Ama como Rowling.

Dato histórico de hoy: los antiguos hebreos consideraban que el límite entre un día y el siguiente era la puesta de sol, no el amanecer, así que decían «tarde y mañana», no «mañana y tarde». (Y, como señalaron muchos reseñadores, la halajá judía moderna afirma lo mismo.)


—Seguro que encontraré tiempo de alguna parte.


—¡Frigideiro!

Harry metió un dedo en el vaso de agua que tenía sobre el pupitre. Debería haber estado fría. Pero estaba tibia, y tibia se había quedado. Otra vez.

Harry se sentía muy, muy estafado.

Había cientos de novelas de fantasía desperdigadas por la casa de los Verres. Harry había leído unas cuantas. Y empezaba a parecer que él tenía un misterioso lado oscuro. Así que, después de que el vaso de agua se negara a colaborar las primeras veces, Harry había echado un vistazo por el aula de Encantamientos para asegurarse de que nadie le miraba, había respirado hondo, se había concentrado y se había obligado a enfadarse.

Había pensado en los Slytherin acosando a Neville, y en aquel juego en el que alguien te tiraba los libros cada vez que intentabas recogerlos. Había pensado en lo que Draco Malfoy había dicho sobre la niña Lovegood de diez años y en cómo funcionaba de verdad el Wizengamot…

Y la furia le había entrado en la sangre; había alzado la varita con una mano temblorosa de odio, había dicho con voz fría «¡Frigideiro!», y no había pasado absolutamente nada.

A Harry le habían timado. Quería escribirle a alguien y exigir que le devolvieran el dinero de su lado oscuro, que obviamente tendría que haber tenido un poder mágico irresistible y en cambio había salido defectuoso.

—¡Frigideiro! —dijo Hermione otra vez desde el pupitre de al lado. Su agua era hielo sólido y se estaban formando cristales blancos en el borde del vaso. Parecía totalmente concentrada en su propio trabajo y nada consciente de que los demás alumnos la miraban con odio, lo cual era o bien (a) una inconsciencia peligrosa por su parte o bien (b) una interpretación perfectamente afinada que se elevaba al nivel de las bellas artes.

—¡Oh, muy bien, señorita Granger! —chilló Filius Flitwick, su profesor de Encantamientos y jefe de Ravenclaw, un hombre diminuto sin ningún signo visible de haber sido campeón de duelos—. ¡Excelente! ¡Estupendo!

Harry había esperado quedar, en el peor de los casos, segundo por detrás de Hermione. Habría preferido que ella rivalizara con él, por supuesto, pero habría podido aceptar que fuera al revés.

Desde el lunes, Harry iba camino del fondo de la clase, una posición por la que competía amistosamente con todos los demás alumnos criados por muggles salvo Hermione. Ella estaba sola y sin rivales en la cima, pobrecilla.

El profesor Flitwick estaba de pie junto al pupitre de una de las otras hijas de muggles, ajustándole en voz baja la forma de sujetar la varita.

Harry miró a Hermione. Tragó saliva. Era el papel obvio para ella en el esquema de las cosas…

—¿Hermione? —dijo Harry con cautela—. ¿Tienes alguna idea de qué puedo estar haciendo mal?

Los ojos de Hermione se iluminaron con una luz terrible de ayuda, y algo en la parte de atrás del cerebro de Harry gritó de humillación desesperada.

Cinco minutos después, el agua de Harry sí parecía estar claramente más fría que la temperatura ambiente, y Hermione le había dado unas cuantas palmaditas verbales en la cabeza, le había dicho que la próxima vez lo pronunciara con más cuidado y se había ido a ayudar a otra persona.

El profesor Flitwick le había dado un punto para su casa por ayudarle.

Harry apretaba los dientes con tanta fuerza que le dolía la mandíbula, y eso no ayudaba precisamente a su pronunciación.

Me da igual que sea competencia desleal. Sé exactamente qué voy a hacer con dos horas extra todos los días. Voy a sentarme en mi baúl y estudiar hasta estar a la altura de Hermione Granger.


