La puerta del enemigo es Rowling.


No soy un psicópata, solo soy muy creativo.


En cuanto entró en el aula de Defensa el miércoles, Harry supo que aquella asignatura iba a ser distinta.

Para empezar, era la clase más grande que había visto hasta entonces en Hogwarts, parecida a un aula magna universitaria, con hileras escalonadas de pupitres orientadas hacia un escenario gigantesco de mármol blanco. El aula estaba en una parte alta del castillo —en el quinto piso—, y Harry sabía que no iba a recibir más explicación que esa sobre dónde se suponía que cabía una habitación así. Cada vez estaba más claro que Hogwarts sencillamente no tenía geometría, euclídea ni de ningún otro tipo: tenía conexiones, no direcciones.

A diferencia de un aula universitaria, no había filas de asientos plegables; en su lugar había pupitres y sillas de madera perfectamente corrientes, de estilo Hogwarts, colocados en curva en cada nivel de la sala. Solo que sobre cada pupitre había apoyado un objeto plano, blanco, rectangular y misterioso.

En el centro de la enorme plataforma, sobre un pequeño estrado elevado de mármol más oscuro, había un solitario escritorio de profesor. Y sentado ante él estaba Quirrell, desplomado en la silla, la cabeza echada hacia atrás, babeando un poco sobre la túnica.

Esto me recuerda a algo…

Harry había llegado a clase tan pronto que aún no había ningún otro alumno. (El idioma inglés era defectuoso a la hora de describir viajes en el tiempo; en particular, carecía de palabras capaces de expresar lo cómodos que eran). Quirrell no parecía estar… funcional… en aquel momento, y Harry tampoco tenía demasiadas ganas de acercarse a él.

Harry eligió un pupitre, subió hasta él, se sentó y sacó el libro de Defensa. Llevaba leído alrededor de siete octavos; en realidad había planeado terminarse el libro antes de aquella clase, pero iba retrasado y ya había usado dos veces el Giratiempo aquel día.

Al poco rato empezaron a oírse sonidos mientras el aula se llenaba. Harry los ignoró.

—¿Potter? ¿Qué haces aquí?

Aquella voz no pintaba nada allí. Harry levantó la vista.

—¿Draco? ¿Qué haces tú en…? Dios mío, tienes esbirros.

Uno de los muchachos que estaban detrás de Draco parecía tener muchísimos músculos para un niño de once años, y el otro mantenía una postura de equilibrio que resultaba sospechosamente estudiada.

El chico de pelo rubio platino sonrió con bastante suficiencia e hizo un gesto hacia atrás.

—Potter, te presento al señor Crabbe —su mano pasó de Músculos a Equilibrio— y al señor Goyle. Vincent, Gregory, este es Harry Potter.

El señor Goyle inclinó la cabeza y dirigió a Harry una mirada que probablemente pretendía significar algo, pero que al final solo pareció un bizqueo. El señor Crabbe dijo «Encantao» con un tono que sonaba como si estuviera intentando bajar la voz todo lo posible.

Una expresión fugaz de consternación cruzó la cara de Draco, pero enseguida la sustituyó su sonrisita de superioridad.

—¡Tienes esbirros! —repitió Harry—. ¿Dónde consigo yo esbirros?

La sonrisa torcida de Draco se ensanchó.

—Me temo, Potter, que el primer paso es que te seleccionen para Slytherin…

—¿Qué? ¡Eso no es justo!

—…y luego que vuestras familias tengan un acuerdo desde antes de que nacieras.

Harry miró al señor Crabbe y al señor Goyle. Los dos parecían estar esforzándose mucho por resultar amenazantes. Es decir: se inclinaban hacia delante, encorvaban los hombros, sacaban el cuello y le miraban fijamente.

—Eh… espera —dijo Harry—. ¿Esto se acordó hace años?

—Exacto, Potter. Me temo que has tenido mala suerte.

El señor Goyle sacó un palillo y empezó a limpiarse los dientes, sin dejar de cernirse sobre Harry.

—Y —dijo Harry— Lucius insistió en que no crecieras conociendo a tus guardaespaldas y en que solo los conocieras el primer día de colegio.

Eso borró la sonrisa de Draco.

—Sí, Potter, todos sabemos que eres brillante, todo el colegio lo sabe ya, puedes dejar de lucirte…

—Así que les han dicho toda la vida que iban a ser tus esbirros y se han pasado años imaginando cómo se supone que actúan los esbirros…

Draco hizo una mueca.

—…y lo que es peor, ellos sí se conocen entre sí y han estado practicando…

—El jefe te ha dicho que cierres el pico —retumbó el señor Crabbe. El señor Goyle mordió el palillo, lo sostuvo entre los dientes y usó una mano para crujirse los nudillos de la otra.

—¡Os dije que no hicierais esto delante de Harry Potter!

Los dos pusieron cara de cierta vergüenza, y el señor Goyle se apresuró a devolver el palillo a un bolsillo de la túnica.

Pero en cuanto Draco se apartó de ellos para volver a mirar a Harry, regresaron a su actitud amenazante.

—Te pido disculpas —dijo Draco con rigidez— por el insulto que te han hecho estos imbéciles.

Harry dirigió una mirada significativa al señor Crabbe y al señor Goyle.

—Yo diría que estás siendo un poco duro con ellos, Draco. Creo que están actuando exactamente como yo querría que actuaran mis esbirros. Quiero decir, si tuviera esbirros.

