Capítulo 19: Gratificación diferida
¡Sangre para el dios de la sangre! ¡Cráneos para J. K. Rowling!
Draco tenía una expresión severa en la cara, y su túnica con ribetes verdes conseguía parecer mucho más formal, seria e impecable que exactamente la misma túnica llevada por los dos chicos que tenía detrás.
—Habla —dijo Draco.
—¡Sí! ¡Habla!
—¡Has oído al jefe! ¡Habla!
—Vosotros dos, en cambio, callaos.
La última clase del viernes estaba a punto de empezar, en aquel enorme auditorio donde las cuatro Casas aprendían Defensa, esto, Magia de Batalla.
La última clase del viernes.
Harry esperaba que aquella clase no fuera estresante, y que el brillante profesor Quirrell se diera cuenta de que quizá no era el mejor momento para señalar a Harry para nada. Harry se había recuperado un poco, pero…
…pero, por si acaso, probablemente convenía soltar antes un poco de tensión.
Harry se recostó en la silla y lanzó una mirada de gran solemnidad a Draco y a sus secuaces.
—Me preguntáis cuál es nuestro objetivo —declamó Harry—. Puedo responder con una sola palabra. Es la victoria. Victoria a toda costa; victoria a pesar de todos los terrores; victoria, por largo y duro que sea el camino, porque sin victoria no hay…
—Habla de Snape —siseó Draco—. ¿Qué hiciste?
Harry borró la falsa solemnidad de su rostro y miró a Draco con más seriedad.
—Lo viste —dijo Harry—. Todo el mundo lo vio. Chasqueé los dedos.
—¡Harry! ¡Deja de tomarme el pelo!
Así que ahora lo habían ascendido a Harry. Interesante. Y de hecho Harry estaba bastante seguro de que se suponía que debía darse cuenta de ello y sentirse mal si no respondía de alguna manera…
Harry se tocó las orejas y lanzó una mirada significativa a los secuaces.
—No hablarán —dijo Draco.
—Draco —dijo Harry—, voy a ser totalmente sincero y decir que ayer no me impresionó especialmente la astucia del señor Goyle.
El señor Goyle hizo una mueca.
—A mí tampoco —dijo Draco—. Le expliqué que acabé debiéndote un favor por culpa de eso. —El señor Goyle volvió a hacer una mueca—. Pero hay una diferencia enorme entre esa clase de error y ser indiscreto. Eso sí que es algo que les han entrenado desde pequeños para entender.
—Muy bien, entonces —dijo Harry. Bajó la voz, aunque los ruidos de fondo se habían convertido en borrones en presencia de Draco—. Deduje uno de los secretos de Severus e hice un poco de chantaje.
La expresión de Draco se endureció.
—Bien, ahora dime algo que no les contaras en estricta confidencia a los idiotas de Gryffindor, o sea, dime cuál era la historia que querías que se extendiera por todo el colegio.
Harry sonrió sin querer, y supo que Draco lo había visto.
—¿Qué está diciendo Severus? —dijo Harry.
—Que no se había dado cuenta de lo sensibles que eran los sentimientos de los niños pequeños —dijo Draco—. ¡Incluso en Slytherin! ¡Incluso conmigo!
—¿Estás seguro —dijo Harry— de que quieres saber algo que tu jefe de Casa preferiría que no supieras?
—Sí —dijo Draco sin dudar.
Interesante.
—Entonces vas a mandar fuera a tus secuaces de verdad, porque no estoy seguro de poder creer todo lo que tú crees sobre ellos.
Draco asintió.
—Vale.
El señor Crabbe y el señor Goyle parecían muy descontentos.
—Jefe… —dijo el señor Crabbe.
—No le habéis dado al señor Potter ninguna razón para confiar en vosotros —dijo Draco—. ¡Fuera!
Se marcharon.
—En particular —dijo Harry, bajando aún más la voz—, no estoy del todo seguro de que no fueran directamente a contarle a Lucius lo que dijera.
—¡Padre no haría eso! —dijo Draco, pareciendo sinceramente horrorizado—. ¡Son míos!
—Lo siento, Draco —dijo Harry—. Es solo que no estoy seguro de poder creer todo lo que tú crees sobre tu padre. Imagina que fuera tu secreto y yo te dijera que mi padre no haría eso.
Draco asintió despacio.
—Tienes razón. Lo siento, Harry. Ha estado mal por mi parte pedírtelo.
¿Cómo he conseguido que me asciendan otra vez? ¿No debería odiarme ahora? Harry tenía la sensación de estar mirando algo explotable… Solo deseaba que su cerebro no estuviera tan agotado. Normalmente le habría encantado probar suerte con alguna trama complicada.
—En fin —dijo Harry—. Intercambio. Te cuento un dato que no está en el rumor general, y que no va a entrar en el rumor general, y en particular no va a llegar a tu padre; y a cambio tú me cuentas qué pensáis tú y Slytherin de todo este asunto.
—¡Trato!
Ahora a hacerlo lo más vago posible… algo que no hiciera mucho daño aunque saliera a la luz…
—Lo que dije era verdad. Descubrí uno de los secretos de Severus, e hice algo de chantaje. Pero Severus no era la única persona implicada.
—¡Lo sabía! —dijo Draco exultante.
El estómago de Harry se hundió. Al parecer había dicho algo muy significativo y no sabía por qué. Aquello no era buena señal.
—Muy bien —dijo Draco. Ahora sonreía ampliamente—. Entonces, así fue la reacción en Slytherin. Primero, todos los idiotas estaban en plan: «¡Odiamos a Harry Potter! ¡Vamos a darle una paliza!».
Harry se atragantó.
—¿Qué le pasa al Sombrero Seleccionador? Eso no es Slytherin, es Gryffindor…
—No todos los niños son prodigios —dijo Draco, aunque sonreía de una forma conspirativamente desagradable, como si sugiriera que en privado estaba de acuerdo con la opinión de Harry—. Y alguien tardó unos quince segundos en explicarles por qué quizá no le estaban haciendo ningún favor a Snape, así que estás a salvo. En fin, después vino la segunda oleada de idiotas, los que decían: «Parece que Harry Potter solo era otro bienhechor más, al final».
—¿Y luego? —dijo Harry, sonriendo aunque no tenía ni idea de por qué aquello era estúpido.
—Y luego empezó a hablar la gente realmente inteligente. Es obvio que encontraste una forma de meterle mucha presión a Snape. Y aunque eso podría ser más de una cosa… lo siguiente que se te ocurre es que tiene algo que ver con el asidero desconocido que Snape tiene sobre Dumbledore. ¿Estoy en lo cierto?
