Cualquier J. K. Rowling lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.


«Sí que suena al tipo de cosa que yo haría, ¿verdad?»


Era la hora del desayuno del viernes por la mañana. Harry pegó otro bocado enorme a su tostada y luego intentó recordarle a su cerebro que engullir el desayuno no le llevaría a las mazmorras más deprisa. Además, tenían una hora entera de estudio entre el desayuno y el comienzo de Pociones.

¡Pero mazmorras! ¡En Hogwarts! La imaginación de Harry ya estaba dibujando abismos, puentes estrechos, apliques con antorchas y manchas de musgo luminoso. ¿Habría ratas? ¿Habría dragones?

—Harry Potter —dijo una voz tranquila a sus espaldas.

Harry miró por encima del hombro y se encontró contemplando a Ernie Macmillan, elegantemente vestido con una túnica ribeteada de amarillo y con cara de estar un poco preocupado.

—Neville pensó que debía avisarte —dijo Ernie en voz baja—. Creo que tiene razón. Ten cuidado con el profesor de Pociones en nuestra clase de hoy. Los Hufflepuff mayores nos dijeron que el profesor Snape puede ser muy desagradable con la gente que no le cae bien, y no le cae bien casi nadie que no sea de Slytherin. Si le contestas con alguna listillería, podría… podría irte muy mal, por lo que he oído. Limítate a agachar la cabeza y no le des ninguna razón para fijarse en ti.

Hubo una pausa mientras Harry procesaba aquello, y luego levantó las cejas. (Harry deseaba poder levantar solo una ceja, como Spock, pero nunca lo había conseguido.)

—Gracias —dijo Harry—. Puede que acabes de ahorrarme un montón de problemas.

Ernie asintió y volvió a la mesa de Hufflepuff.

Harry siguió comiéndose la tostada.

Fue unos cuatro bocados después cuando alguien dijo «Disculpa», y Harry se volvió para ver a un Ravenclaw mayor, con cara de estar un poco preocupado…

Un rato más tarde, Harry estaba terminando su tercer plato de beicon. (Había aprendido a desayunar fuerte. Siempre podía comer poco al mediodía si al final no usaba el Giratiempo.) Y había otra voz a sus espaldas diciendo:

—¿Harry?

—Sí —dijo Harry con cansancio—, intentaré no llamar la atención del profesor Snape…

—Oh, eso es imposible —dijo Fred.

—Completamente imposible —dijo George.

—Así que hemos pedido a los elfos domésticos que te preparen una tarta —dijo Fred.

—Vamos a ponerle una vela por cada punto que pierdas para Ravenclaw —dijo George.

—Y a hacerte una fiesta en la mesa de Gryffindor durante la comida —dijo Fred.

—Esperamos que eso te anime después —terminó George.

Harry tragó el último bocado de beicon y se volvió.

—Muy bien —dijo Harry—. No pensaba preguntar esto después del profesor Binns, de verdad que no, pero si el profesor Snape es tan horrible, ¿por qué no lo han despedido?

—¿Despedido? —dijo Fred.

—¿Quieres decir echarlo? —dijo George.

—Sí —dijo Harry—. Es lo que se hace con los malos profesores. Los despides. Luego contratas a un profesor mejor. No tenéis sindicatos ni plazas fijas aquí, ¿no?

Fred y George fruncían el ceño de una forma muy parecida a como fruncirían el ceño unos ancianos tribales de cazadores-recolectores si intentaras hablarles de cálculo infinitesimal.

—No lo sé —dijo Fred al cabo de un rato—. Nunca había pensado en eso.

—Yo tampoco —dijo George.

—Ya —dijo Harry—, eso me pasa mucho. Nos vemos en la comida, chicos, y no me echéis la culpa si no hay ninguna vela en esa tarta.

Fred y George se rieron los dos, como si Harry hubiera dicho algo gracioso, le hicieron una reverencia y se fueron de vuelta hacia Gryffindor.

Harry se volvió de nuevo hacia la mesa del desayuno y cogió una magdalena. Ya tenía el estómago lleno, pero presentía que aquella mañana podía gastar muchas calorías.

Mientras se comía la magdalena, Harry pensó en el peor profesor que había conocido hasta entonces, el profesor Binns de Historia. El profesor Binns era un fantasma. Por lo que Hermione había dicho sobre los fantasmas, no parecía probable que fueran plenamente conscientes de sí mismos. No había descubrimientos famosos hechos por fantasmas, ni mucha obra original de ningún tipo, fueran quienes fueran en vida. Los fantasmas solían tener problemas para recordar el siglo en curso.

Hermione había dicho que eran como retratos accidentales, impresos en la materia circundante por un estallido de energía psíquica que acompañaba a la muerte repentina de un mago.

Harry se había topado con algunos profesores estúpidos durante sus incursiones abortadas en la educación muggle estándar —su padre, por supuesto, había sido mucho más exigente al escoger estudiantes de doctorado como tutores—, pero la clase de Historia era la primera vez que se encontraba con un profesor que literalmente no era sentiente.

Y se notaba. Harry se había rendido al cabo de cinco minutos y se había puesto a leer un libro de texto. Cuando quedó claro que el «profesor Binns» no iba a objetar, Harry también metió la mano en su bolsa y sacó tapones para los oídos.

¿Los fantasmas no necesitaban sueldo? ¿Era eso? ¿O era literalmente imposible despedir a nadie en Hogwarts aunque se muriera?

Ahora parecía que el profesor Snape iba por ahí siendo absolutamente horrible con todo el mundo que no fuera de Slytherin y ni siquiera se le había ocurrido a nadie rescindirle el contrato.

Y el director había prendido fuego a una gallina.

—Disculpa —dijo una voz preocupada a sus espaldas.

—Lo juro —dijo Harry sin darse la vuelta—, este sitio es casi un ocho y medio por ciento tan malo como lo que papá cuenta de Oxford.


Harry avanzaba con pasos fuertes por los pasillos de piedra, con aspecto ofendido, irritado y furioso, todo a la vez.

—¡Mazmorras! —siseó Harry—. ¡Mazmorras! ¡Esto no son mazmorras! ¡Esto es un sótano! ¡Un sótano!

Algunas de las chicas de Ravenclaw le miraron raro. Los chicos ya se habían acostumbrado a él.

Parecía que el nivel en el que estaba el aula de Pociones se llamaba «las mazmorras» sin más razón que estar bajo tierra y ser un poco más frío que el castillo principal.

¡En Hogwarts! ¡En Hogwarts! Harry había esperado toda su vida y ahora seguía esperando, y si había algún lugar sobre la faz de la Tierra que debería tener unas mazmorras decentes, ese era Hogwarts. ¿Iba a tener que construirse su propio castillo si quería ver un miserable abismo sin fondo?

Poco después llegaron al aula de Pociones propiamente dicha, y Harry se animó bastante.

El aula de Pociones tenía extrañas criaturas conservadas flotando en enormes frascos, colocados en estanterías que cubrían cada centímetro de pared entre armarios. Harry ya había avanzado lo bastante en sus lecturas como para identificar algunas de las criaturas, como el fontema zabriskano. Aunque aquella araña de cincuenta centímetros parecía una acromántula, era demasiado pequeña para serlo. Había intentado preguntarle a Hermione, pero ella no había parecido muy interesada en mirar a ningún sitio que se pareciera al lugar al que él apuntaba.

Harry estaba mirando una gran bola de polvo con ojos y pies cuando el asesino entró en la habitación como una sombra.