A Draco se le desencajó la mandíbula.

—Oye, Gregory, ¿tú crees que intenta apartarnos del jefe?

—Estoy seguro de que el señor Potter no sería tan insensato.

—Oh, ni se me ocurriría —dijo Harry con suavidad—. Es solo algo que conviene tener presente si vuestro empleador actual parece no valoraros. Además, nunca viene mal tener otras ofertas cuando se negocian las condiciones laborales, ¿verdad?

—¿Qué hace en Ravenclaw?

—No soy capaz de imaginármelo, señor Crabbe.

—Los dos, callaos —dijo Draco entre dientes—. Es una orden. —Con un esfuerzo visible, volvió a centrar su atención en Harry—. En fin, ¿qué haces en la clase de Defensa de Slytherin?

Harry frunció el ceño.

—Espera. —Metió la mano en su bolsa—. Horario. —Miró el pergamino—. Defensa, 14:30, y ahora son… —Harry miró su reloj mecánico, que marcaba las 11:23—. Las 14:23, salvo que haya perdido la noción del tiempo. ¿La he perdido?

Si la había perdido, bueno, Harry sabía cómo llegar a la clase que se suponía que le tocaba. Dios, cómo amaba su Giratiempo, y algún día, cuando fuera lo bastante mayor, se casarían.

—No, eso parece correcto —dijo Draco, perplejo. Su mirada se desvió hacia el resto del auditorio, que se estaba llenando de túnicas con ribetes verdes y…

—¡Gryffindorks! —escupió Draco—. ¿Qué hacen ellos aquí?

—Hm —dijo Harry—. El profesor Quirrell sí dijo… no recuerdo sus palabras exactas… que iba a ignorar algunas de las convenciones docentes de Hogwarts. Quizá haya juntado todas sus clases.

—Ah —dijo Draco—. Tú eres el primer Ravenclaw que llega.

—Sí. He venido temprano.

—¿Y entonces qué haces tan atrás?

Harry parpadeó.

—No sé. ¿Me pareció un buen sitio para sentarme?

Draco soltó un sonido desdeñoso.

—No podrías ponerte más lejos del profesor ni intentándolo. —El chico rubio se inclinó un poco hacia él—. En fin, ¿es verdad lo que les dijiste a Derrick y a los suyos?

—¿Quién es Derrick?

—¿Le tiraste una tarta?

—Dos tartas, en realidad. ¿Qué se supone que le dije?

—Que no estaba haciendo nada astuto ni ambicioso, y que era una vergüenza para Salazar Slytherin. —Draco miraba fijamente a Harry.

—Eso… suena más o menos bien —dijo Harry—. Creo que fue más bien algo como: «¿Esto es algún plan increíblemente brillante que te dará una ventaja futura, o de verdad es una deshonra para la memoria de Salazar Slytherin tan grande como parece?», o algo así. No recuerdo las palabras exactas.

—Estás confundiendo a todo el mundo, ¿sabes? —dijo el chico rubio.

—¿Eh? —dijo Harry, con auténtica confusión.

—Warrington dijo que pasar mucho tiempo bajo el Sombrero Seleccionador es una de las señales de advertencia de un gran mago tenebroso. Todo el mundo hablaba de ello, preguntándose si debían empezar a hacerte la pelota por si acaso. Luego vas y proteges a un montón de Hufflepuffs, por Merlín. ¡Y luego le dices a Derrick que es una vergüenza para la memoria de Salazar Slytherin! ¿Qué se supone que tiene que pensar la gente?

—Que el Sombrero Seleccionador decidió ponerme en la casa de «¡Slytherin! ¡Es broma! ¡Ravenclaw!», y que he estado actuando en consecuencia.

El señor Crabbe y el señor Goyle soltaron una risita, lo que hizo que el señor Goyle se tapara la boca enseguida con una mano.

—Será mejor que vayamos a coger sitio —dijo Draco. Vaciló, se enderezó un poco y habló con un tono algo más formal—. Pero quiero continuar nuestra última conversación, y acepto tus condiciones.

Harry asintió.

—¿Te importaría mucho que esperara hasta el sábado por la tarde? Ahora mismo estoy metido en una especie de competición.

—¿Una competición?

—Ver si puedo leer todos mis libros de texto tan rápido como lo hizo Hermione Granger.

—Granger —repitió Draco. Entrecerró los ojos—. ¿La sangre sucia que se cree Merlín? Si estás intentando dejarla en evidencia, entonces todo Slytherin te desea la mejor de las suertes, Potter, y no te molestaré hasta el sábado.

Draco inclinó la cabeza respetuosamente y se marchó, seguido por sus esbirros.

Oh, esto va a ser divertidísimo de compaginar, ya lo veo venir.

El aula se estaba llenando deprisa con ribetes de los cuatro colores: verde, rojo, amarillo y azul. Draco y sus dos amigos parecían estar intentando conseguir tres asientos contiguos en la primera fila, que por supuesto ya estaban ocupados. El señor Crabbe y el señor Goyle se cernían sobre los alumnos con energía, pero no parecía estar sirviendo de mucho.

Harry se inclinó sobre su libro de Defensa y siguió leyendo.


A las 14:35, cuando la mayoría de los asientos estaban ocupados y no parecía que fuera a entrar nadie más, el profesor Quirrell dio una sacudida repentina en su silla, se irguió, y su rostro apareció en todos los objetos rectangulares, planos y blancos que había sobre los pupitres de los alumnos.