—Sin comentarios —dijo Harry.
Al menos su cerebro estaba procesando bien esa parte. La Casa Slytherin se había preguntado por qué Severus no acababa despedido. Y habían concluido que Severus estaba chantajeando a Dumbledore. ¿Podía ser eso verdad…? Pero Dumbledore no se había comportado como si…
Draco siguió hablando.
—Y lo siguiente que señaló la gente inteligente fue que si podías meterle a Snape bastante presión como para que dejara en paz a medio Hogwarts, eso significaba que probablemente tenías poder suficiente para librarte de él por completo, si querías. Lo que le hiciste fue una humillación, del mismo modo que él intentó humillarte a ti, pero nos dejaste a nuestro jefe de Casa.
Harry ensanchó la sonrisa.
—Y luego la gente realmente inteligente —dijo Draco, con el rostro ya serio— se fue a tener una pequeña conversación aparte, y alguien señaló que sería muy estúpido dejar vivo a un enemigo así. Si podías romper su asidero sobre Dumbledore, lo obvio habría sido hacerlo sin más. Dumbledore echaría a Snape de Hogwarts y quizá incluso lo mandaría matar, te estaría muy agradecido y no tendrías que preocuparte por que Snape se colase por la noche en tu dormitorio con pociones interesantes.
El rostro de Harry quedó neutral. No se le había ocurrido aquello y debería habérsele ocurrido, de verdad que sí.
—¿Y de ahí concluisteis…?
—¡El asidero de Snape era algún secreto de Dumbledore y tú tienes el secreto! —Draco parecía exultante—. No puede ser lo bastante potente como para destruir a Dumbledore por completo, o Snape ya lo habría usado. Snape se niega a usar su asidero para cualquier cosa que no sea seguir siendo el rey de la Casa Slytherin en Hogwarts, y ni siquiera entonces consigue siempre lo que quiere, así que debe de tener límites. ¡Pero tiene que ser muy bueno! ¡Padre lleva años intentando que Snape se lo cuente!
—Y —dijo Harry— ahora Lucius piensa que quizá yo pueda contárselo. ¿Ya te ha llegado una lechuza…?
—Me llegará esta noche —dijo Draco, y se echó a reír—. Dirá… —su voz adoptó una cadencia distinta, más formal—: «Mi amado hijo: ya te he hablado de la posible importancia de Harry Potter. Como ya habrás comprendido, su importancia se ha vuelto ahora mayor y más urgente. Si ves cualquier vía posible de amistad o punto de presión con él, debes perseguirlo, y todos los recursos de los Malfoy están a tu disposición si los necesitas».
Caray.
—Bueno —dijo Harry—, sin comentar si todo tu complicado edificio teórico es cierto o no, permíteme decir simplemente que aún no somos tan buenos amigos.
—Lo sé —dijo Draco. Entonces su rostro se volvió muy serio y su voz bajó incluso dentro del borroso silencio—. Harry, ¿se te ha ocurrido que si sabes algo que Dumbledore no quiere que se sepa, Dumbledore podría limitarse a matarte? Y además convertiría al Niño-que-Vivió de posible líder rival en valioso mártir.
—Sin comentarios —volvió a decir Harry.
Tampoco se le había ocurrido esa última parte. No parecía el estilo de Dumbledore… pero…
—Harry —dijo Draco—, es evidente que tienes un talento increíble, pero no tienes entrenamiento ni mentores, y a veces haces cosas estúpidas, y necesitas de verdad un consejero que sepa cómo funciona esto o vas a acabar herido.
La cara de Draco era feroz.
—Ah —dijo Harry—. ¿Un consejero como Lucius?
—¡Como yo! —dijo Draco—. Te prometeré guardar tus secretos ante Padre, ante todo el mundo; solo te ayudaré a averiguar cómo hacer lo que quieras hacer.
Vaya.
Harry vio que Quirrell-zombi entraba tambaleándose por las puertas.
—La clase está a punto de empezar —dijo Harry—. Pensaré en lo que has dicho. Hay muchas veces en las que sí desearía tener todo tu entrenamiento, es solo que no sé cómo puedo confiar en ti tan rápido…
—No deberías —dijo Draco—, es demasiado pronto. ¿Ves? Te doy buenos consejos aunque me perjudiquen. Pero quizá deberíamos darnos prisa en hacernos amigos más íntimos.
—Estoy abierto a eso —dijo Harry, que ya estaba intentando averiguar cómo explotarlo.
—Otro consejo —dijo Draco deprisa, mientras Quirrell se encorvaba camino de su mesa—: ahora mismo todos en Slytherin están preguntándose qué pensar de ti, así que si los estás cortejando, cosa que creo que haces, deberías hacer algo que señale amistad hacia Slytherin. Pronto, hoy o mañana.
—¿Dejar que Severus siguiera dando puntos extra a Slytherin no fue suficiente?
No había ninguna razón por la que Harry no pudiera atribuirse el mérito.
Los ojos de Draco parpadearon al darse cuenta, y luego dijo rápidamente:
—No es lo mismo, créeme, tiene que ser algo obvio. Empuja contra una pared a tu rival sangre sucia, Granger, o algo así; todos en Slytherin sabrán lo que significa…
—¡En Ravenclaw eso no funciona así, Draco! Si tienes que empujar a alguien contra una pared, significa que tu cerebro es demasiado débil para derrotarlo de la forma correcta, y todo Ravenclaw lo sabe…
La pantalla del pupitre de Harry parpadeó y se encendió, provocándole una repentina oleada de nostalgia por la televisión y los ordenadores.
—Ejem —dijo la voz del profesor Quirrell, que parecía hablarle personalmente a Harry desde la pantalla—. Por favor, tomad asiento.
Y los niños estaban todos sentados, mirando las pantallas repetidoras de sus pupitres, o mirando directamente hacia el gran escenario de mármol blanco donde el profesor Quirrell estaba de pie, apoyado en su mesa sobre la pequeña tarima de mármol más oscuro.
—Hoy —dijo el profesor Quirrell— tenía pensado enseñaros vuestro primer hechizo defensivo, un pequeño escudo que fue el antepasado del Protego actual. Pero, pensándolo mejor, he cambiado el plan de la lección de hoy a la luz de los acontecimientos recientes.
La mirada del profesor Quirrell recorrió las filas de asientos. Harry hizo una mueca desde donde estaba sentado, en la última fila. Tenía la sensación de saber a quién iban a llamar.
—Draco, de la Noble y Antiquísima Casa de Malfoy —dijo el profesor Quirrell.
