Melenkurion abatha! Duroc minas mill J. K. Rowling!


Había preguntas misteriosas, pero una respuesta misteriosa era una contradicción en los términos.


—Adelante —dijo la voz amortiguada de la profesora McGonagall.

Harry entró.

El despacho de la subdirectora estaba limpio y bien organizado; en la pared inmediatamente contigua al escritorio había un laberinto de casilleros de madera de todas las formas y tamaños, la mayoría con varios rollos de pergamino metidos dentro, y de algún modo quedaba clarísimo que la profesora McGonagall sabía exactamente qué significaba cada casillero, aunque nadie más lo supiera. Sobre el escritorio propiamente dicho había un único pergamino; por lo demás, estaba despejado. Detrás del escritorio había una puerta cerrada, asegurada con varios cerrojos.

La profesora McGonagall estaba sentada en un taburete sin respaldo, detrás del escritorio, con expresión desconcertada. Sus ojos se habían abierto de par en par, quizá con una leve nota de aprensión, al ver a Harry.

—¿Señor Potter? —dijo la profesora McGonagall—. ¿A qué se debe esto?

La mente de Harry se quedó en blanco. El juego le había ordenado venir allí; él esperaba que ella tuviera algo en mente…

—¿Señor Potter? —dijo la profesora McGonagall, empezando a parecer ligeramente molesta.

Por suerte, en ese momento el cerebro en pánico de Harry recordó que sí tenía algo que había pensado hablar con la profesora McGonagall. Algo importante y que merecía su tiempo.

—Ehm… —dijo Harry—. Si hay algún hechizo que pueda lanzar para asegurarse de que nadie nos escucha…

La profesora McGonagall se levantó de la silla, cerró firmemente la puerta exterior y empezó a sacar la varita y a pronunciar hechizos.

Fue entonces cuando Harry se dio cuenta de que tenía delante una oportunidad impagable y quizá irrepetible de ofrecerle a la profesora McGonagall un Comed-Té, y no podía creer que estuviera pensando en serio en aquello, y no pasaría nada porque el refresco desaparecería después de unos segundos, y le dijo a esa parte de sí mismo que se callara.

Lo hizo, y Harry empezó a ordenar mentalmente lo que iba a decir. No había planeado tener esa conversación tan pronto, pero ya que estaba allí…

La profesora McGonagall terminó un hechizo que sonaba mucho más antiguo que el latín y volvió a sentarse.

—Muy bien —dijo en voz baja—. Nadie está escuchando. —Tenía la cara bastante tensa.

Ah, claro, espera que la chantajee para que me dé información sobre la profecía.

Bah, Harry ya se ocuparía de eso otro día.

—Es sobre el Incidente con el Sombrero Seleccionador —dijo Harry. La profesora McGonagall parpadeó—. Ehm… Creo que hay un hechizo adicional sobre el Sombrero Seleccionador, algo que el propio Sombrero no conoce, algo que se activa cuando el Sombrero dice Slytherin. Oí un mensaje que estoy bastante seguro de que los ravenclaws no deberían oír. Llegó justo en el momento en que el Sombrero dejó de tocarme la cabeza y sentí que se rompía la conexión. Sonaba como un siseo y como inglés al mismo tiempo —McGonagall inspiró bruscamente—, y decía: Saludos de Slytherin a Slytherin; si quieres mis secretos, habla con mi serpiente.

La profesora McGonagall se quedó allí sentada, con la boca abierta, mirando a Harry como si le hubieran brotado otras dos cabezas.

—Entonces… —dijo la profesora McGonagall despacio, como si no pudiera creerse las palabras que salían de sus propios labios— decidiste venir a verme de inmediato y contármelo.

—Bueno, sí, claro —dijo Harry. No hacía falta admitir cuánto había tardado en ocurrírsele aquello—. En lugar de, digamos, intentar investigarlo por mi cuenta, o contárselo a alguno de los otros niños.

