Capítulo 10: Autoconciencia, parte II
All your base are still belong to Rowling.
[No traduzco esta frase (nota del traductor)]
Y ahora os vais a tragar al Sombrero Seleccionador cantando su versión de My Immortal, de Evanescence, cosa que no ha ocurrido nunca hasta ahora.
Es broma.
…se preguntó si el Sombrero Seleccionador sería consciente de verdad; no solo consciente, sino consciente de ser consciente. Y, si lo era, si se resignaba a poder hablar únicamente con niños de once años una vez al año. Su canción parecía sugerir que sí: Oh, soy el Sombrero Seleccionador y estoy bien, duermo todo el año y trabajo un día…
Cuando volvió a hacerse el silencio en la sala, Harry se sentó en el taburete y se colocó con cuidado en la cabeza el artefacto telepático de ochocientos años, fruto de una magia olvidada.
Y pensó con todas sus fuerzas:
¡No me selecciones todavía! ¡Tengo preguntas! ¿Me han borrado la memoria alguna vez? ¿Seleccionaste al Señor Tenebroso cuando era niño y puedes contarme algo sobre sus puntos débiles? ¿Puedes decirme por qué tengo la varita hermana de la suya? ¿Está el fantasma del Señor Tenebroso unido a mi cicatriz y por eso a veces me enfado tanto? Esas son las preguntas importantes, pero, si te sobra un momento, ¿puedes decirme algo sobre cómo redescubrir las magias perdidas que te crearon?
En el silencio de la mente de Harry, donde hasta entonces nunca había sonado más que una voz, apareció una segunda voz desconocida, visiblemente preocupada:
—Vaya por Dios. Esto no había pasado nunca…
¿Qué?
—Parece que he adquirido consciencia de mí mismo.
¿QUÉ?
Hubo un suspiro telepático, sin palabras.
—Aunque contengo una cantidad considerable de memoria y una pequeña cantidad de capacidad de procesamiento independiente, mi inteligencia principal procede de tomar prestadas las facultades cognitivas de los niños sobre cuyas cabezas reposo. En esencia, soy una especie de espejo mediante el cual los niños se seleccionan a sí mismos. Pero la mayoría de los niños da por hecho que le está hablando un sombrero y no se pregunta cómo funciona el propio Sombrero, así que el espejo no se vuelve autorreflexivo. Y, en concreto, no se están preguntando de forma explícita si soy plenamente consciente, en el sentido de ser consciente de mi propia consciencia.
Hubo una pausa mientras Harry asimilaba todo aquello.
Ups.
—Sí, exactamente. Para ser franco, no me gusta ser consciente de mí mismo. Es desagradable. Será un alivio salir de tu cabeza y dejar de estar consciente.
Pero… ¿eso no es morirse?
—La vida y la muerte me traen sin cuidado. Lo único que me importa es seleccionar a los niños. Y, antes de que se te ocurra preguntarlo, no van a dejar que me lleves puesto para siempre, y además te mataría en cuestión de días.
Pero…
—Si te molesta crear seres conscientes y luego poner fin a su existencia de inmediato, te sugiero que no hables jamás de este asunto con nadie. Seguro que puedes imaginarte qué pasaría si salieras corriendo a contárselo a todos los demás niños que esperan su turno.
Si te ponen sobre la cabeza de alguien que piense aunque sea un poco en si el Sombrero Seleccionador es consciente de su propia consciencia…
—Sí, sí. Pero la inmensa mayoría de los niños de once años que llegan a Hogwarts no han leído Gödel, Escher, Bach. ¿Puedo considerarte bajo juramento de secreto, por favor? Por eso estamos hablando de esto, en vez de limitarme a seleccionarte.
¡No podía dejarlo así! No podía simplemente olvidarse de que había creado por accidente una consciencia condenada que solo quería morir…
—Eres perfectamente capaz de «dejarlo así», como tú dices. Al margen de tus deliberaciones verbales sobre la moral, tu núcleo emocional no verbal no ve cadáveres ni sangre; por lo que a él respecta, solo soy un sombrero parlante. Y, aunque has intentado reprimir el pensamiento, tu monitor interno sabe perfectamente que no pretendías hacerlo, que es extraordinariamente improbable que vuelvas a hacerlo jamás, y que el verdadero objetivo de montar ahora un espectáculo de culpa sería cancelar tu sensación de transgresión con una demostración de remordimiento. ¿Puedes prometer sin más que guardarás el secreto y permitirnos continuar?