Ufff.
—¿Sí, profesor? —dijo Draco. Su voz fue amplificada y pareció salir de la pantalla repetidora del pupitre de Harry, que mostraba la cara de Draco mientras hablaba. Luego la pantalla volvió al profesor Quirrell, que dijo:
—¿Es tu ambición convertirte en el próximo Señor Tenebroso?
—Es una pregunta rara, profesor —dijo Draco—. Quiero decir, ¿quién sería tan tonto como para admitirlo?
Algunos alumnos se rieron, pero no muchos.
—En efecto —dijo el profesor Quirrell—. Así que, aunque no tenga sentido preguntároslo a ninguno de vosotros, no me sorprendería lo más mínimo que hubiera un alumno o dos en mis clases con la ambición de ser el próximo Señor Tenebroso. Al fin y al cabo, yo quería ser el próximo Señor Tenebroso cuando era un joven Slytherin.
Esta vez la risa fue mucho más generalizada.
—Bueno, es la Casa de los ambiciosos, después de todo —dijo el profesor Quirrell, sonriendo—. No me di cuenta hasta más tarde de que lo que de verdad disfrutaba era la Magia de Batalla, y de que mi verdadera ambición era convertirme en un gran mago de combate y algún día enseñar en Hogwarts. En cualquier caso, cuando tenía trece años, leí las secciones históricas de la biblioteca de Hogwarts, examinando las vidas y destinos de antiguos Señores Tenebrosos, e hice una lista de todos los errores que nunca cometería cuando fuera Señor Tenebroso…
Harry soltó una risita antes de poder detenerse.
—Sí, señor Potter, muy divertido. Entonces, señor Potter, ¿puede adivinar cuál era el primer punto de esa lista?
Genial.
—Eh… ¿nunca usar un método complicado para ocuparte de un enemigo cuando puedes simplemente hacerle Abracadabra?
—El término, señor Potter, es Avada Kedavra —la voz del profesor Quirrell sonó un poco cortante por alguna razón—, y no, eso no estaba en la lista que hice a los trece años. ¿Quiere intentar adivinarlo otra vez?
—Ah… ¿nunca presumir ante nadie de tu malvado plan maestro?
El profesor Quirrell se rio.
—Ah, ese era el número dos. Vaya, señor Potter, ¿hemos estado leyendo los mismos libros?
Hubo más risas, con un trasfondo de nerviosismo. Harry apretó con fuerza la mandíbula y no dijo nada. Negarlo no serviría de nada.
—Pero no. El primer punto era: «No iré por ahí provocando a enemigos fuertes y despiadados». La historia del mundo sería muy distinta si Mornelithe Falconsbane o Hitler hubieran comprendido ese punto elemental. Ahora bien, si, señor Potter —solo si por alguna casualidad alberga una ambición similar a la que yo tuve de joven Slytherin—, incluso así, espero que no sea su ambición convertirse en un Señor Tenebroso estúpido.
—Profesor Quirrell —dijo Harry, apretando los dientes—, soy un Ravenclaw y no tengo la ambición de ser estúpido, punto. Sé que lo que he hecho hoy ha sido una tontería. ¡Pero no ha sido tenebroso! ¡Yo no fui quien dio el primer golpe en esa pelea!
—Usted, señor Potter, es idiota. Pero yo también lo fui a su edad. Por tanto, anticipé su respuesta y modifiqué en consecuencia el plan de la clase de hoy. ¿Señor Gregory Goyle, haría el favor de venir al frente?
Hubo una pausa de sorpresa en el aula. Harry no se lo esperaba.
Tampoco, por lo que parecía, el señor Goyle, que tenía aspecto bastante inseguro y preocupado mientras subía al escenario de mármol y se acercaba a la tarima.
El profesor Quirrell se enderezó desde donde se apoyaba en la mesa. De pronto pareció más fuerte; cerró las manos en puños y se colocó en una postura claramente reconocible de artes marciales.
Los ojos de Harry se abrieron al verlo, y comprendió por qué habían llamado al señor Goyle.
—La mayoría de magos —dijo el profesor Quirrell— no se molestan mucho con lo que un muggle llamaría artes marciales. ¿Acaso no es más fuerte una varita que un puño? Esa actitud es estúpida. Las varitas se sostienen en puños. Si queréis ser grandes magos de combate, debéis aprender artes marciales hasta un nivel que impresionaría incluso a un muggle. Ahora demostraré cierta técnica de importancia vital, que aprendí en un dojo, una escuela muggle de artes marciales, de la que hablaré más dentro de poco. Por ahora…
El profesor Quirrell dio varios pasos hacia delante, aún en posición, avanzando hacia donde estaba el señor Goyle.
—Señor Goyle, voy a pedirle que me ataque.
—Profesor Quirrell —dijo el señor Goyle, su voz ahora amplificada como la del profesor—, ¿puedo preguntar qué nivel…?
—Sexto dan. Usted no sufrirá daño y yo tampoco. Y si ve una abertura, aprovéchela.
El señor Goyle asintió, pareciendo mucho más aliviado.
—Observad —dijo el profesor Quirrell— que el señor Goyle tenía miedo de atacar a alguien que no conociera las artes marciales hasta un nivel aceptable, por temor a que yo, o él, saliéramos heridos. La actitud del señor Goyle es exactamente correcta y ha ganado tres puntos Quirrell por ella. ¡Ahora, luchad!
El chico se lanzó hacia delante como un borrón, con los puños volando, y el profesor bloqueó todos los golpes, retrocediendo con pasos de baile; Quirrell pateó y Goyle bloqueó, giró e intentó hacer tropezar a Quirrell con un barrido de pierna, y Quirrell lo saltó, y todo ocurría demasiado rápido para que Harry entendiera qué estaba pasando, y entonces Goyle estaba de espaldas con las piernas empujando, y Quirrell estaba literalmente volando por el aire, y luego golpeó el suelo de hombro y rodó.
—¡Alto! —gritó el profesor Quirrell desde el suelo, sonando un poco asustado—. ¡Usted gana!
El señor Goyle frenó con tanta brusquedad que trastabilló, casi tropezando y cayéndose por el impulso abortado de su carrera frontal hacia el profesor Quirrell. Su rostro mostraba una conmoción absoluta.
El profesor Quirrell arqueó la espalda y saltó hasta ponerse de pie con un movimiento peculiar de resorte que no usó las manos.
Hubo un silencio en el aula, un silencio nacido de la confusión total.
—Señor Goyle —dijo el profesor Quirrell—, ¿qué técnica de importancia vital he demostrado?
