voy a violar la regla dos, que era simplemente «no alardear», y le contaré algo que he hecho. No veo cómo podría hacer daño el conocimiento. Y sospecho firmemente que usted lo habría averiguado de todos modos cuando nos conociéramos lo suficiente. No obstante… tendré su juramento de que nunca hablará de lo que estoy a punto de contarle.
—¡Lo tiene! —Harry tenía la sensación de que aquello iba a ser realmente bueno.
—Estoy suscrito a un boletín muggle que me mantiene informado de los avances en viajes espaciales. No supe de Pioneer 10 hasta que informaron de su lanzamiento. Pero cuando descubrí que Pioneer 11 también abandonaría el Sistema Solar para siempre —dijo el profesor Quirrell, con la sonrisa más amplia que Harry le había visto hasta entonces—, me colé en la NASA, sí, y lancé un encantador hechicito sobre esa encantadora placa dorada que hará que dure mucho más de lo que habría durado de otra forma.
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—Sí —dijo el profesor Quirrell, que ahora parecía estar unos quince metros más alto—, pensé que esa podría ser su reacción.
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—¿Señor Potter?
—…No se me ocurre nada que decir.
—«Usted gana» parece apropiado —dijo el profesor Quirrell.
—Usted gana —dijo Harry de inmediato.
—¿Ve? —dijo el profesor Quirrell—. Solo podemos imaginar en qué gigantesco montón de problemas se habría metido si hubiera sido incapaz de decir eso.
Ambos se rieron.
A Harry se le ocurrió otro pensamiento.
—No añadió ninguna información extra a la placa, ¿verdad?
—¿Información extra? —dijo el profesor Quirrell, sonando como si la idea no se le hubiera ocurrido nunca y le resultara bastante intrigante.
Lo cual hizo sospechar bastante a Harry, teniendo en cuenta que él había tardado menos de un minuto en pensarlo.
—¿Quizá incluyó un mensaje holográfico como en Star Wars? —dijo Harry—. O… hm. Un retrato parece almacenar el equivalente a todo un cerebro humano de información… no podría haber añadido masa extra a la sonda, pero quizá podría haber convertido una parte existente en un retrato de usted mismo. O encontró a un voluntario que se estaba muriendo de una enfermedad terminal, lo coló en la NASA y lanzó un hechizo para asegurarse de que su fantasma acabara en la placa…
—Señor Potter —dijo el profesor Quirrell, con la voz de pronto afilada—, un hechizo que requiriera una muerte humana sin duda sería clasificado por el Ministerio como Artes Oscuras, con independencia de las circunstancias. No debería oírse a los estudiantes hablar de tales cosas.
Y lo increíble de la forma en que lo dijo el profesor Quirrell fue lo perfectamente que mantenía la negación plausible. Lo había dicho con exactamente el tono apropiado para alguien que no estaba dispuesto a discutir tales cosas y pensaba que los estudiantes debían apartarse de ellas. Harry sinceramente no sabía si el profesor Quirrell estaba simplemente esperando a hablar del tema hasta que Harry hubiera aprendido a proteger su mente.
—Entendido —dijo Harry—. No hablaré con nadie más de esa idea.
—Le ruego que sea discreto con todo el asunto, señor Potter —dijo el profesor Quirrell—. Prefiero pasar por la vida sin atraer la atención pública. No encontrará nada en los periódicos sobre Quirinus Quirrell hasta que decidí que era hora de enseñar Defensa en Hogwarts.
Eso parecía un poco triste, pero Harry lo entendía. Entonces Harry se dio cuenta de las implicaciones.
—Entonces, exactamente cuántas cosas alucinantes ha hecho de las que nadie más sabe nada…
—Oh, algunas —dijo el profesor Quirrell—. Pero creo que ya basta por hoy, señor Potter; confieso que me siento un poco cansado…
—Lo entiendo. Y gracias. Por todo.
El profesor Quirrell asintió, pero se apoyaba con más fuerza en su escritorio.
Harry se despidió rápidamente.