—Ya… veo —dijo la profesora McGonagall—. Y si, quizá, descubrieras la entrada de la legendaria Cámara de los Secretos de Salazar Slytherin, una entrada que tú y solo tú pudieras abrir…

—Cerraría la entrada y se lo comunicaría de inmediato para que pudiera reunirse un equipo de arqueólogos mágicos experimentados —dijo Harry al instante—. Luego volvería a abrir la entrada y ellos entrarían con muchísimo cuidado para asegurarse de que no hubiera nada peligroso. Quizá entraría después para mirar, o si necesitaran que abriera alguna otra cosa, pero sería cuando la zona hubiera sido declarada segura y ya tuvieran fotografías de cómo estaba todo antes de que la gente empezara a pisotear su yacimiento histórico de valor incalculable.

La profesora McGonagall se quedó sentada con la boca abierta, mirándolo como si acabara de convertirse en gato.

—Es obvio si no eres gryffindor —dijo Harry con amabilidad.

—Creo —dijo la profesora McGonagall con voz bastante ahogada— que subestima usted enormemente la rareza del sentido común, señor Potter.

Eso sonaba correcto. Aunque…

—Un hufflepuff habría dicho lo mismo.

McGonagall se quedó parada, impresionada.

—Eso es verdad.

—El Sombrero Seleccionador me ofreció Hufflepuff.

Ella parpadeó, como si no pudiera creer lo que oían sus propios oídos.

—¿De verdad?

—Sí.

—Señor Potter —dijo McGonagall, ahora con la voz baja—, hace cinco décadas fue la última vez que murió un alumno dentro de los muros de Hogwarts, y ahora estoy segura de que hace cinco décadas fue la última vez que alguien oyó ese mensaje.

Un escalofrío recorrió a Harry.

—Entonces me aseguraré muy mucho de no hacer absolutamente nada en este asunto sin consultarla, profesora McGonagall. —Hizo una pausa—. Y ¿puedo sugerir que reúna a las mejores personas que pueda encontrar y vean si es posible quitar ese hechizo adicional del Sombrero Seleccionador…? Y, si no pueden hacerlo, quizá poner otro hechizo, un Quietus que se active brevemente justo cuando le retiran el Sombrero de la cabeza a un alumno; eso podría funcionar como parche. Ya está, no más alumnos muertos. —Harry asintió con satisfacción.

La profesora McGonagall parecía aún más atónita, si tal cosa era imaginable.

—No es posible que le otorgue suficientes puntos por esto sin entregar directamente la Copa de la Casa a Ravenclaw.

—Ehm —dijo Harry—. Ehm. Preferiría no ganar tantos puntos para la Casa.

Ahora la profesora McGonagall lo miraba raro.

—¿Por qué no?

A Harry le estaba costando un poco ponerlo en palabras.

—Porque sería demasiado triste, ¿sabe? Como… como cuando todavía intentaba ir al colegio en el mundo muggle, y cada vez que había un trabajo en grupo yo seguía adelante y lo hacía todo solo, porque los demás solo me retrasarían. No tengo problema con ganar muchos puntos, incluso más que nadie, pero si gano suficientes como para ser decisivo yo solo en la Copa de la Casa, entonces es como si estuviera cargando a la casa Ravenclaw sobre mi espalda, y eso es demasiado triste.

—Ya veo… —dijo McGonagall con vacilación. Era evidente que aquella forma de pensar nunca se le había ocurrido—. ¿Y si solo le concediera cincuenta puntos?

Harry volvió a negar con la cabeza.

—No es justo para los demás niños si gano muchos puntos por cosas de adultos en las que yo puedo participar y ellos no. ¿Cómo se supone que Terry Boot va a ganar cincuenta puntos por comunicar un susurro que oyó del Sombrero Seleccionador? No sería nada justo.

—Entiendo por qué el Sombrero Seleccionador le ofreció Hufflepuff —dijo la profesora McGonagall. Lo observaba con un respeto extraño.

Eso hizo que a Harry se le cerrara un poco la garganta. Sinceramente, había creído que no era digno de Hufflepuff. Que el Sombrero Seleccionador solo había intentado empujarlo a cualquier sitio salvo Ravenclaw, a una Casa cuyas virtudes él no tenía…

La profesora McGonagall sonreía ahora.