—Transformaciones es una de las magias más complejas y peligrosas que aprenderéis en Hogwarts —dijo la profesora McGonagall. No había ni rastro de ligereza en la cara de la severa bruja anciana—. Cualquiera que haga el tonto en mi clase se irá y no volverá. Estáis avisados.

Su varita bajó y tocó el escritorio, que se reformó suavemente hasta convertirse en un cerdo. Un par de alumnos hijos de muggles soltaron pequeños gritos. El cerdo miró a su alrededor y gruñó, con aspecto de estar confuso, y luego volvió a ser un escritorio.

La profesora de Transformaciones recorrió el aula con la mirada, y entonces sus ojos se posaron en un alumno.

—Señor Potter —dijo la profesora McGonagall—. Usted recibió sus libros de texto hace solo unos días. ¿Ha empezado a leer el libro de Transformaciones?

—No, lo siento, profesora —dijo Harry.

—No necesita disculparse, señor Potter; si fuera obligatorio adelantarse a la lectura, se os habría dicho. —Los dedos de McGonagall repiquetearon sobre el escritorio que tenía delante—. Señor Potter, ¿le gustaría adivinar si este es un escritorio que he transformado en cerdo, o si empezó siendo un cerdo y yo he retirado brevemente la transformación? Si hubiera leído el primer capítulo de su libro, lo sabría.

Harry frunció ligeramente el ceño.

—Yo diría que sería más fácil empezar con un cerdo, porque si hubiera empezado siendo un escritorio quizá no sabría ponerse de pie.

La profesora McGonagall negó con la cabeza.

—No es culpa suya, señor Potter, pero la respuesta correcta es que en Transformaciones uno no adivina. Las respuestas erróneas se penalizarán con extrema severidad; las preguntas en blanco se tratarán con mucha indulgencia. Debéis aprender a saber qué es lo que no sabéis. Si os hago cualquier pregunta, por obvia o elemental que sea, y respondéis «no estoy seguro», no os lo tendré en cuenta, y cualquiera que se ría perderá puntos para su casa. ¿Puede decirme por qué existe esta regla, señor Potter?

Porque un solo error en Transformaciones puede ser increíblemente peligroso.

—No.

—Correcto. Transformaciones es más peligrosa que Aparición, que no se enseña hasta sexto curso. Por desgracia, Transformaciones debe aprenderse y practicarse a una edad temprana para maximizar vuestra capacidad adulta. Así que esta es una asignatura peligrosa, y deberíais tener bastante miedo de cometer cualquier error, porque ninguno de mis alumnos ha resultado nunca herido de forma permanente y me disgustaría muchísimo que vuestra clase fuera la primera en estropear mi historial.

Varios alumnos tragaron saliva.

La profesora McGonagall se levantó y se acercó a la pared que había detrás de su escritorio, donde colgaba una tabla de madera pulida. Sacó una pluma corta con el extremo grueso y la usó para trazar letras en rojo; luego las subrayó, con el mismo marcador, en azul:

¡LAS TRANSFORMACIONES NO SON PERMANENTES!

—¡Las Transformaciones no son permanentes! —dijo la profesora McGonagall—. ¡Las Transformaciones no son permanentes! ¡Las Transformaciones no son permanentes! Señor Potter, suponga que un alumno transformara un bloque de madera en un vaso de agua, y que usted se lo bebiera. ¿Qué imagina que podría pasarle cuando la transformación se deshiciera? —Hubo una pausa—. Disculpe, no debería haberle preguntado eso a usted, señor Potter; había olvidado que está bendecido con una imaginación inusualmente pesimista…

—Estoy bien —dijo Harry, tragando saliva con dificultad—. Así que la primera respuesta es que no lo sé —la profesora asintió con aprobación—, pero imagino que podría haber… madera en mi estómago, y en mi torrente sanguíneo, y si parte de esa agua hubiera sido absorbida por los tejidos de mi cuerpo… ¿sería pulpa de madera, o madera sólida, o…? —La comprensión de Harry sobre la magia le falló.

No podía entender cómo se correspondía la madera con el agua para empezar, así que no podía entender qué ocurriría después de que las moléculas de agua quedaran revueltas por los movimientos térmicos ordinarios y la magia se deshiciera y la correspondencia se invirtiera.