Ese fue el primer pensamiento que cruzó por la mente de Harry al ver al profesor Severus Snape. Había algo silencioso y mortal en la forma en que el hombre acechaba entre los pupitres de los niños. Su túnica estaba descuidada, su pelo apelmazado y grasiento. Había algo en él que recordaba a Lucius, aunque los dos no se parecían en nada, y te daba la impresión de que, mientras Lucius te mataría con una elegancia impecable, este hombre simplemente te mataría.

—Sentaos —dijo el profesor Severus Snape—. Ahora.

Harry y unos cuantos niños más que estaban de pie hablando entre ellos se apresuraron a ocupar pupitres. Harry había planeado acabar junto a Hermione, pero de alguna manera se encontró sentándose en el pupitre libre más cercano, al lado de Justin Finch-Fletchley (era una clase doble, Ravenclaw y Hufflepuff), lo que lo dejaba dos pupitres a la izquierda de Hermione.

Severus se sentó detrás de la mesa del profesor y, sin la menor transición ni presentación, dijo:

—Hannah Abbott.

—Aquí —dijo Hannah con voz algo temblorosa.

—Susan Bones.

—Presente.

Y así continuó, sin que nadie se atreviera a decir palabra de más, hasta que:

—Ah, sí. Harry Potter. Nuestra nueva… celebridad.

—La celebridad está presente, señor.

Media clase se estremeció, y algunos de los más listos de repente parecieron querer salir corriendo por la puerta mientras el aula siguiera allí.

Severus sonrió de una forma anticipatoria y llamó al siguiente nombre de la lista.

Harry suspiró mentalmente. Aquello había ocurrido demasiado deprisa como para que él pudiera hacer algo al respecto. Bueno. Estaba claro que ese hombre ya le tenía manía, por la razón que fuera. Y, pensándolo bien, mucho mejor que ese profesor de Pociones se metiera con él y no, digamos, con Neville o Hermione. Harry podía defenderse mucho mejor. Sí, probablemente era lo mejor.

Cuando se hubo pasado lista por completo, Severus recorrió la clase entera con la mirada. Sus ojos estaban tan vacíos como un cielo nocturno sin estrellas.

—Estáis aquí —dijo Severus con una voz tranquila que los estudiantes del fondo tuvieron que esforzarse por oír— para aprender la sutil ciencia y el arte exacto de elaborar pociones. Como aquí no hay muchos necios aspavientos con la varita, muchos de vosotros apenas creeréis que esto sea magia. No espero que lleguéis a comprender de verdad la belleza de un caldero que hierve suavemente, con sus vapores resplandecientes, el delicado poder de los líquidos que se deslizan por las venas humanas —esto último con un tono bastante acariciador y regodeado—, embrujando la mente, atrapando los sentidos —y aquello se estaba volviendo cada vez más inquietante—. Puedo enseñaros a embotellar la fama, elaborar la gloria, incluso detener la muerte en un tapón… si no sois el montón de zoquetes que suelo tener que enseñar.

De alguna manera Severus pareció notar la expresión escéptica en el rostro de Harry, o al menos sus ojos saltaron de pronto hacia el lugar donde estaba sentado Harry.

—¡Potter! —espetó el profesor de Pociones—. ¿Qué obtendría si añadiera raíz de asfódelo en polvo a una infusión de ajenjo?

Harry parpadeó.

—¿Eso salía en Filtros y pociones mágicas? —dijo—. Acabo de terminar de leerlo y no recuerdo nada que usara ajenjo…

La mano de Hermione se alzó, y Harry le lanzó una mirada que hizo que ella la levantara todavía más.

—Vaya, vaya —dijo Severus con voz sedosa—. Está claro que la fama no lo es todo.

—¿De verdad? —dijo Harry—. Pero acaba de decirnos que nos enseñaría a embotellar la fama. Oiga, ¿cómo funciona eso exactamente? ¿Te la bebes y te conviertes en una celebridad?

Tres cuartas partes de la clase se estremecieron.

La mano de Hermione fue bajando despacio. Bueno, eso no era sorprendente. Podía ser su rival, pero no era el tipo de chica que siguiera el juego después de que quedara claro que el profesor estaba intentando humillarlo deliberadamente.

Harry se esforzaba mucho por controlar su temperamento. La primera réplica que le había pasado por la cabeza había sido «abracadabra».

—Intentémoslo otra vez —dijo Severus—. Potter, ¿dónde buscarías si te pidiera que me encontraras un bezoar?

—Eso tampoco sale en el libro de texto —dijo Harry—, pero en un libro muggle que leí ponía que un tricobezoar es una masa de pelo solidificado que se encuentra en el estómago humano, y que los muggles solían creer que curaba cualquier veneno…

—Incorrecto —dijo Severus—. El bezoar se encuentra en el estómago de una cabra, no está hecho de pelo, y cura la mayoría de los venenos, aunque no todos.

—No he dicho que lo hiciera, he dicho que eso era lo que leí en un libro muggle…

—A nadie le interesan aquí tus patéticos libros muggles. Último intento. ¿Cuál es la diferencia, Potter, entre el capuchón de monje y el acónito?

Aquello fue demasiado.

—Sabe —dijo Harry con frialdad—, en uno de mis libros muggles, bastante fascinante por cierto, describen un estudio en el que la gente conseguía parecer muy inteligente haciendo preguntas sobre datos aleatorios que solo ellos conocían. Al parecer, los observadores solo notaban que quienes preguntaban sabían la respuesta y quienes respondían no, y no corregían por la injusticia del juego subyacente. Así que, profesor, ¿puede decirme cuántos electrones hay en el orbital más externo de un átomo de carbono?

La sonrisa de Severus se ensanchó.

—Cuatro —dijo—. Aunque es un dato inútil que nadie debería molestarse en apuntar. Y, para tu información, Potter, el asfódelo y el ajenjo producen una poción somnífera tan poderosa que se conoce como el Filtro de los Muertos en Vida. En cuanto al capuchón de monje y el acónito, son la misma planta, también llamada matalobos, como sabrías si hubieras leído Mil hierbas y hongos mágicos. ¿Pensaste que no hacía falta abrir el libro antes de venir, eh, Potter? Todos los demás deberíais estar copiando esto para no ser tan ignorantes como él.

Severus hizo una pausa, muy satisfecho consigo mismo.

—Y eso serán… ¿cinco puntos? No, dejémoslo en diez puntos de Ravenclaw, una cifra redonda, por insolencia.

Hermione ahogó un grito, junto con varios más.

—Profesor Severus Snape —dijo Harry entre dientes—. No sé de nada que haya hecho para ganarme su enemistad. Si tiene algún problema conmigo del que yo no sepa nada, sugiero que…

—Cállate, Potter. Diez puntos más de Ravenclaw. Los demás, abrid los libros por la página tres.

Solo había una sensación de ardor leve, muy tenue, en la parte posterior de la garganta de Harry, y ninguna humedad en sus ojos. Si llorar no era una estrategia efectiva para destruir a ese profesor de Pociones, entonces no tenía sentido llorar.

Despacio, Harry se irguió muchísimo en su asiento. Parecía que le hubieran drenado toda la sangre y la hubieran reemplazado por nitrógeno líquido. Sabía que había estado intentando controlar su temperamento, pero no conseguía recordar por qué.

—Harry —susurró Hermione frenéticamente desde dos pupitres más allá—, para, por favor, no pasa nada, no lo contaremos…

—¿Hablando en clase, Granger? Tres…

—Entonces —dijo una voz más fría que el cero Kelvin—, ¿cómo se presenta una queja formal contra un profesor abusivo? ¿Se habla con la subdirectora, se escribe una carta a la Junta de Gobierno…? ¿Le apetecería explicar cómo funciona?

