ph’nglui mglw’nafh J. K. Rowling wgah’nagl fhtagn


«Me pregunto qué le pasa.»


—¡Turpin, Lisa!

Susurro susurro susurro harry potter susurro susurro slytherin susurro susurro no en serio qué demonios susurro susurro

—¡RAVENCLAW!

Harry se unió a los aplausos que recibieron a la niña, que avanzaba tímidamente hacia la mesa de Ravenclaw con el ribete de la túnica cambiado ya a azul oscuro. Lisa Turpin parecía dividida entre el impulso de sentarse lo más lejos posible de Harry Potter y el de correr hacia él, abrirse paso hasta ponerse a su lado y empezar a arrancarle respuestas.

Ser el centro de un acontecimiento extraordinario y misterioso, y luego ser seleccionado para Ravenclaw, era muy parecido a que te bañaran en salsa barbacoa y te arrojaran a un foso lleno de gatitos hambrientos.

—Le prometí al Sombrero Seleccionador que no hablaría de ello —susurró Harry por enésima vez.

—Sí, de verdad.

—No, en serio, le prometí al Sombrero Seleccionador que no hablaría de ello.

—Vale, le prometí al Sombrero Seleccionador que no hablaría de casi todo, y el resto es privado igual que lo vuestro, así que dejad de preguntar.

—¿Queréis saber qué pasó? ¡Vale! ¡Os cuento una parte! Le dije al Sombrero que la profesora McGonagall había amenazado con prenderle fuego, y me dijo que le dijera a la profesora McGonagall que era una joven impertinente y que se largara de su jardín.

—Si no vais a creer lo que digo, ¿para qué preguntáis?

—¡No, yo tampoco sé cómo derroté al Señor Tenebroso! ¡Avisadme si lo descubrís!

—¡Silencio! —gritó la profesora McGonagall desde el atril de la mesa de profesores—. ¡Nada de hablar hasta que termine la Ceremonia de Selección!

El volumen bajó durante un instante, mientras todos esperaban a ver si añadía alguna amenaza concreta y creíble; después, los susurros empezaron de nuevo.

Entonces el anciano de barba plateada se levantó de su gran silla dorada, sonriendo alegremente.

Silencio instantáneo. Alguien le clavó frenéticamente el codo a Harry cuando este intentó seguir susurrando, y Harry se interrumpió a mitad de frase.

El anciano de aspecto alegre volvió a sentarse.

Nota mental: no meterse con Dumbledore.

Harry todavía intentaba procesar todo lo que había ocurrido durante el Incidente del Sombrero Seleccionador. Y no era lo de menos lo que había pasado justo cuando Harry se quitó el Sombrero de la cabeza; en ese momento había oído un susurro diminuto, como salido de ninguna parte, algo que sonaba extrañamente a inglés y a siseo al mismo tiempo, algo que decía:

—Sssaludosss de Ssslytherin a Ssslytherin: si quieresss misss sssecretosss, habla con mi ssserpiente.

Harry tenía la ligera sospecha de que aquello no formaba parte del proceso oficial de Selección. Y de que era un pequeño añadido mágico colocado por Salazar Slytherin durante la creación del Sombrero. Y de que el propio Sombrero no lo sabía. Y de que se activaba cuando el Sombrero decía «SLYTHERIN», quizá con alguna otra condición más. Y de que un Ravenclaw como él no tendría que haberlo oído ni de lejos.

Y de que, si encontraba alguna manera fiable de hacer que Draco jurase guardar el secreto para poder preguntarle al respecto, aquel sería un momento excelente para tener a mano un poco de Comed-Tea.

Vaya. Te propones no seguir el camino de un Señor Tenebroso y el universo empieza a tocarte las narices en cuanto te quitas el Sombrero de la cabeza. Hay días en que luchar contra el destino sencillamente no sale rentable. Quizá espere hasta mañana para empezar con mi propósito de no convertirme en un Señor Tenebroso.

—¡GRYFFINDOR!

Ron Weasley recibió muchos aplausos, y no solo de los Gryffindor. Al parecer, la familia Weasley era muy querida por allí. Harry, tras un momento, sonrió y se puso a aplaudir con los demás.

Aunque, bien pensado, no había mejor momento que hoy para apartarse del Lado Oscuro.

Que le dieran al destino y que le dieran al universo. Le enseñaría a ese Sombrero.