—¿Y si intentara darle diez puntos…?

—¿Va a explicar de dónde han salido esos diez puntos si alguien pregunta? Puede que haya muchos slytherins, y no me refiero a los niños de Hogwarts, que se enfadarían muchísimo si supieran que se ha retirado el hechizo del Sombrero Seleccionador y descubrieran que yo estaba implicado. Así que creo que el secreto absoluto es la mejor parte del valor. No hace falta que me dé las gracias, señora; la virtud es su propia recompensa.

—Así es —dijo la profesora McGonagall—, pero sí tengo otra cosa muy especial que darle. Veo que he sido muy injusta con usted en mis pensamientos, señor Potter. Espere aquí, por favor.

Se levantó, fue hasta la puerta trasera cerrada con cerrojos, agitó la varita, y una especie de cortina borrosa brotó a su alrededor. Harry no podía ver ni oír lo que pasaba. Unos minutos después, la borrosidad desapareció y la profesora McGonagall estaba allí, frente a él, con la puerta a su espalda como si nunca se hubiera abierto.

Y la profesora McGonagall le tendió en una mano un collar, una fina cadena de oro que llevaba en el centro un círculo de plata, dentro del cual había un pequeño reloj de arena. En la otra mano sostenía un folleto doblado.

—Esto es para usted —dijo.

¡Guau! ¡Iba a recibir algún tipo de objeto mágico chulo como recompensa de misión! Al parecer, eso de rechazar ofertas de recompensas monetarias hasta que te daban un objeto mágico funcionaba de verdad en la vida real, no solo en los videojuegos.

Harry aceptó su nuevo collar sonriendo.

—¿Qué es?

La profesora McGonagall tomó aire.

—Señor Potter, este es un objeto que normalmente solo se presta a niños que ya han demostrado ser muy responsables, para ayudarles con horarios de clase difíciles. —McGonagall vaciló, como si fuera a añadir algo más—. Debo recalcar, señor Potter, que la verdadera naturaleza de este objeto es secreta y que no debe contársela a ninguno de los demás alumnos, ni dejar que le vean usarlo. Si eso no es aceptable para usted, puede devolvérmelo ahora.

—Sé guardar secretos —dijo Harry—. Entonces, ¿qué hace?

—De cara a los demás alumnos, esto es un spimster wicket y se usa para tratar una rara dolencia mágica no contagiosa llamada Duplicación Espontánea. Lo llevará bajo la ropa, y aunque no tiene motivo para enseñárselo a nadie, tampoco tiene motivo para tratarlo como un secreto terrible. Los spimster wickets no son interesantes. ¿Lo entiende, señor Potter?

Harry asintió, ensanchando la sonrisa. Percibía el trabajo de un Slytherin competente.

—¿Y qué hace de verdad?

—Es un Giratiempo. Cada vuelta del reloj de arena lo envía una hora atrás en el tiempo. Así que, si lo usa para retroceder dos horas cada día, debería poder dormirse siempre a la misma hora.

A Harry se le fue por completo la suspensión de la incredulidad.

Me está dando una máquina del tiempo para tratar mi trastorno del sueño.

Me está dando una MÁQUINA DEL TIEMPO para tratar mi TRASTORNO DEL SUEÑO.

ME ESTÁ DANDO UNA MÁQUINA DEL TIEMPO PARA TRATAR MI TRASTORNO DEL SUEÑO.

—Ehehehehhheheh… —dijo la boca de Harry. Ahora sostenía el collar alejado de sí como si fuera una bomba activa. Bueno, no; no como si fuera una bomba activa, eso no empezaba ni a describir la gravedad de la situación. Harry sostenía el collar alejado de sí como si fuera una máquina del tiempo.

Diga, profesora McGonagall, ¿sabía que la materia ordinaria invertida temporalmente se parece exactamente a la antimateria? ¡Pues sí! ¿Sabía que un kilogramo de antimateria que se encontrara con un kilogramo de materia se aniquilaría en una explosión equivalente a cuarenta y tres millones de toneladas de TNT? ¿Se da cuenta de que yo peso cuarenta y un kilogramos y de que la explosión resultante dejaría UN CRÁTER GIGANTE HUMEANTE DONDE ANTES ESTABA ESCOCIA?