Harry se sobresaltó, tanto por la aparición repentina de la cara del profesor Quirrell como por su parecido con la televisión muggle. Había algo nostálgico y triste en aquello: se parecía tanto a un pedazo de casa y, sin embargo, no lo era en realidad…

—Buenas tardes, mis jóvenes aprendices —dijo el profesor Quirrell. Su voz parecía salir de la pantalla del pupitre y hablarle directamente a Harry—. Bienvenidos a vuestra primera lección de Magia de Batalla, como la habrían llamado los fundadores de Hogwarts; o, como se la llama por casualidad a finales del siglo XX, Defensa Contra las Artes Oscuras.

Hubo una buena cantidad de forcejeos apresurados cuando los alumnos, pillados por sorpresa, buscaron pergaminos o cuadernos.

—No —dijo el profesor Quirrell—. No os molestéis en apuntar cómo se llamaba antes esta asignatura. Ninguna pregunta tan inútil contará para la nota en ninguna de mis clases. Es una promesa.

Muchos alumnos se enderezaron al oír aquello, bastante impresionados.

El profesor Quirrell sonreía con frialdad.

—Quienes hayáis perdido el tiempo leyendo vuestros inútiles libros de Defensa de primero…

Alguien hizo un sonido de atragantamiento. Harry se preguntó si habría sido Hermione.

—…podríais haberos llevado la impresión de que, aunque esta asignatura se llama Defensa Contra las Artes Oscuras, en realidad trata de cómo defenderse de mariposas de pesadilla, que causan sueños levemente desagradables, o de babosas ácidas, que pueden disolver por completo una viga de madera de cinco centímetros si se les concede la mayor parte del día.

El profesor Quirrell se puso de pie, empujando la silla hacia atrás. La pantalla del pupitre de Harry seguía cada uno de sus movimientos. El profesor Quirrell avanzó hacia la parte delantera del aula y bramó:

—¡El Colacuerno húngaro mide más que una docena de hombres! ¡Escupe fuego con tanta rapidez y precisión que puede derretir una snitch en pleno vuelo! ¡Una maldición asesina lo derriba!

Se oyeron jadeos entre los alumnos.

—¡El troll de montaña es más peligroso que el Colacuerno húngaro! ¡Es lo bastante fuerte como para morder acero! ¡Su piel es lo bastante resistente como para soportar embrujos aturdidores y hechizos cortantes! ¡Su olfato es tan agudo que puede distinguir desde lejos si su presa forma parte de una manada o si está sola y vulnerable! Y lo más temible de todo: el troll es único entre las criaturas mágicas porque mantiene de forma continua una especie de Transformación sobre sí mismo: siempre se está transformando en su propio cuerpo. ¡Si de alguna manera consigues arrancarle un brazo, le crecerá otro en cuestión de segundos! El fuego y el ácido producirán tejido cicatricial que puede confundir temporalmente los poderes regenerativos de un troll… ¡durante una hora o dos! ¡Son lo bastante listos para usar garrotes como herramientas! ¡El troll de montaña es la tercera máquina de matar más perfecta de toda la naturaleza! ¡Una maldición asesina lo derriba!

Los alumnos parecían bastante conmocionados.

El profesor Quirrell sonreía con una severidad algo lúgubre.

—Vuestra triste excusa de libro de Defensa de tercero os sugerirá exponer al troll de montaña a la luz del sol, lo que lo dejará congelado en el sitio. Esto, mis jóvenes aprendices, es el tipo de conocimiento inútil que nunca encontraréis en mis clases. ¡Uno no se topa con trolls de montaña a plena luz del día! La idea de que debáis usar la luz del sol para detenerlos es el resultado de autores de libros de texto necios que intentan demostrar su dominio de minucias a costa de la utilidad práctica. ¡Que exista una forma ridículamente oscura de tratar con trolls de montaña no significa que debáis intentar usarla! La maldición asesina no se puede bloquear, no se puede detener, y funciona siempre contra cualquier cosa que tenga cerebro. Si, como magos adultos, os encontráis incapaces de usar la maldición asesina, entonces sencillamente podéis apareceros lejos. Lo mismo si os enfrentáis a la segunda máquina de matar más perfecta, un dementor. Simplemente os aparecéis lejos.

—A menos, por supuesto —dijo el profesor Quirrell, con la voz ahora más baja y más dura—, que estéis bajo los efectos de un maleficio antiaparición. No. Hay exactamente un monstruo que puede amenazaros cuando ya seáis adultos plenamente formados. El monstruo más peligroso de todo el mundo, tan peligroso que nada más se le acerca. El mago tenebroso. Eso es lo único que aún podrá amenazaros.

Los labios del profesor Quirrell formaban una línea fina.