—Cómo caer correctamente cuando alguien te lanza —dijo el señor Goyle—. Es una de las primeras lecciones que aprendes…
—Eso también —dijo el profesor Quirrell.
Hubo una pausa.
—La técnica de importancia vital que he demostrado —dijo el profesor Quirrell— era cómo perder. Puede retirarse, señor Goyle, gracias.
El señor Goyle bajó de la plataforma, pareciendo bastante desconcertado. Harry se sentía igual.
El profesor Quirrell volvió a su mesa y reanudó su postura apoyada en ella.
—A veces olvidamos las cosas más básicas, porque ha pasado demasiado tiempo desde que las aprendimos. Me di cuenta de que había hecho lo mismo con mi propio plan de clase. No se enseña a los alumnos a lanzar antes de enseñarles a caer. Y no debo enseñaros a luchar si no entendéis cómo perder.
El rostro del profesor Quirrell se endureció, y Harry creyó ver un atisbo de dolor, un toque de tristeza, en aquellos ojos.
—Yo aprendí a perder en un dojo de Asia, que, como cualquier muggle sabe, es donde viven todos los buenos artistas marciales. Ese dojo enseñaba un estilo que tenía fama, entre los magos de combate, de adaptarse bien a los duelos mágicos. El Maestro de aquel dojo —un anciano según los criterios muggles— era el mayor profesor vivo de ese estilo. No tenía ni idea de que la magia existía, por supuesto. Solicité estudiar allí y fui uno de los pocos estudiantes aceptados aquel año, entre muchos aspirantes. Puede que hubiera una pizca de influencia especial de por medio.
Hubo algunas risas en el aula. Harry no las compartió. Aquello no había estado nada bien.
—En cualquier caso. Durante uno de mis primeros combates, después de que me derrotaran de una forma especialmente humillante, perdí el control y ataqué a mi compañero de entrenamiento…
Ay.
—…por suerte con los puños, en vez de con mi magia. El Maestro, sorprendentemente, no me expulsó en el acto. Pero me dijo que había un defecto en mi temperamento. Me lo explicó, y supe que tenía razón. Y luego dijo que aprendería a perder.
El rostro del profesor Quirrell no mostraba expresión alguna.
—Por orden estricta suya, todos los estudiantes del dojo se pusieron en fila. Uno a uno, se acercaron a mí. Yo no debía defenderme. Solo debía suplicar clemencia. Uno a uno, me abofetearon, o me golpearon, y me tiraron al suelo. Algunos me escupieron. Me llamaron cosas terribles en su idioma. Y a cada uno debía decirle: «¡He perdido!», y cosas semejantes, como «¡Os ruego que paréis!» y «¡Admito que sois mejores que yo!».
Harry estaba intentando imaginárselo y sencillamente no podía. No había forma de que algo así le hubiera pasado al digno profesor Quirrell.
—Incluso entonces era un prodigio de la Magia de Batalla. Solo con magia sin varita podría haber matado a todos en aquel dojo. No lo hice. Aprendí a perder. A día de hoy recuerdo aquello como una de las horas más desagradables de mi vida. Y cuando dejé aquel dojo ocho meses después —que no era ni de lejos tiempo suficiente, pero era todo el que podía permitirme pasar allí—, el Maestro me dijo que esperaba que entendiera por qué aquello había sido necesario. Y yo le dije que había sido una de las lecciones más valiosas que había aprendido jamás. Lo cual era, y es, cierto.
El rostro del profesor Quirrell se volvió amargo.
—Os preguntáis dónde está ese dojo maravilloso, y si podéis estudiar allí. No podéis. Porque no mucho después, otro aspirante a estudiante llegó a aquel lugar oculto, a aquella montaña remota. El-que-no-debe-ser-nombrado.
Se oyó el sonido de muchas personas inspirando a la vez. Harry sintió el estómago revuelto. Sabía lo que venía.
—El Señor Tenebroso llegó a aquella escuela abiertamente, sin disfraz, con ojos rojos brillantes y todo. Los estudiantes intentaron cortarle el paso y él simplemente se Apareció al otro lado. Allí había terror, pero también disciplina, y el Maestro salió a recibirlo. Y el Señor Tenebroso exigió —no pidió, exigió— que le enseñaran.
El rostro del profesor Quirrell estaba muy duro.
—Quizá el Maestro había leído demasiados libros que contaban la mentira de que un verdadero artista marcial podía derrotar incluso a demonios. Por la razón que fuera, el Maestro se negó. El Señor Tenebroso preguntó por qué no podía ser estudiante. El Maestro le dijo que no tenía paciencia, y entonces el Señor Tenebroso le arrancó la lengua.
Hubo un jadeo colectivo.
—Podéis imaginar lo que pasó después. Los estudiantes intentaron abalanzarse sobre el Señor Tenebroso y cayeron al suelo, aturdidos donde estaban. Y entonces…
La voz del profesor Quirrell vaciló un momento, y luego continuó.
—Existe una Maldición Imperdonable, la Maldición Cruciatus, que produce un dolor insoportable. Si la Cruciatus se mantiene durante más de unos minutos, produce locura permanente. Uno a uno, el Señor Tenebroso hizo que los estudiantes del Maestro enloquecieran bajo el Crucio, y luego acabó con ellos con la Maldición Asesina, mientras el Maestro era obligado a mirar. Cuando todos sus estudiantes hubieron muerto de esa forma, el Maestro los siguió. Lo supe por el único estudiante superviviente, a quien el Señor Tenebroso había dejado con vida para contar la historia, y que había sido amigo mío…
El profesor Quirrell se volvió de espaldas, y cuando se giró de nuevo un momento después, parecía otra vez tranquilo y compuesto.
—Los magos tenebrosos no pueden controlar su temperamento —dijo el profesor Quirrell en voz baja—. Es un defecto casi universal de la especie, y cualquiera que tenga por costumbre luchar contra ellos aprende pronto a depender de ello. Entended que el Señor Tenebroso no ganó aquel día. Su objetivo era aprender artes marciales, y sin embargo se marchó sin una sola lección. El Señor Tenebroso fue necio al querer que se contara esa historia. No mostraba su fuerza, sino una debilidad explotable.
La mirada del profesor Quirrell se centró en un solo niño del aula.
—Harry Potter —dijo el profesor Quirrell.
—Sí —dijo Harry, con voz ronca.
—¿Qué hizo usted mal exactamente hoy, señor Potter?
Harry sintió que iba a vomitar.
—Perdí los nervios.