—¡Zabini, Blaise!

Pausa.

—¡SLYTHERIN! —gritó el Sombrero.

Harry también aplaudió a Zabini, ignorando las miradas extrañadas que estaba recibiendo de todo el mundo, incluido Zabini.

Después de eso no llamaron a nadie más, y Harry se dio cuenta de que «Zabini, Blaise» sonaba, en efecto, bastante cercano al final del alfabeto. Genial, así que ahora solo había aplaudido a Zabini… Bueno, qué se le iba a hacer.

Dumbledore volvió a levantarse y empezó a dirigirse hacia el atril. Por lo visto estaban a punto de disfrutar de un discurso…

Y a Harry se le ocurrió un experimento brillante.

Hermione había dicho que Dumbledore era el mago vivo más poderoso, ¿verdad?

Harry metió la mano en la bolsa y susurró:

—Comed-Tea.

Para que el Comed-Tea funcionara, tendría que hacer que Dumbledore dijera algo tan ridículo durante su discurso que Harry se atragantara de todos modos, incluso estando mentalmente preparado. Como que todos los alumnos de Hogwarts tendrían que ir desnudos durante todo el curso, o que iban a transformar a todo el mundo en gatos.

Pero, por otro lado, si alguien en el mundo podía resistirse al poder del Comed-Tea, tenía que ser Dumbledore. Así que, si aquello funcionaba, el Comed-Tea era literalmente invencible.

Harry tiró de la anilla del Comed-Tea debajo de la mesa, procurando hacerlo con cierta discreción. La lata soltó un suave siseo. Algunas cabezas se giraron para mirarlo, pero enseguida volvieron al frente cuando…

—¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos a un nuevo año en Hogwarts! —dijo Dumbledore, radiante ante los alumnos, con los brazos abiertos de par en par, como si nada pudiera hacerlo más feliz que verlos allí a todos.

Harry tomó un primer sorbo de Comed-Tea y volvió a bajar la lata. Iría tragando el refresco poco a poco e intentaría no atragantarse dijera lo que dijera Dumbledore…

—Antes de empezar nuestro banquete, me gustaría decir unas palabras. Y son estas: ¡Feliz feliz bum bum pantano pantano pantano! ¡Gracias!

Todo el mundo aplaudió y vitoreó, y Dumbledore volvió a sentarse.

Harry se quedó congelado mientras el refresco le goteaba por las comisuras de los labios. Al menos había conseguido atragantarse en silencio.

De verdad, de verdad, de verdad que no debería haber hecho eso. Era asombroso lo mucho más obvio que resultaba un segundo después, cuando ya era demasiado tarde.

En retrospectiva, probablemente debería haber notado que algo iba mal cuando pensó en convertir a todo el mundo en gatos… o incluso antes, haber recordado su nota mental de no meterse con Dumbledore… o su flamante propósito de ser más considerado con los demás… o quizá, si hubiera tenido una sola pizca de sentido común…

No había remedio. Estaba podrido hasta la médula. Salve al Señor Tenebroso Harry. No se podía luchar contra el destino.

Alguien le estaba preguntando a Harry si se encontraba bien. Otros habían empezado a servirse comida, que había aparecido mágicamente sobre la mesa, o lo que fuera.

—Estoy bien —dijo Harry—. Perdón. Eh. ¿Eso ha sido un… discurso normal del director? Vosotros… no parecéis… muy sorprendidos…

—Oh, Dumbledore está loco, claro —dijo un Ravenclaw de aspecto mayor sentado a su lado, que se había presentado con un nombre que Harry ni siquiera había empezado a recordar—. Es muy divertido, un mago increíblemente poderoso, pero está como una cabra. —Hizo una pausa—. Más tarde también me gustaría preguntarte por qué te ha salido líquido verde de los labios y luego ha desaparecido, aunque supongo que eso también le prometiste al Sombrero Seleccionador que no lo contarías.

Con gran esfuerzo, Harry se impidió mirar hacia la lata incriminatoria de Comed-Tea que tenía en la mano.

Al fin y al cabo, el Comed-Tea no se había limitado a materializar arbitrariamente un titular de El Quisquilloso sobre él y Draco. Draco lo había explicado de una manera que hacía que pareciera que todo había ocurrido… ¿naturalmente? ¿Como si hubiera alterado la historia para encajar?

