Tú siempre has sido J. K. Rowling.

Nota histórica: en el calendario romano, los «idus» de un mes eran el día 15 en marzo, mayo, julio y octubre, y el día 13 en todos los demás meses.


«Empiezas a ver el patrón, a oír el ritmo del mundo.»


Jueves.

Si querías ser concreto, las 7:24 de la mañana del jueves.

Harry estaba sentado en su cama, con un libro de texto flojo entre sus manos inmóviles.

Harry acababa de tener una idea para una prueba experimental realmente brillante.

Significaba esperar una hora más para desayunar, pero para eso tenía barritas de cereales. No. Aquella idea tenía que ponerse a prueba absolutamente, sin ninguna duda, ahora mismo, inmediatamente.

Harry dejó el libro de texto a un lado, saltó de la cama, rodeó la cama corriendo, sacó el nivel cavernoso de su baúl, bajó las escaleras y empezó a mover cajas de libros de un lado a otro. (De verdad necesitaba desempaquetar y conseguir estanterías en algún momento, pero estaba en medio de su competición de lectura de libros de texto con Hermione e iba quedándose atrás, así que no había tenido tiempo.)

Harry encontró el libro que quería y volvió corriendo arriba.

Los demás chicos se estaban preparando para bajar a desayunar al Gran Comedor y empezar el día.

—Perdona, ¿puedes hacer una cosa por mí? —dijo Harry. Hablaba mientras pasaba las páginas del índice del libro, encontró la página con los diez mil primeros números primos, fue a esa página y le plantó el libro delante a Anthony Goldstein—. Elige dos números de tres cifras de esta lista. No me digas cuáles son. Multiplícalos y dime solo el producto. Ah, y haz el cálculo dos veces para comprobarlo, ¿vale? Por favor, asegúrate muchísimo de que tienes el resultado correcto. No estoy seguro de qué me pasará a mí o al universo si cometes un error de multiplicación.

Decía mucho de cómo había sido la vida en aquel dormitorio durante los últimos días que Anthony ni siquiera se molestara en decir algo como «¿Por qué te ha dado este ataque de repente?» o «Eso suena rarísimo, ¿qué razones tienes para pedírmelo?» o «¿Qué quieres decir con que no estás seguro de lo que le pasará al universo?».

Anthony aceptó el libro sin decir palabra y sacó un pergamino y una pluma. Harry se dio la vuelta y cerró los ojos, asegurándose de no ver nada, bailoteando de un lado a otro y rebotando de impaciencia. Cogió un bloc de papel y un portaminas y se preparó para escribir.

—Vale —dijo Anthony—. Ciento ochenta y un mil cuatrocientos veintinueve.

Harry escribió 181.429. Repitió lo que acababa de escribir y Anthony se lo confirmó.

Entonces Harry bajó corriendo al nivel cavernoso de su baúl, miró su reloj —el reloj decía las 4:28, lo que significaba las 7:28— y cerró los ojos.

Unos treinta segundos después, Harry oyó el sonido de unos pasos, seguido del sonido del nivel cavernoso del baúl al cerrarse. (Harry no estaba preocupado por asfixiarse. Un encantamiento automático de renovación de aire formaba parte de lo que obtenías si estabas dispuesto a comprar un baúl realmente bueno. ¿No era maravillosa la magia? No tenía que preocuparse por la factura de la luz.)

Y cuando Harry abrió los ojos, vio justo lo que había esperado ver: un papel doblado, dejado en el suelo, el regalo de su yo futuro.

Llamemos a ese papel «Papel 2».

Harry arrancó una hoja de su bloc.

Llamemos a eso «Papel 1». Era, por supuesto, el mismo papel. Incluso se podía ver, si mirabas con atención, que los bordes rasgados encajaban.

Harry repasó mentalmente el algoritmo que iba a seguir.

Si Harry abría el Papel 2 y estaba en blanco, escribiría «101 x 101» en el Papel 1, lo doblaría, estudiaría durante una hora, volvería atrás en el tiempo, dejaría el Papel 1 —que de ese modo se convertiría en el Papel 2— y subiría del nivel cavernoso para reunirse con sus compañeros de dormitorio para desayunar.

Si Harry abría el Papel 2 y tenía dos números escritos, Harry multiplicaría esos dos números.

Si su producto era igual a 181.429, Harry escribiría esos dos números en el Papel 1 y enviaría el Papel 1 atrás en el tiempo.

De lo contrario, Harry sumaría 2 al número de la derecha y escribiría la nueva pareja de números en el Papel 1. A menos que eso hiciera que el número de la derecha fuera mayor que 997, en cuyo caso Harry sumaría 2 al número de la izquierda y escribiría 101 a la derecha.

Y si el Papel 2 decía 997 x 997, Harry dejaría el Papel 1 en blanco.

Lo cual significaba que el único bucle temporal estable posible era aquel en el que el Papel 2 contenía los dos factores primos de 181.429.

Si aquello funcionaba, Harry podría usarlo para recuperar cualquier clase de respuesta que fuera fácil de comprobar pero difícil de encontrar. No solo habría demostrado que P=NP una vez que tenías un Giratiempo; aquel truco era más general que eso. Harry podría usarlo para encontrar combinaciones de cerraduras de combinación, o contraseñas de todo tipo. Tal vez incluso encontrar la entrada a la Cámara de los Secretos de Slytherin, si Harry conseguía idear alguna forma sistemática de describir todos los lugares de Hogwarts.

Sería una trampa impresionante incluso para los estándares de trampas de Harry.

Harry cogió el Papel 2 con mano temblorosa y lo desdobló.

El Papel 2 decía, con una letra ligeramente temblorosa:

NO JUEGUES CON EL TIEMPO

Harry escribió «NO JUEGUES CON EL TIEMPO» en el Papel 1, con una letra ligeramente temblorosa, lo dobló con cuidado y decidió no hacer más experimentos realmente brillantes con el tiempo hasta tener por lo menos quince años.

Hasta donde sabía Harry, aquel había sido el resultado experimental más aterrador de toda la historia de la ciencia.

A Harry le costó un poco concentrarse en leer su libro de texto durante la hora siguiente.

Así empezó el jueves de Harry.


Jueves.

Si querías ser concreto, las 3:32 de la tarde del jueves.

Harry y todos los demás chicos de primero estaban fuera, en un campo de hierba, con la señora Hooch, de pie junto al surtido de escobas de Hogwarts. Las chicas aprenderían a volar por separado. Al parecer, por alguna razón, las chicas no querían aprender a volar en escoba en presencia de chicos.

Harry había estado un poco inestable todo el día. No conseguía dejar de preguntarse cómo se había seleccionado aquel bucle temporal estable en particular de lo que, visto en retrospectiva, era un espacio de posibilidades bastante grande.

Además: ¿en serio, escobas? Iba a volar sobre, básicamente, un segmento de línea. ¿No era esa más o menos la forma más inestable que se podía encontrar, aparte de intentar agarrarse a una canica puntual? ¿Quién había elegido aquel diseño para un aparato volador, de entre todas las posibilidades? Harry había estado esperando que fuera solo una forma de hablar, pero no: estaban de pie delante de lo que, a todos los efectos, parecían escobas corrientes de madera, de las de cocina.

¿Alguien se habría quedado atascado en la idea de las escobas y no había pensado en nada más? Tenía que ser eso. No había forma de que los diseños óptimos para limpiar cocinas y para volar coincidieran por casualidad si los calculabas desde cero.

Era un día despejado, con un cielo azul intenso y un sol brillante que estaba pidiendo a gritos metérsete en los ojos y hacer imposible ver nada, si intentabas volar por el cielo. El suelo estaba agradablemente seco, olía a horneado, y de algún modo parecía muy, muy duro bajo los zapatos de Harry.

Harry no dejaba de recordarse que se esperaba que el mínimo común denominador de niños de once años aprendiera aquello, y que no podía ser tan difícil.

—Extended la mano derecha sobre la escoba, o la izquierda si sois zurdos —gritó la señora Hooch—. Y decid: ¡ARRIBA!

—¡ARRIBA! —gritaron todos.

La escoba saltó con entusiasmo a la mano de Harry.

Lo cual lo puso a la cabeza de la clase, por una vez. Al parecer, decir «¡ARRIBA!» era mucho más difícil de lo que parecía, y la mayoría de las escobas estaban rodando por el suelo o intentando alejarse poco a poco de sus aspirantes a jinetes.

(Por supuesto, Harry habría apostado dinero a que Hermione lo había hecho al menos igual de bien cuando le había tocado intentarlo a ella, antes durante el día. No podía existir algo que él dominara al primer intento y que desconcertara a Hermione; y si existía y resultaba ser montar en escoba en vez de algo intelectual, Harry se moriría sin más.)

Llevó un rato que todos consiguieran tener una escoba delante. La señora Hooch les mostró cómo montarse y luego caminó por el campo, corrigiendo agarres y posturas. Al parecer, ni siquiera entre los pocos niños a los que se les había permitido volar en casa les habían enseñado a hacerlo correctamente.

La señora Hooch observó el campo de chicos y asintió.

—Ahora, cuando haga sonar mi silbato, os impulsáis desde el suelo, con fuerza.

Harry tragó saliva, intentando sofocar la sensación de mareo en el estómago.

—Mantened las escobas firmes, subid unos pocos pies y luego bajad recto de nuevo inclinándoos ligeramente hacia delante. A mi silbato… tres… dos…

Una de las escobas salió disparada hacia el cielo, acompañada por los gritos de un niño pequeño: gritos de horror, no de alegría. El chico giraba a una velocidad espantosa mientras ascendía; solo se alcanzaban a ver destellos de su cara blanca…

Como a cámara lenta, Harry saltó hacia atrás desde su propia escoba y rebuscó su varita, aunque no sabía muy bien qué pensaba hacer con ella; había tenido exactamente dos sesiones de Encantamientos, y la última había sido sobre el encantamiento levitador, pero Harry solo había conseguido lanzar el hechizo correctamente una de cada tres veces y desde luego no podía levitar personas enteras…

Si hay algún poder oculto en mí, ¡que se revele AHORA!

—¡Vuelve, chico! —gritó la señora Hooch, lo que tenía que ser la instrucción más inútil concebible para lidiar con una escoba fuera de control, viniendo de una instructora de vuelo, y una sección totalmente automática del cerebro de Harry añadió a la señora Hooch a su recuento de idiotas.

Y el niño salió despedido de la escoba.