—Eso no es exacto —dijo el profesor Quirrell—. Lo describiré con más precisión. Hay muchos animales que tienen lo que se llaman combates de dominancia. Se lanzan unos contra otros con los cuernos, intentando derribarse, no ensartarse. Luchan con las patas, con las garras guardadas. Pero ¿por qué con las garras guardadas? Sin duda, si usaran las garras, tendrían más probabilidades de ganar. Pero entonces su enemigo podría sacar también las garras, y en vez de resolver el combate de dominancia con un vencedor y un perdedor, ambos podrían acabar gravemente heridos.
La mirada del profesor Quirrell pareció salir directamente hacia Harry desde la pantalla repetidora.
—Lo que usted ha demostrado hoy, señor Potter, es que —a diferencia de esos animales que mantienen las garras guardadas y aceptan los resultados— usted no sabe cómo perder un combate de dominancia. Cuando un profesor de Hogwarts lo desafió, usted no retrocedió. Cuando pareció que podía perder, sacó las garras, sin atender al peligro. Escaló, y luego volvió a escalar. Empezó con una bofetada verbal del profesor Snape, que obviamente era dominante sobre usted. En lugar de perder, usted devolvió la bofetada y perdió diez puntos para Ravenclaw. Pronto estaba hablando de marcharse de Hogwarts. El hecho de que escalara aún más en alguna dirección desconocida, y de que de algún modo ganara al final, no cambia el hecho de que usted es idiota.
—Lo entiendo —dijo Harry.
Tenía la garganta seca. Aquello había sido preciso. Aterradoramente preciso. Ahora que el profesor Quirrell lo había dicho, Harry podía ver retrospectivamente que era una descripción exactamente correcta de lo que había pasado. Cuando el modelo que alguien tenía de ti era tan bueno, uno tenía que preguntarse si también tendría razón sobre otras cosas, como tu intención de matar.
—La próxima vez, señor Potter, que elija escalar un conflicto en vez de perder, quizá pierda todas las apuestas que ponga sobre la mesa. No puedo adivinar cuáles eran hoy. Sí puedo adivinar que eran muchísimo más altas que la pérdida de diez puntos de Casa.
Como el destino de la Gran Bretaña mágica. Eso era lo que había hecho.
—Protestará usted diciendo que intentaba ayudar a todo Hogwarts, un objetivo mucho más importante y digno de grandes riesgos. Eso es mentira. Si hubiera sido…
—Habría aceptado la bofetada, esperado, y escogido el mejor momento posible para hacer mi movimiento —dijo Harry, con voz ronca—. Pero eso habría significado perder. Dejar que él fuera dominante sobre mí. Fue lo que el Señor Tenebroso no pudo hacer con el Maestro del que quería aprender.
El profesor Quirrell asintió.
—Veo que lo ha comprendido perfectamente. Y por eso, señor Potter, hoy va usted a aprender a perder.
—Yo…
—No escucharé objeciones, señor Potter. Es evidente tanto que lo necesita como que es lo bastante fuerte para soportarlo. Le aseguro que su experiencia no será tan dura como la que yo sufrí, aunque bien puede que la recuerde como los peores quince minutos de su joven vida.
Harry tragó saliva.
—Profesor Quirrell —dijo en voz pequeña—, ¿podemos hacer esto en otro momento?
—No —dijo el profesor Quirrell simplemente—. Lleva cinco días en su educación en Hogwarts y esto ya ha ocurrido. Hoy es viernes. Nuestra próxima clase de Defensa es el miércoles. Sábado, domingo, lunes, martes, miércoles… No, no tenemos tiempo para esperar.
Hubo algunas risas con aquello, pero muy pocas.
—Considérelo, por favor, una orden de su profesor, señor Potter. Lo que me gustaría decir es que, de lo contrario, no le enseñaría ningún hechizo ofensivo, porque entonces acabaría oyendo que había herido gravemente o incluso matado a alguien. Por desgracia, me dicen que sus dedos ya son armas poderosas. No los chasquee en ningún momento durante esta lección.
Más risas dispersas, que sonaron bastante nerviosas.
Harry sintió que quizá iba a llorar.
—Profesor Quirrell, si hace usted algo como lo que ha contado, eso me va a enfadar, y de verdad preferiría no volver a enfadarme hoy…
—El objetivo no es evitar enfadarse —dijo el profesor Quirrell, con el rostro grave—. La ira es natural. Necesita aprender a perder incluso cuando está enfadado. O al menos fingir que pierde para poder planear su venganza. Como hice yo hoy con el señor Goyle, salvo que por supuesto alguno de vosotros crea que de verdad es mejor…
—¡No lo soy! —gritó el señor Goyle desde su pupitre, sonando un poco desesperado—. ¡Sé que no perdió de verdad! ¡Por favor, no planee ninguna venganza!
Harry sintió el estómago revuelto. El profesor Quirrell no sabía nada de su misterioso lado oscuro.
—Profesor, de verdad necesitamos hablar de esto después de clase…
—Lo haremos —dijo el profesor Quirrell con tono de promesa—. Después de que aprenda a perder.
Su rostro estaba serio.
—Debería ser evidente que excluiré cualquier cosa que pueda herirlo o causarle siquiera un dolor importante. El dolor vendrá de la dificultad de perder, en vez de contraatacar y escalar la batalla hasta ganar.
La respiración de Harry salía en jadeos cortos y de pánico. Estaba más asustado que después de salir del aula de Pociones.
—Profesor Quirrell —consiguió decir—, no quiero que lo despidan por esto…
—No lo harán —dijo el profesor Quirrell— si usted les dice después que era necesario. Y confío en que lo hará.
Por un momento la voz del profesor Quirrell se volvió muy seca.
—Créame, han tolerado cosas peores en sus pasillos. Este caso será excepcional solo en que ocurrirá dentro de un aula.
—Profesor Quirrell —susurró Harry, aunque creyó que su voz seguía repitiéndose en todas partes—, ¿de verdad cree que si no hago esto podría herir a alguien?
—Sí —dijo el profesor Quirrell simplemente.
—Entonces —Harry sintió náuseas—, lo haré.
El profesor Quirrell se volvió para mirar a los Slytherin.
—Así que… con la aprobación plena de vuestro profesor, y de tal forma que Snape no pueda ser culpado por vuestras acciones… ¿alguno de vosotros desea demostrar su dominio sobre el Niño-que-Vivió? ¿Empujarlo, tirarlo al suelo, oírlo suplicar clemencia?
Cinco manos se alzaron.
—Todos los que habéis levantado la mano sois idiotas absolutos. ¿Qué parte de fingir perder no habéis entendido? Si Harry Potter acaba convirtiéndose en el próximo Señor Tenebroso, os perseguirá y os matará después de graduarse.