Harry se imaginó golpeando la frente contra la mesa. Pam, pam, pam, hacía su cabeza dentro de su mente.

Otra alumna bajó la voz hasta convertirla en un susurro.

—He oído que Dumbledore en realidad es un genio de la estrategia que controla muchísimas cosas, y que se hace el loco para que nadie sospeche de él.

—Yo también lo he oído —susurró un tercer alumno, y hubo asentimientos furtivos alrededor de la mesa.

Aquello captó inevitablemente la atención de Harry.

—Ya veo —susurró Harry, bajando también la voz—. Así que todo el mundo sabe que Dumbledore es un estratega secreto.

La mayoría de los alumnos asintieron. Uno o dos parecieron quedarse pensativos de pronto, incluido el alumno mayor sentado junto a Harry.

¿Seguro que esta es la mesa de Ravenclaw?, consiguió no preguntar Harry en voz alta.

—¡Brillante! —susurró Harry—. Si todo el mundo lo sabe, nadie sospechará que es un secreto.

—Exacto —susurró un alumno, y luego frunció el ceño—. Espera, eso no suena del todo bien…

Nota mental: el percentil 75 de los alumnos de Hogwarts, también conocido como Casa Ravenclaw, no es el programa para niños superdotados más selectivo del mundo.

Pero al menos había aprendido hoy un dato importante. El Comed-Tea era omnipotente. Y eso significaba…

Harry parpadeó sorprendido cuando su mente por fin hizo la conexión obvia.

…eso significaba que, en cuanto aprendiera un hechizo para alterar temporalmente su propio sentido del humor, podría hacer que ocurriera cualquier cosa, configurándose de tal modo que solo esa cosa le pareciera lo bastante sorprendente como para provocar una escupida dramática, y luego bebiendo una lata de Comed-Tea.

Bueno, ha sido un viajecito corto hasta la divinidad. Incluso yo esperaba tardar más que mi primer día de clase.

Ahora que lo pensaba, también había destrozado por completo Hogwarts en apenas diez minutos desde su Selección.

Harry sentía cierto remordimiento por aquello —Merlín sabía qué iba a hacer un director loco con sus próximos siete años de educación—, pero tampoco podía evitar sentir una punzada de orgullo.

Mañana. No más tarde de mañana como muy tarde iba a dejar de avanzar por el camino que llevaba al Señor Tenebroso Harry. Una perspectiva que sonaba más aterradora a cada minuto.

Y aun así, de algún modo, cada vez más atractiva. Una parte de su mente ya estaba visualizando los uniformes de los esbirros.

—Come —gruñó el alumno mayor sentado a su lado, clavándole un dedo en las costillas—. No pienses. Come.

Harry empezó automáticamente a llenarse el plato con lo que tenía delante: salchichas azules con pequeños trozos luminosos, o lo que fuera aquello.

—¿En qué estabas pensando, la Selección…? —empezó a decir Padma Patil, una de las otras Ravenclaw de primero.

—¡Nada de dar la lata durante las comidas! —corearon al menos tres personas—. ¡Regla de la Casa! —añadió otra—. Si no, aquí nos moriríamos todos de hambre.

Harry se estaba descubriendo a sí mismo esperando muy, muy sinceramente que su nueva y astuta idea en realidad no funcionara. Y que el Comed-Tea funcionara de alguna otra manera y no tuviera de verdad el poder omnipotente de alterar la realidad. No era que no quisiera ser omnipotente. Era que sencillamente no soportaba la idea de vivir en un universo que realmente funcionara así. Había algo indigno en ascender a la divinidad mediante el uso ingenioso de refrescos con gas.

Pero iba a comprobarlo experimentalmente.

—Sabes —dijo el alumno mayor a su lado, en un tono bastante agradable—, tenemos un sistema para obligar a comer a gente como tú. ¿Te gustaría descubrir cuál es?

Harry se rindió y empezó a comerse su salchicha azul. Estaba bastante buena, sobre todo los trocitos luminosos.

La cena transcurrió con sorprendente rapidez. Harry intentó probar al menos un poco de todos los alimentos raros que vio. Su curiosidad no soportaba la idea de no saber a qué sabía algo. Menos mal que aquello no era un restaurante donde tenías que pedir una sola cosa y nunca averiguabas a qué sabían todos los demás platos de la carta. Harry odiaba eso; era como una cámara de tortura para cualquiera con una chispa de curiosidad: Averigua solo uno de los misterios de esta lista, ja, ja, ja.