—Perdone —logró decir Harry—, ¡pero esto suena muy muy muy MUY PELIGROSO! —La voz de Harry no llegó a convertirse en un chillido; era imposible chillar lo bastante alto para hacer justicia a la situación, así que no tenía sentido intentarlo.

La profesora McGonagall lo miró con afecto tolerante.

—Me alegra que se lo tome en serio, señor Potter, pero los Giratiempos no son tan peligrosos. No se los daríamos a niños si lo fueran.

—Claro —dijo Harry—. Ahahahaha. Por supuesto que no les darían máquinas del tiempo a niños si fueran peligrosas, ¿qué estaba pensando? Entonces, para que quede claro: estornudar sobre este aparato no me enviará a la Edad Media, donde atropellaré a Gutenberg con un carro de caballos e impediré la Ilustración. Porque, sabe, odio que me pase eso.

Los labios de McGonagall temblaban de esa forma que tenía cuando intentaba no sonreír. Le ofreció a Harry el folleto que sostenía, pero Harry mantenía cuidadosamente el collar alejado con ambas manos y miraba fijamente el reloj de arena para asegurarse de que no estuviera a punto de girar.

—No se preocupe —dijo McGonagall tras una pausa momentánea, cuando quedó claro que Harry no iba a moverse—, eso no puede ocurrir, señor Potter. El Giratiempo no puede usarse para retroceder más de seis horas. No puede usarse más de seis veces en un mismo día.

—Oh, bien, eso está muy bien. Y si alguien choca conmigo, el Giratiempo no se romperá ni atrapará a todo el castillo de Hogwarts en un bucle interminable de jueves.

—Bueno, pueden ser frágiles… —dijo McGonagall—. Y creo que sí he oído que pueden ocurrir cosas extrañas si se rompen. ¡Pero nada de eso!

—Quizá —dijo Harry cuando pudo volver a hablar— deberían dotar a sus máquinas del tiempo de algún tipo de carcasa protectora, en lugar de dejar el cristal expuesto, para impedir que eso ocurra.

McGonagall pareció bastante impresionada.

—Es una idea excelente, señor Potter. Informaré de ello al Ministerio.

Ya está, ahora es oficial, lo han ratificado en el Parlamento: todo el mundo mágico es completamente idiota.

—Y aunque odio ponerme FILOSÓFICO —Harry intentó desesperadamente bajar la voz a algo por debajo de un chillido—, ¿alguien ha pensado en las IMPLICACIONES de retroceder seis horas y hacer algo que cambie el tiempo, lo cual básicamente BORRARÍA A TODAS LAS PERSONAS AFECTADAS y LAS REEMPLAZARÍA POR VERSIONES DISTINTAS…?

—¡Oh, no se puede cambiar el tiempo! —lo interrumpió la profesora McGonagall—. Santo cielo, señor Potter, ¿cree usted que estos objetos se permitirían a los estudiantes si eso fuera posible? ¿Y si alguien intentara cambiar sus notas de los exámenes?

Harry tardó un momento en procesar aquello. Sus manos se relajaron, solo un poco, de su agarre blanco sobre la cadena del reloj de arena. Como si no estuviera sosteniendo una máquina del tiempo, sino solo una ojiva nuclear activa.

—Entonces… —dijo Harry despacio— la gente simplemente descubre que el universo… resulta ser autoconsistente, de algún modo, aunque haya viajes en el tiempo. Si mi yo futuro y yo interactuamos, veré lo mismo desde ambos yoes, aunque en mi primera pasada mi yo futuro ya esté actuando con pleno conocimiento de cosas que, desde mi perspectiva, todavía no han ocurrido… —La voz de Harry se fue apagando ante la insuficiencia del inglés.

—Correcto, creo —dijo la profesora McGonagall—. Aunque se aconseja a los magos evitar que los vean sus yoes pasados. Si estás asistiendo a dos clases al mismo tiempo y necesitas cruzarte contigo mismo, por ejemplo, la primera versión de ti debe apartarse y cerrar los ojos a una hora conocida —ya tienes reloj, bien— para que pueda pasar el tú del futuro. Está todo en el folleto.