Las cinco manos volvieron a caer bruscamente sobre los pupitres.
—No lo haré —dijo Harry, con voz bastante débil—. Juro no vengarme nunca de quienes me ayuden a aprender a perder. Profesor Quirrell… ¿podría, por favor… dejar de hacer eso?
El profesor Quirrell suspiró.
—Lo siento, señor Potter. Comprendo que debe resultarle igual de molesto tanto si pretende convertirse en Señor Tenebroso como si no. Pero esos niños también tenían que aprender una importante lección vital. ¿Sería aceptable que le concediera un punto Quirrell como disculpa?
—Que sean dos —dijo Harry.
Hubo una corriente de risas sorprendidas, que desactivó parte de la tensión.
—Hecho —dijo el profesor Quirrell.
—Y después de graduarme lo perseguiré para hacerle cosquillas.
Hubo más risas, aunque el profesor Quirrell no sonrió.
Harry sentía como si estuviera peleando con una anaconda, intentando forzar la conversación por el estrecho cauce que haría que la gente se diera cuenta de que después de todo no era un Señor Tenebroso… ¿por qué sospechaba tanto de él el profesor Quirrell?
—Profesor —dijo la voz no amplificada de Draco—, tampoco es mi propia ambición convertirme en un Señor Tenebroso estúpido.
Hubo un silencio de conmoción en el aula.
¡No tienes que hacer esto!, casi soltó Harry en voz alta, pero se contuvo a tiempo; quizá Draco no quisiera que se supiera que lo hacía por amistad hacia Harry… o por el deseo de parecer amistoso…
Llamar a eso un deseo de parecer amistoso hizo que Harry se sintiera pequeño y mezquino. Si Draco pretendía impresionarlo, estaba funcionando a la perfección.
El profesor Quirrell miraba a Draco con gravedad.
—¿Le preocupa no poder fingir que pierde, señor Malfoy? ¿Que ese defecto que describe al señor Potter también lo describa a usted? Sin duda su padre le enseñó mejor.
—Cuando se trata de hablar, quizá —dijo Draco, ahora en la pantalla repetidora—. No cuando se trata de que te empujen y te tiren al suelo. Quiero ser tan fuerte como usted, profesor Quirrell.
Las cejas del profesor Quirrell subieron y se quedaron arriba.
—Me temo, señor Malfoy —dijo al cabo de un rato—, que los preparativos que hice para el señor Potter, que implican a algunos Slytherin mayores a quienes se les explicará después lo estúpidos que fueron, no se trasladarían a usted. Pero mi opinión profesional es que usted ya es muy fuerte. Si me entero de que ha fallado, como el señor Potter falló hoy, haré los preparativos adecuados y le pediré disculpas a usted y a quien haya herido. Sin embargo, no creo que eso sea necesario.
—Lo entiendo, profesor —dijo Draco.
El profesor Quirrell miró al resto de la clase.
—¿Alguien más desea volverse fuerte?
Algunos alumnos miraron nerviosamente a su alrededor. Algunos, pensó Harry desde la última fila, parecían estar abriendo la boca sin llegar a decir nada. Al final, nadie habló.
—Draco Malfoy será uno de los generales de los ejércitos de vuestro curso —dijo el profesor Quirrell—, si se digna participar en esa actividad extraescolar. Y ahora, señor Potter, haga el favor de venir al frente.
Sí, había dicho el profesor Quirrell, tiene que ser delante de todos, delante de tus amigos, porque ahí fue donde Snape te confrontó y ahí es donde debes aprender a perder.
Así que ahora primero curso observaba. En un silencio impuesto por magia, y con peticiones tanto de Harry como del profesor de que no intervinieran. Hermione tenía la cara vuelta hacia otro lado, pero no había protestado ni le había lanzado ninguna clase de mirada significativa, quizá porque también había estado allí en Pociones.
Harry estaba de pie sobre una estera azul y blanda, como las que podían encontrarse en un dojo muggle, que el profesor Quirrell había extendido sobre el suelo para cuando empujaran a Harry.
Harry tenía miedo de lo que pudiera hacer. Si el profesor Quirrell tenía razón sobre su intención de matar…
La varita de Harry descansaba sobre la mesa del profesor Quirrell, no porque Harry supiera ningún hechizo que pudiera defenderlo, sino porque de lo contrario —pensaba Harry— quizá habría intentado clavársela a alguien en la cuenca de un ojo. Su bolsa también estaba allí, y ahora contenía su giratiempo protegido pero aún potencialmente frágil.
Harry le había suplicado al profesor Quirrell que le transfigurara unos guantes de boxeo y se los cerrara en las manos. El profesor Quirrell le había dedicado una mirada de silenciosa comprensión, y se había negado.
No iré a por sus ojos, no iré a por sus ojos, no iré a por sus ojos, sería el fin de mi vida en Hogwarts, me arrestarán, canturreaba Harry para sí mismo, intentando martillear el pensamiento en su cerebro, esperando que siguiera allí si su intención de matar tomaba el control.
El profesor Quirrell regresó, escoltando a trece Slytherin mayores de distintos cursos. Harry reconoció a uno como el que había recibido un pastelazo. Otros dos de aquella confrontación también estaban presentes. Faltaba el que había dicho que pararan, que de verdad no deberían hacer aquello.
—Repito —dijo el profesor Quirrell, sonando muy severo—: Potter no debe ser herido de verdad. Todos y cada uno de los accidentes serán tratados como deliberados. ¿Entendido?
Los Slytherin mayores asintieron, sonriendo.
—Entonces, por favor, sentíos libres de bajarle un poco los humos al Niño-que-Vivió —dijo el profesor Quirrell, con una sonrisa torcida que solo entendieron los alumnos de primero.
Por alguna forma de consentimiento mutuo, el objetivo del pastel estaba al frente del grupo.
—Potter —dijo el profesor Quirrell—, conozca al señor Peregrine Derrick. Es mejor que usted y está a punto de demostrárselo.
Derrick avanzó con paso decidido y el cerebro de Harry gritó de forma discordante que no debía huir, que no debía defenderse…
Derrick se detuvo a un brazo de distancia de Harry.
Harry aún no estaba enfadado, solo asustado. Y eso significaba que contempló a un adolescente medio metro más alto que él, con músculos claramente definidos, vello facial y una sonrisa de terrible anticipación.
—Pídale que no le haga daño —dijo el profesor Quirrell—. Quizá si ve que es usted lo bastante patético decida que es aburrido y se vaya.