Después llegó la hora del postre, y Harry se dio cuenta de que se había olvidado por completo de dejar sitio. Se rindió tras probar un trocito de tarta de melaza. Seguro que todas aquellas cosas volverían a pasar por la mesa al menos una vez más a lo largo del curso.

Así que, ¿qué tenía en su lista de tareas, aparte de las cosas normales del colegio?

Tarea 1. Investigar encantamientos de alteración mental para poder probar el Comed-Tea y ver si de verdad había descubierto un camino hacia la omnipotencia. En realidad, investigar toda clase de magia mental que pudiera encontrar. La mente es el fundamento de nuestro poder como seres humanos; cualquier magia que la afecte es la clase de magia más importante que existe.

Tarea 2. En realidad, esta es la tarea 1 y la otra es la tarea 2. Recorrer las estanterías de las bibliotecas de Hogwarts y Ravenclaw, familiarizarse con el sistema y asegurarse de haber leído al menos todos los títulos de los libros. Segunda pasada: leer todos los índices. Coordinarse con Hermione, que tiene una memoria mucho mejor que la suya. Averiguar si existe un sistema de préstamo interbibliotecario en Hogwarts y ver si los dos, especialmente Hermione, pueden visitar también esas bibliotecas.

Si otras Casas tienen bibliotecas privadas, averiguar cómo acceder legalmente a ellas o cómo colarse.

Opción 3a: hacer que Hermione jure guardar el secreto e intentar empezar a investigar «De Slytherin a Slytherin: si quieres mis secretos, habla con mi serpiente». Problema: esto suena altamente confidencial y podría llevar bastante tiempo tropezar al azar con un libro que contuviera alguna pista.

Tarea 0: comprobar qué tipo de hechizos de búsqueda y recuperación de información existen, si es que existe alguno. La magia bibliotecaria no es tan importante en última instancia como la magia mental, pero tiene una prioridad mucho más alta.

Opción 3b: buscar un hechizo para atar mágicamente a Draco Malfoy al secreto, o para verificar mágicamente la sinceridad de la promesa de Draco de guardar un secreto —¿veritaserum?—, y luego preguntarle por el mensaje de Slytherin…

En realidad… Harry tenía muy mala espina con la opción 3b.

Ahora que lo pensaba, tampoco se sentía demasiado bien con la opción 3a.

Los pensamientos de Harry volvieron al que quizá había sido el peor momento de su vida hasta la fecha: aquellos largos segundos de horror helado bajo el Sombrero, cuando creyó que ya había fracasado. Entonces había deseado poder retroceder unos minutos en el tiempo y cambiar algo, cualquier cosa, antes de que fuera demasiado tarde…

Y luego había resultado que, después de todo, no era demasiado tarde.

Deseo concedido.

No podías cambiar la historia. Pero sí podías hacerlo bien a la primera. Hacer algo distinto la primera vez.

Todo aquel asunto de buscar los secretos de Slytherin… se parecía muchísimo al tipo de cosa que, años después, mirarías en retrospectiva y dirías: «Y ahí fue donde empezó a torcerse todo».

Y entonces desearías desesperadamente poder retroceder en el tiempo y tomar otra decisión…

Deseo concedido. ¿Y ahora qué?

Harry sonrió lentamente.

Era un pensamiento bastante contraintuitivo… pero…

Pero podía hacerlo, no había ninguna regla que dijera que no podía: podía simplemente fingir que nunca había oído aquel susurro. Dejar que el universo siguiera exactamente igual que habría seguido si aquel momento crítico nunca hubiera ocurrido. Veinte años después, eso sería lo que desearía desesperadamente que hubiera pasado veinte años antes, y veinte años antes de veinte años después era justo ahora. Alterar el pasado remoto era fácil: solo había que pensarlo en el momento adecuado.

O… y esto era aún más contraintuitivo… podía incluso informar, qué sé yo, a la profesora McGonagall, en vez de a Draco o a Hermione. Y ella podía reunir a unas cuantas personas buenas y hacer que retiraran aquel pequeño hechizo extra del Sombrero.

Pues sí. Aquello sonaba como una idea notablemente buena una vez que Harry se detenía a pensarlo.