—Ahahahaa. ¿Y qué pasa cuando alguien ignora ese consejo?

La profesora McGonagall apretó los labios.

—Tengo entendido que puede resultar bastante desconcertante.

—Y no, digamos, crear una paradoja que destruya el universo.

Ella sonrió con tolerancia.

—Señor Potter, creo que recordaría haber oído hablar de que eso hubiera ocurrido alguna vez.

—¡ESO NO ES TRANQUILIZADOR! ¿ES QUE NUNCA HAN OÍDO HABLAR DEL PRINCIPIO ANTRÓPICO? ¿Y QUÉ IDIOTA CONSTRUYÓ POR PRIMERA VEZ UNA COSA DE ESTAS?

La profesora McGonagall llegó a reírse. Fue un sonido agradable y alegre que parecía sorprendentemente fuera de lugar en aquella cara severa.

—Está teniendo otro momento de «se ha convertido usted en gato», ¿verdad, señor Potter? Probablemente no quiera oír esto, pero resulta adorable.

—Convertirse en gato ni siquiera EMPIEZA a compararse con esto. ¿Sabe que hasta este mismo instante tenía este pensamiento terrible y reprimido en algún lugar del fondo de mi mente de que la única respuesta restante era que todo mi universo fuese una simulación informática como en el libro Simulacron 3, pero ahora incluso eso queda descartado porque este juguetito ¡NO ES COMPUTABLE POR TURING! Una máquina de Turing podría simular volver a un momento definido del pasado y calcular un futuro distinto desde allí; una máquina oráculo podría depender del comportamiento de parada de máquinas de orden inferior, pero lo que usted está diciendo es que la realidad, de algún modo, calcula de forma autoconsistente en una sola pasada usando información que todavía no ha… ocurrido…

La comprensión golpeó a Harry como un martinete.

Todo tenía sentido ahora. Por fin todo tenía sentido.

—¡ASÍ QUE ASÍ ES COMO FUNCIONA EL COMED-TÉ! ¡Claro! El hechizo no obliga a que ocurran acontecimientos graciosos; simplemente te hace sentir el impulso de beber justo antes de que vayan a ocurrir de todos modos. ¡Soy idiota, debería haberme dado cuenta cuando sentí el impulso de beber el Comed-Té antes del segundo discurso de Dumbledore, no lo bebí y luego me atraganté con mi propia saliva! Beber el Comed-Té no causa la comedia; ¡la comedia causa que bebas el Comed-Té! Vi que los dos acontecimientos estaban correlacionados y asumí que el Comed-Té tenía que ser la causa y la comedia el efecto porque pensaba que el orden temporal restringía la causalidad y que los grafos causales tenían que ser acíclicos, ¡PERO TODO TIENE SENTIDO EN CUANTO DIBUJAS LAS FLECHAS CAUSALES HACIA ATRÁS EN EL TIEMPO!

La comprensión golpeó a Harry con el segundo martinete.

Esta logró mantenerla callada, produciendo solo un pequeño sonido estrangulado como de gatito moribundo al darse cuenta de quién había puesto la nota en su cama aquella mañana.

Los ojos de la profesora McGonagall brillaban.

—Cuando se gradúe, o quizá incluso antes, realmente deberá enseñar algunas de esas teorías muggles en Hogwarts, señor Potter. Suenan fascinantes, aunque estén todas equivocadas.

—Glehhahhh…

La profesora McGonagall le dirigió unas cuantas amabilidades más, le exigió unas cuantas promesas más a las que Harry asintió, dijo algo sobre no hablar con serpientes donde alguien pudiera oírlo, le recordó que leyera el folleto, y entonces, de algún modo, Harry se encontró fuera de su despacho con la puerta firmemente cerrada a su espalda.

—Gaahhhrrrraa… —dijo Harry.

Sí, su mente había reventado.

No en menor medida por el hecho de que, de no haber sido por la Broma, quizá nunca habría conseguido un Giratiempo para empezar.