El rostro de McGonagall estaba rígido.

—Como el señor Potter ha razonado correctamente, caería gravemente enfermo y necesitaría ser enviado de inmediato al Hospital San Mungo por la Red Flu si quisiera tener alguna posibilidad de sobrevivir. Abrid los libros por la página 5, por favor.

Incluso sin sonido en la imagen en movimiento, se notaba que la mujer de piel horriblemente descolorida estaba gritando.

—El criminal que originalmente transformó oro en vino y se lo dio a beber a esta mujer, «como pago de la deuda», según dijo él, recibió una condena de diez años en Azkaban. Pasad a la página 6, por favor. Eso es un dementor. Son los guardianes de Azkaban. Absorben vuestra magia, vuestra vida y cualquier pensamiento feliz que intentéis tener. La imagen de la página 7 es del criminal diez años después, al quedar en libertad. Observaréis que está muerto… Sí, señor Potter.

—Profesora —dijo Harry—, si ocurre lo peor en un caso así, ¿hay alguna forma de mantener la transformación?

—No —dijo la profesora McGonagall secamente—. Sostener una transformación supone un drenaje constante de vuestra magia que aumenta con el tamaño de la forma objetivo. Y haría falta volver a contactar con el objetivo cada pocas horas, lo cual, en un caso como este, es imposible. ¡Los desastres de este tipo no tienen arreglo!

La profesora McGonagall se inclinó hacia delante, con el rostro muy duro.

—Jamás, bajo ninguna circunstancia, transformaréis nada en líquido ni en gas. Nada de agua, nada de aire. Nada parecido al agua, nada parecido al aire. Ni siquiera si no está pensado para beberse. El líquido se evapora; pequeños fragmentos pasan al aire. No transformaréis nada que vaya a quemarse. ¡Hará humo, y alguien podría respirar ese humo! Jamás transformaréis nada que pueda concebirse que entre en el cuerpo de alguien por ningún medio. Nada de comida. Nada que parezca comida. Ni siquiera como bromita graciosa con la intención de contarles que vuestra tarta de barro es de barro antes de que lleguen a comérsela. No lo haréis jamás. Punto. Ni dentro de esta aula, ni fuera de ella, ni en ninguna parte. ¿Lo ha entendido perfectamente cada uno de los alumnos?

—Sí —dijeron Harry, Hermione y unos cuantos más. El resto parecía haberse quedado sin habla.

—¿Lo ha entendido perfectamente cada uno de los alumnos?

—Sí —dijeron, murmuraron o susurraron.

—Si rompéis cualquiera de estas reglas, no continuaréis estudiando Transformaciones durante vuestra estancia en Hogwarts. Repetid conmigo. Nunca transformaré nada en líquido ni en gas.

—Nunca transformaré nada en líquido ni en gas —dijeron los alumnos en un coro irregular.

—¡Otra vez! ¡Más alto! Nunca transformaré nada en líquido ni en gas.

—Nunca transformaré nada en líquido ni en gas.

—Nunca transformaré nada que parezca comida ni ninguna otra cosa que entre en un cuerpo humano.

—Nunca transformaré nada que parezca comida ni ninguna otra cosa que entre en un cuerpo humano.

—Nunca transformaré nada que vaya a quemarse, porque podría hacer humo.

—Nunca transformaré nada que vaya a quemarse, porque podría hacer humo.

—No transformaréis nunca nada que parezca dinero, incluido el dinero muggle —dijo la profesora McGonagall—. Los duendes tienen formas de averiguar quién lo ha hecho. Según la ley reconocida, la nación duende está en estado de guerra permanente con todos los falsificadores mágicos. No enviarán aurores. Enviarán un ejército.

—Nunca transformaré nada que parezca dinero —repitieron los alumnos.