Tan obvio en retrospectiva, y aun así, de algún modo, la opción 3c y la opción 3d ni siquiera se le habían ocurrido.

Harry se concedió +1 punto en su programa anti-Señor-Tenebroso-Harry.

Había sido una broma terriblemente cruel la que le había gastado el Sombrero, pero no se podía discutir el resultado en términos consecuencialistas. Desde luego, le había dado una idea bastante mejor de cómo se veía todo desde el lado de la víctima.

Tarea 4: disculparse con Neville Longbottom.

Vale, estaba en racha; ahora solo tenía que mantenerla. Cada día, en todos los sentidos, me estoy volviendo más y más Luminoso…

La gente alrededor de Harry también había dejado casi toda de comer a esas alturas, y las fuentes de postres empezaron a desvanecerse, junto con los platos usados.

Cuando todos los platos hubieron desaparecido, Dumbledore volvió a levantarse de su asiento.

Harry no pudo evitar sentir el impulso de beber otro Comed-Tea.

Tienes que estar de coña, pensó Harry a esa parte de sí mismo.

Pero el experimento no contaba si no se replicaba, ¿verdad? Y el daño ya estaba hecho, ¿verdad? ¿No quería ver qué pasaría esta vez? ¿No tenía curiosidad? ¿Y si obtenía un resultado distinto?

Eh, apuesto a que eres la misma parte de mi cerebro que empujó la broma a Neville Longbottom hasta el final.

Eh, ¿quizá?

¿Y no es abrumadoramente obvio que, si hago esto, me arrepentiré un segundo después de que ya sea demasiado tarde?

Um…

Sí. Así que NO.

—Ejem —dijo Dumbledore desde el atril, acariciándose la larga barba plateada—. Solo unas palabras más ahora que todos estamos alimentados y abrevados. Tengo unos cuantos avisos de principio de curso que daros.

—Los alumnos de primero deben saber que el bosque de los terrenos está prohibido a todos los estudiantes. Por eso se llama el Bosque Prohibido. Si estuviera permitido se llamaría el Bosque Permitido.

Directo. Nota mental: el Bosque Prohibido está prohibido.

—También el señor Filch, el conserje, me ha pedido que os recuerde a todos que no se debe usar magia en los pasillos entre clase y clase. Ay, todos sabemos que lo que debería ser y lo que es son dos cosas distintas. Gracias por tenerlo presente.

Eh…

—Las pruebas de quidditch se celebrarán la segunda semana del trimestre. Cualquier interesado en jugar en los equipos de su Casa debe contactar con madame Hooch. Cualquier interesado en reformular por completo todo el juego del quidditch debe contactar con Harry Potter.

Harry inhaló su propia saliva y sufrió un ataque de tos justo cuando todos los ojos se volvían hacia él. ¡Pero cómo demonios! No había cruzado la mirada con Dumbledore en ningún momento… o eso creía. Desde luego, no había estado pensando en el quidditch en ese momento. No había hablado con nadie salvo con Ron Weasley, y no creía que Ron se lo hubiera contado a nadie más… ¿o había salido Ron corriendo a quejarse a un profesor? ¿Cómo narices…?

—Además, debo informaros de que este año el pasillo de la tercera planta, en el lado derecho, está vedado a todos aquellos que no deseen morir de una forma muy dolorosa. Está protegido por una elaborada serie de trampas peligrosas y potencialmente letales, y es imposible que logréis superarlas todas, especialmente si solo estáis en primero.

A esas alturas Harry estaba entumecido.

—Y por último, expreso mi mayor agradecimiento a Quirinus Quirrell por aceptar heroicamente ocupar el puesto de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras en Hogwarts. —La mirada de Dumbledore recorrió a los alumnos con aire escrutador—. Espero que todos los alumnos le concedan al profesor Quirrell la máxima cortesía y tolerancia debidas a su extraordinario servicio hacia vosotros y hacia este colegio, y que no nos molestéis con quejas nimias sobre él, a menos que queráis intentar hacer su trabajo.

¿A qué venía eso?

—Cedo ahora la palabra a nuestro nuevo miembro del profesorado, el profesor Quirrell, que desea decir unas palabras.

