Aviso: J. K. Rowling es propietaria de Harry Potter, y nadie es propietario de los métodos de la racionalidad. Traducción del capítulo 2 de Harry Potter and the Methods of Rationality, de Eliezer Yudkowsky. La página oficial de HPMOR enlaza esta obra como fanfic autorizado y el propio autor dice que cualquiera puede tomar material de sus fanfics. (LessWrong)


—Por supuesto que fue culpa mía. No hay nadie más aquí que pueda ser responsable de nada.


—Bien, solo para que quede claro —dijo Harry—: si la profesora te hace levitar, papá, cuando tú sabes que no estás sujeto a ningún cable, eso contará como prueba suficiente. No vas a darte la vuelta y decir que es un truco de magia. Eso no sería juego limpio. Si crees que podrías reaccionar así, deberías decirlo ahora, y podemos diseñar otro experimento.

El padre de Harry, el profesor Michael Verres-Evans, puso los ojos en blanco.

—Sí, Harry.

—Y tú, mamá: tu teoría dice que la profesora debería ser capaz de hacer esto, y si no ocurre, admitirás que estás equivocada. Nada de que la magia no funciona cuando la gente es escéptica o cosas por el estilo.

La subdirectora Minerva McGonagall observaba a Harry con una expresión divertida y perpleja. Tenía un aspecto muy de bruja con sus túnicas negras y su sombrero puntiagudo, pero cuando hablaba sonaba formal y escocesa, cosa que no pegaba en absoluto con su apariencia. A primera vista parecía alguien que debería cacarear y meter bebés en calderos, pero todo el efecto se echaba a perder en cuanto abría la boca.

—¿Es suficiente, señor Potter? —dijo—. ¿Procedo con la demostración?

—¿Suficiente? Probablemente no —dijo Harry—. Pero al menos ayudará. Adelante, subdirectora.

—Con «profesora» bastará —dijo ella, y luego—: Wingardium Leviosa.

Harry miró a su padre.

—Ah —dijo Harry.

Su padre le devolvió la mirada.

—Ah —repitió su padre.

Entonces el profesor Verres-Evans volvió a mirar a la profesora McGonagall.

—Muy bien, ya puede bajarme.

Su padre descendió con cuidado hasta tocar el suelo.

Harry se pasó una mano por el pelo. Quizá era solo aquella parte extraña de él que ya estaba convencida, pero…

—Esto es un poco anticlimático —dijo Harry—. Uno pensaría que habría algún acontecimiento mental más dramático asociado a actualizarse ante una observación de probabilidad infinitesimal…

Harry se interrumpió. Mamá, la bruja e incluso su padre le estaban poniendo otra vez aquella cara.

—Quiero decir, al descubrir que todo lo que creo es falso.

En serio, debería haber sido más dramático. Su cerebro debería haber estado vaciando todo su inventario actual de hipótesis sobre el universo, ninguna de las cuales permitía que aquello ocurriera. Pero, en vez de eso, su cerebro parecía limitarse a decir: Muy bien, he visto a la profesora de Hogwarts agitar su varita y hacer que tu padre se eleve en el aire. ¿Y ahora qué?

La señora bruja les sonreía con benevolencia, bastante divertida.

—¿Le gustaría otra demostración, señor Potter?

—No hace falta —dijo Harry—. Hemos realizado un experimento definitivo. Pero…

Harry vaciló. No podía evitarlo. En realidad, dadas las circunstancias, no debía evitarlo. Era correcto y apropiado sentir curiosidad.

—¿Qué más puede hacer?

La profesora McGonagall se convirtió en un gato.

Harry retrocedió sin pensar, caminando hacia atrás tan deprisa que tropezó con una pila suelta de libros y cayó sentado con fuerza, con un golpe seco. Sus manos bajaron para amortiguar la caída, pero no llegaron a colocarse bien, y un latigazo de advertencia le recorrió el hombro al recibir el peso sin apoyo.

Al instante, la pequeña gata atigrada volvió a transformarse en una mujer con túnica.

—Lo siento, señor Potter —dijo la bruja, con un tono que sonaba sincero, aunque las comisuras de sus labios se le estaban curvando hacia arriba—. Debería haberle avisado.

Harry respiraba en jadeos cortos. Su voz salió ahogada.

—¡No puede HACER eso!

—Solo es una Transfiguración —dijo la profesora McGonagall—. Una transformación de animaga, para ser exactos.

—¡Se ha convertido en un gato! ¡Un gato PEQUEÑO! ¡Ha violado la conservación de la energía! ¡Y eso no es una regla arbitraria, está implicado por la forma del hamiltoniano cuántico! ¡Si se rechaza, se destruye la unitariedad y entonces obtienes señalización FTL! ¡Y los gatos son COMPLICADOS! Una mente humana no puede limitarse a visualizar toda la anatomía de un gato, y… y toda la bioquímica felina, ¿y qué pasa con la neurología? ¿Cómo puede seguir pensando con un cerebro del tamaño del de un gato?

Los labios de la profesora McGonagall temblaban ahora con más fuerza.

—Magia.

—¡La magia no basta para hacer eso! ¡Tendría que ser una diosa!

La profesora McGonagall parpadeó.

—Es la primera vez que me llaman eso.

La visión de Harry empezó a nublarse mientras su cerebro comenzaba a comprender lo que acababa de romperse. La idea entera de un universo unificado con leyes matemáticamente regulares; eso era lo que se había ido por el retrete. La noción entera de la física.