¿O la profesora McGonagall se lo habría dado de todos modos, solo que más tarde ese día, cuando él llegara a preguntarle por su trastorno del sueño o a contarle el mensaje del Sombrero Seleccionador? ¿Y habría querido él, en ese momento, gastarse una broma a sí mismo que lo habría llevado a conseguir el Giratiempo antes? ¿De modo que la única posibilidad autoconsistente era aquella en la que la Broma empezaba incluso antes de que se despertara por la mañana…?

Harry se descubrió considerando, por primera vez en su vida, que la respuesta a su pregunta quizá fuera literalmente inconcebible. Que, dado que su propio cerebro contenía neuronas que solo funcionaban hacia delante en el tiempo, no había nada que su cerebro pudiera hacer, ninguna operación que pudiera realizar, que fuera conjugada a la operación de un Giratiempo.

Hasta ese momento, Harry había vivido según la admonición de E. T. Jaynes: que si ignorabas algo sobre un fenómeno, eso era un hecho sobre tu propio estado mental, no un hecho sobre el fenómeno en sí; que tu incertidumbre era un hecho sobre ti, no un hecho sobre aquello acerca de lo cual estabas incierto; que la ignorancia existía en la mente, no en la realidad; que un mapa en blanco no correspondía a un territorio en blanco. Había preguntas misteriosas, pero una respuesta misteriosa era una contradicción en los términos.

Un fenómeno podía ser misterioso para una persona concreta, pero no podía haber fenómenos misteriosos en sí mismos. Venerar un misterio sagrado era simplemente venerar tu propia ignorancia.

Así que Harry había mirado la magia y se había negado a sentirse intimidado. La gente no tenía sentido de la historia: aprendía química, biología y astronomía y pensaba que esos asuntos siempre habían sido materia propia de la ciencia, que nunca habían sido misteriosos. Las estrellas habían sido misterios alguna vez. Lord Kelvin había llamado en su día a la naturaleza de la vida y la biología —la respuesta de los músculos a la voluntad humana y la generación de árboles a partir de semillas— un misterio «infinitamente más allá» del alcance de la ciencia.

(No solo un poco más allá, ojo, sino infinitamente más allá. Lord Kelvin, desde luego, había sentido una enorme carga emocional por no saber algo.) Todo misterio resuelto había sido un rompecabezas desde el amanecer de la especie humana hasta que alguien lo resolvió.

Ahora, por primera vez, se enfrentaba a la perspectiva de un misterio que amenazaba con ser permanente.

Si el Tiempo no funcionaba mediante redes causales acíclicas, Harry no entendía qué querían decir causa y efecto; y si Harry no entendía causas y efectos, entonces no entendía de qué clase de cosa podía estar hecha la realidad en su lugar; y era perfectamente posible que su mente humana nunca pudiera entenderlo, porque su cerebro estaba hecho de neuronas anticuadas de tiempo lineal, y aquello había resultado ser un subconjunto empobrecido de la realidad.

En el lado positivo, el Comed-Té, que una vez había parecido todopoderoso y totalmente increíble, había resultado tener una explicación mucho más simple. Una que él se había perdido solo porque la verdad estaba por completo fuera de su espacio de hipótesis o de cualquier cosa que su cerebro hubiera evolucionado para comprender. Pero ahora sí la había descubierto, probablemente. Lo cual era algo alentador. Algo.

Harry bajó la mirada a su reloj. Eran casi las once de la mañana. Se había dormido la noche anterior a la una, así que en el curso natural de las cosas se dormiría esa noche a las tres de la madrugada. Para dormirse a las diez y despertarse a las siete, debía retroceder un total de cinco horas. Lo cual significaba que, si quería volver a su dormitorio alrededor de las seis de la mañana, antes de que nadie estuviera despierto, más le valía darse prisa y…

Incluso en retrospectiva, Harry no entendía cómo había conseguido hacer la mitad de las cosas implicadas en la Broma. ¿De dónde había salido la tarta?

Harry empezaba a temer en serio los viajes en el tiempo.