La clase quedó completamente congelada.

—Un mes de castigo, Potter —dijo Severus, sonriendo todavía más ampliamente.

—Me niego a reconocer su autoridad como profesor y no cumpliré ningún castigo que usted imponga.

La gente dejó de respirar.

La sonrisa de Severus desapareció.

—Entonces serás… —su voz se detuvo en seco.

—¿Expulsado, iba a decir? —Harry, por el contrario, sonreía ahora con finura—. Pero entonces ha parecido dudar de su capacidad para llevar a cabo la amenaza, o temer las consecuencias si lo hacía. Yo, por otra parte, no dudo ni temo la perspectiva de encontrar un colegio con profesores menos abusivos. O quizá debería contratar tutores privados, como es mi costumbre, y aprender a toda mi velocidad. Tengo suficiente dinero en mi cámara. Algo relacionado con recompensas por un Señor Tenebroso al que derroté. Pero hay profesores en Hogwarts que me caen bastante bien, así que creo que será más fácil si encuentro alguna forma de deshacerme de usted.

—¿Deshacerte de mí? —dijo Severus, ahora también con una sonrisa fina—. Qué fantasía tan entretenida. ¿Cómo supones que harás eso, Potter?

—Entiendo que ha habido bastantes quejas sobre usted por parte de estudiantes y sus padres —una suposición, pero segura—, lo que deja solo la cuestión de por qué no se ha ido ya. ¿Hogwarts anda tan mal de dinero que no puede permitirse un verdadero profesor de Pociones? Podría contribuir, si ese es el problema. Estoy seguro de que podrían encontrar una clase mejor de docente si ofrecieran el doble de su sueldo actual.

Dos polos de hielo irradiaron invierno por toda el aula.

—Descubrirás —dijo Severus en voz baja— que la Junta de Gobierno no siente la menor simpatía por tu oferta.

—Lucius… —dijo Harry—. Por eso sigue usted aquí. Quizá debería charlar con Lucius sobre eso. Creo que desea reunirse conmigo. Me pregunto si tengo algo que él quiera.

Hermione negó frenéticamente con la cabeza. Harry lo advirtió por el rabillo del ojo, pero toda su atención estaba puesta en Severus.

—Eres un niño muy necio —dijo Severus. Ya no sonreía en absoluto—. No tienes nada que Lucius valore más que mi amistad. Y si lo tuvieras, tengo otros aliados. —Su voz se endureció—. Y cada vez me parece menos probable que no fueras seleccionado para Slytherin. ¿Cómo conseguiste no entrar en mi Casa? Ah, sí, porque el Sombrero Seleccionador afirmó que estaba bromeando. Por primera vez en la historia registrada. ¿De qué hablaste realmente con el Sombrero Seleccionador, Potter? ¿Tenías algo que él quisiera?

Harry miró fijamente la fría mirada de Severus y recordó que el Sombrero Seleccionador le había advertido que no mirara a nadie a los ojos mientras pensara en… Harry bajó la mirada al escritorio de Severus.

—¡Pareces curiosamente reacio a mirarme a los ojos, Potter!

Una descarga de comprensión repentina.

—¡Así que era usted sobre quien me advertía el Sombrero Seleccionador!

—¿Qué? —dijo la voz de Severus, sonando genuinamente sorprendida, aunque por supuesto Harry no le miró a la cara.

Harry se levantó de su pupitre.

—Siéntate, Potter —dijo una voz enfadada desde algún punto que él no estaba mirando.

Harry la ignoró y miró alrededor del aula.

—No tengo intención de dejar que un profesor poco profesional me arruine mi estancia en Hogwarts —dijo Harry con una calma mortal—. Creo que me marcharé de esta clase y contrataré un tutor para que me enseñe Pociones mientras esté aquí, o, si la Junta está de verdad tan bloqueada, aprenderé durante el verano. Si alguno de vosotros decide que no le apetece que este hombre lo intimide, mis clases estarán abiertas para él.

—¡Siéntate, Potter!

Harry cruzó la sala a grandes zancadas y agarró el pomo de la puerta.

No giró.

Harry se volvió despacio y alcanzó a ver a Severus sonriendo con malicia antes de recordar que debía apartar la mirada.

—Abra esta puerta.

—No —dijo Severus.

—Está haciendo que me sienta amenazado —dijo una voz tan helada que no sonaba en absoluto como la de Harry—, y eso es un error.

La voz de Severus se rio.

—¿Qué piensas hacer al respecto, niñito?

Harry dio seis largas zancadas para alejarse de la puerta, hasta quedarse cerca de la fila de pupitres del fondo.

Entonces Harry se irguió y levantó la mano derecha con un gesto terrible, los dedos preparados para chasquear.

Neville gritó y se tiró debajo de su pupitre. Otros niños retrocedieron o alzaron instintivamente los brazos para protegerse.

—¡Harry, no! —chilló Hermione—. ¡Lo que sea que fueras a hacerle, no lo hagas!

—¿Os habéis vuelto todos locos? —ladró la voz de Severus.

Despacio, Harry bajó la mano.

—No iba a hacerle daño, Hermione —dijo Harry, con la voz algo más baja—. Solo iba a volar la puerta.

Aunque ahora que Harry lo recordaba, no se suponía que debieras transfigurar cosas que fueran a ser quemadas, lo que significaba que volver atrás en el tiempo después y conseguir que Fred o George transfiguraran una cantidad cuidadosamente medida de explosivos quizá no habría sido tan buena idea…

Silencio —dijo la voz de Severus.

Harry intentó decir «¿Qué?» y descubrió que no salía ningún sonido.

—Esto se ha vuelto ridículo. Creo que ya se te ha permitido meterte en bastantes problemas por hoy, Potter. Eres el estudiante más perturbador e indisciplinado que he visto jamás, y no recuerdo cuántos puntos tiene ahora Ravenclaw, pero estoy seguro de que puedo arreglármelas para dejarlos a cero. Diez puntos de Ravenclaw. Diez puntos de Ravenclaw. ¡Diez puntos de Ravenclaw! ¡Cincuenta puntos de Ravenclaw! ¡Ahora siéntate y mira cómo el resto de la clase recibe su lección!

Harry metió la mano en su bolsa e intentó decir «rotulador», pero, por supuesto, no salió ninguna palabra. Durante un breve momento eso lo detuvo; entonces se le ocurrió deletrear R-O-T-U-L-A-D-O-R con movimientos de los dedos, y funcionó. B-L-O-C, y tuvo un bloc de notas. Harry fue hasta un pupitre vacío, no aquel en el que se había sentado al principio, y garabateó un breve mensaje.

Arrancó la hoja, guardó el rotulador y el bloc en un bolsillo de la túnica para tenerlos más a mano, y levantó el mensaje, no hacia Snape, sino hacia el resto de la clase.

ME VOY

¿ALGUIEN MÁS

NECESITA SALIR?

—Estás loco, Potter —dijo Severus con frío desprecio.

Aparte de eso, nadie habló.

Harry hizo una reverencia irónica hacia la mesa del profesor, fue hasta la pared y, con un movimiento suave, abrió de un tirón la puerta de un armario, entró y la cerró de golpe tras él.

Se oyó el sonido amortiguado de alguien chasqueando los dedos, y luego nada.

En el aula, los estudiantes se miraron unos a otros con desconcierto y miedo.

La cara del profesor de Pociones estaba ahora completamente enfurecida. Cruzó la sala con zancadas terribles y abrió de un tirón la puerta del armario.