—Y por encima de todo —dijo la profesora McGonagall—, no transformaréis ningún sujeto vivo, especialmente vosotros mismos. Os pondrá muy enfermos y posiblemente muertos, dependiendo de cómo os transforméis y de cuánto tiempo mantengáis el cambio. —La profesora McGonagall hizo una pausa—. El señor Potter tiene ahora mismo la mano levantada porque ha visto una transformación de animago; concretamente, una humana transformándose en gato y volviendo a su forma original. Pero una transformación de animago no es Transformación libre.

La profesora McGonagall sacó un pequeño trozo de madera del bolsillo. Con un toque de varita se convirtió en una bola de cristal. Entonces dijo «¡Crystferrium!», y la bola de cristal se convirtió en una bola de acero. La tocó con la varita una última vez y la bola de acero volvió a ser un trozo de madera.

—Crystferrium transforma un sujeto de cristal sólido en un objetivo de acero sólido con forma similar. No puede hacer lo inverso, ni puede transformar un escritorio en cerdo. La forma más general de Transformaciones —la Transformación libre, que aprenderéis aquí— es capaz de transformar cualquier sujeto en cualquier objetivo, al menos en lo que respecta a la forma física. Por este motivo, la Transformación libre debe hacerse sin palabras. Usar encantamientos exigiría palabras distintas para cada transformación distinta entre sujeto y objetivo.

La profesora McGonagall dirigió a sus alumnos una mirada severa.

—Algunos profesores empiezan con encantamientos de transformación y pasan después a la Transformación libre. Sí, eso sería mucho más fácil al principio. Pero puede encajaros en un mal molde que perjudique vuestras capacidades más adelante. Aquí aprenderéis Transformación libre desde el principio, lo cual requiere que lancéis el hechizo sin palabras, manteniendo en vuestra mente la forma del sujeto, la forma del objetivo y la transformación.

—Y para responder a la pregunta del señor Potter —continuó la profesora McGonagall—, es la Transformación libre la que nunca debéis aplicar a ningún sujeto vivo. Hay encantamientos y pociones que pueden transformar sujetos vivos de formas limitadas, de manera segura y reversible. Un animago al que le falte una extremidad seguirá sin esa extremidad después de transformarse, por ejemplo. La Transformación libre no es segura. Vuestro cuerpo cambiará mientras esté transformado; respirar, por ejemplo, provoca una pérdida constante de la materia del cuerpo hacia el aire circundante. Cuando la transformación se deshaga y vuestro cuerpo intente volver a su forma original, no podrá hacerlo del todo. Si apretáis la varita contra vuestro cuerpo y os imagináis con el pelo dorado, después se os caerá el pelo. Si os visualizáis como alguien con la piel más limpia, pasaréis una larga temporada en San Mungo. Y si os transformáis en una forma corporal adulta, entonces, cuando la transformación se deshaga, moriréis.

Eso explicaba por qué había visto cosas como chicos gordos, o chicas menos que perfectamente guapas. O ancianos, ya puestos. Eso no pasaría si pudieras transformarte sin más cada mañana… Harry levantó la mano e intentó hacerle señas a la profesora McGonagall con los ojos.

—¿Sí, señor Potter?

—¿Es posible transformar un sujeto vivo en un objetivo estático, como una moneda…? No, disculpe, lo siento muchísimo, digamos una bola de acero.

La profesora McGonagall negó con la cabeza.

—Señor Potter, incluso los objetos inanimados sufren pequeños cambios internos con el tiempo. No habría cambios visibles en su cuerpo después, y durante el primer minuto no notaría nada malo. Pero en una hora estaría enfermo, y en un día estaría muerto.

—Eh, disculpe, entonces si hubiera leído el primer capítulo habría podido adivinar que el escritorio era originalmente un escritorio y no un cerdo —dijo Harry—, pero solo si hacía la suposición adicional de que usted no quería matar al cerdo, que puede parecer altamente probable, pero…

—Puedo prever que corregir sus exámenes será una fuente interminable de deleite para mí, señor Potter. Pero, si tiene más preguntas, ¿puedo pedirle que espere hasta después de clase?

—No tengo más preguntas, profesora.

—Ahora repetid después de mí —dijo la profesora McGonagall—. Nunca intentaré transformar ningún sujeto vivo, especialmente a mí mismo, salvo que se me indique específicamente que lo haga usando un encantamiento o una poción especializados.