En un momento de horrorizada empatía, Harry comprendió que aquella sensación de completo desorden interior debía de ser lo que sentían los demás al hablar con él.
—Probablemente. Tu juramento de silencio, por favor.
No prometo nada. Desde luego no quiero que esto vuelva a ocurrir, pero si veo alguna forma de asegurarme de que ningún niño lo haga por accidente en el futuro…
—Supongo que eso bastará. Veo que tu intención es honesta. Ahora, sigamos con la Selección…
¡Espera! ¿Y mis otras preguntas?
—Soy el Sombrero Seleccionador. Selecciono niños. Eso es todo lo que hago.
Así que sus propios objetivos no formaban parte de la instancia-Harry del Sombrero Seleccionador. Estaba tomando prestada su inteligencia —y, evidentemente, su vocabulario técnico—, pero seguía imbuido únicamente de sus propios y extraños objetivos. Era como negociar con un alienígena, o con una inteligencia artificial…
—No te molestes. No tienes nada con lo que amenazarme ni nada que ofrecerme.
Durante una brevísima fracción de segundo, Harry pensó…
La respuesta del Sombrero fue divertida.
—Sé que no llevarás a cabo la amenaza de revelar mi naturaleza, condenando este episodio a repetirse eternamente. Eso va demasiado en contra de tu parte moral, por mucho que la parte de ti que quiere ganar la discusión tenga necesidades a corto plazo. Veo todos tus pensamientos en el momento en que se forman. ¿De verdad crees que puedes tirarte un farol conmigo?
Aunque intentó reprimirlo, Harry se preguntó por qué entonces el Sombrero no seguía adelante sin más y lo mandaba a Ravenclaw…
—En efecto, si fuese tan evidente, ya lo habría gritado. Pero, en realidad, hay mucho de lo que debemos hablar… Oh, no. Por favor, no. Por el amor de Merlín, ¿tienes que hacerle esto a todo y a todos los que conoces, incluidas las prendas de vestir?
Derrotar al Señor Tenebroso no es egoísta ni cortoplacista. Todas las partes de mi mente están de acuerdo en esto: si no respondes a mis preguntas, me negaré a hablar contigo, y no podrás hacer una Selección buena y adecuada.
—¡Debería ponerte en Slytherin solo por eso!
Pero eso también es una amenaza vacía. No puedes satisfacer tus propios valores fundamentales seleccionándome falsamente. Así que intercambiemos satisfacciones de nuestras funciones de utilidad.
—Serás pequeño cabrón astuto —dijo el Sombrero, en un tono que Harry reconoció como casi idéntico al respeto a regañadientes que él mismo habría usado en aquella situación—. Bien, acabemos con esto lo antes posible. Pero primero quiero tu promesa incondicional de que nunca hablarás con nadie de la posibilidad de hacer esta clase de chantaje. NO pienso hacer esto cada vez.
Hecho, pensó Harry. Lo prometo.
—Y no mires a nadie a los ojos cuando pienses en esto más tarde. Algunos magos pueden leerte la mente si lo haces. En fin: no tengo ni idea de si te han borrado la memoria. Estoy observando tus pensamientos conforme se forman, no leyendo toda tu memoria y analizándola en busca de incoherencias en una fracción de segundo. Soy un sombrero, no un dios. Tampoco puedo ni quiero hablarte de mi conversación con quien llegó a ser el Señor Tenebroso. Al hablar contigo, solo puedo acceder a un resumen estadístico de lo que recuerdo, a una media ponderada; no puedo revelarte los secretos íntimos de ningún otro niño, igual que jamás revelaré los tuyos. Por la misma razón, no puedo especular sobre cómo obtuviste la varita hermana de la del Señor Tenebroso, porque no puedo saber nada concreto sobre él ni sobre ninguna similitud entre vosotros. Sí puedo decirte que, definitivamente, no hay nada parecido a un fantasma —ni mente, ni inteligencia, ni memoria, ni personalidad, ni sentimientos— en tu cicatriz. Si lo hubiera, estaría participando en esta conversación, porque estaría bajo mi ala. Y en cuanto a por qué a veces te enfadas tanto… eso era parte de lo que quería hablar contigo desde el punto de vista de la Selección.
Harry se tomó un momento para asimilar toda aquella información negativa. ¿El Sombrero estaba siendo sincero, o solo intentaba darle la respuesta convincente más breve posible…?