El armario estaba vacío.


Una hora antes, Harry escuchaba desde dentro del armario cerrado. No se oía nada fuera, y tampoco tenía sentido correr riesgos.

C-A-P-A, deletrearon sus dedos.

Una vez invisible, abrió la puerta del armario con muchísimo cuidado y muy despacio, apenas una rendija, y echó un vistazo. No parecía haber nadie en el aula.

La puerta no estaba cerrada con llave.

Fue cuando Harry estuvo fuera del lugar peligroso y dentro del pasillo, a salvo y invisible, cuando parte de la ira se desvaneció y se dio cuenta de lo que acababa de hacer.

Lo que acababa de hacer.

El rostro invisible de Harry se quedó helado en horror absoluto.

Había antagonizado a un profesor tres órdenes de magnitud más allá de cualquier cosa que hubiera conseguido antes. Había amenazado con marcharse de Hogwarts y quizá tendría que cumplirlo. Había perdido todos los puntos que tenía Ravenclaw y luego había usado el Giratiempo…

Su imaginación le mostró a sus padres gritándole después de que lo expulsaran, a la profesora McGonagall decepcionada con él, y era demasiado doloroso, no podía soportarlo, y no se le ocurría ninguna manera de salvarse…

El pensamiento que Harry se permitió pensar fue que, si enfadarse lo había metido en todos esos problemas, quizá cuando estaba enfadado se le ocurriría una forma de salir de ellos; de alguna manera las cosas parecían más claras cuando estaba enfadado.

Y el pensamiento que Harry no se permitió pensar fue que simplemente no podía enfrentarse a ese futuro si no estaba enfadado.

Así que arrojó sus pensamientos hacia atrás y recordó la humillación ardiente…

Vaya, vaya. Está claro que la fama no lo es todo.

Diez puntos de Ravenclaw por insolencia.

La calma fría volvió a recorrerle las venas como una ola reflejada que regresa desde un rompeolas, y Harry soltó el aliento.

Vale. Ahora vuelvo a estar cuerdo.

En realidad se sentía un poco decepcionado de su yo no enfadado por haberse venido abajo de esa forma y querer solo librarse de los problemas. El profesor Severus Snape era un problema de todos. Harry-normal lo había olvidado y había deseado una forma de protegerse a sí mismo. ¿Y dejar que todas las demás víctimas se apañaran? La pregunta no era cómo protegerse. La pregunta era cómo destruir a ese profesor de Pociones.

Así que este es mi lado oscuro, ¿eh? Un término un poco prejuicioso; mi lado luminoso parece más egoísta y cobarde, por no mencionar confuso y presa del pánico.

Y ahora que pensaba con claridad, estaba igualmente claro qué debía hacer a continuación. Ya se había dado una hora extra para prepararse, y podía conseguir hasta cinco horas más si hacía falta…


Minerva McGonagall esperaba en el despacho del director.

Dumbledore estaba sentado en su trono acolchado, detrás de su escritorio, vestido con cuatro capas de túnicas formales de color lavanda. Minerva estaba sentada en una silla delante de él, frente a Severus en otra silla. Ante los tres había un taburete de madera vacío.

Esperaban a Harry Potter.

Harry, pensó Minerva con desesperación, ¡prometiste que no morderías a ningún profesor!

Y en su mente podía ver con toda claridad la respuesta, la cara enfadada de Harry y su réplica indignada: ¡Dije que no mordería a nadie que no me mordiera primero!

Llamaron a la puerta.

—¡Adelante! —dijo Dumbledore.

La puerta se abrió de par en par y entró Harry Potter. Minerva casi soltó un jadeo. El niño parecía sereno, dueño de sí mismo y totalmente bajo control.

—Buenos dí… —la voz de Harry se cortó de pronto. La mandíbula se le quedó abierta.

Minerva siguió la mirada de Harry y vio que estaba mirando a Fawkes, donde el fénix se posaba sobre su percha dorada. Fawkes agitó sus brillantes alas rojas y doradas como el parpadeo de una llama e inclinó la cabeza en un asentimiento medido hacia el niño.

Harry se volvió para mirar fijamente a Dumbledore.

Dumbledore le guiñó un ojo.

Minerva sintió que se estaba perdiendo algo.

Una incertidumbre repentina cruzó el rostro de Harry. Su frialdad vaciló. El miedo apareció en sus ojos, luego la ira, y luego el niño volvió a estar tranquilo.

Un escalofrío recorrió la espalda de Minerva. Allí pasaba algo raro.

—Siéntate, por favor —dijo Dumbledore. Su rostro volvía a estar serio.

Harry se sentó.

—Entonces, Harry —dijo Dumbledore—. He oído un relato de este día por parte del profesor Snape. ¿Te importaría contarme qué ocurrió con tus propias palabras?

La mirada de Harry se deslizó despectiva hacia Severus.

—No es complicado —dijo el niño, sonriendo con finura—. Intentó intimidarme como lleva intimidando a todos los no Slytherin del colegio desde el día en que Lucius se lo endosó a usted. En cuanto a los demás detalles, solicito hablar de ellos en privado con usted. Difícilmente se puede esperar que un alumno que denuncia un comportamiento abusivo por parte de un profesor hable con franqueza delante de ese mismo profesor, después de todo.

Esta vez Minerva no pudo evitar soltar un jadeo.

Severus simplemente se rio.

Y el rostro del director se volvió grave.

—Señor Potter —dijo el director—, no se habla de un profesor de Hogwarts en esos términos. Temo que trabajas bajo un terrible malentendido. El profesor Severus Snape cuenta con mi plena confianza y sirve a Hogwarts por encargo mío, no de Lucius Malfoy.

Hubo silencio durante unos instantes.

Cuando el niño volvió a hablar, su voz era helada.

—¿Me estoy perdiendo algo?

—Bastantes cosas, señor Potter —dijo el director—. Para empezar, debes entender que el propósito de esta reunión es discutir cómo disciplinarte por los sucesos de esta mañana.

—Este hombre ha aterrorizado su colegio durante años. He hablado con estudiantes y he recopilado historias para asegurarme de que habría suficiente material para una campaña en la prensa que movilizara a los padres contra él. Algunos de los alumnos más jóvenes lloraron mientras me las contaban. ¡Yo casi lloré al oírlas! ¿Permitió usted que este abusador campara a sus anchas? ¿Les hizo esto a sus alumnos? ¿Por qué?

Minerva tragó un nudo que se le había formado en la garganta. Ella lo había… pensado, a veces, pero de algún modo nunca había llegado a…

—Señor Potter —dijo el director, con la voz ahora severa—, esta reunión no trata del profesor Snape. Trata de ti y de tu desprecio por la disciplina del colegio. El profesor Snape ha sugerido, y yo he aceptado, que tres meses completos de castigo serán apropiados…

—Rechazado —dijo Harry con frialdad.

Minerva se quedó sin habla.

—Esto no es una petición, señor Potter —dijo el director. Toda la fuerza, entera y completa, de la mirada del mago se volvió hacia el niño—. Este es tu castig…

—Me explicará por qué permitió que este hombre hiciera daño a los niños puestos a su cuidado, y si su explicación no es suficiente, iniciaré mi campaña en la prensa teniéndole a usted como objetivo.

El cuerpo de Minerva osciló por la fuerza de aquel golpe, por la pura y cruda lesa majestad.

Incluso Severus parecía conmocionado.

—Eso, Harry, sería sumamente imprudente —dijo Dumbledore despacio—. Yo soy la pieza principal que se opone a Lucius en el tablero. Que hicieras algo así lo fortalecería enormemente, y no creía que ese fuera el bando que habías elegido.