Al principio pareció moverse por el aire muy despacio.

—¡Wingardium Leviosa! —gritó Harry.

El hechizo falló. Pudo sentir que fallaba.

Hubo un GOLPE y un crujido lejano, y el niño quedó tumbado boca abajo en la hierba, hecho un ovillo.

Harry envainó la varita y corrió hacia allí a toda velocidad. Llegó al lado del chico al mismo tiempo que la señora Hooch, y Harry metió la mano en su bolsa e intentó recordar, oh Dios, cuál era el nombre, daba igual, probaría con «¡Botiquín de sanador!», y le apareció en la mano y…

—Muñeca rota —dijo la señora Hooch—. Cálmate, chico, ¡solo tiene la muñeca rota!

Hubo una especie de sacudida mental mientras la mente de Harry salía del Modo Pánico.

El Botiquín de Sanación de Emergencia Plus estaba abierto delante de él, y Harry sostenía una jeringuilla de fuego líquido en la mano, que habría mantenido oxigenado el cerebro del chico si hubiera conseguido partirse el cuello.

—Ah… —dijo Harry, con una voz bastante temblorosa. El corazón le latía tan fuerte que casi no podía oírse jadeando—. Hueso roto… claro… ¿Cuerda Férula?

—Eso es solo para emergencias —espetó la señora Hooch—. Guárdalo. Está bien. —Se inclinó sobre el chico y le ofreció una mano—. Vamos, chico, no pasa nada, arriba.

—¿No estará pensando en serio hacerle montar otra vez en la escoba? —dijo Harry, horrorizado.

La señora Hooch le lanzó una mirada furiosa.

—¡Claro que no! —Puso al chico en pie tirando de su brazo bueno —Harry vio con sobresalto que era Neville Longbottom otra vez; ¿qué le pasaba?— y se volvió hacia todos los niños que miraban—. ¡Que nadie se mueva mientras llevo a este chico a la enfermería! Dejáis esas escobas donde están u os vais de Hogwarts antes de que podáis decir «Quidditch». Vamos, querido.

Y la señora Hooch se marchó con Neville, que se sujetaba la muñeca e intentaba controlar sus sollozos.

Cuando estuvieron fuera del alcance del oído, uno de los Slytherin empezó a reírse por lo bajo.

Eso contagió a los demás.

Harry se volvió y los miró. Parecía un buen momento para memorizar algunas caras.

Y Harry vio que Draco caminaba hacia él, acompañado por el señor Crabbe y el señor Goyle. El señor Crabbe no sonreía. El señor Goyle decididamente sí. El propio Draco llevaba una cara muy controlada que se contraía de vez en cuando, de lo cual Harry dedujo que a Draco le parecía hilarante, pero no veía ninguna ventaja política en reírse de ello ahora en vez de hacerlo más tarde en las mazmorras de Slytherin.

—Bueno, Potter —dijo Draco en voz baja, sin que se oyera lejos, todavía con aquella cara tan controlada que se contraía de vez en cuando—, solo quería decir que, cuando aprovechas emergencias para demostrar liderazgo, conviene parecer que tienes la situación totalmente bajo control, en vez de, digamos, entrar en pánico absoluto. —El señor Goyle soltó una risita y Draco le lanzó una mirada que lo hizo callarse—. Pero probablemente hayas ganado algunos puntos de todos modos. ¿Necesitas ayuda para guardar ese botiquín de sanador?

Harry se volvió para mirar el botiquín de sanación, lo que apartó su propia cara de Draco.

—Creo que estoy bien —dijo Harry. Devolvió la jeringuilla a su sitio, cerró de nuevo los pestillos y se puso en pie.

Ernie Macmillan llegó justo cuando Harry volvía a meter el botiquín en su bolsa de piel de moke.

—Gracias, Harry Potter, en nombre de Hufflepuff —dijo Ernie Macmillan formalmente—. Ha sido un buen intento y una buena idea.

—Una buena idea, desde luego —dijo Draco, arrastrando las palabras—. ¿Por qué nadie en Hufflepuff tenía la varita fuera? Tal vez, si todos hubierais ayudado en vez de hacerlo solo Potter, podríais haberlo atrapado. ¿No se supone que los Hufflepuff os mantenéis unidos?

Ernie parecía dividido entre enfadarse y querer morirse de vergüenza.

—No se nos ocurrió a tiempo…

—Ah —dijo Draco—, no se os ocurrió. Supongo que por eso es mejor tener un Ravenclaw como amigo que a todo Hufflepuff.

Oh, demonios, ¿cómo se suponía que iba Harry a manejar aquello…?

—No estás ayudando —dijo Harry en tono suave.

Esperando que Draco lo interpretara como estás interfiriendo con mis planes, por favor cállate.

—Eh, ¿qué es esto? —dijo el señor Goyle. Se agachó sobre la hierba y recogió algo del tamaño de una canica grande, una bola de cristal que parecía llena de una niebla blanca que giraba.

Ernie parpadeó.

—¡La Recordadora de Neville!

—¿Qué es una Recordadora? —preguntó Harry.

—Se pone roja si has olvidado algo —dijo Ernie—. Aunque no te dice qué has olvidado. Dámela, por favor, y se la devolveré luego a Neville. —Ernie extendió la mano.

Una sonrisa repentina cruzó la cara del señor Goyle y este giró sobre sí mismo y salió corriendo.

Ernie se quedó quieto un momento, sorprendido, y luego gritó «¡Eh!» y corrió detrás del señor Goyle.

Y el señor Goyle agarró una escoba, se subió de un movimiento fluido y alzó el vuelo.

A Harry se le desencajó la mandíbula. ¿No había dicho la señora Hooch que eso haría que lo expulsaran?

—¡Ese idiota! —siseó Draco. Abrió la boca para gritar…

—¡Eh! —gritó Ernie—. ¡Eso es de Neville! ¡Devuélvelo!

Los Slytherin empezaron a vitorear y a abuchear.

La boca de Draco se cerró de golpe. Harry captó la repentina indecisión en su cara.

—Draco —dijo Harry en voz baja—, si no le ordenas a ese idiota que vuelva al suelo, la profesora va a regresar y…

—¡Ven a por ella, Hufflepuflete! —gritó el señor Goyle, y los Slytherin soltaron una gran ovación.

—¡No puedo! —susurró Draco—. ¡Todos en Slytherin pensarían que soy débil!

—Y si expulsan al señor Goyle —siseó Harry—, tu padre pensará que eres imbécil.

La cara de Draco se retorció de angustia.

En ese momento…

—Eh, Slytherbaboso —gritó Ernie—, ¿nadie te ha dicho nunca que los Hufflepuff nos mantenemos unidos? ¡Varitas fuera, Hufflepuff!

Y de repente hubo un montón de varitas apuntando en dirección al señor Goyle.

Tres segundos después…

—¡Varitas fuera, Slytherin! —dijeron unos cinco Slytherin distintos.

Y hubo un montón de varitas apuntando en dirección a Hufflepuff.

Dos segundos después…

—¡Varitas fuera, Gryffindor!

—¡Haz algo, Potter! —susurró Draco—. ¡No puedo ser yo quien pare esto, tienes que ser tú! ¡Te deberé un favor, piensa algo, no se supone que eres brillante?

En unos cinco segundos y medio, comprendió Harry, alguien iba a lanzar el Maleficio Sumerio del Golpe Simple, y para cuando todo terminara y los profesores acabaran de expulsar gente, los únicos chicos que quedarían en su curso serían los Ravenclaw.

—¡Varitas fuera, Ravenclaw! —gritó Michael Corner, que al parecer se sentía excluido del desastre.

—¡GREGORY GOYLE! —gritó Harry—. ¡Te desafío a una competición por la posesión de la Recordadora de Neville!

Hubo una pausa repentina.

—¿Ah, sí? —dijo Draco con el tono más arrastrado y audible que Harry le había oído nunca—. Eso suena interesante. ¿Qué clase de competición, Potter?

Eh…

«Competición» era hasta donde había llegado la inspiración de Harry. Qué clase de competición, no podía decir «ajedrez» porque Draco no podría aceptar sin que pareciera raro; no podía decir «pulso» porque el señor Goyle lo aplastaría…

—¿Qué tal esto? —dijo Harry en voz alta—. Gregory Goyle y yo nos quedamos separados el uno del otro, y nadie más puede acercarse a ninguno de nosotros. No usamos nuestras varitas y nadie más las usa tampoco. Yo no me muevo de donde estoy, y él tampoco. Y si consigo poner mis manos sobre la Recordadora de Neville, entonces Gregory Goyle renuncia a cualquier reclamación sobre la Recordadora que está sujetando y me la entrega.

Hubo otra pausa mientras las miradas de alivio de la gente se transformaban en confusión.

—¡Ja, Potter! —dijo Draco en voz alta—. ¡Me gustaría verte hacer eso! ¡El señor Goyle acepta!

—¡Aceptado! —dijo Harry.

—Potter, ¿qué? —susurró Draco, lo que de algún modo hizo sin mover los labios.

Harry no sabía cómo responder sin mover los suyos.

La gente estaba guardando las varitas, y el señor Goyle descendió con gracia hasta el suelo, con aspecto bastante confundido. Algunos Hufflepuff empezaron a acercarse al señor Goyle, pero Harry les lanzó una mirada desesperada y suplicante, y ellos retrocedieron.

Harry caminó hacia el señor Goyle y se detuvo a unos pasos de distancia, lo bastante lejos para que no pudieran alcanzarse el uno al otro.

Lenta, deliberadamente, Harry envainó su varita.

Todos los demás se apartaron.

Harry tragó saliva. Sabía a grandes rasgos lo que quería hacer, pero tenía que hacerlo de tal manera que nadie entendiera qué había hecho…

—Muy bien —dijo Harry en voz alta—. Y ahora… —Respiró hondo y levantó una mano, con los dedos preparados para chasquear. Hubo jadeos de todos los que habían oído hablar de las tartas, que eran prácticamente todos—. ¡Invoco la locura de Hogwarts! ¡Feliz feliz bum bum pantano pantano pantano!

Y Harry chasqueó los dedos.

Mucha gente se encogió.

Y no pasó nada.

Harry dejó que el silencio se alargara durante un rato, madurando, hasta que…

—Ehm —dijo alguien—. ¿Ya está?

Harry miró al chico que había hablado.

—Mira delante de ti. ¿Ves ese trozo de tierra que parece pelado, sin hierba?

—Ehm, sí —dijo el chico, un Gryffindor. ¿Dean algo?