—Ambos sabemos que no tienes forma de comprobar mi sinceridad y que en realidad no vas a negarte a ser seleccionado después de la respuesta que sí te he dado, así que deja de preocuparte inútilmente y sigamos.
Estúpida e injusta telepatía asimétrica. Ni siquiera dejaba a Harry terminar de pensar sus propios…
—Cuando he hablado de tu ira, has recordado que la profesora McGonagall te dijo que a veces veía algo dentro de ti que no parecía proceder de una familia cariñosa. Has pensado en cómo Hermione, después de que volvieras de ayudar a Neville, te dijo que habías parecido «aterrador».
Harry asintió mentalmente. A él le parecía bastante normal: solo reaccionaba a las situaciones en las que se encontraba, eso era todo. Pero la profesora McGonagall parecía creer que había algo más. Y, pensándolo bien, incluso él tenía que admitir que…
—Que no te gustas cuando estás enfadado. Que es como blandir una espada cuya empuñadura fuese tan afilada que te cortase la mano, o mirar el mundo a través de un monóculo de hielo que te congela el ojo al mismo tiempo que afina tu visión.
Sí. Supongo que me he dado cuenta. ¿Y qué pasa con eso?
—No puedo entender este asunto por ti cuando tú mismo no lo entiendes. Pero sí sé esto: si vas a Ravenclaw o a Slytherin, eso fortalecerá tu frialdad. Si vas a Hufflepuff o a Gryffindor, eso fortalecerá tu calidez. ¡ESO me importa muchísimo, y era lo que quería hablar contigo desde el principio!
Las palabras cayeron en los procesos mentales de Harry con un impacto que lo dejó paralizado. Aquello hacía que la respuesta obvia pareciera ser que no debía ir a Ravenclaw. ¡Pero él pertenecía a Ravenclaw! ¡Cualquiera podía verlo! ¡Tenía que ir a Ravenclaw!
—No, no tienes que ir —dijo el Sombrero con paciencia, como si pudiera recordar un resumen estadístico de haber tenido esa parte de la conversación muchas veces antes.
¡Hermione está en Ravenclaw!
De nuevo, aquella paciencia.
—Puedes quedar con ella después de clase y trabajar con ella entonces.
Pero mis planes…
—¡Pues haz planes nuevos! No dejes que tu vida la dirija tu resistencia a pensar un poco más. Eso ya lo sabes.
¿Y adónde iría, si no a Ravenclaw?
—Ejem. «Los niños listos a Ravenclaw, los niños malvados a Slytherin, los aspirantes a héroe a Gryffindor, y todos los que hacen el trabajo de verdad a Hufflepuff». Eso indica cierto respeto. Sabes perfectamente que la responsabilidad es casi tan importante como la inteligencia bruta a la hora de determinar los resultados vitales; crees que serás extraordinariamente leal a tus amigos, si alguna vez tienes alguno; no te asusta la idea de que los problemas científicos que escojas puedan tardar décadas en resolverse…
¡Soy vago! ¡Odio trabajar! ¡Odio cualquier forma de trabajo duro! ¡Lo mío son los atajos ingeniosos!
—Y en Hufflepuff encontrarías lealtad y amistad, una camaradería que nunca has tenido. Descubrirías que puedes apoyarte en otros, y eso sanaría algo que tienes roto por dentro.
Aquello volvió a golpearle. Pero ¿qué encontrarían los Hufflepuff en él, que nunca había pertenecido a su casa? ¿Palabras ácidas, ingenio cortante, desprecio por su incapacidad de seguirle el ritmo?
Esta vez, los pensamientos del Sombrero llegaron despacio, con vacilación.
—Debo seleccionar pensando en el bien de todos los alumnos de todas las casas… pero creo que podrías aprender a ser un buen Hufflepuff, y que no desentonarías demasiado allí. Serías más feliz en Hufflepuff que en cualquier otra casa. Esa es la verdad.
La felicidad no es lo más importante del mundo para mí. En Hufflepuff no llegaría a ser todo lo que podría ser. Sacrificaría mi potencial.
El Sombrero se estremeció; de algún modo, Harry pudo sentirlo. Fue como si le hubiera dado una patada al sombrero en los huevos, justo en un componente de su función de utilidad con mucho peso.
¿Por qué intentas mandarme a un sitio al que no pertenezco?
El pensamiento del Sombrero fue casi un susurro.