El niño permaneció inmóvil durante un largo momento.

—Esta conversación se vuelve privada —dijo Harry. Su mano se movió en dirección a Severus—. Hágalo salir.

Dumbledore negó con la cabeza.

—Harry, ¿no te he dicho que Severus Snape cuenta con mi plena confianza?

El rostro del niño mostró el impacto.

—¡El acoso de este hombre le hace vulnerable! ¡No soy el único que podría iniciar una campaña en la prensa contra usted! ¡Esto es una locura! ¿Por qué hace esto?

Dumbledore suspiró.

—Lo siento, Harry. Tiene que ver con cosas que, por el momento, no estás preparado para oír.

El niño miró fijamente a Dumbledore. Luego se volvió para mirar a Severus. Luego volvió a mirar a Dumbledore.

—Es una locura —dijo el niño despacio—. No lo ha refrenado porque cree que forma parte del patrón. Que Hogwarts necesita un profesor de Pociones malvado para ser un colegio mágico como es debido, igual que necesita un fantasma para enseñar Historia.

—Sí que suena al tipo de cosa que yo haría, ¿verdad? —dijo Dumbledore, sonriendo.

—Inaceptable —dijo Harry con rotundidad. Su mirada era ahora fría y oscura—. No toleraré el acoso ni el abuso. Había considerado muchas formas posibles de lidiar con este problema, pero lo haré sencillo. O este hombre se va, o me voy yo.

Minerva jadeó otra vez. Algo extraño centelleó en los ojos de Severus.

Ahora la mirada de Dumbledore también se estaba volviendo fría.

—La expulsión, señor Potter, es la amenaza final que puede emplearse contra un estudiante. No suele emplearse como amenaza por parte de los estudiantes contra el director. Este es el mejor colegio de magia del mundo entero, y una educación aquí no es una oportunidad que se le conceda a cualquiera. ¿Tienes la impresión de que Hogwarts no puede arreglárselas sin ti?

Y Harry se quedó allí sentado, sonriendo con finura.

Un horror repentino amaneció en Minerva. Seguro que Harry no…

—Olvida usted —dijo Harry— que no es el único que puede ver patrones. Esto se vuelve privado. Ahora haga que él… —Harry agitó una mano hacia Severus otra vez, y se detuvo a media frase y a medio gesto.

Minerva pudo verlo en la cara de Harry, el instante en que recordó.

Ella se lo había dicho, después de todo.

—Señor Potter —dijo el director—, una vez más, Severus Snape cuenta con mi plena confianza.

—Se lo dijo —susurró el niño—. Imbécil rematado.

Dumbledore no reaccionó al insulto.

—¿Decirle qué?

—Que el Señor Tenebroso está vivo.

—¿De qué demonios estás hablando, Potter? —exclamó Severus en tonos de puro asombro e indignación.

Harry lo miró brevemente, sonriendo con severidad.

—Oh, así que somos un Slytherin, entonces —dijo—. Empezaba a preguntármelo.

Y entonces hubo silencio.

Por fin habló Dumbledore. Su voz era suave.

—Harry, ¿de qué estás hablando?

—Lo siento, Albus —susurró Minerva.

Severus y Dumbledore se volvieron para mirarla.

—La profesora McGonagall no me lo dijo —dijo la voz de Harry, rápidamente y con menos calma que antes—. Lo adiviné. Ya se lo he dicho, yo también puedo ver los patrones. Lo adiviné, y ella controló su reacción igual que Severus. Pero su control se quedó un matiz por debajo de la perfección, y pude notar que era control, no naturalidad.

—Y yo le dije —dijo Minerva, con la voz temblando un poco— que tú, yo y Severus éramos los únicos que lo sabíamos.

—Lo cual hizo como concesión para impedir que yo me limitara a ir por ahí haciendo preguntas, como amenacé con hacer si no hablaba —dijo Harry. El niño soltó una breve risita—. Debería haber conseguido quedarme a solas con uno de ustedes y decirle que ella me lo había contado todo, para ver si se le escapaba algo. Probablemente no habría funcionado, pero habría merecido la pena intentarlo. —El niño volvió a sonreír—. La amenaza sigue sobre la mesa, y sí espero que se me informe por completo en algún momento.

Severus le dirigía a ella una mirada de absoluto desprecio. Minerva levantó la barbilla y la soportó. Sabía que se la merecía.

Dumbledore se echó hacia atrás en su trono acolchado. Sus ojos estaban más fríos que cualquier cosa que Minerva le hubiera visto desde el día en que murió su hermano.

—Y amenazas con abandonarnos ante Voldemort si no cumplimos tus deseos.

La voz de Harry fue afilada como una navaja.

—Lamento informarle de que usted no es el centro del universo. No estoy amenazando con abandonar la Gran Bretaña mágica. Estoy amenazando con abandonarle a usted. Yo no soy un pequeño Frodo dócil. Esta es mi misión, y si quiere participar en ella, jugará según mis reglas.

El rostro de Dumbledore seguía frío.

—Empiezo a dudar de tu idoneidad como héroe, señor Potter.

La mirada que Harry le devolvió fue igual de helada.

—Yo empiezo a dudar de su idoneidad como mi Gandalf, señor Dumbledore. Boromir fue al menos un error plausible. ¿Qué hace este Nazgûl en mi Comunidad?

Minerva estaba completamente perdida. Miró a Severus para ver si él estaba siguiendo aquello, y vio que Severus había girado el rostro fuera del campo de visión de Harry y sonreía.

—Supongo —dijo Dumbledore despacio— que desde tu perspectiva es una pregunta razonable. Así que, señor Potter, si el profesor Snape te deja en paz de ahora en adelante, ¿será esta la última vez que surja este asunto, o te encontraré aquí cada semana con una nueva exigencia?

—¿Que me deje en paz? —La voz de Harry estaba indignada—. ¡No soy su única víctima y desde luego no soy la más vulnerable! ¿Ha olvidado lo indefensos que son los niños? ¿Cuánto sufren? De ahora en adelante, Severus tratará a todos los estudiantes de Hogwarts con la cortesía adecuada y profesional, o usted encontrará otro profesor de Pociones, o encontrará otro héroe.

Dumbledore empezó a reírse. Una risa plena, cálida y humorística, como si Harry acabara de ejecutar una danza cómica delante de él.

Minerva no se atrevió a moverse. Sus ojos parpadearon y vio que Severus estaba igual de inmóvil.

El rostro de Harry se volvió aún más frío.

—Se equivoca conmigo, director, si cree que esto es una broma. Esto no es una petición. Este es su castigo.

—Señor Potter… —dijo Minerva. Ni siquiera sabía qué iba a decir. Sencillamente no podía dejar pasar aquello.

Harry le hizo un gesto para que callara y siguió hablando a Dumbledore.

—Y si eso le parece descortés —dijo Harry, con la voz ahora un poco menos dura—, no pareció menos descortés cuando usted me lo dijo a mí. No le diría algo así a nadie a quien considerara un ser humano real en vez de un niño subordinado, y yo le trataré con la misma cortesía con que usted me trate…

—¡Oh, sin duda, en verdad, este es mi castigo si alguna vez hubo uno! ¡Claro que estás aquí chantajeándome para salvar a tus compañeros, no para salvarte a ti mismo! ¡No puedo imaginar por qué habría pensado otra cosa!

Dumbledore se reía ahora todavía más. Golpeó el escritorio tres veces con el puño.

La mirada de Harry se volvió incierta. Su rostro giró hacia ella, dirigiéndose a ella por primera vez.