—Excávala.

Ahora Harry estaba recibiendo un montón de miradas extrañas.

—Eh, ¿por qué? —dijo Dean algo.

—Hazlo —dijo Terry Boot con voz cansada—. No tiene sentido preguntar por qué, créeme.

Dean algo se arrodilló y empezó a apartar tierra con las manos.

Al cabo de un minuto más o menos, Dean volvió a ponerse en pie.

—No hay nada —dijo Dean.

Ajá. Harry había planeado volver atrás en el tiempo y enterrar un mapa del tesoro que llevaría a otro mapa del tesoro que llevaría a la Recordadora de Neville, que él pondría allí después de recuperarla del señor Goyle…

Entonces Harry se dio cuenta de que había una forma mucho más sencilla que no amenazaba tanto el secreto de los Giratiempos.

—¡Gracias, Dean! —dijo Harry en voz alta—. Ernie, ¿te importaría mirar por el suelo donde se cayó Neville y ver si encuentras la Recordadora de Neville?

La gente parecía todavía más confundida.

—Hazlo —dijo Terry Boot—. Seguirá intentándolo hasta que algo funcione, y lo que da miedo es que…

—¡Merlín! —jadeó Ernie. Sostenía en alto la Recordadora de Neville—. ¡Está aquí! ¡Justo donde se cayó!

—¿Qué? —gritó el señor Goyle. Miró hacia abajo y vio…

…que seguía sosteniendo la Recordadora de Neville.

Hubo una pausa bastante larga.

—Eh —dijo Dean algo—, eso no es posible, ¿no?

—Es un agujero de guion —dijo Harry—. Me he vuelto lo bastante raro para distraer al universo durante un momento, y se le ha olvidado que Goyle ya había recogido la Recordadora.

—No, espera, quiero decir que eso es totalmente imposible…

—Perdona, ¿estamos todos aquí parados esperando para ir a volar en escobas? Sí, lo estamos. Así que cierra la boca. En cualquier caso, una vez que ponga mis manos sobre la Recordadora de Neville, la competición termina y Gregory Goyle tiene que renunciar a cualquier reclamación sobre la Recordadora que está sosteniendo y dármela. Esos eran los términos, ¿recordáis? —Harry extendió una mano e hizo señas a Ernie—. Hazla rodar hasta aquí, ya que se supone que nadie puede acercarse a mí, ¿vale?

—¡Un momento! —gritó un Slytherin: Blaise Zabini, Harry no era de los que olvidaban ese nombre—. ¿Cómo sabemos que esa es la Recordadora de Neville? Podrías haber dejado caer otra Recordadora ahí…

—La Slytherin es fuerte en este —dijo Harry, sonriendo—. Pero tienes mi palabra de que la que tiene Ernie es la de Neville. Sin comentarios sobre la que tiene Gregory Goyle.

Zabini giró hacia Draco.

—¡Malfoy! No vas a dejar que se salga con la suya…

—Cállate —gruñó el señor Crabbe, de pie detrás de Draco—. ¡El señor Malfoy no necesita que tú le digas qué hacer!

Buen esbirro.

—Mi apuesta era con Draco, de la Noble y Antiquísima Casa de Malfoy —dijo Harry—. No contigo, Zabini. He hecho lo que el señor Malfoy dijo que le gustaría verme hacer, y en cuanto al juicio de la apuesta, lo dejo en manos del señor Malfoy. —Harry inclinó la cabeza hacia Draco y alzó ligeramente las cejas. Eso debería permitir a Draco salvar suficiente cara.

Hubo una pausa.

—¿Prometes que esa es de verdad la Recordadora de Neville? —dijo Draco.

—Sí —dijo Harry—. Esa es la que volverá a Neville, y era suya originalmente. Y la que tiene Gregory Goyle es para mí.

Draco asintió, con expresión decidida.

—Entonces no pondré en duda la palabra de la Noble Casa de Potter, por extraño que haya sido todo esto. Y la Noble y Antiquísima Casa de Malfoy también cumple su palabra. Señor Goyle, désela al señor Potter…

—¡Eh! —dijo Zabini—. Aún no ha ganado, no la tiene en las manos…

—¡Atrapa, Harry! —dijo Ernie, y lanzó la Recordadora.

Harry la cazó del aire con facilidad; siempre había tenido buenos reflejos para esas cosas.

—Ya está —dijo Harry—, gano…

Harry se apagó. Todas las conversaciones se detuvieron.

La Recordadora brillaba de un rojo intenso en su mano, resplandeciendo como un sol en miniatura que proyectaba sombras sobre el suelo a plena luz del día.


Jueves.

Si querías ser concreto, las 5:09 de la tarde del jueves, en el despacho de la profesora McGonagall, después de las clases de vuelo. (Con una hora extra para Harry deslizada entre medias.)

La profesora McGonagall sentada en su taburete. Harry en el asiento caliente delante de su escritorio.

—Profesora —dijo Harry con tensión—, Slytherin estaba apuntando sus varitas a Hufflepuff, Gryffindor estaba apuntando sus varitas a Slytherin, algún idiota gritó «varitas fuera» en Ravenclaw, ¡y yo tenía quizá cinco segundos para impedir que todo saltara por los aires! ¡Fue lo único que se me ocurrió!

La cara de la profesora McGonagall estaba tensa y enfadada.

—¡No debe usar el Giratiempo de esa manera, señor Potter! ¿El concepto de secreto es algo que no entiende?

—¡No saben cómo lo hice! ¡Solo piensan que puedo hacer cosas rarísimas chasqueando los dedos! Ya he hecho otras cosas raras que ni siquiera se pueden hacer con Giratiempos, y haré más cosas así, ¡y este caso ni siquiera destacará! ¡Tenía que hacerlo, profesora!

—¡No tenía que hacerlo! —espetó la profesora McGonagall—. ¡Lo único que necesitaba hacer era conseguir que ese Slytherin anónimo volviera al suelo y que guardaran las varitas! Podría haberlo desafiado a una partida de Snap explosivo, pero no, ¡tenía que usar el Giratiempo de manera flagrante e innecesaria!

—¡Fue lo único que se me ocurrió! ¡Ni siquiera sé qué es el Snap explosivo, no habrían aceptado una partida de ajedrez, y si hubiera elegido un pulso habría perdido!

—¡Entonces debería haber elegido lucha libre!

Harry parpadeó.

—Pero entonces habría perdido…

Harry se detuvo.

La profesora McGonagall parecía muy enfadada.

—Lo siento, profesora McGonagall —dijo Harry en voz pequeña—. Sinceramente, no pensé en eso, y tiene razón, debería haberlo hecho. Habría sido brillante si se me hubiera ocurrido, pero no se me ocurrió en absoluto…

La voz de Harry se fue apagando. De repente le resultó evidente que había tenido muchas otras opciones. Podría haber pedido a Draco que sugiriera algo, podría haber preguntado a la multitud… su uso del Giratiempo había sido flagrante e innecesario. Había un espacio gigantesco de posibilidades; ¿por qué había elegido aquella?

Porque había visto una forma de ganar. Ganar la posesión de un cachivache sin importancia que los profesores le habrían quitado al señor Goyle de todos modos.

Afán de ganar. Eso era lo que le había pillado.

—Lo siento —dijo Harry otra vez—. Por mi orgullo y mi estupidez.

La profesora McGonagall se pasó una mano por la frente. Parte de su enfado pareció disiparse. Pero su voz seguía saliendo muy dura.

—Otra exhibición como esa, señor Potter, y devolverá ese Giratiempo. ¿He sido muy clara?

—Sí —dijo Harry—. Lo entiendo y lo siento.

—Entonces, señor Potter, se le permitirá conservar el Giratiempo por ahora. Y teniendo en cuenta la magnitud del desastre que, de hecho, ha evitado, no restaré puntos a Ravenclaw.

Además no podría explicar por qué había restado los puntos. Pero Harry no era tan tonto como para decirlo en voz alta.

—Más importante: ¿por qué se activó así la Recordadora? —dijo Harry—. ¿Significa que me han desmemorizado?

—Eso también me intriga —dijo la profesora McGonagall despacio—. Si fuera tan sencillo, pensaría que los tribunales usarían Recordadoras, y no lo hacen. Lo investigaré, señor Potter. —Suspiró—. Puede irse ya.

Harry empezó a levantarse de la silla y luego se detuvo.

—Eh, perdón, había otra cosa que quería decirle…

Apenas se vio el estremecimiento.

—¿Qué sucede, señor Potter?

—Es sobre el profesor Quirrell…

—Estoy segura, señor Potter, de que no es nada de importancia. —La profesora McGonagall dijo las palabras con una prisa enorme—. Sin duda oyó al director decir a los alumnos que no debían molestarnos con quejas sin importancia sobre el profesor de Defensa.

Harry estaba bastante confundido.

—Pero esto podría ser importante. Ayer tuve esa repentina sensación de fatalidad cuando…

—¡Señor Potter! ¡Yo también tengo una sensación de fatalidad! ¡Y mi sensación de fatalidad sugiere que usted no debe terminar esa frase!

La boca de Harry se abrió de par en par. La profesora McGonagall lo había conseguido: Harry se había quedado sin habla.

—Señor Potter —dijo la profesora McGonagall—, si ha descubierto cualquier cosa que parezca interesante sobre el profesor Quirrell, por favor, siéntase libre de no compartirla conmigo ni con nadie más. Y ahora creo que ya ha ocupado bastante de mi valioso tiempo…

—¡Esto no es propio de usted! —estalló Harry—. Lo siento, pero eso parece increíblemente irresponsable. Por lo que he oído, hay algún tipo de maleficio sobre el puesto de Defensa, y si ya saben que algo va a salir mal, pensaría que todos estarían ojo avizor…

—¿Salir mal, señor Potter? Desde luego espero que no. —La cara de la profesora McGonagall estaba inexpresiva—. Después de que el profesor Blake fuera encontrado en un armario con no menos de tres Slytherin de quinto curso el pasado febrero, y de que un año antes la profesora Summers fracasara de forma tan completa como educadora que sus alumnos creían que un boggart era una clase de mueble, sería catastrófico que ahora llegara a mi conocimiento algún problema con el extraordinariamente competente profesor Quirrell, y me atrevo a decir que la mayoría de nuestros alumnos suspenderían sus TIMOs y sus ÉXTASIS de Defensa.