—Os enseñaré a regañadientes suficientes trivialidades como para que aprobéis las partes de vuestros exámenes finales de primero impuestas por el Ministerio. Como vuestra nota exacta en esas secciones no supondrá ninguna diferencia en vuestra vida futura, quien quiera más que un aprobado es libre de malgastar su propio tiempo estudiando nuestra patética excusa de libro de texto. El título de esta asignatura no es Defensa Contra Molestias Menores. Estáis aquí para aprender a defenderos de las Artes Oscuras. Lo cual significa, para que quede muy claro, defenderos de magos tenebrosos. ¡Gente con varitas que quiere haceros daño y que probablemente lo conseguirá salvo que les hagáis daño primero! ¡No hay defensa sin ataque! ¡No hay defensa sin combate! Esta realidad se considera demasiado dura para niños de once años por parte de los políticos gordos, sobrerremunerados y protegidos por aurores que impusieron vuestro plan de estudios. ¡Al abismo con esos necios! ¡Estáis aquí para la asignatura que se ha enseñado en Hogwarts durante ochocientos años! ¡Bienvenidos a vuestro primer año de Magia de Batalla!

Harry empezó a aplaudir. No pudo evitarlo: era demasiado inspirador.

Cuando Harry empezó a dar palmas hubo alguna respuesta dispersa por parte de Gryffindor, y más por parte de Slytherin, pero la mayoría de alumnos parecían demasiado aturdidos para reaccionar.

El profesor Quirrell hizo un gesto cortante, y los aplausos murieron al instante.

—Muchas gracias —dijo el profesor Quirrell—. Pasemos ahora a las cuestiones prácticas. He combinado todas mis clases de Batalla de primero en una sola, lo que me permite ofreceros el doble de tiempo de aula que las sesiones dobles…

Se oyeron jadeos de horror.

—…una carga adicional que compensaré no asignando deberes.

Los jadeos de horror se interrumpieron de golpe.

—Sí, habéis oído bien. Os enseñaré a luchar, no a escribir treinta centímetros sobre la lucha para el lunes.

Harry deseó desesperadamente haberse sentado junto a Hermione para poder ver su cara en aquel momento; por otra parte, estaba bastante seguro de que se la estaba imaginando con precisión.

Además, Harry estaba enamorado. Sería una boda a tres: él, el Giratiempo y el profesor Quirrell.

—Para quienes así lo elijáis, he organizado algunas actividades extraescolares que creo que os resultarán tan interesantes como educativas. ¿Queréis mostrarle al mundo vuestras propias capacidades en lugar de ver a otras catorce personas jugar al quidditch? Más de siete personas pueden luchar en un ejército.

Joder, sí.

—Estas y otras actividades extraescolares también os harán ganar puntos Quirrell. ¿Qué son los puntos Quirrell, preguntáis? El sistema de puntos de las casas no se ajusta a mis necesidades, porque hace que los puntos de las casas sean demasiado raros. Prefiero que mis alumnos sepan cómo lo están haciendo con más frecuencia que eso. Y en las escasas ocasiones en que os ponga una prueba escrita, se corregirá sola a medida que la hagáis; si falláis demasiadas preguntas relacionadas entre sí, vuestra prueba mostrará los nombres de los alumnos que respondieron bien a esas preguntas, y esos alumnos podrán ganar puntos Quirrell ayudándoos.

…Vaya. ¿Por qué los demás profesores no usaban un sistema así?

—¿Para qué sirven los puntos Quirrell, os preguntáis? Para empezar, diez puntos Quirrell equivaldrán a un punto de la casa. Pero también os ganarán otros favores. ¿Queréis hacer el examen a una hora poco habitual? ¿Hay alguna sesión concreta que os vendría muy bien saltaros? Descubriréis que puedo ser muy flexible en favor de los alumnos que hayan acumulado suficientes puntos Quirrell. Los puntos Quirrell controlarán el generalato de los ejércitos. Y en Navidad —justo antes de las vacaciones de Navidad— concederé un deseo a alguien. Cualquier hazaña relacionada con la escuela que esté en mi poder, en mi influencia o, por encima de todo, en mi ingenio. Sí, estuve en Slytherin y ofrezco formular un plan astuto en vuestro nombre, si eso es lo que hace falta para cumplir vuestro deseo. Ese deseo será para quien haya ganado más puntos Quirrell entre los siete cursos.

Ese sería Harry.

—Ahora dejad vuestros libros y objetos sueltos en los pupitres: estarán a salvo, las pantallas velarán por ellos. Bajad a esta plataforma. Es hora de jugar a un juego llamado Quién Es el Alumno Más Peligroso del Aula.


Harry giró la varita en la mano derecha y dijo:

—¡Ma-ha-su!

Hubo otro «bing» agudo procedente de la esfera azul flotante que el profesor Quirrell le había asignado como blanco. Aquel sonido en concreto significaba un impacto perfecto, y Harry lo había conseguido en nueve de los últimos diez intentos.

El profesor Quirrell había desenterrado en alguna parte un hechizo increíblemente fácil de pronunciar, con un movimiento de varita ridículamente sencillo, y con tendencia a dar allá donde estuvieras mirando en ese momento. El profesor Quirrell había declarado con desprecio que la auténtica magia de batalla era mucho más difícil que aquello. Que el maleficio era completamente inútil en combate real. Que no era más que una explosión de magia apenas ordenada cuyo único contenido real era la puntería, y que, al impactar, producía un dolor breve equivalente a un puñetazo fuerte en la nariz. Que el único propósito de aquella prueba era ver quién aprendía deprisa, dado que el profesor Quirrell estaba seguro de que nadie se habría encontrado antes con ese maleficio ni con nada parecido.

A Harry no le importaba nada de eso.

—¡Ma-ha-su!

Un rayo rojo de energía salió disparado de su varita, golpeó el blanco, y la esfera azul volvió a emitir el «bing» que significaba que el hechizo le había salido de verdad.