—Disculpe —dijo Harry. Su voz parecía vacilar—. ¿Necesita tomarse su medicación o algo?

—Ah… —Minerva no tenía ni idea de qué podía decir.

—Bueno —dijo Dumbledore. Se secó las lágrimas que se le habían formado en los ojos—. Perdóname. Siento la interrupción. Por favor, continúa con el chantaje.

Harry abrió la boca y volvió a cerrarla. Ahora parecía un poco inestable.

—Ah… también debe dejar de leer la mente a los estudiantes.

—Minerva —dijo Severus, con voz mortal—, tú…

—Me lo advirtió el Sombrero Seleccionador —dijo Harry.

—¿Qué?

—No puedo decir nada más. En cualquier caso, creo que eso es todo. He terminado.

Silencio.

—¿Y ahora qué? —dijo Minerva, cuando se hizo evidente que nadie más iba a decir nada.

—¿Y ahora qué? —repitió Dumbledore—. Pues ahora el héroe gana, por supuesto.

—¿Qué? —dijeron Severus, Minerva y Harry.

—Bueno, desde luego parece habernos acorralado —dijo Dumbledore, sonriendo alegremente—. Pero Hogwarts necesita un profesor de Pociones malvado, o no sería un colegio mágico como es debido, ¿verdad? Así que ¿qué tal si el profesor Snape solo es horrible con los estudiantes de quinto curso en adelante?

—¿Qué? —dijeron los tres otra vez.

—Si lo que te preocupa son las víctimas más vulnerables. Quizá tengas razón, Harry. Quizá he olvidado con las décadas cómo es ser un niño. Así que lleguemos a un compromiso. Severus seguirá concediendo puntos injustamente a Slytherin e imponiendo una disciplina laxa a su Casa, y será horrible con los estudiantes no Slytherin de quinto curso en adelante. Con los demás será aterrador, pero no abusivo. Prometerá leer mentes solo cuando la seguridad de un estudiante lo requiera. Hogwarts tendrá su profesor de Pociones malvado, y las víctimas más vulnerables, como tú las llamas, estarán a salvo.

Minerva McGonagall estaba tan conmocionada como lo había estado en toda su vida. Miró con incertidumbre a Severus, cuyo rostro había quedado completamente neutro, como si no pudiera decidir qué clase de expresión debería llevar.

—Supongo que eso es aceptable —dijo Harry. Su voz sonaba algo rara.

—No puede hablar en serio —dijo Severus, con la voz tan inexpresiva como su rostro.

—Estoy muy a favor de esto —dijo Minerva despacio. Estaba tan a favor que el corazón le latía desbocado bajo la túnica—. Pero ¿qué podríamos decirles a los estudiantes? Puede que no lo hayan cuestionado mientras Severus era… horrible con todo el mundo, pero…

—Harry puede decirles a los demás estudiantes que descubrió un secreto terrible de Severus e hizo un poco de chantaje —dijo Dumbledore—. Es verdad, después de todo; descubrió que Severus leía mentes, y desde luego nos chantajeó.

—¡Esto es una locura! —estalló Severus.

—¡Bua ja ja! —dijo Dumbledore.

—Ah… —dijo Harry con incertidumbre—. ¿Y si alguien me pregunta por qué los de quinto en adelante se han quedado fastidiados? No los culparía por enfadarse, y esa parte no fue exactamente idea mía…

—Diles —dijo Dumbledore— que no fuiste tú quien sugirió el compromiso, que fue todo lo que pudiste conseguir. Y luego niégate a decir nada más. Eso también es verdad. Hay un arte en esto; lo aprenderás con la práctica.

Harry asintió despacio.

—¿Y los puntos que quitó a Ravenclaw?

—No se les deben devolver.

Fue Minerva quien lo dijo.

Harry la miró.

—Lo siento, señor Potter —dijo ella. Lo sentía, pero tenía que hacerse—. Debe haber alguna consecuencia por su mala conducta o este colegio se vendrá abajo.

Harry se encogió de hombros.

—Aceptable —dijo llanamente—. Pero en el futuro Severus no atacará mis conexiones con mi Casa quitándome puntos, ni desperdiciará mi valioso tiempo con castigos. Si considera que mi comportamiento requiere corrección, puede comunicar sus preocupaciones a la profesora McGonagall.

—Harry —dijo Minerva—, ¿seguirás sometiéndote a la disciplina del colegio, o ahora estarás por encima de la ley, como lo estaba Severus?

Harry la miró. Algo cálido rozó su mirada, brevemente, antes de quedar sofocado.

—Seguiré siendo un estudiante ordinario ante cualquier miembro del personal que no esté loco ni sea malvado, siempre que no sufra presiones por parte de otros que sí lo estén. —Harry miró brevemente a Severus, luego volvió a Dumbledore—. Deje en paz a Minerva y seré un alumno normal de Hogwarts en su presencia. Sin privilegios ni inmunidades especiales.

—Precioso —dijo Dumbledore con sinceridad—. Hablado como un verdadero héroe.

—Y —dijo ella— el señor Potter debe disculparse públicamente por sus actos de hoy.

Harry le dedicó otra mirada. Esta era un poco escéptica.

—La disciplina del colegio ha sido gravemente dañada por sus actos, señor Potter —dijo Minerva—. Debe restaurarse.

—Creo, profesora McGonagall, que sobrestima considerablemente la importancia de lo que llama disciplina escolar, en comparación con tener la Historia enseñada por un profesor vivo o no torturar a sus estudiantes. Mantener la jerarquía de estatus actual y hacer cumplir sus reglas parece muchísimo más sabio, moral e importante cuando uno está arriba y es quien las hace cumplir que cuando está abajo, y puedo citar estudios al respecto si hace falta. Podría extenderme varias horas sobre este punto, pero lo dejaré ahí.

Minerva negó con la cabeza.

—Señor Potter, subestima la importancia de la disciplina porque usted no la necesita… —Se detuvo. Aquello no había salido bien, y Severus, Dumbledore e incluso Harry la miraban de forma extraña—. Para aprender, quiero decir. No todos los niños pueden aprender en ausencia de autoridad. Y serán los otros niños quienes saldrán perjudicados, señor Potter, si ven su ejemplo como algo que se debe imitar.

Los labios de Harry se curvaron en una sonrisa torcida.

—El primer y último recurso es la verdad. La verdad es que no debería haberme enfadado, no debería haber interrumpido la clase, no debería haber hecho lo que hice, y di un mal ejemplo a todos. La verdad también es que Severus Snape se comportó de una manera impropia de un profesor de Hogwarts, y que de ahora en adelante será más consciente de los sentimientos heridos de los estudiantes de cuarto curso e inferiores. Los dos podríamos levantarnos y decir la verdad. Podría vivir con eso.

—¡Ni en tus sueños, Potter! —escupió Severus.

—Después de todo —dijo Harry, sonriendo con dureza—, si los estudiantes ven que las reglas son para todos… también para los profesores, no solo para pobres estudiantes indefensos que no reciben del sistema más que sufrimiento… vaya, los efectos positivos sobre la disciplina escolar deberían ser tremendos.

Hubo una breve pausa, y luego Dumbledore soltó una risita.

—Minerva está pensando que tienes más razón de la que tienes derecho a tener.

La mirada de Harry saltó lejos de Dumbledore, hacia el suelo.

—¿Le está leyendo la mente?