Por otra parte, tenía que admitir que había sido una oportunidad irrepetible. Una broma que solo podías gastarte a ti mismo una vez en la vida, en las seis horas siguientes a descubrir por primera vez los Giratiempos.

De hecho, aquello era aún más desconcertante cuando Harry lo pensaba. El Tiempo le había presentado la Broma terminada como un hecho consumado y, sin embargo, era clarísimamente obra suya. Concepto, ejecución y estilo de escritura. Hasta el último detalle, incluso las partes que todavía no entendía.

Bueno, el tiempo corría y como mucho había treinta horas en un día. Harry sí sabía algunas de las cosas que tenía que hacer, y quizá descubriera el resto, como lo de la tarta, mientras trabajaba. No tenía sentido posponerlo. No podía conseguir nada quedándose allí atrapado en el futuro.


Cinco horas antes, Harry se colaba en su dormitorio con la túnica levantada por encima de la cabeza a modo de disfraz rudimentario, por si alguien ya estaba despierto y lo veía al mismo tiempo que veía a Harry tumbado en su cama. No quería tener que explicarle a nadie su pequeño problema médico de Duplicación Espontánea.

Por suerte, parecía que todo el mundo seguía dormido.

Y también parecía haber una caja, envuelta en papel rojo y verde con una cinta dorada brillante, junto a su cama. La imagen perfecta y estereotípica de un regalo de Navidad, aunque no era Navidad.

Harry entró con todo el sigilo del que fue capaz, por si alguien tenía el Silenciador bajado.

Había un sobre pegado a la caja, cerrado con cera transparente normal y sin sello impreso.

Harry abrió el sobre con cuidado y sacó la carta que había dentro.

La carta decía:

Esta es la Capa de Invisibilidad de Ignotus Peverell, transmitida por sus descendientes, los Potter. A diferencia de capas y hechizos inferiores, tiene el poder de mantenerte oculto, no solo invisible. Tu padre me la prestó para estudiarla poco antes de morir, y confieso que le he dado mucho buen uso a lo largo de los años.

En el futuro tendré que arreglármelas con el Encantamiento Desilusionador, me temo. Ha llegado el momento de devolver la Capa a ti, su heredero. Había pensado hacer de esto un regalo de Navidad, pero quiso volver a tus manos antes de entonces. Parece esperar que la necesites. Úsala bien.

Sin duda ya estarás pensando en toda clase de bromas maravillosas, como las que cometió tu padre en su día. Si se conociera la totalidad de sus fechorías, todas las mujeres de Gryffindor se reunirían para profanar su tumba. No intentaré impedir que la historia se repita, pero ten MUCHÍSIMO cuidado de no revelarte. Si Dumbledore viera una oportunidad de poseer una de las Reliquias de la Muerte, no la dejaría escapar de sus manos hasta el día de su muerte.

Que tengas una muy feliz Navidad.

La nota no estaba firmada.


—Un momento —dijo Harry, deteniéndose en seco cuando los otros chicos estaban a punto de salir del dormitorio de Ravenclaw—. Perdón, tengo que hacer otra cosa con mi baúl. Bajo a desayunar en un par de minutos.

Terry Boot frunció el ceño hacia Harry.

—Más te vale no estar pensando en rebuscar entre nuestras cosas.

Harry levantó una mano.

—Juro que no tengo intención de hacer nada por el estilo con ninguna de vuestras cosas; que solo pretendo acceder a objetos que son de mi propiedad; que no tengo intenciones bromistas ni de ninguna otra clase cuestionable hacia ninguno de vosotros; y que no preveo que esas intenciones cambien antes de llegar al desayuno en el Gran Comedor.

Terry frunció el ceño.

—Espera, eso es…

—No te preocupes —dijo Penelope Clearwater, que estaba allí para guiarlos—. No había lagunas. Bien formulado, Potter; deberías ser abogado.

Harry Potter parpadeó ante aquello. Ah, sí, prefecta de Ravenclaw.

—Gracias —dijo—. Creo.