—Nunca intentaré transformar ningún sujeto vivo, especialmente a mí mismo, salvo que se me indique específicamente que lo haga usando un encantamiento o una poción especializados.

—Si no estoy seguro de si una transformación es segura, no la intentaré hasta haber preguntado a la profesora McGonagall, al profesor Flitwick, al profesor Snape o al director, que son las únicas autoridades reconocidas sobre Transformaciones en Hogwarts. Preguntar a otro alumno no es aceptable, ni siquiera si dice que recuerda haber hecho la misma pregunta.

—Si no estoy seguro de si una transformación es segura, no la intentaré hasta haber preguntado a la profesora McGonagall, al profesor Flitwick, al profesor Snape o al director, que son las únicas autoridades reconocidas sobre Transformaciones en Hogwarts. Preguntar a otro alumno no es aceptable, ni siquiera si dice que recuerda haber hecho la misma pregunta.

—Aunque el actual profesor de Defensa de Hogwarts me diga que una transformación es segura, e incluso si veo al profesor de Defensa hacerla y no parece ocurrir nada malo, no lo intentaré yo mismo.

—Aunque el actual profesor de Defensa de Hogwarts me diga que una transformación es segura, e incluso si veo al profesor de Defensa hacerla y no parece ocurrir nada malo, no lo intentaré yo mismo.

—Tengo el derecho absoluto a negarme a realizar cualquier transformación que me ponga aunque sea mínimamente nervioso. Puesto que ni siquiera el director de Hogwarts puede ordenarme lo contrario, desde luego no aceptaré una orden así del profesor de Defensa, aunque el profesor de Defensa amenace con quitar cien puntos a mi casa y hacer que me expulsen.

—Tengo el derecho absoluto a negarme a realizar cualquier transformación que me ponga aunque sea mínimamente nervioso. Puesto que ni siquiera el director de Hogwarts puede ordenarme lo contrario, desde luego no aceptaré una orden así del profesor de Defensa, aunque el profesor de Defensa amenace con quitar cien puntos a mi casa y hacer que me expulsen.

—Si rompo cualquiera de estas reglas, no continuaré estudiando Transformaciones durante mi estancia en Hogwarts.

—Si rompo cualquiera de estas reglas, no continuaré estudiando Transformaciones durante mi estancia en Hogwarts.

—Repetiremos estas reglas al comienzo de cada clase durante el primer mes —dijo la profesora McGonagall—. Y ahora empezaremos con cerillas como sujetos y agujas como objetivos… guardad las varitas, gracias; con «empezar» quería decir que empezaréis tomando apuntes.

Media hora antes de que acabara la clase, la profesora McGonagall repartió las cerillas.

Al final de la clase, Hermione tenía una cerilla de aspecto plateado y todo el resto de la clase, hijos de muggles o no, tenía exactamente lo mismo con lo que había empezado.

La profesora McGonagall le concedió otro punto para Ravenclaw.


Después de que terminara la clase de Transformaciones, Hermione se acercó al pupitre de Harry mientras él guardaba los libros en su bolsa.

—Sabes —dijo Hermione con una expresión inocente en la cara—, hoy he ganado dos puntos para Ravenclaw.

—Eso parece —dijo Harry con sequedad.

—Pero eso no es tan bueno como tus siete puntos —dijo ella—. Supongo que no soy tan inteligente como tú.

Harry terminó de meter los deberes en la bolsa y se volvió hacia Hermione con los ojos entornados. En realidad se le había olvidado aquello.

Ella le batió las pestañas.

—Tenemos clases todos los días, eso sí. Me pregunto cuánto tardarás en encontrar más Hufflepuff que rescatar. Hoy es lunes. Así que eso te da hasta el jueves.

Los dos se miraron a los ojos, sin pestañear.

Harry habló primero.

—Por supuesto, te das cuenta de que esto significa la guerra.

—No sabía que hubiéramos estado en paz.

Todos los demás alumnos los estaban mirando ya con fascinación. Todos los demás alumnos, más, por desgracia, la profesora McGonagall.