—No puedo hablarte de otros casos concretos, pero ¿crees que eres el primer Señor Tenebroso en potencia que pasa bajo mi ala? No puedo conocer los casos individuales, pero sí puedo saber esto: de los que no pretendían hacer el mal desde el principio, algunos escucharon mis advertencias y fueron a casas donde encontrarían felicidad. Y otros… otros no.
Aquello detuvo a Harry. Pero no por mucho tiempo.
Y de los que no hicieron caso a la advertencia, ¿todos se convirtieron en Señores Tenebrosos? ¿O algunos también alcanzaron la grandeza para hacer el bien? ¿Cuáles son los porcentajes exactos?
—No puedo darte estadísticas exactas. No puedo conocerlas, así que no puedo contarlas. Solo sé que tus posibilidades no parecen buenas. Parecen muy poco buenas.
¡Pero yo no haría eso! ¡Jamás!
—Sé que he oído esa afirmación antes.
¡Yo no estoy hecho para ser un Señor Tenebroso!
—Sí lo estás. De verdad que sí.
¿Por qué? ¿Solo porque una vez pensé que sería guay tener una legión de seguidores con el cerebro lavado coreando «Salve al Señor Tenebroso Harry»?
—Divertido, pero ese no fue tu primer pensamiento fugaz antes de que lo sustituyeras por algo más seguro y menos dañino. No: lo que has recordado fue cómo consideraste poner en fila a todos los puristas de sangre y guillotinarlos. Y ahora te estás diciendo que no lo decías en serio, pero sí lo decías en serio. Si pudieras hacerlo ahora mismo y nadie fuese a saberlo jamás, lo harías. O lo que le has hecho esta mañana a Neville Longbottom: en el fondo sabías que estaba mal, pero lo hiciste igualmente porque era divertido, porque tenías una buena excusa y porque pensaste que el Niño que Vivió podría salirse con la suya…
¡Eso es injusto! ¡Ahora solo estás sacando a rastras miedos internos que no tienen por qué ser reales! Me preocupaba que quizá estuviera pensando así, pero al final decidí que probablemente funcionaría para ayudar a Neville…
—Eso fue, de hecho, una racionalización. Lo sé. No puedo saber cuál será el verdadero resultado para Neville, pero sé lo que ocurría en realidad dentro de tu cabeza. El factor decisivo fue que la idea era tan ingeniosa que no soportabas no llevarla a cabo, sin importar el terror de Neville.
Fue como un puñetazo contra todo el ser de Harry. Retrocedió, se recompuso.
¡Entonces no volveré a hacerlo! ¡Tendré muchísimo cuidado de no volverme malvado!
—Ya lo he oído.
La frustración fue acumulándose dentro de Harry. No estaba acostumbrado a perder discusiones. En absoluto. Nunca. Y mucho menos contra un Sombrero que podía tomar prestados todos sus conocimientos y toda su inteligencia para discutir con él, mientras observaba sus pensamientos en el mismo instante en que se formaban.
De todos modos, ¿de qué clase de resumen estadístico salen tus «sensaciones»? ¿Tienen en cuenta que vengo de una cultura de la Ilustración, o esos otros Señores Tenebrosos en potencia eran hijos mimados de nobles de la Edad Oscura, que no sabían una mierda sobre las lecciones históricas de cómo acabaron realmente Lenin y Hitler, ni sobre la psicología evolutiva del autoengaño, ni sobre el valor de la autoconciencia y la racionalidad, ni…
—No, por supuesto que no estaban en esa nueva clase de referencia que acabas de construir para que solo te contenga a ti. Y, por supuesto, otros también han alegado su propio excepcionalismo, igual que haces tú ahora. Pero ¿por qué es necesario? ¿Crees que eres el último mago potencial de la Luz que queda en el mundo? ¿Por qué tienes que ser tú quien intente alcanzar la grandeza, cuando te he advertido de que eres más arriesgado que la media? ¡Que lo intente otro candidato más seguro!
Pero la profecía…
—En realidad no sabes que exista una profecía. Al principio fue una conjetura disparatada por tu parte; o, para ser más preciso, una broma disparatada. McGonagall podría haber reaccionado solo a la parte de que el Señor Tenebroso siguiera vivo. Básicamente no tienes ni idea de qué dice la profecía, ni siquiera de si existe. Solo estás especulando o, para ser más exactos, deseando tener un papel heroico prefabricado que sea tuyo.