—El sentido común se confunde a menudo con la legeremancia —dijo Dumbledore—. Hablaré de este asunto con Severus, y no se te exigirá ninguna disculpa salvo que él también se disculpe. Y ahora declaro concluido este asunto, al menos hasta la hora de comer. —Hizo una pausa—. Aunque, Harry, me temo que Minerva deseaba hablar contigo de un asunto adicional. Y eso no es resultado de ninguna presión por mi parte. Minerva, si quieres.

Minerva se levantó de la silla y casi se cayó. Tenía demasiada adrenalina en la sangre, el corazón le latía demasiado deprisa.

—Fawkes —dijo Dumbledore—, acompáñala, por favor.

—No creo que… —empezó a decir.

Dumbledore le lanzó una mirada, y ella calló.

El fénix surcó la habitación como una lengua de fuego suave que saltara hacia delante y aterrizó sobre su hombro. Ella sintió el calor a través de la túnica, por todo el cuerpo.

—Sígame, por favor, señor Potter —dijo, ahora con firmeza, y salieron por la puerta.


Estaban de pie en las escaleras giratorias, descendiendo en silencio.

Minerva no sabía qué decir. No conocía a la persona que estaba a su lado.

Y Fawkes empezó a cantar suavemente.

Era tierno y suave, como sonaría una chimenea si tuviera melodía, y lavó la mente de Minerva, aliviando, calmando, suavizando lo que tocaba…

—¿Qué es eso? —susurró Harry a su lado. Su voz era inestable, vacilaba, cambiaba de tono.

—El canto del fénix —dijo Minerva, sin ser muy consciente de lo que decía; toda su atención estaba en aquella extraña música tranquila—. También cura.

Harry apartó el rostro de ella, pero Minerva alcanzó a ver algo atormentado.

El descenso pareció durar muchísimo tiempo, o quizá era solo que la música parecía durar muchísimo tiempo, y cuando salieron por el hueco donde había estado una gárgola, ella sostenía con firmeza la mano de Harry entre las suyas.

Cuando la gárgola volvió a colocarse en su sitio, Fawkes dejó su hombro y descendió hasta quedar suspendido ante Harry.

Harry miró a Fawkes como alguien hipnotizado por la luz siempre cambiante del fuego.

—¿Qué se supone que debo hacer, Fawkes? —susurró Harry—. No podría haberlos protegido si no me hubiera enfadado.

Las alas del fénix siguieron batiendo, y él siguió suspendido en el aire. No se oía nada salvo el batir de las alas. Entonces hubo un destello como el de un fuego que se aviva y se apaga, y Fawkes desapareció.

Los dos parpadearon, como al despertar de un sueño, o quizá como al volver a quedarse dormidos.

Minerva bajó la mirada.

El rostro joven y brillante de Harry Potter miró hacia ella.

—¿Los fénix son personas? —dijo Harry—. Quiero decir, ¿son lo bastante inteligentes como para contar como personas? ¿Podría hablar con Fawkes si supiera cómo?

Minerva parpadeó con fuerza. Luego volvió a parpadear.

—No —dijo Minerva, con la voz temblorosa—. Los fénix son criaturas de magia poderosa. Esa magia da a su existencia un peso de significado que ningún simple animal podría poseer. Son fuego, luz, curación, renacimiento. Pero al final, no.

—¿Dónde puedo conseguir uno?

Minerva se inclinó y lo abrazó. No había pretendido hacerlo, pero no parecía tener muchas opciones en la materia.

Cuando se incorporó, le costó hablar. Pero tenía que preguntar.

—¿Qué ha pasado hoy, Harry?

—Yo tampoco sé las respuestas a ninguna de las preguntas importantes. Aparte de eso, preferiría no pensar en ello durante un rato.

Minerva volvió a tomarle la mano, y recorrieron en silencio el resto del camino.

Fue un trayecto corto, puesto que naturalmente el despacho de la subdirectora estaba cerca del despacho del director.

Minerva se sentó detrás de su escritorio.

Harry se sentó frente a él.

—Bien —susurró Minerva. Habría dado casi cualquier cosa por no tener que hacer aquello, o por no ser ella quien tuviera que hacerlo, o porque fuera cualquier otro momento menos ese—. Hay un asunto de disciplina escolar. Del que usted no está exento.

—¿A saber? —dijo Harry.

No lo sabía. Aún no se había dado cuenta. Ella sintió que se le cerraba la garganta. Pero había trabajo que hacer y no lo eludiría.

—Señor Potter —dijo la profesora McGonagall—, necesito ver su Giratiempo, por favor.

Toda la paz del fénix desapareció de su rostro en un instante, y Minerva sintió como si acabara de apuñalarlo.

—¡No! —dijo Harry. Su voz era presa del pánico—. Lo necesito, no podré asistir a Hogwarts, no podré dormir.

—Podrá dormir —dijo ella—. El Ministerio ha entregado la carcasa protectora para su Giratiempo. La encantaré para que solo se abra entre las nueve de la noche y medianoche.

El rostro de Harry se retorció.

—Pero… pero yo…

—Señor Potter, ¿cuántas veces ha usado el Giratiempo desde el lunes? ¿Cuántas horas?

—Yo… —dijo Harry—. Un momento, déjeme sumarlo…

Miró su reloj.

Minerva sintió una oleada de tristeza. Se lo había imaginado.

—Entonces no fueron solo dos al día. Sospecho que, si preguntara a sus compañeros de dormitorio, descubriría que estaba luchando por mantenerse despierto el tiempo suficiente para irse a dormir a una hora razonable, y despertándose cada vez más temprano por la mañana. ¿Correcto?

La cara de Harry dijo todo lo que ella necesitaba saber.

—Señor Potter —dijo suavemente—, hay estudiantes a los que no se les puede confiar un Giratiempo, porque se vuelven adictos a ellos. Les damos una poción que alarga su ciclo de sueño la cantidad necesaria, pero acaban usando el Giratiempo para algo más que asistir a sus clases. Y por eso debemos retirárselos. Señor Potter, ha empezado a usar el Giratiempo como solución para todo, a menudo de forma muy imprudente. Lo usó para recuperar una Recordadora. Desapareció de un armario de una manera visible para otros estudiantes, en lugar de volver atrás después de salir y buscarme a mí o a otra persona para que viniera a abrir la puerta.

Por la cara de Harry, aquello no se le había ocurrido.

—Y, lo que es más importante —dijo ella—, debería haber permanecido sentado en la clase del profesor Snape. Y observado. Y marcharse al final de la clase. Como habría hecho si no hubiera poseído un Giratiempo. Hay estudiantes a los que no se les puede confiar un Giratiempo, señor Potter. Usted es uno de ellos. Lo siento.

—¡Pero lo necesito! —soltó Harry—. ¿Y si hay Slytherins amenazándome y tengo que escapar? Me mantiene a salvo…

—Todos los demás estudiantes de este castillo corren el mismo riesgo, y le aseguro que sobreviven. Ningún estudiante ha muerto en este castillo en cincuenta años. Señor Potter, entregará su Giratiempo y lo hará ahora.

El rostro de Harry se retorció en agonía, pero sacó el Giratiempo de debajo de la túnica y se lo dio.

De su escritorio, Minerva sacó una de las carcasas protectoras que habían enviado a Hogwarts. Encajó la cubierta alrededor del reloj de arena giratorio del Giratiempo, y luego apoyó la varita sobre la cubierta para completar el encantamiento.

—¡Esto no es justo! —chilló Harry—. Hoy he salvado a medio Hogwarts del profesor Snape. ¿Es correcto que me castiguen por ello? ¡Vi su cara, usted odiaba lo que él estaba haciendo!

Minerva no habló durante unos momentos. Estaba encantando.