—Ya veo —dijo Harry despacio, asimilándolo todo—. Así que, en otras palabras, sea lo que sea lo que le pasa al profesor Quirrell, ustedes desean desesperadamente no saberlo hasta el final del curso. Y como ahora mismo estamos en septiembre, podría asesinar al primer ministro en directo por televisión y salirse con la suya por lo que a ustedes respecta.

La profesora McGonagall lo miró sin pestañear.

—Estoy segura de que jamás podría oírseme respaldar tal afirmación, señor Potter. En Hogwarts nos esforzamos por ser proactivos respecto a todo lo que amenaza el rendimiento educativo de nuestros estudiantes.

Como Ravenclaws de primer año que no saben tener la boca cerrada.

—Creo que la entiendo completamente, profesora McGonagall.

—Oh, lo dudo, señor Potter. Lo dudo muchísimo. —La profesora McGonagall se inclinó hacia delante, con la cara volviendo a tensarse—. Dado que usted y yo ya hemos hablado de asuntos mucho más delicados que estos, hablaré con franqueza. Usted, y solo usted, ha informado de esta misteriosa sensación de fatalidad. Usted, y solo usted, es un imán del caos como no he visto jamás. Después de nuestra pequeña excursión de compras al Callejón Diagon, y luego el Sombrero Seleccionador, y luego el pequeño episodio de hoy, puedo prever perfectamente que estoy destinada a sentarme en el despacho del director y oír alguna historia hilarante sobre el profesor Quirrell en la que usted, y solo usted, tenga el papel protagonista, tras la cual no habrá más remedio que despedirlo. Ya estoy resignada a ello, señor Potter. Y si ese triste acontecimiento tiene lugar antes de los idus de mayo, lo colgaré de las puertas de Hogwarts con sus propios intestinos y le meteré escarabajos de fuego por la nariz. ¿Me entiende ahora completamente?

Harry asintió, con los ojos muy abiertos. Entonces, después de un segundo:

—¿Qué recibo si consigo que pase el último día del curso?

—¡Fuera de mi despacho!


Jueves.

Debía de haber algo con los jueves en Hogwarts.

Eran las 5:32 de la tarde del jueves, y Harry estaba de pie junto al profesor Flitwick, delante de la gran gárgola de piedra que custodiaba la entrada al despacho del director.

Apenas había vuelto del despacho de la profesora McGonagall a las salas de estudio de Ravenclaw cuando uno de los alumnos le dijo que se presentara en el despacho del profesor Flitwick, y allí Harry había sabido que Dumbledore quería hablar con él.

Harry, sintiéndose bastante aprensivo, había preguntado al profesor Flitwick si el director había dicho de qué se trataba.

El profesor Flitwick se había encogido de hombros con aire impotente.

Al parecer, Dumbledore había dicho que Harry era demasiado joven para invocar las palabras de poder y locura.

¿Feliz feliz bum bum pantano pantano pantano?, había pensado Harry sin decirlo en voz alta.

—Por favor, no se preocupe demasiado, señor Potter —chilló el profesor Flitwick desde algún lugar a la altura del hombro de Harry.

(Harry agradecía la gigantesca barba esponjosa del profesor Flitwick; era difícil acostumbrarse a un profesor que no solo era más bajo que él, sino que además hablaba con una voz más aguda.)

—El director Dumbledore puede parecer un poco raro, o muy raro, o incluso extremadamente raro, pero nunca ha hecho daño a un estudiante lo más mínimo, y no creo que lo haga jamás. —El profesor Flitwick dedicó a Harry una sonrisa alentadora—. ¡Tenga eso presente en todo momento y seguro que no entrará en pánico!

Eso no ayudaba.

—¡Buena suerte! —chilló el profesor Flitwick, y se inclinó hacia la gárgola y dijo algo que Harry, de algún modo, no consiguió oír en absoluto. (Por supuesto, la contraseña no serviría de mucho si pudieras oír a alguien decirla.) Y la gárgola de piedra se hizo a un lado con un movimiento muy natural y ordinario que a Harry le resultó bastante chocante, ya que la gárgola seguía pareciendo de piedra sólida e inmóvil todo el tiempo.

Detrás de la gárgola había una escalera de caracol que giraba lentamente. Tenía algo perturbadoramente hipnótico, y aún más perturbador era que hacer girar la espiral no debería llevarte a ninguna parte.

—¡Arriba! —chilló Flitwick.

Harry pisó la espiral con bastante nerviosismo y descubrió que, por alguna razón que su cerebro no parecía capaz de visualizar en absoluto, estaba subiendo.

La gárgola volvió a su sitio con un golpe sordo detrás de él, y la escalera de caracol siguió girando y Harry siguió estando más arriba, y al cabo de un rato bastante mareante se encontró frente a una puerta de roble con una aldaba de latón en forma de grifo.

Harry alargó la mano y giró el pomo.

La puerta se abrió.

Y Harry vio la habitación más interesante que había visto en su vida.

Había pequeños mecanismos metálicos que zumbaban o hacían tictac o cambiaban lentamente de forma o emitían pequeñas bocanadas de humo. Había docenas de fluidos misteriosos en docenas de recipientes de formas extrañas, todos burbujeando, hirviendo, rezumando, cambiando de color o formando figuras interesantes que se desvanecían medio segundo después de que las vieras. Había cosas que parecían relojes con muchas agujas, inscritas con números o con lenguas irreconocibles.

Había un brazalete con un cristal lenticular que relucía con mil colores, y un pájaro posado sobre una plataforma dorada, y una copa de madera llena de lo que parecía sangre, y una estatua de halcón incrustada en esmalte negro. La pared estaba cubierta de retratos de gente durmiendo, y el Sombrero Seleccionador reposaba con aire casual en un perchero que también sostenía dos paraguas y tres zapatillas rojas para pies izquierdos.

En medio de todo el caos había un escritorio limpio de roble negro. Delante del escritorio había un taburete de roble. Y detrás del escritorio había un trono bien acolchado que contenía a Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore, adornado con una larga barba plateada, un sombrero como una seta gigante aplastada y lo que para ojos muggles parecían tres capas de pijamas de color rosa intenso.

Dumbledore sonreía, y sus ojos brillantes centelleaban con una intensidad demente.

Con cierta inquietud, Harry se sentó delante del escritorio. La puerta se cerró detrás de él con un golpe fuerte.

—Hola, Harry —dijo Dumbledore.

—Hola, director —respondió Harry. ¿Así que se trataban por el nombre de pila? ¿Diría Dumbledore ahora que lo llamara…?

—¡Por favor, Harry! —dijo Dumbledore—. Director suena tan formal. Llámame Dire, para abreviar.

—Me aseguraré de hacerlo, Dire —dijo Harry.

Hubo una leve pausa.

—¿Sabes? —dijo Dumbledore—. Eres la primera persona que acepta esa oferta.

—Ah… —dijo Harry. Intentó controlar la voz a pesar de la repentina sensación de hundimiento en el estómago—. Lo siento, yo, ah, director, me dijo que lo hiciera, así que lo hice…

—¡Dire, por favor! —dijo Dumbledore alegremente—. Y no hay motivo para preocuparse tanto, no voy a lanzarte por una ventana solo porque cometas un error. Te daré muchas advertencias antes, si estás haciendo algo mal. Además, lo que importa no es cómo te habla la gente, sino lo que piensa de ti.

Nunca ha hecho daño a un estudiante, solo recuerda eso y seguro que no entrarás en pánico.

Dumbledore sacó una pequeña caja metálica y la abrió, mostrando unos pequeños bultos amarillos.

—¿Caramelo de limón? —dijo el director.

—Eh, no, gracias, Dire —dijo Harry. ¿Darle LSD a un estudiante cuenta como hacerle daño, o entra en la categoría de diversión inofensiva?—. Usted, eh, dijo algo sobre que yo era demasiado joven para invocar las palabras de poder y locura.

—¡Eso desde luego lo eres! —dijo Dumbledore—. Por suerte, las Palabras de Poder y Locura se perdieron hace siete siglos, y ya nadie tiene la menor idea de cuáles son. Era solo un comentario.

—Ah… —dijo Harry. Era consciente de que tenía la boca abierta—. Entonces ¿por qué me ha llamado aquí?

—¿Por qué? —repitió Dumbledore—. Ah, Harry, si me pasara el día preguntándome por qué hago las cosas, ¡no tendría tiempo para hacer nada! Soy una persona bastante ocupada, ya sabes.

Harry asintió, sonriendo.

—Sí, era una lista muy impresionante. Director de Hogwarts, Jefe de Magos del Wizengamot y Mugwump Supremo de la Confederación Internacional de Magos. Perdón por preguntar, pero me preguntaba: ¿es posible conseguir más de seis horas si se usa más de un Giratiempo? Porque es bastante impresionante si hace todo eso con solo treinta horas al día.

Hubo otra leve pausa, durante la cual Harry siguió sonriendo. Estaba un poco aprensivo; en realidad, bastante aprensivo. Pero una vez que quedó claro que Dumbledore estaba jugando con él deliberadamente, algo dentro de él se negó en redondo a quedarse sentado y aguantarlo como un bulto indefenso.

—Me temo que al Tiempo no le gusta que lo estiren demasiado —dijo Dumbledore después de la leve pausa—, y sin embargo nosotros mismos parecemos ser un poco demasiado grandes para él, así que es una lucha constante encajar nuestras vidas dentro del Tiempo.

—Desde luego —dijo Harry con grave solemnidad—. Por eso es mejor ir al grano rápidamente.

Por un momento, Harry se preguntó si se habría pasado.

Entonces Dumbledore soltó una risita.

—Al grano será, entonces. —El director se inclinó hacia delante, ladeando su sombrero de seta aplastada y rozando el escritorio con la barba—. Harry, este lunes hiciste algo que habría sido imposible incluso con un Giratiempo. O, mejor dicho, imposible con solo un Giratiempo. Me pregunto de dónde salieron esas dos tartas.

Una descarga de adrenalina recorrió a Harry. Había hecho aquello usando la Capa de Invisibilidad, la que le habían dado en una caja de Navidad junto con una nota, y aquella nota decía: Si Dumbledore viera una oportunidad de poseer una de las Reliquias de la Muerte, jamás la dejaría escapar de sus manos…

—Un pensamiento natural —prosiguió Dumbledore— es que, dado que ninguno de los alumnos de primero presentes era capaz de lanzar tal hechizo, había alguien más presente y sin embargo no visto. Y si nadie podía verlo, bueno, le habría resultado bastante fácil lanzar las tartas. Uno podría sospechar además que, dado que tenías un Giratiempo, el invisible eras tú; y que, dado que el encantamiento Desilusionador está muy por encima de tus capacidades actuales, tenías una capa de invisibilidad. —Dumbledore sonrió con complicidad—. ¿Voy bien encaminado hasta ahora, Harry?