Hubo risas entre los Slytherin mayores que observaban.
—Por favor —dijo Harry, con la voz vacilante—, no, me hagas, daño…
—Eso no ha sonado muy sincero —dijo el profesor Quirrell.
La sonrisa de Derrick se ensanchó. El imbécil torpe tenía un aspecto muy superior y…
…la temperatura de la sangre de Harry estaba bajando…
—Por favor, no me hagas daño —intentó Harry de nuevo.
El profesor Quirrell negó con la cabeza.
—¿Cómo, en nombre de Merlín, ha conseguido que eso sonara como un insulto, Potter? Solo hay una respuesta que pueda esperar del señor Derrick.
Derrick dio un paso deliberado hacia delante y chocó contra Harry.
Harry trastabilló unos cuantos pasos hacia atrás y, antes de poder detenerse, se enderezó con frialdad.
—Mal —dijo el profesor Quirrell—. Mal, mal, mal.
—Tú has chocado conmigo, Potter —dijo Derrick—. Discúlpate.
—¡Lo siento!
—No suenas arrepentido —dijo Derrick.
Los ojos de Harry se abrieron de indignación: había conseguido que aquello sonara suplicante…
Derrick lo empujó, fuerte, y Harry cayó sobre la estera a cuatro patas.
La tela azul pareció ondular en la visión de Harry, no muy lejos.
Empezaba a dudar de los verdaderos motivos del profesor Quirrell al enseñar aquella supuesta lección.
Un pie se apoyó en las nalgas de Harry y un momento después Harry fue empujado con fuerza hacia un lado, dejándolo despatarrado de espaldas.
Derrick se rio.
—Esto es divertido —dijo.
Lo único que tenía que hacer era decir que se acababa. E informar de todo aquello al despacho del director. Ese sería el final de aquel profesor de Defensa y de su malhadada estancia en Hogwarts y… la profesora McGonagall se enfadaría por eso, pero…
Una imagen del rostro de la profesora McGonagall cruzó ante sus ojos; no parecía enfadada, solo triste.
—Ahora dígale que es mejor que usted, Potter —dijo la voz del profesor Quirrell.
—Eres, mejor, que, yo.
Harry empezó a levantarse y Derrick le puso un pie en el pecho y lo empujó de nuevo contra la estera.
El mundo se estaba volviendo transparente como el cristal. Líneas de acción y sus consecuencias se extendían ante él con una claridad absoluta. El necio no esperaría que devolviera el golpe; un rápido impacto en la entrepierna lo aturdiría el tiempo suficiente para…
—Inténtelo otra vez —dijo el profesor Quirrell, y con un movimiento repentino y brusco Harry rodó, saltó hasta ponerse en pie y se giró hacia donde estaba su verdadero enemigo, el profesor de Defensa…
El profesor Quirrell dijo:
—No tienes paciencia.
Harry vaciló. Su mente, bien entrenada en el pesimismo, dibujó la imagen de un anciano marchito con sangre manándole de la boca después de que Harry le hubiera arrancado la lengua…
Un momento después, Derrick empujó a Harry de nuevo contra la estera y luego se sentó sobre él, dejándolo sin aire.
—¡Para! —gritó Harry—. ¡Por favor, para!
—Mejor —dijo el profesor Quirrell—. Eso incluso ha sonado sincero.
Lo había sido. Eso era lo horrible, lo nauseabundo: había sido sincero. Harry jadeaba deprisa, con miedo y fría ira recorriéndolo a la vez.
—Pierda —dijo el profesor Quirrell.
—He, perdido —forzó Harry.
—Me gusta —dijo Derrick desde encima de él—. Pierde un poco más.
Unas manos empujaban a Harry, haciéndolo tambalearse por el círculo de Slytherin mayores hasta otro par de manos que lo empujaban de nuevo. Harry había pasado hacía tiempo el punto de intentar no llorar, y ahora solo intentaba no caerse.
—¿Qué eres, Potter? —dijo Derrick.
—Un, p-perdedor, he perdido, me rindo, tú ganas, eres m-mejor que yo, por favor, para…
Harry tropezó con un pie y se estrelló contra el suelo, con las manos sin llegar a tiempo de amortiguar del todo la caída. Quedó aturdido un momento, y luego empezó a esforzarse por levantarse otra vez…
—¡Basta! —dijo la voz del profesor Quirrell, sonando lo bastante afilada como para cortar hierro—. ¡Apartaos del señor Potter!
Harry vio las miradas de sorpresa en sus caras. El frío de su sangre, que había estado fluyendo y retrocediendo, sonrió con fría satisfacción.
Entonces Harry se desplomó sobre la estera.
El profesor Quirrell habló. Hubo jadeos entre los Slytherin mayores.
—Y creo que el vástago de Malfoy tiene también algo que explicaros —terminó el profesor Quirrell.
La voz de Draco empezó a hablar. Sonaba casi tan afilada como la del profesor Quirrell, había adquirido la misma cadencia que Draco había usado para imitar a su padre, y decía cosas como «podríais haber puesto en peligro a la Casa Slytherin» y «quién sabe cuántos aliados solo en este colegio» y «falta total de conciencia, por no hablar de astucia» y «matones torpes, útiles solo como lacayos», y algo en el rombencéfalo de Harry, pese a todo lo que sabía, estaba designando a Draco como aliado.
A Harry le dolía todo, probablemente estaba lleno de moratones, tenía el cuerpo frío y la mente completamente agotada. Intentó pensar en la canción de Fawkes, pero sin el fénix presente no conseguía recordar la melodía, y cuando intentaba imaginarla no parecía poder pensar en nada salvo en un pájaro piando.
Luego Draco dejó de hablar y el profesor Quirrell dijo a los Slytherin mayores que podían retirarse, y Harry abrió los ojos y luchó por sentarse.
—Esperad —dijo Harry, forzando las palabras—, hay algo, que quiero, decirles…
—Esperad al señor Potter —dijo fríamente el profesor Quirrell a los Slytherin que se marchaban.
Harry se puso de pie tambaleándose. Tuvo cuidado de no mirar hacia sus compañeros. No quería ver cómo lo miraban ahora. No quería ver su compasión.
Así que Harry miró en cambio a los Slytherin mayores, que todavía parecían estar en estado de shock. Ellos le devolvieron la mirada. Había pavor en sus rostros.
Su lado oscuro, cuando tenía el control, se había aferrado a la imaginación de aquel momento, y había seguido fingiendo perder.
Harry dijo:
—Nadie va a…
—Alto —dijo el profesor Quirrell—. Si eso es lo que creo que es, por favor espere hasta que se hayan ido. Se enterarán más tarde. Todos tenemos nuestras lecciones que aprender, señor Potter.