Harry se sentía como un mago de verdad por primera vez desde que había llegado a Hogwarts. Le habría gustado que el blanco esquivara como las esferitas que Ben Kenobi había usado para entrenar a Luke, pero por alguna razón el profesor Quirrell había puesto a todos los alumnos y blancos en filas ordenadas que garantizaban que no se disparasen unos a otros.

Así que Harry bajó la varita, saltó hacia la derecha, la levantó de golpe, la giró y gritó:

—¡Ma-ha-su!

Hubo un «dong» más grave, que significaba que casi lo había hecho bien.

Harry metió la varita en el bolsillo, saltó de vuelta a la izquierda, la sacó y disparó otro rayo rojo.

El «bing» agudo que resultó fue fácilmente uno de los sonidos más satisfactorios que había oído en su vida. Harry quería gritar de triunfo a pleno pulmón. ¡PUEDO HACER MAGIA! ¡TEMEDME, LEYES DE LA FÍSICA, VOY A VIOLAROS!

—¡Ma-ha-su! —La voz de Harry era fuerte, pero apenas destacaba sobre el cántico constante de gritos similares por toda la plataforma del aula.

—Basta —dijo la voz amplificada del profesor Quirrell. (No sonaba alta. Sonaba a volumen normal, viniendo de justo detrás de tu hombro izquierdo, estuvieras donde estuvieras con respecto al profesor Quirrell)—. Veo que todos habéis tenido éxito al menos una vez.

Las esferas-blanco se volvieron rojas y empezaron a derivar hacia el techo.

El profesor Quirrell estaba de pie en el estrado elevado, en el centro de la plataforma, apoyándose ligeramente en su escritorio con una mano.

—Os dije —dijo el profesor Quirrell— que jugaríamos a un juego llamado Quién Es el Alumno Más Peligroso del Aula. Hay una alumna en esta clase que dominó el maleficio sumerio de Golpe Simple más deprisa que nadie…

Oh, bla, bla, bla.

—…y luego ayudó a otros siete alumnos. Por ello ha ganado los primeros siete puntos Quirrell concedidos a vuestro curso. Adelante, Hermione Granger. Es hora de la siguiente fase del juego.

Hermione Granger empezó a avanzar, con una expresión que mezclaba triunfo y aprensión. Los Ravenclaw la miraban con orgullo, los Slytherin con hostilidad, y Harry con sincera irritación. Harry lo había hecho bien esta vez. Probablemente incluso estaba en la mitad superior de la clase, ahora que todos se habían enfrentado a un hechizo igual de desconocido y Harry se había leído entero Teoría Mágica, de Adalbert Waffling. Y aun así Hermione seguía haciéndolo mejor.

En alguna parte del fondo de su mente acechaba el miedo de que Hermione sencillamente fuera más inteligente que él.

Pero, de momento, Harry iba a depositar sus esperanzas en los hechos conocidos de que (a) Hermione había leído mucho más que los libros de texto estándar y (b) Adalbert Waffling era un tipo sin inspiración que había escrito Teoría Mágica para complacer a un consejo escolar que no pensaba demasiado bien de los niños de once años.

Hermione llegó al estrado central y subió.

—Hermione Granger ha dominado un hechizo completamente desconocido en dos minutos, casi un minuto entero más rápido que quien quedó segundo —dijo el profesor Quirrell, girando despacio sobre sí mismo para mirar a todos los alumnos que les observaban—. ¿Podría la inteligencia de la señorita Granger convertirla en la alumna más peligrosa del aula? Bien, ¿qué pensáis?

Nadie parecía estar pensando nada en aquel momento. Ni siquiera Harry sabía qué decir.

—Vamos a averiguarlo, ¿os parece? —dijo el profesor Quirrell. Se volvió de nuevo hacia Hermione y señaló al resto de la clase—. Elige a cualquier alumno que quieras y lánzale el maleficio de Golpe Simple.

Hermione se quedó congelada donde estaba.

—Vamos —dijo el profesor Quirrell con suavidad—. Has lanzado este hechizo a la perfección más de cincuenta veces. No causa daño permanente, ni siquiera duele tanto. Duele como un puñetazo fuerte y dura solo unos segundos. —La voz del profesor Quirrell se endureció—. Es una orden directa de tu profesor, señorita Granger. Elige un blanco y lanza un maleficio de Golpe Simple.

Hermione tenía el rostro contraído de horror y la varita le temblaba en la mano. Los propios dedos de Harry se cerraron con fuerza en torno a su varita por pura empatía. Aunque veía lo que el profesor Quirrell intentaba hacer. Aunque veía el punto que el profesor Quirrell intentaba demostrar.

—Si no alzas la varita y disparas, señorita Granger, perderás un punto Quirrell.

Harry miró fijamente a Hermione, intentando con toda su voluntad que ella mirara en su dirección. Su mano derecha se daba golpecitos suaves en el pecho. Elígeme a mí, no tengo miedo…

La varita de Hermione se movió apenas en su mano; luego su rostro se relajó y bajó la varita a un costado.

—No —dijo Hermione Granger.

Su voz estaba tranquila y, aunque no fue alta, todos la oyeron en el silencio.

—Entonces debo descontarte un punto —dijo el profesor Quirrell—. Esto era una prueba, y la has fallado.

Aquello la alcanzó. Harry lo vio. Pero ella mantuvo los hombros rectos.