El hombre joven, delgado y nervioso al que Harry había conocido por primera vez en el Caldero Chorreante avanzó lentamente hacia el atril, mirando con miedo en todas direcciones. Harry alcanzó a ver la parte de atrás de su cabeza, y parecía que el profesor Quirrell quizá ya estaba empezando a quedarse calvo, pese a su aparente juventud.

—Me pregunto qué le pasa —susurró el alumno mayor sentado junto a Harry. Se estaban intercambiando comentarios parecidos en voz baja por otros puntos de la mesa.

El profesor Quirrell llegó al atril y se quedó allí, parpadeando.

—Ah… —dijo—. Ah…

Entonces el valor pareció abandonarlo por completo, y se quedó allí de pie en silencio, retorciéndose de vez en cuando.

—Oh, genial —susurró el alumno mayor—, parece que nos espera otro año largo en Defensa…

—Saludos, mis jóvenes aprendices —dijo el profesor Quirrell con una voz seca y segura—. Todos sabemos que Hogwarts tiende a sufrir cierta mala fortuna en sus elecciones para este puesto, y sin duda muchos de vosotros ya os estaréis preguntando qué desgracia me caerá encima este año. Os aseguro que esa desgracia no será mi incompetencia. —Sonrió levemente.

—Lo creáis o no, llevo mucho tiempo deseando probar algún día a ser profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras aquí, en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. El primero en impartir esta asignatura fue el propio Salazar Slytherin, y hasta bien entrado el siglo XIV era tradición que los mejores magos de combate de todas las tendencias intentaran dar clase aquí.

—Entre los antiguos profesores de Defensa no solo se cuenta el legendario héroe errante Harold Shea, sino también la «inmortal» Baba Yaga; sí, veo que algunos todavía os estremecéis al oír su nombre, aunque lleve seiscientos años muerta. Debió de ser una época interesante para asistir a Hogwarts, ¿no os parece?

Harry tragaba saliva con fuerza, intentando reprimir el repentino torrente de emoción que lo había invadido cuando el profesor Quirrell empezó a hablar. Aquellos tonos precisos le recordaban muchísimo a un profesor de Oxford, y estaba empezando a asimilar de verdad que no vería su casa, ni a su madre, ni a su padre hasta Navidad.

—Estáis acostumbrados a que el puesto de Defensa lo ocupen incompetentes, canallas y desafortunados. Para cualquiera con sentido de la historia, tiene una reputación completamente distinta. No todos los que han enseñado aquí han sido los mejores, pero los mejores sí han enseñado todos en Hogwarts. En tan augusta compañía, y después de haber esperado este día durante tanto tiempo, me avergonzaría conformarme con cualquier estándar inferior a la perfección.

—Y por eso tengo la intención de que todos y cada uno de vosotros recuerde siempre este año como la mejor clase de Defensa que haya tenido jamás. Lo que aprendáis este año servirá para siempre como vuestra base firme en las artes de la Defensa, sin importar quiénes sean vuestros profesores antes y después.

La expresión del profesor Quirrell se volvió seria.

—Tenemos muchísimo terreno perdido que recuperar y poco tiempo para cubrirlo. Por tanto, tengo intención de apartarme en varios aspectos de las convenciones docentes de Hogwarts, además de introducir algunas actividades extraescolares opcionales. —Hizo una pausa—. Si eso no basta, quizá pueda encontrar nuevas formas de motivaros. Sois mis alumnos largamente esperados, y daréis lo mejor de vosotros mismos en mi largamente esperada clase de Defensa.

—Añadiría alguna amenaza espantosa, como «de lo contrario sufriréis horriblemente», pero eso sería tan tópico, ¿no os parece? Me enorgullezco de ser más imaginativo que eso. Gracias.

Entonces el vigor y la seguridad parecieron drenarse del profesor Quirrell. Se le abrió la boca como si de pronto se hubiera encontrado frente a un público inesperado, y se volvió con una sacudida convulsiva para regresar arrastrando los pies hacia su asiento, encorvado como si estuviera a punto de colapsar sobre sí mismo e implosionar.

—Parece un poco raro —susurró Harry.

—Bah —dijo el alumno de aspecto mayor—. No has visto nada.

Dumbledore volvió al atril.

—Y ahora —dijo Dumbledore—, antes de irnos a la cama, ¡cantemos el himno del colegio! Que cada uno elija su melodía favorita y sus palabras favoritas, ¡y allá vamos!