Harry se quedó helado. Tenía la sensación de que una mentira directa no sería nada prudente, y posiblemente nada útil, y no se le ocurría qué más decir.

Dumbledore agitó una mano amistosa.

—No te preocupes, Harry, no has hecho nada malo. Las capas de invisibilidad no van contra las reglas; supongo que son lo bastante raras como para que nadie se haya molestado en ponerlas en la lista. Pero en realidad me preguntaba algo totalmente distinto.

—¿Ah, sí? —dijo Harry con la voz más normal que pudo conseguir.

Los ojos de Dumbledore brillaron con entusiasmo.

—Verás, Harry, después de pasar por unas cuantas aventuras, uno tiende a pillarle el tranquillo a estas cosas. Empiezas a ver el patrón, a oír el ritmo del mundo. Empiezas a albergar sospechas antes del momento de la revelación. Tú eres el Niño que Vivió, y de algún modo una capa de invisibilidad llegó a tus manos solo cuatro días después de que descubrieras nuestra Gran Bretaña mágica. Tales capas no se venden en el Callejón Diagon, pero hay una que podría encontrar por sí misma el camino hasta un portador destinado. Y por eso no puedo evitar preguntarme si, por alguna extraña casualidad, has encontrado no solo una capa de invisibilidad, sino la Capa de Invisibilidad, una de las tres Reliquias de la Muerte, que según se dice oculta a su portador de la mirada de la propia Muerte. —La mirada de Dumbledore era brillante y ansiosa—. ¿Puedo verla, Harry?

Harry tragó saliva. Ahora tenía el cuerpo inundado de adrenalina, y era completamente inútil: aquel era el mago más poderoso del mundo, y no había forma de salir por la puerta, y no había ningún lugar en Hogwarts donde esconderse si lo hacía. Estaba a punto de perder la Capa que había pasado por los Potter durante quién sabía cuánto tiempo…

Lentamente, Dumbledore se recostó en su alto asiento. La luz brillante había desaparecido de sus ojos, y parecía desconcertado y un poco triste.

—Harry —dijo Dumbledore—, si no quieres, puedes decir que no.

—¿Puedo? —graznó Harry.

—Sí, Harry —dijo Dumbledore. Su voz sonaba triste ahora, y preocupada—. Parece que tienes miedo de mí, Harry. ¿Puedo preguntar qué he hecho para ganarme tu desconfianza?

Harry tragó saliva.

—¿Hay alguna forma de que jure un juramento mágico vinculante de que no me quitará la capa?

Dumbledore negó despacio con la cabeza.

—Los Juramentos Inquebrantables no deben usarse tan a la ligera. Y además, Harry, si no conocieras ya el hechizo, solo tendrías mi palabra de que el hechizo es vinculante. Pero seguro que te das cuenta de que no necesito tu permiso para ver la Capa. Soy lo bastante poderoso para sacarla yo mismo, bolsa de piel de moke o no. —La cara de Dumbledore era muy grave—. Pero no lo haré. La Capa es tuya, Harry. No te la arrebataré. Ni siquiera para mirarla un momento, a menos que decidas enseñármela. Eso es una promesa y un juramento. Si necesitara prohibirte usarla en los terrenos del colegio, te exigiría que fueras a tu cámara de Gringotts y la guardaras allí.

—Ah… —dijo Harry. Tragó con fuerza, intentando calmar la riada de adrenalina y pensar razonablemente. Se quitó la bolsa de piel de moke del cinturón—. Si de verdad no necesita mi permiso… entonces lo tiene.

Harry tendió la bolsa a Dumbledore y se mordió el labio con fuerza, enviándose a sí mismo aquella señal por si luego le borraban la memoria.

El viejo mago metió la mano en la bolsa y, sin decir ninguna palabra de recuperación, sacó la Capa de Invisibilidad.

—Ah —exhaló Dumbledore—. Tenía razón…

Dejó que la reluciente malla de terciopelo negro se deslizara por su mano.

—Centenaria, y todavía tan perfecta como el día en que fue hecha. Hemos perdido mucho de nuestro arte con los años, y ahora yo mismo no puedo fabricar algo así; nadie puede. Siento su poder como un eco en mi mente, como una canción que se cantara eternamente sin nadie que la oyera… —El mago alzó la mirada desde la Capa—. No la vendas —dijo—, no se la des a nadie como posesión. Piénsatelo dos veces antes de enseñársela a nadie, y medítalo tres veces más antes de revelar que es una Reliquia de la Muerte. Trátala con respeto, porque esto es en verdad una Cosa de Poder.

Por un momento, la cara de Dumbledore se volvió melancólica…

…y entonces devolvió la Capa a Harry.

Harry volvió a meterla en su bolsa.

La cara de Dumbledore volvió a estar grave.

—¿Puedo preguntar de nuevo, Harry, cómo llegaste a desconfiar tanto de mí?

De repente Harry se sintió bastante avergonzado.

—Había una nota con la Capa —dijo Harry en voz baja—. Decía que usted intentaría quitarme la Capa si lo sabía. Pero no sé quién dejó la nota, de verdad que no.

—Ya… veo —dijo Dumbledore lentamente—. Bueno, Harry, no impugnaré los motivos de quien te dejara esa nota. ¿Quién sabe si quizá esa persona también tenía las mejores intenciones? Al fin y al cabo, te dio la Capa.

Harry asintió, impresionado por la caridad de Dumbledore y abochornado por el agudo contraste con su propia actitud.

El viejo mago continuó:

—Pero tú y yo somos piezas del mismo color, creo. El chico que finalmente derrotó a Voldemort, y el viejo que lo contuvo el tiempo suficiente para que tú salvaras el día. No tendré en cuenta tu cautela contra ti, Harry; todos debemos hacer lo posible por ser sabios. Solo te pediré que lo pienses dos veces y lo medites tres veces más la próxima vez que alguien te diga que desconfíes de mí.

—Lo siento —dijo Harry. Para entonces se sentía fatal; básicamente acababa de echarle la bronca a Gandalf, y la amabilidad de Dumbledore solo hacía que se sintiera peor—. No debería haber desconfiado de usted.

—Ay, Harry, en este mundo… —El viejo mago negó con la cabeza—. Ni siquiera puedo decir que hayas sido imprudente. No me conocías. Y la verdad es que hay algunos en Hogwarts en quienes harías bien en no confiar. Quizá incluso algunos a quienes llamas amigos.

Harry tragó saliva. Eso sonaba bastante ominoso.

—¿Como quién?

Dumbledore se levantó de la silla y empezó a examinar uno de sus instrumentos, un dial con ocho agujas de longitud variable.

Al cabo de unos momentos, el viejo mago volvió a hablar.

—Probablemente te parezca bastante encantador —dijo Dumbledore—. Educado, contigo al menos. Bien hablado, quizá incluso admirador. Siempre listo para echar una mano, hacer un favor, ofrecer un consejo…

—¡Ah, Draco Malfoy! —dijo Harry, bastante aliviado de que no fuera Hermione o algo así—. Oh, no, no, no, lo ha entendido todo mal. Él no me está convirtiendo a mí. Yo lo estoy convirtiendo a él.

Dumbledore se quedó congelado donde estaba, inclinado sobre el dial.

—¿Estás qué?

—Voy a convertir a Draco Malfoy desde el lado oscuro —dijo Harry—. Ya sabe, hacerlo de los buenos.

Dumbledore se enderezó y se volvió hacia Harry. Llevaba una de las expresiones más asombradas que Harry había visto jamás en nadie, y mucho menos en alguien con una larga barba plateada.

—¿Estás seguro —dijo el viejo mago después de un momento— de que está preparado para ser redimido? Me temo que cualquier bondad que creas ver en él no sea más que pensamiento ilusorio… o peor, un señuelo, un cebo…

—Eh, no parece probable —dijo Harry—. Quiero decir, si intenta disfrazarse de buen chico, lo hace increíblemente mal. No se trata de que Draco se acercara a mí, se pusiera encantador y yo decidiera que debía de tener un núcleo oculto de bondad en lo más profundo. Lo seleccioné para redimirlo específicamente porque es el heredero de la Casa Malfoy, y si hubiera que elegir a una persona para redimir, obviamente sería él.

El ojo izquierdo de Dumbledore sufrió un tic.

—¿Pretendes sembrar semillas de amor y bondad en el corazón de Draco Malfoy porque esperas que el heredero de Malfoy te resulte valioso?

—¡No solo a mí! —dijo Harry indignado—. ¡A toda la Gran Bretaña mágica, si esto sale bien! ¡Y él mismo tendrá una vida más feliz y mentalmente más sana! Mire, no tengo tiempo suficiente para apartar a todo el mundo del lado oscuro, y tengo que preguntarme dónde puede ganar más ventaja la Luz más deprisa…

Dumbledore empezó a reír. A reír mucho más fuerte de lo que Harry habría esperado, casi a aullar. Parecía decididamente indigno. Un mago antiguo y poderoso debería soltar risitas profundas y retumbantes, no reírse tan fuerte que se quedara sin aliento. Harry se había caído literalmente de la silla una vez viendo la película de los hermanos Marx Sopa de ganso, y así de fuerte se estaba riendo Dumbledore ahora.

—No tiene tanta gracia —dijo Harry al cabo de un rato. Empezaba a preocuparse otra vez por la cordura de Dumbledore.

Dumbledore volvió a controlarse con un esfuerzo visible.

—Ah, Harry, un síntoma de la enfermedad llamada sabiduría es que empiezas a reírte de cosas que a nadie más le parecen graciosas, porque cuando eres sabio, Harry, ¡empiezas a pillar los chistes! —El viejo mago se secó las lágrimas de los ojos—. Ay de mí. Ay de mí. Muchas veces la mala voluntad acaba estropeando el mal, desde luego, en verdad.

El cerebro de Harry tardó un momento en ubicar las palabras familiares…

—¡Eh, eso es una cita de Tolkien! ¡Lo dice Gandalf!

—Théoden, en realidad —dijo Dumbledore.

—¿Es usted hijo de muggles? —dijo Harry, sorprendido.