—Ay, señor Potter —canturreó la profesora McGonagall desde el otro lado del aula—, tengo buenas noticias para usted. La señora Pomfrey ha aprobado su sugerencia para evitar roturas en sus portillos Spimster, y el plan es terminar el trabajo para finales de la semana que viene. Yo diría que eso merece… llamémoslo diez puntos para Ravenclaw.

El rostro de Hermione se abrió en una expresión de traición y conmoción. Harry imaginó que el suyo no debía de parecer muy distinto.

—Profesora… —siseó Harry.

—Esos diez puntos son incuestionablemente merecidos, señor Potter. No repartiría puntos para una casa por capricho. A usted quizá le pareciera una simple cuestión de ver algo frágil y sugerir una forma de protegerlo, pero los portillos Spimster son caros, y al director no le hizo ninguna gracia la última vez que se rompió uno. —La profesora McGonagall pareció pensativa—. Vaya, me pregunto si algún otro alumno habrá ganado alguna vez diecisiete puntos para su casa en su primer día de clases. Tendré que consultarlo, pero sospecho que es un nuevo récord. ¿Quizá deberíamos anunciarlo durante la cena?

—¡PROFESORA! —chilló Harry—. ¡Esta es nuestra guerra! ¡Deje de meterse!

—Ahora tiene usted hasta el jueves de la semana que viene, señor Potter. Salvo, por supuesto, que se meta en alguna travesura y pierda puntos antes de entonces. Dirigirse de forma irrespetuosa a una profesora, por ejemplo. —La profesora McGonagall se puso un dedo en la mejilla y adoptó una expresión reflexiva—. Espero que llegue a números negativos antes de que termine el viernes.

La boca de Harry se cerró de golpe. Lanzó a McGonagall su mejor Mirada de Muerte, pero ella solo pareció encontrarla divertida.

—Sí, definitivamente un anuncio durante la cena —musitó la profesora McGonagall—. Pero no convendría ofender a los Slytherin, así que el anuncio debería ser breve. Solo el número de puntos y el hecho del récord… y si alguien acude a usted para pedir ayuda con las tareas y se decepciona al descubrir que ni siquiera ha empezado a leer sus libros de texto, siempre puede remitirlo a la señorita Granger.

—¡Profesora! —dijo Hermione con una voz bastante aguda.

La profesora McGonagall la ignoró.

—Vaya, me pregunto cuánto tardará la señorita Granger en hacer algo digno de un anuncio durante la cena. Espero verlo, sea lo que sea.

Harry y Hermione, por mutuo acuerdo tácito, se dieron la vuelta y salieron del aula a grandes zancadas. Tras ellos quedó una estela de Ravenclaws hipnotizados.

—Eh —dijo Harry—. ¿Seguimos en pie para después de cenar?

—Por supuesto —dijo Hermione—. No querría que te quedaras todavía más atrás con los estudios.

—Vaya, gracias. Y permíteme decir que, por brillante que ya seas, no puedo evitar preguntarme cómo serás cuando tengas un entrenamiento elemental en racionalidad.

—¿De verdad es tan útil? No parece que te haya ayudado con Encantamientos ni con Transformaciones.

Hubo una ligera pausa.

—Bueno, es que recibí mis libros de texto hace solo cuatro días. Por eso tuve que ganar esos diecisiete puntos sin usar la varita.

—¿Hace cuatro días? A lo mejor no puedes leer ocho libros en cuatro días, pero al menos podrías haber leído uno. ¿Cuántos días tardarás en terminar a ese ritmo? Tú sabes todas esas matemáticas, así que ¿puedes decirme cuánto es ocho por cuatro dividido entre cero?

—Ahora tengo clases, cosa que tú no tenías, pero los fines de semana son libres, así que… límite de ocho por cuatro partido por épsilon cuando épsilon tiende a cero por la derecha… las 10:47 de la mañana del domingo.

—Yo lo hice en tres días, de hecho.

—Entonces las 14:47 del sábado. Seguro que encontraré tiempo de alguna parte.

Y hubo tarde y hubo mañana, el primer día.