La voz del profesor Quirrell era compasiva y parecía llenar toda la sala.

—Saber cosas no siempre basta, señorita Granger. Si no puedes infligir y recibir violencia del orden de darte un golpe en el dedo del pie, entonces no puedes defenderte y no aprobarás Defensa. Por favor, vuelve con tus compañeros.

Hermione regresó hacia el grupo de Ravenclaw. Su rostro parecía sereno y Harry, por alguna extraña razón, tuvo ganas de empezar a aplaudir. Aunque el profesor Quirrell tenía razón.

—Así pues —dijo el profesor Quirrell—, queda claro que Hermione Granger no es la alumna más peligrosa del aula. ¿Quién creéis que podría ser en realidad la persona más peligrosa aquí? Aparte de mí, por supuesto.

Sin pensarlo siquiera, Harry se volvió para mirar al contingente de Slytherin.

—Draco, de la noble y antiquísima casa de Malfoy —dijo el profesor Quirrell—. Parece que muchos de tus compañeros están mirando en tu dirección. Adelante, si eres tan amable.

Draco lo hizo, caminando con cierto orgullo en el porte. Subió al estrado y miró al profesor Quirrell con una sonrisa.

—Señor Malfoy —dijo el profesor Quirrell—. Dispara.

Harry habría intentado detenerlo si hubiera habido tiempo, pero con un único movimiento fluido Draco giró hacia el contingente de Ravenclaw, alzó la varita y dijo «¡Mahasu!» como si fuera una sola sílaba, y Hermione dijo «¡Ay!», y eso fue todo.

—Buen golpe —dijo el profesor Quirrell—. Dos puntos Quirrell para ti. Pero dime, ¿por qué elegiste a la señorita Granger?

Hubo una pausa.

Finalmente Draco dijo:

—Porque era quien más destacaba.

Los labios del profesor Quirrell se curvaron en una fina sonrisa.

—Y esa es la verdadera razón por la que Draco Malfoy es peligroso. Si hubiera elegido a cualquier otro, ese niño tendría más probabilidades de resentirse por haber sido señalado, y el señor Malfoy tendría más probabilidades de ganarse un enemigo. Y aunque el señor Malfoy podría haber ofrecido alguna otra justificación para escogerla, eso no le habría servido de nada salvo para enemistarse con algunos de vosotros, mientras que otros ya le están animando tanto si dice algo como si no. Es decir: el señor Malfoy es peligroso porque sabe a quién golpear y a quién no, cómo hacer aliados y evitar hacer enemigos. Dos puntos Quirrell más para ti, señor Malfoy. Y como has demostrado una virtud ejemplar de Slytherin, creo que la casa de Salazar ha ganado también un punto. Puedes volver con tus amigos.

Draco hizo una leve reverencia y regresó al contingente de Slytherin. Algunos alumnos de túnicas con ribetes verdes empezaron a aplaudir, pero el profesor Quirrell hizo un gesto cortante y volvió a hacerse el silencio.

—Podría parecer que nuestro juego ha terminado —dijo el profesor Quirrell—. Y sin embargo hay un único alumno en esta aula que es más peligroso que el vástago de Malfoy.

Y ahora, por alguna razón, parecía que muchísima gente estaba mirando a…

—Harry Potter. Adelante.

Aquello no presagiaba nada bueno.

Harry caminó de mala gana hacia donde el profesor Quirrell estaba de pie sobre su estrado elevado, todavía apoyado ligeramente en el escritorio.

El nerviosismo de verse bajo los focos parecía estar afilando el ingenio de Harry mientras se acercaba al estrado, y su mente repasaba posibilidades sobre qué creería el profesor Quirrell que podía demostrar la peligrosidad de Harry. ¿Le pediría lanzar un hechizo? ¿Derrotar a un Señor Tenebroso? ¿Demostrar su supuesta inmunidad a la maldición asesina? Seguro que el profesor Quirrell era demasiado listo para eso…

Harry se detuvo bastante antes de llegar al estrado, y el profesor Quirrell no le pidió que se acercara más.

—La ironía —dijo el profesor Quirrell— es que todos habéis mirado a la persona correcta por razones completamente equivocadas. Estáis pensando —los labios de Quirrell se torcieron— que Harry Potter derrotó al Señor Tenebroso y por tanto debe de ser muy peligroso. Bah. Tenía un año. Cualquiera que fuese el capricho del destino que mató al Señor Tenebroso, probablemente tuvo poco que ver con las capacidades del señor Potter como combatiente. Pero después de oír rumores sobre un Ravenclaw que plantó cara a cinco Slytherin mayores, entrevisté a varios testigos presenciales y llegué a la conclusión de que Harry Potter sería mi alumno más peligroso.

Una descarga de adrenalina entró en el sistema de Harry, haciéndole enderezarse. No sabía a qué conclusión había llegado el profesor Quirrell, pero aquello no podía ser bueno.

—Ah, profesor Quirrell… —empezó a decir Harry.

El profesor Quirrell parecía divertido.

—Estás pensando que he llegado a una respuesta equivocada, ¿verdad, señor Potter? Aprenderás a esperar algo mejor de mí. —El profesor Quirrell se separó del escritorio sobre el que se apoyaba—. Señor Potter, todas las cosas tienen usos acostumbrados. ¡Dame diez usos no acostumbrados de objetos de esta sala para el combate!