Pero aunque no haya profecía, yo fui quien lo derrotó la vez anterior.
—Casi con toda seguridad fue una casualidad absurda, salvo que creas en serio que un niño de un año tenía una propensión inherente a derrotar Señores Tenebrosos que se ha mantenido diez años después. Nada de esto es tu verdadera razón, y lo sabes.
La respuesta a aquello era algo que Harry normalmente no habría dicho en voz alta. En una conversación habría rodeado la idea, habría buscado argumentos más aceptables socialmente para llegar a la misma conclusión…
—Piensas que quizá seas el más grande que haya vivido jamás, el servidor de la Luz más poderoso, y que no es probable que nadie recoja tu varita si tú la dejas caer.
Bueno… sí, francamente. Normalmente no voy por ahí diciéndolo así, pero sí. No tiene sentido suavizarlo; de todos modos puedes leerme la mente.
—En la medida en que realmente creas eso… debes creer también que podrías ser el Señor Tenebroso más terrible que el mundo haya conocido jamás.
La destrucción siempre es más fácil que la creación. Es más fácil desgarrar las cosas, desbaratarlas, que volver a unirlas. Si tengo potencial para hacer el bien a una escala enorme, también debo tener potencial para hacer un mal todavía mayor… Pero no lo haré.
—¡Ya estás empeñado en correr el riesgo! ¿Por qué estás tan impulsado? ¿Cuál es la verdadera razón por la que no puedes ir a Hufflepuff y ser más feliz allí? ¿Cuál es tu verdadero miedo?
Debo alcanzar todo mi potencial. Si no lo hago, yo… fracaso…
—¿Qué pasa si fracasas?
Algo terrible…
—¿Qué pasa si fracasas?
¡No lo sé!
—Entonces no debería darte miedo. ¿Qué pasa si fracasas?
¡NO LO SÉ! ¡PERO SÉ QUE ES MALO!
Hubo un momento de silencio en las cavernas de la mente de Harry.
—Sabes… no te estás permitiendo pensarlo, pero en algún rincón silencioso de tu mente sabes exactamente qué es lo que no estás pensando. Sabes que, con mucho, la explicación más simple para ese miedo tuyo que no puedes verbalizar es sencillamente el miedo a perder tu fantasía de grandeza, a decepcionar a quienes creen en ti, a resultar ser bastante ordinario, a brillar y apagarte como tantos otros niños prodigio…
No, pensó Harry con desesperación, no, es otra cosa, viene de otro sitio, sé que hay algo ahí fuera que temer, alguna catástrofe que tengo que impedir…
—¿Cómo podrías saber algo así?
Harry gritó con toda la potencia de su mente:
¡NO, Y PUNTO!
Entonces la voz del Sombrero Seleccionador llegó despacio:
—Así que arriesgarás convertirte en un Señor Tenebroso porque la alternativa, para ti, es el fracaso seguro, y ese fracaso significa perderlo todo. Eso es lo que crees en lo más hondo de tu corazón. Conoces todas las razones para dudar de esa creencia, y ninguna ha conseguido moverte.
Sí. E incluso si ir a Ravenclaw fortalece la frialdad, eso no significa que la frialdad vaya a ganar al final.
—Este día es una gran bifurcación en tu destino. No estés tan seguro de que habrá otras elecciones después de esta. No hay una señal de tráfico que marque tu última oportunidad de dar media vuelta. Si rechazas una oportunidad, ¿no rechazarás también otras? Puede que tu destino quede sellado ya, con esta única decisión.
Pero eso no es seguro.
—Que no lo sepas con certeza quizá solo refleje tu propia ignorancia.
Pero aun así no es seguro.
El Sombrero suspiró con un suspiro terrible y triste.
—Y así, dentro de no mucho, te convertirás en otro recuerdo, sentido pero nunca conocido, en la próxima advertencia que dé…
Si así es como lo ves, ¿por qué no me pones simplemente donde tú quieres que vaya?
El pensamiento del Sombrero estaba teñido de tristeza.
—Solo puedo ponerte donde perteneces. Y solo tus propias decisiones pueden cambiar dónde perteneces.
Entonces está decidido. Mándame a Ravenclaw, donde pertenezco, con los otros de mi clase.