—Me temo que no —dijo Dumbledore, sonriendo otra vez—. Nací setenta años antes de que se publicara ese libro, querido niño. Pero parece que mis estudiantes hijos de muggles tienden a pensar de forma parecida en ciertos aspectos. He acumulado no menos de veinte ejemplares de El Señor de los Anillos y tres colecciones completas de las obras de Tolkien, y atesoro cada una de ellas.

Dumbledore sacó su varita, la sostuvo en alto y adoptó una pose.

—¡No puedes pasar! ¿Qué tal queda?

—Ah —dijo Harry, en algo cercano a un apagón cerebral completo—, creo que le falta un balrog.

Y los pijamas rosas y el sombrero de seta aplastada no ayudaban lo más mínimo.

—Ya veo. —Dumbledore suspiró y guardó la varita sombríamente en el cinturón—. Me temo que últimamente ha habido poquísimos balrogs en mi vida. Hoy en día todo son reuniones del Wizengamot donde debo intentar desesperadamente impedir que se haga cualquier trabajo, y cenas formales donde políticos extranjeros compiten por ver quién puede ser el idiota más obstinado. Y hacerme el misterioso delante de la gente, saber cosas que no tengo forma de saber, hacer declaraciones crípticas que solo pueden entenderse retrospectivamente, y todas las demás pequeñas maneras en que se entretienen los magos poderosos cuando han abandonado la parte del patrón que les permite ser héroes. Hablando de eso, Harry, tengo algo que darte, algo que perteneció a tu padre.

—¿Ah, sí? —dijo Harry—. Caray, quién lo habría imaginado.

—En efecto —dijo Dumbledore—. Supongo que es un poco predecible, ¿no? Sin embargo…

Dumbledore volvió a su escritorio y se sentó, abriendo uno de los cajones mientras lo hacía. Metió ambas manos y, haciendo algo de esfuerzo, sacó un objeto bastante grande y pesado, que luego depositó sobre su escritorio de roble con un enorme golpe sordo.

—Esto —dijo Dumbledore— era la roca de tu padre.

Harry la miró fijamente. Era de color gris claro, decolorada, irregular, con bordes afilados, y en gran medida una vulgar roca grande de toda la vida. Dumbledore la había colocado de forma que descansara sobre la sección transversal más ancha disponible, pero aun así se tambaleaba inestablemente sobre su escritorio.

Harry alzó la vista.

—Esto es una broma, ¿verdad?

—No lo es —dijo Dumbledore, negando con la cabeza y con aspecto muy serio—. La cogí de las ruinas de la casa de James y Lily en Godric’s Hollow, donde también te encontré a ti; y la he conservado desde entonces hasta ahora, esperando el día en que pudiera dártela.

En la mezcla de hipótesis que servía como modelo del mundo de Harry, la locura de Dumbledore estaba subiendo rápidamente en probabilidad. Pero todavía había una cantidad sustancial de probabilidad asignada a otras alternativas…

—Eh, ¿es una roca mágica?

—Que yo sepa, no —dijo Dumbledore—. Pero te aconsejo con la mayor firmeza posible que la mantengas siempre cerca de tu persona.

Muy bien. Dumbledore probablemente estaba loco, pero si no lo estaba… bueno, sería demasiado vergonzoso meterse en líos por ignorar el consejo del viejo mago inescrutable. Eso tenía que ser como el número cuatro en la lista de los 100 Modos Obvios de Fracasar.

Harry dio un paso adelante y puso las manos sobre la roca, intentando encontrar algún ángulo desde el que levantarla sin cortarse.

—La meteré en mi bolsa, entonces.

Dumbledore frunció el ceño.

—Puede que eso no esté lo bastante cerca de tu persona. ¿Y si pierdes la bolsa de piel de moke, o te la roban?

—¿Cree que debería llevar una roca grande conmigo a todas partes?

Dumbledore dirigió a Harry una mirada seria.

—Podría resultar sabio.

—Ah… —dijo Harry. Parecía bastante pesada—. Creo que los demás estudiantes tenderían a hacerme preguntas sobre eso.

—Diles que te lo ordené yo —dijo Dumbledore—. Nadie lo cuestionará, ya que todos creen que estoy loco.

Su cara seguía perfectamente seria.

—Eh, para ser sincero, si va por ahí ordenando a sus alumnos que lleven rocas grandes encima, puedo entender un poco por qué la gente pensaría eso.

—Ah, Harry —dijo Dumbledore. El viejo mago hizo un gesto, un barrido con una mano que pareció abarcar todos los instrumentos misteriosos de la habitación—. Cuando somos jóvenes creemos que lo sabemos todo, y por tanto creemos que, si no vemos una explicación para algo, entonces no existe explicación alguna. Cuando somos mayores nos damos cuenta de que todo el universo funciona con ritmo y razón, aunque nosotros no los conozcamos. Solo nuestra propia ignorancia se nos aparece como locura.

—La realidad siempre es legal —dijo Harry—, aunque no conozcamos la ley.

—Precisamente, Harry —dijo Dumbledore—. Entender esto, y veo que tú lo entiendes, es la esencia de la sabiduría.

—Entonces… ¿por qué tengo que llevar esta roca exactamente?

—La verdad es que no se me ocurre ninguna razón —dijo Dumbledore.

—…No se le ocurre.

Dumbledore asintió.

—Pero que no se me ocurra ninguna razón no significa que no haya ninguna razón.

Los instrumentos siguieron haciendo tictac.

—Vale —dijo Harry—, ni siquiera estoy seguro de si debería decir esto, pero esa no es sencillamente la forma correcta de lidiar con nuestra ignorancia admitida sobre cómo funciona el universo.

—¿No? —dijo el viejo mago, con aspecto sorprendido y decepcionado.

Harry tenía la sensación de que aquella conversación no iba a terminar a su favor, pero siguió adelante de todos modos.

—No. Ni siquiera sé si esa falacia tiene un nombre oficial, pero si tuviera que inventarme uno yo mismo, sería algo como «privilegiar la hipótesis». ¿Cómo puedo formularlo formalmente…? Eh… suponga que tiene un millón de cajas, y solo una de las cajas contiene un diamante. Y tiene una caja llena de detectores de diamantes, y cada detector de diamantes siempre se activa en presencia de un diamante, y se activa la mitad de las veces con cajas que no tienen diamante. Si pasara veinte detectores por todas las cajas, le quedaría, de media, un candidato falso y un candidato verdadero. Y entonces solo harían falta uno o dos detectores más para quedarse con el único candidato verdadero. La cuestión es que, cuando hay muchas respuestas posibles, la mayor parte de la evidencia que necesitas se dedica solo a localizar la hipótesis verdadera entre millones de posibilidades: a traerla a tu atención en primer lugar. La cantidad de evidencia que necesitas para juzgar entre dos o tres candidatos plausibles es mucho menor en comparación. Así que si saltas directamente sin evidencia y asciendes una posibilidad concreta al centro de tu atención, te estás saltando la mayor parte del trabajo. Por ejemplo, vives en una ciudad donde hay un millón de personas, hay un asesinato, y un detective dice: bueno, no tenemos ninguna prueba en absoluto, así que ¿hemos considerado la posibilidad de que lo hiciera Mortimer Snodgrass?

—¿Lo hizo? —dijo Dumbledore.

—No —dijo Harry—. Pero luego resulta que el asesino tenía el pelo negro, y Mortimer tiene el pelo negro, así que todo el mundo dice: ah, parece que Mortimer lo hizo después de todo. Así que es injusto para Mortimer que la policía lo ascienda a su atención sin tener ya buenas razones para sospechar de él. Cuando hay muchas posibilidades, la mayor parte del trabajo consiste solo en localizar la respuesta verdadera: empezar a prestarle atención. No necesitas una prueba, ni la clase de evidencia oficial que exigen los científicos o los tribunales, pero necesitas algún tipo de pista, y esa pista tiene que discriminar esa posibilidad concreta de entre los millones de otras. Si no, no puedes sacar la respuesta correcta de la nada. Ni siquiera puedes sacar de la nada una posibilidad que merezca la pena pensar. Y tiene que haber un millón de cosas más que podría hacer además de cargar con la roca de mi padre. Que yo sea ignorante sobre el universo no significa que esté inseguro sobre cómo debo razonar en presencia de mi incertidumbre. Las leyes para pensar con probabilidades son tan férreas como las leyes que gobiernan la lógica pasada de moda, y lo que usted acaba de hacer no está permitido.

Harry hizo una pausa.

—A menos, por supuesto, que tenga alguna pista que no está mencionando.

—Ah —dijo Dumbledore. Se dio unos toques en la mejilla, pensativo—. Un argumento interesante, desde luego, pero ¿no se viene abajo en el punto donde haces una analogía entre un millón de asesinos potenciales de los cuales solo uno cometió el asesinato, y elegir un curso de acción de entre muchos posibles, cuando muchos cursos de acción posibles pueden ser todos sabios? No digo que llevar la roca de tu padre sea el único mejor curso de acción posible, solo que hacerlo es más sabio que no hacerlo.

Dumbledore volvió a meter la mano en el mismo cajón del escritorio al que había accedido antes, esta vez pareciendo rebuscar dentro; al menos el brazo parecía moverse.

—Haré notar —dijo Dumbledore mientras Harry todavía intentaba ordenar cómo responder a aquella réplica completamente inesperada— que es un malentendido común entre los Ravenclaw creer que todos los niños inteligentes acaban Seleccionados allí, sin dejar ninguno para las otras casas. No es así; ser Seleccionado para Ravenclaw indica que te impulsa tu deseo de saber cosas, lo cual no es en absoluto la misma cualidad que ser inteligente.

El mago sonreía mientras se inclinaba sobre el cajón.

—No obstante, sí pareces bastante inteligente. Menos como un joven héroe ordinario y más como un joven mago antiguo y misterioso. Creo que tal vez he estado adoptando el enfoque equivocado contigo, Harry, y que quizá puedas entender cosas que pocos otros podrían captar. Así que seré atrevido y te ofreceré otra reliquia familiar.

—No querrá decir… —jadeó Harry—. ¿Mi padre… tenía otra roca?

—Perdona —dijo Dumbledore—, sigo siendo más viejo y más misterioso que tú, y si hay revelaciones que hacer, las haré yo, gracias… Oh, ¿dónde está esa cosa?

Dumbledore hundió más el brazo en el cajón del escritorio, y luego aún más. Su cabeza y hombros y todo el torso desaparecieron dentro hasta que solo le sobresalían las caderas y las piernas, como si el cajón del escritorio se lo estuviera comiendo.