Tres mil años de reducir cosas grandes y complicadas a piezas más pequeñas; de descubrir que la música de los planetas era la misma melodía que la de una manzana al caer; de encontrar que las leyes verdaderas eran perfectamente universales, sin excepciones en ninguna parte, y tomaban la forma de matemáticas sencillas que gobernaban las partes más pequeñas. Por no mencionar que la mente era el cerebro, y que el cerebro estaba hecho de neuronas, y que el cerebro era lo que una persona era…

Y entonces una mujer se convirtió en un gato. Pues hasta aquí hemos llegado.

Cien preguntas lucharon por la prioridad en los labios de Harry, y la ganadora salió a borbotones:

—Y… y ¿qué clase de fórmula mágica es Wingardium Leviosa? ¿Quién inventa las palabras de estos hechizos, niños de preescolar?

—Ya basta, señor Potter —dijo la profesora McGonagall con sequedad, aunque sus ojos brillaban de diversión contenida—. Si desea aprender sobre magia, le sugiero que terminemos el papeleo para que pueda ir a Hogwarts.

—Vale —dijo Harry, algo aturdido.

Reunió sus pensamientos. La Marcha de la Razón tendría que empezar de nuevo, eso era todo; todavía tenían el método experimental, y eso era lo importante.

—Entonces, ¿cómo llego a Hogwarts?

Una risa ahogada escapó de la profesora McGonagall, como si se la hubieran arrancado con pinzas.

—Espera un momento, Harry —dijo su padre—. ¿Recuerdas por qué no has estado yendo al colegio hasta ahora? ¿Qué pasa con tu problema?

La profesora McGonagall giró en redondo para mirar a Michael.

—¿Su problema? ¿Qué problema?

—No duermo bien —dijo Harry. Agitó las manos, impotente—. Mi ciclo de sueño dura veintiséis horas. Siempre me duermo dos horas más tarde, cada día. No puedo dormirme antes, y luego al día siguiente me duermo otras dos horas más tarde. Las diez de la noche, medianoche, las dos de la madrugada, las cuatro de la madrugada, hasta que da la vuelta al reloj. Aunque intente despertarme pronto, no cambia nada y paso el día entero hecho polvo. Por eso no he ido a un colegio normal hasta ahora.

—Una de las razones —dijo su madre.

Harry le lanzó una mirada asesina.

McGonagall emitió un largo «hmmmm».

—No recuerdo haber oído hablar de un problema así antes… —dijo lentamente—. Lo consultaré con madame Pomfrey para ver si conoce algún remedio.

Entonces se le iluminó la cara.

—No, estoy segura de que no será un problema. Encontraré una solución a tiempo. Ahora —y su mirada volvió a afilarse—, ¿cuáles son esas otras razones?

Harry miró con furia a sus padres.

—Soy objetor de conciencia al reclutamiento infantil, sobre la base de que no debería tener que sufrir por el fracaso de un sistema escolar en descomposición para proporcionar profesores o materiales de estudio siquiera mínimamente adecuados.

Los dos padres de Harry soltaron una carcajada, como si todo aquello fuera una gran broma.

—Oh —dijo el padre de Harry, con los ojos brillantes—. ¿Así que por eso mordiste a una profesora de matemáticas en tercero?

—¡No sabía lo que era un logaritmo!

—Por supuesto —secundó la madre de Harry—. Morderla fue una respuesta muy madura a eso.

El padre de Harry asintió.

—Una política bien meditada para abordar el problema de los profesores que no entienden los logaritmos.

—¡Tenía siete años! ¿Cuánto tiempo vais a seguir sacando eso?

—Lo sé —dijo su madre con simpatía—. Muerdes a una profesora de matemáticas y ya no te dejan olvidarlo nunca, ¿verdad?

Harry se volvió hacia la profesora McGonagall.

—¡Ahí! ¿Ve con lo que tengo que lidiar?

—Disculpadme —dijo Petunia, y huyó por la puerta trasera hacia el jardín, desde donde sus chillidos de risa se oían con total claridad.

—Bueno, eh, bueno —la profesora McGonagall parecía tener problemas para hablar por alguna razón—, en Hogwarts no se muerde a los profesores. ¿Ha quedado bastante claro, señor Potter?

Harry la miró con el ceño fruncido.

—Bien. No morderé a nadie que no me muerda primero.

El profesor Michael Verres-Evans también tuvo que abandonar brevemente la habitación al oír aquello.

—Bueno —suspiró la profesora McGonagall, después de que los padres de Harry se recompusieran y volvieran—. Bueno. Creo que, dadas las circunstancias, debería evitar llevarlo a comprar sus materiales de estudio hasta uno o dos días antes de que empiece el curso.

—¿Qué? ¿Por qué? Los otros niños ya saben magia, ¿no? ¡Tengo que empezar a ponerme al día ahora mismo!

—Tenga la seguridad, señor Potter —respondió la profesora McGonagall—, de que Hogwarts es perfectamente capaz de enseñar los fundamentos. Y sospecho, señor Potter, que si lo dejo solo durante dos meses con sus libros de texto, incluso sin una varita, cuando vuelva a esta casa solo encontraré un cráter echando humo morado, una ciudad despoblada a su alrededor y una plaga de cebras en llamas aterrorizando lo que quede de Inglaterra.

La madre y el padre de Harry asintieron al unísono perfecto.

—¡Mamá! ¡Papá!