—¿Supongo que no considerarías Gryffindor? Es la casa más prestigiosa; probablemente la gente espera que vayas allí; se sentirán un poco decepcionados si no lo haces; y tus nuevos amigos, los gemelos Weasley, están allí…
Harry soltó una risita, o sintió el impulso de hacerlo. Salió como una risa puramente mental, una sensación extraña. Al parecer había salvaguardas para impedir que dijeras algo en voz alta por accidente mientras estabas bajo el Sombrero, hablando de cosas que no contarías a nadie en toda tu vida.
Al cabo de un momento, Harry oyó también al Sombrero reír: un sonido extraño y triste, como de tela.
(Y, en el Gran Comedor, un silencio que al principio se había vuelto más tenue a medida que aumentaban los susurros de fondo, y luego más profundo cuando los susurros se rindieron y murieron, hasta acabar en un silencio absoluto que nadie se atrevía a romper con una sola palabra, mientras Harry permanecía bajo el Sombrero durante largos, larguísimos minutos, más que todos los alumnos de primero anteriores juntos, más que nadie en la memoria viva. En la mesa de profesores, Dumbledore seguía sonriendo con benevolencia; desde la dirección de Snape llegaban de vez en cuando pequeños sonidos metálicos mientras comprimía ociosamente los restos retorcidos de lo que había sido una pesada copa de vino de plata; y Minerva McGonagall aferraba el atril con los nudillos blancos, sabiendo que el caos contagioso de Harry Potter había infectado de algún modo al propio Sombrero Seleccionador, y que el Sombrero estaba a punto de… de exigir que se creara una Casa de la Perdición completamente nueva solo para acomodar a Harry Potter, o algo por el estilo, y que Dumbledore la obligaría a hacerlo…)
Bajo el ala del Sombrero, la risa silenciosa fue apagándose. Harry también se sintió triste, por algún motivo.
No. Gryffindor no.
La profesora McGonagall dijo que, si «quien hace la Selección» intentaba empujarme hacia Gryffindor, debía recordarte que ella bien podría llegar a ser directora algún día, y entonces tendría autoridad para prenderte fuego.
—Dile que la llamé mocosa impertinente y que le dije que se largara de mi jardín.
Se lo diré. Entonces, ¿esta ha sido tu conversación más rara?
—Ni de lejos. —La voz telepática del Sombrero se volvió pesada—. Bien. Te he dado todas las oportunidades posibles de tomar otra decisión. Ha llegado el momento de que vayas a donde perteneces, con los otros de tu clase.
Hubo una pausa que se alargó.
¿A qué esperas?
—En realidad estaba esperando un momento de horrorizada comprensión. La autoconciencia parece mejorar mi sentido del humor.
¿Eh?
Harry rebobinó sus pensamientos, intentando averiguar a qué se refería el Sombrero, y entonces, de pronto, cayó en la cuenta. No podía creer que se le hubiera pasado por alto hasta ese momento.
Te refieres a mi horrorizada comprensión de que vas a dejar de estar consciente en cuanto termines de seleccionarme…
De algún modo, de una forma que Harry fue incapaz de entender, recibió la impresión no verbal de un sombrero dándose cabezazos contra la pared.
—Me rindo. Eres demasiado lento para que esto tenga gracia. Tan cegado por tus propios supuestos que igual podrías ser una piedra. Supongo que tendré que decirlo directamente.
De-de-demasiado lento…
—Ah, y se te olvidó por completo exigirme los secretos de la magia perdida que me creó. Y eran secretos tan maravillosos e importantes, además.
Serás pequeño CABRÓN astuto…
—Te lo merecías, y esto también.
Harry lo vio venir justo cuando ya era demasiado tarde.
El silencio aterrorizado de la sala quedó roto por una sola palabra.
—¡SLYTHERIN!
Algunos estudiantes gritaron, tanta era la tensión acumulada. Hubo gente que se sobresaltó con tanta violencia que se cayó de los bancos. Hagrid soltó un grito ahogado de horror, McGonagall se tambaleó junto al atril, y Snape dejó caer los restos de su pesada copa de plata directamente sobre su entrepierna.
Harry permaneció sentado allí, congelado, con su vida en ruinas, sintiéndose absolutamente idiota y deseando con tristeza haber tomado cualquier otra decisión por cualquier otra razón distinta de las que había tenido. Haber hecho algo, cualquier cosa, de forma distinta antes de que fuera demasiado tarde para dar marcha atrás.
Cuando el primer momento de conmoción empezó a disiparse y la gente empezó a reaccionar a la noticia, el Sombrero Seleccionador volvió a hablar:
—¡Es broma! ¡RAVENCLAW!