Durante un momento Harry se quedó sin habla por el impacto puro y crudo de haber sido entendido.

Y entonces las ideas empezaron a brotar.

—Hay pupitres lo bastante pesados como para ser letales si se dejan caer desde gran altura. Hay sillas con patas metálicas que podrían empalar a alguien si se clavan con suficiente fuerza. El aire de esta aula sería mortal por su ausencia, ya que la gente muere en el vacío, y puede servir como medio de transporte para gases venenosos.

Harry tuvo que detenerse un momento para respirar, y en esa pausa el profesor Quirrell dijo:

—Van tres. Necesitas diez. El resto de la clase cree que ya has agotado todo el contenido del aula.

—¡Ja! El suelo puede retirarse para crear una fosa con pinchos en la que caer, el techo puede derrumbarse sobre alguien, las paredes pueden servir como materia prima para Transformarlas en cualquier número de cosas mortales… cuchillos, por ejemplo.

—Van seis. Pero seguro que ya estás rascando el fondo del barril, ¿no?

—¡Si ni siquiera he empezado! ¡Mire a toda la gente! Que un Gryffindor ataque al enemigo es un uso ordinario, por supuesto…

—No voy a contar ese.

—…pero su sangre también puede usarse para ahogar a alguien. Los Ravenclaw son conocidos por su cerebro, pero sus órganos internos podrían venderse en el mercado negro por suficiente dinero para contratar a un asesino. Los Slytherin no solo sirven como asesinos; también se les puede lanzar a velocidad suficiente para aplastar a un enemigo. Y los Hufflepuff, además de ser trabajadores, contienen huesos que pueden extraerse, afilarse y usarse para apuñalar a alguien.

A estas alturas el resto de la clase miraba a Harry con cierto horror. Incluso los Slytherin parecían conmocionados.

—Eso son diez, aunque soy generoso al contar lo de Ravenclaw. Ahora, para nota, un punto Quirrell por cada uso de objetos de esta sala que aún no hayas nombrado. —El profesor Quirrell dedicó a Harry una sonrisa amistosa—. El resto de tu clase cree que ahora estás en problemas, porque has nombrado todo salvo los blancos y no tienes ni idea de qué puede hacerse con ellos.

—¡Bah! He nombrado a todas las personas, pero no mi túnica, que puede usarse para asfixiar a un enemigo si se le envuelve la cabeza suficientes veces; ni la túnica de Hermione Granger, que puede rasgarse en tiras, atarse para formar una cuerda y usarse para ahorcar a alguien; ni la túnica de Draco Malfoy, que puede usarse para prender un fuego…

—Tres puntos —dijo el profesor Quirrell—. Se acabó la ropa.

—Mi varita puede empujarse dentro del cerebro de un enemigo a través de la cuenca del ojo…

Y alguien emitió un sonido horrorizado y estrangulado.

—Cuatro puntos. Se acabaron las varitas.

—Mi reloj de pulsera podría asfixiar a alguien si se le atasca en la garganta…

—Cinco puntos. Y basta.

—Hmph —dijo Harry—. Diez puntos Quirrell por un punto de la casa, ¿verdad? Debería haberme dejado seguir hasta que ganara la Copa de las Casas. Ni siquiera he empezado con los usos no acostumbrados de todo lo que llevo en los bolsillos…

O con la propia bolsa de piel de moke, y no podía hablar del Giratiempo ni de la capa de invisibilidad, pero tenía que haber algo que pudiera decir sobre aquellas esferas rojas…

—Basta, señor Potter. Bien, ¿creéis todos que entendéis qué convierte al señor Potter en el alumno más peligroso del aula?

Hubo un murmullo bajo de asentimiento.

—Decidlo en voz alta, por favor. Terry Boot, ¿qué hace peligroso a tu compañero de dormitorio?

—Ah… eh… ¿que es creativo?

—¡Incorrecto! —bramó el profesor Quirrell, y su puño cayó con fuerza sobre el escritorio con un sonido amplificado que hizo saltar a todo el mundo—. ¡Todas las ideas del señor Potter eran peores que inútiles!

Harry dio un respingo de sorpresa.

—¿Retirar el suelo para crear una trampa con pinchos? ¡Ridículo! En combate no tienes ese tipo de tiempo de preparación, y si lo tuvieras habría cien usos mejores. ¿Transformar material de las paredes? ¡El señor Potter no sabe hacer Transformaciones! El señor Potter tuvo exactamente una idea que podría usar inmediatamente, ahora mismo, sin preparación extensa, sin un enemigo cooperativo y sin magia que no conoce. Esa idea fue clavarle la varita a su enemigo en la cuenca del ojo. ¡Lo cual tendría más probabilidades de romperle la varita que de matar a su oponente! En resumen, señor Potter, me temo que tus propuestas fueron uniformemente espantosas.

—¿Qué? —dijo Harry, indignado—. ¡Usted pidió ideas inusuales, no ideas prácticas! ¡Estaba pensando fuera de la caja! ¿Cómo usaría usted algo de esta aula para matar a alguien?

La expresión del profesor Quirrell era desaprobadora, pero se le formaban arruguitas de sonrisa alrededor de los ojos.

—Señor Potter, yo nunca dije que tuvieras que matar. Hay un momento y un lugar para capturar vivo a tu enemigo, y dentro de un aula de Hogwarts suele ser uno de esos lugares. Pero, para responder a tu pregunta: golpearlo en el cuello con el canto de una silla.