Harry no pudo evitar preguntarse cuánto material habría ahí dentro y qué aspecto tendría el inventario completo.

Finalmente, Dumbledore volvió a salir del cajón, sosteniendo el objetivo de su búsqueda, que dejó sobre el escritorio junto a la roca.

Era un libro de texto usado, con los bordes irregulares y el lomo gastado: Elaboración de pociones intermedia, de Libatius Borage. En la cubierta había el dibujo de un vial humeante.

—Esto —entonó Dumbledore— era el libro de texto de Pociones de quinto curso de tu madre.

—Que debo llevar conmigo en todo momento —dijo Harry.

—Que guarda un terrible secreto. Un secreto cuya revelación podría resultar tan desastrosa que debo pedirte que jures, y necesito que lo jures en serio, Harry, pienses lo que pienses de todo esto, no contárselo jamás a nadie ni a nada más.

Harry consideró el libro de texto de Pociones de quinto curso de su madre, que al parecer guardaba un terrible secreto.

El problema era que Harry sí se tomaba muy en serio juramentos como ese. Cualquier voto era un Juramento Inquebrantable si lo hacía la clase adecuada de persona.

Y…

—Tengo sed —dijo Harry—, y eso no es una buena señal en absoluto.

Dumbledore no hizo ninguna pregunta sobre aquella declaración críptica.

—¿Lo juras, Harry? —dijo Dumbledore. Sus ojos miraban intensamente a los de Harry—. De lo contrario, no puedo decírtelo.

—Sí —dijo Harry—. Lo juro.

Ese era el problema de ser Ravenclaw. No podías rechazar una oferta así o la curiosidad te devoraría vivo, y todo el mundo lo sabía.

—Y yo juro a mi vez —dijo Dumbledore— que lo que estoy a punto de decirte es verdad.

Dumbledore abrió el libro, aparentemente al azar, y Harry se inclinó para ver.

—¿Ves estas notas —dijo Dumbledore con una voz tan baja que era casi un susurro— escritas en los márgenes del libro?

Harry entornó los ojos ligeramente. Las páginas amarillentas parecían describir algo llamado una poción de esplendor del águila, y muchos de los ingredientes eran cosas que Harry no reconocía en absoluto y cuyos nombres no parecían derivar del inglés. Garabateada en el margen había una anotación manuscrita que decía: Me pregunto qué pasaría si usaras sangre de thestral aquí en vez de arándanos. E inmediatamente debajo había una respuesta con una letra distinta: Te pondrías enferma durante semanas y quizá morirías.

—Las veo —dijo Harry—. ¿Qué pasa con ellas?

Dumbledore señaló el segundo garabato.

—Las que están escritas con esta letra —dijo, todavía con aquella voz baja— fueron escritas por tu madre. Y las de esta letra —moviendo el dedo para indicar el primer garabato— las escribí yo. Me volvía invisible y me colaba en su dormitorio mientras ella dormía. Lily pensaba que las escribía una de sus amigas, y tenían las peleas más increíbles.

Ese fue el punto exacto en el que Harry comprendió que el director de Hogwarts estaba, de hecho, loco.

Dumbledore lo miraba con expresión seria.

—¿Entiendes las implicaciones de lo que acabo de contarte, Harry?

—Ehhh… —dijo Harry. La voz parecía habérsele atascado—. Perdón… yo… no mucho, la verdad…

—Ah, bueno —dijo Dumbledore, y suspiró—. Supongo que tu inteligencia también tiene límites, después de todo. ¿Hacemos todos como si no hubiera dicho nada?

Harry se levantó de la silla, con una sonrisa fija.

—Por supuesto —dijo Harry—. Sabe, en realidad se está haciendo bastante tarde y tengo algo de hambre, así que debería bajar a cenar, de verdad.

Y Harry enfiló directamente hacia la puerta.

El pomo se negó por completo a girar.

—Me hieres, Harry —dijo la voz de Dumbledore en tonos tranquilos que venían justo de detrás de él—. ¿No te das cuenta al menos de que lo que te he contado es una señal de confianza?

Harry se volvió lentamente.

Delante de él había un mago muy poderoso y muy loco, con una larga barba plateada, un sombrero como una seta gigante aplastada y llevando lo que para ojos muggles parecían tres capas de pijamas de color rosa intenso.

Detrás de él había una puerta que en aquel momento no parecía funcionar.

Dumbledore parecía bastante entristecido y cansado, como si quisiera apoyarse en un bastón de mago que no tenía.

—De verdad —dijo Dumbledore—, uno intenta cualquier cosa nueva en vez de seguir el mismo patrón cada vez durante ciento diez años, y todo el mundo sale corriendo. —El viejo mago negó con la cabeza con pena—. Esperaba más de ti, Harry Potter. He oído que tus propios amigos también te creen loco. Sé que se equivocan. ¿No creerás lo mismo de mí?

—Por favor, abra la puerta —dijo Harry, con la voz temblando—. Si alguna vez quiere que vuelva a confiar en usted, abra la puerta.

Detrás de él sonó una puerta al abrirse.

—Había más cosas que pensaba decirte —dijo Dumbledore—, y si te marchas ahora no sabrás cuáles eran.

A veces Harry odiaba absolutamente ser Ravenclaw.

Nunca ha hecho daño a un estudiante, dijo el lado Gryffindor de Harry. Solo sigue recordándolo y seguro que no entrarás en pánico. No vas a salir corriendo solo porque las cosas se estén poniendo interesantes, ¿verdad?

¡No puedes marcharte sin más del despacho del director!, dijo la parte Hufflepuff. ¿Y si empieza a quitar puntos a la casa? ¡Podría hacerte la vida escolar muy difícil si decide que no le caes bien!

Y una parte de sí mismo que a Harry no le gustaba demasiado pero que no conseguía silenciar del todo estaba ponderando las ventajas potenciales de ser uno de los pocos amigos de aquel viejo mago loco que además resultaba ser director, Jefe de Magos y Mugwump Supremo.

Y por desgracia su Slytherin interior parecía ser mucho mejor que Draco convirtiendo gente al lado oscuro, porque decía cosas como pobre hombre, parece que necesita alguien con quien hablar, ¿no? y no querrías que un hombre tan poderoso acabase confiando en alguien menos virtuoso, ¿verdad? y me pregunto qué clase de secretos increíbles podría contarte Dumbledore si, ya sabes, te hicieras amigo suyo; e incluso apuesto a que tiene una colección de libros muuuy interesante.

Estáis todos como cabras, pensó Harry dirigiéndose a toda la asamblea, pero cada una de las partes que lo componían había votado unánimemente contra él.

Harry se volvió, dio un paso hacia la puerta abierta, extendió la mano y volvió a cerrarla deliberadamente. Era un sacrificio sin coste, dado que se iba a quedar de todos modos y Dumbledore podía controlar sus movimientos en cualquier caso, pero quizá impresionaría a Dumbledore.

Cuando Harry se volvió de nuevo, vio que el poderoso mago loco volvía a sonreír y parecía amistoso. Eso estaba bien. Quizá.

—Por favor, no vuelva a hacer eso —dijo Harry—. No me gusta estar atrapado.

—Lo siento, Harry —dijo Dumbledore en lo que sonaba como tonos de sincera disculpa—. Pero habría sido terriblemente imprudente dejarte marchar sin la roca de tu padre.

—Por supuesto —dijo Harry—. No era razonable por mi parte esperar que se abriera la puerta antes de meter los objetos de misión en mi inventario.

Dumbledore sonrió y asintió.

Harry se acercó al escritorio, giró su bolsa de piel de moke hacia la parte delantera del cinturón y, con cierto esfuerzo, consiguió levantar la roca con sus brazos de once años y meterla dentro.

Pudo sentir cómo el peso disminuía lentamente a medida que el encantamiento de Boca Ensanchada se comía la roca, y el eructo que siguió fue bastante ruidoso y tuvo un sonido claramente quejumbroso.

El libro de texto de Pociones de quinto curso de su madre —que guardaba un secreto que, de hecho, era bastante terrible— lo siguió poco después.

Y entonces el Slytherin interior de Harry hizo una sugerencia astuta para congraciarse con el director, que por desgracia había sido formulada exactamente de tal manera que obtuvo el apoyo de la facción mayoritaria Ravenclaw.

—Entonces —dijo Harry—. Eh. Ya que voy a quedarme un rato, no sé si le apetecería darme una pequeña visita guiada por su despacho. Siento cierta curiosidad por algunas de estas cosas.

Y aquello era su eufemismo del mes de septiembre.

Dumbledore lo miró, y luego asintió con una leve sonrisa.

—Me halaga tu interés —dijo Dumbledore—, pero me temo que no hay mucho que decir.

Dumbledore dio un paso hacia la pared y señaló un cuadro de un hombre dormido.

—Estos son retratos de antiguos directores de Hogwarts. —Se volvió y señaló su escritorio—. Este es mi escritorio. —Señaló su silla—. Esta es mi silla…

—Perdone —dijo Harry—, en realidad me preguntaba por esas cosas.

Harry señaló un pequeño cubo que susurraba suavemente «blorple… blorple… blorple».

—Ah, ¿los cacharritos? —dijo Dumbledore—. Venían con el despacho del director y no tengo absolutamente ninguna idea de qué hacen la mayoría de ellos. Aunque este dial con las ocho agujas cuenta el número de, llamémoslos estornudos, emitidos por brujas zurdas dentro de las fronteras de Francia. No te creerías cuánto trabajo costó determinarlo. Y este de los wibblers dorados es invención mía, y Minerva jamás, jamás va a descubrir qué hace.

Dumbledore dio un paso hasta el perchero mientras Harry todavía procesaba aquello.

—Aquí, por supuesto, tenemos el Sombrero Seleccionador. Creo que vosotros dos ya os habéis conocido. Me dijo que no debía volver a ser colocado sobre tu cabeza bajo ninguna circunstancia. Solo eres el decimocuarto estudiante en la historia del que ha dicho eso; Baba Yaga fue otra, y te hablaré de los otros doce cuando seas mayor. Esto es un paraguas. Este es otro paraguas.

Dumbledore dio otros pasos y se giró, ahora con una sonrisa bastante amplia.

—Y por supuesto, la mayoría de la gente que viene a mi despacho quiere ver a Fawkes.

Dumbledore estaba de pie junto al pájaro de la plataforma dorada.

Harry se acercó, bastante desconcertado.