Cuando terminó y alzó la vista, supo que su cara era severa. Quizá era lo incorrecto. Y quizá, por otra parte, era lo correcto. Había un niño obstinado delante de ella, y eso no significaba que el universo estuviera roto.

—¿Justo, señor Potter? —espetó—. ¡He tenido que presentar dos informes ante el Ministerio por uso público de un Giratiempo en dos días sucesivos! ¡Dé gracias, y muchas, de que se le haya permitido conservar el Giratiempo siquiera en forma restringida! ¡El director hizo una llamada por red flu para suplicarles personalmente, y si usted no fuera el Niño que Vivió ni siquiera eso habría bastado!

Harry la miró boquiabierto.

Ella sabía que él estaba viendo el rostro enfadado de la profesora McGonagall.

Los ojos de Harry se llenaron de lágrimas.

—Lo siento —susurró, con la voz ahora ahogada y rota—. Lo siento, por haberla… decepcionado…

—Yo también lo siento, señor Potter —dijo ella con severidad, y le entregó el Giratiempo recién restringido—. Puede irse.

Harry se volvió y huyó de su despacho, sollozando. Ella oyó sus pies alejarse por el pasillo, y luego el sonido se cortó cuando la puerta se cerró.

—Yo también lo siento, Harry —susurró a la habitación silenciosa—. Yo también lo siento.


Quince minutos después de empezar la hora de la comida.

Nadie hablaba con Harry. Algunos Ravenclaw le lanzaban miradas de enfado, otros de compasión, unos pocos de los estudiantes más jóvenes incluso tenían miradas de admiración, pero nadie le hablaba. Ni siquiera Hermione había intentado acercarse.

Fred y George se habían aproximado con cautela. No habían dicho nada. La oferta estaba clara, y también que era opcional. Harry les había dicho que iría cuando empezara el postre, no antes. Ellos habían asentido y se habían marchado deprisa.

Probablemente era la expresión absolutamente inexpresiva del rostro de Harry lo que lo provocaba.

Los demás quizá pensaban que estaba controlando la ira o el desaliento. Sabían, porque habían visto a Flitwick venir a buscarlo, que lo habían llamado al despacho del director.

Harry intentaba no sonreír, porque si sonreía, empezaría a reírse, y si empezaba a reírse, no pararía hasta que los agradables señores con batas blancas vinieran a llevárselo.

Era demasiado. Era sencillamente demasiado. Harry casi se había pasado al Lado Oscuro, su lado oscuro había hecho cosas que en retrospectiva parecían demenciales, su lado oscuro había obtenido una victoria imposible que quizá era real y quizá era un puro capricho de un director loco, su lado oscuro había protegido a sus amigos. Ya no podía procesarlo. Necesitaba que Fawkes le cantara otra vez.

Necesitaba usar el Giratiempo para marcharse y tomarse una hora tranquila para recuperarse, pero eso ya no era una opción y la pérdida era como un agujero en su existencia, aunque no podía pensar en eso porque entonces quizá empezaría a reírse.

Veinte minutos. Todos los estudiantes que iban a comer habían llegado; casi ninguno se había marchado.

El golpeteo de una cuchara resonó por el Gran Comedor.

—Si me prestan atención, por favor —dijo Dumbledore—. Harry Potter tiene algo que quiere compartir con nosotros.

Harry inspiró hondo y se levantó. Caminó hasta la mesa de profesores, con todos los ojos clavados en él.

Harry se volvió y miró las cuatro mesas.

Cada vez le costaba más no sonreír, pero mantuvo el rostro inexpresivo mientras pronunciaba su breve discurso memorizado.

—La verdad es sagrada —dijo Harry sin entonación—. Una de mis posesiones más preciadas es una chapa que dice: «Di la verdad, aunque te tiemble la voz». Esta, entonces, es la verdad. Recordadlo. No lo digo porque me estén obligando a decirlo; lo digo porque es verdad. Lo que hice en la clase del profesor Snape fue insensato, estúpido, infantil y una violación inexcusable de las normas de Hogwarts. Interrumpí el aula y privé a mis compañeros de su irreemplazable tiempo de aprendizaje. Todo porque no logré controlar mi temperamento. Espero que ni uno solo de vosotros siga jamás mi ejemplo. Desde luego, yo tengo intención de intentar no seguirlo nunca más.

Muchos de los estudiantes que miraban a Harry tenían ahora expresiones solemnes y tristes, como las que se ven en una ceremonia que marca la pérdida de un campeón caído. En la parte de los más jóvenes de la mesa de Gryffindor, aquella expresión era casi universal.

Hasta que Harry levantó la mano.

No la levantó mucho. Eso habría parecido perentorio. Desde luego no la levantó hacia Severus. Harry simplemente alzó la mano a la altura del pecho y chasqueó suavemente los dedos, un gesto que se vio más de lo que se oyó. Era posible que la mayor parte de la mesa de profesores ni siquiera lo viera.

Aquel aparente gesto de desafío ganó sonrisas repentinas de los alumnos más jóvenes y los Gryffindor, muecas fríamente superiores de los Slytherin, y ceños fruncidos y miradas preocupadas de todos los demás.

Harry mantuvo el rostro inexpresivo.

—Gracias —dijo—. Eso es todo.

—Gracias, señor Potter —dijo el director—. Y ahora el profesor Snape también tiene algo que compartir con nosotros.

Severus se levantó suavemente de su sitio en la mesa de profesores.

—Se me ha hecho notar —dijo— que mis propias acciones desempeñaron un papel en provocar la ira, ciertamente inexcusable, del señor Potter, y en la discusión subsiguiente me he dado cuenta de que había olvidado lo fácilmente que pueden herirse los sentimientos de los jóvenes e inmaduros…

Se oyó el sonido de mucha gente emitiendo atragantamientos ahogados al mismo tiempo.

Severus continuó como si no lo hubiera oído.

—El aula de Pociones es un lugar peligroso, y sigo considerando que la disciplina estricta es necesaria, pero de ahora en adelante seré más consciente de la… fragilidad emocional… de los estudiantes de cuarto curso e inferiores. Mi deducción de puntos a Ravenclaw se mantiene, pero revocaré el castigo del señor Potter. Gracias.

Se oyó una sola palmada desde la dirección de Gryffindor, y más rápido que un relámpago Severus tenía la varita en la mano y un «¡Quietus!» silenció al culpable.

—Seguiré exigiendo disciplina y respeto en todas mis clases —dijo Severus fríamente—, y cualquiera que juegue conmigo lo lamentará.

Se sentó.

—¡Gracias también! —dijo alegremente el director Dumbledore—. ¡Continuad!

Y Harry, todavía inexpresivo, empezó a volver a su asiento en Ravenclaw.

Hubo una explosión de conversaciones. Dos palabras fueron claramente identificables al principio. La primera era un «Qué…» inicial que empezaba muchas frases distintas, como «Qué acaba de pasar…» y «Pero qué demonios…». La segunda fue «¡Fregotego!», mientras los estudiantes limpiaban la comida caída y las bebidas escupidas de sí mismos, del mantel y unos de otros.

Algunos estudiantes lloraban abiertamente. También lo hacía la profesora Sprout.

En la mesa de Gryffindor, donde esperaba una tarta con cincuenta y una velas sin encender, Fred susurró:

—Creo que esto se nos queda un poco grande, George.

Y desde aquel día en adelante, sin importar lo que Hermione intentara decirle a nadie, se convertiría en leyenda aceptada de Hogwarts que Harry Potter podía hacer que pasara absolutamente cualquier cosa con solo chasquear los dedos.