—De acuerdo —dijo Harry.
—Vosotros. Fuera.
Los Slytherin mayores huyeron y la puerta se cerró tras ellos.
—Nadie va a vengarse de ellos —dijo Harry con voz ronca—. Es una petición a cualquiera que se considere mi amigo. Yo tenía mi lección que aprender, ellos me ayudaron a aprenderla, ellos también tenían su lección que aprender, se acabó. Si contáis esta historia, aseguraos de contar también esa parte.
Harry se volvió para mirar al profesor Quirrell.
—Ha perdido —dijo el profesor Quirrell, con una voz amable por primera vez. Sonaba extraño viniendo del profesor, como si su voz ni siquiera debiera ser capaz de hacer eso.
Harry había perdido. Había habido momentos en los que la ira fría se había desvanecido por completo, reemplazada por el miedo, y durante esos momentos había suplicado a los Slytherin mayores y lo había dicho de verdad…
—¿Y sigue usted vivo? —dijo el profesor Quirrell, todavía con aquella extraña amabilidad.
Harry consiguió asentir.
—No todas las derrotas son así —dijo el profesor Quirrell—. Hay compromisos y rendiciones negociadas. Hay otras formas de aplacar a los abusones. Hay todo un arte de manipular a los demás dejándoles ser dominantes sobre ti. Pero primero, perder tiene que ser pensable. ¿Recordará cómo perdió?
—Sí.
—¿Será capaz de perder?
—Creo… creo que sí…
—Yo también lo creo.
El profesor Quirrell hizo una reverencia tan baja que su pelo ralo casi tocó el suelo.
—Enhorabuena, Harry Potter, gana usted.
No hubo una única fuente, ningún primer motor: los aplausos empezaron todos a la vez como un enorme trueno.
Harry no pudo impedir que el shock apareciera en su cara. Se arriesgó a mirar a sus compañeros, y vio que sus rostros no mostraban compasión, sino asombro. Los aplausos venían de Ravenclaw y Gryffindor y Hufflepuff e incluso de Slytherin, probablemente porque Draco Malfoy también aplaudía. Algunos alumnos se estaban levantando de sus sillas y medio Gryffindor estaba de pie sobre sus pupitres.
Así que Harry se quedó allí, tambaleándose, dejando que el respeto de todos lo bañara, sintiéndose más fuerte, y quizá incluso un poco curado.
El profesor Quirrell esperó a que los aplausos se apagaran. Tardaron bastante.
—¿Sorprendido, señor Potter? —dijo el profesor Quirrell. Su voz sonaba divertida—. Acaba de descubrir que el mundo real no siempre funciona como sus peores pesadillas. Sí, si hubiera sido usted algún pobre chico anónimo sufriendo abusos, probablemente lo habrían respetado menos después, habrían sentido lástima de usted incluso mientras lo consolaban desde sus perchas más elevadas. Me temo que esa es la naturaleza humana. Pero a usted ya lo conocen como una figura de poder. Y lo vieron enfrentarse a su miedo y seguir enfrentándose a él, aunque podría haberse marchado en cualquier momento. ¿Pensó usted menos de mí cuando le conté que había soportado deliberadamente que me escupieran?
Harry sintió un ardor en la garganta y lo contuvo frenéticamente. No confiaba lo suficiente en aquel respeto milagroso como para ponerse a llorar otra vez delante de él.
—Su extraordinario logro en mi clase merece una recompensa extraordinaria, Harry Potter. Acéptela, por favor, con mis felicitaciones en nombre de mi Casa, y recuerde desde este día en adelante que no todos los Slytherin son iguales. Hay Slytherin, y luego hay Slytherin.
El profesor Quirrell sonreía de forma bastante amplia al decir aquello.
—Cincuenta y un puntos para Ravenclaw.
Hubo una pausa de conmoción y luego estalló el pandemónium entre los alumnos de Ravenclaw, aullando, silbando y vitoreando.
Y en el mismo momento en que Harry sintió que algo estaba mal en aquello, que la profesora McGonagall había tenido razón, que debería haber habido consecuencias, que debería haber habido un coste y un precio que pagar, que no podías simplemente volver a dejarlo todo como estaba de esa forma…
Pero Harry vio las caras eufóricas de Ravenclaw y supo que no podía decir que no.
Su cerebro hizo una sugerencia. Era una buena sugerencia. Harry ni siquiera podía creer que su cerebro siguiera manteniéndolo de pie, y mucho menos produciendo buenas sugerencias.
—Profesor Quirrell —dijo Harry, tan claramente como pudo a través del ardor en la garganta—. Usted es todo lo que debería ser un miembro de su Casa, y creo que debe de ser justo lo que Salazar Slytherin tenía en mente cuando ayudó a fundar Hogwarts. Le doy las gracias a usted y a su Casa —Draco asentía muy ligeramente y giraba sutilmente un dedo: sigue—, y creo que esto exige tres hurras por Slytherin. ¿Conmigo, todos?
Harry hizo una pausa.
—¡Hurra!
Solo unos pocos consiguieron unirse en el primer intento.
—¡Hurra!
Esta vez la mayor parte de Ravenclaw se sumó.
—¡Hurra!
Eso fue casi todo Ravenclaw, un puñado de Hufflepuff y alrededor de un cuarto de Gryffindor.
La mano de Draco hizo un gesto pequeño y rápido de pulgar hacia arriba.
La mayoría de los Slytherin tenían expresiones de puro shock. Unos pocos miraban al profesor Quirrell maravillados. Blaise Zabini miraba a Harry con una expresión calculadora e intrigada.
El profesor Quirrell hizo una reverencia.
—Gracias, Harry Potter —dijo, todavía con aquella amplia sonrisa. Se volvió hacia la clase—. Ahora, aunque no lo creáis, todavía nos queda media hora de sesión, y eso basta para presentar el Escudo Simple. El señor Potter, por supuesto, se marcha a tomar un descanso bien ganado.
—Puedo…
—Idiota —dijo el profesor Quirrell con cariño.
La clase ya se estaba riendo.
—Sus compañeros podrán enseñárselo después, o yo le daré clases particulares si hace falta. Pero ahora mismo va usted a cruzar la tercera puerta por la izquierda al fondo del escenario, donde encontrará una cama, una selección de tentempiés excepcionalmente sabrosos y algo de lectura extremadamente ligera de la biblioteca de Hogwarts. No puede llevarse nada más, en particular no sus libros de texto. Ahora vaya.
Harry fue.