—¿Este es Fawkes?

—Fawkes es un fénix —dijo Dumbledore—. Criaturas mágicas muy raras y muy poderosas.

—Ah… —dijo Harry.

Bajó la cabeza y miró fijamente los ojitos negros, diminutos y brillantes, que no mostraban la menor señal de poder ni de inteligencia.

—Ahhh… —volvió a decir Harry.

Estaba bastante seguro de reconocer la forma del pájaro. Era bastante difícil no darse cuenta.

—Eeem…

¡Di algo inteligente!, rugió la mente de Harry contra sí misma. ¡No te quedes ahí sonando como un idiota balbuceante!

¿Y qué demonios se supone que debo decir?, disparó de vuelta la mente de Harry.

¡Lo que sea!

Quieres decir, cualquier cosa salvo «Fawkes es una gallina»…

¡Sí! ¡Cualquier cosa menos eso!

—Entonces, eh, ¿qué clase de magia hacen los fénix?

—Sus lágrimas tienen el poder de curar —dijo Dumbledore—. Son criaturas de fuego, y se mueven entre todos los lugares con la misma facilidad con que el fuego puede apagarse en un sitio y prenderse en otro. La tremenda tensión de su magia innata envejece sus cuerpos rápidamente, y sin embargo están tan cerca de ser inmortales como cualquier criatura que exista en este mundo, porque cada vez que sus cuerpos les fallan se inmolan en un estallido de fuego y dejan atrás un polluelo, o a veces un huevo.

Dumbledore se acercó e inspeccionó la gallina, frunciendo el ceño.

—Hm… diría que está algo pochita.

Para cuando esa afirmación se registró por completo en la mente de Harry, la gallina ya estaba en llamas.

El pico de la gallina se abrió, pero no tuvo tiempo ni de soltar un solo cacareo antes de empezar a consumirse y carbonizarse. El incendio fue breve, intenso y completamente autocontenido; no hubo olor a quemado.

Y entonces el fuego se apagó solo unos segundos después de haber empezado, dejando sobre la plataforma dorada un montoncito de cenizas diminuto y patético.

—¡No pongas esa cara de horror, Harry! —dijo Dumbledore—. Fawkes no ha sufrido daño.

La mano de Dumbledore se hundió en un bolsillo, y luego esa misma mano rebuscó entre las cenizas y sacó un pequeño huevo amarillento.

—Mira, ¡aquí hay un huevo!

—Oh… guau… increíble…

—Pero ahora deberíamos seguir con las cosas —dijo Dumbledore. Dejando el huevo atrás, entre las cenizas de la gallina, volvió a su trono y se sentó—. Casi es hora de cenar, al fin y al cabo, y no querríamos tener que usar nuestros Giratiempos.

Había una violenta lucha de poder en marcha en el Gobierno de Harry. Slytherin y Hufflepuff habían cambiado de bando después de ver al director de Hogwarts prender fuego a una gallina.

—Sí, cosas —dijeron los labios de Harry—. Y luego cenar.

Estás sonando otra vez como un idiota balbuceante, observó el Crítico Interno de Harry.

—Bueno —dijo Dumbledore—. Me temo que tengo una confesión que hacerte, Harry. Una confesión y una disculpa.

—Las disculpas están bien —eso ni siquiera tiene sentido. ¿Qué estoy diciendo?

El viejo mago suspiró profundamente.

—Puede que no sigas pensándolo después de entender lo que tengo que decir. Me temo, Harry, que te he manipulado durante toda tu vida. Fui yo quien te encomendó al cuidado de tus malvados padrastros…

—¡Mis padrastros no son malvados! —soltó Harry—. ¡Mis padres, quiero decir!

—¿No lo son? —dijo Dumbledore, con aspecto sorprendido y decepcionado—. ¿Ni siquiera un poquito malvados? Eso no encaja con el patrón…

El Slytherin interior de Harry gritó con todas sus fuerzas mentales: ¡CÁLLATE, IDIOTA, TE APARTARÁ DE ELLOS!

—No, no —dijo Harry, con los labios congelados en una mueca espantosa—, solo intentaba no herir sus sentimientos. En realidad son muy malvados…

—¿Lo son? —Dumbledore se inclinó hacia delante, mirándolo con intensidad—. ¿Qué hacen?

Habla rápido.

—Ellos, ah, tengo que fregar platos y lavar problemas y no me dejan leer muchos libros y…

—Ah, bien, me alegra oír eso —dijo Dumbledore, recostándose otra vez. Sonrió de una forma triste—. Me disculpo por ello, entonces. ¿Por dónde iba? Ah, sí. Lamento decirte, Harry, que soy responsable de prácticamente todo lo malo que te ha ocurrido. Sé que esto probablemente hará que te enfades mucho.

—¡Sí, estoy muy enfadado! —dijo Harry—. ¡Grrr!

El Crítico Interno de Harry le concedió de inmediato el Premio de Todos los Tiempos a la Peor Interpretación de la Historia Universal.

—Y solo quería que lo supieras —dijo Dumbledore—. Quería decírtelo lo antes posible, por si más adelante le ocurre algo a alguno de los dos, que lo siento de verdad, de verdad. Por todo lo que ya ha ocurrido, y por todo lo que ocurrirá.

La humedad brilló en los ojos del viejo mago.

—¡Y estoy muy enfadado! —dijo Harry—. ¡Tan enfadado que quiero irme ahora mismo, a menos que tenga algo más que decir!

¡VETE antes de que te prenda fuego!, chillaron Slytherin, Hufflepuff y Gryffindor.

—Lo entiendo —dijo Dumbledore—. Una última cosa entonces, Harry. No debes intentar acceder a la puerta prohibida del pasillo del tercer piso. No hay forma posible de que puedas superar todas las trampas, y no querría enterarme de que te has hecho daño intentándolo. Vaya, dudo que pudieras siquiera abrir la primera puerta, ya que está cerrada con llave y no conoces el hechizo Alohomora…

Harry giró sobre sí mismo y salió disparado hacia la salida a máxima velocidad. El pomo giró amablemente bajo su mano y entonces ya estaba corriendo por la escalera de caracol incluso mientras giraba, con los pies casi tropezando consigo mismos. En apenas un momento estuvo abajo y la gárgola se hizo a un lado, y Harry salió del hueco de la escalera como una bala de cañón.


Harry Potter.

Debía de haber algo con Harry Potter.

Al fin y al cabo, era jueves para todos, y aun así este tipo de cosas no parecían pasarle a nadie más.

Eran las 6:21 de la tarde del jueves cuando Harry Potter, saliendo del hueco de la escalera como una bala de cañón y acelerando a toda velocidad, chocó directamente contra Minerva McGonagall justo cuando ella doblaba una esquina camino del despacho del director.

Por suerte ninguno de los dos se hizo mucho daño. Como le habían explicado a Harry un poco antes ese día —cuando se negaba a acercarse jamás de nuevo a una escoba—, el Quidditch necesitaba Bludgers de hierro macizo solo para tener una posibilidad decente de lesionar a los jugadores, ya que los magos tendían a resistir los impactos mucho mejor que los muggles.

Harry y la profesora McGonagall acabaron ambos en el suelo, y los pergaminos que ella llevaba se desperdigaron por todo el pasillo.

Hubo una pausa terrible, terrible.

—Harry Potter —exhaló la profesora McGonagall desde donde yacía en el suelo justo al lado de Harry. Su voz subió hasta casi un chillido—. ¿Qué estaba haciendo usted en el despacho del director?

—¡Nada! —chilló Harry.

—¿Estaban hablando del profesor de Defensa?

—¡No! ¡Dumbledore me llamó allí arriba y me dio esta roca grande y dijo que era de mi padre y que debía llevarla a todas partes!

Hubo otra pausa terrible.

—Ya veo —dijo la profesora McGonagall, con la voz un poco más calmada.

Se puso en pie, se sacudió la ropa y miró furiosa los pergaminos dispersos, que saltaron hasta formar una pila ordenada y corretearon hasta apoyarse contra la pared del pasillo, como si quisieran esconderse de su mirada.

—Mis condolencias, señor Potter, y me disculpo por haber dudado de usted.

—Profesora McGonagall —dijo Harry.

Su voz vacilaba. Se levantó del suelo, se puso de pie y miró su cara fiable y cuerda.

—Profesora McGonagall…

—¿Sí, señor Potter?

—¿Cree que debería hacerlo? —dijo Harry en voz pequeña—. ¿Llevar la roca de mi padre a todas partes?

La profesora McGonagall suspiró.

—Eso queda entre usted y el director, me temo. —Vaciló—. Diré que ignorar al director por completo casi nunca es sabio. Lamento oír su dilema, señor Potter, y si hay alguna forma en que pueda ayudarle con lo que decida hacer…

—Eh —dijo Harry—. En realidad estaba pensando que, cuando sepa cómo, podría transformar la roca en un anillo y llevarlo en el dedo. Si pudiera enseñarme a sostener una Transformación…

—Es bueno que me lo haya preguntado primero —dijo la profesora McGonagall, y su cara se volvió un poco severa—. Si perdiera el control de la Transformación, la reversión le cortaría el dedo y probablemente le desgarraría la mano por la mitad. Y a su edad, incluso un anillo es un objetivo demasiado grande para que usted lo sostenga indefinidamente sin que suponga un drenaje serio de su magia. Pero puedo hacer que le forjen un anillo con un engaste para una joya, una joya pequeña, en contacto con su piel, y puede practicar sosteniendo un sujeto seguro, como una nube de azúcar. Cuando haya conseguido mantenerla con éxito, incluso mientras duerme, durante un mes completo, le permitiré transformar, ah, la roca de su padre…

La voz de la profesora McGonagall se apagó.

—¿El director de verdad…?

—Sí. Ah… eh…

La profesora McGonagall suspiró.

—Eso es un poco extraño incluso para él. —Se agachó y recogió la pila de pergaminos—. Lo siento, señor Potter. Me disculpo de nuevo por haber desconfiado de usted. Pero ahora me toca a mí ver al director.

—Ah… buena suerte, supongo. Eh…

—Gracias, señor Potter.

—Eh…

La profesora McGonagall caminó hasta la gárgola, pronunció la contraseña de forma inaudible y entró en la escalera de caracol giratoria. Empezó a subir y a perderse de vista, y la gárgola comenzó a volver a su sitio…

—¡Profesora McGonagall, el director ha prendido fuego a una gallina!

—¿Ha qué…?