Hubo algunas risas por parte de los Slytherin, pero se estaban riendo con Harry, no de Harry.

Todos los demás parecían más bien horrorizados.

—Pero el señor Potter ha demostrado ahora por qué es el alumno más peligroso del aula. Pedí usos no acostumbrados de objetos de esta sala para el combate. El señor Potter podría haber sugerido usar un pupitre para bloquear una maldición, o una silla para hacer tropezar a un enemigo que avanza, o envolver tela alrededor de su brazo para crear un escudo improvisado. En cambio, todos y cada uno de los usos que nombró el señor Potter eran ofensivos en lugar de defensivos, y letales o potencialmente letales.

¿Qué? Espera, eso no podía ser verdad…

Harry sintió un repentino vértigo al intentar recordar qué había sugerido exactamente. Seguro que tenía que haber un contraejemplo…

—Y por eso —dijo el profesor Quirrell— las ideas del señor Potter eran tan extrañas e inútiles: porque tuvo que adentrarse mucho en lo impracticable para cumplir su estándar de matar al enemigo. Para él, cualquier idea que se quedara por debajo de eso no merecía ser considerada. Esto refleja una cualidad que podríamos llamar intención de matar. Yo la tengo. Harry Potter la tiene, y por eso pudo plantar cara a cinco Slytherin mayores. Draco Malfoy no la tiene, aún no. El señor Malfoy difícilmente se amedrentaría ante hablar de asesinato ordinario, pero incluso él se quedó conmocionado —sí, señor Malfoy, lo estabas, estaba observando tu cara— cuando el señor Potter describió cómo usar los cuerpos de sus compañeros como materia prima. Hay censores dentro de vuestra mente que os hacen apartaros de pensamientos así. El señor Potter piensa puramente en matar al enemigo; se aferrará a cualquier medio para hacerlo; no se aparta; sus censores están desconectados. Aunque su genio juvenil sea tan indisciplinado e impráctico como para resultar inútil, su intención de matar convierte a Harry Potter en el Alumno Más Peligroso del Aula. Un último punto para él… no, hagamos que sea un punto para Ravenclaw, por este requisito indispensable de un verdadero mago de batalla.

La boca de Harry se abrió, muda de puro shock, mientras buscaba frenéticamente algo que decir. ¡Eso no es en absoluto de lo que voy yo!

Pero podía ver que los otros alumnos empezaban a creérselo. La mente de Harry pasaba de una posible negación a otra sin encontrar ninguna que pudiera resistir la voz autoritaria del profesor Quirrell. Lo mejor que se le había ocurrido a Harry era «no soy un psicópata, solo soy muy creativo», y eso sonaba bastante ominoso. Necesitaba decir algo inesperado, algo que hiciera que la gente se detuviera y reconsiderase…

—Y ahora —dijo el profesor Quirrell—. Señor Potter. Dispara.

No ocurrió nada, por supuesto.

—Ah, bueno —dijo el profesor Quirrell. Suspiró—. Supongo que todos debemos empezar por alguna parte. Señor Potter, elige a cualquier alumno que prefieras para un maleficio de Golpe Simple. Lo harás antes de que despida la clase de hoy. Si no, empezaré a descontar puntos de la casa, y seguiré descontándolos hasta que lo hagas.

Harry alzó la varita con cuidado. Tenía que hacer al menos eso, o el profesor Quirrell podría empezar a quitar puntos a la casa de inmediato.

Despacio, como si estuviera sobre una bandeja de asar, Harry se giró hacia los Slytherin.

Y los ojos de Harry se encontraron con los de Draco.

Draco Malfoy no parecía tener el menor miedo. El chico rubio no estaba dando ninguna señal visible de asentimiento, como Harry le había dado a Hermione, pero tampoco se podía esperar que lo hiciera. A los otros Slytherin les parecería bastante raro.

—¿Por qué vacilas? —dijo el profesor Quirrell—. Seguro que solo hay una elección obvia.

—Sí —dijo Harry—. Solo hay una elección obvia.

Harry giró la varita y dijo:

—¡Ma-ha-su!

Hubo un silencio total en el aula.

Harry sacudió el brazo izquierdo, intentando librarse del escozor persistente.

Hubo más silencio.

Finalmente el profesor Quirrell suspiró.

—Sí, muy ingenioso, pero había una lección que enseñar y la has esquivado. Un punto menos para Ravenclaw por lucir tu propia inteligencia a costa del objetivo real. Clase terminada.

Y antes de que nadie más pudiera decir nada, Harry canturreó:

—¡Es broma! ¡RAVENCLAW!

Hubo un breve instante de silencio después de aquello, un sonido de gente pensando, y luego los murmullos empezaron y se elevaron rápidamente hasta convertirse en un rugido de conversación.

Harry se volvió hacia el profesor Quirrell. Los dos necesitaban hablar…

Quirrell se había desplomado y volvía arrastrando los pies hacia su silla.

No. Inaceptable. De verdad necesitaban hablar. Al cuerno con el numerito de zombi: el profesor Quirrell probablemente despertaría si Harry le daba un par de toques. Harry empezó a avanzar…

MAL

NO LO HAGAS

MALA IDEA

Harry se tambaleó y se detuvo en seco, mareado.

Y entonces una bandada de Ravenclaws cayó sobre él y comenzaron las discusiones.