—Cuando intentes encontrar el Gran Comedor, te perderás. —Penelope lo enunció con el tono llano de un hecho indiscutible—. En cuanto ocurra, pregúntale a un retrato cómo llegar al primer piso. Pregúntale a otro retrato en el instante en que sospeches que podrías haberte perdido otra vez. Sobre todo si parece que estás subiendo cada vez más y más. Si estás más alto de lo que debería estar todo el castillo, detente y espera a que salgan grupos de búsqueda. De lo contrario, volveremos a verte dentro de cuatro meses, tendrás cinco meses más y llevarás un taparrabos y estarás cubierto de nieve, y eso si te quedas dentro del castillo.

—Entendido —dijo Harry, tragando saliva—. Ehm, ¿no deberíais contarles a los alumnos todo ese tipo de cosas enseguida?

Penelope suspiró.

—¿Qué, todo? Eso llevaría semanas. Ya lo irás aprendiendo sobre la marcha. —Se volvió para irse, seguida por los otros alumnos—. Si no te veo en el desayuno dentro de treinta minutos, Potter, empezaré la búsqueda.

Cuando todos se hubieron ido, Harry pegó la nota a su cama —ya la había escrito, junto con todas las demás notas, trabajando en el nivel-caverna antes de que despertaran los demás—. Entonces metió la mano con cuidado dentro del campo Quietus y retiró la Capa de Invisibilidad del cuerpo todavía dormido de Harry-1.

Y, solo por hacer travesuras, Harry metió la Capa en la bolsa de Harry-1, sabiendo que de ese modo ya estaría dentro de la suya propia.


—Puedo encargarme de que el mensaje llegue a Cornelion Flubberwalt —dijo el cuadro de un hombre con aires aristocráticos y, de hecho, una nariz perfectamente normal—. Pero ¿puedo preguntar de dónde vino originalmente?

Harry se encogió de hombros con una indefensión cuidadosamente artística.

—Me dijeron que lo pronunció una voz hueca que resonó desde una brecha en el aire mismo, una brecha que se abría sobre un abismo de fuego.


—¡Eh! —dijo Hermione con tono indignado desde su sitio al otro lado de la mesa del desayuno—. ¡Ese es el postre de todos! ¡No puedes coger una tarta entera y meterla en tu bolsa sin más!

—No estoy cogiendo una tarta, estoy cogiendo dos. ¡Lo siento, todos, tengo que correr! —Harry ignoró los gritos de indignación y salió del Gran Comedor. Necesitaba llegar a la clase de Herbología un poco pronto.


La profesora Sprout lo miró con atención.

—¿Y cómo sabe qué están planeando los slytherins?

—No puedo nombrar mi fuente —dijo Harry—. De hecho, tengo que pedirle que finja que esta conversación nunca ha ocurrido. Actúe como si se hubiera topado con ellos de forma natural mientras hacía un recado, o algo así. Yo saldré corriendo en cuanto termine Herbología. Creo que puedo distraer a los slytherins hasta que usted llegue. No soy fácil de asustar ni de intimidar, y no creo que se atrevan a hacer daño en serio al Niño-Que-Vivió. Aunque… no le estoy pidiendo que corra por los pasillos, pero agradecería que no se entretuviera por el camino.

La profesora Sprout lo miró durante un largo momento, y luego su expresión se suavizó.

—Tenga cuidado consigo mismo, Harry Potter. Y… gracias.

—Asegúrese solo de no llegar tarde —dijo Harry—. Y recuerde: cuando llegue allí, no esperaba verme y esta conversación nunca ha ocurrido.


Era horrible ver cómo se arrancaba a sí mismo a Neville de entre el círculo de slytherins. Neville tenía razón: había usado demasiada fuerza, demasiadísima fuerza.

—Hola —dijo Harry Potter con frialdad—. Soy el Niño-Que-Vivió.

Ocho chicos de primero, casi todos de la misma estatura. Uno de ellos tenía una cicatriz en la frente y no se comportaba como los demás.

Oh, si algún poder nos diera el don

de vernos como otros nos ven.

Nos libraría de tantos errores

y de tantas necias ideas…

La profesora McGonagall tenía razón. El Sombrero Seleccionador tenía razón. Estaba claro cuando lo veías desde fuera.

Había algo mal en Harry Potter.